Dr. Elio M Rivera
Texto clave: Lucas 2:51
“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret…”
El camino comienza a subir entre las colinas.
No hay una gran calzada anunciando la llegada.
No aparecen murallas.
No hay torres.
No hay palacios recortándose contra el horizonte.
Solamente caminos, piedra, tierra y campos trabajados.
A medida que avanzamos comienzan a aparecer señales de vida.
Un hombre camina a la distancia.
Alguien trabaja un terreno.
Se escucha la voz de un niño.
Un animal pasa por el camino.
Después aparecen las primeras construcciones.
Hemos llegado.
Esto es Nazaret.

Representación artística de Nazaret
Detengámonos aquí.
Porque si realmente hubiéramos llegado a esta pequeña población de Galilea durante los primeros años del siglo primero, probablemente habríamos cometido un enorme error:
habríamos seguido nuestro camino.
Nada parecía extraordinario.
Nada anunciaba que debíamos detenernos.
Roma no estaba mirando hacia allí.
Los grandes hombres del imperio probablemente jamás habían escuchado su nombre.
Jerusalén estaba lejos.
Los acontecimientos que los historiadores consideraban importantes ocurrían en otros lugares.
Y, sin embargo, en alguna parte de aquella pequeña población estaba creciendo un niño.
Para sus vecinos era Jesús.
Para la historia llegaría a ser:

Nazaret, un lugar donde todos se conocían
No sabemos exactamente cuántas personas vivían allí durante la infancia de Jesús. La arqueología muestra un asentamiento pequeño y las estimaciones varían, por lo que sería imprudente establecer una cifra exacta.
Probablemente hablamos de unos cuantos cientos de habitantes.
Pero no pensemos solamente en el número.
Pensemos en lo que significa vivir así.
En una comunidad pequeña, usted sale de casa y encuentra personas conocidas.
El hombre que viene por el camino conoce a su padre.
La mujer que pasa más adelante conoce a su madre.
Los ancianos recuerdan a las familias.
Los niños crecen juntos.
Las personas se reconocen.
Si alguien falta durante varios días, probablemente alguien lo nota.
Si una familia celebra una boda, muchos se enteran.
Si alguien muere, la noticia atraviesa rápidamente la población.
Si una familia atraviesa dificultades, otros terminan sabiéndolo.
No hacía falta un periódico.
Bastaban las personas.
Aquella cercanía podía ser hermosa.
Si alguien necesitaba ayuda, había vecinos.
Si una familia atravesaba un dolor, no necesariamente tenía que sufrirlo sola.
Había personas que se conocían desde hacía años.
Niños que habían crecido juntos.
Ancianos que habían visto nacer a varias generaciones.
Había pertenencia.
Pero la misma cercanía podía tener otra cara.
En un lugar pequeño también era difícil esconderse.
Una discusión podía escucharse.
Una equivocación podía recordarse.
Un rumor podía recorrer rápidamente las casas.
Una familia podía cargar durante años con una historia que otros conocían.
Una mala reputación no desaparecía simplemente caminando unas calles más lejos.
La cercanía podía abrazar.
Y también podía pesar.
Quien haya crecido en un pueblo pequeño probablemente comprende exactamente de qué estamos hablando.
Jesús creció en uno.
Nazaret lo vio crecer
Esto cambia nuestra manera de contemplarlo.
Jesús no apareció un día en Galilea siendo un hombre de treinta años.
Antes fue niño.
Después adolescente.
Después joven.
Sus vecinos lo vieron pasar de una etapa a otra.
Imagine por un momento su propio lugar de infancia.
Tal vez recuerde una calle.
Una casa.
Un vecino.
Un árbol.
Una tienda.
Un camino que recorrió tantas veces que dejó de pensar en él.
Quizá recuerde a personas que lo conocieron cuando era pequeño y que muchos años después continuaban recordándolo como:
“el hijo de…”
Eso fue Nazaret para Jesús.
Nosotros pronunciamos su nombre con reverencia.
Ellos conocían a su familia.
Años después, cuando comenzó a enseñar públicamente, algunos reaccionaron precisamente desde esa familiaridad:
“¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón?”
—Marcos 6:3.
Casi podemos escuchar lo que hay detrás de aquellas palabras:
“Nosotros sabemos quién es.”
Lo habían visto crecer.
Para ellos, su pasado estaba allí mismo.
Las colinas que siempre estaban allí
Nazaret se encontraba entre las elevaciones de la Baja Galilea.
La piedra caliza era parte natural del paisaje.
Había terrenos cultivados, senderos y caminos que conectaban aquella pequeña población con otras comunidades de la región.
Pero dejemos nuevamente los datos y pensemos como alguien que vive allí.
Cuando uno crece en un lugar, el paisaje deja de parecernos especial.
Simplemente está allí.
Uno conoce la subida.
Conoce el descenso.
Sabe cuánto falta para llegar.
Reconoce un sendero.
Sabe dónde cambia el terreno.
Ha visto aquellas colinas bajo el calor.
Las ha visto después de la lluvia.
Ha caminado por los mismos lugares tantas veces que ya no necesita pensar hacia dónde va.
Para nosotros aquellas colinas pertenecen a la geografía bíblica.
Para Jesús eran las colinas de su pueblo.
Sus pies recorrieron aquella región una y otra vez.
Hubo días importantes.
Pero seguramente hubo muchísimos más en los que aparentemente no ocurrió nada digno de ser escrito.
Salió.
Regresó.
Creció.
Vivió.
Y llegó otro día.
Muy cerca existía otro mundo
A pocos kilómetros de Nazaret se encontraba Séforis.
Durante parte de la juventud de Jesús fue un importante centro urbano de Galilea relacionado con el gobierno de Herodes Antipas.
El contraste era notable.
Nazaret era pequeña.
Séforis era urbana.
Nazaret pertenecía al mundo de las comunidades rurales.
Séforis representaba una realidad de mayor actividad administrativa, económica y constructiva.
Esto nos recuerda algo importante:
Nazaret era pequeña, pero no estaba aislada.
Había caminos.
Había movimiento.
Había otras poblaciones.
Existía un mundo mucho más grande detrás de aquellas colinas.
Algunos han sugerido que José y Jesús pudieron haber trabajado en Séforis debido a su cercanía y a la actividad constructiva que allí se desarrollaba.
Es posible.
Pero no lo sabemos.
Los Evangelios no lo dicen.
Y debemos conservar esa frontera.
Queremos acercarnos todo lo posible a la vida de Jesús.
Pero nunca tanto como para comenzar a inventarla.
Nazaret también tenía memoria
Aquella población era predominantemente judía.
Los hallazgos arqueológicos correspondientes al período romano temprano son compatibles con esa identidad.
Pero decir simplemente “una población judía” tampoco permite sentir lo que significaba.
Aquellas familias pertenecían a una historia mucho más antigua que ellas.
Habían nacido dentro de un pueblo que conservaba memoria.
Generaciones habían transmitido nombres, relatos, costumbres y esperanza.
Los grandes acontecimientos de Israel habían ocurrido siglos antes, pero no estaban muertos.
Continuaban formando parte de la identidad de aquellas personas.
Todavía no entraremos en la manera en que practicaban su fe.
Llegaremos allí después.
Por ahora basta comprender esto:
Jesús creció perteneciendo.
A una familia.
A una comunidad.
A un pueblo.
A una historia.
Un día cualquiera
Ahora imaginemos Nazaret en un día común.
No ocurre ningún milagro.
No aparece ningún ángel.
No hay una multitud.
No hay nadie escribiendo lo que sucede.
La población despierta.
Comienzan las voces.
Algunas personas salen.
Otras trabajan cerca de sus casas.
Un niño llora.
Otro corre.
Alguien está de buen humor.
Otro tuvo una mala noche.
Una familia tiene suficiente.
Otra está preocupada.
En alguna casa alguien está enfermo.
En otra quizá hay preparativos para una celebración.
Dos vecinos conversan.
Otros probablemente no se llevan tan bien.
Alguien debe dinero.
Alguien espera recibirlo.
Un anciano recuerda tiempos mejores.
Un joven sueña con salir de allí.
Una madre llama a uno de sus hijos.
Vida.
Vida humana.
No sabemos cuáles de estas escenas concretas ocurrieron delante de Jesús en un día determinado.
Pero éste era el tipo de mundo humano al que pertenecía una pequeña comunidad.
Nazaret no era una escenografía colocada alrededor del Hijo de Dios.
Estaba llena de personas reales.
Con defectos.
Con virtudes.
Con necesidades.
Con historias.
Y Jesús vivió entre ellas.
Cuando vivir cerca también duele
En una comunidad así no solamente se compartían alegrías.
También se veían dolores.
Cuando alguien enfermaba, la enfermedad tenía un rostro.
Cuando una familia perdía a alguien, el ausente tenía un nombre.
Cuando había pobreza, no era una estadística.
Era probablemente alguien conocido.
Cuando una persona envejecía, los demás habían visto pasar sus años.
Cuando un niño nacía, la comunidad veía comenzar otra historia.
Y cuando alguien cometía un error, tampoco era solamente “alguien”.
Era el hijo de determinada familia.
El vecino.
El conocido.
Vivir cerca de las personas significa inevitablemente terminar viendo su fragilidad.
Y también permitir que ellas vean la nuestra.
Jesús aceptó crecer así.
No detrás de los muros de un palacio.
No protegido de las complicaciones de la convivencia humana.
Cerca.
Lo suficientemente cerca para ser conocido.
También había risas
Pero no cometamos otro error.
No imaginemos Nazaret únicamente como sufrimiento.
La vida difícil también puede ser feliz.
Seguramente hubo risas.
Celebraciones.
Bodas.
Niños jugando.
Conversaciones entre vecinos.
Familias reuniéndose.
Personas regresando después de una ausencia.
Historias contadas más de una vez.
Momentos en que alguien comenzaba a reír y terminaba haciendo reír a los demás.
La gente pobre no vive llorando todo el día.
La gente trabajadora no vive pensando permanentemente en lo difícil que es trabajar.
La vida encuentra maneras de celebrar aun cuando no es fácil.
Nazaret debió conocer ambas cosas.
El cansancio y la risa.
La preocupación y la esperanza.
La enfermedad y la recuperación.
Los nacimientos y las muertes.
Los encuentros y las despedidas.
Como cualquier comunidad humana.
Y allí estaba Jesús.
Imagine encontrárselo
Ahora hagamos un último ejercicio.
Estamos caminando por Nazaret.
No sabemos que estamos dentro de una historia que cambiará al mundo.
Para nosotros es solamente otro día.
Pasamos junto a algunas personas.
Saludamos a alguien.
Seguimos caminando.
Más adelante aparece un muchacho.
No lleva una señal sobre la cabeza.
No hay un resplandor alrededor de su cuerpo.
Nadie cae de rodillas cuando pasa.
Quizá algunas personas lo conocen.
Nosotros no.
Lo vemos durante unos segundos.
Después seguimos nuestro camino.
Y nunca imaginamos quién acaba de pasar junto a nosotros.
Eso es lo impresionante de Nazaret.
Dios permitió que su Hijo fuera ordinario a los ojos de quienes lo rodeaban.
Tan ordinario que años después, cuando comenzó a enseñar, sus propios vecinos tuvieron dificultades para comprenderlo.
Habían visto demasiado al muchacho como para reconocer fácilmente al Maestro.
“Volvió a Nazaret”
Ahora regresemos a Lucas:
“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret…”
Después de recorrer imaginariamente aquellas calles, esas palabras significan algo diferente.
Jesús no volvió solamente a una ubicación geográfica.
Volvió a casa.
A las mismas colinas.
A los mismos caminos.
A rostros conocidos.
A personas que conocían a María y a José.
A una comunidad donde sería observado crecer.
Y allí permaneció durante años.
Años de los que sabemos muy poco.
Pero no fueron años vacíos.
Fueron años vividos.
Días.
Semanas.
Estaciones.
Personas.
Relaciones.
Alegrías.
Dificultades.
Crecimiento.
No necesitamos llenar esos años con leyendas.
La realidad es suficientemente extraordinaria.
Antes de irnos
Quedémonos todavía unos segundos a la entrada de Nazaret.
Mire nuevamente.
Las construcciones son pequeñas.
Las colinas permanecen alrededor.
Alguien llama a un niño.
Un trabajador regresa.
La tarde comienza a caer.
Dentro de poco la luz desaparecerá y aquella pequeña población quedará en silencio.
Mañana volverá a comenzar.
Y después otro día.
Y otro.
Y otro.
Así pasarán los años.
Mientras emperadores gobiernan.
Mientras ejércitos marchan.
Mientras en Jerusalén los sacerdotes continúan sus ceremonias.
Mientras la historia parece ocurrir en otra parte…
Jesús está creciendo en Nazaret.
El mundo no lo sabe.
Roma no lo sabe.
La mayor parte de Israel no lo sabe.
Nazaret solamente ve crecer a uno de sus muchachos.
Y quizá allí encontramos una de las cosas más conmovedoras de toda esta historia:
antes de que multitudes caminaran detrás de Jesús, Él caminó durante años entre personas que apenas podían imaginar quién vivía a su lado.
Nazaret era pequeña.
El mundo apenas sabía que existía.
Pero para Jesús fue hogar.
Y antes de que el mundo conociera a Jesús de Nazaret,
Nazaret conoció a Jesús.
Y el Verbo se hizo carne
El que había creado las ciudades escogió crecer en una pequeña aldea.
El que conocía a cada ser humano aceptó vivir entre personas que creían conocerlo simplemente como Jesús de Nazaret.
El Rey de reyes no creció en un palacio.
Creció entre trabajadores, familias, vecinos y niños.
Caminó por calles sencillas.
Reconoció rostros.
Tuvo vecinos.
Perteneció a una comunidad.
Y durante años, mientras el mundo seguía buscando grandeza en Roma, en los palacios y entre los poderosos, Dios estaba viviendo en Nazaret.
No vino solamente a visitar nuestra existencia.
Entró en ella.
Aceptó la sencillez.
La rutina.
Los días comunes.
La convivencia con personas comunes.
El Dios eterno quiso saber lo que significaba vivir entre nosotros.
Y durante años lo hizo de una manera tan sencilla que muchos podían cruzarse con Él sin imaginar quién acababa de pasar a su lado.
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…” —Juan 1:14.
