Dr. Elio M Rivera
Mateo 2:22-23 — “…se fue a la región de Galilea, y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret…”
El camino finalmente estaba llegando a su término.
Belén había quedado atrás.
También Egipto.
Herodes había muerto.
Judea había quedado descartada ante la presencia amenazante de Arquelao.
José había recibido una nueva advertencia y la familia había cambiado de dirección hacia Galilea.
Después de todo aquello, podríamos esperar que la historia terminara en un lugar extraordinario.
Jerusalén habría parecido apropiada.
Era la ciudad de David.
Allí estaba el templo.
Allí acudían los peregrinos.
Allí se encontraban sacerdotes, maestros y dirigentes religiosos.
Si alguien hubiera tenido que escoger una ciudad adecuada para que creciera el Mesías de Israel, Jerusalén habría parecido una elección comprensible.
O quizá alguna población importante de Galilea.
Pero Mateo escribe:

“…vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret.”
Nazaret.
Después de ángeles, magos, una estrella, Herodes, una huida, Egipto y un largo regreso, el camino terminaba allí.
No en un palacio.
No junto al templo.
No en una ciudad cuyo nombre produjera admiración.
En Nazaret.
En tiempos de Jesús, Nazaret era una población pequeña de Galilea. Las investigaciones arqueológicas muestran una comunidad judía modesta, asentada entre las colinas de la región. No poseía la importancia política de Jerusalén ni aparece como uno de los grandes centros urbanos de aquella época.
Su pequeñez resulta todavía más llamativa por otra razón.
Nazaret no aparece mencionada en el Antiguo Testamento.
No ocupa un lugar destacado en los relatos de los grandes acontecimientos de Israel.
No era la ciudad de los reyes.
No era la ciudad de los sacerdotes.
No era la ciudad del templo.
No era un lugar cuyo nombre pareciera anunciar grandeza.
Y, sin embargo, allí fue llevado el Hijo de Dios.
Hay algo profundamente desconcertante en las elecciones de Dios.
El nacimiento había ocurrido en Belén, la ciudad asociada con David y señalada por el profeta Miqueas.
Pero después del exilio, cuando llegó el momento de establecerse, el camino no terminó entre los grandes.
Terminó entre los pequeños.
Nazaret.
Quizá nosotros habríamos escrito la historia de otra manera.
Después de todo lo que Jesús había aceptado, podríamos haber esperado una especie de compensación.
Había nacido en circunstancias humildes.
Había sido perseguido siendo niño.
Había tenido que salir de su tierra.
Había vivido en Egipto.
Había recorrido nuevamente el camino de regreso.
¿No habría llegado finalmente el momento de darle un lugar digno de quien era?
Pero el Hijo no había venido buscando aquello que los hombres llaman prestigio.
Y por eso aceptó Nazaret.
No necesitaba que el lugar donde viviera anunciara su grandeza.
No necesitaba una ciudad importante para ser importante.
No necesitaba que los hombres admiraran su procedencia para saber quién era.
Su identidad no dependía del lugar que apareciera junto a su nombre.
Y años después una pequeña conversación revelaría cuánto podía pesar aquel nombre en la mente de algunos.
Felipe encontró a Natanael y le anunció:
“Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.”
La respuesta fue inmediata:
“¿De Nazaret puede salir algo de bueno?”
Juan 1:45-46.
Aquella pregunta nos permite escuchar algo que Mateo todavía no explica.
Nazaret no impresionaba.
Y precisamente allí estaba la belleza.
Porque el Hijo de Dios no necesitó rodearse de grandeza humana para demostrar grandeza divina.
El mundo acostumbra colocar a sus grandes hombres en lugares grandes.
Palacios.
Capitales.
Cortes.
Centros de poder.
Dios llevó a su Hijo a Nazaret.
El contraste resulta todavía mayor cuando recordamos de dónde había venido realmente Jesús.
Juan había escrito:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1.
Antes de Nazaret estaba la eternidad.
Antes de aquella pequeña población estaba la gloria que compartía con el Padre.
Antes de las colinas de Galilea estaba Aquel por medio de quien habían sido hechas todas las cosas.
Y ahora el nombre de una pequeña población comenzaría a quedar unido al suyo.
También esto formó parte de su renuncia.
No solamente aceptó un cuerpo.
No solamente aceptó las limitaciones del tiempo y la distancia.
No solamente aceptó Egipto.
No solamente aceptó vivir bajo gobernantes como Herodes y Arquelao.
Aceptó la pequeñez.
Aceptó vivir sin prestigio.
Aceptó que su procedencia pudiera provocar desprecio.
Aceptó que alguien pudiera escuchar el nombre del lugar de donde venía y preguntar:
“¿De Nazaret puede salir algo de bueno?”
El Rey no exigió una ciudad digna de un rey.
El Creador no pidió una residencia digna del Creador.
El Hijo eterno no necesitó que el escenario estuviera a la altura del personaje.
Le bastó Nazaret.
Y quizá aquí comenzamos a descubrir algo acerca del corazón de Jesús que después aparecerá claramente en sus enseñanzas.
La grandeza, para Él, nunca dependería de aquello que impresiona a los hombres.
No necesitaría títulos para saber quién era.
No necesitaría reconocimiento para permanecer seguro de su identidad.
No necesitaría ocupar los primeros lugares.
No necesitaría demostrar constantemente su importancia.
Porque quien sabe verdaderamente quién es puede permitirse ocupar un lugar pequeño.
Jesús sabía quién era.
Por eso Nazaret no podía hacerlo menos.
Jerusalén no habría podido hacerlo más.
El palacio de Herodes no habría añadido nada a su gloria.
Y una pequeña población de Galilea no podía quitársela.
El viaje había terminado.
José había llegado.
María había llegado.
El niño había llegado.
Después de tantos caminos, finalmente había un lugar donde permanecer.
Nazaret.
Todavía no entraremos en aquella casa.
No observaremos todavía cómo transcurrieron los años siguientes.
Esa será otra historia.
Por ahora nos quedamos afuera, contemplando solamente el lugar que el Hijo aceptó.
Un lugar pequeño.
Un lugar sin prestigio.
Un lugar que un día provocaría una pregunta cargada de menosprecio.
Y allí, precisamente allí, el Hijo de Dios permanecería hasta que llegara el momento de manifestarse públicamente.
El mundo esperaba grandeza en lugares grandes.
Dios había llevado al Rey a Nazaret.
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Dr. Elio M Rivera
Durante generaciones se ha utilizado una expresión para referirse a una gran parte de la vida de Jesús:
“Los años del silencio.”
La frase parece lógica.
Después de los acontecimientos relacionados con su nacimiento y de aquella breve escena en Jerusalén cuando tenía doce años, los Evangelios dicen muy poco acerca de su vida hasta el comienzo de su ministerio público.
Y entonces aparece una pregunta inevitable:
¿Qué hizo Jesús durante todos aquellos años?
Pero quizá hemos formulado mal la pregunta.
Porque aquellos años solamente fueron silenciosos en cuanto a la manifestación pública de su ministerio.
No tenemos sermones registrados.
No tenemos multitudes siguiéndolo.
No tenemos todavía el relato de milagros.
No tenemos discípulos caminando detrás de Él.
Pero eso no significa que Jesús estuviera viviendo fuera de la sociedad, esperando simplemente que llegara el momento de aparecer.
Lucas dice algo mucho más sencillo:
“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos…”

Reproducción artística de Nazaret
—Lucas 2:51.
Volvió a Nazaret.
Allí está nuestra respuesta.
Cuando faltan detalles, la imaginación humana siente la tentación de llenarlos.
Y alrededor de aquellos años de Jesús han aparecido durante siglos toda clase de historias y especulaciones.
Se ha dicho que viajó a lugares lejanos.
Que estuvo en la India.
Que aprendió de maestros orientales.
Que perteneció a comunidades esotéricas.
Que recibió conocimientos secretos.
Incluso circulan afirmaciones modernas acerca de cuevas, lugares con supuestas propiedades especiales, energías o experiencias mediante las cuales habría adquirido poderes.
El problema es sencillo:
no necesitamos ninguna de esas historias para explicar al Jesús que aparece en los Evangelios.
Y existe una razón extraordinaria.
Cuando finalmente Jesús comienza a hablar públicamente, podemos escuchar el mundo del que viene.
No mire todavía sus milagros.
Escuche sus palabras.
Jesús habla de un sembrador que salió a sembrar.
Habla de semillas cayendo junto al camino.
De tierra pedregosa.
De espinos.
De cosechas.
Habla de trigo y cizaña.
De viñas.
De trabajadores esperando ser contratados.
De jornaleros que reciben su salario.
De un pastor que pierde una oveja.
De pescadores que echan una red.
De peces buenos y malos.
Habla de construir una casa.
De poner un fundamento.
De una lámpara que se enciende dentro de una vivienda.
De una mujer que pierde una moneda y barre hasta encontrarla.
De otra mujer que coloca levadura en la harina.
Habla de pan.
Sal.
Aceite.
Vino.
Vestidos.
Remiendos.
Odres.
Banquetes.
Bodas.
Invitados.
Vecinos.
Padres.
Hijos.
Hermanos.
Deudas.
Acreedores.
Administradores.
Sirvientes.
Compradores.
Vendedores.
Ricos.
Pobres.
Personas enfermas.
Personas cansadas.
Gente que trabaja.
Gente que espera.
Gente que debe dinero.
Gente que tiene hambre.
Gente que pierde cosas y las busca.
Ése es su mundo.
No necesitamos inventarlo.
Jesús mismo lo dejó esparcido por sus enseñanzas.
Esto es algo que fácilmente pasamos por alto porque hemos leído las parábolas tantas veces.
Pero vuelva a escucharlas como si fuera la primera vez.
Las enseñanzas de Jesús tienen tierra.
Tienen polvo.
Tienen semillas.
Tienen sudor.
Tienen olor a pan.
Tienen lámparas que necesitan aceite.
Tienen ropa que se rompe y necesita remiendo.
Tienen peces dentro de redes.
Tienen trabajadores esperando recibir un salario.
Tienen mujeres ocupadas dentro de una casa.
Tienen hombres trabajando en los campos.
Tienen familias.
Tienen conflictos.
Tienen cuentas que pagar.
Tienen hambre.
Tienen fiesta.
Tienen dolor.
Tienen vida.
Cuando Jesús necesitaba explicar una verdad extraordinaria, una y otra vez tomaba algo que la gente podía reconocer inmediatamente.
“El sembrador salió a sembrar…”
“El reino de los cielos es semejante a la levadura…”
“¿Qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa…?”
“El reino de los cielos es semejante a una red…”
¿Por qué aquellas imágenes aparecen con tanta naturalidad?
Porque pertenecían al mundo de quienes lo escuchaban.
Y también al mundo en el que Él había vivido.
Quizá aquí encontramos uno de los errores producidos por llamar a este período “los años del silencio”.
La palabra silencio deja un espacio vacío.
Y los espacios vacíos invitan a la especulación.
Entonces comenzamos a preguntarnos dónde estuvo.
Con quién estudió.
Qué conocimientos secretos recibió.
Dónde adquirió su poder.
Pero el Evangelio no coloca a Jesús en un lugar misterioso.
Lo coloca en Nazaret.
“…volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos…”
Y después añade:
“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.”
—Lucas 2:52.
Observe la última expresión:
“…y los hombres.”
Jesús estaba creciendo entre personas.
Dentro de una familia.
Dentro de una población.
Dentro de una cultura.
Dentro de la vida judía de Galilea.
No necesitamos enviarlo a un mundo desconocido para comprender aquellos años.
Tenemos que hacer exactamente lo contrario.
Tenemos que entrar en Nazaret.
Ya no preguntaremos:
“¿Qué misterios ocurrieron durante los años perdidos de Jesús?”
Preguntaremos:
¿Cómo vivía una familia judía de Galilea durante el siglo primero?
¿Cómo era despertarse en una casa de Nazaret?
¿Qué se comía?
¿Cómo se conseguía el agua?
¿Cómo se hacía el pan?
¿Cómo se lavaba la ropa?
¿Cómo se vestían?
¿Cómo trabajaban?
¿Qué hacía un niño dentro de una familia?
¿Qué responsabilidades adquiría conforme crecía?
¿Qué significaba vivir con hermanos y hermanas?
¿Cómo aprendía un niño judío acerca de Dios?
¿Qué lugar ocupaban las Escrituras?
¿Qué ocurría en la sinagoga?
¿Cómo se celebraba el sábado?
¿Qué fiestas guardaban?
¿Cómo era viajar a Jerusalén?
¿Qué veía una persona al caminar por Galilea?
¿Cómo funcionaban los campos, los oficios, los mercados y las relaciones entre vecinos?
Y poco a poco comenzará a ocurrir algo fascinante.
Las palabras de Jesús empezarán a adquirir paisaje.
Cuando hable de un sembrador, sabremos cómo se veía un campo.
Cuando mencione una lámpara, habremos estado dentro de una casa iluminada por una.
Cuando hable de una mujer amasando harina, comprenderemos el trabajo de sus manos.
Cuando mencione jornaleros, sabremos lo que significaba depender del trabajo de aquel día.
Cuando hable de un pastor, una boda, una deuda, una cosecha o un camino, esas palabras dejarán de ser objetos religiosos colocados dentro de una parábola.
Volverán a ser vida.
No pretendemos escribir lo que los Evangelios no escribieron.
No vamos a inventar conversaciones de Jesús.
No vamos a fabricar milagros infantiles.
No diremos dónde estuvo una mañana determinada si las fuentes no lo dicen.
Y cuando algo sea históricamente posible pero no pueda demostrarse específicamente acerca de Jesús, lo diremos con claridad.
Nuestro propósito será diferente.
Vamos a reconstruir, hasta donde permiten la Biblia, la historia y la arqueología, el mundo en el que Jesús vivió.
Pero tampoco queremos observarlo desde la distancia.
Queremos sentirlo.
Queremos entrar en una casa.
Despertar cuando todavía hace frío.
Sentir lo que significa levantarse después de dormir sobre una superficie sencilla.
Ver cómo llega el agua hasta la vivienda.
Escuchar el molino.
Sentir el humo del fuego en los ojos.
Observar unas manos preparando pan.
Caminar por un sendero.
Sentir polvo en los pies.
Escuchar una población despertando.
Ver regresar a los trabajadores al final del día.
Sentarnos alrededor de una comida sencilla.
Ver cómo se apaga una lámpara.
Después iremos más lejos.
Entraremos en la sinagoga.
Escucharemos las Escrituras.
Conoceremos las fiestas.
Los viajes.
Los oficios.
Los campos.
Las relaciones familiares.
Las responsabilidades.
La vida religiosa.
La vida social.
No para afirmar que conocemos cada movimiento de Jesús.
Sino para comprender el mundo que Él decidió habitar.
Entonces quizá podamos volver a leer una de las declaraciones más extraordinarias del Evangelio de Juan:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
—Juan 1:14.
Hemos leído tantas veces esas palabras que podemos perder la fuerza que contienen.
Habitó entre nosotros.
No significa solamente que nació.
Significa que vivió.
Tuvo una casa.
Tuvo una familia.
Tuvo vecinos.
Creció dentro de una comunidad.
Aprendió dentro de una cultura.
Conoció el trabajo.
Vio sembrar.
Vio cosechar.
Vio cocinar.
Vio lavar.
Vio comprar.
Vio vender.
Vio prestar.
Vio cobrar.
Vio celebrar.
Vio llorar.
Vio enfermar.
Vio morir.
Vio a las personas intentar sacar adelante a sus familias.
Y cuando años después comenzó a enseñar…
habló de ese mundo.
Quizá por eso no deberíamos llamar a aquellos años “los años del silencio”.
Silenciosos fueron los Evangelios acerca de muchos de sus detalles.
Jesús no estuvo ausente de la vida.
Estuvo en Nazaret.
Creciendo.
Observando.
Participando.
Viviendo entre personas.
Y ése será nuestro viaje.
No iremos en busca del Jesús de las leyendas.
Iremos a Nazaret.
Entraremos en una casa judía del siglo primero.
Caminaremos por Galilea.
Observaremos la vida que lo rodeó.
Y quizá, cuando terminemos, aquellas palabras nunca vuelvan a sonar igual:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.”
Porque habremos comprendido un poco mejor lo que significó realmente:
habitar entre nosotros.
Dr. Elio M Rivera
Texto clave: Lucas 2:51
“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret…”
El camino comienza a subir entre las colinas.
No hay una gran calzada anunciando la llegada.
No aparecen murallas.
No hay torres.
No hay palacios recortándose contra el horizonte.
Solamente caminos, piedra, tierra y campos trabajados.
A medida que avanzamos comienzan a aparecer señales de vida.
Un hombre camina a la distancia.
Alguien trabaja un terreno.
Se escucha la voz de un niño.
Un animal pasa por el camino.
Después aparecen las primeras construcciones.
Hemos llegado.
Esto es Nazaret.

Representación artística de Nazaret
Detengámonos aquí.
Porque si realmente hubiéramos llegado a esta pequeña población de Galilea durante los primeros años del siglo primero, probablemente habríamos cometido un enorme error:
habríamos seguido nuestro camino.
Nada parecía extraordinario.
Nada anunciaba que debíamos detenernos.
Roma no estaba mirando hacia allí.
Los grandes hombres del imperio probablemente jamás habían escuchado su nombre.
Jerusalén estaba lejos.
Los acontecimientos que los historiadores consideraban importantes ocurrían en otros lugares.
Y, sin embargo, en alguna parte de aquella pequeña población estaba creciendo un niño.
Para sus vecinos era Jesús.
Para la historia llegaría a ser:

No sabemos exactamente cuántas personas vivían allí durante la infancia de Jesús. La arqueología muestra un asentamiento pequeño y las estimaciones varían, por lo que sería imprudente establecer una cifra exacta.
Probablemente hablamos de unos cuantos cientos de habitantes.
Pero no pensemos solamente en el número.
Pensemos en lo que significa vivir así.
En una comunidad pequeña, usted sale de casa y encuentra personas conocidas.
El hombre que viene por el camino conoce a su padre.
La mujer que pasa más adelante conoce a su madre.
Los ancianos recuerdan a las familias.
Los niños crecen juntos.
Las personas se reconocen.
Si alguien falta durante varios días, probablemente alguien lo nota.
Si una familia celebra una boda, muchos se enteran.
Si alguien muere, la noticia atraviesa rápidamente la población.
Si una familia atraviesa dificultades, otros terminan sabiéndolo.
No hacía falta un periódico.
Bastaban las personas.
Aquella cercanía podía ser hermosa.
Si alguien necesitaba ayuda, había vecinos.
Si una familia atravesaba un dolor, no necesariamente tenía que sufrirlo sola.
Había personas que se conocían desde hacía años.
Niños que habían crecido juntos.
Ancianos que habían visto nacer a varias generaciones.
Había pertenencia.
Pero la misma cercanía podía tener otra cara.
En un lugar pequeño también era difícil esconderse.
Una discusión podía escucharse.
Una equivocación podía recordarse.
Un rumor podía recorrer rápidamente las casas.
Una familia podía cargar durante años con una historia que otros conocían.
Una mala reputación no desaparecía simplemente caminando unas calles más lejos.
La cercanía podía abrazar.
Y también podía pesar.
Quien haya crecido en un pueblo pequeño probablemente comprende exactamente de qué estamos hablando.
Jesús creció en uno.
Esto cambia nuestra manera de contemplarlo.
Jesús no apareció un día en Galilea siendo un hombre de treinta años.
Antes fue niño.
Después adolescente.
Después joven.
Sus vecinos lo vieron pasar de una etapa a otra.
Imagine por un momento su propio lugar de infancia.
Tal vez recuerde una calle.
Una casa.
Un vecino.
Un árbol.
Una tienda.
Un camino que recorrió tantas veces que dejó de pensar en él.
Quizá recuerde a personas que lo conocieron cuando era pequeño y que muchos años después continuaban recordándolo como:
“el hijo de…”
Eso fue Nazaret para Jesús.
Nosotros pronunciamos su nombre con reverencia.
Ellos conocían a su familia.
Años después, cuando comenzó a enseñar públicamente, algunos reaccionaron precisamente desde esa familiaridad:
“¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón?”
—Marcos 6:3.
Casi podemos escuchar lo que hay detrás de aquellas palabras:
“Nosotros sabemos quién es.”
Lo habían visto crecer.
Para ellos, su pasado estaba allí mismo.
Nazaret se encontraba entre las elevaciones de la Baja Galilea.
La piedra caliza era parte natural del paisaje.
Había terrenos cultivados, senderos y caminos que conectaban aquella pequeña población con otras comunidades de la región.
Pero dejemos nuevamente los datos y pensemos como alguien que vive allí.
Cuando uno crece en un lugar, el paisaje deja de parecernos especial.
Simplemente está allí.
Uno conoce la subida.
Conoce el descenso.
Sabe cuánto falta para llegar.
Reconoce un sendero.
Sabe dónde cambia el terreno.
Ha visto aquellas colinas bajo el calor.
Las ha visto después de la lluvia.
Ha caminado por los mismos lugares tantas veces que ya no necesita pensar hacia dónde va.
Para nosotros aquellas colinas pertenecen a la geografía bíblica.
Para Jesús eran las colinas de su pueblo.
Sus pies recorrieron aquella región una y otra vez.
Hubo días importantes.
Pero seguramente hubo muchísimos más en los que aparentemente no ocurrió nada digno de ser escrito.
Salió.
Regresó.
Creció.
Vivió.
Y llegó otro día.
A pocos kilómetros de Nazaret se encontraba Séforis.
Durante parte de la juventud de Jesús fue un importante centro urbano de Galilea relacionado con el gobierno de Herodes Antipas.
El contraste era notable.
Nazaret era pequeña.
Séforis era urbana.
Nazaret pertenecía al mundo de las comunidades rurales.
Séforis representaba una realidad de mayor actividad administrativa, económica y constructiva.
Esto nos recuerda algo importante:
Nazaret era pequeña, pero no estaba aislada.
Había caminos.
Había movimiento.
Había otras poblaciones.
Existía un mundo mucho más grande detrás de aquellas colinas.
Algunos han sugerido que José y Jesús pudieron haber trabajado en Séforis debido a su cercanía y a la actividad constructiva que allí se desarrollaba.
Es posible.
Pero no lo sabemos.
Los Evangelios no lo dicen.
Y debemos conservar esa frontera.
Queremos acercarnos todo lo posible a la vida de Jesús.
Pero nunca tanto como para comenzar a inventarla.
Aquella población era predominantemente judía.
Los hallazgos arqueológicos correspondientes al período romano temprano son compatibles con esa identidad.
Pero decir simplemente “una población judía” tampoco permite sentir lo que significaba.
Aquellas familias pertenecían a una historia mucho más antigua que ellas.
Habían nacido dentro de un pueblo que conservaba memoria.
Generaciones habían transmitido nombres, relatos, costumbres y esperanza.
Los grandes acontecimientos de Israel habían ocurrido siglos antes, pero no estaban muertos.
Continuaban formando parte de la identidad de aquellas personas.
Todavía no entraremos en la manera en que practicaban su fe.
Llegaremos allí después.
Por ahora basta comprender esto:
Jesús creció perteneciendo.
A una familia.
A una comunidad.
A un pueblo.
A una historia.
Ahora imaginemos Nazaret en un día común.
No ocurre ningún milagro.
No aparece ningún ángel.
No hay una multitud.
No hay nadie escribiendo lo que sucede.
La población despierta.
Comienzan las voces.
Algunas personas salen.
Otras trabajan cerca de sus casas.
Un niño llora.
Otro corre.
Alguien está de buen humor.
Otro tuvo una mala noche.
Una familia tiene suficiente.
Otra está preocupada.
En alguna casa alguien está enfermo.
En otra quizá hay preparativos para una celebración.
Dos vecinos conversan.
Otros probablemente no se llevan tan bien.
Alguien debe dinero.
Alguien espera recibirlo.
Un anciano recuerda tiempos mejores.
Un joven sueña con salir de allí.
Una madre llama a uno de sus hijos.
Vida.
Vida humana.
No sabemos cuáles de estas escenas concretas ocurrieron delante de Jesús en un día determinado.
Pero éste era el tipo de mundo humano al que pertenecía una pequeña comunidad.
Nazaret no era una escenografía colocada alrededor del Hijo de Dios.
Estaba llena de personas reales.
Con defectos.
Con virtudes.
Con necesidades.
Con historias.
Y Jesús vivió entre ellas.
En una comunidad así no solamente se compartían alegrías.
También se veían dolores.
Cuando alguien enfermaba, la enfermedad tenía un rostro.
Cuando una familia perdía a alguien, el ausente tenía un nombre.
Cuando había pobreza, no era una estadística.
Era probablemente alguien conocido.
Cuando una persona envejecía, los demás habían visto pasar sus años.
Cuando un niño nacía, la comunidad veía comenzar otra historia.
Y cuando alguien cometía un error, tampoco era solamente “alguien”.
Era el hijo de determinada familia.
El vecino.
El conocido.
Vivir cerca de las personas significa inevitablemente terminar viendo su fragilidad.
Y también permitir que ellas vean la nuestra.
Jesús aceptó crecer así.
No detrás de los muros de un palacio.
No protegido de las complicaciones de la convivencia humana.
Cerca.
Lo suficientemente cerca para ser conocido.
Pero no cometamos otro error.
No imaginemos Nazaret únicamente como sufrimiento.
La vida difícil también puede ser feliz.
Seguramente hubo risas.
Celebraciones.
Bodas.
Niños jugando.
Conversaciones entre vecinos.
Familias reuniéndose.
Personas regresando después de una ausencia.
Historias contadas más de una vez.
Momentos en que alguien comenzaba a reír y terminaba haciendo reír a los demás.
La gente pobre no vive llorando todo el día.
La gente trabajadora no vive pensando permanentemente en lo difícil que es trabajar.
La vida encuentra maneras de celebrar aun cuando no es fácil.
Nazaret debió conocer ambas cosas.
El cansancio y la risa.
La preocupación y la esperanza.
La enfermedad y la recuperación.
Los nacimientos y las muertes.
Los encuentros y las despedidas.
Como cualquier comunidad humana.
Y allí estaba Jesús.
Ahora hagamos un último ejercicio.
Estamos caminando por Nazaret.
No sabemos que estamos dentro de una historia que cambiará al mundo.
Para nosotros es solamente otro día.
Pasamos junto a algunas personas.
Saludamos a alguien.
Seguimos caminando.
Más adelante aparece un muchacho.
No lleva una señal sobre la cabeza.
No hay un resplandor alrededor de su cuerpo.
Nadie cae de rodillas cuando pasa.
Quizá algunas personas lo conocen.
Nosotros no.
Lo vemos durante unos segundos.
Después seguimos nuestro camino.
Y nunca imaginamos quién acaba de pasar junto a nosotros.
Eso es lo impresionante de Nazaret.
Dios permitió que su Hijo fuera ordinario a los ojos de quienes lo rodeaban.
Tan ordinario que años después, cuando comenzó a enseñar, sus propios vecinos tuvieron dificultades para comprenderlo.
Habían visto demasiado al muchacho como para reconocer fácilmente al Maestro.
Ahora regresemos a Lucas:
“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret…”
Después de recorrer imaginariamente aquellas calles, esas palabras significan algo diferente.
Jesús no volvió solamente a una ubicación geográfica.
Volvió a casa.
A las mismas colinas.
A los mismos caminos.
A rostros conocidos.
A personas que conocían a María y a José.
A una comunidad donde sería observado crecer.
Y allí permaneció durante años.
Años de los que sabemos muy poco.
Pero no fueron años vacíos.
Fueron años vividos.
Días.
Semanas.
Estaciones.
Personas.
Relaciones.
Alegrías.
Dificultades.
Crecimiento.
No necesitamos llenar esos años con leyendas.
La realidad es suficientemente extraordinaria.
Quedémonos todavía unos segundos a la entrada de Nazaret.
Mire nuevamente.
Las construcciones son pequeñas.
Las colinas permanecen alrededor.
Alguien llama a un niño.
Un trabajador regresa.
La tarde comienza a caer.
Dentro de poco la luz desaparecerá y aquella pequeña población quedará en silencio.
Mañana volverá a comenzar.
Y después otro día.
Y otro.
Y otro.
Así pasarán los años.
Mientras emperadores gobiernan.
Mientras ejércitos marchan.
Mientras en Jerusalén los sacerdotes continúan sus ceremonias.
Mientras la historia parece ocurrir en otra parte…
Jesús está creciendo en Nazaret.
El mundo no lo sabe.
Roma no lo sabe.
La mayor parte de Israel no lo sabe.
Nazaret solamente ve crecer a uno de sus muchachos.
Y quizá allí encontramos una de las cosas más conmovedoras de toda esta historia:
antes de que multitudes caminaran detrás de Jesús, Él caminó durante años entre personas que apenas podían imaginar quién vivía a su lado.
Nazaret era pequeña.
El mundo apenas sabía que existía.
Pero para Jesús fue hogar.
Y antes de que el mundo conociera a Jesús de Nazaret,
Nazaret conoció a Jesús.
El que había creado las ciudades escogió crecer en una pequeña aldea.
El que conocía a cada ser humano aceptó vivir entre personas que creían conocerlo simplemente como Jesús de Nazaret.
El Rey de reyes no creció en un palacio.
Creció entre trabajadores, familias, vecinos y niños.
Caminó por calles sencillas.
Reconoció rostros.
Tuvo vecinos.
Perteneció a una comunidad.
Y durante años, mientras el mundo seguía buscando grandeza en Roma, en los palacios y entre los poderosos, Dios estaba viviendo en Nazaret.
No vino solamente a visitar nuestra existencia.
Entró en ella.
Aceptó la sencillez.
La rutina.
Los días comunes.
La convivencia con personas comunes.
El Dios eterno quiso saber lo que significaba vivir entre nosotros.
Y durante años lo hizo de una manera tan sencilla que muchos podían cruzarse con Él sin imaginar quién acababa de pasar a su lado.
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…” —Juan 1:14.
Texto clave: Lucas 2:51
“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos…”
Ya hemos llegado a Nazaret.
La hemos visto desde afuera.
Hemos caminado imaginariamente entre sus colinas y contemplado aquella pequeña población de Galilea donde casi todos se conocían.
Ahora podemos acercarnos un poco más.
Ahora podemos entrar en una casa.

Vista interior de una casa de una familia judía del siglo primero
No sabemos cuál fue exactamente la vivienda donde creció Jesús. Ningún descubrimiento arqueológico nos permite detenernos delante de una construcción y afirmar con certeza:
“Aquí vivió Jesús.”
No debemos hacerlo.
Pero sí conocemos mucho mejor el tipo de viviendas que existieron en Nazaret y en otras poblaciones judías de Galilea durante el siglo primero.
Y eso nos permite hacer algo extraordinario.
No identificar su casa.
Sino comprender cómo era vivir dentro de una casa como aquella.
Deténgase por un momento antes de entrar.
Olvide nuestras casas.
Olvide los interruptores.
Las tuberías.
Las habitaciones privadas.
Los muebles.
Las ventanas modernas.
La electricidad.
Ahora entre.
La temperatura cambia.
La luz disminuye.
Hay piedra.
Hay objetos sencillos.
Hay espacios utilizados una y otra vez para diferentes necesidades.
Se escuchan personas cerca.
Esto no es un palacio.
Es una casa familiar.
Y una casa semejante a ésta fue el mundo cotidiano de Jesús durante años.

Nazaret estaba rodeada de piedra caliza.
La roca formaba parte del paisaje y los habitantes aprendieron a utilizar lo que la tierra les proporcionaba.
Los muros podían levantarse con piedra local y algunas irregularidades podían cubrirse o cerrarse con otros materiales.
Pero había algo especialmente interesante.
La roca no siempre terminaba donde comenzaba la casa.
En algunos casos, podía convertirse en parte de ella.
Había espacios excavados.
Cavidades.
Cisternas.
Áreas utilizadas para almacenamiento.
Algunas familias podían aprovechar cuevas naturales o espacios parcialmente excavados e integrarlos a su ambiente doméstico.
No imaginemos necesariamente una familia viviendo dentro de una caverna oscura como las representaciones de habitantes prehistóricos que hemos visto tantas veces.
Era diferente.
Imagine una pared que no fue completamente construida.
Siempre estuvo allí.
Es la propia roca.
Una cavidad natural puede aprovecharse.
Otra puede ampliarse.
Un espacio excavado puede utilizarse para guardar cosas.
Delante de la roca pueden levantarse muros.
La construcción y la colina terminan encontrándose.
Para nosotros, normalmente la casa comienza donde termina el terreno.
En aquel mundo podía ocurrir algo distinto:
el terreno podía convertirse en parte de la casa.
Y cada mañana, al despertar, aquella roca seguía allí.

Ahora mire alrededor.
No busque una habitación para cada persona.
Probablemente no la encontrará.
El espacio era demasiado valioso para nuestra idea moderna de privacidad.
Un mismo lugar podía servir para diferentes actividades dependiendo del momento del día.
Durante unas horas había movimiento.
Después allí podía comerse.
Más tarde podían extenderse los elementos utilizados para descansar.
La casa cambiaba junto con las necesidades de la familia.
No había necesariamente una recámara para cada hijo.
Ni una habitación matrimonial como nosotros la concebimos.
Ni una sala dedicada exclusivamente a recibir visitas.
Ni un comedor separado.
Ni una cocina equipada como una habitación moderna.
La familia vivía junta.
Y “junta” significaba realmente cerca.
Se escuchaban.
Se veían.
Sabían quién había entrado.
Sabían quién había salido.
Si alguien hablaba, otros podían escucharlo.
Si un niño lloraba, probablemente más de una persona se enteraba.
Si alguien estaba cansado y deseaba silencio, la vida de los demás no necesariamente se detenía.
Había poca distancia entre una persona y otra.
Hoy podemos cerrar una puerta y desaparecer durante un rato.
En una casa semejante, eso podía resultar mucho más difícil.
La vida familiar no ocurría detrás de muchas puertas cerradas.
Ocurría alrededor de todos.
También alrededor de Jesús.
Entonces caía la noche.
La casa que durante el día había estado llena de actividad comenzaba lentamente a transformarse.
Había que descansar.
Pero dormir no significaba necesariamente entrar en una habitación donde una cama había permanecido esperando todo el día.
Podían utilizarse esteras, mantas y otros elementos sencillos para descansar.
Se extendían.
Se acomodaban.
El espacio que unas horas antes había tenido otra función ahora se convertía en lugar para dormir.
Imagine a una familia preparándose.
Las actividades van terminando.
Algunas cosas se guardan.
Las voces comienzan a disminuir.
Uno encuentra su lugar.
Después otro.
Y otro.
Todos están cerca.
Quizá alguien todavía quiere hablar.
Otro ya está cansado.
Alguien se mueve buscando una posición más cómoda.
Poco a poco la casa se tranquiliza.
Jesús conoció aquella cercanía.
No como visitante.
Como parte de una familia.
Y entonces ocurría algo que nosotros difícilmente experimentamos.
Llegaba la oscuridad.
De verdad.
No había un interruptor en la pared.
No había luz eléctrica esperando detrás de un botón.
No había iluminación pública entrando por las ventanas.
Había lámparas de aceite.
Pequeñas.
Una mecha absorbía el aceite y sostenía una llama.
Imagine encender una.
Primero aparece un pequeño punto de luz.
Después comienzan a distinguirse algunos objetos cercanos.
La llama se mueve.
Las sombras también.
Pero el resto de la habitación continúa oscuro.
Una lámpara de aceite no convertía la noche en día.
Solamente abría un pequeño espacio dentro de la oscuridad.
Había que tener aceite.
Había que cuidar la mecha.
Había que proteger la llama.
Si se apagaba, todos lo notaban.
Jesús conoció noches iluminadas así.
Una pequeña llama.
Sombras moviéndose sobre piedra.
Rostros que podían verse mejor cuando se acercaban a la luz.
Una familia preparándose para descansar.
Y afuera…
Nazaret oscura.
Pero durante el día había otra presencia dentro de la casa.
El fuego.
Cocinar significaba encenderlo.
Dependiendo de la vivienda y de las circunstancias, podían utilizarse hogares, hornos y diferentes instalaciones para preparar los alimentos.
El fuego era indispensable.
Daba calor.
Permitía cocinar.
Pero tenía un precio.
Humo.
Imagine acercarse.
El calor se siente en el rostro.
Un recipiente está sobre el fuego.
Hay ceniza.
El combustible se consume.
El humo busca por dónde salir.
Los ojos pueden sentirlo.
Con el paso del tiempo, algunas superficies pueden oscurecerse.
Y mañana habrá que encender el fuego nuevamente.
No bastaba girar una perilla.
Había que conseguir combustible.
Prepararlo.
Encenderlo.
Mantenerlo.
Después limpiar.
El pan cotidiano, por ejemplo, comenzaba mucho antes de aparecer delante de la familia.
Pero esa historia tendrá su propio momento.
Por ahora solamente estamos mirando el lugar donde ocurría.
Ahora observe los objetos.
No hay demasiados.
Y eso hace que cada uno importe más.
Recipientes de cerámica.
Jarras.
Cuencos.
Cestas.
Herramientas.
Lámparas.
Esteras.
Objetos relacionados con las necesidades y el trabajo de la familia.
No estaban allí simplemente para llenar espacios.
Servían para algo.
Una jarra podía utilizarse una y otra vez.
Una cesta podía acompañar a la familia durante años.
Una lámpara tenía que cuidarse.
Una herramienta tenía valor.
Un recipiente roto no significaba necesariamente:
“Compraremos otro mañana.”
Había costado producirlo.
Había costado adquirirlo.
Y probablemente todavía podía servir.
En una casa donde las posesiones eran limitadas, las cosas podían adquirir un valor que nuestra abundancia moderna algunas veces nos impide comprender.
Se cuidaban.
Se reparaban cuando era posible.
Se aprovechaban.
En una casa donde había poco, cada cosa tenía una razón para estar allí.
Ahora imagine que tiene sed.
Nuestra reacción es casi automática.
Caminamos unos pasos.
Abrimos una llave.
Sale agua.
En aquella casa no.
El agua tenía que llegar.
Alguien tenía que obtenerla.
Alguien tenía que transportarla.
Después había que almacenarla.
Y entonces comenzaba a gastarse.
Un poco para beber.
Otro poco para preparar alimentos.
Para lavar.
Para limpiar.
Y cada vez quedaba menos.
Hasta que alguien tenía que conseguir más.
Hay algo que olvidamos porque vivimos rodeados de tuberías:
el agua pesa.
Un recipiente lleno no llega caminando solo hasta una casa.
Alguien lo carga.
Los brazos sienten el peso.
Los hombros lo sienten.
La espalda lo siente.
Y cuando finalmente el agua está dentro de la casa, se utiliza sabiendo que no es infinita.
Jesús vivió en un mundo donde el agua no aparecía al abrir una llave.
Cada cantidad utilizada había llegado mediante esfuerzo humano.
Quedémonos quietos unos momentos.
No mire solamente.
Escuche.
Un recipiente toca el suelo.
Pasos.
Una voz.
Alguien entra.
Otra persona sale.
Se escucha fuego.
Hay movimiento.
Hay niños.
Hay conversaciones.
Quizá alguien se ríe.
Tal vez otro está cansado.
Alguien necesita algo.
Otro intenta terminar una tarea.
No sabemos qué ocurrió específicamente en la casa de Jesús durante un día determinado.
No necesitamos inventarlo.
Basta comprender cómo suena una familia cuando vive junta.
La casa no estaba en silencio esperando que ocurriera algo bíblico.
Estaba viva.
Y Jesús estaba dentro de esa vida.
No observándola desde afuera.
Participando de ella.
Y entonces aparece el contraste.
No necesitamos desarrollarlo demasiado.
Ya sabemos quién había llegado a aquella casa.
El Hijo que había conocido la gloria del Padre ahora habitaba entre muros levantados por manos humanas.
Piense solamente en una noche.
La luz comienza a desaparecer.
Alguien enciende una pequeña lámpara.
La llama aparece.
La habitación continúa parcialmente oscura.
Jesús está allí.
El que había conocido la gloria celestial contempla ahora el mundo bajo la luz temblorosa de una lámpara de aceite.
El que no necesitaba nada vive en una casa donde el agua tiene que conseguirse.
El que poseía todas las cosas habita entre objetos que se conservan porque cuesta reemplazarlos.
El que había conocido el cielo duerme dentro de una vivienda sencilla de Nazaret.
No durante una noche simbólica.
No durante una visita.
Año tras año.
No apareció un palacio cuando se cerraba la puerta.
No existía una vida secreta de comodidades reservadas exclusivamente para Él.
El Evangelio simplemente lo coloca allí.
No vino a visitar la condición humana.
La asumió.
Si nosotros hubiéramos tenido que preparar una residencia para recibir al Hijo de Dios, probablemente habríamos pensado de otra manera.
Algo digno.
Algo impresionante.
Una casa que hiciera justicia a su identidad.
Habitaciones amplias.
Los mejores materiales.
Personas encargadas de atenderlo.
Algo que hiciera decir a quienes llegaran:
“Aquí vive un Rey.”
Pero no ocurrió así.
Lucas simplemente escribe:
“…volvió a Nazaret…”
Y dentro de Nazaret había una casa.
Una casa donde, cuando oscurecía, había que encender una lámpara.
Donde el agua tenía que ser transportada.
Donde el fuego producía humo y podía irritar los ojos,
Donde los objetos se cuidaban.
Donde los espacios se compartían.
Donde al llegar la noche había que preparar nuevamente el lugar para descansar.
Y Jesús aceptó aquella existencia.
No la consideró demasiado pequeña.
No exigió una excepción.
No pidió que la tierra se pareciera al cielo para poder vivir en ella.
Él descendió hasta donde nosotros estábamos.
Quizá aquí comenzamos a comprender algo de su corazón.
Su grandeza no consistió en exigir que la tierra estuviera a la altura del cielo para recibirlo.
Su grandeza estuvo también en aceptar una vida que millones de seres humanos reconocerían inmediatamente como suya:
una casa sencilla,
pocas cosas,
una familia cerca,
trabajo,
oscuridad,
una pequeña lámpara,
y mañana…
volver a comenzar.
El Hijo de Dios vivió allí.
Dentro de una casa sencilla de Nazaret.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Dr. Elio M Rivera
Texto clave: Lucas 2:51-52
“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos… Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura…”
En el capítulo anterior entramos en una casa de Nazaret.
Ahora hagamos algo diferente.
Quedémonos a vivir dentro de ella.
Porque una cosa es contemplar arqueológicamente una vivienda del siglo primero.
Otra muy distinta es despertar allí.
Sentir frío.
Tener sueño.
Buscar privacidad.
Intentar descansar cuando otros todavía están despiertos.
Enfermarse.
Soportar una noche calurosa.
Despertarse cuando todavía quisiéramos permanecer bajo las cobijas.
Y descubrir que la vida no se detiene simplemente porque estamos incómodos.
Eso también era vivir en Nazaret.

Marcos menciona por nombre a cuatro hermanos de Jesús: Jacobo, José, Judas y Simón, y añade que tenía hermanas. —Marcos 6:3.
Mateo ofrece información semejante. —Mateo 13:55-56.
No sabemos exactamente cuántas hermanas fueron ni podemos asegurar que todos los hijos vivieran juntos durante todos los años de Nazaret.
Pero los Evangelios nos permiten ver una familia numerosa.
Ahora imagine esa familia dentro de una vivienda modesta.
No busque una recámara para cada hijo.
No existe.

Recreación artística de como dormiría una familia judía del siglo primero
Cuando llega la noche, algunos espacios utilizados durante el día pueden transformarse en lugares para descansar. Se extienden esteras. Se acomodan mantas. Cada persona encuentra su lugar.
Y todos están cerca.
Muy cerca.
Alguien se mueve.
Otro tose.
Un niño despierta.
Alguien necesita levantarse.
Otro todavía no puede dormir.
Uno siente frío.
Otro jala un poco más la cubierta.
Quizá alguien ronca.
Y cuando finalmente todos consiguen acomodarse, la casa comienza lentamente a quedar en silencio.
Quien haya crecido durmiendo junto a sus hermanos no necesita demasiadas explicaciones.
Sabe lo que significa.
No existe “mi espacio” de la manera en que nosotros lo entendemos.
Existe nuestro espacio.
Y mañana ese lugar donde todos están acostados tendrá nuevamente otra función.
La familia compartía mucho más que una casa.
Compartía prácticamente todas las incomodidades de la casa.

Ahora imagine que ha llegado el invierno.
Durante la noche usted consiguió finalmente algo precioso:
calor.
No porque la habitación esté climatizada.
Sino porque está debajo de las cobijas.
Su propio cuerpo ha calentado lentamente aquel pequeño espacio.
Afuera hace frío.
La casa también está fría.
Pero debajo de aquellas coberturas usted ha conseguido crear un pequeño refugio.
Y entonces llega la mañana.
Hay que levantarse.
Ese momento lo comprende perfectamente quien alguna vez durmió en una casa sin calefacción durante el invierno.
Uno abre los ojos y sabe lo que le espera.
Saca una mano.
Frío.
La vuelve a meter.
Durante algunos minutos existe una lucha muy humana.
El cuerpo no quiere salir.
Allí debajo está tibio.
Afuera no.
Pero el día no puede comenzar debajo de una cobija.
Hay responsabilidades.
Hay trabajo.
Hay necesidades.
Hay otras personas esperando.
Así que finalmente hay que hacerlo.
Se retira la cubierta.
El aire frío toca el cuerpo.
Los pies encuentran el suelo.
Y de pronto uno está completamente despierto.
No necesitamos afirmar que una mañana concreta de Jesús ocurrió exactamente así.
Pero éste era un mundo sin calefacción central, sin aislamiento moderno y sin un sistema que mantuviera toda la vivienda a una temperatura agradable durante la noche.
El invierno entraba en la experiencia de vivir.
Jesús creció dentro de ese mundo.
Y estaba algo todavía más cotidiano.
Limpiarse.
Hoy podemos entrar a un baño, abrir una llave y esperar unos segundos.
Agua caliente.
Toda la que necesitemos.
En una casa rural antigua no existía esa experiencia.
El agua tenía que conseguirse.
Transportarse.
Y si se deseaba caliente, había que calentarla.
Primero fuego.
Después esperar.
Quizá calentar una cantidad limitada en recipientes.
Transportarla.
Mezclarla hasta obtener una temperatura utilizable.
Y entonces utilizarla sabiendo que no existía detrás de la pared una provisión interminable de agua caliente.
Quien haya vivido alguna vez en una casa donde había que calentar el agua manualmente conoce la diferencia.
El baño comienza mucho antes de quitarse la ropa.
Comienza consiguiendo agua.
Preparando fuego.
Esperando.
Y en invierno todo resulta más difícil.
Imagine quitarse la ropa dentro de un espacio frío.
El cuerpo reacciona inmediatamente.
Finalmente llega el agua caliente.
Cae sobre la piel.
Por unos momentos produce alivio.
Pero el agua que abandona el cuerpo comienza rápidamente a enfriarse.
El piso está frío.
El aire está frío.
Las paredes están frías.
Y el agua caliente es limitada.
Hay que terminar.
Secarse.
Vestirse.
Recuperar nuevamente el calor.
Quien lo ha vivido sabe que algunas veces uno termina limpio…
y tiritando.
No sabemos cómo realizaba específicamente su higiene la familia de Jesús ni debemos inventar un cuarto de baño que la arqueología no nos permite reconstruir.
Pero sí sabemos algo mucho más sencillo:
no existían duchas modernas.
No existían calentadores automáticos.
No existía agua caliente saliendo de una pared.
Cada comodidad térmica tenía que conseguirse mediante trabajo, combustible y tiempo.
Cuando hacía frío, incluso lavarse podía exigir esfuerzo.

Después llegaban los meses calurosos.
Y entonces las cobijas que habían sido refugio durante el invierno podían convertirse en algo insoportable.
Uno intenta dormir.
Se mueve.
Busca otra posición.
La superficie donde descansa está caliente.
El cuerpo también.
No hay aire acondicionado.
No hay un aparato trabajando silenciosamente durante toda la noche para mantener la habitación a una temperatura agradable.
Se depende de algo mucho más antiguo:
que corra aire.
Una abertura puede ayudar.
Un patio puede sentirse mejor.
El techo podía utilizarse para diferentes actividades cuando las condiciones lo permitían y, en el mundo antiguo, los espacios abiertos de la vivienda adquirían especial importancia precisamente porque el clima formaba parte de la vida.
Quien ha vivido sin aire acondicionado conoce esas noches.
Uno espera una corriente de aire.
Deja abiertas las posibilidades de ventilación que tiene.
Busca el lugar menos caliente.
Se moja el rostro.
A veces humedece la ropa o la piel buscando unos minutos de alivio.
Se queda quieto esperando que el cuerpo deje de sentirse tan caliente.
Finalmente comienza a dormirse…
y el calor lo despierta otra vez.
No debemos afirmar que Jesús dormía sobre el techo de su casa ni que utilizaba exactamente alguno de estos recursos.
No lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que no existía un refugio climatizado que lo separara del verano galileo.
Cuando hacía calor, hacía calor.
Y había que vivir dentro de él.
Ahora añadamos personas a esa incomodidad.
Porque usted no está solo.
Hay una familia alrededor.
Si quiere descansar, alguien puede estar hablando.
Si necesita silencio, un niño puede comenzar a llorar.
Si está enfermo, los demás lo saben.
Si alguien está preocupado, resulta difícil esconderlo durante mucho tiempo.
Las conversaciones se escuchan.
El cansancio se ve.
Los estados de ánimo terminan afectando a otros.
Cuando varias personas viven dentro de espacios reducidos, uno aprende rápidamente ciertas palabras:
Esperar.
Compartir.
Ceder.
Soportar.
Perdonar.
Volver a compartir mañana.
No porque todos posean una paciencia extraordinaria.
Sino porque no hay otro lugar adonde ir para dejar de ser familia durante unas horas.
Jesús vivió con personas reales.

Nuestra imagen moderna de una casa también puede engañarnos aquí.
En las viviendas rurales de Galilea, los animales podían formar parte del conjunto doméstico. Algunos espacios podían estar destinados a ellos y el patio constituía un área fundamental para muchas actividades familiares.
Eso significaba algo que una ilustración hermosa difícilmente transmite.
Olores.
Suciedad.
Alimento.
Limpieza.
Movimiento.
Imagine que la familia finalmente intenta descansar.
La casa está tranquila.
Y entonces un animal se mueve.
Se escucha.
Alguien despierta.
Quizá otra persona protesta medio dormida.
Después vuelve el silencio.
No hay nada romántico en ello.
Era simplemente la vida.

Después llegaban las lluvias.
Los techos galileos podían construirse con vigas de madera, cañas y capas de tierra y revestimiento.
Funcionaban.
Pero necesitaban mantenimiento.
Había que compactar.
Reparar.
Revisar las partes deterioradas.
Una grieta importaba.
La humedad importaba.
No debemos afirmar que el techo de la casa de Jesús necesariamente goteaba.
No lo sabemos.
Pero tampoco debemos imaginar una vivienda moderna completamente impermeabilizada.
Escuche ahora la lluvia.
Golpea el techo.
Afuera el terreno cambia.
Aparece humedad.
La familia observa.
Si existe algún punto débil, habrá que atenderlo.
Quizá no en ese momento.
Pero pronto.
Porque una casa antigua no era una estructura terminada para siempre.
Había que mantenerla continuamente habitable.
También estaban los insectos.
Las moscas.
Los roedores.
Una vivienda del siglo primero no estaba sellada contra la naturaleza.
Había pequeñas aberturas.
Patios.
Tierra.
Animales.
Alimentos almacenados.
No había mosquiteros modernos.
No había aerosoles.
No había una empresa a la cual llamar para eliminar una plaga.
Imagine intentar dormir y escuchar algo.
Uno abre los ojos.
Espera.
Otra vez.
Algo se movió.
Quizá no sea nada.
Quizá sí.
Había que convivir con una naturaleza que estaba mucho más cerca.
Para ellos era normal.
Para nosotros puede resultar difícil imaginarlo porque hemos construido muchas barreras entre nuestro hogar y el mundo exterior.
Ellos tenían muchas menos.
También había que ir al baño.
Parece un detalle demasiado cotidiano para mencionarlo cuando hablamos de Jesús.
Precisamente por eso debemos hacerlo con reverencia.
Las aldeas galileas no poseían nuestros sistemas domésticos modernos de drenaje y saneamiento. Las soluciones eran mucho más sencillas y dependían de las posibilidades de cada vivienda y comunidad.
No sabemos qué sistema utilizó específicamente la familia de Jesús.
No necesitamos saberlo.
Lo importante es comprender que la encarnación ocurrió dentro de un mundo sin nuestras comodidades sanitarias.
Y entonces aquellas palabras de Juan se vuelven extraordinariamente concretas:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
—Juan 1:14.
Habitó.
No solamente apareció.
Y alguna vez alguien enfermaba.
No sabemos qué enfermedades padeció la familia de Jesús.
No debemos inventarlas.
Pero una familia que vive durante años conoce la fragilidad del cuerpo.
Una fiebre preocupaba.
Una herida podía complicarse.
Un dolor dental no tenía una clínica esperando a unas cuadras.
No había antibióticos.
No había análisis de laboratorio.
No había una sala de urgencias iluminada durante toda la noche.
Imagine una noche en que alguien está enfermo.
La casa está oscura.
Los demás intentan dormir.
Una pequeña lámpara permanece encendida.
Alguien atiende al enfermo.
Otro despierta.
Pregunta cómo sigue.
Después intenta volver a dormir.
Cuando una persona enfermaba dentro de una casa pequeña, la enfermedad entraba un poco en la vida de todos.
Y a la mañana siguiente muchas responsabilidades continuaban allí.

Finalmente volvía la oscuridad.
Una pequeña lámpara podía iluminar parte de la vivienda.
Pero ahora no pensemos en la lámpara.
Pensemos en lo poco que se veía.
La llama crea un pequeño círculo de luz.
Más allá comienzan las sombras.
Si alguien quiere coser, tiene que acercarse.
Si necesita buscar un objeto, también.
Si un niño está enfermo, hay que atenderlo bajo aquella iluminación.
Si algo cae al suelo, encontrarlo puede requerir paciencia.
Después llega el momento de apagarla.
La llama desaparece.
Oscuridad.
No hay resplandor de una ciudad entrando por las ventanas.
No hay teléfono.
No hay pantalla.
No hay luz de la calle.
Quizá se escucha respirar a quienes están cerca.
Algún movimiento.
Un animal.
El viento.
Y después…
silencio.
Hasta que vuelva a amanecer.

Tenemos una tendencia comprensible a embellecer cualquier escena relacionada con Jesús.
Paredes impecables.
María sonriendo.
José trabajando tranquilamente.
Los niños perfectamente ordenados.
Una lámpara colocada en el lugar exacto.
Todo limpio.
Todo sereno.
Todo casi celestial.
Pero una casa habitada por una familia numerosa no funciona así.
Nunca ha funcionado así.
Había días buenos.
Y días difíciles.
Había orden.
Y desorden.
Había olores.
Sudor.
Polvo.
Ropa que necesitaba atención.
Algo que se rompía.
Un niño que lloraba.
Alguien que roncaba.
Una persona que amanecía de mal humor.
Una noche en que costaba dormir.
Una mañana de invierno en que nadie quería abandonar el calor de las cobijas.
Un día caluroso en que todos deseaban que finalmente comenzara a correr aire.
Había momentos de cansancio.
Pero también había risas.
Conversaciones.
Compañía.
El alivio de encontrar finalmente calor.
La alegría de sentir una corriente fresca durante una noche sofocante.
La satisfacción de acostarse después de un día agotador.
Porque la dureza y la alegría pueden habitar en la misma casa.
Era una casa.
Una casa real.
Y aquí debemos detenernos.
No para sentir lástima por Jesús.
Sino para comprenderlo.
El Hijo de Dios no escogió experimentar solamente las partes agradables de nuestra humanidad.
Aceptó sus limitaciones cotidianas.
El frío.
El calor.
El cansancio.
La falta de privacidad.
El ruido.
Las necesidades del cuerpo.
La incomodidad.
Y lo hizo durante años.
No durante una noche de Navidad.
Durante años.
Esto cambia nuestra manera de contemplar la encarnación.
Porque desde lejos resulta fácil amar a la humanidad.
Lo difícil es vivir con ella.
Compartir su espacio.
Sus olores.
Su ruido.
Sus enfermedades.
Sus necesidades.
Sus días buenos.
Y también aquellos días en que uno quisiera simplemente permanecer debajo de las cobijas y no levantarse.
Jesús vivió dentro de esa realidad.
No conocemos la dirección exacta de aquella casa.
No sabemos dónde dormía.
No sabemos cómo se calentaba el agua en su familia.
No sabemos cuál era el lugar más fresco durante una noche de verano.
Y no necesitamos inventarlo.
Nos basta saber que el clima que tocaba a los demás también formaba parte del mundo que Él había aceptado habitar.
Cuando hacía frío, Nazaret seguía siendo Nazaret.
Cuando hacía calor, Nazaret seguía siendo Nazaret.
Cuando la casa estaba llena, no apareció milagrosamente una habitación adicional.
Cuando llegaba la noche, una pequeña lámpara seguía siendo una pequeña lámpara.
El Hijo de Dios no convirtió su casa terrenal en un palacio para evitar nuestra condición humana.
La aceptó.
Por eso quizá quien alguna vez tembló de frío al levantarse puede comprender un poco mejor Nazaret.
Quien tuvo que calentar agua antes de poder bañarse.
Quien durmió en el suelo.
Quien compartió espacio con muchos.
Quien pasó una noche buscando desesperadamente un poco de aire fresco.
Quien amaneció cansado y tuvo que levantarse de todas maneras.
Quien vivió una vida rural donde casi cada comodidad tenía detrás trabajo humano.
Esa persona puede mirar aquella casa y decir:
“Yo conozco un poco esa vida.”
Y entonces ocurre algo hermoso.
Jesús deja de parecernos distante.
Porque el Hijo de Dios decidió acercarse tanto a nuestra experiencia que aceptó vivir en un mundo donde también había mañanas frías, noches calurosas, cuerpos cansados y casas llenas de gente.
No observó nuestra humanidad desde el cielo.
El Hijo de Dios no vino solamente a conocer nuestros grandes dolores.
También conoció nuestras pequeñas incomodidades.
El frío de una mañana.
El calor de una noche.
El cansancio del cuerpo.
La falta de privacidad.
El ruido de una casa llena.
La necesidad de levantarse cuando todavía quería descansar.
El que había creado el cielo aceptó dormir bajo un techo sencillo.
El que no necesitaba nada aceptó vivir donde cada comodidad requería esfuerzo.
El que habitaba en gloria aceptó compartir el espacio, la rutina y las limitaciones de una familia humana.
No observó nuestra vida cotidiana desde el cielo.
Vino a vivirla desde dentro.
Y durante años, aquella casa sencilla fue el lugar donde el Dios eterno decidió habitar en este mundo.
Y el Verbo se hizo carne y habitó en una casa de Nazaret.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Dr. Elio M Rivera
Texto clave: Lucas 2:51-52
“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos… Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.”
Todavía no ha salido completamente el sol cuando comienza el movimiento.
Alguien despierta primero.
Después otro.
Una voz baja rompe el silencio.
Una persona se incorpora.
Y poco a poco una familia comienza otro día.

Recreación artística del despertar de una familia judía de la época de Jesús
Pero levantarse después de dormir sobre una superficie sencilla no siempre debía sentirse como despertar después de una noche reparadora.
El cuerpo había permanecido durante horas sobre una estera, una manta o algún otro arreglo modesto para descansar. Había cambiado de posición buscando comodidad. Alguna parte había soportado demasiado peso. Tal vez la noche había sido interrumpida varias veces.
Y entonces llegaba el momento de incorporarse.
Primero sentarse.
Después mover las piernas.
Enderezar la espalda.
Estirar los brazos.
Girar un poco el cuello.
Esperar unos segundos.
Quien ha dormido alguna vez en el suelo conoce esa sensación.
Al principio uno no se levanta.
Uno se despega.
El cuerpo parece reclamar la noche que acaba de pasar.
Una cadera se siente.
Un hombro protesta.
La espalda tarda unos momentos en enderezarse completamente.
Pero después de caminar un poco, moverse y comenzar las primeras actividades, la rigidez va desapareciendo.
El cuerpo despierta trabajando.
Y así comenzaba la jornada.
No pensemos todavía en el trabajo.
Había algo anterior.
Había que poner en marcha el cuerpo.
Levantarse significaba atender necesidades que siguen siendo tan humanas hoy como entonces.
Había que evacuar.
Había que asearse dentro de las posibilidades de la época.
Arreglarse el cabello.
Ponerse la ropa.
Acomodar las prendas.
Calzarse cuando correspondía.
Y todo esto ocurría dentro de una casa que también estaba despertando.
No había un cuarto de baño moderno donde encerrarse durante media hora mientras el resto de la familia esperaba.
La intimidad y los recursos eran diferentes.
Después venía la ropa.
Hoy abrimos un armario y podemos escoger entre muchas prendas.
En una familia común de la Galilea del siglo primero, la ropa representaba trabajo y valor. Las prendas tenían que durar, y precisamente por eso se cuidaban y reparaban.
Vestirse para comenzar el día no era prepararse para verse diferente.
Era prepararse para vivir el día que venía.
Después estaban los pies.
Nosotros los protegemos con zapatos fabricados con materiales modernos, suelas acolchadas y diseños destinados a reducir el impacto.
El mundo antiguo era diferente.
El calzado común era mucho más sencillo, y una parte importante de la población conocía perfectamente lo que significaba caminar largas distancias sobre terreno irregular.
Piedras.
Polvo.
Desniveles.
Después de años haciéndolo, los pies se adaptaban.
La piel se endurecía.
Aparecían callos.
Pero adaptarse no significa dejar de sentir.
Un pequeño corte podía molestar.
Una piedra podía lastimar.
Una sandalia deteriorada necesitaba atención.
Los pies eran demasiado importantes para ignorarlos.
Sobre ellos transcurría buena parte de la vida.

Y también estaba el hambre.
No necesariamente esa hambre dramática de quien no tiene qué comer.
Sino el hambre normal de un cuerpo que ha pasado la noche sin alimento y sabe que tendrá que trabajar.
El estómago comienza a recordarlo.
Especialmente cuando aparecen los olores de la comida.
El cuerpo sabe antes que nosotros lo que viene.
Necesitará energía.
Las familias rurales no organizaban necesariamente sus comidas de acuerdo con nuestros horarios modernos, y las costumbres podían variar, pero la jornada de trabajo y la disponibilidad de alimentos determinaban buena parte del ritmo cotidiano.
Lo importante es comprender algo sencillo:
trabajar físicamente produce hambre.
Y el hambre cambia mientras pasan las horas.
Al principio puede ignorarse.
Después comienza a sentirse.
Uno continúa trabajando.
Más tarde el cuerpo vuelve a recordarlo.
Quien ha realizado trabajo físico conoce perfectamente esa diferencia.
No es el deseo de comer porque llegó la hora.
Es sentir que el cuerpo está gastando lo que tiene.
Entonces un alimento sencillo adquiere otro sabor.
Pan.
Aceite.
Algún alimento disponible.
Agua.
Cuando existe hambre verdadera después del trabajo, no hace falta una mesa extraordinaria para disfrutar una comida.
El cuerpo agradece lo sencillo.

Mientras tanto, Nazaret despertaba.
Una puerta se abre.
Después otra.
Alguien sale.
Se escuchan voces.
Una herramienta golpea.
Un animal es conducido hacia algún lugar.
Una persona pasa cargando algo.
Otra llama a alguien desde cierta distancia.
Lo que unos minutos antes era una población en silencio comienza a llenarse de actividad.
Cada familia entra en su propio ritmo.
En algunas casas las actividades se concentran alrededor del trabajo doméstico.
En otras, alguien se prepara para salir hacia los campos.
Un artesano comienza su oficio.
Un agricultor mira el cielo antes de comenzar.
Una mujer organiza lo que necesitará durante las siguientes horas.
Los niños reciben instrucciones.
Los mayores saben muchas veces lo que tienen que hacer sin necesidad de que alguien se los recuerde.
Y en medio de esa actividad ocurría algo que todavía sucede en cualquier familia:
no todos comenzaban el día con el mismo ánimo.
Uno podía levantarse dispuesto.
Otro necesitaba unos minutos.
Alguien podía estar preocupado.
Otro estaba distraído.
Un niño quería jugar antes de terminar lo que le habían pedido.
Un adulto podía tener la cabeza ocupada por una deuda, una reparación pendiente o alguna preocupación familiar.
La vida cotidiana no esperaba a que todos estuvieran emocionalmente preparados.
Simplemente comenzaba.
Los niños de una sociedad rural no permanecían separados durante años del funcionamiento de la familia.
Crecían observando.
Primero miraban.
Después imitaban.
Más tarde ayudaban.
Finalmente ciertas tareas podían convertirse en responsabilidad propia.
No sabemos qué labores específicas realizó Jesús durante cada etapa de su niñez y juventud.
Los Evangelios no nos lo dicen.
Pero Lucas sí nos entrega una frase extraordinariamente sencilla:
“…estaba sujeto a ellos…”
—Lucas 2:51.
Jesús creció dentro de una familia donde existían autoridad y responsabilidades.
Eso significa también aprender algo que todos hemos tenido que aprender alguna vez:
no todo lo que debe hacerse produce ganas de hacerlo.
Un niño puede escuchar una instrucción y preferir otra cosa.
Puede estar entretenido.
Puede tener sueño.
Puede querer terminar lo que estaba haciendo.
Pero crecer significa descubrir que existen responsabilidades que no desaparecen porque uno prefiera otra actividad.
Allí se forma algo más profundo que la capacidad de trabajar.
Se forma constancia.
Después de las primeras actividades ocurre algo interesante.
El cuerpo cambia.
La rigidez de la mañana comienza a desaparecer.
Los músculos entran en calor.
Los movimientos se vuelven más naturales.
Las manos encuentran su ritmo.
Aquello que durante los primeros minutos costaba un poco más comienza a hacerse casi automáticamente.
Quien trabaja físicamente lo conoce.
Hay un momento en que uno deja de pensar en cada movimiento.
Las manos saben.
El cuerpo sabe.
Se inclina.
Levanta.
Camina.
Empuja.
Jala.
Carga.
Suelta.
Y vuelve a comenzar.
Con la repetición también llegaban las señales del oficio.
Las manos de una persona que trabaja no se parecen siempre a las manos de alguien que no lo hace.
La piel se endurece donde existe fricción constante.
Aparecen callos.
Pequeñas raspaduras.
Uñas golpeadas.
Cortes menores.
Resequedad.
Suciedad que entra en los pliegues de la piel.
El trabajo termina dejando una especie de historia sobre el cuerpo.
No necesitamos afirmar cómo eran exactamente las manos de Jesús durante una edad determinada.
Pero sabemos que los Evangelios lo identifican posteriormente como tekton, trabajador o artesano.
Vivió en una sociedad donde trabajar con las manos era parte natural de la existencia.
Con el movimiento aparecía otra sensación.
La boca comienza a secarse.
La lengua lo nota.
Uno traga y descubre que necesita agua.
La sed ligera puede ignorarse durante un rato.
Después cuesta más hacerlo.
Y beber después de trabajar físicamente es una experiencia completamente diferente a beber simplemente porque hay un vaso sobre la mesa.
Uno se detiene.
Toma el recipiente.
Bebe.
El agua entra fría o fresca en la boca si se ha conservado bien.
Se siente bajar.
Durante unos segundos todo el cuerpo parece agradecerlo.
Después se limpia uno la boca con la mano o con la manga y continúa.
En un mundo donde el agua había costado esfuerzo conseguirla, ese momento sencillo tenía otro valor.
Conforme el sol subía y el cuerpo trabajaba, comenzaba a aparecer.
Primero quizá en la frente.
Después alrededor del cabello.
En el cuello.
La ropa empieza a adherirse en algunos lugares.
El polvo del camino encuentra la piel húmeda.
Las manos se pasan por la frente.
Uno sigue.
Después vuelve a hacerlo.
Al terminar varias horas de trabajo, el cuerpo no solamente está cansado.
Se nota que ha trabajado.
Hay polvo en los pies.
Sudor seco sobre la piel.
La ropa ha perdido la frescura con la que comenzó el día.
Las manos están sucias.
El cabello puede tener polvo.
Y todavía no es mediodía.
Ésa es una diferencia importante.
Nosotros solemos pensar en el cansancio como el final del día.
Para muchas personas de una sociedad rural, el cansancio podía aparecer mucho antes.
También existían esas pequeñas cosas que no incapacitan a una persona, pero pueden convertir un día en algo mucho más largo.
Una ampolla.
Una astilla.
Una raspadura.
Una uña lastimada.
Una rozadura producida por el calzado.
Una pequeña cortada en un dedo.
Nada de eso constituye una tragedia.
Precisamente por eso resulta tan humano.
Uno puede continuar trabajando.
Pero cada vez que utiliza aquella mano…
lo recuerda.
Cada vez que pisa…
lo siente.
Cada vez que la ropa roza cierto lugar…
molesta.
Todos conocemos algo semejante.
No estamos enfermos.
No necesitamos acostarnos.
Podemos continuar.
Pero el cuerpo no deja que olvidemos completamente que algo duele.
En una vida física, esas pequeñas molestias debieron ser compañeras frecuentes de trabajadores, agricultores, mujeres ocupadas en las labores domésticas y niños que comenzaban a participar de las responsabilidades familiares.
No conocemos las heridas concretas de Jesús.
Pero conocemos el mundo de trabajo manual en el que creció.
Hay diferentes maneras de estar cansado.
Está el sueño de la mañana.
Está la rigidez de haber dormido mal.
Está el cansancio muscular después de repetir un movimiento muchas veces.
Está el cansancio de caminar.
El de cargar.
El de permanecer inclinado.
El de estar de pie.
Y existe también otro:
el cansancio de saber que todavía falta mucho.
Ése puede ser especialmente pesado.
Uno mira cuánto ha avanzado.
Después mira lo que falta.
Respira.
Y continúa.
Las personas de Nazaret no eran máquinas.
Necesitaban detenerse.
Beber.
Comer.
Sentarse cuando era posible.
Buscar sombra.
Cambiar de postura.
Estirar una espalda cansada.
Apoyarse durante unos instantes.
Esos pequeños descansos tenían valor precisamente porque no duraban demasiado.
A veces bastaba sentarse unos minutos para sentir cómo las piernas comenzaban a relajarse.
Pero entonces ocurría algo curioso.
Había que levantarse otra vez.
Y después de haber descansado unos minutos, el cuerpo podía sentirse incluso más pesado durante los primeros pasos.
Uno se incorpora.
Estira la espalda.
Da dos o tres pasos.
Y vuelve al trabajo.
No todas las mañanas salían bien.
Una herramienta podía romperse.
Algo podía derramarse.
Un recipiente podía caer.
Un animal podía resistirse.
Una tarea podía tomar más tiempo de lo esperado.
Algo que parecía terminado tenía que hacerse nuevamente.
Alguien podía equivocarse.
Otro podía impacientarse.
Una instrucción podía entenderse mal.
Y entonces aparecía una de las frustraciones más antiguas de la humanidad:
tener que repetir un trabajo que uno pensaba que ya había terminado.
Eso también desgasta.
No solamente los músculos.
El ánimo.
Pero la familia necesitaba continuar.
Se corregía.
Se recogía.
Se reparaba.
Se empezaba otra vez.
La vida cotidiana estaba llena de pequeñas victorias que nadie registró y pequeños contratiempos que ningún historiador consideró importantes.
Pero precisamente de eso está hecha gran parte de una vida.
Ahora se escucha una risa.
Quizá alguien dijo algo.
Otro responde.
Por unos segundos el trabajo parece más ligero.
Esto también importa.
Porque una vida exigente no es necesariamente una vida triste.
Las personas conversaban mientras trabajaban.
Los niños encontraban oportunidades para jugar.
Los adultos podían bromear.
Había satisfacción cuando algo quedaba bien hecho.
Existía el placer de terminar.
El gusto de beber cuando se tiene sed.
Sentarse cuando duelen las piernas.
Encontrar sombra cuando el sol comienza a sentirse.
Comer cuando se tiene hambre.
Escuchar a alguien conocido acercarse.
Son placeres pequeños.
Pero cuando la vida tiene menos comodidades, algunas cosas sencillas pueden sentirse enormemente buenas.
Y en medio de todo aquello estaba la fe.
Una de las confesiones centrales de Israel decía:
“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.”
—Deuteronomio 6:4.
El Shemá pertenecía profundamente a la identidad judía y estaba relacionado con la oración cotidiana.
Más adelante entraremos en ese mundo con mayor profundidad.
Por ahora basta observar el contraste.
Dios no pertenecía solamente a los grandes acontecimientos.
También estaba presente en la jornada común.
El mismo hombre que oraba tenía después que trabajar.
La misma mujer que confiaba en Dios tenía que preparar lo necesario para su familia.
El mismo niño que aprendía acerca de Jehová tenía responsabilidades dentro de su casa.
La espiritualidad no ocurría fuera de la vida.
Ocurría dentro de ella.
Ahora el sol está alto.
Han pasado horas desde que aquella familia comenzó a levantarse.
El cuerpo que al amanecer estaba rígido ahora está caliente.
Pero también está cansado.
La espalda ya se ha inclinado muchas veces.
Las manos han trabajado.
Los pies han recorrido terreno.
Ha aparecido sed.
Ha aparecido hambre.
Quizá alguna pequeña molestia comenzó temprano y todavía sigue allí.
El sudor se ha secado y vuelto a aparecer.
Alguien busca sombra.
Otro termina una tarea antes de detenerse.
Una persona se sienta y durante unos segundos no hace absolutamente nada.
Simplemente descansa.
Mira.
Respira.
Quizá bebe.
Y ése puede ser uno de los mejores momentos de toda la mañana.
Porque cuando el cuerpo ha trabajado, sentarse también se convierte en placer.
Lucas resume aquellos años con una expresión sencilla:
“Y Jesús crecía…”
No necesitamos inventar una mañana específica de su infancia.
El Evangelio no nos la proporciona.
Pero sí podemos comprender el mundo en el que ocurrió aquel crecimiento.
Jesús no creció dentro de una existencia suspendida esperando el comienzo de su ministerio.
Mientras crecía, Nazaret trabajaba.
Las personas envejecían.
Los niños asumían nuevas responsabilidades.
Los cuerpos se fortalecían.
Las manos aprendían oficios.
Los padres enseñaban.
Los hijos obedecían.
Había errores que corregir.
Cosas que terminar.
Días fáciles.
Días pesados.
Y una mañana detrás de otra.
Eso quizá sea lo extraordinario.
Durante años, la vida del Hijo de Dios transcurrió dentro del ritmo de la vida ordinaria.
No necesitamos convertir cada mañana en una lección espiritual.
Basta dejarla ser lo que fue:
vida.
Ahora alguien se limpia el sudor.
Otro bebe.
Una persona estira la espalda.
El sol está cerca de su punto más alto.
El hambre comienza a anunciar la siguiente parte del día.
Nazaret lleva horas despierta.
Y nuestra mañana termina aquí.
Porque todavía no hemos visto lo que ocurría cuando el sol comenzaba a descender.
Todavía quedaba medio día por vivir.
El Hijo de Dios también aceptó el comienzo de cada día.
El que nunca se cansa aceptó un cuerpo que necesitaba dormir.
El que no necesitaba recuperar fuerzas conoció el descanso y el momento de tener que terminarlo.
Llegaba la mañana.
Había que levantarse.
Había responsabilidades.
Había un día por vivir.
Y aun cuando el lugar donde dormía estuviera tibio y afuera hiciera frío, había que dejarlo.
Aun cuando el cuerpo estuviera cansado, había que incorporarse.
Aun cuando todavía hubiera sueño, el día comenzaba.
Durante años, el Eterno aceptó algo tan sencillo y tan humano como levantarse una mañana detrás de otra y vivir el día que tenía delante.
Y el Verbo se hizo carne y tuvo que dejar el lugar donde dormía, aun cuando tuviera frío, sueño o cansancio.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Dr. Elio M Rivera
Texto clave: Salmo 104:23
“Sale el hombre a su labor, y a su labranza hasta la tarde.”
El sol ha llegado a lo alto.
La mañana terminó.
Nazaret lleva horas despierta y ahora comienza una parte diferente del día.
No necesitamos volver a hablar del cansancio que ya se siente en el cuerpo. Lo conocemos.
Ahora aparece otra sensación:
la conciencia de que el tiempo comienza a correr en contra.
Todavía queda luz.
Pero ya no queda toda la luz.
Y en un mundo sin iluminación eléctrica eso importaba.
Había cosas que convenía terminar antes de que oscureciera.
Trabajos que debían cerrarse.
Objetos que tenían que regresar a su lugar.
Animales que debían ser atendidos.
Personas que habían salido y todavía tenían que volver.
El día había comenzado abriéndose lentamente delante de ellos.
Ahora comenzaba a cerrarse.

Existe una satisfacción particular en comenzar un trabajo.
Todavía hay fuerzas.
Todo está por hacerse.
Pero la tarde tiene otra personalidad.
Ahora uno mira lo que falta.
Quizá el trabajo avanzó bien.
Quizá no.
Algo tomó más tiempo de lo esperado.
Una herramienta produjo problemas.
Un material no respondió como se quería.
Un animal complicó una tarea.
Alguien llegó tarde.
Algo tuvo que hacerse nuevamente.
Y entonces aparece una pregunta muy antigua:
“¿Alcanzará el día?”
Para nosotros la oscuridad no necesariamente significa detenernos.
Encendemos una luz.
Ellos dependían mucho más de las horas disponibles.
Por eso la posición del sol funcionaba casi como un reloj extendido sobre el cielo.
Todavía hay tiempo.
Después queda menos.
Y después comienza a ser urgente terminar.
El ritmo cambia.
Quizá ya no se conversa tanto.
Uno quiere acabar.
Se concentra.
Hace un último esfuerzo.
No porque el cuerpo haya recuperado fuerzas, sino porque terminar también produce fuerzas.
Todos conocemos esa experiencia.
Uno está cansado.
Piensa que ya no quiere continuar.
Pero descubre que falta poco.
Entonces algo cambia.
“Ya casi.”
Y continúa.
Una última carga.
Un último recorrido.
Una última pieza.
Una última tarea.
Hasta que finalmente puede decir:
“Ya quedó.”
Hay cansancios que se sienten diferentes cuando el trabajo está terminado.
Y también ocurría lo contrario.
Llegaba la tarde y no se había conseguido lo esperado.
Eso también pertenece a la vida.
Un agricultor podía trabajar y no controlar completamente el resultado.
Un artesano podía invertir horas y encontrarse con una dificultad.
Un intercambio podía no realizarse.
Alguien podía quedar debiendo.
Una reparación podía resultar más complicada de lo previsto.
Había días buenos.
Y días en que uno regresaba a casa pensando todavía en lo que había quedado pendiente.
Ése es otro tipo de cansancio.
El cuerpo deja el trabajo.
La cabeza no.
Uno camina hacia casa y sigue resolviendo el problema.
¿Qué haremos mañana?
¿De dónde saldrá lo que falta?
¿Podrá repararse?
¿Pagará aquella persona?
¿Será suficiente?
Dos personas pueden recorrer el mismo camino de regreso.
Una va satisfecha.
La otra preocupada.
La tarde es la misma.
El peso con el que regresan no.
Jesús creció observando una humanidad así.
Personas que no solamente cargaban cosas con las manos.
También cargaban preocupaciones.
Antes de que todos regresaran a sus casas, la población todavía tenía movimiento.
Las personas se encontraban.
Alguien necesitaba hablar con alguien.
Un trabajo debía entregarse.
Un producto cambiaba de manos.
Había pagos.
Deudas.
Acuerdos.
Favores.
Promesas.
En una población pequeña las relaciones económicas no ocurrían siempre entre desconocidos.
La persona a la que se debía dinero podía ser también alguien a quien se encontraría después.
Quien había hecho un trabajo conocía a quien debía pagarlo.
Quien prestaba algo esperaba recuperarlo.
Y eso hacía que el dinero, las obligaciones y las relaciones personales terminaran mezclándose.
Imagine que alguien ha trabajado y espera recibir su pago.
Llega.
Pregunta.
Y escucha:
“Hoy no puedo.”
El problema ya no es solamente económico.
Esa persona quizá necesitaba ese dinero.
Tal vez había contado con él.
Ahora tendrá que esperar.
O imagine lo contrario.
Alguien sabe que debe pagar y no tiene suficiente.
Ve acercarse a la persona a quien debe.
Quizá siente vergüenza.
Quizá preocupación.
Quizá comienza a explicar antes de que le pregunten.
No necesitamos inventar una escena particular de Nazaret para comprender algo tan universal.
Las deudas tienen emociones.
También las tienen los negocios.
Y los compromisos.
Y las promesas incumplidas.
Jesús creció en un mundo donde esas relaciones se veían de cerca.
Años después hablaría de deudores, acreedores, jornaleros, salarios, administradores y personas que rendían cuentas.
Llegaremos a esas enseñanzas después.
Por ahora simplemente observemos el mundo humano que existía alrededor de Él.
Poco a poco las personas tomaban el camino de vuelta.
Hay algo especial en regresar después de haber pasado horas trabajando.
Cuando uno sale por la mañana, mira hacia adelante.
Cuando regresa, comienza a pensar en casa.
La distancia parece diferente.
Los pasos pueden ser más lentos.
Una herramienta que por la mañana parecía ligera ahora se siente un poco más pesada.
Los pies conocen el camino.
La mente comienza a abandonar el trabajo.
Y finalmente aparecen nuevamente las casas.
Uno reconoce su lugar desde lejos.
Quizá escucha voces antes de entrar.
Alguien ya llegó.
Otro todavía falta.
Los niños saben quién está regresando.
Una persona entra.
Deja lo que lleva.
Y ocurre uno de los pequeños placeres más antiguos del mundo:
soltar.
Soltar la herramienta.
Soltar la carga.
Dejar algo en el suelo.
Sentarse.
Aunque sea solamente durante unos minutos.
Después de llevar peso durante horas, dejarlo produce una sensación que recorre el cuerpo.
Los hombros bajan.
Las manos descansan.
La espalda cambia de posición.
Se respira diferente.
Ya estoy en casa.
La casa tenía sus propias necesidades.
Lo que se había utilizado tenía que guardarse.
Los animales necesitaban quedar atendidos.
Había que revisar algunas cosas antes de que desapareciera completamente la luz.
Quien regresaba cubierto de polvo y sudor también quería limpiarse.
No pensemos en una ducha moderna.
Pensemos sencillamente en la necesidad humana de quitarse de encima parte del día.
Lavarse las manos.
El rostro.
Los pies cuando era posible.
Retirar polvo.
Refrescar la piel.
Quizá cambiar o acomodar alguna prenda.
Hay una sensación difícil de explicar hasta que uno la ha experimentado:
el alivio del agua sobre un cuerpo que ha pasado horas trabajando.
El rostro se siente diferente.
Las manos también.
Los pies agradecen la atención.
No se ha borrado el cansancio.
Pero uno vuelve a sentirse un poco más humano.
Y entonces el olor de la comida comienza a tener otra importancia.

Comer después de trabajar no es igual que comer por entretenimiento.
El cuerpo ha esperado.
Ha gastado energía.
Y cuando finalmente llega el momento, una comida sencilla puede resultar profundamente satisfactoria.
No necesitamos entrar todavía en todos los alimentos de Nazaret; tendremos ocasión de hacerlo.
Quedémonos con la experiencia.
Sentarse.
Tener comida delante.
Tomar el primer bocado.
Masticar lentamente.
Beber.
Sentir cómo el hambre comienza a desaparecer.
Quizá durante algunos minutos hay menos conversación porque todos están comiendo.
Después alguien habla.
Y comienza otra parte del día.
Porque ahora la familia vuelve a reunirse.
Ésta es una parte de la vida cotidiana que pocas veces aparece en las reconstrucciones históricas.
Cuando una familia vuelve a reunirse, cada uno trae algo que los demás no vivieron.
Alguien vio a determinada persona.
Otro escuchó una noticia.
Algo ocurrió durante el trabajo.
Un vecino dijo algo.
Alguien tuvo un problema.
Otro consiguió finalmente lo que estaba esperando.
Un niño hizo algo que quiere contar inmediatamente.
Otro preferiría que sus padres nunca se enteraran de lo que hizo.
Así ha funcionado la familia durante miles de años.
“¿Qué pasó?”
“¿Quién estaba allí?”
“¿Y qué dijo?”
“¿Entonces qué hiciste?”
De esta manera las historias del pueblo entraban en las casas.
No mediante una pantalla.
Mediante personas.
Y una noticia podía cambiar el ambiente de toda la comida.
Algo gracioso producía risas.
Una preocupación hacía que todos escucharan.
Una enfermedad en otra familia provocaba comentarios.
Una muerte cambiaba el tono.
Una boda próxima despertaba conversación.
Un problema entre vecinos podía terminar siendo discutido por personas que ni siquiera habían estado presentes.
Nazaret era pequeña.
La información viajaba sentada alrededor de las mesas.
No todas las reuniones familiares eran tranquilas.
Una persona podía regresar frustrada.
Otra había tenido un buen día y quería hablar.
Alguien estaba cansado y deseaba silencio.
Un niño tenía energía precisamente cuando los adultos ya no tenían ninguna.
Todos hemos visto esa escena.
El adulto apenas puede mantener los ojos abiertos.
El niño parece haber descubierto una nueva reserva de fuerzas.
Pregunta.
Corre.
Habla.
Quiere atención.
Y el cansancio puede hacer que la paciencia se vuelva más corta.
Una respuesta sale con un tono que no debía.
Alguien se molesta.
Otro responde.
Por unos minutos la casa cambia.
Después las cosas pueden tranquilizarse.
Así es una familia.
Amar a alguien no significa nunca cansarse de él.
Significa continuar siendo familia incluso después de haberse cansado unos de otros.
Jesús creció dentro de una convivencia verdadera.
No dentro de una pintura religiosa.
Quizá uno de los errores más grandes sería imaginar que la vida sencilla era solamente privación.
Había momentos deliciosamente ordinarios.
Terminar un trabajo difícil.
Recibir lo que se esperaba.
Escuchar una buena noticia.
Comer con hambre.
Reírse de algo que ocurrió durante el día.
Sentir que finalmente comenzó a correr aire.
Ver regresar a alguien que se esperaba.
Tener unos minutos sin obligación inmediata.
Escuchar una historia conocida y volver a disfrutarla.
Los niños podían jugar.
Los adultos conversar.
Los ancianos contar.
La familia simplemente podía estar junta.
No hacía falta entretenimiento permanente para que hubiera vida.
Las personas eran parte del entretenimiento de las personas.
Y quizá por eso las historias tenían tanto valor.
Se escuchaban.
Se recordaban.
Se repetían.
Una buena historia podía sobrevivir durante años porque alguien volvía a contarla.
Mientras tanto, afuera ocurría algo inevitable.
Las sombras se alargaban.
El sol descendía detrás de las elevaciones.
Los detalles comenzaban a desaparecer.
Primero todavía se distinguen los rostros.
Después hay que acercarse un poco más.
Los caminos se vuelven menos claros.
Los colores pierden intensidad.
Y la población comienza a recogerse.
Para nosotros, el anochecer cambia la iluminación.
Para ellos, cambiaba las posibilidades.
Muchas actividades se volvían más difíciles.
Otras tendrían que esperar.
El día había dado todo lo que podía dar.
Ahora comenzaba la noche.
Éste quizá era uno de los mejores momentos.
No porque ocurriera algo extraordinario.
Precisamente porque ya no tenía que ocurrir nada.
Las principales obligaciones del día habían terminado.
El cuerpo podía finalmente dejar de responder a instrucciones.
Ya no cargar.
Ya no caminar.
Ya no terminar.
Ya no resolver.
Sentarse.
Quizá apoyar la espalda.
Estirar las piernas.
Mover los pies doloridos.
Cerrar los ojos unos segundos.
El cansancio que durante el trabajo había tenido que ignorarse ahora podía sentirse completamente.
Y sucede algo curioso cuando finalmente uno se detiene después de un día físico:
parece que el cuerpo aprovecha el silencio para presentar la cuenta.
Ahora se siente la espalda.
Ahora aparecen los pies.
Ahora se nota el hombro.
Ahora descubrimos una pequeña raspadura que durante el trabajo casi no habíamos observado.
Mientras había que continuar, el cuerpo obedecía.
Cuando finalmente podía descansar, comenzaba a hablar.
La lámpara de aceite permitía prolongar algunas actividades.
Pero no demasiado.
No necesitamos volver a describirla.
Ya conocemos su pequeña luz.
Lo importante ahora es lo que ocurría alrededor de ella.
El mundo se hacía pequeño.
Durante el día estaban los caminos, los campos, las personas, el trabajo, los intercambios.
Por la noche el universo podía reducirse a unos cuantos rostros visibles alrededor de una llama.
Afuera estaba la oscuridad.
Adentro, la familia.
Una conversación.
Quizá alguna tarea sencilla que todavía podía realizarse.
Tal vez alguien permanecía despierto mientras otros comenzaban a acomodarse.
Y dentro de aquella reducción del mundo también estaba Dios.
La fe de Israel no pertenecía solamente a las grandes ceremonias.
Dios acompañaba la existencia cotidiana.
El día que había comenzado bajo su mirada terminaba también delante de Él.
No necesitamos entrar todavía en las prácticas religiosas familiares; tendremos un capítulo para hacerlo.
Por ahora basta observar algo:
la jornada estaba llegando a su fin.
Entonces llegaba un momento que quien ha realizado trabajo físico conoce muy bien.
Acostarse.
Durante la mañana levantarse había requerido voluntad.
Ahora ocurre lo contrario.
El cuerpo desea el suelo, la estera, la manta, cualquier lugar donde pueda dejar de sostenerse.
Uno se acomoda.
Estira las piernas.
Busca una posición.
Y durante unos segundos puede sentirse algo extraordinariamente agradable:
el peso del propio cuerpo ya no tiene que cargarlo uno mismo.
La superficie lo sostiene.
Los músculos comienzan a soltarse.
Los ojos pesan.
Las conversaciones se hacen más cortas.
Alguien todavía dice algo.
Otro responde casi dormido.
Los niños finalmente comienzan a quedarse quietos.
La casa cambia de ritmo.
Y entonces queda una última cosa.
La llama.
Durante unos momentos continúa encendida.
Después alguien la apaga.
Oscuridad.
Ahora sí.
La casa que durante el día estuvo llena de movimientos apenas existe para los ojos.
Afuera ocurre lo mismo.
Nazaret desaparece dentro de la noche.
No hay calles iluminadas dibujando la población.
No hay ventanas eléctricas encendidas en las colinas.
No hay resplandor urbano sobre el cielo.
Solamente oscuridad.
Quizá algún sonido distante.
Un animal.
El viento.
Una voz que tarda un poco más en apagarse.
Después cada vez menos.
Hasta que finalmente la pequeña población descansa.
Y en alguna casa de Nazaret también descansaba Jesús.
No necesitamos imaginarlo pensando en el futuro.
No necesitamos colocar palabras en su boca.
No necesitamos convertir aquel momento en algo sobrenatural.
Es suficiente contemplar lo extraordinario de lo ordinario:
el Hijo de Dios terminó miles de días humanos.
Días que comenzaron.
Días que se llenaron de vida.
Días que finalmente terminaron.
Lucas necesitó apenas unas palabras para atravesar años enteros:
“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura…”
—Lucas 2:52.
Pero crecer requiere tiempo.
Y el tiempo se construye así.
Una mañana.
Una tarde.
Una noche.
Después otra.
Y otra.
Hasta que un niño deja de ser niño.
Nazaret está ahora completamente oscura.
Mañana volverá a llenarse de voces.
Pero no todavía.
Por unas horas no hay nada que terminar.
Nada que cargar.
Nada que entregar.
Nada que resolver.
El que creó el día aceptó vivirlo hora tras hora.
Trabajar mientras había luz.
Terminar lo que debía hacerse.
Regresar a casa.
Comer después de tener hambre.
Sentarse después de estar cansado.
Y esperar el momento en que finalmente ya no hubiera nada más que hacer.
El Eterno, para quien nunca pasa el tiempo, aceptó vivir dentro de él.
Vio llegar la tarde.
Vio desaparecer la luz.
Y después de un día humano, aceptó algo profundamente humano:
tener sueño y necesitar descansar.
La lámpara se apagaba.
Nazaret quedaba en oscuridad.
Y en alguna casa de aquella pequeña aldea, Jesús también cerraba los ojos.
Mañana habría que levantarse nuevamente.
Pero por unas horas, podía descansar.
Y el Verbo se hizo carne y después de un día de trabajo, cansancio y responsabilidades, se acostó a descansar en una casa de Nazaret.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Texto clave: Proverbios 31:27
“Considera los caminos de su casa, y no come el pan de balde.”
Hay una parte de la historia que casi nunca aparece en los libros.
Sabemos quién gobernaba.
Conocemos las guerras.
Recordamos reyes, emperadores y grandes construcciones.
Pero mientras todo eso ocurría, en miles de casas alguien estaba haciendo algo mucho menos espectacular:
preparando la comida.

Alguien molía el grano.
Alguien lavaba una prenda.
Alguien limpiaba un recipiente.
Alguien remendaba una túnica.
Alguien barría.
Alguien cuidaba a un niño mientras intentaba terminar otra cosa.
Y quizá lo más difícil de aquel trabajo no era solamente el esfuerzo.
Era saber que mañana habría que hacerlo nuevamente.
Porque una familia podía terminar de comer…
pero volvería a tener hambre.
La ropa podía quedar limpia…
pero volvería a ensuciarse.
El piso podía barrerse…
pero el polvo regresaría.
La casa podía quedar ordenada…
hasta que comenzara nuevamente la vida dentro de ella.
Así se sostiene un hogar.
No mediante una gran acción.
Mediante cientos de pequeñas acciones que casi nadie recuerda.

Mujer Galilea moliendo los granos comestibles para preparar el pan
Imagine una mañana cualquiera.
Hay grano.
Pero todavía no hay pan.
Entre una cosa y la otra hay trabajo.
En los hogares antiguos podían utilizarse molinos manuales de piedra para transformar el cereal en harina.
Ahora no imagine solamente el molino.
Úselo.
Coloque las manos.
Comience el movimiento.
Piedra contra piedra.
Una vez.
Otra.
Y otra.
Al principio no parece demasiado.
Después de varios minutos, los brazos comienzan a sentirlo.
Los hombros participan.
La espalda permanece inclinada.
Se cambia un poco la postura buscando alivio.
Después se continúa.
El sonido se repite.
Piedra contra piedra.
Piedra contra piedra.
El grano va desapareciendo lentamente.
La harina aparece todavía más lentamente.
Y aquí encontramos algo que cualquier persona que haya realizado una tarea repetitiva conoce:
hay un momento en que uno se cansa también de hacer el mismo movimiento.
No solamente se fatigan los músculos.
Se fatiga la paciencia.
Uno quisiera terminar.
Mira cuánto falta.
Todavía falta.
Y continúa.
Quizá ese día amaneció de buen ánimo.
Entonces conversa mientras trabaja.
Tal vez canta.
Quizá escucha a los niños.
El tiempo pasa más rápido.
Pero otro día no.
Durmió mal.
Está preocupada.
Le duele la cabeza.
Tiene poca paciencia.
No tiene ganas de escuchar el molino una vez más.
Pero la familia necesitará comer.
Entonces coloca nuevamente las manos.
Y sigue moliendo.
Hay trabajos que se hacen con alegría.
Y hay días en que se hacen simplemente porque tienen que hacerse.

Mujer Gelilea preparando el pan que comería su familia
Cuando finalmente hay harina, el trabajo no ha terminado.
Ahora viene la masa.
Harina.
Agua.
Levadura cuando correspondiera.
Las manos comienzan otra vez.
Presionar.
Doblar.
Girar.
Volver a presionar.
La masa se pega.
Las manos se cubren de harina.
Hay que conseguir la consistencia adecuada.
Después esperar.
Preparar el fuego.
Atenderlo.
Cocer.
Y solamente entonces aparece aquello que nosotros compramos terminado:
pan.
Piense en eso la próxima vez que imagine una mesa en Nazaret.
El pan no apareció allí.
Alguien lo llevó hasta ese momento con sus manos.
Y cuando la familia lo partía, en pocos minutos podía desaparecer el resultado de horas de trabajo.
No era injusticia.
Era la función del pan.
Había sido preparado para ser comido.
Pero quien alguna vez ha pasado horas cocinando para una familia conoce esa sensación.
Trabajó durante mucho tiempo.
Todos se sientan.
Comen.
Y de pronto alguien pregunta:
“¿Hay más?”
Quizá ése sea uno de los cumplidos más hermosos para quien cocinó.
Y también significa que mañana habrá que volver a empezar.

Cocinar era permanecer cerca
El fuego no tenía una temperatura seleccionada con precisión.
Había que conocerlo.
Alimentarlo.
Observarlo.
Demasiado fuerte podía arruinar el alimento.
Demasiado débil retrasaba todo.
Había que acercarse.
Mover algo.
Esperar.
Volver a revisar.
El calor llegaba al rostro.
El humo encontraba los ojos.
Uno parpadeaba.
Se apartaba durante unos segundos.
Después tenía que regresar.
Quizá estaba haciendo calor aquel día y aun así había que estar junto al fuego.
Ésa es otra experiencia que muchos conocen.
Cocinar cuando uno tiene hambre puede ser agradable.
Cocinar cuando uno está cansado es diferente.
Cocinar cuando hace calor y el fuego aumenta todavía más la temperatura es diferente.
Cocinar mientras un niño necesita atención es diferente.
Cocinar mientras alguien pregunta cuánto falta…
también.
Porque el trabajo doméstico casi nunca permite dedicarse a una sola cosa.
Mientras algo se cocina, aparece otra necesidad.
Hay que buscar algo.
Alguien llama.
Un niño necesita ayuda.
Un recipiente se derrama.
El fuego requiere atención.
Otra tarea estaba a medio hacer.
Y por unos momentos todo parece ocurrir al mismo tiempo.
La casa no espera educadamente a que terminemos una cosa antes de presentarnos la siguiente.
También debemos permitir que aquella casa sea humana.
No todos los panes debieron quedar perfectos.
No toda comida salió exactamente como se esperaba.
El fuego podía ser demasiado fuerte.
Algo podía quemarse.
Un recipiente podía romperse.
Una preparación podía no resultar bien.
Quizá se calculó mal una cantidad.
Tal vez un alimento comenzó a echarse a perder antes de utilizarlo.
Y cuando los recursos son limitados, un error pesa más.
Hoy podemos tirar algo y comprar otra cosa.
Para una familia con recursos modestos, desperdiciar alimento significaba perder algo que había costado tierra, lluvia, tiempo, trabajo y dinero.
Por eso un accidente pequeño podía producir verdadera frustración.
Imagine mirar en el suelo algo que acaba de derramarse.
Durante unos segundos nadie habla.
Uno sabe cuánto costó conseguirlo.
Pero no existe una tecla para regresar unos segundos.
Hay que recoger.
Limpiar.
Ver qué puede salvarse.
Y continuar.
La tierra producía por temporadas.
El hambre, en cambio, llegaba todos los días.
Por eso había que aprender a conservar.
Secar.
Salar.
Fermentar.
Guardar cereales y legumbres.
Producir aceite.
Proteger las reservas.
Un recipiente mal cerrado podía convertirse después en una mala noticia.
Humedad.
Roedores.
Una provisión que parecía segura podía dañarse.
Imagine descubrirlo.
Se abre un recipiente esperando encontrar alimento.
Algo no está bien.
Se mira con más cuidado.
Una parte se ha perdido.
Y aparece esa sensación que conoce cualquiera que ha administrado una casa con recursos limitados:
“Esto lo necesitábamos.”
No era simplemente comida.
Eran días futuros.
Por eso conservar también era una forma de cuidar a la familia.
Finalmente todos comieron.
El hambre disminuyó.
Algunos se levantan.
Y sobre la mesa —o en el lugar utilizado para comer— queda la evidencia.
Recipientes.
Restos.
Migajas.
Suciedad.
Entonces aparece una de las leyes universales de cualquier hogar:
alguien tiene que limpiar.
El que cocinó quizá también está cansado.
Tal vez quisiera sentarse.
Quizá por fin comenzó a descansar…
y todavía falta recoger.
Ésta es una clase de cansancio muy particular.
No es el cansancio de una gran tarea.
Es el cansancio de “todavía falta esto.”
Se levanta uno.
Recoge.
Guarda.
Limpia.
Y entonces aparece el polvo.
Nazaret era una población rural.
El polvo entraba con los pies.
Con los animales.
Con el viento.
Se adhería a la ropa.
Se depositaba nuevamente sobre superficies que ya habían sido atendidas.
Los pisos sencillos necesitaban cuidado.
Había que barrer.
Y barrer tiene algo casi cruel cuando el ambiente produce continuamente aquello que uno intenta retirar.
Se barre hoy.
Mañana hay polvo.
Se vuelve a barrer.
Pasado mañana también.
Jesús utilizaría después una imagen que cualquiera de aquellas personas podía comprender:
“¿…no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?”
—Lucas 15:8.
Barre la casa.
No era una imagen poética para quienes lo escuchaban.
Era trabajo.
Tome la escoba.
Inclínese.
Mueva el polvo.
Llegue a las esquinas.
Retire la suciedad.
Termine.
Ahora deje entrar nuevamente a una familia entera.
Alguien entra con polvo en los pies.
Un niño derrama algo.
Se mueve un recipiente.
Entra aire.
Y la casa que estaba limpia comienza lentamente a dejar de estarlo.
Quien mantiene un hogar conoce esa frustración.
Algunas veces uno mira lo que acaba de limpiar y piensa:
“¿Para qué lo hice?”
Porque mañana volverá a ensuciarse.
Pero precisamente ahí está la respuesta.
Se hizo para hoy.

Mujer galilea hilando la ropa de su familia
También había que vestir a la familia.
Y una prenda representaba muchísimo más trabajo del que nosotros vemos cuando compramos ropa terminada.
La lana tenía que obtenerse y prepararse.
El lino atravesaba su propio proceso.
Había que producir hilo.
Hilar.
Tejer.
Confeccionar.
Horas.
Muchas horas.
Por eso la ropa tenía valor.
No se desechaba simplemente porque aparecía una rotura.
Se reparaba.
Imagine ahora una prenda conocida.
Ha acompañado a alguien durante mucho tiempo.
Un día aparece un desgarro.
Hay que atenderlo antes de que se haga mayor.
Aguja.
Hilo.
Buena luz.
La tela entre los dedos.
Pasar.
Jalar.
Volver a pasar.
Cerrar poco a poco la abertura.
No es una gran obra.
Nadie aplaude cuando termina.
Pero mañana esa persona puede volver a utilizar su ropa.
Eso también es cuidar.

Mujeres galileas lavando la ropa de su familia
Ahora llegamos a una tarea que el cuerpo sí recuerda.
Ropa sucia.
Ropa sudada.
Ropa con polvo.
Y agua que costó conseguir.
Las prendas podían lavarse, frotarse o golpearse para desprender la suciedad utilizando los medios disponibles en aquella época.
Piense primero en una sola prenda mojada.
Pesa más.
Ahora varias.
Las manos trabajan.
Los dedos aprietan.
Las muñecas giran.
Los antebrazos comienzan a cansarse.
Hay que frotar una parte que no quedó limpia.
Otra vez.
Enjuagar.
Escurrir.
Torcer la tela.
Y allí aparecen las manos.
Después de permanecer tiempo en el agua, la piel cambia.
Los dedos se arrugan.
En tiempo frío, el agua puede resultar desagradable.
Las manos pierden calor.
Se sienten rígidas.
Pero la ropa sigue allí.
En tiempo caluroso ocurre otra cosa.
El cuerpo suda mientras está lavando.
La espalda permanece inclinada.
Uno cambia de posición buscando descansar una parte del cuerpo.
Se endereza durante unos segundos.
Coloca una mano en la cintura.
Respira.
Mira lo que falta.
Y vuelve a inclinarse.
Quien alguna vez lavó ropa a mano conoce esa postura.
Y conoce también el momento en que uno toma una prenda empapada e intenta sacar de ella toda el agua posible.
**Torcer.
Apretar.
Escurrir.**
Los brazos lo sienten.
Las manos también.
Después se extiende.
Finalmente está limpia.
Pero todos sabemos lo que ocurrirá.
Alguien volverá a ponérsela.
Caminará.
Trabajará.
Sudará.
Se ensuciará.
Y regresará.

El agua no salia abriendo una llave, alguien tenía que traerla
Ésta quizá sea la parte más humana.
Había días buenos.
Días en que el cuerpo respondía.
El trabajo avanzaba.
La comida salía bien.
Los niños estaban tranquilos.
Había conversación.
Quizá risas.
El tiempo parecía pasar rápidamente.
Y al terminar, uno podía mirar lo realizado con satisfacción.
Hoy rindió el día.
Pero seguramente también existieron días distintos.
Uno había dormido mal.
Se sentía indispuesto.
Había una preocupación.
Los niños estaban inquietos.
Algo se rompió.
Faltaba algún producto.
El fuego no cooperaba.
Había más ropa de la esperada.
Se acabó algo que todavía se necesitaba.
Y uno miraba alrededor pensando:
“Hoy no puedo con todo.”
Pero algunas cosas no preguntaban.
La familia iba a tener hambre.
La ropa seguía necesitando atención.
Los niños seguían necesitando cuidado.
El recipiente vacío continuaba vacío.
No todo podía posponerse.
Entonces se hacía lo que millones de madres y padres han hecho durante toda la historia.
Se hacía cansado.
Se hacía preocupado.
Se hacía con ganas.
Y algunas veces sin ganas.
Se hacía sintiéndose fuerte.
Y otros días administrando las pocas fuerzas disponibles.
No porque aquellas personas fueran héroes.
Porque alguien tenía que hacerlo.
Gran parte de aquellas labores recaía tradicionalmente sobre las mujeres y muchachas de la familia, aunque la distribución concreta dependía de la edad, las circunstancias y la composición de cada hogar.
Y aquí debemos detenernos.
Porque podemos mirar una casa antigua y llamarla:
“Una vida sencilla.”
Pero sencilla no significa fácil.
Una mujer podía comenzar sus actividades antes de que otros miembros de la familia salieran y todavía estar ocupada cuando regresaran.
Moler.
Amasar.
Cocinar.
Atender niños.
Hilar.
Tejer.
Lavar.
Limpiar.
Guardar.
Reparar.
Administrar lo que había.
Y además hacer algo que nunca aparece en una lista:
pensar en lo que falta.
Queda poco grano.
Esta prenda necesita reparación.
Mañana necesitaremos más agua.
Aquello debe utilizarse antes de que se eche a perder.
Ese niño necesita algo.
Esto debe estar listo para después.
El trabajo doméstico no solamente ocupaba las manos.
También ocupaba la cabeza.
Y muchas veces nadie decía:
“Qué extraordinario lo que hiciste hoy.”
Porque mañana todos esperaban encontrar nuevamente comida, ropa y una casa funcionando.
Aquí podemos mirar a María de una manera diferente.
No solamente como la joven de la anunciación.
No solamente junto al pesebre.
No solamente en las escenas extraordinarias que conservaron los Evangelios.
También como una mujer que vivió durante años dentro de una familia numerosa.
No conocemos la distribución exacta de sus responsabilidades.
No debemos inventarla.
Pero sí sabemos que vivió dentro de aquella realidad doméstica.
Tuvo hijos que criar.
Alimento que administrar.
Una casa que habitar y mantener.
Ropa que atender.
Necesidades que resolver.
Y debieron existir días buenos.
Días en que todo parecía marchar.
Y días pesados.
Días en que el cuerpo estaba cansado antes de terminar.
Días en que una madre probablemente habría agradecido unos minutos sin que nadie necesitara nada.
Eso no disminuye a María.
La hace humana.
Y quizá permite que millones de mujeres que han sostenido silenciosamente una casa puedan mirarla y reconocer algo de su propia experiencia.
Jesús vio ese mundo desde dentro.
Vio que el pan tenía una historia antes de llegar a la mesa.
Que la ropa no aparecía sola.
Que una casa limpia había requerido manos.
Que alimentar a muchas personas exigía esfuerzo.
Que las pequeñas cosas consumían horas.
Vio el trabajo que rara vez recibía reconocimiento.
Y años después, cuando comenzó a enseñar, habló con una naturalidad extraordinaria de ese mundo.
Una mujer mezclando levadura con harina.
Otra encendiendo una lámpara y barriendo su casa para encontrar una moneda.
Un vestido que necesita remiendo.
Lámparas que requieren aceite.
Pan.
Sal.
Vino.
Hambre.
Banquetes.
No entraremos todavía en el significado de esas enseñanzas.
Pero resulta difícil ignorar algo:
Jesús hablaba el idioma de la vida cotidiana.
Sus ejemplos olían a pan.
Tenían polvo.
Incluían lámparas, ropa, monedas, harina y trabajo.
No hablaba de la existencia humana como alguien que solamente la hubiera observado desde lejos.
Había crecido dentro de ella.
Ahora regresemos por última vez a aquella casa.
Hay harina sobre una superficie.
Una olla ha estado sobre el fuego.
Queda algo por guardar.
Una prenda está secándose.
Otra necesita reparación.
Alguien acaba de limpiar una parte de la casa.
Un niño vuelve a pasar por allí.
Una persona tiene hambre.
Otra está cansada.
Y quien preparó la comida también quisiera sentarse.
Finalmente el pan aparece delante de la familia.
Lo parten.
Comen.
Y en pocos minutos comienza a desaparecer aquello que costó tanto preparar.
Pero observe ahora a quien trabajó.
Quizá allí existe una satisfacción que compensa una parte del cansancio.
Están comiendo.
La familia tiene alimento.
La ropa que ayer estaba sucia vuelve a estar utilizable.
La prenda rota está reparada.
Lo que pudo conservarse está guardado.
La casa está habitable.
Ninguna de esas cosas cambiará la historia del Imperio romano.
Ningún historiador escribirá sobre ellas.
Pero esa noche una familia puede acostarse porque alguien hizo durante el día cientos de cosas pequeñas.
Y quizá ésa sea la grandeza escondida de la vida doméstica.
Mañana el polvo regresará.
Mañana alguien volverá a tener hambre.
Mañana habrá algo que lavar.
Algo que guardar.
Algo que reparar.
Algo que recoger.
Pero eso no significa que el trabajo de hoy haya sido inútil.
Significa que la vida continúa necesitando cuidado.
Dentro de ese mundo creció Jesús.
Y durante años vio de cerca algo que todavía hoy sostiene millones de hogares:
personas que hacen lo necesario aunque nadie las vea,
aunque estén cansadas,
aunque ese día no tengan ganas,
aunque mañana tengan que repetirlo.
Porque amar a una familia no siempre se expresa diciendo algo extraordinario.
Algunas veces se expresa de una manera mucho más sencilla:
preparando otra vez el pan.
El que alimenta a toda la creación aceptó vivir en una casa donde alguien tenía que preparar el pan.
El que viste los campos aceptó usar ropa que había que lavar, secar y reparar.
El que no necesita nada aceptó vivir entre las pequeñas necesidades que regresaban todos los días.
Comer.
Limpiar.
Lavar.
Guardar.
Reparar.
Y mañana, comenzar otra vez.
Durante años, Jesús vivió viendo manos que trabajaban para que una familia pudiera seguir adelante.
Así conoció desde dentro esa forma silenciosa de amor que pocas veces recibe aplausos: hacer lo necesario porque alguien a quien amamos lo necesita.
Y el Verbo se hizo carne y habitó en una casa donde había que preparar el pan, lavar la ropa, limpiar el polvo y comenzar otra vez al día siguiente.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.