Por el Dr. Elio M Rivera
Un caso prácticamente único en la historia
En el capítulo anterior vimos cómo Jerusalén fue destruida por los romanos y cómo el pueblo judío terminó disperso entre las naciones. A simple vista, parecía el final de la historia de Israel.
Después de todo, eso mismo había ocurrido con muchos otros pueblos de la antigüedad.
Fueron conquistados.
Perdieron su territorio.
Se dispersaron.
Y, con el paso del tiempo, desaparecieron para siempre.
Sin embargo, con Israel ocurrió algo completamente diferente.
Aunque perdió su tierra, su gobierno y su independencia nacional, nunca dejó de existir como pueblo.
Ese hecho constituye uno de los fenómenos históricos más extraordinarios de toda la antigüedad.
Lo que normalmente sucede cuando una nación desaparece
La historia muestra un patrón bastante claro.
Cuando una nación es conquistada y dispersada durante generaciones, normalmente termina siendo absorbida por otras culturas.
Con el paso del tiempo desaparecen:
- su idioma;
- sus costumbres;
- su religión;
- sus tradiciones;
- y finalmente su identidad nacional.
Los descendientes de aquellos pueblos terminan mezclándose con otras poblaciones hasta que ya no es posible distinguirlos como una nación independiente.
Eso ha ocurrido una y otra vez a lo largo de la historia.
Durante varios siglos, Asiria fue el imperio más poderoso del Cercano Oriente.
Su ejército sembró el terror desde Egipto hasta Persia.
Conquistó Samaria en el año 722 a.C. y deportó gran parte de la población del reino del norte de Israel.
Sin embargo, cuando el Imperio Asirio cayó en el año 612 a.C., su población terminó mezclándose gradualmente con otros pueblos.
Hoy no existe una nación asiria comparable al antiguo imperio que dominó el mundo.
Algo semejante ocurrió con Babilonia.
Fue una de las ciudades más impresionantes de la antigüedad.
Nabucodonosor conquistó Jerusalén y edificó un imperio extraordinario.
Pero siglos después, los babilonios dejaron de existir como pueblo diferenciado.
Su cultura fue absorbida por los imperios que les sucedieron.
Los filisteos fueron los grandes enemigos de Israel durante la época de los jueces y del rey David.
Sus ciudades dominaron buena parte de la llanura costera.
Sin embargo, después de diversas conquistas desaparecieron progresivamente como pueblo.
Hoy conocemos su historia gracias a la arqueología y a las Escrituras, pero ya no existe una nación filistea.
Los moabitas y los amonitas aparecen repetidamente en el Antiguo Testamento.
Fueron vecinos permanentes de Israel durante siglos.
Sin embargo, con el paso del tiempo fueron absorbidos por otras poblaciones del Cercano Oriente.
Su identidad nacional desapareció.
Los descendientes de Esaú habitaron la región montañosa de Edom durante muchos siglos.
Después fueron desplazados hacia Idumea.
Más tarde terminaron integrándose a otros pueblos de la región hasta desaparecer como nación independiente.
Hoy conocemos su existencia principalmente por la Biblia, la arqueología y algunos escritores antiguos.
Durante mucho tiempo algunos críticos llegaron a afirmar que los hititas nunca habían existido.
Sin embargo, los descubrimientos arqueológicos demostraron que fueron uno de los grandes imperios del segundo milenio antes de Cristo.
A pesar de su importancia, también desaparecieron como pueblo diferenciado.
Su idioma dejó de hablarse.
Su organización política desapareció.
Su identidad nacional se perdió.
Aquí encontramos una diferencia verdaderamente sorprendente.
Israel perdió su territorio.
Perdió su templo.
Perdió su gobierno.
Perdió su independencia.
Pero no perdió su identidad.
Durante casi dos mil años, comunidades judías dispersas por Europa, Asia y África continuaron considerándose parte de un mismo pueblo.
Mientras muchas naciones antiguas abandonaron sus antiguas creencias, el pueblo judío continuó preservando la fe en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.
La lectura de la Torá.
La celebración del sábado.
Las fiestas bíblicas.
La circuncisión.
Las oraciones tradicionales.
Todo ello continuó transmitiéndose de generación en generación.
Aunque el hebreo dejó de utilizarse como lengua cotidiana durante muchos siglos, jamás desapareció completamente.
Continuó empleándose en:
- la lectura de las Escrituras;
- la oración;
- la liturgia;
- la enseñanza religiosa;
- la copia de manuscritos.
Pocos idiomas antiguos permanecieron vivos de esa manera durante tantos siglos.
Resulta aún más sorprendente que comunidades separadas por miles de kilómetros continuaran viéndose como un solo pueblo.
Un judío que vivía en España.
Otro en Yemen.
Otro en Polonia.
Otro en Marruecos.
Todos compartían las mismas Escrituras, las mismas fiestas principales y la memoria de una misma historia.
Pero quizá el aspecto más extraordinario fue que nunca abandonaron la esperanza de regresar.
Durante siglos, generación tras generación, la idea del retorno a Sion permaneció viva.
En muchas celebraciones de la Pascua judía se repetía la expresión:
“El próximo año en Jerusalén.”
No era simplemente una frase religiosa.
Era la expresión de una esperanza nacional que sobrevivió durante casi dos mil años.
Un fenómeno que llama la atención de los historiadores
Muchos historiadores, aun sin abordar el tema desde una perspectiva religiosa, reconocen el carácter excepcional de este fenómeno.
Son muy pocos los pueblos que han logrado conservar su identidad nacional durante tantos siglos sin poseer un territorio propio.
La supervivencia del pueblo judío ha sido estudiada por sociólogos, historiadores, antropólogos y especialistas en civilizaciones antiguas precisamente porque constituye un caso difícil de comparar con otros ejemplos históricos.
Cuando observamos este fenómeno desde la perspectiva de las Escrituras, surge una pregunta inevitable.
¿Fue simplemente una extraordinaria coincidencia histórica?
¿O fue precisamente la preservación de ese pueblo la que hizo posible que, siglos después, pudiera cumplirse la promesa de su restauración?
Esa pregunta nos conduce al siguiente capítulo. Porque, después de casi dos mil años sin nación, ocurrió un acontecimiento que la mayoría de los observadores habría considerado absolutamente imposible: Israel volvió a existir como Estado soberano.
- Deuteronomio 30:1-5.
- Isaías 11:11-12.
- Jeremías 31:35-37.
- Ezequiel 36.
- Ezequiel 37.
- Amós 9:14-15.
- Paul Johnson. A History of the Jews.
- Simon Schama. The Story of the Jews.
- Martin Gilbert. The Routledge Atlas of Jewish History.
- John Bright. A History of Israel.
- Encyclopaedia Judaica.
- Flavio Josefo. Antigüedades de los judíos.
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