¿Qué encontrará en este extraordinario viaje?

Este libro no fue diseñado simplemente para hablarle del Sistema Solar, sino para llevarlo de viaje a través de él. Página tras página, las imágenes, explicaciones y comparaciones le permitirán comprender fenómenos que ocurren a millones e incluso miles de millones de kilómetros de nosotros.

Durante este recorrido usted podrá:

Acercarse al Sol, descubrir sus enormes dimensiones, comprender de dónde procede su energía y por qué su gravedad mantiene unido nuestro Sistema Solar.

Comprender por qué los planetas no están flotando sin rumbo, sino viajando continuamente alrededor del Sol siguiendo extraordinarias órbitas gobernadas por leyes físicas.

Recorrer los ocho planetas, desde el pequeño Mercurio hasta el distante Neptuno, descubriendo que cada uno posee características completamente diferentes.

Comparar Venus, Marte y la Tierra y comprender mejor por qué nuestro planeta posee condiciones extraordinarias que permiten la existencia de la vida.

Explorar Marte junto con las máquinas que hemos enviado hasta allí, conocer sus volcanes gigantescos, enormes cañones, casquetes polares y algunos de los descubrimientos realizados por las misiones espaciales.

Entrar al reino de los gigantes y descubrir las dimensiones de Júpiter, sus poderosas tormentas y la impresionante Gran Mancha Roja.

Contemplar Saturno y sus espectaculares anillos, descubriendo que no se trata de un solo anillo, sino de un complejo sistema acompañado por una extraordinaria familia de lunas.

Conocer mundos sorprendentes como Titán y Encélado, además de otras lunas cuyas características han maravillado a los científicos.

Viajar hasta Urano, el extraño planeta que gira prácticamente de lado, y después alcanzar Neptuno, donde se encuentran algunos de los vientos más extremos conocidos en nuestro Sistema Solar.

Atravesar el cinturón de asteroides y descubrir que entre Marte y Júpiter existen innumerables cuerpos rocosos de tamaños y características muy diferentes.

Descubrir qué ocurrió realmente con Plutón, por qué dejó de clasificarse como uno de los ocho planetas y qué significa pertenecer a la categoría de planeta enano.

Continuar más allá de Neptuno, hacia el cinturón de Kuiper y las regiones extremadamente distantes asociadas con la nube de Oort, hasta llegar a las fronteras de nuestro extraordinario vecindario espacial.

Comprender tamaños, velocidades y distancias difíciles de imaginar, utilizando explicaciones y comparaciones sencillas que permiten acercar la astronomía al lector común.

Disfrutar de numerosas imágenes y representaciones visuales que acompañan el recorrido y ayudan a transformar números y conceptos científicos en algo que puede imaginarse y comprenderse.

Encontrar referencias científicas y fuentes de consulta, para que el lector no solamente disfrute del viaje, sino que pueda continuar investigando los temas que despierten especialmente su curiosidad.

➤ Y, sobre todo, contemplar la creación desde una perspectiva diferente. Porque este viaje no termina al conocer el último planeta. A lo largo de la obra, la ciencia y la reflexión bíblica se encuentran para invitarnos a levantar los ojos, observar, preguntar y maravillarnos.

El propósito final de este libro puede resumirse en las palabras que acompañan toda la obra: “Explorando la creación para conocer el corazón del Creador”.

Porque cuanto más comprendemos la inmensidad del Sol, la precisión de las órbitas, las enormes distancias, la diversidad de los planetas y el extraordinario orden de nuestro Sistema Solar, surge una pregunta que va mucho más allá de la astronomía:

¿Qué puede enseñarnos la creación acerca de su Creador?

Este libro quiere llevar al lector precisamente hasta allí: del conocimiento al asombro, del asombro a la reflexión y de la reflexión a una mirada más profunda hacia Dios.

No es solamente un viaje por el Sistema Solar.

Es una invitación a recorrer la creación para acercarnos un poco más al corazón del Creador.

LEER EXTRACTO DEL LIBRO

Las maravillas del planeta Tierra

Usted está viviendo sobre algo extraordinario.

Cada día caminamos sobre la Tierra, respiramos su aire, bebemos su agua, sentimos el calor del Sol, contemplamos las nubes y vemos pasar las estaciones. Todo nos resulta tan cotidiano que pocas veces nos detenemos a pensar en una pregunta sorprendente: ¿qué tiene que ocurrir para que un planeta como el nuestro pueda sostener la vida?

Cristopedia: Ciencia y Creación — Las maravillas del planeta Tierra invita al lector a mirar nuevamente nuestro mundo, pero esta vez con los ojos de quien desea comprenderlo. A lo largo de más de trescientas páginas, recorreremos las características, fuerzas y sistemas que trabajan simultáneamente en nuestro planeta: su tamaño, gravedad, atmósfera, movimientos, distancia respecto al Sol, la Luna, el agua, los océanos, continentes, montañas, volcanes, terremotos, ríos, desiertos, glaciares, clima, estaciones y mucho más.

¿Qué descubrirá durante este viaje?

Por qué la Tierra posee condiciones extraordinarias para la vida, y cómo numerosos factores trabajan conjuntamente para hacer posible nuestra existencia.

Qué importancia tienen los 23.4 grados de inclinación del eje terrestre, y su relación con las estaciones, la distribución de la energía solar y la duración de los días.

Por qué la gravedad es indispensable, no solamente para mantener nuestros pies sobre el suelo, sino también para conservar elementos fundamentales de nuestro planeta.

Qué sucede mientras la Tierra gira, cómo se producen el día y la noche y qué relación tiene este movimiento con la temperatura y los ritmos de los seres vivos.

A qué extraordinaria velocidad viajamos alrededor del Sol y por qué, a pesar de ese enorme movimiento, no sentimos que nuestro planeta esté viajando.

Por qué nuestra distancia respecto al Sol resulta tan importante, especialmente para las temperaturas terrestres y la existencia de abundante agua líquida.

La extraordinaria importancia de nuestra Luna, su participación en las mareas y la manera en que contribuye a la estabilidad del eje terrestre.

Cómo múltiples condiciones trabajan al mismo tiempo: tamaño, masa, gravedad, atmósfera, agua líquida, rotación, inclinación, traslación, una órbita estable y nuestra extraordinaria Luna.

Las maravillas del agua y los océanos, indispensables para la vida y para numerosos procesos que ocurren continuamente en nuestro planeta.

El extraordinario mundo de las montañas, y cómo estas gigantescas estructuras influyen en el clima, el agua, los ecosistemas e incluso en las civilizaciones humanas.

La fuerza escondida bajo nuestros pies, descubriendo volcanes y terremotos y comprendiendo que la Tierra, aunque parece inmóvil, es un planeta extraordinariamente dinámico.

Los ríos, desiertos y glaciares, desde las enormes arterias de agua que recorren los continentes hasta lugares donde cada gota cuenta y gigantes de hielo capaces de transformar el paisaje.

El complejo sistema del clima, donde el Sol, la atmósfera, los océanos, las corrientes, el viento, las nubes, las montañas y los bosques interactúan continuamente.

El extraordinario ritmo de las estaciones, comprendiendo cómo repercuten sobre las plantas, las migraciones de los animales, la agricultura y nuestra propia vida.

Mucho más que aprender acerca de nuestro planeta

Este libro ha sido preparado para que no sea necesario poseer conocimientos científicos avanzados. Mediante explicaciones sencillas, preguntas, ejemplos, comparaciones e imágenes, conceptos que podrían parecer complicados se convierten en un recorrido que jóvenes y adultos pueden comprender y disfrutar.

Pero existe un propósito todavía más profundo. Este libro forma parte de Cristopedia: Ciencia y Creación, una serie nacida del deseo de estudiar cuidadosamente aquello que nos rodea y formular una pregunta que acompaña cada descubrimiento: ¿qué podemos aprender acerca del Creador al estudiar su creación?

Por ello, la obra no busca sustituir la ciencia por la fe. Al contrario, invita al lector a observar, estudiar, preguntar, investigar y comprender. La ciencia nos ayuda a descubrir cómo funcionan muchas de las maravillas que contemplamos; después podemos detenernos y preguntarnos qué significa que exista un mundo capaz de funcionar de esta manera.

Cuando comenzamos a mirar la Tierra de esta manera, encontramos mucho más que océanos, montañas, gravedad, atmósfera o estaciones. Encontramos orden, precisión, belleza, complejidad, interdependencia y cuidado. Aquello que parecía cotidiano comienza a convertirse en algo extraordinario.

La intención, por tanto, no es que el lector termine este libro solamente con más información. Es que vuelva a mirar una lluvia, una montaña, el océano, la Luna, una nube, un río o un amanecer y descubra que detrás de aquello que tantas veces damos por sentado existe una extraordinaria complejidad digna de ser contemplada.

La experiencia que dio origen a esta serie puede resumirse en una frase profundamente personal: “Comencé queriendo conocer mejor la creación. Terminé queriendo conocer mucho más al Creador.”

Ese es también el viaje al que este libro invita al lector: conocer nuestro planeta, maravillarse ante la creación y permitir que cada descubrimiento nos lleve un poco más cerca del corazón del Creador.

Porque quizá, después de terminar este libro, la Tierra siga siendo el mismo planeta… pero usted nunca vuelva a mirarla de la misma manera.

LEER EXTRACTO DEL LIBRO

Por el Dr. Elio M Rivera

Antes de hablar de las señales, debemos comenzar por la promesa

  A lo largo de este libro hemos estudiaremos acontecimientos, condiciones y profecías relacionados con los últimos tiempos. Hemos hablado de Israel, Jerusalén, el Templo, las naciones, el crecimiento del conocimiento, las comunicaciones mundiales, la economía, la tecnología y muchas otras piezas que parecen formar parte de un escenario extraordinario.

  Pero antes de hablar de cómo será, de cuándo será o de qué señales lo anunciarán, existe una pregunta mucho más sencilla:

¿Realmente dijo Jesús que regresaría?

  La respuesta es sí.

  Y para establecer este punto no necesitamos entrar todavía en las grandes controversias escatológicas.

  No necesitamos discutir si determinados acontecimientos ocurrirán antes o después de otros.

  No necesitamos decidir en este capítulo cómo interpretar cada detalle de Apocalipsis.

  No necesitamos discutir acerca del milenio, la tribulación o las diferentes posiciones respecto al arrebatamiento.

  Esos temas han producido diferentes interpretaciones entre cristianos sinceros durante generaciones.

  Este capítulo pretende establecer algo mucho más básico, y extraordinariamente importante:

Jesucristo dijo que regresaría.

“Vendré otra vez”

  Una de las declaraciones más claras ocurrió durante las últimas horas antes de la crucifixión.

  Jesús sabía lo que estaba a punto de suceder.

  Sus discípulos estaban preocupados.

  Habían dejado todo para seguirlo y ahora comenzaban a comprender que algo estaba por cambiar.

  Fue entonces cuando Jesús pronunció algunas de las palabras más conocidas del Evangelio de Juan:

“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.”

Juan 14:1-2, RVR1960

  Pero Jesús no terminó allí.

  Inmediatamente añadió:

“Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.”

Juan 14:3, RVR1960

  La expresión es difícil de hacer más sencilla:

“Vendré otra vez.”

  No fueron palabras pronunciadas por un teólogo siglos después.

  No fueron una interpretación desarrollada posteriormente por la iglesia.

  Fueron palabras atribuidas directamente a Jesucristo por el Evangelio de Juan.

  Jesús anunció su partida.

  Pero también anunció su regreso.

Jesús habló de su regreso como una realidad futura

  Esta no fue una declaración aislada.

  Durante su ministerio, Jesús habló repetidamente de un momento futuro en el que el Hijo del Hombre vendría.

  En Mateo declaró:

“Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras.”

Mateo 16:27, RVR1960

  Observe el lenguaje.

“Vendrá.”

  Jesús está hablando de algo futuro.

  En otra ocasión declaró:

“Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria.”

Mateo 25:31, RVR1960

  Otra vez aparece la misma idea:

“Cuando el Hijo del Hombre venga…”

  No si viene.

  Cuando venga.

  Para Jesús, su regreso no era presentado como una posibilidad incierta.

  Era un acontecimiento futuro.

Durante su juicio volvió a hablar de ello

  Existe otra declaración particularmente impresionante porque fue pronunciada cuando Jesús se encontraba frente a quienes lo juzgaban.

  El sumo sacerdote le preguntó directamente acerca de su identidad.

  Jesús respondió y añadió:

“…desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.”

Mateo 26:64, RVR1960

  Pensemos en la escena.

  Jesús estaba detenido.

  Sus enemigos parecían tener el control.

  En pocas horas sería llevado a la crucifixión.

  Desde una perspectiva puramente humana, aquel no parecía el momento para hablar de un regreso glorioso.

  Sin embargo, lo hizo.

  El hombre que estaba siendo juzgado anunció que llegaría el día en que las circunstancias serían completamente diferentes.

  Ahora estaba delante de sus jueces.

  Pero anunció que vendría nuevamente.

“Como el relámpago”

  Jesús incluso advirtió a sus discípulos que no deberían dejarse engañar por rumores acerca de su regreso.

  Dijo:

“Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis.”

Mateo 24:23, RVR1960

  Y explicó:

“Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre.”

Mateo 24:27, RVR1960

  Este texto será importante cuando estudiemos otros aspectos de la segunda venida.

  Por ahora solamente necesitamos observar algo:

  Jesús nuevamente habló de “la venida del Hijo del Hombre”.

  Era parte de su enseñanza.

No discutiremos aquí exactamente cómo sucederá

  Llegados a este punto es importante establecer los límites de este capítulo.

  Los cristianos poseen distintas interpretaciones acerca de algunos acontecimientos relacionados con el regreso de Jesucristo.

  Existen diferentes posiciones acerca del orden de los acontecimientos finales.

  Existen debates acerca de determinados textos proféticos.

  Existen distintas maneras de interpretar algunos pasajes de Daniel, Mateo, Tesalonicenses y Apocalipsis.

  No necesitamos resolver esas discusiones para establecer el punto que estamos examinando.

  Nuestro propósito aquí no es decirle al lector exactamente cómo ocurrirá cada acontecimiento.

  Tampoco pretendemos discutir con quienes sostienen una interpretación diferente.

  Podemos estudiar esas diferencias con respeto.

  Podemos reconocer que existen preguntas difíciles.

  Y podemos admitir humildemente que hay detalles que quizá solamente comprenderemos completamente cuando sucedan.

  Pero detrás de todas esas diferencias existe una afirmación fundamental que aparece repetidamente en las palabras de Jesús:

Él dijo que regresaría.

El señor que regresa

  Resulta interesante observar que esta idea aparece incluso en las parábolas que Jesús utilizó para enseñar cómo debían vivir sus seguidores.

  Habló de un señor que se ausenta y después regresa.

  Habló de un esposo cuya llegada es esperada.

  Habló de siervos que no saben cuándo volverá su señor.

  Habló de personas que deben mantenerse preparadas.

  Por ejemplo:

“Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así.”

Mateo 24:46, RVR1960

  Y también:

“Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir.”

Mateo 25:13, RVR1960

  La incertidumbre estaba en el momento.

  No en la promesa.

  No sabían cuándo.

  Pero debían vivir esperando que sucediera.

Una promesa que comenzó en labios de Jesús

  Esto es importante para nuestro estudio porque algunas personas pueden pensar que la doctrina del regreso de Cristo apareció posteriormente dentro del cristianismo.

  Sin embargo, antes de llegar a Pablo, Pedro, Juan o Apocalipsis, encontramos la expectativa en las propias enseñanzas de Jesús registradas en los Evangelios.

  Él habló de su partida.

  Habló de una espera.

  Habló de su regreso.

  Y enseñó a sus discípulos a vivir preparados para ese momento.

  La segunda venida no comienza, por tanto, con nuestras interpretaciones modernas de las profecías.

  Comienza con una promesa sencilla:

“Vendré otra vez.”

Juan 14:3, RVR1960

No sabemos cuándo, pero sabemos quién lo prometió

  Quizá allí debería descansar nuestra atención.

  Podemos no coincidir acerca de todos los detalles.

  Podemos estudiar diferentes posiciones.

  Podemos hacernos preguntas.

  Podemos reconocer que algunos textos proféticos son difíciles.

  Pero ninguna de esas cosas modifica las palabras que Jesús dejó a sus discípulos.

“Vendré otra vez.”

  No necesitamos convertir esa promesa en motivo de división.

  Debería convertirse en motivo de esperanza.

  El mismo Jesús que habló de la cruz habló de su regreso.

  El mismo que anunció que sería entregado habló de un día futuro.

  El mismo que preparó a sus discípulos para su partida les dejó también una promesa para sostenerlos durante su ausencia.

  Volvería.

  Y en el siguiente capítulo encontraremos algo extraordinario.

  Después de la resurrección, cuando Jesús ascendió y desapareció de la vista de sus discípulos, ellos no fueron los únicos que hablaron de su regreso.

  Dos ángeles aparecieron junto a ellos y pronunciaron una promesa que confirmaría nuevamente aquello que Jesús ya había dicho:

Este mismo Jesús volverá.

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LEER EXTRACTO DEL LIBRO

Escuche música con propósito:

Por el Dr. Elio M Rivera

La extraordinaria promesa pronunciada mientras Jesús ascendía al cielo

  Jesús había muerto.

  Había sido sepultado.

  Sus discípulos afirmaban haberlo visto resucitado.

  Durante los días siguientes, según el relato de Lucas, Jesús se presentó vivo ante ellos y continuó enseñándoles acerca del reino de Dios.

  Pero llegó el momento de partir.

  Hechos de los Apóstoles describe una de las escenas más extraordinarias del Nuevo Testamento.

  Los discípulos estaban reunidos con Jesús.

  Escucharon sus últimas instrucciones.

  Y entonces sucedió algo que ninguno de ellos olvidaría.

“Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos.”

Hechos 1:9, RVR1960

  Jesús comenzó a ascender.

  Los discípulos lo estaban viendo.

  Poco a poco dejó de estar delante de ellos.

  Una nube finalmente lo ocultó de sus ojos.

  Y ellos permanecieron allí.

  Mirando hacia arriba.

Los discípulos se quedaron mirando al cielo

  Es fácil imaginar la escena.

  Durante años habían caminado con Jesús.

  Habían escuchado sus enseñanzas.

  Habían presenciado sus milagros.

  Lo habían visto arrestado.

  Habían contemplado la tragedia de la crucifixión.

  Después afirmaban haberlo encontrado vivo.

  Y ahora lo veían partir.

  Hechos dice:

“Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba…”

Hechos 1:10, RVR1960

  No sabemos cuánto tiempo permanecieron así.

  El texto simplemente nos permite contemplarlos:

con los ojos puestos en el cielo.

  Quizá intentaban comprender lo que acababa de suceder.

  Quizá esperaban que Jesús apareciera nuevamente.

  Quizá no sabían qué hacer a continuación.

  Entonces aparecieron dos personajes.

Dos varones con vestiduras blancas

  Lucas continúa:

“…he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas.”

Hechos 1:10, RVR1960

  El relato los presenta como mensajeros celestiales. La aparición de estos dos varones inmediatamente después de la ascensión introduce una declaración que marcaría profundamente la esperanza de los primeros cristianos.

  Ellos dijeron:

“Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo?”

Hechos 1:11, RVR1960

  Pero no terminaron allí.

  Lo siguiente que dijeron constituye una de las afirmaciones más claras acerca del regreso de Jesucristo en todo el Nuevo Testamento:

“Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.”

Hechos 1:11, RVR1960

  Detengámonos en esas palabras.

“Este mismo Jesús…”

“Este mismo Jesús”

  La expresión resulta extraordinariamente personal.

  Los ángeles no dijeron simplemente:

“Algún día ocurrirá algo.”

  No hablaron de una idea.

  No hablaron de un movimiento.

  No hablaron de una filosofía que continuaría después de Jesús.

  Hablaron de una persona:

“Este mismo Jesús.”

  El Jesús que habían conocido.

  El Jesús que había caminado con ellos.

  El Jesús que había enseñado en Galilea.

  El Jesús que había entrado en Jerusalén.

  El Jesús que había sido crucificado.

  El Jesús que ellos afirmaban haber visto resucitado.

  El Jesús que unos momentos antes había estado hablando con ellos.

Ese mismo Jesús regresaría.

  La esperanza cristiana del regreso de Cristo no está centrada solamente en que la historia tendrá un desenlace.

  Está centrada en una persona.

  Jesucristo volverá.

Jesús lo había dicho; ahora los ángeles lo confirmaban

  Esto conecta directamente con el capítulo anterior.

  Antes de morir, Jesús había dicho a sus discípulos:

“Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez…”

Juan 14:3, RVR1960

  Ahora había llegado el momento de su partida.

  Los discípulos acababan de verlo ascender.

  Y precisamente cuando desapareció de su vista, recibieron una confirmación:

Él regresará.

  Primero lo había dicho Jesús.

  Ahora lo declaraban los mensajeros celestiales.

  La partida no era el final de la historia.

  Había una promesa pendiente.

“Así vendrá”

  Los ángeles añadieron:

“…así vendrá como le habéis visto ir al cielo.”

Hechos 1:11, RVR1960

  A lo largo de los siglos, esta expresión ha producido numerosos estudios y discusiones acerca de los detalles de la segunda venida.

  Pero ese no será nuestro propósito aquí.

  No necesitamos entrar en controversias acerca de cada detalle de cómo sucederá.

  Tampoco necesitamos construir sobre esta frase un calendario profético.

  Nuestro objetivo es mucho más sencillo.

  El texto afirma que el Jesús que se fue regresará.

  Eso es suficiente para el punto que estamos estableciendo.

  Podemos tener diferentes interpretaciones acerca del orden de algunos acontecimientos futuros.

  Podemos estudiar con respeto las distintas posiciones escatológicas.

  Podemos reconocer que existen aspectos difíciles de interpretar.

  Pero Hechos 1:11 permanece delante de todos nosotros con una afirmación extraordinariamente clara:

“Este mismo Jesús… vendrá.”

La ascensión no terminó con una despedida

  Pensemos en lo que esta promesa debió significar para aquellos discípulos.

  Acababan de perder nuevamente de vista a Jesús.

  Después de la crucifixión habían experimentado dolor y desconcierto.

  Después vino la alegría de verlo vivo.

  Y ahora Jesús se marchaba.

  Podría haber parecido otra despedida.

  Pero los ángeles transformaron aquella despedida en una promesa.

  No les dijeron:

“Nunca volverán a verlo.”

  Les dijeron, en esencia:

El que acaba de irse regresará.

  La ascensión, por tanto, no solamente señala una partida.

  También dirige nuestra mirada hacia un regreso.

No les dijeron que se quedaran mirando al cielo

  Existe otro detalle precioso en la escena.

  Los discípulos estaban:

“con los ojos puestos en el cielo”.

  Pero los ángeles les preguntaron:

“Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo?”

Hechos 1:11, RVR1960

  La promesa del regreso de Cristo no significaba que debían permanecer inmóviles contemplando las nubes.

  Jesús acababa de darles una responsabilidad:

“…y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”

Hechos 1:8, RVR1960

  Debían esperar su regreso.

  Pero tenían trabajo que hacer mientras esperaban.

  Debían predicar.

  Debían enseñar.

  Debían llevar el evangelio.

  Debían ser testigos.

  Debían continuar aquello que Jesús les había encomendado.

  Esta misma idea aparecerá una y otra vez en el Nuevo Testamento:

esperar no significa permanecer inmóviles.

  La esperanza del regreso de Cristo debía impulsar la misión, no detenerla.

Entre una partida y un regreso

  La iglesia comenzó su misión entre dos grandes declaraciones.

  Jesús les había dicho:

“Me seréis testigos.”

  Y los ángeles les dijeron:

“Este mismo Jesús… vendrá.”

  Entre esas dos declaraciones se encuentra la misión de los seguidores de Cristo.

  Mientras él no regrese:

  Predicamos.

  Servimos.

  Amamos.

  Enseñamos.

  Ayudamos.

  Hacemos discípulos.

  Vivimos el evangelio.

  Esperamos.

  No sabemos cuánto durará la espera.

  Los primeros discípulos tampoco lo sabían.

  Pero sabían dos cosas:

tenían una misión que cumplir y un Señor que regresaría.

No una fecha, sino una certeza

  Observe también lo que los ángeles no dijeron.

  No dieron una fecha.

  No dijeron un año.

  No entregaron un calendario.

  No explicaron cuánto tiempo transcurriría.

  No proporcionaron una fórmula para calcular el momento.

  Simplemente afirmaron:

Jesús regresará.

  Quizá nosotros también deberíamos aprender algo de la sencillez de aquella declaración.

  Durante siglos se han propuesto fechas para el regreso de Cristo.

  Todas las que ya pasaron demostraron estar equivocadas.

  La Biblia no nos pide saber aquello que Dios decidió no revelarnos.

  Nos pide confiar en aquello que sí reveló.

  Y en aquel día, mientras los discípulos contemplaban el cielo, lo que recibieron no fue una fecha.

  Fue una promesa.

Los discípulos regresaron a Jerusalén

  ¿Y qué hicieron después?

  Hechos continúa diciendo:

“Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte que se llama del Olivar…”

Hechos 1:12, RVR1960

  Eso es significativo.

  No permanecieron allí intentando descubrir cuándo volvería.

  Regresaron.

  Obedecieron las instrucciones que habían recibido.

  Esperaron la promesa del Espíritu Santo.

  Y poco después comenzaron a proclamar públicamente a Jesucristo.

  La esperanza de su regreso no los apartó de la vida.

  Los lanzó hacia su misión.

Una promesa pronunciada desde el principio de la iglesia

  Antes de que Pablo escribiera sus cartas.

  Antes de que Juan recibiera las visiones de Apocalipsis.

  Antes de que el evangelio llegara a numerosas naciones.

  Antes de que surgieran siglos de debates acerca de la profecía.

  Allí estaban aquellos discípulos en el Monte de los Olivos contemplando cómo Jesús desaparecía de su vista.

  Y allí escucharon:

“Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.”

Hechos 1:11, RVR1960

  Jesús había dicho que regresaría.

  Ahora los ángeles afirmaban que regresaría.

  Pero todavía falta un tercer grupo de testigos.

  Aquellos hombres que estaban mirando al cielo ese día dedicarían el resto de sus vidas a proclamar a Jesucristo.

  Y cuando comenzaron a escribir y enseñar a las primeras comunidades cristianas, encontramos la misma esperanza repetida una y otra vez.

  Los discípulos también dijeron que Jesús regresaría.

Libro recomendado

LEER EXTRACTO DEL LIBRO

Escuche música con propósito:

Por el Dr. Elio M Rivera

  Primero lo dijo Jesús:

“Vendré otra vez.”

  Después, mientras los discípulos observaban su ascensión, dos mensajeros celestiales confirmaron la promesa:

“Este mismo Jesús… así vendrá como le habéis visto ir al cielo.”

  Pero la promesa no terminó allí.

  Cuando aquellos hombres comenzaron a predicar, enseñar y escribir a las primeras comunidades cristianas, encontramos la misma convicción repetida una y otra vez:

Jesucristo regresará.

  Pedro lo enseñó.

  Pablo lo enseñó.

  Juan lo enseñó.

  Santiago lo enseñó.

  Judas habló de ello.

  No necesariamente explicaron todos los detalles de la misma manera ni respondieron todas las preguntas que nosotros quisiéramos hacer acerca de los acontecimientos futuros. Pero existe una verdad que atraviesa sus escritos:

esperaban el regreso de Jesucristo.

Pedro: el Cristo que el cielo recibió regresará

  Poco tiempo después de la ascensión, Pedro predicó públicamente en Jerusalén.

  El mismo hombre que semanas antes había negado conocer a Jesús ahora se encontraba proclamándolo abiertamente.

  Y dentro de uno de sus primeros discursos encontramos una declaración extraordinaria:

“Y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas…”

Hechos 3:20-21, RVR1960

  Para Pedro, la ascensión de Jesús no significaba que la historia de Cristo con este mundo hubiera terminado.

  El cielo lo había recibido.

  Pero llegaría un momento futuro relacionado con su regreso y con la restauración anunciada por Dios.

  Años después, Pedro continuaba hablando de la misma esperanza.

  Escribió:

“Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche…”

2 Pedro 3:10, RVR1960

  Y precisamente porque esperaba ese acontecimiento, Pedro hizo una pregunta profundamente práctica:

“Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir…!”

2 Pedro 3:11, RVR1960

  Esto es importante.

  Para Pedro, la profecía no servía solamente para conocer el futuro.

  Debía transformar la manera de vivir en el presente.

Pablo: “esperando… a Jesucristo”

  Pocas personas escribieron tanto acerca del regreso de Cristo como el apóstol Pablo.

  A los creyentes de Filipos les recordó:

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo.”

Filipenses 3:20, RVR1960

  Observe la palabra:

“esperamos”.

  La iglesia primitiva no solamente recordaba a un Cristo que había venido.

  Esperaba a un Cristo que regresaría.

  A Tito, Pablo escribió:

“Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.”

Tito 2:13, RVR1960

  Y a los tesalonicenses les habló directamente acerca de:

“…la venida de nuestro Señor Jesucristo…”

1 Tesalonicenses 5:23, RVR1960

  Otra vez encontramos la misma convicción.

  Jesús había partido.

  Pero regresaría.

Santiago: “la venida del Señor se acerca”

  Santiago también utilizó el regreso de Cristo para animar a creyentes que atravesaban dificultades.

  Les escribió:

“Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor.”

Santiago 5:7, RVR1960

  Y poco después añadió:

“Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca.”

Santiago 5:8, RVR1960

  Resulta interesante que Santiago relacionara la segunda venida con la paciencia.

  Esperar a Cristo no significaba abandonar las responsabilidades.

  Significaba permanecer firmes.

  Seguir adelante.

  Mantener la fe.

  Afirmar el corazón mientras llegaba el día prometido.

Juan: “cuando él se manifieste”

  El apóstol Juan también esperaba volver a ver a Jesucristo.

  Escribió:

“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.”

1 Juan 3:2, RVR1960

  Y nuevamente la esperanza futura produjo una consecuencia presente:

“Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.”

1 Juan 3:3, RVR1960

  Juan no presentó el regreso de Cristo como una curiosidad profética.

  Lo presentó como una esperanza capaz de transformar la vida.

  Y al llegar prácticamente a las últimas palabras de toda la Biblia, encontramos nuevamente la promesa.

  Jesús declara:

“Ciertamente vengo en breve.”

Apocalipsis 22:20, RVR1960

  Y Juan responde:

“Amén; sí, ven, Señor Jesús.”

Apocalipsis 22:20, RVR1960

  Difícilmente podría existir un cierre más apropiado para la esperanza de la iglesia primitiva.

Una esperanza compartida por los primeros cristianos

  Cuando reunimos estos testimonios aparece un cuadro extraordinariamente consistente.

  Jesús dijo que regresaría.

  Los ángeles dijeron que regresaría.

  Pedro enseñó que regresaría.

  Pablo esperaba su regreso.

  Santiago llamó a tener paciencia hasta su venida.

  Juan esperaba verlo nuevamente.

  Por eso, la segunda venida de Jesucristo no fue una doctrina inventada muchos siglos después.

  Forma parte de la esperanza que encontramos desde las primeras páginas de la historia de la iglesia.

  Y nuevamente no necesitamos entrar aquí en las discusiones acerca de cómo se desarrollará cada acontecimiento.

  Cristianos sinceros han sostenido diferentes posiciones respecto al orden y la interpretación de algunos acontecimientos proféticos.

  Podemos estudiar esas diferencias sin convertirlas en motivo de división.

  Porque antes de discutir los detalles existe una afirmación mucho más sencilla en la que podemos detenernos:

Cristo regresará.

  Los primeros creyentes vivieron con esa esperanza.

  Pero todavía queda una pregunta importante.

  Si Jesús dijo que regresaría, los ángeles lo confirmaron y los apóstoles lo enseñaron, ¿habría alguna manera de reconocer que su regreso se acercaba?

  Jesús respondió también esa pregunta.

  No entregó una fecha.

  No permitió que sus discípulos calcularan el día.

  Pero sí les dijo que existirían señales.

  Y precisamente allí comienza nuestro siguiente capítulo.

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Hasta aquí hemos establecido tres afirmaciones fundamentales.

  Jesús dijo que regresaría.

  Los ángeles dijeron que regresaría.

  Los apóstoles enseñaron que regresaría.

  Pero todavía queda una pregunta inevitable:

¿Habría alguna manera de reconocer que ese momento se acercaba?

  Los discípulos hicieron a Jesús una pregunta extraordinariamente parecida.

“Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?”

Mateo 24:3, RVR1960

  Observe la pregunta:

“¿Qué señal habrá de tu venida?”

  Y Jesús no respondió diciendo que no existirían señales.

  Tampoco les dijo que era incorrecto observar lo que sucedería en el mundo.

  Comenzó a explicarles una serie de acontecimientos y condiciones que caracterizarían el escenario relacionado con su regreso.

  Por eso, estudiar las señales no es necesariamente especulación.

  Jesús mismo habló de ellas.

  El problema comienza cuando intentamos hacer que la Biblia diga más de lo que realmente dice.

Jesús habló de guerras, hambres, pestes y terremotos

  Algunas de las señales mencionadas por Jesús son probablemente las más conocidas:

“Y oiréis de guerras y rumores de guerras…”

Mateo 24:6, RVR1960

  Después añadió:

“Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares.”

Mateo 24:7, RVR1960

  Estas palabras han llamado la atención de generaciones enteras de cristianos.

  Cada gran guerra.

  Cada epidemia.

  Cada terremoto devastador.

  Cada hambruna.

  Inevitablemente vuelve a surgir la pregunta:

¿Será esta una señal del fin?

  Son acontecimientos importantes y forman parte de las palabras de Jesús. No debemos ignorarlos ni restarles importancia.

  Pero existe un detalle en el mismo discurso que me parece fundamental.

  Después de mencionarlos, Jesús dijo:

“Y todo esto será principio de dolores.”

Mateo 24:8, RVR1960

  Y antes había advertido:

“…pero aún no es el fin.”

Mateo 24:6, RVR1960

  Esto debería hacernos leer el pasaje con cuidado.

  Jesús habló de guerras.

  Pero las guerras han acompañado a la humanidad durante siglos.

  Habló de hambre.

  Pero las hambrunas han devastado poblaciones desde la antigüedad.

  Habló de pestes.

  Pero la historia humana está marcada por epidemias terribles.

  Habló de terremotos.

  Pero generaciones muy anteriores a nosotros también experimentaron grandes terremotos.

  Todo ello es importante.

  Pero personalmente creo que existen otras señales y condiciones proféticas que resultan todavía más extraordinarias cuando intentamos comprender el escenario del regreso de Cristo.

Jesús esperaba que sus discípulos observaran

  Jesús utilizó una ilustración muy sencilla para explicar este principio:

“De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca.”

Mateo 24:32, RVR1960

  Nadie necesita conocer la fecha exacta en que llegará el verano para reconocer que se está acercando.

  Observa.

  Compara.

  Reconoce cambios.

  Ve aparecer las hojas.

  Y comprende que algo se aproxima.

  Entonces Jesús aplicó la ilustración:

“Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.”

Mateo 24:33, RVR1960

  Hay dos extremos que debemos evitar.

  El primero es el sensacionalismo.

  Convertir cada noticia en una profecía.

  Poner fechas.

  Identificar apresuradamente personajes.

  Afirmar que sabemos exactamente cómo ocurrirá aquello que la Biblia no explica.

  Pero existe también otro extremo:

  no observar nada.

  Jesús dijo:

“cuando veáis todas estas cosas…”

  Por tanto, existe un equilibrio.

  No especular.

  Pero observar.

  No poner fechas.

  Pero reconocer los tiempos.

  No vivir aterrorizados.

  Pero tampoco vivir indiferentes.

Hay señales que requieren un escenario muy particular

  Esta es precisamente la perspectiva que quiero seguir en este libro.

  No deseo concentrarme principalmente en las señales que tradicionalmente reciben mayor atención.

  Hablaremos de ellas cuando sea necesario.

  Las guerras son importantes.

  Las pestes son importantes.

  Las hambres son importantes.

  Los terremotos son importantes.

  Jesús los mencionó y, por tanto, merecen nuestra atención.

  Pero creo que existen otras señales proféticas mucho más específicas que merecen ser examinadas cuidadosamente.

  Algunas requieren que existan condiciones históricas que durante siglos parecieron imposibles.

  Otras describen escenarios que difícilmente podían imaginar las generaciones que originalmente recibieron aquellas profecías.

  Algunas parecen requerir que determinados pueblos, lugares o estructuras vuelvan a ocupar una posición que habían perdido.

  Otras parecen presuponer un mundo con capacidades que ninguna civilización antigua poseyó.

  Y eso es precisamente lo que hace tan fascinante nuestro tiempo.

  No porque podamos afirmar que conocemos la fecha del regreso de Cristo.

  No la conocemos.

  No porque podamos asegurar que cada acontecimiento contemporáneo sea un cumplimiento profético.

  No podemos.

  Sino porque, por primera vez en muchos casos, podemos mirar ciertas profecías antiguas y decir:

El escenario que describen ya no parece imposible.

Las señales que examinaremos en este libro

  Ese será nuestro propósito en las páginas siguientes.

  No intentaremos producir miedo.

  No intentaremos establecer fechas.

  No trataremos de convertir cada acontecimiento internacional en una señal.

  Y tampoco afirmaremos como cumplimiento aquello que solamente puede considerarse una posibilidad.

  Nuestro propósito será mucho más sencillo:

observar.

  Examinar las Escrituras.

  Mirar la historia.

  Comparar aquello que los profetas anunciaron con las condiciones que existen actualmente.

  Y preguntarnos si algunas piezas que durante siglos parecieron separadas están comenzando a formar un escenario reconocible.

  Por eso, en este libro prestaremos especial atención a señales que, en mi opinión, marcan con mucha más fuerza la preparación del escenario para el regreso de Jesucristo.

  Hablaremos de Israel, una nación que desapareció del mapa y volvió a existir.

  Del regreso del pueblo judío a la tierra de sus antepasados.

  De Jerusalén, nuevamente situada en el centro de acontecimientos religiosos y políticos mundiales.

  De las profecías que parecen requerir la existencia de un Templo y de los preparativos que hoy existen relacionados con su posible restauración.

  Del extraordinario aumento del conocimiento y de la velocidad con la que nuestra generación está transformando el mundo.

  De una humanidad capaz de comunicarse prácticamente en tiempo real alrededor del planeta.

  De un mundo donde un acontecimiento puede ser contemplado simultáneamente desde continentes diferentes.

  De una economía cada vez más interconectada.

  De la digitalización del dinero.

  De sistemas capaces de identificar personas mediante características biométricas.

  De tecnologías que hacen técnicamente imaginable restringir quién puede participar de determinados sistemas económicos.

  De la inteligencia artificial y su capacidad para analizar, identificar, persuadir y procesar información a una escala nunca antes conocida.

  Del evangelio llegando a lugares que durante siglos parecieron inaccesibles.

  Y de otras condiciones proféticas que analizaremos con cuidado.

  No afirmo que cada tecnología actual sea el cumplimiento de una profecía.

  Tampoco que cada acontecimiento que examinaremos sea necesariamente la etapa final de aquello que fue anunciado.

  Pero sí creo que existe una pregunta legítima que merece ser investigada:

¿Estamos contemplando la formación del escenario que las antiguas profecías describieron?

  Las pestes pueden aparecer y desaparecer.

  Las guerras comienzan y terminan.

  Las hambrunas han acompañado a muchas generaciones.

  Los terremotos han ocurrido durante toda la historia humana.

  Pero que muchas condiciones proféticas específicas puedan coexistir dentro de una misma generación merece, en mi opinión, una atención especial.

  Quizá no podamos saber cuánto tiempo falta.

  Jesús nunca nos autorizó a establecerlo.

  Pero sí nos dejó una instrucción:

“Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.”

Mateo 24:33, RVR1960

  Por eso escribí este libro.

  No para decir:

Cristo regresará en determinada fecha.”

  Sino para formular una pregunta:

¿Qué estamos viendo?

  Porque Jesús dijo que regresaría.

  Los ángeles dijeron que regresaría.

  Los apóstoles dijeron que regresaría.

  Y Jesús también dijo que habría señales.

  Las páginas que siguen estarán dedicadas precisamente a examinarlas.

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Por el Dr. Elio M Rivera

¿Quién fue Daniel?

        A lo largo de la historia han existido hombres cuyas palabras trascendieron su generación y dejaron una profunda huella en la humanidad. Sin embargo, pocos personajes bíblicos poseen un legado profético tan extraordinario como Daniel. Sus escritos no solo narran algunos de los acontecimientos más importantes del cautiverio de Judá en Babilonia, sino que contienen revelaciones acerca del futuro de las naciones y del desarrollo de la historia que continúan despertando el interés de creyentes, historiadores e investigadores hasta nuestros días.

        Daniel vivió aproximadamente entre los años 620 y 530 a.C.. Pertenecía, muy probablemente, a una familia noble o de la realeza de Judá, pues cuando el rey Nabucodonosor conquistó Jerusalén llevó cautivos a Babilonia a varios jóvenes de linaje distinguido para prepararlos al servicio del imperio (Daniel 1:3-6). Entre aquellos jóvenes se encontraban Daniel y sus tres inseparables compañeros: Ananías, Misael y Azarías, mejor conocidos por sus nombres babilónicos: Sadrac, Mesac y Abed-nego.

        A diferencia de muchos otros cautivos, Daniel no permitió que las circunstancias destruyeran su fe. Siendo todavía un adolescente, tomó una decisión que marcaría el resto de su vida: permanecer fiel al Dios de Israel aun cuando vivía en medio de una cultura completamente diferente. El primer capítulo de su libro registra una de las declaraciones más admirables de todo el Antiguo Testamento:

“Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía…”
(Daniel 1:8, RVR1960).

        Aquella determinación fue el comienzo de una vida caracterizada por la integridad, la sabiduría y una profunda comunión con Dios. Con el paso de los años, Daniel llegó a ocupar algunos de los cargos más importantes del Imperio Babilónico y posteriormente del Imperio Medo-Persa. Sirvió como consejero de varios reyes, entre ellos Nabucodonosor, Belsasar, Darío y Ciro, sobreviviendo a cambios de gobierno que normalmente habrían significado la caída de cualquier funcionario de alto rango. Su permanencia durante tantos años en posiciones de autoridad habla no solo de su extraordinaria capacidad administrativa, sino también de la confianza que inspiraba incluso entre gobernantes paganos.

        Pero Daniel no fue conocido únicamente como un estadista excepcional. La Biblia lo presenta también como un hombre de oración. En una ocasión, aun cuando un decreto real prohibía dirigir peticiones a cualquier dios que no fuera el rey, Daniel continuó orando tres veces al día, como acostumbraba hacerlo desde su juventud. Esa fidelidad le costó ser arrojado al famoso foso de los leones, del cual Dios lo libró milagrosamente (Daniel 6).

        Su vida demuestra que es posible mantenerse firme en la fe aun cuando se vive en una sociedad que piensa de manera completamente diferente. Daniel nunca dejó de servir con excelencia al gobierno donde Dios lo había colocado, pero tampoco sacrificó sus convicciones para obtener aceptación o poder.

        Además de su testimonio personal, Daniel fue uno de los profetas más notables de las Escrituras. Sus visiones abarcan desde la sucesión de grandes imperios mundiales hasta acontecimientos relacionados con el establecimiento del reino eterno de Dios. Ningún otro profeta del Antiguo Testamento presenta con tanta precisión el desarrollo de la historia universal desde Babilonia hasta el establecimiento definitivo del Reino de Dios.

        No es casualidad que muchos estudiosos hayan llamado al libro de Daniel “el Apocalipsis del Antiguo Testamento”. De hecho, existe una estrecha relación entre el libro de Daniel y el Apocalipsis de Juan. Muchas de las imágenes, símbolos y acontecimientos descritos por Juan encuentran su fundamento en las visiones que Dios reveló a Daniel más de seiscientos años antes del nacimiento de Jesucristo.

        Lo que hace especialmente relevante a Daniel para nuestro estudio es que varias de sus profecías se relacionan directamente con “el tiempo del fin”. Mientras otras revelaciones bíblicas describen acontecimientos cercanos al profeta, Daniel recibió visiones que, según el propio texto, permanecerían selladas hasta una época futura.

        Entre todas esas revelaciones existe una que resulta particularmente fascinante para nuestra generación. Al concluir una de sus últimas visiones, un ángel le dio una instrucción sorprendente:

“Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará.”
(Daniel 12:4, RVR1960).

        Estas palabras fueron escritas hace aproximadamente dos mil quinientos años, cuando la humanidad vivía en un mundo donde los avances tecnológicos eran extremadamente lentos. Durante siglos, las personas viajaban a caballo o en caravanas, escribían sobre pergaminos, se iluminaban con lámparas de aceite y dependían de mensajeros para transmitir las noticias. La vida cotidiana cambiaba muy poco de una generación a otra.

        Sin embargo, el ángel anunció que llegaría un tiempo en el que el conocimiento experimentaría un crecimiento extraordinario. Esa afirmación ha despertado el interés de innumerables estudiosos de la profecía bíblica. ¿Qué quiso decir exactamente? ¿Se refería al conocimiento de las Escrituras, al conocimiento humano en general o a ambos? Analizaremos estas posibilidades en los siguientes capítulos. Pero, independientemente de la interpretación que cada lector adopte, resulta difícil ignorar que nuestra generación ha presenciado una verdadera explosión del conocimiento científico y tecnológico, como ninguna otra en la historia de la humanidad.

        Como alguien que nació en 1963, debo confesar que esta realidad me impresiona profundamente. He sido testigo de una transformación tecnológica que mis abuelos jamás habrían imaginado. En el transcurso de una sola vida hemos pasado del teléfono fijo al teléfono inteligente; de las cartas enviadas por correo a los mensajes instantáneos; de las máquinas de escribir a las computadoras; de consultar enormes enciclopedias impresas a obtener millones de respuestas en segundos mediante Internet; y, más recientemente, al surgimiento de la inteligencia artificial, capaz de realizar tareas que hace apenas unos años parecían exclusivas del ser humano.

        Con frecuencia tengo la sensación de que cada semana aparece una nueva tecnología, una nueva aplicación o una nueva herramienta que promete cambiar nuestra manera de trabajar, aprender o comunicarnos. En ocasiones, confieso sentirme agotado por la velocidad de estos cambios. Apenas comenzamos a dominar una innovación cuando ya ha surgido otra que exige volver a aprender. Si uno desea mantenerse actualizado, debe estudiar continuamente; de lo contrario, corre el riesgo de quedarse rezagado en un mundo que avanza a una velocidad nunca antes vista.

        ¿Podría haber imaginado Daniel un mundo así? Esa es precisamente la pregunta que comenzaremos a responder a lo largo de este libro.

Referencias bíblicas

Referencias históricas y bibliográficas

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Por el Dr. Elio M Rivera

        Una de las características más sorprendentes de la historia de la humanidad es que, durante la mayor parte de su existencia, el progreso tecnológico fue extraordinariamente lento. Aunque surgieron grandes civilizaciones, se construyeron impresionantes ciudades y florecieron importantes imperios, la vida cotidiana de las personas cambió muy poco durante miles de años.

        Si observamos los últimos cinco mil años de historia, descubriremos que la mayor parte de los avances tecnológicos ocurrieron apenas en los últimos doscientos años. Antes de ese período, las innovaciones existían, pero aparecían lentamente y podían pasar siglos antes de que modificaran significativamente la vida de las personas.

        Este hecho resulta especialmente interesante cuando recordamos las palabras del ángel a Daniel:

“Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará.”

(Daniel 12:4, RVR1960).

        Si esta expresión hace referencia, al menos en parte, al crecimiento del conocimiento humano, entonces la historia nos muestra un fenómeno realmente extraordinario: durante milenios el progreso fue lento y gradual; sin embargo, en una época relativamente reciente el conocimiento comenzó a crecer de manera explosiva.

Un agricultor del siglo V a.C. y uno del siglo XV d.C.

        Pensemos por un momento en un agricultor que vivía alrededor del año 500 a.C., en tiempos del profeta Daniel.

        ¿Cómo cultivaba la tierra?

Con herramientas sencillas.

Con arados de madera o de hierro.

Con animales de tiro.

Dependiendo completamente de las lluvias.

Sembrando y cosechando manualmente.

        Ahora imaginemos a otro agricultor que vivió aproximadamente dos mil años después, hacia el año 1500 d.C.

¿Qué diferencias encontraríamos?

Sorprendentemente, muy pocas.

Continuaba utilizando animales para arar.

Sembraba manualmente.

Dependía de las estaciones.

Transportaba sus cosechas en carretas.

Las herramientas habían mejorado ligeramente, pero el método de trabajo seguía siendo esencialmente el mismo.

        En otras palabras, un agricultor del siglo V antes de Cristo habría entendido perfectamente la manera en que trabajaba un agricultor del Renacimiento.

El transporte cambió muy poco

        Lo mismo ocurrió con el transporte.

Durante miles de años los seres humanos viajaron prácticamente de la misma forma.

Caballos.

Asnos.

Camellos.

Carretas.

Barcos impulsados por remos o velas.

        Alejandro Magno conquistó gran parte del mundo montado a caballo.

Julio César hizo lo mismo siglos después.

Cristóbal Colón cruzó el océano utilizando barcos de vela muy similares, en sus principios de navegación, a los empleados por los antiguos fenicios.

        Durante más de cuatro mil años la velocidad máxima de viaje de un ser humano fue prácticamente la de un caballo.

La medicina avanzó lentamente

        La medicina también progresó con enorme lentitud.

Los médicos antiguos utilizaban:

        Hipócrates, considerado el padre de la medicina occidental, vivió en el siglo V a.C.

Muchos de sus principios continuaron siendo la base de la práctica médica durante casi dos mil años.

        Hasta mediados del siglo XIX los médicos todavía desconocían la existencia de las bacterias.

No existían:

Una simple infección podía causar la muerte.

Una pequeña herida podía convertirse en una tragedia.

La construcción permaneció casi igual

        También la arquitectura evolucionó lentamente.

Los antiguos egipcios.

Los babilonios.

Los griegos.

Los romanos.

Todos construían utilizando piedra, ladrillo, madera y mortero.

        Las técnicas fueron perfeccionándose, pero los principios fundamentales permanecieron prácticamente iguales durante siglos.

Todavía en la Edad Media se levantaban castillos utilizando métodos que habrían resultado familiares para muchos constructores del mundo antiguo.

La comunicación era desesperadamente lenta

        Quizá uno de los campos donde más evidente resulta esta lentitud sea la comunicación.

Durante miles de años las noticias viajaban únicamente a la velocidad de un ser humano o de un animal.

Si un rey enviaba un mensaje a otra nación, debía esperar semanas o incluso meses para recibir una respuesta.

Las cartas recorrían enormes distancias transportadas por mensajeros.

Las noticias de una guerra podían tardar meses en llegar a lugares lejanos.

        No existían teléfonos.

No existía radio.

No existía televisión.

No existía Internet.

El mundo permanecía prácticamente aislado.

La energía dependía de la naturaleza

        Durante casi toda la historia humana la energía provenía únicamente de fuentes naturales.

La fuerza humana.

Los animales.

El viento.

El agua.

La leña.

El carbón vegetal.

        Las noches eran iluminadas por lámparas de aceite o velas.

Las fábricas, tal como las conocemos hoy, simplemente no existían.

Las ciudades dormían cuando caía el sol.

La productividad estaba limitada por la cantidad de luz natural disponible.

Un visitante del año 500 a.C.

        Imaginemos por un momento que un hombre que vivió en tiempos de Daniel pudiera viajar en el tiempo hasta el año 1500 d.C.

Seguramente se sorprendería por algunos detalles.

Encontraría nuevas ciudades.

Nuevos reinos.

Nuevas vestimentas.

Nuevos idiomas.

Nuevas armas.

Pero comprendería casi todo lo que observaría.

Vería caballos.

Carretas.

Barcos de vela.

Campos cultivados manualmente.

Herreros.

Canteros.

Mercados.

Pergaminos.

Mensajeros.

Lámparas de aceite.

El mundo seguiría siendo, en esencia, muy parecido al que dejó atrás.

Entonces ocurrió algo extraordinario

        Sin embargo, a partir de finales del siglo XVIII comenzó una transformación sin precedentes.

En apenas unas cuantas generaciones aparecieron inventos que cambiaron radicalmente la historia de la humanidad.

La máquina de vapor.

El ferrocarril.

La electricidad.

El motor de combustión.

El automóvil.

El avión.

La radio.

La televisión.

La computadora.

Internet.

Los teléfonos inteligentes.

Los satélites.

La inteligencia artificial.

        Lo que no había ocurrido durante miles de años comenzó a suceder en cuestión de décadas.

El conocimiento dejó de avanzar lentamente y empezó a crecer de manera exponencial.

Cada descubrimiento dio origen a nuevos descubrimientos.

Cada invento aceleró el siguiente.

Cada generación conoció más que la anterior.

Hoy ese crecimiento continúa acelerándose a una velocidad que habría resultado inconcebible para cualquier civilización antigua.

        Muchos estudiosos consideran que este fenómeno constituye uno de los cambios más extraordinarios de toda la historia humana. Nunca antes el conocimiento había avanzado con tanta rapidez ni había transformado tan profundamente la vida cotidiana de prácticamente toda la humanidad.

        ¿Será esta aceleración del conocimiento la que Daniel contempló proféticamente cuando escribió que, “en el tiempo del fin… la ciencia se aumentará”? Esa es la pregunta que comenzaremos a explorar en los siguientes capítulos, donde analizaremos cómo, especialmente desde mediados del siglo XX, el crecimiento científico y tecnológico ha alcanzado un ritmo sin precedentes.


Referencias bíblicas

Referencias históricas

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Por el Dr. Elio M Rivera

        Si una persona que vivió en el año 1700 pudiera viajar hasta nuestros días, probablemente pensaría que ha llegado a otro planeta. En apenas dos o tres siglos, la humanidad ha experimentado más avances científicos y tecnológicos que en los cinco mil años anteriores de historia registrada. El mundo cambió más entre 1800 y la actualidad que entre la construcción de las pirámides de Egipto y el inicio de la Revolución Industrial.

        Lo verdaderamente sorprendente no es solo la cantidad de inventos, sino la velocidad con la que aparecieron. Durante miles de años el conocimiento avanzó lentamente, casi imperceptiblemente. Sin embargo, a partir del siglo XVIII comenzó una auténtica explosión científica que transformó para siempre la manera de vivir, trabajar, viajar, comunicarse y comprender el universo.

        Muchos estudiosos describen este fenómeno como un crecimiento exponencial del conocimiento. Esto significa que cada descubrimiento dio origen a muchos otros descubrimientos, acelerando el progreso de manera continua. La ciencia comenzó a alimentarse de la propia ciencia, y cada nueva generación heredó un volumen de conocimientos mucho mayor que la anterior.

La Revolución Industrial: el comienzo de una nueva era

        La mayoría de los historiadores sitúan el inicio de esta transformación en la Revolución Industrial, que comenzó en Gran Bretaña durante la segunda mitad del siglo XVIII.

        Hasta entonces, la producción dependía principalmente del trabajo manual y de la fuerza humana o animal. La fabricación de herramientas, ropa, muebles o alimentos requería enormes cantidades de tiempo y esfuerzo.

        La invención y el perfeccionamiento de la máquina de vapor, impulsada por el trabajo de inventores como James Watt, cambiaron completamente esa realidad. Por primera vez fue posible mover grandes máquinas sin depender del viento, del agua o de los animales.

        Las fábricas comenzaron a multiplicarse, la producción aumentó de manera extraordinaria y surgieron nuevas formas de transporte y comercio que transformaron la economía mundial.

        Era el comienzo de una nueva época.

La electricidad iluminó al mundo

        Pocas invenciones han cambiado tanto la vida humana como la electricidad.

        Durante miles de años las noches habían sido iluminadas únicamente por velas, lámparas de aceite o fogatas. La actividad cotidiana prácticamente terminaba cuando desaparecía la luz del sol.

        Los descubrimientos de científicos como Michael Faraday, James Clerk Maxwell, Nikola Tesla y Thomas Edison permitieron aprovechar la electricidad para iluminar ciudades, mover motores, alimentar fábricas y, posteriormente, hacer funcionar prácticamente todos los aparatos que hoy utilizamos.

        Resulta difícil imaginar nuestra vida sin electricidad. Hospitales, escuelas, hogares, sistemas de comunicación, transporte y prácticamente toda la infraestructura moderna dependen de ella.

El motor de combustión revolucionó el transporte

        Durante miles de años la velocidad máxima del ser humano fue la de un caballo.

        La invención del motor de combustión interna, perfeccionado por ingenieros como Nikolaus Otto, Gottlieb Daimler y Karl Benz, cambió completamente esa realidad.

        Aparecieron los automóviles, los camiones, los autobuses y una nueva forma de transportar personas y mercancías.

        Las distancias comenzaron a reducirse y el comercio internacional experimentó un crecimiento sin precedentes.

El teléfono acercó a las personas

        Durante miles de años la única forma de enviar un mensaje era mediante un mensajero.

        En 1876, Alexander Graham Bell patentó el teléfono, permitiendo que dos personas pudieran conversar instantáneamente aun estando separadas por grandes distancias.

        Lo que antes requería días o semanas podía resolverse en cuestión de minutos.

La radio llevó la voz a todo el planeta

        A finales del siglo XIX y principios del XX apareció otra revolución.

La radio.

        Gracias a los trabajos de científicos como Guglielmo Marconi, fue posible transmitir información sin necesidad de cables.

        Por primera vez un solo mensaje podía llegar simultáneamente a millones de personas.

La televisión permitió ver acontecimientos lejanos

        La televisión añadió una dimensión completamente nueva.

Ahora no solo era posible escuchar.

También era posible ver.

        Millones de personas comenzaron a observar al mismo tiempo los acontecimientos más importantes del mundo.

Guerras.

Coronaciones.

Juegos Olímpicos.

Llegadas a la Luna.

Eventos deportivos.

Todo podía verse prácticamente en tiempo real.

El avión redujo el tamaño del planeta

        En 1903, los hermanos Wright realizaron el primer vuelo controlado de un avión con motor.

Aquello marcó el inicio de una revolución.

        Lo que antes requería meses de viaje por mar comenzó a realizarse en cuestión de horas.

Hoy millones de personas cruzan diariamente los cielos del planeta.

El mundo nunca había estado tan conectado.

La computadora cambió la forma de pensar

        La segunda mitad del siglo XX trajo consigo uno de los mayores avances de toda la historia humana.

La computadora.

        Los primeros equipos ocupaban habitaciones completas y poseían una capacidad de cálculo muy inferior a la de un teléfono celular moderno.

Sin embargo, fueron el inicio de una transformación gigantesca.

Hoy las computadoras administran bancos.

Hospitales.

Universidades.

Gobiernos.

Empresas.

Satélites.

Aviones.

Automóviles.

Y gran parte de nuestra vida cotidiana.

Internet unió al mundo

        Si hubiera que elegir un invento que simbolice el crecimiento del conocimiento humano, probablemente sería Internet.

        Por primera vez en la historia, miles de millones de personas pueden acceder casi instantáneamente a información proveniente de cualquier parte del mundo.

Bibliotecas.

Universidades.

Museos.

Artículos científicos.

Mapas.

Fotografías.

Videos.

Cursos.

Todo puede encontrarse en cuestión de segundos.

        Una persona que viviera en tiempos de Daniel difícilmente podría imaginar una herramienta semejante.

La inteligencia artificial: una nueva revolución

        Y cuando parecía que la revolución tecnológica había alcanzado su límite, surgió una nueva etapa.

La inteligencia artificial.

        Hoy existen sistemas capaces de analizar enormes cantidades de información, traducir idiomas, generar imágenes, asistir en diagnósticos médicos, ayudar en investigaciones científicas, escribir textos, programar computadoras y colaborar en innumerables tareas que hace apenas unos años parecían exclusivas del ser humano.

        Su desarrollo continúa avanzando a una velocidad extraordinaria y muchos especialistas consideran que apenas estamos presenciando el comienzo de una transformación comparable a la Revolución Industrial.

Una generación privilegiada

        Como alguien que nació en 1963, me resulta imposible no maravillarme al observar todo lo que ha ocurrido durante una sola vida.

        He visto desaparecer las máquinas de escribir y ser reemplazadas por computadoras.

He visto cómo los teléfonos dejaron de estar conectados por cables para convertirse en pequeñas computadoras que llevamos en el bolsillo.

He visto el nacimiento de Internet, los teléfonos inteligentes, el GPS, la secuenciación del genoma humano, la robótica avanzada, las impresoras 3D, los vehículos eléctricos, los cohetes reutilizables y, más recientemente, la inteligencia artificial generativa.

        Confieso que, en ocasiones, me siento abrumado por la velocidad de estos cambios. Apenas aprendemos a utilizar una nueva tecnología cuando ya aparece otra que promete transformar nuevamente nuestra manera de vivir. Para quienes pertenecemos a esta generación, mantenerse actualizado exige un aprendizaje continuo. Lo que ayer era una novedad, hoy puede haber quedado obsoleto.

De un crecimiento lineal a uno exponencial

        Quizá la característica más importante de nuestra época no sea un invento en particular, sino la velocidad con la que aparecen nuevos descubrimientos.

        Durante miles de años el progreso avanzó lentamente.

Hoy ocurre exactamente lo contrario.

Cada avance científico genera nuevos avances.

Cada tecnología acelera el desarrollo de la siguiente.

Cada descubrimiento multiplica las posibilidades del conocimiento humano.

        Nunca antes la humanidad había aprendido tanto, tan rápidamente y en tantos campos al mismo tiempo.

        Al contemplar esta extraordinaria explosión científica, muchos cristianos recuerdan las palabras pronunciadas por el ángel hace más de dos mil quinientos años:

“…hasta el tiempo del fin… la ciencia se aumentará.”
(Daniel 12:4, RVR1960).

        ¿Es este crecimiento acelerado del conocimiento parte del escenario que Daniel contempló proféticamente? Cada lector deberá reflexionar sobre la evidencia. Lo que resulta innegable es que vivimos en la época del mayor desarrollo científico y tecnológico de toda la historia humana.

Referencias bíblicas

Referencias históricas y bibliográficas

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Por el Dr. Elio M rivera

        En el capítulo anterior analizamos cómo la humanidad experimentó una extraordinaria explosión científica a partir de la Revolución Industrial. Sin embargo, existe un fenómeno aún más sorprendente. No solo aumentó el conocimiento; también cambió radicalmente la manera en que ese conocimiento se almacena, se comparte y llega a cada persona.

        Durante la mayor parte de la historia, el conocimiento estuvo reservado para unos cuantos. Aprender requería tiempo, recursos económicos y, en muchas ocasiones, vivir cerca de los grandes centros culturales. Hoy la situación es completamente diferente. Nunca antes una persona común había tenido acceso, desde su hogar o incluso desde la palma de su mano, a una cantidad tan inmensa de información.

        Si Daniel hubiera contemplado nuestro mundo, probablemente no solo le habría sorprendido el crecimiento de la ciencia, sino también la facilidad con la que cualquier persona puede acceder a ese conocimiento en cuestión de segundos.

De las bibliotecas a la información instantánea

        Durante siglos, el conocimiento fue un recurso escaso.

Los libros debían copiarse a mano.

Las bibliotecas eran pocas.

Las universidades estaban reservadas para una minoría.

Consultar una obra especializada podía requerir largos viajes o una considerable inversión económica.

        Recuerdo perfectamente cómo era estudiar cuando era joven. Si necesitábamos investigar un tema, debíamos acudir a una biblioteca, revisar enormes enciclopedias impresas, consultar índices alfabéticos y pasar horas buscando la información adecuada. Muchas veces, después de todo ese esfuerzo, descubríamos que el libro que necesitábamos no estaba disponible o había sido prestado.

        Hoy basta escribir unas cuantas palabras en un buscador para encontrar millones de resultados en menos de un segundo.

Lo que antes requería días de investigación ahora puede realizarse en minutos.

Internet: la mayor biblioteca jamás construida

        La aparición de Internet transformó para siempre la historia del conocimiento humano.

        No se trata simplemente de una red de computadoras. Internet se convirtió en una gigantesca biblioteca mundial donde millones de personas publican, consultan y actualizan información de manera permanente.

        Hoy es posible acceder casi instantáneamente a:

        Nunca antes en la historia de la humanidad había existido una fuente de información tan extensa y tan fácilmente accesible.

El teléfono inteligente: una biblioteca en el bolsillo

        Quizá el invento que mejor representa esta nueva realidad sea el teléfono inteligente.

        Durante siglos, el ser humano necesitó trasladarse hasta donde estaba el conocimiento.

Hoy ocurre exactamente lo contrario.

El conocimiento nos acompaña a todas partes.

        En un dispositivo que cabe en la palma de la mano podemos consultar mapas, traducir idiomas, leer libros, estudiar medicina, asistir a clases universitarias, observar fotografías tomadas por telescopios espaciales, comunicarnos con personas al otro lado del planeta y acceder a millones de documentos en cuestión de segundos.

        Lo que hace apenas unas décadas parecía ciencia ficción se ha convertido en parte de la vida cotidiana.

La computación en la nube: el conocimiento sin fronteras

        Otro de los grandes cambios de nuestra época es la llamada computación en la nube.

        Durante muchos años los documentos solo podían almacenarse físicamente en libros, archivos o en el disco duro de una computadora.

Hoy millones de personas guardan información en enormes centros de datos distribuidos alrededor del mundo.

        Esto permite consultar documentos, fotografías, investigaciones y proyectos desde prácticamente cualquier lugar con conexión a Internet.

El conocimiento dejó de estar limitado por la ubicación física.

Las bibliotecas digitales

        La digitalización de libros ha abierto posibilidades extraordinarias.

Miles de bibliotecas, universidades y centros de investigación han puesto a disposición del público millones de obras que antes solo podían consultarse de manera presencial.

        Hoy un estudiante puede leer manuscritos antiguos, revisar diccionarios especializados, consultar comentarios bíblicos o acceder a publicaciones científicas sin abandonar su casa.

        En el campo del estudio bíblico este cambio ha sido especialmente significativo.

Existen programas que permiten comparar manuscritos, consultar diccionarios hebreos y griegos, revisar mapas, acceder a fotografías arqueológicas y analizar cientos de comentarios bíblicos en pocos minutos.

Hace apenas unas décadas, este trabajo requería una biblioteca especializada de enormes dimensiones.

La educación dejó de depender del salón de clases

        La revolución digital también transformó la educación.

Durante siglos, aprender significaba asistir físicamente a una escuela o universidad.

Hoy cualquier persona puede estudiar desde prácticamente cualquier lugar del planeta.

        Miles de universidades ofrecen cursos en línea.

Existen conferencias, seminarios, clases magistrales y programas de capacitación disponibles las veinticuatro horas del día.

Nunca antes había sido tan sencillo adquirir nuevos conocimientos.

La traducción automática derribó las barreras del idioma

        Otro cambio extraordinario ha sido la traducción automática.

Durante siglos, el idioma constituyó una de las mayores barreras para el intercambio del conocimiento.

Hoy programas informáticos pueden traducir documentos completos en cuestión de segundos.

Aunque todavía existen limitaciones, la comunicación entre personas de diferentes idiomas nunca había sido tan sencilla.

Esto ha permitido que el conocimiento viaje con una rapidez sin precedentes.

La inteligencia artificial: un nuevo acceso al conocimiento

        En los últimos años ha surgido una herramienta que está cambiando nuevamente nuestra relación con la información.

La inteligencia artificial.

        Hasta hace poco, las computadoras únicamente almacenaban datos.

Hoy son capaces de analizar grandes cantidades de información, resumir documentos, responder preguntas, traducir textos, generar imágenes, asistir en investigaciones científicas y colaborar en procesos de aprendizaje.

        Es importante señalar que estas herramientas no sustituyen el juicio humano ni el pensamiento crítico. Sin embargo, están modificando profundamente la forma en que las personas buscan, organizan y utilizan el conocimiento.

Una generación con acceso al conocimiento como ninguna otra

        Con frecuencia reflexiono sobre el privilegio —y también la responsabilidad— de pertenecer a esta generación.

        Mis padres crecieron en un mundo donde la información era limitada y difícil de obtener.

Mi generación vio nacer las computadoras personales, Internet y los teléfonos inteligentes.

Hoy nuestros hijos y nietos crecen en un entorno donde prácticamente cualquier duda puede investigarse en cuestión de segundos.

        Paradójicamente, el mayor desafío ya no consiste en encontrar información, sino en aprender a distinguir entre aquello que es verdadero y aquello que es falso, entre las fuentes confiables y las engañosas, entre el conocimiento que edifica y el que simplemente produce confusión.

La abundancia de información hace más necesaria que nunca la sabiduría.

Una reflexión final

        Cuando Daniel escribió que “la ciencia se aumentará”, difícilmente podía imaginar un mundo donde millones de libros estuvieran disponibles desde un pequeño dispositivo electrónico, donde estudiantes asistieran a universidades sin salir de casa, donde una conversación pudiera mantenerse instantáneamente entre personas ubicadas en continentes diferentes o donde una inteligencia artificial ayudara a organizar enormes cantidades de información.

        Más allá de la interpretación específica que cada lector adopte sobre esta profecía, resulta innegable que vivimos en la primera generación de la historia con acceso inmediato a una parte considerable del conocimiento acumulado por la humanidad.

        Tal vez esa no sea toda la intención de Daniel 12:4. Pero ciertamente constituye un fenómeno único en la historia humana y uno de los rasgos más distintivos de nuestra época. La pregunta que surge naturalmente es: ¿podría formar parte del escenario que la Biblia describe para el tiempo del fin?

Referencias bíblicas

Referencias históricas y bibliográficas

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