Este libro no fue diseñado simplemente para hablarle del Sistema Solar, sino para llevarlo de viaje a través de él. Página tras página, las imágenes, explicaciones y comparaciones le permitirán comprender fenómenos que ocurren a millones e incluso miles de millones de kilómetros de nosotros.
Durante este recorrido usted podrá:
➤ Acercarse al Sol, descubrir sus enormes dimensiones, comprender de dónde procede su energía y por qué su gravedad mantiene unido nuestro Sistema Solar.
➤ Comprender por qué los planetas no están flotando sin rumbo, sino viajando continuamente alrededor del Sol siguiendo extraordinarias órbitas gobernadas por leyes físicas.
➤ Recorrer los ocho planetas, desde el pequeño Mercurio hasta el distante Neptuno, descubriendo que cada uno posee características completamente diferentes.
➤ Comparar Venus, Marte y la Tierra y comprender mejor por qué nuestro planeta posee condiciones extraordinarias que permiten la existencia de la vida.
➤ Explorar Marte junto con las máquinas que hemos enviado hasta allí, conocer sus volcanes gigantescos, enormes cañones, casquetes polares y algunos de los descubrimientos realizados por las misiones espaciales.
➤ Entrar al reino de los gigantes y descubrir las dimensiones de Júpiter, sus poderosas tormentas y la impresionante Gran Mancha Roja.
➤ Contemplar Saturno y sus espectaculares anillos, descubriendo que no se trata de un solo anillo, sino de un complejo sistema acompañado por una extraordinaria familia de lunas.
➤ Conocer mundos sorprendentes como Titán y Encélado, además de otras lunas cuyas características han maravillado a los científicos.
➤ Viajar hasta Urano, el extraño planeta que gira prácticamente de lado, y después alcanzar Neptuno, donde se encuentran algunos de los vientos más extremos conocidos en nuestro Sistema Solar.
➤ Atravesar el cinturón de asteroides y descubrir que entre Marte y Júpiter existen innumerables cuerpos rocosos de tamaños y características muy diferentes.
➤ Descubrir qué ocurrió realmente con Plutón, por qué dejó de clasificarse como uno de los ocho planetas y qué significa pertenecer a la categoría de planeta enano.
➤ Continuar más allá de Neptuno, hacia el cinturón de Kuiper y las regiones extremadamente distantes asociadas con la nube de Oort, hasta llegar a las fronteras de nuestro extraordinario vecindario espacial.
➤ Comprender tamaños, velocidades y distancias difíciles de imaginar, utilizando explicaciones y comparaciones sencillas que permiten acercar la astronomía al lector común.
➤ Disfrutar de numerosas imágenes y representaciones visuales que acompañan el recorrido y ayudan a transformar números y conceptos científicos en algo que puede imaginarse y comprenderse.
➤ Encontrar referencias científicas y fuentes de consulta, para que el lector no solamente disfrute del viaje, sino que pueda continuar investigando los temas que despierten especialmente su curiosidad.
➤ Y, sobre todo, contemplar la creación desde una perspectiva diferente. Porque este viaje no termina al conocer el último planeta. A lo largo de la obra, la ciencia y la reflexión bíblica se encuentran para invitarnos a levantar los ojos, observar, preguntar y maravillarnos.
El propósito final de este libro puede resumirse en las palabras que acompañan toda la obra: “Explorando la creación para conocer el corazón del Creador”.
Porque cuanto más comprendemos la inmensidad del Sol, la precisión de las órbitas, las enormes distancias, la diversidad de los planetas y el extraordinario orden de nuestro Sistema Solar, surge una pregunta que va mucho más allá de la astronomía:
¿Qué puede enseñarnos la creación acerca de su Creador?
Este libro quiere llevar al lector precisamente hasta allí: del conocimiento al asombro, del asombro a la reflexión y de la reflexión a una mirada más profunda hacia Dios.
No es solamente un viaje por el Sistema Solar.
Es una invitación a recorrer la creación para acercarnos un poco más al corazón del Creador.
Usted está viviendo sobre algo extraordinario.
Cada día caminamos sobre la Tierra, respiramos su aire, bebemos su agua, sentimos el calor del Sol, contemplamos las nubes y vemos pasar las estaciones. Todo nos resulta tan cotidiano que pocas veces nos detenemos a pensar en una pregunta sorprendente: ¿qué tiene que ocurrir para que un planeta como el nuestro pueda sostener la vida?
Cristopedia: Ciencia y Creación — Las maravillas del planeta Tierra invita al lector a mirar nuevamente nuestro mundo, pero esta vez con los ojos de quien desea comprenderlo. A lo largo de más de trescientas páginas, recorreremos las características, fuerzas y sistemas que trabajan simultáneamente en nuestro planeta: su tamaño, gravedad, atmósfera, movimientos, distancia respecto al Sol, la Luna, el agua, los océanos, continentes, montañas, volcanes, terremotos, ríos, desiertos, glaciares, clima, estaciones y mucho más.
➤ Por qué la Tierra posee condiciones extraordinarias para la vida, y cómo numerosos factores trabajan conjuntamente para hacer posible nuestra existencia.
➤ Qué importancia tienen los 23.4 grados de inclinación del eje terrestre, y su relación con las estaciones, la distribución de la energía solar y la duración de los días.
➤ Por qué la gravedad es indispensable, no solamente para mantener nuestros pies sobre el suelo, sino también para conservar elementos fundamentales de nuestro planeta.
➤ Qué sucede mientras la Tierra gira, cómo se producen el día y la noche y qué relación tiene este movimiento con la temperatura y los ritmos de los seres vivos.
➤ A qué extraordinaria velocidad viajamos alrededor del Sol y por qué, a pesar de ese enorme movimiento, no sentimos que nuestro planeta esté viajando.
➤ Por qué nuestra distancia respecto al Sol resulta tan importante, especialmente para las temperaturas terrestres y la existencia de abundante agua líquida.
➤ La extraordinaria importancia de nuestra Luna, su participación en las mareas y la manera en que contribuye a la estabilidad del eje terrestre.
➤ Cómo múltiples condiciones trabajan al mismo tiempo: tamaño, masa, gravedad, atmósfera, agua líquida, rotación, inclinación, traslación, una órbita estable y nuestra extraordinaria Luna.
➤ Las maravillas del agua y los océanos, indispensables para la vida y para numerosos procesos que ocurren continuamente en nuestro planeta.
➤ El extraordinario mundo de las montañas, y cómo estas gigantescas estructuras influyen en el clima, el agua, los ecosistemas e incluso en las civilizaciones humanas.
➤ La fuerza escondida bajo nuestros pies, descubriendo volcanes y terremotos y comprendiendo que la Tierra, aunque parece inmóvil, es un planeta extraordinariamente dinámico.
➤ Los ríos, desiertos y glaciares, desde las enormes arterias de agua que recorren los continentes hasta lugares donde cada gota cuenta y gigantes de hielo capaces de transformar el paisaje.
➤ El complejo sistema del clima, donde el Sol, la atmósfera, los océanos, las corrientes, el viento, las nubes, las montañas y los bosques interactúan continuamente.
➤ El extraordinario ritmo de las estaciones, comprendiendo cómo repercuten sobre las plantas, las migraciones de los animales, la agricultura y nuestra propia vida.
Este libro ha sido preparado para que no sea necesario poseer conocimientos científicos avanzados. Mediante explicaciones sencillas, preguntas, ejemplos, comparaciones e imágenes, conceptos que podrían parecer complicados se convierten en un recorrido que jóvenes y adultos pueden comprender y disfrutar.
Pero existe un propósito todavía más profundo. Este libro forma parte de Cristopedia: Ciencia y Creación, una serie nacida del deseo de estudiar cuidadosamente aquello que nos rodea y formular una pregunta que acompaña cada descubrimiento: ¿qué podemos aprender acerca del Creador al estudiar su creación?
Por ello, la obra no busca sustituir la ciencia por la fe. Al contrario, invita al lector a observar, estudiar, preguntar, investigar y comprender. La ciencia nos ayuda a descubrir cómo funcionan muchas de las maravillas que contemplamos; después podemos detenernos y preguntarnos qué significa que exista un mundo capaz de funcionar de esta manera.
Cuando comenzamos a mirar la Tierra de esta manera, encontramos mucho más que océanos, montañas, gravedad, atmósfera o estaciones. Encontramos orden, precisión, belleza, complejidad, interdependencia y cuidado. Aquello que parecía cotidiano comienza a convertirse en algo extraordinario.
La intención, por tanto, no es que el lector termine este libro solamente con más información. Es que vuelva a mirar una lluvia, una montaña, el océano, la Luna, una nube, un río o un amanecer y descubra que detrás de aquello que tantas veces damos por sentado existe una extraordinaria complejidad digna de ser contemplada.
La experiencia que dio origen a esta serie puede resumirse en una frase profundamente personal: “Comencé queriendo conocer mejor la creación. Terminé queriendo conocer mucho más al Creador.”
Ese es también el viaje al que este libro invita al lector: conocer nuestro planeta, maravillarse ante la creación y permitir que cada descubrimiento nos lleve un poco más cerca del corazón del Creador.
Porque quizá, después de terminar este libro, la Tierra siga siendo el mismo planeta… pero usted nunca vuelva a mirarla de la misma manera.
A lo largo de este libro hemos estudiaremos acontecimientos, condiciones y profecías relacionados con los últimos tiempos. Hemos hablado de Israel, Jerusalén, el Templo, las naciones, el crecimiento del conocimiento, las comunicaciones mundiales, la economía, la tecnología y muchas otras piezas que parecen formar parte de un escenario extraordinario.
Pero antes de hablar de cómo será, de cuándo será o de qué señales lo anunciarán, existe una pregunta mucho más sencilla:
¿Realmente dijo Jesús que regresaría?
La respuesta es sí.
Y para establecer este punto no necesitamos entrar todavía en las grandes controversias escatológicas.
No necesitamos discutir si determinados acontecimientos ocurrirán antes o después de otros.
No necesitamos decidir en este capítulo cómo interpretar cada detalle de Apocalipsis.
No necesitamos discutir acerca del milenio, la tribulación o las diferentes posiciones respecto al arrebatamiento.
Esos temas han producido diferentes interpretaciones entre cristianos sinceros durante generaciones.
Este capítulo pretende establecer algo mucho más básico, y extraordinariamente importante:
Jesucristo dijo que regresaría.
Una de las declaraciones más claras ocurrió durante las últimas horas antes de la crucifixión.
Jesús sabía lo que estaba a punto de suceder.
Sus discípulos estaban preocupados.
Habían dejado todo para seguirlo y ahora comenzaban a comprender que algo estaba por cambiar.
Fue entonces cuando Jesús pronunció algunas de las palabras más conocidas del Evangelio de Juan:
“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.”
Juan 14:1-2, RVR1960
Pero Jesús no terminó allí.
Inmediatamente añadió:
“Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.”
Juan 14:3, RVR1960
La expresión es difícil de hacer más sencilla:
“Vendré otra vez.”
No fueron palabras pronunciadas por un teólogo siglos después.
No fueron una interpretación desarrollada posteriormente por la iglesia.
Fueron palabras atribuidas directamente a Jesucristo por el Evangelio de Juan.
Jesús anunció su partida.
Pero también anunció su regreso.
Esta no fue una declaración aislada.
Durante su ministerio, Jesús habló repetidamente de un momento futuro en el que el Hijo del Hombre vendría.
En Mateo declaró:
“Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras.”
Mateo 16:27, RVR1960
Observe el lenguaje.
“Vendrá.”
Jesús está hablando de algo futuro.
En otra ocasión declaró:
“Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria.”
Mateo 25:31, RVR1960
Otra vez aparece la misma idea:
“Cuando el Hijo del Hombre venga…”
No si viene.
Cuando venga.
Para Jesús, su regreso no era presentado como una posibilidad incierta.
Era un acontecimiento futuro.
Existe otra declaración particularmente impresionante porque fue pronunciada cuando Jesús se encontraba frente a quienes lo juzgaban.
El sumo sacerdote le preguntó directamente acerca de su identidad.
Jesús respondió y añadió:
“…desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.”
Mateo 26:64, RVR1960
Pensemos en la escena.
Jesús estaba detenido.
Sus enemigos parecían tener el control.
En pocas horas sería llevado a la crucifixión.
Desde una perspectiva puramente humana, aquel no parecía el momento para hablar de un regreso glorioso.
Sin embargo, lo hizo.
El hombre que estaba siendo juzgado anunció que llegaría el día en que las circunstancias serían completamente diferentes.
Ahora estaba delante de sus jueces.
Pero anunció que vendría nuevamente.
Jesús incluso advirtió a sus discípulos que no deberían dejarse engañar por rumores acerca de su regreso.
Dijo:
“Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis.”
Mateo 24:23, RVR1960
Y explicó:
“Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre.”
Mateo 24:27, RVR1960
Este texto será importante cuando estudiemos otros aspectos de la segunda venida.
Por ahora solamente necesitamos observar algo:
Jesús nuevamente habló de “la venida del Hijo del Hombre”.
Era parte de su enseñanza.
Llegados a este punto es importante establecer los límites de este capítulo.
Los cristianos poseen distintas interpretaciones acerca de algunos acontecimientos relacionados con el regreso de Jesucristo.
Existen diferentes posiciones acerca del orden de los acontecimientos finales.
Existen debates acerca de determinados textos proféticos.
Existen distintas maneras de interpretar algunos pasajes de Daniel, Mateo, Tesalonicenses y Apocalipsis.
No necesitamos resolver esas discusiones para establecer el punto que estamos examinando.
Nuestro propósito aquí no es decirle al lector exactamente cómo ocurrirá cada acontecimiento.
Tampoco pretendemos discutir con quienes sostienen una interpretación diferente.
Podemos estudiar esas diferencias con respeto.
Podemos reconocer que existen preguntas difíciles.
Y podemos admitir humildemente que hay detalles que quizá solamente comprenderemos completamente cuando sucedan.
Pero detrás de todas esas diferencias existe una afirmación fundamental que aparece repetidamente en las palabras de Jesús:
Él dijo que regresaría.
Resulta interesante observar que esta idea aparece incluso en las parábolas que Jesús utilizó para enseñar cómo debían vivir sus seguidores.
Habló de un señor que se ausenta y después regresa.
Habló de un esposo cuya llegada es esperada.
Habló de siervos que no saben cuándo volverá su señor.
Habló de personas que deben mantenerse preparadas.
Por ejemplo:
“Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así.”
Mateo 24:46, RVR1960
Y también:
“Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir.”
Mateo 25:13, RVR1960
La incertidumbre estaba en el momento.
No en la promesa.
No sabían cuándo.
Pero debían vivir esperando que sucediera.
Esto es importante para nuestro estudio porque algunas personas pueden pensar que la doctrina del regreso de Cristo apareció posteriormente dentro del cristianismo.
Sin embargo, antes de llegar a Pablo, Pedro, Juan o Apocalipsis, encontramos la expectativa en las propias enseñanzas de Jesús registradas en los Evangelios.
Él habló de su partida.
Habló de una espera.
Habló de su regreso.
Y enseñó a sus discípulos a vivir preparados para ese momento.
La segunda venida no comienza, por tanto, con nuestras interpretaciones modernas de las profecías.
Comienza con una promesa sencilla:
“Vendré otra vez.”
Juan 14:3, RVR1960
Quizá allí debería descansar nuestra atención.
Podemos no coincidir acerca de todos los detalles.
Podemos estudiar diferentes posiciones.
Podemos hacernos preguntas.
Podemos reconocer que algunos textos proféticos son difíciles.
Pero ninguna de esas cosas modifica las palabras que Jesús dejó a sus discípulos.
“Vendré otra vez.”
No necesitamos convertir esa promesa en motivo de división.
Debería convertirse en motivo de esperanza.
El mismo Jesús que habló de la cruz habló de su regreso.
El mismo que anunció que sería entregado habló de un día futuro.
El mismo que preparó a sus discípulos para su partida les dejó también una promesa para sostenerlos durante su ausencia.
Volvería.
Y en el siguiente capítulo encontraremos algo extraordinario.
Después de la resurrección, cuando Jesús ascendió y desapareció de la vista de sus discípulos, ellos no fueron los únicos que hablaron de su regreso.
Dos ángeles aparecieron junto a ellos y pronunciaron una promesa que confirmaría nuevamente aquello que Jesús ya había dicho:
Este mismo Jesús volverá.
Libro recomendado

Escuche música con propósito:
Jesús había muerto.
Había sido sepultado.
Sus discípulos afirmaban haberlo visto resucitado.
Durante los días siguientes, según el relato de Lucas, Jesús se presentó vivo ante ellos y continuó enseñándoles acerca del reino de Dios.
Pero llegó el momento de partir.
Hechos de los Apóstoles describe una de las escenas más extraordinarias del Nuevo Testamento.
Los discípulos estaban reunidos con Jesús.
Escucharon sus últimas instrucciones.
Y entonces sucedió algo que ninguno de ellos olvidaría.
“Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos.”
Hechos 1:9, RVR1960
Jesús comenzó a ascender.
Los discípulos lo estaban viendo.
Poco a poco dejó de estar delante de ellos.
Una nube finalmente lo ocultó de sus ojos.
Y ellos permanecieron allí.
Mirando hacia arriba.
Es fácil imaginar la escena.
Durante años habían caminado con Jesús.
Habían escuchado sus enseñanzas.
Habían presenciado sus milagros.
Lo habían visto arrestado.
Habían contemplado la tragedia de la crucifixión.
Después afirmaban haberlo encontrado vivo.
Y ahora lo veían partir.
Hechos dice:
“Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba…”
Hechos 1:10, RVR1960
No sabemos cuánto tiempo permanecieron así.
El texto simplemente nos permite contemplarlos:
con los ojos puestos en el cielo.
Quizá intentaban comprender lo que acababa de suceder.
Quizá esperaban que Jesús apareciera nuevamente.
Quizá no sabían qué hacer a continuación.
Entonces aparecieron dos personajes.
Lucas continúa:
“…he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas.”
Hechos 1:10, RVR1960
El relato los presenta como mensajeros celestiales. La aparición de estos dos varones inmediatamente después de la ascensión introduce una declaración que marcaría profundamente la esperanza de los primeros cristianos.
Ellos dijeron:
“Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo?”
Hechos 1:11, RVR1960
Pero no terminaron allí.
Lo siguiente que dijeron constituye una de las afirmaciones más claras acerca del regreso de Jesucristo en todo el Nuevo Testamento:
“Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.”
Hechos 1:11, RVR1960
Detengámonos en esas palabras.
“Este mismo Jesús…”
La expresión resulta extraordinariamente personal.
Los ángeles no dijeron simplemente:
“Algún día ocurrirá algo.”
No hablaron de una idea.
No hablaron de un movimiento.
No hablaron de una filosofía que continuaría después de Jesús.
Hablaron de una persona:
“Este mismo Jesús.”
El Jesús que habían conocido.
El Jesús que había caminado con ellos.
El Jesús que había enseñado en Galilea.
El Jesús que había entrado en Jerusalén.
El Jesús que había sido crucificado.
El Jesús que ellos afirmaban haber visto resucitado.
El Jesús que unos momentos antes había estado hablando con ellos.
Ese mismo Jesús regresaría.
La esperanza cristiana del regreso de Cristo no está centrada solamente en que la historia tendrá un desenlace.
Está centrada en una persona.
Jesucristo volverá.
Esto conecta directamente con el capítulo anterior.
Antes de morir, Jesús había dicho a sus discípulos:
“Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez…”
Ahora había llegado el momento de su partida.
Los discípulos acababan de verlo ascender.
Y precisamente cuando desapareció de su vista, recibieron una confirmación:
Él regresará.
Primero lo había dicho Jesús.
Ahora lo declaraban los mensajeros celestiales.
La partida no era el final de la historia.
Había una promesa pendiente.
Los ángeles añadieron:
“…así vendrá como le habéis visto ir al cielo.”
Hechos 1:11, RVR1960
A lo largo de los siglos, esta expresión ha producido numerosos estudios y discusiones acerca de los detalles de la segunda venida.
Pero ese no será nuestro propósito aquí.
No necesitamos entrar en controversias acerca de cada detalle de cómo sucederá.
Tampoco necesitamos construir sobre esta frase un calendario profético.
Nuestro objetivo es mucho más sencillo.
El texto afirma que el Jesús que se fue regresará.
Eso es suficiente para el punto que estamos estableciendo.
Podemos tener diferentes interpretaciones acerca del orden de algunos acontecimientos futuros.
Podemos estudiar con respeto las distintas posiciones escatológicas.
Podemos reconocer que existen aspectos difíciles de interpretar.
Pero Hechos 1:11 permanece delante de todos nosotros con una afirmación extraordinariamente clara:
“Este mismo Jesús… vendrá.”
Pensemos en lo que esta promesa debió significar para aquellos discípulos.
Acababan de perder nuevamente de vista a Jesús.
Después de la crucifixión habían experimentado dolor y desconcierto.
Después vino la alegría de verlo vivo.
Y ahora Jesús se marchaba.
Podría haber parecido otra despedida.
Pero los ángeles transformaron aquella despedida en una promesa.
No les dijeron:
“Nunca volverán a verlo.”
Les dijeron, en esencia:
El que acaba de irse regresará.
La ascensión, por tanto, no solamente señala una partida.
También dirige nuestra mirada hacia un regreso.
Existe otro detalle precioso en la escena.
Los discípulos estaban:
“con los ojos puestos en el cielo”.
Pero los ángeles les preguntaron:
“Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo?”
Hechos 1:11, RVR1960
La promesa del regreso de Cristo no significaba que debían permanecer inmóviles contemplando las nubes.
Jesús acababa de darles una responsabilidad:
“…y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”
Hechos 1:8, RVR1960
Debían esperar su regreso.
Pero tenían trabajo que hacer mientras esperaban.
Debían predicar.
Debían enseñar.
Debían llevar el evangelio.
Debían ser testigos.
Debían continuar aquello que Jesús les había encomendado.
Esta misma idea aparecerá una y otra vez en el Nuevo Testamento:
esperar no significa permanecer inmóviles.
La esperanza del regreso de Cristo debía impulsar la misión, no detenerla.
La iglesia comenzó su misión entre dos grandes declaraciones.
Jesús les había dicho:
“Me seréis testigos.”
Y los ángeles les dijeron:
“Este mismo Jesús… vendrá.”
Entre esas dos declaraciones se encuentra la misión de los seguidores de Cristo.
Mientras él no regrese:
Predicamos.
Servimos.
Amamos.
Enseñamos.
Ayudamos.
Hacemos discípulos.
Vivimos el evangelio.
Esperamos.
No sabemos cuánto durará la espera.
Los primeros discípulos tampoco lo sabían.
Pero sabían dos cosas:
tenían una misión que cumplir y un Señor que regresaría.
Observe también lo que los ángeles no dijeron.
No dieron una fecha.
No dijeron un año.
No entregaron un calendario.
No explicaron cuánto tiempo transcurriría.
No proporcionaron una fórmula para calcular el momento.
Simplemente afirmaron:
Quizá nosotros también deberíamos aprender algo de la sencillez de aquella declaración.
Durante siglos se han propuesto fechas para el regreso de Cristo.
Todas las que ya pasaron demostraron estar equivocadas.
La Biblia no nos pide saber aquello que Dios decidió no revelarnos.
Nos pide confiar en aquello que sí reveló.
Y en aquel día, mientras los discípulos contemplaban el cielo, lo que recibieron no fue una fecha.
Fue una promesa.
¿Y qué hicieron después?
Hechos continúa diciendo:
“Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte que se llama del Olivar…”
Hechos 1:12, RVR1960
Eso es significativo.
No permanecieron allí intentando descubrir cuándo volvería.
Regresaron.
Obedecieron las instrucciones que habían recibido.
Esperaron la promesa del Espíritu Santo.
Y poco después comenzaron a proclamar públicamente a Jesucristo.
La esperanza de su regreso no los apartó de la vida.
Los lanzó hacia su misión.
Antes de que Pablo escribiera sus cartas.
Antes de que Juan recibiera las visiones de Apocalipsis.
Antes de que el evangelio llegara a numerosas naciones.
Antes de que surgieran siglos de debates acerca de la profecía.
Allí estaban aquellos discípulos en el Monte de los Olivos contemplando cómo Jesús desaparecía de su vista.
Y allí escucharon:
“Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.”
Hechos 1:11, RVR1960
Jesús había dicho que regresaría.
Ahora los ángeles afirmaban que regresaría.
Pero todavía falta un tercer grupo de testigos.
Aquellos hombres que estaban mirando al cielo ese día dedicarían el resto de sus vidas a proclamar a Jesucristo.
Y cuando comenzaron a escribir y enseñar a las primeras comunidades cristianas, encontramos la misma esperanza repetida una y otra vez.
Los discípulos también dijeron que Jesús regresaría.
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Escuche música con propósito:
Primero lo dijo Jesús:
“Vendré otra vez.”
Después, mientras los discípulos observaban su ascensión, dos mensajeros celestiales confirmaron la promesa:
“Este mismo Jesús… así vendrá como le habéis visto ir al cielo.”
Pero la promesa no terminó allí.
Cuando aquellos hombres comenzaron a predicar, enseñar y escribir a las primeras comunidades cristianas, encontramos la misma convicción repetida una y otra vez:
Jesucristo regresará.
Pedro lo enseñó.
Pablo lo enseñó.
Juan lo enseñó.
Santiago lo enseñó.
Judas habló de ello.
No necesariamente explicaron todos los detalles de la misma manera ni respondieron todas las preguntas que nosotros quisiéramos hacer acerca de los acontecimientos futuros. Pero existe una verdad que atraviesa sus escritos:
esperaban el regreso de Jesucristo.
Poco tiempo después de la ascensión, Pedro predicó públicamente en Jerusalén.
El mismo hombre que semanas antes había negado conocer a Jesús ahora se encontraba proclamándolo abiertamente.
Y dentro de uno de sus primeros discursos encontramos una declaración extraordinaria:
“Y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas…”
Hechos 3:20-21, RVR1960
Para Pedro, la ascensión de Jesús no significaba que la historia de Cristo con este mundo hubiera terminado.
El cielo lo había recibido.
Pero llegaría un momento futuro relacionado con su regreso y con la restauración anunciada por Dios.
Años después, Pedro continuaba hablando de la misma esperanza.
Escribió:
“Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche…”
2 Pedro 3:10, RVR1960
Y precisamente porque esperaba ese acontecimiento, Pedro hizo una pregunta profundamente práctica:
“Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir…!”
2 Pedro 3:11, RVR1960
Esto es importante.
Para Pedro, la profecía no servía solamente para conocer el futuro.
Debía transformar la manera de vivir en el presente.
Pablo: “esperando… a Jesucristo”
Pocas personas escribieron tanto acerca del regreso de Cristo como el apóstol Pablo.
A los creyentes de Filipos les recordó:
“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo.”
Filipenses 3:20, RVR1960
Observe la palabra:
“esperamos”.
La iglesia primitiva no solamente recordaba a un Cristo que había venido.
Esperaba a un Cristo que regresaría.
A Tito, Pablo escribió:
“Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.”
Tito 2:13, RVR1960
Y a los tesalonicenses les habló directamente acerca de:
“…la venida de nuestro Señor Jesucristo…”
1 Tesalonicenses 5:23, RVR1960
Otra vez encontramos la misma convicción.
Jesús había partido.
Pero regresaría.
Santiago: “la venida del Señor se acerca”
Santiago también utilizó el regreso de Cristo para animar a creyentes que atravesaban dificultades.
Les escribió:
“Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor.”
Santiago 5:7, RVR1960
Y poco después añadió:
“Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca.”
Santiago 5:8, RVR1960
Resulta interesante que Santiago relacionara la segunda venida con la paciencia.
Esperar a Cristo no significaba abandonar las responsabilidades.
Significaba permanecer firmes.
Seguir adelante.
Mantener la fe.
Afirmar el corazón mientras llegaba el día prometido.
Juan: “cuando él se manifieste”
El apóstol Juan también esperaba volver a ver a Jesucristo.
Escribió:
“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.”
1 Juan 3:2, RVR1960
Y nuevamente la esperanza futura produjo una consecuencia presente:
“Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.”
1 Juan 3:3, RVR1960
Juan no presentó el regreso de Cristo como una curiosidad profética.
Lo presentó como una esperanza capaz de transformar la vida.
Y al llegar prácticamente a las últimas palabras de toda la Biblia, encontramos nuevamente la promesa.
Jesús declara:
“Ciertamente vengo en breve.”
Apocalipsis 22:20, RVR1960
Y Juan responde:
“Amén; sí, ven, Señor Jesús.”
Apocalipsis 22:20, RVR1960
Difícilmente podría existir un cierre más apropiado para la esperanza de la iglesia primitiva.
Cuando reunimos estos testimonios aparece un cuadro extraordinariamente consistente.
Jesús dijo que regresaría.
Los ángeles dijeron que regresaría.
Pedro enseñó que regresaría.
Pablo esperaba su regreso.
Santiago llamó a tener paciencia hasta su venida.
Juan esperaba verlo nuevamente.
Por eso, la segunda venida de Jesucristo no fue una doctrina inventada muchos siglos después.
Forma parte de la esperanza que encontramos desde las primeras páginas de la historia de la iglesia.
Y nuevamente no necesitamos entrar aquí en las discusiones acerca de cómo se desarrollará cada acontecimiento.
Cristianos sinceros han sostenido diferentes posiciones respecto al orden y la interpretación de algunos acontecimientos proféticos.
Podemos estudiar esas diferencias sin convertirlas en motivo de división.
Porque antes de discutir los detalles existe una afirmación mucho más sencilla en la que podemos detenernos:
Cristo regresará.
Los primeros creyentes vivieron con esa esperanza.
Pero todavía queda una pregunta importante.
Si Jesús dijo que regresaría, los ángeles lo confirmaron y los apóstoles lo enseñaron, ¿habría alguna manera de reconocer que su regreso se acercaba?
Jesús respondió también esa pregunta.
No entregó una fecha.
No permitió que sus discípulos calcularan el día.
Pero sí les dijo que existirían señales.
Y precisamente allí comienza nuestro siguiente capítulo.
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Escuche música con propósito:
Hasta aquí hemos establecido tres afirmaciones fundamentales.
Jesús dijo que regresaría.
Los ángeles dijeron que regresaría.
Los apóstoles enseñaron que regresaría.
Pero todavía queda una pregunta inevitable:
¿Habría alguna manera de reconocer que ese momento se acercaba?
Los discípulos hicieron a Jesús una pregunta extraordinariamente parecida.
“Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?”
Mateo 24:3, RVR1960
Observe la pregunta:
“¿Qué señal habrá de tu venida?”
Y Jesús no respondió diciendo que no existirían señales.
Tampoco les dijo que era incorrecto observar lo que sucedería en el mundo.
Comenzó a explicarles una serie de acontecimientos y condiciones que caracterizarían el escenario relacionado con su regreso.
Por eso, estudiar las señales no es necesariamente especulación.
Jesús mismo habló de ellas.
El problema comienza cuando intentamos hacer que la Biblia diga más de lo que realmente dice.
Jesús habló de guerras, hambres, pestes y terremotos
Algunas de las señales mencionadas por Jesús son probablemente las más conocidas:
“Y oiréis de guerras y rumores de guerras…”
Mateo 24:6, RVR1960
Después añadió:
“Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares.”
Mateo 24:7, RVR1960
Estas palabras han llamado la atención de generaciones enteras de cristianos.
Cada gran guerra.
Cada epidemia.
Cada terremoto devastador.
Cada hambruna.
Inevitablemente vuelve a surgir la pregunta:
¿Será esta una señal del fin?
Son acontecimientos importantes y forman parte de las palabras de Jesús. No debemos ignorarlos ni restarles importancia.
Pero existe un detalle en el mismo discurso que me parece fundamental.
Después de mencionarlos, Jesús dijo:
“Y todo esto será principio de dolores.”
Mateo 24:8, RVR1960
Y antes había advertido:
“…pero aún no es el fin.”
Mateo 24:6, RVR1960
Esto debería hacernos leer el pasaje con cuidado.
Jesús habló de guerras.
Pero las guerras han acompañado a la humanidad durante siglos.
Habló de hambre.
Pero las hambrunas han devastado poblaciones desde la antigüedad.
Habló de pestes.
Pero la historia humana está marcada por epidemias terribles.
Habló de terremotos.
Pero generaciones muy anteriores a nosotros también experimentaron grandes terremotos.
Todo ello es importante.
Pero personalmente creo que existen otras señales y condiciones proféticas que resultan todavía más extraordinarias cuando intentamos comprender el escenario del regreso de Cristo.
Jesús esperaba que sus discípulos observaran
Jesús utilizó una ilustración muy sencilla para explicar este principio:
“De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca.”
Mateo 24:32, RVR1960
Nadie necesita conocer la fecha exacta en que llegará el verano para reconocer que se está acercando.
Observa.
Compara.
Reconoce cambios.
Ve aparecer las hojas.
Y comprende que algo se aproxima.
Entonces Jesús aplicó la ilustración:
“Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.”
Mateo 24:33, RVR1960
Hay dos extremos que debemos evitar.
El primero es el sensacionalismo.
Convertir cada noticia en una profecía.
Poner fechas.
Identificar apresuradamente personajes.
Afirmar que sabemos exactamente cómo ocurrirá aquello que la Biblia no explica.
Pero existe también otro extremo:
no observar nada.
Jesús dijo:
“cuando veáis todas estas cosas…”
Por tanto, existe un equilibrio.
No especular.
Pero observar.
No poner fechas.
Pero reconocer los tiempos.
No vivir aterrorizados.
Pero tampoco vivir indiferentes.
Hay señales que requieren un escenario muy particular
Esta es precisamente la perspectiva que quiero seguir en este libro.
No deseo concentrarme principalmente en las señales que tradicionalmente reciben mayor atención.
Hablaremos de ellas cuando sea necesario.
Las guerras son importantes.
Las pestes son importantes.
Las hambres son importantes.
Los terremotos son importantes.
Jesús los mencionó y, por tanto, merecen nuestra atención.
Pero creo que existen otras señales proféticas mucho más específicas que merecen ser examinadas cuidadosamente.
Algunas requieren que existan condiciones históricas que durante siglos parecieron imposibles.
Otras describen escenarios que difícilmente podían imaginar las generaciones que originalmente recibieron aquellas profecías.
Algunas parecen requerir que determinados pueblos, lugares o estructuras vuelvan a ocupar una posición que habían perdido.
Otras parecen presuponer un mundo con capacidades que ninguna civilización antigua poseyó.
Y eso es precisamente lo que hace tan fascinante nuestro tiempo.
No porque podamos afirmar que conocemos la fecha del regreso de Cristo.
No la conocemos.
No porque podamos asegurar que cada acontecimiento contemporáneo sea un cumplimiento profético.
No podemos.
Sino porque, por primera vez en muchos casos, podemos mirar ciertas profecías antiguas y decir:
El escenario que describen ya no parece imposible.
Ese será nuestro propósito en las páginas siguientes.
No intentaremos producir miedo.
No intentaremos establecer fechas.
No trataremos de convertir cada acontecimiento internacional en una señal.
Y tampoco afirmaremos como cumplimiento aquello que solamente puede considerarse una posibilidad.
Nuestro propósito será mucho más sencillo:
observar.
Examinar las Escrituras.
Mirar la historia.
Comparar aquello que los profetas anunciaron con las condiciones que existen actualmente.
Y preguntarnos si algunas piezas que durante siglos parecieron separadas están comenzando a formar un escenario reconocible.
Por eso, en este libro prestaremos especial atención a señales que, en mi opinión, marcan con mucha más fuerza la preparación del escenario para el regreso de Jesucristo.
Hablaremos de Israel, una nación que desapareció del mapa y volvió a existir.
Del regreso del pueblo judío a la tierra de sus antepasados.
De Jerusalén, nuevamente situada en el centro de acontecimientos religiosos y políticos mundiales.
De las profecías que parecen requerir la existencia de un Templo y de los preparativos que hoy existen relacionados con su posible restauración.
Del extraordinario aumento del conocimiento y de la velocidad con la que nuestra generación está transformando el mundo.
De una humanidad capaz de comunicarse prácticamente en tiempo real alrededor del planeta.
De un mundo donde un acontecimiento puede ser contemplado simultáneamente desde continentes diferentes.
De una economía cada vez más interconectada.
De la digitalización del dinero.
De sistemas capaces de identificar personas mediante características biométricas.
De tecnologías que hacen técnicamente imaginable restringir quién puede participar de determinados sistemas económicos.
De la inteligencia artificial y su capacidad para analizar, identificar, persuadir y procesar información a una escala nunca antes conocida.
Del evangelio llegando a lugares que durante siglos parecieron inaccesibles.
Y de otras condiciones proféticas que analizaremos con cuidado.
No afirmo que cada tecnología actual sea el cumplimiento de una profecía.
Tampoco que cada acontecimiento que examinaremos sea necesariamente la etapa final de aquello que fue anunciado.
Pero sí creo que existe una pregunta legítima que merece ser investigada:
¿Estamos contemplando la formación del escenario que las antiguas profecías describieron?
Las pestes pueden aparecer y desaparecer.
Las guerras comienzan y terminan.
Las hambrunas han acompañado a muchas generaciones.
Los terremotos han ocurrido durante toda la historia humana.
Pero que muchas condiciones proféticas específicas puedan coexistir dentro de una misma generación merece, en mi opinión, una atención especial.
Quizá no podamos saber cuánto tiempo falta.
Jesús nunca nos autorizó a establecerlo.
Pero sí nos dejó una instrucción:
“Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.”
Mateo 24:33, RVR1960
Por eso escribí este libro.
No para decir:
“Cristo regresará en determinada fecha.”
Sino para formular una pregunta:
¿Qué estamos viendo?
Porque Jesús dijo que regresaría.
Los ángeles dijeron que regresaría.
Los apóstoles dijeron que regresaría.
Y Jesús también dijo que habría señales.
Las páginas que siguen estarán dedicadas precisamente a examinarlas.
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A lo largo de la historia han existido hombres cuyas palabras trascendieron su generación y dejaron una profunda huella en la humanidad. Sin embargo, pocos personajes bíblicos poseen un legado profético tan extraordinario como Daniel. Sus escritos no solo narran algunos de los acontecimientos más importantes del cautiverio de Judá en Babilonia, sino que contienen revelaciones acerca del futuro de las naciones y del desarrollo de la historia que continúan despertando el interés de creyentes, historiadores e investigadores hasta nuestros días.
Daniel vivió aproximadamente entre los años 620 y 530 a.C.. Pertenecía, muy probablemente, a una familia noble o de la realeza de Judá, pues cuando el rey Nabucodonosor conquistó Jerusalén llevó cautivos a Babilonia a varios jóvenes de linaje distinguido para prepararlos al servicio del imperio (Daniel 1:3-6). Entre aquellos jóvenes se encontraban Daniel y sus tres inseparables compañeros: Ananías, Misael y Azarías, mejor conocidos por sus nombres babilónicos: Sadrac, Mesac y Abed-nego.
A diferencia de muchos otros cautivos, Daniel no permitió que las circunstancias destruyeran su fe. Siendo todavía un adolescente, tomó una decisión que marcaría el resto de su vida: permanecer fiel al Dios de Israel aun cuando vivía en medio de una cultura completamente diferente. El primer capítulo de su libro registra una de las declaraciones más admirables de todo el Antiguo Testamento:
“Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía…”
(Daniel 1:8, RVR1960).
Aquella determinación fue el comienzo de una vida caracterizada por la integridad, la sabiduría y una profunda comunión con Dios. Con el paso de los años, Daniel llegó a ocupar algunos de los cargos más importantes del Imperio Babilónico y posteriormente del Imperio Medo-Persa. Sirvió como consejero de varios reyes, entre ellos Nabucodonosor, Belsasar, Darío y Ciro, sobreviviendo a cambios de gobierno que normalmente habrían significado la caída de cualquier funcionario de alto rango. Su permanencia durante tantos años en posiciones de autoridad habla no solo de su extraordinaria capacidad administrativa, sino también de la confianza que inspiraba incluso entre gobernantes paganos.
Pero Daniel no fue conocido únicamente como un estadista excepcional. La Biblia lo presenta también como un hombre de oración. En una ocasión, aun cuando un decreto real prohibía dirigir peticiones a cualquier dios que no fuera el rey, Daniel continuó orando tres veces al día, como acostumbraba hacerlo desde su juventud. Esa fidelidad le costó ser arrojado al famoso foso de los leones, del cual Dios lo libró milagrosamente (Daniel 6).
Su vida demuestra que es posible mantenerse firme en la fe aun cuando se vive en una sociedad que piensa de manera completamente diferente. Daniel nunca dejó de servir con excelencia al gobierno donde Dios lo había colocado, pero tampoco sacrificó sus convicciones para obtener aceptación o poder.
Además de su testimonio personal, Daniel fue uno de los profetas más notables de las Escrituras. Sus visiones abarcan desde la sucesión de grandes imperios mundiales hasta acontecimientos relacionados con el establecimiento del reino eterno de Dios. Ningún otro profeta del Antiguo Testamento presenta con tanta precisión el desarrollo de la historia universal desde Babilonia hasta el establecimiento definitivo del Reino de Dios.
No es casualidad que muchos estudiosos hayan llamado al libro de Daniel “el Apocalipsis del Antiguo Testamento”. De hecho, existe una estrecha relación entre el libro de Daniel y el Apocalipsis de Juan. Muchas de las imágenes, símbolos y acontecimientos descritos por Juan encuentran su fundamento en las visiones que Dios reveló a Daniel más de seiscientos años antes del nacimiento de Jesucristo.
Lo que hace especialmente relevante a Daniel para nuestro estudio es que varias de sus profecías se relacionan directamente con “el tiempo del fin”. Mientras otras revelaciones bíblicas describen acontecimientos cercanos al profeta, Daniel recibió visiones que, según el propio texto, permanecerían selladas hasta una época futura.
Entre todas esas revelaciones existe una que resulta particularmente fascinante para nuestra generación. Al concluir una de sus últimas visiones, un ángel le dio una instrucción sorprendente:
“Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará.”
(Daniel 12:4, RVR1960).
Estas palabras fueron escritas hace aproximadamente dos mil quinientos años, cuando la humanidad vivía en un mundo donde los avances tecnológicos eran extremadamente lentos. Durante siglos, las personas viajaban a caballo o en caravanas, escribían sobre pergaminos, se iluminaban con lámparas de aceite y dependían de mensajeros para transmitir las noticias. La vida cotidiana cambiaba muy poco de una generación a otra.
Sin embargo, el ángel anunció que llegaría un tiempo en el que el conocimiento experimentaría un crecimiento extraordinario. Esa afirmación ha despertado el interés de innumerables estudiosos de la profecía bíblica. ¿Qué quiso decir exactamente? ¿Se refería al conocimiento de las Escrituras, al conocimiento humano en general o a ambos? Analizaremos estas posibilidades en los siguientes capítulos. Pero, independientemente de la interpretación que cada lector adopte, resulta difícil ignorar que nuestra generación ha presenciado una verdadera explosión del conocimiento científico y tecnológico, como ninguna otra en la historia de la humanidad.
Como alguien que nació en 1963, debo confesar que esta realidad me impresiona profundamente. He sido testigo de una transformación tecnológica que mis abuelos jamás habrían imaginado. En el transcurso de una sola vida hemos pasado del teléfono fijo al teléfono inteligente; de las cartas enviadas por correo a los mensajes instantáneos; de las máquinas de escribir a las computadoras; de consultar enormes enciclopedias impresas a obtener millones de respuestas en segundos mediante Internet; y, más recientemente, al surgimiento de la inteligencia artificial, capaz de realizar tareas que hace apenas unos años parecían exclusivas del ser humano.
Con frecuencia tengo la sensación de que cada semana aparece una nueva tecnología, una nueva aplicación o una nueva herramienta que promete cambiar nuestra manera de trabajar, aprender o comunicarnos. En ocasiones, confieso sentirme agotado por la velocidad de estos cambios. Apenas comenzamos a dominar una innovación cuando ya ha surgido otra que exige volver a aprender. Si uno desea mantenerse actualizado, debe estudiar continuamente; de lo contrario, corre el riesgo de quedarse rezagado en un mundo que avanza a una velocidad nunca antes vista.
¿Podría haber imaginado Daniel un mundo así? Esa es precisamente la pregunta que comenzaremos a responder a lo largo de este libro.
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Por el Dr. Elio M Rivera
Una de las características más sorprendentes de la historia de la humanidad es que, durante la mayor parte de su existencia, el progreso tecnológico fue extraordinariamente lento. Aunque surgieron grandes civilizaciones, se construyeron impresionantes ciudades y florecieron importantes imperios, la vida cotidiana de las personas cambió muy poco durante miles de años.
Si observamos los últimos cinco mil años de historia, descubriremos que la mayor parte de los avances tecnológicos ocurrieron apenas en los últimos doscientos años. Antes de ese período, las innovaciones existían, pero aparecían lentamente y podían pasar siglos antes de que modificaran significativamente la vida de las personas.
Este hecho resulta especialmente interesante cuando recordamos las palabras del ángel a Daniel:
“Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará.”
(Daniel 12:4, RVR1960).
Si esta expresión hace referencia, al menos en parte, al crecimiento del conocimiento humano, entonces la historia nos muestra un fenómeno realmente extraordinario: durante milenios el progreso fue lento y gradual; sin embargo, en una época relativamente reciente el conocimiento comenzó a crecer de manera explosiva.
Un agricultor del siglo V a.C. y uno del siglo XV d.C.
Pensemos por un momento en un agricultor que vivía alrededor del año 500 a.C., en tiempos del profeta Daniel.
¿Cómo cultivaba la tierra?
Con herramientas sencillas.
Con arados de madera o de hierro.
Con animales de tiro.
Dependiendo completamente de las lluvias.
Sembrando y cosechando manualmente.
Ahora imaginemos a otro agricultor que vivió aproximadamente dos mil años después, hacia el año 1500 d.C.
¿Qué diferencias encontraríamos?
Sorprendentemente, muy pocas.
Continuaba utilizando animales para arar.
Sembraba manualmente.
Dependía de las estaciones.
Transportaba sus cosechas en carretas.
Las herramientas habían mejorado ligeramente, pero el método de trabajo seguía siendo esencialmente el mismo.
En otras palabras, un agricultor del siglo V antes de Cristo habría entendido perfectamente la manera en que trabajaba un agricultor del Renacimiento.
Lo mismo ocurrió con el transporte.
Durante miles de años los seres humanos viajaron prácticamente de la misma forma.
Caballos.
Asnos.
Carretas.
Barcos impulsados por remos o velas.
Alejandro Magno conquistó gran parte del mundo montado a caballo.
Julio César hizo lo mismo siglos después.
Cristóbal Colón cruzó el océano utilizando barcos de vela muy similares, en sus principios de navegación, a los empleados por los antiguos fenicios.
Durante más de cuatro mil años la velocidad máxima de viaje de un ser humano fue prácticamente la de un caballo.
La medicina también progresó con enorme lentitud.
Los médicos antiguos utilizaban:
Hipócrates, considerado el padre de la medicina occidental, vivió en el siglo V a.C.
Muchos de sus principios continuaron siendo la base de la práctica médica durante casi dos mil años.
Hasta mediados del siglo XIX los médicos todavía desconocían la existencia de las bacterias.
No existían:
Una simple infección podía causar la muerte.
Una pequeña herida podía convertirse en una tragedia.
La construcción permaneció casi igual
También la arquitectura evolucionó lentamente.
Los antiguos egipcios.
Los babilonios.
Los griegos.
Los romanos.
Todos construían utilizando piedra, ladrillo, madera y mortero.
Las técnicas fueron perfeccionándose, pero los principios fundamentales permanecieron prácticamente iguales durante siglos.
Todavía en la Edad Media se levantaban castillos utilizando métodos que habrían resultado familiares para muchos constructores del mundo antiguo.
La comunicación era desesperadamente lenta
Quizá uno de los campos donde más evidente resulta esta lentitud sea la comunicación.
Durante miles de años las noticias viajaban únicamente a la velocidad de un ser humano o de un animal.
Si un rey enviaba un mensaje a otra nación, debía esperar semanas o incluso meses para recibir una respuesta.
Las cartas recorrían enormes distancias transportadas por mensajeros.
Las noticias de una guerra podían tardar meses en llegar a lugares lejanos.
No existían teléfonos.
No existía radio.
No existía televisión.
No existía Internet.
El mundo permanecía prácticamente aislado.
La energía dependía de la naturaleza
Durante casi toda la historia humana la energía provenía únicamente de fuentes naturales.
La fuerza humana.
Los animales.
El viento.
La leña.
El carbón vegetal.
Las noches eran iluminadas por lámparas de aceite o velas.
Las fábricas, tal como las conocemos hoy, simplemente no existían.
Las ciudades dormían cuando caía el sol.
La productividad estaba limitada por la cantidad de luz natural disponible.
Imaginemos por un momento que un hombre que vivió en tiempos de Daniel pudiera viajar en el tiempo hasta el año 1500 d.C.
Seguramente se sorprendería por algunos detalles.
Encontraría nuevas ciudades.
Nuevos reinos.
Nuevas vestimentas.
Nuevos idiomas.
Nuevas armas.
Pero comprendería casi todo lo que observaría.
Vería caballos.
Carretas.
Barcos de vela.
Campos cultivados manualmente.
Herreros.
Canteros.
Mercados.
Pergaminos.
Mensajeros.
Lámparas de aceite.
El mundo seguiría siendo, en esencia, muy parecido al que dejó atrás.
Entonces ocurrió algo extraordinario
Sin embargo, a partir de finales del siglo XVIII comenzó una transformación sin precedentes.
En apenas unas cuantas generaciones aparecieron inventos que cambiaron radicalmente la historia de la humanidad.
La máquina de vapor.
El ferrocarril.
La electricidad.
El motor de combustión.
El automóvil.
El avión.
La radio.
La televisión.
La computadora.
Internet.
Los teléfonos inteligentes.
Los satélites.
La inteligencia artificial.
Lo que no había ocurrido durante miles de años comenzó a suceder en cuestión de décadas.
El conocimiento dejó de avanzar lentamente y empezó a crecer de manera exponencial.
Cada descubrimiento dio origen a nuevos descubrimientos.
Cada invento aceleró el siguiente.
Cada generación conoció más que la anterior.
Hoy ese crecimiento continúa acelerándose a una velocidad que habría resultado inconcebible para cualquier civilización antigua.
Muchos estudiosos consideran que este fenómeno constituye uno de los cambios más extraordinarios de toda la historia humana. Nunca antes el conocimiento había avanzado con tanta rapidez ni había transformado tan profundamente la vida cotidiana de prácticamente toda la humanidad.
¿Será esta aceleración del conocimiento la que Daniel contempló proféticamente cuando escribió que, “en el tiempo del fin… la ciencia se aumentará”? Esa es la pregunta que comenzaremos a explorar en los siguientes capítulos, donde analizaremos cómo, especialmente desde mediados del siglo XX, el crecimiento científico y tecnológico ha alcanzado un ritmo sin precedentes.
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Por el Dr. Elio M Rivera
Si una persona que vivió en el año 1700 pudiera viajar hasta nuestros días, probablemente pensaría que ha llegado a otro planeta. En apenas dos o tres siglos, la humanidad ha experimentado más avances científicos y tecnológicos que en los cinco mil años anteriores de historia registrada. El mundo cambió más entre 1800 y la actualidad que entre la construcción de las pirámides de Egipto y el inicio de la Revolución Industrial.
Lo verdaderamente sorprendente no es solo la cantidad de inventos, sino la velocidad con la que aparecieron. Durante miles de años el conocimiento avanzó lentamente, casi imperceptiblemente. Sin embargo, a partir del siglo XVIII comenzó una auténtica explosión científica que transformó para siempre la manera de vivir, trabajar, viajar, comunicarse y comprender el universo.
Muchos estudiosos describen este fenómeno como un crecimiento exponencial del conocimiento. Esto significa que cada descubrimiento dio origen a muchos otros descubrimientos, acelerando el progreso de manera continua. La ciencia comenzó a alimentarse de la propia ciencia, y cada nueva generación heredó un volumen de conocimientos mucho mayor que la anterior.
La Revolución Industrial: el comienzo de una nueva era
La mayoría de los historiadores sitúan el inicio de esta transformación en la Revolución Industrial, que comenzó en Gran Bretaña durante la segunda mitad del siglo XVIII.
Hasta entonces, la producción dependía principalmente del trabajo manual y de la fuerza humana o animal. La fabricación de herramientas, ropa, muebles o alimentos requería enormes cantidades de tiempo y esfuerzo.
La invención y el perfeccionamiento de la máquina de vapor, impulsada por el trabajo de inventores como James Watt, cambiaron completamente esa realidad. Por primera vez fue posible mover grandes máquinas sin depender del viento, del agua o de los animales.
Las fábricas comenzaron a multiplicarse, la producción aumentó de manera extraordinaria y surgieron nuevas formas de transporte y comercio que transformaron la economía mundial.
Era el comienzo de una nueva época.
La electricidad iluminó al mundo
Pocas invenciones han cambiado tanto la vida humana como la electricidad.
Durante miles de años las noches habían sido iluminadas únicamente por velas, lámparas de aceite o fogatas. La actividad cotidiana prácticamente terminaba cuando desaparecía la luz del sol.
Los descubrimientos de científicos como Michael Faraday, James Clerk Maxwell, Nikola Tesla y Thomas Edison permitieron aprovechar la electricidad para iluminar ciudades, mover motores, alimentar fábricas y, posteriormente, hacer funcionar prácticamente todos los aparatos que hoy utilizamos.
Resulta difícil imaginar nuestra vida sin electricidad. Hospitales, escuelas, hogares, sistemas de comunicación, transporte y prácticamente toda la infraestructura moderna dependen de ella.
El motor de combustión revolucionó el transporte
Durante miles de años la velocidad máxima del ser humano fue la de un caballo.
La invención del motor de combustión interna, perfeccionado por ingenieros como Nikolaus Otto, Gottlieb Daimler y Karl Benz, cambió completamente esa realidad.
Aparecieron los automóviles, los camiones, los autobuses y una nueva forma de transportar personas y mercancías.
Las distancias comenzaron a reducirse y el comercio internacional experimentó un crecimiento sin precedentes.
El teléfono acercó a las personas
Durante miles de años la única forma de enviar un mensaje era mediante un mensajero.
En 1876, Alexander Graham Bell patentó el teléfono, permitiendo que dos personas pudieran conversar instantáneamente aun estando separadas por grandes distancias.
Lo que antes requería días o semanas podía resolverse en cuestión de minutos.
La radio llevó la voz a todo el planeta
A finales del siglo XIX y principios del XX apareció otra revolución.
La radio.
Gracias a los trabajos de científicos como Guglielmo Marconi, fue posible transmitir información sin necesidad de cables.
Por primera vez un solo mensaje podía llegar simultáneamente a millones de personas.
La televisión permitió ver acontecimientos lejanos
La televisión añadió una dimensión completamente nueva.
Ahora no solo era posible escuchar.
También era posible ver.
Millones de personas comenzaron a observar al mismo tiempo los acontecimientos más importantes del mundo.
Guerras.
Coronaciones.
Juegos Olímpicos.
Llegadas a la Luna.
Eventos deportivos.
Todo podía verse prácticamente en tiempo real.
El avión redujo el tamaño del planeta
En 1903, los hermanos Wright realizaron el primer vuelo controlado de un avión con motor.
Aquello marcó el inicio de una revolución.
Lo que antes requería meses de viaje por mar comenzó a realizarse en cuestión de horas.
Hoy millones de personas cruzan diariamente los cielos del planeta.
El mundo nunca había estado tan conectado.
La computadora cambió la forma de pensar
La segunda mitad del siglo XX trajo consigo uno de los mayores avances de toda la historia humana.
La computadora.
Los primeros equipos ocupaban habitaciones completas y poseían una capacidad de cálculo muy inferior a la de un teléfono celular moderno.
Sin embargo, fueron el inicio de una transformación gigantesca.
Hoy las computadoras administran bancos.
Hospitales.
Universidades.
Gobiernos.
Empresas.
Aviones.
Automóviles.
Y gran parte de nuestra vida cotidiana.
Si hubiera que elegir un invento que simbolice el crecimiento del conocimiento humano, probablemente sería Internet.
Por primera vez en la historia, miles de millones de personas pueden acceder casi instantáneamente a información proveniente de cualquier parte del mundo.
Bibliotecas.
Universidades.
Museos.
Artículos científicos.
Mapas.
Fotografías.
Videos.
Cursos.
Todo puede encontrarse en cuestión de segundos.
Una persona que viviera en tiempos de Daniel difícilmente podría imaginar una herramienta semejante.
La inteligencia artificial: una nueva revolución
Y cuando parecía que la revolución tecnológica había alcanzado su límite, surgió una nueva etapa.
La inteligencia artificial.
Hoy existen sistemas capaces de analizar enormes cantidades de información, traducir idiomas, generar imágenes, asistir en diagnósticos médicos, ayudar en investigaciones científicas, escribir textos, programar computadoras y colaborar en innumerables tareas que hace apenas unos años parecían exclusivas del ser humano.
Su desarrollo continúa avanzando a una velocidad extraordinaria y muchos especialistas consideran que apenas estamos presenciando el comienzo de una transformación comparable a la Revolución Industrial.
Como alguien que nació en 1963, me resulta imposible no maravillarme al observar todo lo que ha ocurrido durante una sola vida.
He visto desaparecer las máquinas de escribir y ser reemplazadas por computadoras.
He visto cómo los teléfonos dejaron de estar conectados por cables para convertirse en pequeñas computadoras que llevamos en el bolsillo.
He visto el nacimiento de Internet, los teléfonos inteligentes, el GPS, la secuenciación del genoma humano, la robótica avanzada, las impresoras 3D, los vehículos eléctricos, los cohetes reutilizables y, más recientemente, la inteligencia artificial generativa.
Confieso que, en ocasiones, me siento abrumado por la velocidad de estos cambios. Apenas aprendemos a utilizar una nueva tecnología cuando ya aparece otra que promete transformar nuevamente nuestra manera de vivir. Para quienes pertenecemos a esta generación, mantenerse actualizado exige un aprendizaje continuo. Lo que ayer era una novedad, hoy puede haber quedado obsoleto.
De un crecimiento lineal a uno exponencial
Quizá la característica más importante de nuestra época no sea un invento en particular, sino la velocidad con la que aparecen nuevos descubrimientos.
Durante miles de años el progreso avanzó lentamente.
Hoy ocurre exactamente lo contrario.
Cada avance científico genera nuevos avances.
Cada tecnología acelera el desarrollo de la siguiente.
Cada descubrimiento multiplica las posibilidades del conocimiento humano.
Nunca antes la humanidad había aprendido tanto, tan rápidamente y en tantos campos al mismo tiempo.
Al contemplar esta extraordinaria explosión científica, muchos cristianos recuerdan las palabras pronunciadas por el ángel hace más de dos mil quinientos años:
“…hasta el tiempo del fin… la ciencia se aumentará.”
(Daniel 12:4, RVR1960).
¿Es este crecimiento acelerado del conocimiento parte del escenario que Daniel contempló proféticamente? Cada lector deberá reflexionar sobre la evidencia. Lo que resulta innegable es que vivimos en la época del mayor desarrollo científico y tecnológico de toda la historia humana.
Referencias históricas y bibliográficas
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Por el Dr. Elio M rivera
En el capítulo anterior analizamos cómo la humanidad experimentó una extraordinaria explosión científica a partir de la Revolución Industrial. Sin embargo, existe un fenómeno aún más sorprendente. No solo aumentó el conocimiento; también cambió radicalmente la manera en que ese conocimiento se almacena, se comparte y llega a cada persona.
Durante la mayor parte de la historia, el conocimiento estuvo reservado para unos cuantos. Aprender requería tiempo, recursos económicos y, en muchas ocasiones, vivir cerca de los grandes centros culturales. Hoy la situación es completamente diferente. Nunca antes una persona común había tenido acceso, desde su hogar o incluso desde la palma de su mano, a una cantidad tan inmensa de información.
Si Daniel hubiera contemplado nuestro mundo, probablemente no solo le habría sorprendido el crecimiento de la ciencia, sino también la facilidad con la que cualquier persona puede acceder a ese conocimiento en cuestión de segundos.
De las bibliotecas a la información instantánea
Durante siglos, el conocimiento fue un recurso escaso.
Los libros debían copiarse a mano.
Las bibliotecas eran pocas.
Las universidades estaban reservadas para una minoría.
Consultar una obra especializada podía requerir largos viajes o una considerable inversión económica.
Recuerdo perfectamente cómo era estudiar cuando era joven. Si necesitábamos investigar un tema, debíamos acudir a una biblioteca, revisar enormes enciclopedias impresas, consultar índices alfabéticos y pasar horas buscando la información adecuada. Muchas veces, después de todo ese esfuerzo, descubríamos que el libro que necesitábamos no estaba disponible o había sido prestado.
Hoy basta escribir unas cuantas palabras en un buscador para encontrar millones de resultados en menos de un segundo.
Lo que antes requería días de investigación ahora puede realizarse en minutos.
Internet: la mayor biblioteca jamás construida
La aparición de Internet transformó para siempre la historia del conocimiento humano.
No se trata simplemente de una red de computadoras. Internet se convirtió en una gigantesca biblioteca mundial donde millones de personas publican, consultan y actualizan información de manera permanente.
Hoy es posible acceder casi instantáneamente a:
Nunca antes en la historia de la humanidad había existido una fuente de información tan extensa y tan fácilmente accesible.
El teléfono inteligente: una biblioteca en el bolsillo
Quizá el invento que mejor representa esta nueva realidad sea el teléfono inteligente.
Durante siglos, el ser humano necesitó trasladarse hasta donde estaba el conocimiento.
Hoy ocurre exactamente lo contrario.
El conocimiento nos acompaña a todas partes.
En un dispositivo que cabe en la palma de la mano podemos consultar mapas, traducir idiomas, leer libros, estudiar medicina, asistir a clases universitarias, observar fotografías tomadas por telescopios espaciales, comunicarnos con personas al otro lado del planeta y acceder a millones de documentos en cuestión de segundos.
Lo que hace apenas unas décadas parecía ciencia ficción se ha convertido en parte de la vida cotidiana.
La computación en la nube: el conocimiento sin fronteras
Otro de los grandes cambios de nuestra época es la llamada computación en la nube.
Durante muchos años los documentos solo podían almacenarse físicamente en libros, archivos o en el disco duro de una computadora.
Hoy millones de personas guardan información en enormes centros de datos distribuidos alrededor del mundo.
Esto permite consultar documentos, fotografías, investigaciones y proyectos desde prácticamente cualquier lugar con conexión a Internet.
El conocimiento dejó de estar limitado por la ubicación física.
La digitalización de libros ha abierto posibilidades extraordinarias.
Miles de bibliotecas, universidades y centros de investigación han puesto a disposición del público millones de obras que antes solo podían consultarse de manera presencial.
Hoy un estudiante puede leer manuscritos antiguos, revisar diccionarios especializados, consultar comentarios bíblicos o acceder a publicaciones científicas sin abandonar su casa.
En el campo del estudio bíblico este cambio ha sido especialmente significativo.
Existen programas que permiten comparar manuscritos, consultar diccionarios hebreos y griegos, revisar mapas, acceder a fotografías arqueológicas y analizar cientos de comentarios bíblicos en pocos minutos.
Hace apenas unas décadas, este trabajo requería una biblioteca especializada de enormes dimensiones.
La educación dejó de depender del salón de clases
La revolución digital también transformó la educación.
Durante siglos, aprender significaba asistir físicamente a una escuela o universidad.
Hoy cualquier persona puede estudiar desde prácticamente cualquier lugar del planeta.
Miles de universidades ofrecen cursos en línea.
Existen conferencias, seminarios, clases magistrales y programas de capacitación disponibles las veinticuatro horas del día.
Nunca antes había sido tan sencillo adquirir nuevos conocimientos.
La traducción automática derribó las barreras del idioma
Otro cambio extraordinario ha sido la traducción automática.
Durante siglos, el idioma constituyó una de las mayores barreras para el intercambio del conocimiento.
Hoy programas informáticos pueden traducir documentos completos en cuestión de segundos.
Aunque todavía existen limitaciones, la comunicación entre personas de diferentes idiomas nunca había sido tan sencilla.
Esto ha permitido que el conocimiento viaje con una rapidez sin precedentes.
La inteligencia artificial: un nuevo acceso al conocimiento
En los últimos años ha surgido una herramienta que está cambiando nuevamente nuestra relación con la información.
La inteligencia artificial.
Hasta hace poco, las computadoras únicamente almacenaban datos.
Hoy son capaces de analizar grandes cantidades de información, resumir documentos, responder preguntas, traducir textos, generar imágenes, asistir en investigaciones científicas y colaborar en procesos de aprendizaje.
Es importante señalar que estas herramientas no sustituyen el juicio humano ni el pensamiento crítico. Sin embargo, están modificando profundamente la forma en que las personas buscan, organizan y utilizan el conocimiento.
Una generación con acceso al conocimiento como ninguna otra
Con frecuencia reflexiono sobre el privilegio —y también la responsabilidad— de pertenecer a esta generación.
Mis padres crecieron en un mundo donde la información era limitada y difícil de obtener.
Mi generación vio nacer las computadoras personales, Internet y los teléfonos inteligentes.
Hoy nuestros hijos y nietos crecen en un entorno donde prácticamente cualquier duda puede investigarse en cuestión de segundos.
Paradójicamente, el mayor desafío ya no consiste en encontrar información, sino en aprender a distinguir entre aquello que es verdadero y aquello que es falso, entre las fuentes confiables y las engañosas, entre el conocimiento que edifica y el que simplemente produce confusión.
La abundancia de información hace más necesaria que nunca la sabiduría.
Cuando Daniel escribió que “la ciencia se aumentará”, difícilmente podía imaginar un mundo donde millones de libros estuvieran disponibles desde un pequeño dispositivo electrónico, donde estudiantes asistieran a universidades sin salir de casa, donde una conversación pudiera mantenerse instantáneamente entre personas ubicadas en continentes diferentes o donde una inteligencia artificial ayudara a organizar enormes cantidades de información.
Más allá de la interpretación específica que cada lector adopte sobre esta profecía, resulta innegable que vivimos en la primera generación de la historia con acceso inmediato a una parte considerable del conocimiento acumulado por la humanidad.
Tal vez esa no sea toda la intención de Daniel 12:4. Pero ciertamente constituye un fenómeno único en la historia humana y uno de los rasgos más distintivos de nuestra época. La pregunta que surge naturalmente es: ¿podría formar parte del escenario que la Biblia describe para el tiempo del fin?
Referencias históricas y bibliográficas
Libro recomendado

Por el Dr. Elio M Rivera
En el capítulo anterior vimos cómo la revolución digital puso una cantidad extraordinaria de conocimiento al alcance de prácticamente cualquier persona. Nunca antes había sido tan sencillo consultar una biblioteca, estudiar una carrera universitaria, traducir un documento o acceder a investigaciones científicas desde un teléfono celular.
Sin embargo, la historia no termina allí.
El acceso al conocimiento ha producido una consecuencia aún más sorprendente: la ciencia moderna está transformando la vida humana a una velocidad sin precedentes. Cada nuevo descubrimiento sirve de base para otros descubrimientos, y cada avance tecnológico abre el camino para innovaciones que hace apenas unos años parecían imposibles.
La pregunta ya no es únicamente cuánto conocimiento posee la humanidad. La verdadera pregunta es: ¿hasta dónde llegará ese conocimiento?
La medicina vive una revolución sin precedentes
Quizá ningún campo refleja mejor el extraordinario avance de la ciencia que la medicina.
Durante la mayor parte de la historia humana, una simple infección podía provocar la muerte. Enfermedades que hoy se consideran tratables eran, hace apenas un siglo, una sentencia casi inevitable.
La esperanza de vida era considerablemente menor que la actual. La mortalidad infantil era elevada y las posibilidades de sobrevivir a una cirugía compleja eran muy reducidas.
Hoy la situación ha cambiado radicalmente.
La medicina dispone de:
En los últimos años incluso se han desarrollado vacunas basadas en ARN mensajero, una tecnología que abre nuevas posibilidades para combatir enfermedades infecciosas e incluso algunos tipos de cáncer.
Lo que hace apenas cincuenta años parecía imposible hoy forma parte de la práctica médica cotidiana.
El ADN: descubriendo el lenguaje de la vida
Uno de los descubrimientos científicos más importantes del siglo XX ocurrió en 1953, cuando James Watson y Francis Crick, apoyándose en el trabajo fundamental de Rosalind Franklin y Maurice Wilkins, describieron la estructura de la doble hélice del ADN.
Este hallazgo transformó completamente nuestra comprensión de la biología.
El ADN contiene la información genética que dirige el desarrollo y funcionamiento de prácticamente todos los seres vivos. En cierto sentido, puede compararse con un inmenso libro de instrucciones biológicas escrito con un lenguaje extraordinariamente preciso.
Gracias a este descubrimiento hoy es posible:
Hace apenas unas décadas, todo esto habría parecido ciencia ficción.
La genética abre nuevas posibilidades
El conocimiento del ADN condujo rápidamente a una nueva revolución: la genética moderna.
Actualmente los científicos pueden analizar genes específicos asociados con determinadas enfermedades e incluso desarrollar terapias dirigidas para corregir algunos defectos genéticos.
Una de las herramientas más conocidas es la tecnología CRISPR, que permite modificar con gran precisión determinadas secuencias del ADN en investigaciones científicas. Aunque su aplicación clínica continúa desarrollándose y plantea importantes desafíos éticos, representa uno de los avances más notables de la biología moderna.
Por primera vez en la historia, el ser humano no solo estudia la información genética, sino que comienza a comprender cómo intervenir en algunos de sus mecanismos.
Otro ejemplo del extraordinario avance científico es la cirugía robótica.
En numerosos hospitales del mundo se utilizan sistemas robóticos que permiten al cirujano realizar procedimientos con una precisión extraordinaria.
Estos equipos no sustituyen al médico. Son herramientas altamente sofisticadas que traducen los movimientos del cirujano en acciones extremadamente precisas.
Como resultado, muchos pacientes experimentan:
Hace apenas unas décadas, la idea de que un médico pudiera operar con ayuda de un robot parecía propia de una novela de ciencia ficción.
La nanotecnología: trabajar a escala molecular
Otro campo fascinante es la nanotecnología.
Esta disciplina trabaja con materiales de tamaño extremadamente pequeño, medidos en nanómetros, es decir, una millonésima parte de un milímetro.
Aunque resulta difícil imaginar dimensiones tan diminutas, sus aplicaciones son enormes.
Actualmente se investiga su utilización para:
Estamos apenas comenzando a descubrir el enorme potencial de esta tecnología.
La exploración espacial continúa ampliando nuestras fronteras
Mientras la ciencia avanza hacia lo infinitamente pequeño, también continúa explorando lo inmensamente grande.
En poco más de medio siglo la humanidad ha pasado de realizar los primeros vuelos espaciales a mantener estaciones espaciales habitadas de forma permanente, enviar vehículos a Marte, aterrizar sondas sobre cometas y observar galaxias situadas a miles de millones de años luz mediante telescopios espaciales.
Misiones recientes han permitido obtener imágenes del universo con una claridad nunca antes alcanzada y estudiar planetas que podrían albergar condiciones favorables para la vida.
Lo que para generaciones anteriores era un sueño hoy constituye un activo campo de investigación científica.
Entre las tecnologías que podrían transformar profundamente el futuro se encuentra la computación cuántica.
Las computadoras tradicionales procesan la información mediante bits, que representan valores de cero o uno.
La computación cuántica utiliza principios de la mecánica cuántica que, en determinadas tareas, podrían permitir cálculos extraordinariamente complejos con una rapidez muy superior a la de los sistemas actuales.
Aunque esta tecnología todavía se encuentra en desarrollo, muchos especialistas consideran que podría revolucionar áreas como:
La búsqueda de nuevas formas de producir energía también avanza a un ritmo acelerado.
La energía solar y la eólica han experimentado un crecimiento extraordinario durante las últimas décadas.
Al mismo tiempo continúan las investigaciones sobre:
Aunque todavía existen importantes desafíos técnicos, el ritmo de la investigación continúa acelerándose.
Un conocimiento que se multiplica
Quizá el aspecto más extraordinario de nuestra época no sea un descubrimiento en particular, sino la manera en que los avances científicos se alimentan unos a otros.
La inteligencia artificial ayuda a analizar enormes cantidades de información médica.
Esa información acelera el desarrollo de nuevos medicamentos.
Los nuevos medicamentos generan más investigación.
La computación más potente permite realizar simulaciones que antes eran imposibles.
Las nuevas simulaciones producen nuevos descubrimientos científicos.
Y esos descubrimientos impulsan nuevamente el desarrollo tecnológico.
Nos encontramos en un ciclo de innovación que parece acelerarse continuamente.
Como médico, este capítulo tiene para mí un significado muy especial.
Cuando comencé mi carrera profesional, muchas de las tecnologías que hoy utilizamos simplemente no existían. He visto aparecer nuevas técnicas diagnósticas, tratamientos revolucionarios, avances en genética, cirugía robótica e inteligencia artificial aplicada a la medicina.
En ocasiones me detengo a pensar en todo lo que ha ocurrido durante una sola vida y no puedo evitar sentir asombro. La velocidad del cambio supera cualquier cosa que generaciones anteriores hubieran podido imaginar.
Y, sin embargo, tengo la impresión de que apenas estamos viendo el comienzo. Cada año aparecen descubrimientos que abren nuevas posibilidades para el siguiente, como si el crecimiento del conocimiento hubiera entrado en una fase de aceleración permanente.
Una reflexión a la luz de Daniel
Hace más de dos mil quinientos años, el ángel anunció a Daniel que, en el tiempo del fin, “la ciencia se aumentará” (Daniel 12:4).
Los cristianos no coinciden en todos los detalles sobre el significado exacto de esta expresión. Algunos consideran que se refiere principalmente al entendimiento de las profecías; otros creen que también puede incluir el extraordinario crecimiento del conocimiento humano.
Sea cual sea la interpretación que el lector adopte, resulta difícil ignorar una realidad histórica: nunca antes la humanidad había presenciado un avance científico tan rápido, tan amplio y tan profundo como el que estamos viviendo. Cada descubrimiento parece preparar el camino para otro aún mayor, y la velocidad del progreso continúa aumentando año tras año.
¿Será este extraordinario desarrollo parte del escenario que Dios permitió contemplar a Daniel desde la distancia de los siglos? Esa es una pregunta que cada lector deberá considerar con humildad, recordando siempre que nuestro propósito no es afirmar más de lo que la Biblia declara, sino reflexionar cuidadosamente sobre los acontecimientos que vemos desarrollarse delante de nuestros ojos.
Referencias históricas y científicas
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Por el Dr. Elio M Rivera
A lo largo de los capítulos anteriores hemos recorrido un amplio panorama de la historia humana. Vimos que durante miles de años el conocimiento avanzó lentamente; analizamos cómo la Revolución Industrial cambió el rumbo de la civilización; observamos la revolución digital, que puso el conocimiento al alcance de prácticamente cualquier persona, y examinamos algunos de los extraordinarios avances científicos que están transformando la medicina, la genética, la exploración espacial y muchas otras áreas del saber.
Ahora llegamos a la pregunta central de esta serie:
¿Todo esto constituye el cumplimiento de la profecía de Daniel, o simplemente estamos observando una coincidencia histórica?
Responder esta pregunta exige prudencia. Como hemos señalado desde el principio, los cristianos no interpretan Daniel 12:4 de la misma manera. Algunos entienden que el pasaje se refiere principalmente al aumento del conocimiento espiritual y al entendimiento de las profecías en el tiempo del fin. Otros consideran que la expresión también puede abarcar el extraordinario crecimiento del conocimiento humano. Nuestro propósito no es presentar una interpretación como la única posible, sino examinar honestamente la evidencia histórica y permitir que el lector reflexione.
El texto bíblico afirma:
“Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará.”
(Daniel 12:4, RVR1960).
Es importante observar que Daniel no explicó de qué manera aumentaría ese conocimiento ni describió el desarrollo de la ciencia moderna. Simplemente anunció que, en el tiempo del fin, existiría un notable aumento del conocimiento. Precisamente por esa brevedad han surgido distintas interpretaciones.
¿Podría Daniel haber imaginado nuestro mundo?
Daniel vivió en el siglo VI antes de Cristo.
Su mundo era agrícola.
Los viajes se realizaban a caballo o en caravanas.
Las noticias viajaban mediante mensajeros.
Los libros se copiaban a mano.
No existían universidades modernas.
No existían laboratorios científicos.
No existían telescopios, microscopios, computadoras, satélites ni Internet.
Desde una perspectiva puramente humana, resulta difícil imaginar que alguien de aquella época pudiera anticipar una civilización donde miles de millones de personas acceden instantáneamente a enormes cantidades de información mediante un pequeño dispositivo electrónico.
Los críticos suelen ofrecer varias explicaciones.
Algunos sostienen que Daniel simplemente hablaba del crecimiento normal del conocimiento humano.
Otros consideran que la expresión se refiere únicamente al entendimiento de las profecías y no al desarrollo científico.
También existen quienes afirman que todas las generaciones han pensado vivir en una época excepcional y que nuestro tiempo no es diferente.
Estas observaciones merecen ser consideradas con respeto. La interpretación responsable de la Biblia requiere evitar afirmaciones exageradas y reconocer cuando existen distintas posiciones entre estudiosos serios.
Sin embargo, la historia presenta un dato difícil de ignorar.
Durante miles de años el progreso fue relativamente lento.
En cambio, durante los dos últimos siglos el conocimiento comenzó a crecer a un ritmo nunca antes registrado.
No se trata únicamente de una impresión subjetiva.
Se trata de un fenómeno ampliamente documentado por historiadores de la ciencia y especialistas en innovación tecnológica.
Lo que dicen los historiadores
Numerosos historiadores coinciden en que la Revolución Industrial marcó un punto de inflexión en la historia de la humanidad. A partir de ese momento, la producción científica, tecnológica e industrial comenzó a acelerarse de manera extraordinaria.
Autores como Joel Mokyr, David Landes y Niall Ferguson describen este período como una transformación sin precedentes, caracterizada por una acumulación continua de conocimiento que impulsó nuevos descubrimientos y nuevas tecnologías.
En otras palabras, el progreso dejó de avanzar lentamente para comenzar a multiplicarse.
Muchos investigadores utilizan la expresión “crecimiento exponencial del conocimiento” para describir lo que ocurre en nuestra época.
En un crecimiento lineal, el progreso aumenta siempre al mismo ritmo.
En un crecimiento exponencial, cada avance genera muchos otros avances, acelerando continuamente el proceso.
Eso es precisamente lo que observamos hoy.
La inteligencia artificial acelera la investigación médica.
La investigación médica genera nuevos tratamientos.
Los nuevos tratamientos producen nuevas investigaciones.
Los supercomputadores permiten realizar simulaciones imposibles hace pocos años.
Cada descubrimiento impulsa el siguiente.
Algunas cifras que invitan a reflexionar
Aunque las estadísticas cambian continuamente, la tendencia resulta extraordinariamente clara.
Ninguna generación anterior vivió algo semejante.
Vale la pena detenernos y contemplar el panorama completo.
Nunca antes la humanidad produjo tanto conocimiento.
Nunca antes existieron tantos científicos.
Nunca antes hubo tantas universidades.
Nunca antes se publicaron tantos libros.
Nunca antes hubo acceso inmediato a tanta información.
Nunca antes existieron bibliotecas digitales de alcance mundial.
Nunca antes una persona llevó en su bolsillo acceso a una parte importante del conocimiento humano.
Nunca antes existió Internet.
Nunca antes apareció una herramienta como la inteligencia artificial.
Nunca antes el conocimiento avanzó a la velocidad que observamos actualmente.
¿Demuestra todo lo anterior, por sí solo, que Daniel 12:4 se está cumpliendo? La respuesta debe ser prudente.
Como hemos señalado a lo largo de este estudio, la Biblia no afirma explícitamente que la expresión “la ciencia se aumentará” deba entenderse exclusivamente como un aumento del conocimiento científico. Sería ir más allá de lo que el texto declara afirmar con absoluta certeza algo que Daniel no explicó de manera específica.
Sin embargo, también es cierto que, cualquiera que sea la interpretación que el lector adopte, el panorama resulta sorprendente.
Si la expresión se entiende como una referencia al extraordinario crecimiento del conocimiento humano y científico, la evidencia histórica es difícil de ignorar. Nunca antes la humanidad había producido tantos descubrimientos, tantas investigaciones, tantas universidades, tantos científicos, tantos libros, tanta información digital ni tecnologías tan avanzadas como las que existen en la actualidad.
Pero si otros intérpretes consideran que Daniel se refería principalmente al conocimiento espiritual o al entendimiento de las Escrituras, también encontramos un crecimiento sin precedentes.
Nunca antes en la historia habían existido tantas traducciones de la Biblia a diferentes idiomas. Nunca antes había sido posible comparar decenas de versiones bíblicas con unos cuantos clics. Nunca antes hubo tantos comentarios bíblicos, diccionarios de hebreo y griego, atlas de geografía bíblica, estudios históricos, obras de arqueología, libros de teología, apologética, escatología y recursos para el estudio de las Escrituras.
A ello debemos añadir miles de sitios web, bibliotecas digitales, cursos en línea, conferencias, seminarios, aplicaciones para teléfonos inteligentes y plataformas especializadas que ponen al alcance de cualquier persona una cantidad de información bíblica que generaciones anteriores jamás habrían imaginado.
Hace apenas unas décadas, un estudiante de la Biblia necesitaba una biblioteca considerable para realizar una investigación seria. Hoy, desde una computadora o un teléfono inteligente, puede consultar manuscritos antiguos, comparar traducciones, acceder a fotografías arqueológicas, estudiar mapas interactivos, leer comentarios de reconocidos especialistas y revisar miles de artículos académicos en cuestión de minutos.
En otras palabras, ya sea que entendamos Daniel 12:4 como una referencia al crecimiento del conocimiento científico, al aumento del entendimiento espiritual o incluso a ambos aspectos, resulta difícil negar que vivimos en la época de mayor expansión del conocimiento de toda la historia humana.
Quizá esa sea una de las razones por las que esta profecía continúa despertando tanto interés. Sin afirmar más de lo que la Biblia declara, sí podemos reconocer que nuestra generación contempla un fenómeno sin precedentes: una extraordinaria multiplicación del conocimiento, tanto en el ámbito científico como en el estudio y la difusión de la Palabra de Dios.
Muchos cristianos consideran que el extraordinario desarrollo científico y tecnológico de nuestra época constituye un cumplimiento significativo de Daniel 12:4 o, al menos, una evidencia de que vivimos en el escenario descrito por el profeta.
Otros creen que el texto debe entenderse principalmente en un sentido espiritual.
Ambas posiciones buscan ser fieles a las Escrituras y merecen ser escuchadas con respeto.
Lo verdaderamente importante es reconocer un hecho histórico indiscutible: nunca antes el conocimiento humano había crecido con tanta rapidez ni había transformado tan profundamente la vida de la humanidad.
Hace aproximadamente dos mil quinientos años, un profeta judío escribió que, en el tiempo del fin, “la ciencia se aumentará”.
Desde entonces transcurrieron siglos durante los cuales el mundo cambió lentamente.
Pero en apenas unas pocas generaciones la historia pareció acelerar su marcha.
La Revolución Industrial.
La electricidad.
La medicina moderna.
La genética.
La exploración espacial.
Internet.
La inteligencia artificial.
Todo ello ha dado lugar a una época única en la historia humana.
¿Estamos contemplando el cumplimiento de la profecía de Daniel? Cada lector deberá responder esa pregunta delante de Dios y a la luz de las Escrituras.
Pero una cosa parece innegable: vivimos en el período de mayor crecimiento del conocimiento que la humanidad haya conocido jamás. Y esa extraordinaria realidad constituye, para muchos creyentes, una poderosa invitación a mirar nuevamente las palabras del profeta Daniel con reverencia, humildad y esperanza.
Referencias históricas y académicas
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Por el Dr. Elio M Rivera
Una promesa que parecía imposible
A lo largo de la historia han desaparecido innumerables naciones e imperios. Egipto dejó de ser la potencia que dominó el mundo antiguo. Asiria desapareció como imperio. Babilonia cayó ante los medos y los persas. Grecia perdió su hegemonía. Roma se fragmentó hasta desaparecer como imperio. Muchos pueblos fueron conquistados, absorbidos por otras culturas o simplemente desaparecieron de la historia.
Sin embargo, existe una nación cuya historia resulta verdaderamente extraordinaria.
Israel.
A diferencia de otras naciones antiguas, Israel sobrevivió a conquistas, exilios, persecuciones y una dispersión que se prolongó durante casi dos mil años. Más sorprendente aún es que siglos antes de que ocurrieran estos acontecimientos, la Biblia anunció tanto su dispersión como su futura restauración.
Para muchos cristianos, la existencia del moderno Estado de Israel constituye uno de los acontecimientos proféticos más significativos de los últimos tiempos. Otros interpretan estas promesas de manera diferente, considerando que algunas tienen un cumplimiento histórico limitado o un sentido principalmente espiritual.
Nuestro propósito en este capítulo no es debatir esas posiciones, sino examinar cuidadosamente lo que las Escrituras prometieron acerca de Israel muchos siglos antes de que ocurrieran estos acontecimientos.
El comienzo de todo: el pacto con Abraham
La historia profética de Israel comienza con un hombre llamado Abraham.
Cuando Dios llamó a Abraham desde Ur de los caldeos, no solamente le prometió bendecirlo personalmente. También estableció un pacto que marcaría el desarrollo de toda la historia bíblica.
El Señor le dijo:
“Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré… y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.”
(Génesis 12:2-3, RVR1960).
Más adelante, Dios añadió otra promesa fundamental:
“Y daré a ti y a tu descendencia después de ti la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua.”
(Génesis 17:8, RVR1960).
Desde el principio aparecen tres elementos inseparables:
Estos tres elementos reaparecerán continuamente a lo largo del Antiguo Testamento.
Moisés anunció la dispersión… y también el regreso
Muchos siglos antes de que Israel fuera llevado cautivo por Asiria o Babilonia, Moisés anunció algo sorprendente.
Si el pueblo abandonaba a Dios, sería dispersado entre las naciones.
Aquella advertencia aparece repetidamente en el libro de Deuteronomio.
Sin embargo, junto con el anuncio del juicio aparece una extraordinaria promesa de esperanza.
Moisés escribió:
“Cuando hubieren venido sobre ti todas estas cosas… y te convirtieres a Jehová tu Dios… entonces Jehová hará volver a tus cautivos… y volverá a recogerte de entre todos los pueblos adonde te hubiere esparcido Jehová tu Dios.”
(Deuteronomio 30:1-5, RVR1960).
Resulta notable que esta promesa fuera escrita muchos siglos antes de que ocurriera la dispersión definitiva del pueblo judío.
Moisés no solamente anunció el juicio.
También habló de un futuro regreso desde las naciones.
Isaías contempló una segunda restauración
El profeta Isaías escribió aproximadamente siete siglos antes de Cristo.
En medio de sus mensajes acerca del Mesías y del futuro reino de Dios, encontramos otra promesa sorprendente.
“Asimismo acontecerá en aquel tiempo, que Jehová alzará otra vez su mano para recobrar el remanente de su pueblo… y levantará pendón a las naciones, y juntará los desterrados de Israel.”
(Isaías 11:11-12, RVR1960).
Isaías describe un recogimiento del pueblo desde diversas regiones del mundo.
Muchos intérpretes consideran que este pasaje apunta a una restauración futura de Israel. Otros entienden que se refiere al regreso del cautiverio babilónico o que posee un cumplimiento tanto histórico como escatológico.
Sea cual sea la interpretación adoptada, el tema del regreso del pueblo aparece nuevamente con claridad.
Jeremías anunció restauración después del juicio
Jeremías vivió en los últimos años del reino de Judá y presenció la destrucción de Jerusalén por los ejércitos de Babilonia.
Podría esperarse que su mensaje fuera únicamente de juicio.
Sin embargo, Dios también le reveló un futuro lleno de esperanza.
En Jeremías 30 leemos:
“Porque he aquí que vienen días, dice Jehová, en que haré volver a los cautivos de mi pueblo Israel y Judá… y los traeré a la tierra que di a sus padres, y la disfrutarán.”
(Jeremías 30:3, RVR1960).
El mismo profeta que anunció la destrucción de Jerusalén también proclamó que Dios no había terminado con su pueblo.
Después del juicio vendría la restauración.
Ezequiel anunció una restauración nacional
Quizá ninguna profecía describe con tanto detalle la restauración de Israel como las visiones del profeta Ezequiel.
Ezequiel escribió mientras el pueblo se encontraba cautivo en Babilonia.
Desde el punto de vista humano, parecía imposible que la nación recuperara su antigua tierra.
Sin embargo, Dios declaró:
“Yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país.”
(Ezequiel 36:24, RVR1960).
A continuación, el profeta describe una profunda restauración espiritual, prometiendo un corazón nuevo y un espíritu nuevo (Ezequiel 36:25-27).
Muchos intérpretes observan aquí una restauración tanto nacional como espiritual.
Uno de los pasajes más conocidos del Antiguo Testamento aparece en Ezequiel 37.
El profeta contempla un inmenso valle lleno de huesos completamente secos.
Humanamente no existía ninguna esperanza.
Sin embargo, Dios hace que aquellos huesos vuelvan a unirse, reciban carne, tendones y finalmente aliento de vida.
Después explica el significado de la visión:
“He aquí yo abro vuestros sepulcros… y os traeré a la tierra de Israel.”
(Ezequiel 37:12, RVR1960).
Muchos cristianos consideran esta visión como una poderosa imagen de la restauración nacional de Israel. Otros la interpretan principalmente como una representación simbólica de la restauración espiritual del pueblo.
En cualquier caso, el mensaje central permanece: Dios promete dar nueva vida a un pueblo que parecía completamente perdido.
Una promesa repetida una y otra vez
Al estudiar el Antiguo Testamento resulta difícil pasar por alto un hecho.
La promesa del regreso de Israel no aparece una sola vez.
Se repite constantemente.
Moisés.
Isaías.
Jeremías.
Ezequiel.
Amós.
Zacarías.
Y otros profetas anuncian, con diferentes matices, que después del juicio Dios volvería a actuar en favor de su pueblo.
Naturalmente, los estudiosos no coinciden en todos los detalles acerca del momento o la forma de ese cumplimiento. Sin embargo, existe un amplio consenso en que la restauración ocupa un lugar central dentro de la esperanza profética del Antiguo Testamento.
Una pregunta que parecía imposible
Cuando estas profecías fueron pronunciadas, Israel era una pequeña nación rodeada de grandes imperios.
Más tarde sería conquistada.
Su templo sería destruido.
Su población sería llevada cautiva.
Siglos después volvería a sufrir otra dispersión que se prolongaría durante generaciones.
Desde la perspectiva humana, la desaparición definitiva del pueblo judío parecía inevitable.
Después de todo, eso había ocurrido con innumerables naciones de la antigüedad.
Pero las Escrituras anunciaban algo completamente diferente.
No solo sobrevivirían.
Algún día volverían a reunirse.
Al terminar este primer capítulo aún no hemos examinado la historia moderna ni el nacimiento del Estado de Israel. Eso lo haremos en los siguientes capítulos.
Por ahora basta con reconocer un hecho sorprendente: siglos antes del nacimiento de Jesucristo, los profetas del Antiguo Testamento anunciaron repetidamente que, después de la dispersión, Dios volvería a reunir a Israel y lo haría regresar a su tierra.
Aquellas promesas quedaron registradas cuando nada hacía pensar que semejante acontecimiento pudiera ocurrir.
Y eso nos conduce a una pregunta que acompañará el resto de esta serie:
¿Podría una nación desaparecer durante siglos y volver a existir?
Referencias históricas y académicas
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Una tragedia anunciada siglos antes
En el capítulo anterior vimos que Dios prometió repetidamente que Israel sería restaurado y volvería a su tierra. Sin embargo, antes de esa restauración debía ocurrir otro acontecimiento igualmente extraordinario: la dispersión del pueblo judío entre las naciones.
Esta dispersión no tomó por sorpresa a Dios. Moisés la había anunciado más de mil cuatrocientos años antes de Cristo. Más tarde la mencionaron los profetas, y el propio Señor Jesucristo volvió a advertir que Jerusalén sería destruida y que su pueblo sufriría un largo período de juicio.
Lo que ocurrió después constituye uno de los episodios más dramáticos de toda la historia del pueblo judío.
Jesús anunció la destrucción de Jerusalén
Pocos días antes de su crucifixión, mientras contemplaba la ciudad de Jerusalén, Jesús pronunció palabras profundamente conmovedoras.
“Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán; y te derribarán a tierra… por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación.”
(Lucas 19:43-44, RVR1960).
Poco después, mientras sus discípulos admiraban la magnificencia del templo de Herodes, Jesús anunció otro hecho que debió parecer imposible.
“¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada.”
(Mateo 24:2, RVR1960).
En aquel momento nadie podía imaginar que uno de los edificios más impresionantes del mundo antiguo desaparecería por completo.
La destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C.
En el año 66 d.C., los judíos iniciaron una gran rebelión contra el Imperio Romano.
La respuesta de Roma fue contundente.
El general Vespasiano comenzó la campaña militar y, posteriormente, su hijo Tito dirigió el sitio final de Jerusalén.
En el año 70 d.C., después de varios meses de asedio, la ciudad cayó.
Las fuentes históricas describen escenas de hambre extrema, violencia y destrucción.
El magnífico templo construido por Herodes fue incendiado y destruido.
Miles de personas murieron durante el sitio y otras muchas fueron tomadas cautivas.
El historiador judío Flavio Josefo, testigo cercano de aquellos acontecimientos, describe la destrucción con detalles conmovedores en su obra La guerra de los judíos.
Con la caída de Jerusalén terminó una etapa fundamental de la historia bíblica.
El centro político y religioso de Israel había sido destruido.
La segunda gran dispersión: la rebelión de Bar Kojba
Aunque Jerusalén había sido destruida, todavía permanecía una importante población judía en la región.
Sin embargo, unos sesenta años más tarde ocurrió un nuevo desastre.
Entre los años 132 y 135 d.C., los judíos iniciaron otra rebelión contra Roma, encabezada por Simón Bar Kojba.
Durante algún tiempo obtuvieron importantes victorias.
Pero finalmente el emperador Adriano respondió con un enorme despliegue militar.
La rebelión fue completamente aplastada.
Las consecuencias fueron devastadoras.
Jerusalén fue reconstruida como una ciudad romana llamada Aelia Capitolina.
Se prohibió a los judíos entrar en ella, excepto, según algunas fuentes antiguas, un día al año para lamentar la destrucción del templo.
Además, la provincia de Judea recibió un nuevo nombre: Siria Palestina, una denominación que muchos historiadores consideran un intento de disminuir la identidad nacional judía al asociar la región con los antiguos filisteos.
El pueblo judío fue dispersado por el mundo
Después de estas guerras comenzó un largo período conocido como la diáspora judía.
Comunidades judías se establecieron en prácticamente todos los rincones del Imperio Romano y, con el paso de los siglos, también en Europa, el norte de África, el Medio Oriente y posteriormente en América.
Vivieron en:
A pesar de estar separados por miles de kilómetros, conservaron en gran medida su identidad religiosa, sus tradiciones y el profundo anhelo de regresar algún día a la tierra de sus antepasados.
Casi dos mil años sin un Estado propio
Pocas naciones han experimentado una situación semejante.
Durante casi dos mil años, el pueblo judío existió como pueblo, pero no como Estado independiente.
No tuvo un gobierno nacional.
No tuvo un ejército propio.
No tuvo un territorio soberano.
No tuvo una capital reconocida.
Mientras numerosos imperios aparecían y desaparecían, los judíos permanecían dispersos por decenas de países.
En muchas ocasiones sufrieron discriminación, expulsiones y persecuciones.
Y, sin embargo, conservaron su identidad nacional de una manera extraordinaria.
Un fenómeno único en la historia
Los historiadores suelen señalar que este caso posee muy pocos paralelos.
Cuando otros pueblos antiguos fueron conquistados y dispersados, generalmente terminaron mezclándose con las poblaciones locales hasta perder su identidad nacional.
Así ocurrió con muchos pueblos del antiguo Cercano Oriente.
Pero el pueblo judío siguió existiendo.
Conservó sus Escrituras.
Conservó sus fiestas.
Conservó buena parte de sus costumbres.
Conservó la esperanza de volver algún día a Sion.
Generación tras generación, la oración “El próximo año en Jerusalén” siguió expresando el profundo anhelo de regresar a la tierra prometida.
Un mapa que cuenta una historia
Al observar un mapa de la diáspora judía resulta evidente la magnitud de este acontecimiento.
Lo que comenzó en una pequeña nación del Cercano Oriente terminó extendiéndose por prácticamente todo el mundo conocido.
Aquí puede incluirse un mapa que muestre:
(Este mapa ayudará al lector a visualizar la magnitud de la dispersión y preparará el camino para comprender el extraordinario regreso del pueblo judío en el siglo XX.)
Desde una perspectiva humana, parecía imposible que una nación sobreviviera casi dos mil años sin territorio, sin gobierno y dispersa entre decenas de pueblos y culturas.
La lógica indicaba que, tarde o temprano, el pueblo judío terminaría desapareciendo como habían desaparecido tantos otros pueblos de la antigüedad.
Pero las promesas de Dios anunciaban algo muy diferente.
No solo sobrevivirían.
Algún día volverían.
Y precisamente esa extraordinaria restauración comenzaremos a estudiar en el siguiente capítulo.
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Un caso prácticamente único en la historia
En el capítulo anterior vimos cómo Jerusalén fue destruida por los romanos y cómo el pueblo judío terminó disperso entre las naciones. A simple vista, parecía el final de la historia de Israel.
Después de todo, eso mismo había ocurrido con muchos otros pueblos de la antigüedad.
Fueron conquistados.
Perdieron su territorio.
Se dispersaron.
Y, con el paso del tiempo, desaparecieron para siempre.
Sin embargo, con Israel ocurrió algo completamente diferente.
Aunque perdió su tierra, su gobierno y su independencia nacional, nunca dejó de existir como pueblo.
Ese hecho constituye uno de los fenómenos históricos más extraordinarios de toda la antigüedad.
Lo que normalmente sucede cuando una nación desaparece
La historia muestra un patrón bastante claro.
Cuando una nación es conquistada y dispersada durante generaciones, normalmente termina siendo absorbida por otras culturas.
Con el paso del tiempo desaparecen:
Los descendientes de aquellos pueblos terminan mezclándose con otras poblaciones hasta que ya no es posible distinguirlos como una nación independiente.
Eso ha ocurrido una y otra vez a lo largo de la historia.
Durante varios siglos, Asiria fue el imperio más poderoso del Cercano Oriente.
Su ejército sembró el terror desde Egipto hasta Persia.
Conquistó Samaria en el año 722 a.C. y deportó gran parte de la población del reino del norte de Israel.
Sin embargo, cuando el Imperio Asirio cayó en el año 612 a.C., su población terminó mezclándose gradualmente con otros pueblos.
Hoy no existe una nación asiria comparable al antiguo imperio que dominó el mundo.
Algo semejante ocurrió con Babilonia.
Fue una de las ciudades más impresionantes de la antigüedad.
Nabucodonosor conquistó Jerusalén y edificó un imperio extraordinario.
Pero siglos después, los babilonios dejaron de existir como pueblo diferenciado.
Su cultura fue absorbida por los imperios que les sucedieron.
Los filisteos fueron los grandes enemigos de Israel durante la época de los jueces y del rey David.
Sus ciudades dominaron buena parte de la llanura costera.
Sin embargo, después de diversas conquistas desaparecieron progresivamente como pueblo.
Hoy conocemos su historia gracias a la arqueología y a las Escrituras, pero ya no existe una nación filistea.
Los moabitas y los amonitas aparecen repetidamente en el Antiguo Testamento.
Fueron vecinos permanentes de Israel durante siglos.
Sin embargo, con el paso del tiempo fueron absorbidos por otras poblaciones del Cercano Oriente.
Su identidad nacional desapareció.
Los descendientes de Esaú habitaron la región montañosa de Edom durante muchos siglos.
Después fueron desplazados hacia Idumea.
Más tarde terminaron integrándose a otros pueblos de la región hasta desaparecer como nación independiente.
Hoy conocemos su existencia principalmente por la Biblia, la arqueología y algunos escritores antiguos.
Durante mucho tiempo algunos críticos llegaron a afirmar que los hititas nunca habían existido.
Sin embargo, los descubrimientos arqueológicos demostraron que fueron uno de los grandes imperios del segundo milenio antes de Cristo.
A pesar de su importancia, también desaparecieron como pueblo diferenciado.
Su idioma dejó de hablarse.
Su organización política desapareció.
Su identidad nacional se perdió.
Aquí encontramos una diferencia verdaderamente sorprendente.
Israel perdió su territorio.
Perdió su templo.
Perdió su gobierno.
Perdió su independencia.
Pero no perdió su identidad.
Durante casi dos mil años, comunidades judías dispersas por Europa, Asia y África continuaron considerándose parte de un mismo pueblo.
Mientras muchas naciones antiguas abandonaron sus antiguas creencias, el pueblo judío continuó preservando la fe en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.
La lectura de la Torá.
La celebración del sábado.
Las fiestas bíblicas.
La circuncisión.
Las oraciones tradicionales.
Todo ello continuó transmitiéndose de generación en generación.
Aunque el hebreo dejó de utilizarse como lengua cotidiana durante muchos siglos, jamás desapareció completamente.
Continuó empleándose en:
Pocos idiomas antiguos permanecieron vivos de esa manera durante tantos siglos.
Resulta aún más sorprendente que comunidades separadas por miles de kilómetros continuaran viéndose como un solo pueblo.
Un judío que vivía en España.
Otro en Yemen.
Otro en Polonia.
Otro en Marruecos.
Todos compartían las mismas Escrituras, las mismas fiestas principales y la memoria de una misma historia.
Pero quizá el aspecto más extraordinario fue que nunca abandonaron la esperanza de regresar.
Durante siglos, generación tras generación, la idea del retorno a Sion permaneció viva.
En muchas celebraciones de la Pascua judía se repetía la expresión:
“El próximo año en Jerusalén.”
No era simplemente una frase religiosa.
Era la expresión de una esperanza nacional que sobrevivió durante casi dos mil años.
Un fenómeno que llama la atención de los historiadores
Muchos historiadores, aun sin abordar el tema desde una perspectiva religiosa, reconocen el carácter excepcional de este fenómeno.
Son muy pocos los pueblos que han logrado conservar su identidad nacional durante tantos siglos sin poseer un territorio propio.
La supervivencia del pueblo judío ha sido estudiada por sociólogos, historiadores, antropólogos y especialistas en civilizaciones antiguas precisamente porque constituye un caso difícil de comparar con otros ejemplos históricos.
Cuando observamos este fenómeno desde la perspectiva de las Escrituras, surge una pregunta inevitable.
¿Fue simplemente una extraordinaria coincidencia histórica?
¿O fue precisamente la preservación de ese pueblo la que hizo posible que, siglos después, pudiera cumplirse la promesa de su restauración?
Esa pregunta nos conduce al siguiente capítulo. Porque, después de casi dos mil años sin nación, ocurrió un acontecimiento que la mayoría de los observadores habría considerado absolutamente imposible: Israel volvió a existir como Estado soberano.
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Por el Dr. Elio M Rivera
Un regreso que comenzó mucho antes de 1948
Durante casi dos mil años, el regreso del pueblo judío a la tierra de Israel parecía un sueño imposible. Generaciones enteras vivieron y murieron lejos de Jerusalén sin llegar a ver cumplido aquel anhelo que había acompañado a su pueblo desde la destrucción del segundo templo.
Sin embargo, hacia finales del siglo XIX comenzó a ocurrir algo que pocos habrían imaginado. Poco a poco, miles de judíos empezaron a regresar a la tierra de sus antepasados. Lo que durante siglos había sido una esperanza expresada en las oraciones comenzó a transformarse en una realidad histórica.
Aquel regreso no ocurrió de manera repentina. Fue un proceso que se desarrolló durante varias décadas y que cambió profundamente la historia del pueblo judío.
El nacimiento del movimiento sionista
En la segunda mitad del siglo XIX surgió un movimiento conocido como sionismo, cuyo principal objetivo era promover el establecimiento de un hogar nacional para el pueblo judío en la antigua tierra de Israel.
Aunque existían antecedentes anteriores, el periodista austrohúngaro Theodor Herzl se convirtió en la figura más representativa de este movimiento. En 1896 publicó El Estado Judío (Der Judenstaat), donde argumentó que el pueblo judío necesitaba recuperar una patria propia después de siglos de persecución y dispersión.
Al año siguiente, en 1897, se celebró el Primer Congreso Sionista en Basilea, Suiza. Allí se establecieron las bases para impulsar el regreso organizado de comunidades judías a la tierra de Israel.
Desde una perspectiva política, este fue un movimiento nacional. Desde la perspectiva de muchos creyentes, representó el inicio visible de un proceso que los profetas habían anunciado muchos siglos antes.
A partir de finales del siglo XIX comenzaron varias oleadas migratorias conocidas como aliyot, palabra hebrea que significa “ascenso” o “subida” y que expresa el regreso a la tierra de Israel.
Judíos procedentes de Rusia, Europa Oriental, Yemen y otras regiones emprendieron el viaje hacia una tierra que durante siglos solo habían conocido a través de las Escrituras y de las oraciones de sus antepasados.
Las condiciones eran difíciles. Gran parte del territorio era árido, existían zonas pantanosas y los recursos económicos eran muy limitados. Sin embargo, miles de familias estuvieron dispuestas a comenzar una nueva vida en aquella tierra.
Contrario a la idea de que todo el territorio fue obtenido mediante conquistas militares, una parte importante de las primeras colonias judías surgió gracias a la compra legal de terrenos a propietarios particulares y grandes terratenientes del entonces Imperio Otomano.
Organizaciones como el Fondo Nacional Judío adquirieron extensas áreas con el propósito de establecer nuevas comunidades agrícolas y facilitar el asentamiento de los inmigrantes.
Aquellas adquisiciones permitieron fundar aldeas, granjas y pequeños poblados que con el tiempo se convertirían en ciudades prósperas.
El renacimiento del idioma hebreo
Uno de los acontecimientos más extraordinarios de este período fue el renacimiento del idioma hebreo.
Durante muchos siglos el hebreo había permanecido principalmente como lengua de oración, de estudio bíblico y de liturgia. Sin embargo, dejó de utilizarse como idioma cotidiano desde la antigüedad.
A finales del siglo XIX, Eliezer Ben-Yehuda impulsó un proyecto que muchos consideraban imposible: devolver al hebreo su lugar como lengua viva.
Se crearon nuevas palabras, se adaptó el idioma a las necesidades del mundo moderno y se promovió su enseñanza en escuelas y hogares.
Hoy el hebreo vuelve a ser la lengua oficial del Estado de Israel, un fenómeno prácticamente único en la historia, pues son muy pocos los idiomas antiguos que han resurgido como lengua nacional después de tantos siglos.
Otro aspecto notable fue la transformación del territorio.
Los primeros colonos drenaron pantanos, construyeron sistemas de riego, plantaron árboles y desarrollaron técnicas agrícolas adaptadas a un clima difícil.
Regiones que durante siglos habían permanecido poco cultivadas comenzaron a producir frutas, hortalizas, cereales y viñedos.
Con el paso de las décadas, Israel llegó a convertirse en uno de los países más innovadores del mundo en agricultura, manejo del agua y tecnologías de riego.
Judíos regresaron desde muchos países
El regreso no estuvo limitado a una sola región del mundo.
Judíos provenientes de:
comenzaron a establecerse nuevamente en la tierra de Israel.
Lo que durante siglos había sido una diáspora dispersa comenzó lentamente a reunirse.
Los profetas habían hablado del regreso
Muchos cristianos observan estos acontecimientos a la luz de diversas promesas del Antiguo Testamento.
Isaías escribió:
“No temas, porque yo estoy contigo; del oriente traeré tu generación, y del occidente te recogeré. Diré al norte: Da acá; y al sur: No detengas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los confines de la tierra.”
(Isaías 43:5-6, RVR1960).
Jeremías anunció:
“He aquí yo los haré volver de la tierra del norte, y los reuniré de los fines de la tierra.”
(Jeremías 31:8, RVR1960).
Y el profeta Ezequiel declaró:
“Yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país.”
(Ezequiel 36:24, RVR1960).
Muchos intérpretes consideran que estos pasajes encuentran un cumplimiento significativo en el regreso progresivo del pueblo judío a su antigua tierra. Otros entienden que estas promesas se cumplieron parcialmente con el retorno desde Babilonia o que alcanzarán su plenitud en el futuro. Como en otros temas proféticos, existen distintas posiciones dentro del cristianismo, y conviene acercarse a ellas con respeto y humildad.
Un proceso que preparó un acontecimiento histórico
Al comenzar el siglo XX ya existían nuevas ciudades, colonias agrícolas, escuelas donde se enseñaba en hebreo y comunidades judías que crecían año tras año.
Todavía no existía un Estado independiente, pero el escenario estaba cambiando rápidamente.
La tierra comenzaba a poblarse nuevamente.
El idioma nacional había resurgido.
La agricultura florecía.
Miles de familias regresaban desde distintos continentes.
El sueño de generaciones enteras empezaba a tomar forma.
Si alguien hubiera observado Palestina a comienzos del siglo XIX, difícilmente habría imaginado que unas décadas más tarde se convertiría en el centro del renacimiento nacional del pueblo judío.
Sin embargo, la historia comenzó a cambiar de una manera sorprendente. Aquellas primeras migraciones, la compra de tierras, el renacimiento del hebreo y el desarrollo agrícola prepararon el camino para un acontecimiento que pocos consideraban posible.
Ese acontecimiento ocurrió el 14 de mayo de 1948, cuando el mundo fue testigo del nacimiento del moderno Estado de Israel.
Y precisamente ese momento histórico será el tema de nuestro próximo capítulo.
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A lo largo de los capítulos anteriores hemos recorrido una historia extraordinaria. Vimos que Dios prometió la restauración de Israel siglos antes del nacimiento de Jesucristo. Observamos cómo el pueblo judío fue dispersado entre las naciones, permaneció casi dos mil años sin un Estado propio y, de manera sorprendente, conservó su identidad nacional mientras muchos otros pueblos desaparecieron de la historia.
Ahora llegamos al acontecimiento que cambió el rumbo de esa historia.
El 14 de mayo de 1948.
Aquel día, el mundo presenció el nacimiento del moderno Estado de Israel.
Para muchos fue simplemente una decisión política.
Para otros, el resultado del movimiento sionista y de complejos acontecimientos internacionales.
Pero para millones de cristianos representó mucho más que eso.
Fue un hecho que los llevó a volver su mirada hacia las antiguas profecías de la Biblia.
Después de 1948, algo cambió profundamente dentro del mundo cristiano.
Durante siglos, muchos creyentes habían leído las profecías acerca del regreso de Israel como acontecimientos muy lejanos o difíciles de imaginar.
Pero cuando Israel volvió a existir como nación, comenzaron a preguntarse:
¿Estamos entrando en el período que la Biblia llama “los últimos tiempos”?
Aquella pregunta continúa vigente hasta nuestros días.
El profeta Isaías escribió:
“¿Quién oyó cosa semejante? ¿Quién vio tal cosa? ¿Concebirá la tierra en un día? ¿Nacerá una nación de una sola vez?”
(Isaías 66:8, RVR1960).
Muchos intérpretes consideran que este pasaje encuentra un cumplimiento notable en el nacimiento del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948.
Otros entienden que Isaías está describiendo una restauración futura o un acontecimiento de mayor alcance.
Como hemos procurado hacer a lo largo de este libro, respetamos ambas posiciones.
Sin embargo, independientemente de la interpretación que cada lector adopte, existe un hecho histórico imposible de ignorar:
Israel volvió a existir como nación.
La razón es sencilla.
Muchas de las profecías relacionadas con el Mesías, con Jerusalén y con los acontecimientos finales de la historia suponen la existencia del pueblo de Israel en su propia tierra.
Durante casi dos mil años eso parecía imposible.
No existía un Estado judío.
No existía un gobierno israelí.
No existía un ejército israelí.
No existía una nación llamada Israel.
Pero desde 1948 ese escenario cambió completamente.
Por primera vez en muchos siglos, el contexto histórico descrito por numerosos pasajes proféticos volvió a existir.
Y eso llevó a millones de creyentes de distintas denominaciones a preguntarse si el reloj profético de Dios estaba avanzando hacia una nueva etapa.
Es importante recordar que Jesús fue muy claro al afirmar:
“Pero del día y la hora nadie sabe.”
(Mateo 24:36, RVR1960).
Por esa razón, este libro no pretende establecer fechas para el regreso de Cristo.
La historia demuestra que quienes han intentado hacerlo siempre han terminado equivocándose.
La profecía bíblica nunca fue dada para satisfacer nuestra curiosidad acerca del futuro.
Fue dada para fortalecer nuestra fe y preparar nuestro corazón.
Tal vez esa sea la pregunta más importante de todo este libro.
No basta con estudiar profecías.
No basta con conocer la historia de Israel.
No basta con admirar el cumplimiento de antiguos anuncios bíblicos.
La verdadera pregunta es:
¿Cómo estamos viviendo nosotros?
Jesús nunca dijo:
“Cuando vean estas cosas, hagan cálculos.”
Dijo algo muy diferente.
Nos llamó a velar.
A permanecer despiertos espiritualmente.
A vivir en santidad.
A ser fieles.
A anunciar el evangelio.
A servir al prójimo.
A perseverar hasta el fin.
No sabemos cuánto tiempo falta para el regreso del Señor.
La Biblia no lo revela.
Pero sí sabemos algo.
Vivimos en una generación que contempla acontecimientos que innumerables creyentes del pasado anhelaron ver.
Ellos leyeron estas profecías.
Nosotros podemos observar muchos de esos acontecimientos desarrollándose delante de nuestros propios ojos.
Ese privilegio también implica una gran responsabilidad.
Tal vez el nacimiento del Estado de Israel no sea simplemente un capítulo más de la historia contemporánea.
Tal vez sea uno de esos acontecimientos mediante los cuales Dios está recordándole al mundo que su Palabra permanece firme y que la historia avanza exactamente hacia el propósito que Él ha establecido.
No escribo estas páginas para convencer al lector de una fecha ni de un sistema escatológico determinado.
Las escribo porque, como creyente, no puedo evitar hacerme una pregunta cada vez que observo el escenario del mundo actual:
Si tantas promesas bíblicas se han cumplido con tanta precisión… ¿qué tan cerca estaremos del cumplimiento de las que aún faltan?
Y si realmente estamos viviendo en una generación que contempla el desarrollo de acontecimientos tan extraordinarios, quizá la pregunta más importante no sea:
“¿Cuándo volverá Cristo?”
Sino esta:
“Cuando Él venga, ¿me encontrará viviendo para Él?”
“También vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis.” (Lucas 12:40, RVR1960).
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Por el Dr. Elio M Rivera
La nación nació, pero el regreso apenas comenzaba
El 14 de mayo de 1948 nació oficialmente el moderno Estado de Israel. Sin embargo, aquel acontecimiento no significó que el pueblo judío ya estuviera reunido en su antigua tierra. La mayoría continuaba dispersa por Europa, Asia, África y América.
Israel había recuperado su existencia política, pero ahora enfrentaba otro enorme desafío: recibir a comunidades que habían permanecido separadas durante siglos, hablaban idiomas diferentes y procedían de culturas profundamente distintas.
En los años siguientes comenzaron a llegar sobrevivientes de Europa, familias procedentes de los países árabes, comunidades de África, judíos de la Unión Soviética y migrantes provenientes de América. El regreso no ocurrió desde una sola nación ni desde una única región. Llegaron literalmente desde numerosos lugares de la tierra.
Para muchos cristianos, este movimiento histórico resulta especialmente significativo porque los profetas no anunciaron únicamente que Israel recuperaría su tierra. También declararon que Dios reuniría a su pueblo desde diferentes países y desde los extremos del mundo.
“Del oriente te traeré, y del occidente te recogeré”
El profeta Isaías escribió:
“No temas, porque yo estoy contigo; del oriente traeré tu generación, y del occidente te recogeré. Diré al norte: Da acá; y al sur: No detengas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los confines de la tierra.”
(Isaías 43:5-6, RVR1960).
El lenguaje del pasaje es extraordinariamente amplio. Isaías menciona los cuatro puntos cardinales: oriente, occidente, norte y sur. Después añade una expresión todavía mayor: “de los confines de la tierra”.
Algunos intérpretes consideran que esta profecía se relacionó inicialmente con el regreso del cautiverio babilónico. Otros creen que aquel retorno fue solamente un cumplimiento parcial y que el lenguaje del pasaje contempla una reunión mucho más extensa.
El regreso desde Babilonia fue importante, pero no reunió a los judíos desde todos los puntos cardinales ni desde numerosos continentes. En cambio, el movimiento migratorio de los siglos XIX, XX y XXI ha traído a Israel personas procedentes de Europa, Asia, África, América y Oceanía.
“Los reuniré de los fines de la tierra”
Jeremías utilizó un lenguaje semejante:
“He aquí yo los hago volver de la tierra del norte, y los reuniré de los fines de la tierra.”
(Jeremías 31:8, RVR1960).
El capítulo treinta y uno de Jeremías combina restauración nacional, consuelo espiritual y renovación del pacto. Dios aparece como un Padre que no ha olvidado a su pueblo, aun después de disciplinarlo y permitir su dispersión.
Más adelante declara:
“El que esparció a Israel lo reunirá y guardará, como el pastor a su rebaño.”
(Jeremías 31:10, RVR1960).
La misma mano que permitió la dispersión sería la que abriría el camino para el regreso. La restauración no se presenta como resultado de la fortaleza humana de Israel, sino como parte de la fidelidad de Dios a sus propósitos.
“Os recogeré de todas las tierras”
Ezequiel fue todavía más directo:
“Yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país.”
(Ezequiel 36:24, RVR1960).
El profeta no habló únicamente de una restauración territorial. Después de anunciar el regreso, declaró que Dios limpiaría a su pueblo, le daría un corazón nuevo y pondría dentro de él un espíritu nuevo.
Esto resulta muy importante. El regreso físico a la tierra y la restauración espiritual aparecen relacionados, pero no necesariamente como acontecimientos simultáneos.
Muchos intérpretes consideran que el retorno nacional comenzó antes de que ocurriera una renovación espiritual completa. Otros entienden que la promesa alcanzará su cumplimiento pleno solamente en el futuro. En cualquier caso, el texto muestra que la restauración profética no termina con la posesión de un territorio: apunta también hacia una transformación interior.
Una parte considerable de los primeros inmigrantes modernos llegó desde Europa. Antes de 1948 arribaron judíos procedentes de Rusia, Polonia, Rumania, Alemania y otras regiones, muchos de ellos huyendo de persecuciones, pobreza, violencia antisemita o, posteriormente, de las consecuencias del Holocausto.
Entre 1948 y 1951, Israel recibió aproximadamente seiscientos ochenta y ocho mil inmigrantes, una cifra enorme para un país cuya población judía al momento de su independencia era de alrededor de seiscientos cincuenta mil habitantes. En apenas tres años, la población prácticamente se duplicó.
Llegaron sobrevivientes de los campos de concentración, personas desplazadas que habían perdido sus hogares y familias enteras que ya no encontraban seguridad en las naciones donde habían vivido durante generaciones.
No llegaban a una nación rica y preparada para recibirlos. Israel acababa de concluir una guerra, enfrentaba escasez de viviendas, alimentos, empleos e infraestructura. Aun así, abrió sus puertas y levantó campamentos temporales para albergar a quienes continuaban llegando.
El enorme regreso desde Rusia y la antigua Unión Soviética
Uno de los movimientos migratorios más grandes ocurrió desde la antigua Unión Soviética.
Durante gran parte del siglo XX, las autoridades soviéticas restringieron severamente la emigración. Muchos judíos que deseaban trasladarse a Israel no podían salir del país.
Pero a finales de la década de 1980, con el debilitamiento del sistema soviético, las puertas comenzaron a abrirse. Desde entonces entraron en Israel más de un millón doscientos mil inmigrantes, aproximadamente el ochenta y cinco por ciento de ellos procedentes de la antigua Unión Soviética.
Aquella inmigración transformó profundamente a Israel. Entre los recién llegados había médicos, ingenieros, músicos, científicos, maestros y especialistas en numerosas disciplinas.
Durante décadas parecía imposible que una comunidad atrapada detrás de la Cortina de Hierro pudiera salir en cantidades tan grandes. Sin embargo, las circunstancias políticas cambiaron y el camino se abrió.
La comunidad judía de Yemen era una de las más antiguas del mundo. Había conservado sus tradiciones durante muchos siglos, en ocasiones bajo condiciones de pobreza, aislamiento y persecución.
Entre 1949 y 1950 se organizó una operación aérea conocida como Operación Alfombra Mágica —también llamada Sobre alas de águilas— mediante la cual alrededor de cuarenta y nueve mil judíos yemenitas fueron trasladados a Israel.
Muchas familias abandonaron aldeas remotas, caminaron largas distancias y llegaron por primera vez a un aeropuerto. Algunos jamás habían visto un avión.
Para numerosos creyentes, aquellas imágenes recordaban las palabras de Isaías:
“¿Quiénes son éstos que vuelan como nubes, y como palomas a sus ventanas?”
(Isaías 60:8, RVR1960).
El pasaje debe interpretarse dentro de su propio contexto profético y no como una descripción técnica de aviones. Sin embargo, resulta comprensible que muchos cristianos hayan encontrado profundamente conmovedora la imagen de una antigua comunidad judía regresando por el aire a la tierra de sus antepasados.
La comunidad judía de Irak tenía raíces que se remontaban al cautiverio babilónico. Durante más de dos mil quinientos años hubo presencia judía en Mesopotamia.
Entre 1950 y 1951, mediante la Operación Esdras y Nehemías, más de ciento veinte mil judíos iraquíes fueron trasladados a Israel. Esa cifra representaba casi la totalidad de la antigua comunidad judía de Irak.
El nombre de la operación resultaba especialmente significativo. Esdras y Nehemías habían dirigido, muchos siglos antes, el regreso desde Babilonia hacia Jerusalén. Ahora, descendientes de aquella comunidad emprendían nuevamente el camino hacia la tierra de Israel.
El regreso desde Marruecos y el norte de África
Antes de la creación del Estado de Israel, Marruecos albergaba una de las comunidades judías más grandes del mundo islámico. En las décadas posteriores a 1948, cientos de miles de judíos procedentes de Marruecos, Argelia y Túnez emigraron a Israel.
Los registros históricos recopilados a partir de datos de la Oficina Central de Estadísticas de Israel sitúan la inmigración conjunta desde Marruecos, Argelia y Túnez en más de trescientas sesenta mil personas; solamente la inmigración procedente de Marruecos alcanzó varios cientos de miles.
Estos inmigrantes llevaron consigo antiguas costumbres sefardíes y norteafricanas, música, gastronomía, tradiciones religiosas y una profunda memoria comunitaria. Su integración no estuvo libre de dificultades, desigualdades ni tensiones culturales. La restauración de una nación formada por personas procedentes de tantos países fue un proceso humano complejo, no una historia sin sufrimiento.
Durante siglos, la comunidad conocida como Beta Israel vivió en Etiopía, separada de muchas otras comunidades judías y conservando una identidad religiosa particular.
En la década de 1980, miles emprendieron peligrosos viajes a pie hacia Sudán. Muchos murieron en el camino debido al hambre, las enfermedades y la violencia.
Entre noviembre de 1984 y enero de 1985, la Operación Moisés trasladó secretamente a Israel a unos ocho mil judíos etíopes.
En mayo de 1991, la Operación Salomón transportó a más de catorce mil personas en aproximadamente treinta y seis horas. Las inmigraciones continuaron posteriormente, y para 2022 residían en Israel alrededor de ciento sesenta y nueve mil personas de origen etíope, incluyendo tanto inmigrantes como sus hijos nacidos en el país.
Pocas escenas ilustran de manera tan poderosa la expresión profética “los reuniré de los fines de la tierra” como la llegada de familias que habían permanecido aisladas en las montañas de Etiopía durante generaciones.
El regreso desde Estados Unidos
La inmigración desde Estados Unidos ha sido diferente de otras grandes oleadas. En muchos casos no ha sido motivada por una expulsión masiva, una operación de rescate o la desaparición de la comunidad de origen.
Decenas de miles de judíos estadounidenses han emigrado voluntariamente a Israel por motivos religiosos, familiares, profesionales o nacionales. Los registros históricos sitúan en más de ciento veinte mil el número acumulado de inmigrantes procedentes de Estados Unidos desde 1948.
Esto demuestra que el regreso no ha ocurrido únicamente desde lugares de persecución. También han llegado personas procedentes de naciones prósperas, dejando voluntariamente condiciones de relativa seguridad para establecerse en Israel.
El regreso desde América Latina
También han emigrado a Israel comunidades procedentes de Argentina, Brasil, México, Uruguay, Chile, Venezuela, Colombia y otros países latinoamericanos.
Argentina ha aportado la mayor inmigración judía de América Latina. Los registros históricos superan los sesenta mil inmigrantes argentinos, mientras que Brasil ha aportado más de quince mil, además de miles procedentes de otras naciones de la región.
Algunos salieron durante períodos de crisis política, antisemitismo o inestabilidad económica. Otros llegaron por convicción religiosa, razones familiares o identificación con el Estado de Israel.
De esta manera, también desde el extremo occidental del mundo, familias judías han emprendido el regreso.
Un panorama estadístico del regreso
Las cifras deben considerarse aproximadas, porque varían según el período estudiado, la clasificación territorial y si se cuentan solamente los inmigrantes nacidos en cada país o también otros familiares elegibles. Sin embargo, permiten contemplar la magnitud del fenómeno:
| Región o país de procedencia | Inmigración histórica aproximada |
| Antigua Unión Soviética, Rusia y Ucrania | Más de 1,200,000 |
| Marruecos, Argelia y Túnez | Más de 360,000 |
| Rumania | Más de 270,000 |
| Polonia | Más de 170,000 |
| Irak | Más de 120,000 |
| Estados Unidos | Más de 120,000 |
| Etiopía | Más de 90,000 nacidos allí |
| Francia | Más de 80,000 |
| Argentina | Más de 60,000 |
| Yemen | Más de 50,000 |
| Brasil | Más de 15,000 |
Desde el establecimiento del Estado hasta 2016 habían llegado aproximadamente tres millones doscientos mil inmigrantes. Alrededor del cuarenta por ciento de ellos había nacido en la antigua Unión Soviética.
No estamos hablando, por tanto, de un pequeño movimiento regional. Estamos contemplando la reunión de personas provenientes de decenas de países, idiomas y culturas.
¿Se están cumpliendo las antiguas profecías?
¿Podemos afirmar que estos acontecimientos son el cumplimiento definitivo de Isaías 43, Jeremías 31 y Ezequiel 36?
La respuesta debe expresarse con prudencia.
Algunos estudiosos consideran que estas profecías se cumplieron principalmente cuando los judíos regresaron del cautiverio babilónico. Otros creen que aquel retorno fue un cumplimiento inicial, pero no agotó el significado de pasajes que hablan de una reunión desde numerosas naciones y desde los confines de la tierra.
También hay intérpretes cristianos que aplican estas promesas espiritualmente a la reunión del pueblo de Dios mediante el Mesías. Otros distinguen entre la Iglesia e Israel y esperan todavía una restauración nacional y espiritual más completa.
Este libro no pretende resolver todas esas diferencias. Pero sí desea señalar un hecho extraordinario: en nuestra época, judíos procedentes de los cuatro puntos cardinales han regresado a la tierra de Israel en cantidades que ninguna generación anterior contempló.
Israel y el escenario de los últimos tiempos
Para muchos cristianos, el regreso desde las naciones posee una relación directa con los acontecimientos de los últimos tiempos.
No porque permita fijar una fecha para el regreso de Cristo. Jesús declaró que nadie conoce el día ni la hora. Tampoco porque cada movimiento migratorio deba interpretarse automáticamente como una señal independiente.
Su importancia se encuentra en algo más profundo: numerosas profecías relacionadas con Jerusalén, Israel y el futuro del mundo presuponen la presencia del pueblo judío nuevamente en su tierra.
Durante casi dos mil años, ese escenario parecía imposible. En nuestra generación ha vuelto a existir.
No conocemos cuánto falta para el cumplimiento de las profecías que aún permanecen pendientes. Pero la historia moderna de Israel nos recuerda que aquello que parece imposible para una generación puede convertirse en realidad delante de la siguiente.
El propósito de estudiar estas profecías no es convertirnos en espectadores de los acontecimientos mundiales.
Podemos conocer las fechas de cada migración.
Podemos memorizar las cifras.
Podemos identificar los países de procedencia.
Podemos admirarnos ante las operaciones de rescate.
Y, sin embargo, permanecer espiritualmente dormidos.
La profecía bíblica no fue entregada solamente para aumentar nuestra información. Fue dada para despertar nuestra conciencia, fortalecer nuestra confianza en Dios y llevarnos a vivir preparados.
Cuando observamos que un pueblo dispersado durante siglos ha regresado desde Rusia, Europa, Yemen, Irak, Marruecos, Etiopía, Estados Unidos y América Latina, la pregunta no debe ser únicamente:
¿Estamos viendo el cumplimiento de la profecía?
También debemos preguntarnos:
¿Qué está produciendo en nosotros lo que estamos viendo?
Los profetas hablaron de un pueblo dispersado que sería reunido desde el oriente y el occidente, desde el norte y el sur, desde las naciones y desde los confines de la tierra.
Durante muchos siglos, esas palabras parecieron difíciles de imaginar. Pero hoy Israel está formado por familias procedentes de decenas de países. En sus ciudades conviven personas cuyos padres o abuelos nacieron en Rusia, Polonia, Irak, Yemen, Marruecos, Etiopía, Estados Unidos, Argentina y muchos otros lugares.
¿Es este el cumplimiento completo y definitivo de aquellas promesas? Tal vez todavía falten aspectos importantes, especialmente la restauración espiritual anunciada por los profetas.
Pero, como mínimo, estamos contemplando un acontecimiento que encaja de manera sorprendente con el escenario descrito por ellos.
Y esto debería llevarnos más allá de la curiosidad.
Si Dios ha preservado su Palabra durante siglos y ha dirigido la historia de maneras que generaciones anteriores no podían imaginar, entonces debemos tomar seriamente las promesas que todavía faltan por cumplirse.
No sabemos si pertenecemos a la última generación. Pero sí sabemos que debemos vivir como si Cristo pudiera llamarnos a rendir cuentas en cualquier momento.
La pregunta no es solamente dónde se encuentra Israel dentro del calendario profético.
La pregunta también es:
¿Dónde nos encontramos nosotros en nuestra relación con Dios?
¿Estamos despiertos?
¿Estamos cumpliendo la misión que Cristo nos confió?
¿Nos encontrará fieles cuando Él venga?
“Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor.”
(Mateo 24:42, RVR1960).
Referencias históricas y estadísticas
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Hasta este punto hemos estudiado lo que dicen las Escrituras acerca de la dispersión y el regreso del pueblo de Israel. Hemos visto cómo los profetas anunciaron que el pueblo sería esparcido entre las naciones y, posteriormente, reunido nuevamente en su tierra.
Pero surge una pregunta importante.
¿Es esta solamente una interpretación religiosa o los historiadores también reconocen que la supervivencia y el regreso del pueblo judío constituyen un acontecimiento extraordinario?
Para responder, dejaremos por un momento el terreno de la teología y escucharemos a algunos de los principales historiadores contemporáneos.
Los historiadores coinciden en que la historia está llena de naciones que surgieron, crecieron y desaparecieron.
Los imperios egipcio, asirio, babilónico, persa, griego y romano dominaron vastos territorios durante siglos.
Sin embargo, cuando perdieron su poder, ninguno volvió a surgir como el mismo Estado nacional después de casi dos mil años de ausencia.
Precisamente por eso, el caso de Israel despierta tanto interés entre especialistas en historia antigua y moderna.
El historiador británico Arnold J. Toynbee, uno de los más influyentes del siglo XX, estudió el nacimiento, desarrollo y desaparición de numerosas civilizaciones.
Aunque mantuvo posturas críticas respecto al sionismo y a algunas decisiones políticas del Estado de Israel, reconoció que la permanencia histórica del pueblo judío constituía un fenómeno poco común dentro de la historia de las civilizaciones.
Su análisis resulta especialmente interesante porque no escribía desde una perspectiva apologética cristiana. Su reconocimiento del carácter singular del pueblo judío nace de la comparación con decenas de civilizaciones antiguas.
En su conocida obra A History of the Jews, el historiador británico Paul Johnson presenta la historia judía como una de las más sorprendentes de la humanidad.
Johnson muestra cómo un pueblo relativamente pequeño logró conservar su identidad a través de exilios, persecuciones, expulsiones y dispersiones que habrían provocado la desaparición de la mayoría de las naciones antiguas.
Para él, la continuidad histórica del pueblo judío constituye uno de los fenómenos más llamativos de toda la civilización occidental.
El reconocido historiador británico Martin Gilbert, autor de numerosas obras sobre la historia de Israel y del pueblo judío, documentó detalladamente el proceso mediante el cual comunidades dispersas por todo el mundo regresaron a la tierra de sus antepasados.
Sus investigaciones muestran que la inmigración no procedió de una sola región, sino de decenas de países diferentes.
Rusia.
Etiopía.
Yemen.
Irak.
Marruecos.
América.
Asia Central.
Y muchas otras regiones.
Pocas veces la historia registra el regreso de un pueblo desde tantos lugares distintos hacia una misma tierra.
El historiador Walter Laqueur, especialista en el movimiento sionista y en la historia moderna de Israel, describe el establecimiento del Estado de Israel como uno de los acontecimientos políticos más importantes del siglo XX.
Sus investigaciones muestran que el regreso no fue el resultado de un único acontecimiento, sino de un proceso desarrollado durante décadas, impulsado por migraciones sucesivas, instituciones nacionales, esfuerzos agrícolas, desarrollo económico y acontecimientos internacionales.
Desde una perspectiva histórica, Laqueur presenta el nacimiento de Israel como un fenómeno extraordinariamente complejo y difícil de comparar con otros procesos nacionales.
Aquí encontramos uno de los argumentos históricos más importantes.
Muchas naciones recuperaron su independencia después de una ocupación extranjera.
Eso ocurrió con Polonia.
Con Grecia.
Con diversos países europeos.
Pero esos pueblos nunca dejaron de habitar su territorio durante casi dos mil años.
Nunca permanecieron dispersos por decenas de países durante veinte siglos para luego regresar masivamente a la tierra de sus antepasados.
Ahí radica la diferencia.
No fue solamente una independencia política.
Fue la restauración nacional de un pueblo que había sobrevivido durante generaciones sin un Estado propio.
Es cierto.
La historia registra numerosos desplazamientos de población.
Pero la mayoría terminó integrándose a otras culturas y perdió su identidad nacional.
El pueblo judío no solamente sobrevivió.
Conservó su identidad, su fe, parte de su idioma, sus Escrituras y la esperanza de regresar.
Nadie puede negar la enorme importancia del movimiento sionista en la restauración nacional de Israel.
Sin embargo, esa explicación responde al cómo ocurrió el proceso, no necesariamente al por qué un pueblo disperso durante casi dos mil años seguía existiendo y conservando el deseo de regresar.
Ambas preguntas pertenecen a niveles diferentes del análisis.
Desde la historia puede estudiarse como un acontecimiento político.
Desde la teología puede analizarse como parte del desarrollo de las profecías bíblicas.
Las dos aproximaciones no son incompatibles.
La historia describe los acontecimientos.
La profecía pregunta por su significado.
Resulta significativo que incluso historiadores que no escriben desde una perspectiva cristiana describan la supervivencia del pueblo judío como un fenómeno extraordinario.
No todos llegan a las mismas conclusiones acerca de su significado.
Pero muchos coinciden en que estamos ante un caso muy poco común en la historia de las naciones.
Eso debería llevarnos a reflexionar.
Si la historia reconoce que el regreso de Israel constituye un acontecimiento excepcional, y si las Escrituras anunciaron siglos antes una restauración del pueblo judío, ¿qué significado tiene todo esto para quienes vivimos en el siglo XXI?
No es necesario exagerar los hechos para reconocer que la historia de Israel posee características extraordinarias.
Un pueblo dispersado.
Dos mil años sin Estado.
La conservación de su identidad.
El regreso desde decenas de países.
El renacimiento de un idioma antiguo.
La restauración de una nación en la misma tierra de sus antepasados.
Todo ello ha despertado el interés de historiadores, arqueólogos, sociólogos y estudiosos durante generaciones.
Para muchos cristianos, estos hechos constituyen mucho más que una curiosidad histórica. Son un recordatorio de que Dios continúa dirigiendo la historia y de que sus promesas merecen ser tomadas en serio.
Pero el propósito de estas páginas no es únicamente admirar el pasado.
Es preguntarnos qué significa vivir en una generación que contempla acontecimientos que innumerables creyentes del pasado jamás llegaron a ver.
Porque las profecías no fueron dadas para satisfacer nuestra curiosidad.
Fueron dadas para fortalecer nuestra fe, despertar nuestra esperanza y motivarnos a vivir cada día preparados para el cumplimiento de las promesas que aún permanecen por delante.
Libro recomendado

Escuche música con propósito:
A lo largo de esta serie hemos examinado uno de los acontecimientos más extraordinarios de la historia moderna: la supervivencia del pueblo judío después de siglos de dispersión y el restablecimiento de una nación llamada Israel en la tierra de sus antepasados.
Hemos considerado las promesas pronunciadas por Moisés y los profetas. Hemos observado la destrucción de Jerusalén, la diáspora, la conservación de la identidad judía, el movimiento sionista, las sucesivas migraciones, el renacimiento del hebreo, la restauración nacional de 1948 y el regreso de comunidades procedentes de numerosos países.
Ahora debemos formular la pregunta que ha estado presente desde el comienzo:
¿Se cumplieron realmente las profecías sobre Israel?
La respuesta no debe construirse solamente sobre la emoción. Tampoco debemos forzar los acontecimientos para hacerlos coincidir con nuestra interpretación preferida. Si deseamos acercarnos a la profecía bíblica con seriedad, necesitamos comparar cuidadosamente lo que anunciaron las Escrituras con lo que ocurrió en la historia.
Mucho antes de que Israel perdiera su soberanía nacional, Moisés advirtió que, si el pueblo abandonaba el pacto con Dios, sería dispersado entre las naciones:
“Y Jehová te esparcirá por todos los pueblos, desde un extremo de la tierra hasta el otro extremo.”
(Deuteronomio 28:64, RVR1960).
La advertencia aparece nuevamente en otros pasajes. Israel sería arrancado de su tierra y llevado entre pueblos que no había conocido. Los profetas posteriores retomaron esta misma idea.
La dispersión no ocurrió en un solo momento. El reino del norte fue conquistado por Asiria en el siglo VIII a. C. Judá sufrió deportaciones bajo Babilonia, especialmente durante los siglos VII y VI a. C. Aunque una parte regresó después del decreto persa, importantes comunidades judías permanecieron fuera de la tierra.
Después de la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70 d. C. y de la derrota de la rebelión de Bar Kojba en el siglo II, la dispersión se amplió considerablemente. Con el paso de los siglos aparecieron comunidades judías en Europa, el norte de África, Mesopotamia, Persia, Yemen y, posteriormente, en América y otras regiones.
La diáspora judía se convirtió así en una realidad histórica que alcanzó numerosos territorios del mundo.
La Biblia anunció: dispersión entre las naciones.
La historia registra: una diáspora extensa y duradera.
Los profetas anunciaron juicio, pero también declararon que Dios no destruiría completamente al pueblo.
Jeremías escribió:
“Porque yo estoy contigo para salvarte, dice Jehová, y destruiré a todas las naciones entre las cuales te esparcí; pero a ti no te destruiré.”
(Jeremías 30:11, RVR1960).
El profeta no afirmó que Israel evitaría todo sufrimiento. Al contrario, anunció disciplina, pérdida y dispersión. Sin embargo, afirmó que el pueblo no sería eliminado por completo.
Durante siglos, las comunidades judías vivieron sometidas a expulsiones, restricciones legales, conversiones forzadas, persecuciones y masacres. El Holocausto llevó esta tragedia a una dimensión difícil de describir: aproximadamente seis millones de judíos fueron asesinados por la Alemania nazi y sus colaboradores.
Sin embargo, el pueblo judío no desapareció.
Conservó una identidad reconocible, sus Escrituras, sus tradiciones religiosas, su memoria histórica y la vinculación con Jerusalén. No todas las comunidades preservaron las mismas costumbres ni hablaron el mismo idioma. Existieron diferencias profundas entre judíos asquenazíes, sefardíes, mizrajíes, yemenitas, etíopes y otras comunidades. Aun así, continuaron reconociéndose como parte de un mismo pueblo.
La Biblia anunció: Israel sería disciplinado, pero no eliminado completamente.
La historia registra: la conservación de la identidad judía a pesar de persecuciones extraordinarias.
La dispersión no fue la última palabra de los profetas.
Moisés anunció:
“Entonces Jehová hará volver a tus cautivos, y tendrá misericordia de ti, y volverá a recogerte de entre todos los pueblos adonde te hubiere esparcido Jehová tu Dios.”
(Deuteronomio 30:3, RVR1960).
Isaías declaró:
“Del oriente traeré tu generación, y del occidente te recogeré.”
(Isaías 43:5, RVR1960).
Jeremías escribió:
“El que esparció a Israel lo reunirá y guardará, como el pastor a su rebaño.”
(Jeremías 31:10, RVR1960).
Y Ezequiel anunció:
“Yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país.”
(Ezequiel 36:24, RVR1960).
Desde finales del siglo XIX comenzaron importantes oleadas de inmigración judía hacia la región. El movimiento continuó durante el Mandato Británico y se intensificó después del establecimiento del Estado de Israel.
Entre 1948 y 1951 llegaron aproximadamente seiscientos ochenta y ocho mil inmigrantes, una cantidad semejante a toda la población judía que habitaba el nuevo Estado cuando proclamó su independencia. Durante la década de 1990 llegó otra oleada cercana al millón de personas, principalmente desde la antigua Unión Soviética.
Para 2024, la Oficina Central de Estadísticas de Israel registraba aproximadamente tres millones cuatrocientos sesenta mil inmigrantes llegados desde el establecimiento del Estado.
La Biblia anunció: regreso desde la dispersión.
La historia registra: un retorno gradual y sostenido hacia la tierra de Israel.
Los profetas no hablaron solamente de individuos regresando. En algunos pasajes describieron al pueblo reorganizado como una nación.
Ezequiel declaró:
“Y los haré una nación en la tierra, en los montes de Israel, y un rey será a todos ellos por rey.”
(Ezequiel 37:22, RVR1960).
Isaías planteó una pregunta sorprendente:
“¿Concebirá la tierra en un día? ¿Nacerá una nación de una sola vez?”
(Isaías 66:8, RVR1960).
El 14 de mayo de 1948, David Ben-Gurión proclamó el establecimiento del Estado de Israel. Desde aquella fecha volvió a existir un gobierno judío soberano con instituciones nacionales, ciudadanía, fuerzas armadas y relaciones diplomáticas.
El 11 de mayo de 1949, Israel fue admitido como miembro de las Naciones Unidas mediante la Resolución 273 de la Asamblea General.
El acontecimiento tuvo causas históricas y políticas claramente identificables: el sionismo, las migraciones, la diplomacia internacional, la terminación del Mandato Británico, la decisión de dirigentes concretos y las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Reconocer estas causas no impide que un creyente se pregunte si, a través de ellas, pudo desarrollarse un propósito providencial.
La Biblia anunció: restauración de Israel como nación.
La historia registra: el establecimiento del Estado de Israel en 1948.
Ezequiel presentó una imagen de ciudades reconstruidas y campos cultivados:
“La tierra asolada será labrada, en lugar de haber permanecido asolada a ojos de todos los que pasaron.”
(Ezequiel 36:34, RVR1960).
También declaró:
“Esta tierra que era asolada ha venido a ser como huerto del Edén.”
(Ezequiel 36:35, RVR1960).
Los inmigrantes establecieron comunidades agrícolas, desarrollaron sistemas de irrigación, cultivaron zonas áridas, drenaron áreas pantanosas e introdujeron nuevas técnicas de producción.
Israel llegó a desarrollar una agricultura altamente tecnificada, especializada en el uso eficiente del agua, el riego por goteo, el cultivo en climas secos y la investigación agrícola. Fuentes oficiales describen al país como poseedor de métodos agrícolas modernos y avanzados, especialmente adaptados a condiciones de escasez hídrica y aridez.
No debemos exagerar afirmando que toda la región había estado completamente deshabitada o sin cultivo antes del sionismo. Existían ciudades, aldeas y comunidades árabes que trabajaban la tierra. El desarrollo moderno debe describirse con precisión y sin borrar la presencia de otros habitantes.
Lo extraordinario no es que antes no existiera ninguna actividad agrícola, sino la velocidad y amplitud con que un territorio de recursos limitados desarrolló agricultura intensiva, nuevas poblaciones e infraestructura hidráulica moderna.
La Biblia anunció: reconstrucción de ciudades y nueva productividad de la tierra.
La historia registra: una profunda transformación agrícola y tecnológica.
Isaías no limitó el regreso a Babilonia:
“Diré al norte: Da acá; y al sur: No detengas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los confines de la tierra.”
(Isaías 43:6, RVR1960).
Jeremías habló de una reunión desde “los fines de la tierra”, y Ezequiel declaró que serían recogidos “de todas las tierras”.
A Israel llegaron comunidades procedentes de Europa oriental y occidental, Rusia, Ucrania, Irak, Yemen, Marruecos, Túnez, Etiopía, Irán, India, Estados Unidos, Argentina, Brasil y muchos otros países.
No se trató de un único regreso desde una región vecina, sino de una inmigración mundial. Las mayores oleadas ocurrieron entre 1948 y 1951 y durante la década de 1990, pero el movimiento ha continuado desde el establecimiento del Estado.
La Biblia anunció: reunión desde numerosos países y puntos cardinales.
La historia registra: inmigración judía desde múltiples continentes.
| La Biblia anunció | La historia moderna registra |
| Dispersión entre las naciones | La diáspora judía |
| Conservación del pueblo a pesar del juicio | Permanencia de la identidad judía |
| Regreso a la tierra de sus antepasados | Retorno gradual desde finales del siglo XIX |
| Restauración nacional | Establecimiento del Estado de Israel en 1948 |
| Reconstrucción y productividad de la tierra | Desarrollo agrícola, urbano y tecnológico |
| Regreso desde muchos países | Inmigración desde Europa, Asia, África y América |
Para millones de cristianos, la respuesta es afirmativa. Consideran que la historia moderna de Israel representa un cumplimiento notable —aunque posiblemente todavía incompleto— de las antiguas promesas proféticas.
La sucesión de acontecimientos les parece demasiado precisa para ser ignorada:
Un pueblo sería dispersado.
No desaparecería.
Regresaría a su antigua tierra.
Volvería desde diferentes naciones.
La tierra sería cultivada nuevamente.
Y el pueblo volvería a existir como nación.
Quienes sostienen esta interpretación no afirman necesariamente que todas las profecías relacionadas con Israel hayan alcanzado su consumación. Muchos distinguen entre una restauración nacional ya iniciada y una restauración espiritual que todavía permanece pendiente.
Ezequiel 36 no termina cuando el pueblo regresa a la tierra. Después del retorno, Dios promete:
“Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados.”
(Ezequiel 36:25, RVR1960).
También declara:
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.”
(Ezequiel 36:26, RVR1960).
Por esa razón, muchos intérpretes creen que la restauración moderna de Israel constituye una primera etapa, pero no el cumplimiento completo de la profecía. El retorno geográfico y la soberanía nacional han ocurrido, pero la transformación espiritual descrita por Ezequiel no puede declararse cumplida de manera plena.
Esta distinción nos protege de una conclusión apresurada. La existencia del Estado de Israel no significa que cada decisión de sus gobiernos sea justa, que todos sus ciudadanos vivan de acuerdo con Dios o que el Estado moderno deba identificarse sin matices con todo lo anunciado por los profetas.
La Biblia misma nunca presentó a Israel como una nación incapaz de pecar. Los profetas que anunciaron su restauración también denunciaron su injusticia, idolatría y dureza de corazón.
Esta es una objeción seria.
Después del decreto de Ciro, una parte de los judíos regresó desde Babilonia, reconstruyó Jerusalén y levantó nuevamente el templo. Por ello, algunos intérpretes consideran que pasajes como Jeremías 30–31 y Ezequiel 36 se refieren principalmente a ese retorno.
Sin embargo, otros observan que el lenguaje profético parece ir más allá de Babilonia. Se habla de regreso desde todos los puntos cardinales, de una reunión desde muchas tierras, de una transformación espiritual profunda y de una seguridad que no parece haber alcanzado su plenitud durante el período posterior al exilio.
Una interpretación equilibrada puede reconocer que el regreso desde Babilonia constituyó un cumplimiento histórico real y, al mismo tiempo, considerar la posibilidad de un cumplimiento progresivo o más amplio.
El movimiento sionista, las instituciones judías, la compra de tierras, la diplomacia internacional y las decisiones políticas fueron fundamentales en el establecimiento del Estado.
Pero esta explicación solamente identifica los medios históricos.
En la Biblia, los acontecimientos anunciados por Dios casi siempre se desarrollan mediante decisiones humanas, gobiernos, guerras, migraciones y procesos políticos. La existencia de causas naturales o históricas no demuestra por sí misma que un acontecimiento carezca de significado providencial.
La verdadera pregunta no es si hubo causas humanas. Evidentemente las hubo. La pregunta es si el resultado histórico puede formar parte de un propósito más amplio que ya había sido anunciado en las Escrituras.
Esto es correcto. Millones de judíos continúan viviendo fuera de Israel, especialmente en Estados Unidos, Europa y América Latina.
Por tanto, no podemos afirmar que toda expresión profética sobre la reunión haya alcanzado su cumplimiento absoluto. El retorno puede entenderse como un proceso todavía en desarrollo o como una anticipación de una reunión futura más completa.
El cumplimiento parcial no debe presentarse como cumplimiento total.
Una presentación históricamente responsable no debe ignorar esta realidad.
La guerra de 1948 produjo la huida o expulsión de cientos de miles de árabes palestinos y originó una crisis de refugiados cuyas consecuencias permanecen hasta nuestros días. La restauración nacional judía fue vivida por el pueblo judío como independencia y supervivencia; para los palestinos, el mismo período se convirtió en una tragedia nacional.
Reconocer la posible relevancia profética de Israel no exige negar el sufrimiento de otro pueblo. La fidelidad a la Biblia nunca debe convertirnos en personas indiferentes ante la injusticia, la pérdida de hogares, la muerte de civiles o el dolor humano.
Podemos afirmar que Dios mantiene sus propósitos con Israel y, al mismo tiempo, pedir justicia, misericordia y paz para judíos y palestinos.
La respuesta más prudente sería esta:
Existen correspondencias históricas extraordinarias entre lo anunciado por los profetas y lo ocurrido con el pueblo judío en la época moderna.
La dispersión ocurrió.
La identidad del pueblo se conservó.
El regreso comenzó.
La nación fue restablecida.
La tierra experimentó una profunda transformación.
Millones llegaron desde numerosos países.
Para muchos cristianos, estos hechos constituyen un cumplimiento profético notable. Para otros, representan un proceso parcial que todavía espera su consumación espiritual y escatológica. Otros intérpretes consideran que las promesas se cumplieron principalmente después del exilio babilónico o que alcanzan su expresión final en el pueblo redimido de Dios.
El desacuerdo interpretativo existe y debe reconocerse con respeto. Pero ninguna postura elimina el carácter excepcional de los acontecimientos históricos.
¿Qué relación tiene todo esto con los últimos tiempos?
Durante muchos siglos, diversos pasajes proféticos relacionados con Israel, Jerusalén y las naciones parecían difíciles de imaginar de manera literal. Israel no existía como Estado soberano y el pueblo judío estaba disperso.
Desde 1948, ese escenario cambió.
Israel volvió a existir como nación. Jerusalén regresó al centro de la política mundial. Millones de judíos volvieron a la tierra y las naciones discuten constantemente asuntos relacionados con ella.
Esto no nos autoriza a establecer fechas para el regreso de Jesucristo. Tampoco significa que cada conflicto de Israel sea el cumplimiento directo de una profecía específica. Jesús advirtió claramente que nadie conoce el día ni la hora.
Pero sí significa que vivimos en un escenario histórico que generaciones anteriores difícilmente podían imaginar.
Es posible estudiar la restauración de Israel, conocer cada fecha, memorizar cada profecía y discutir cada interpretación sin permitir que nada cambie dentro de nosotros.
Podemos observar los acontecimientos del Medio Oriente con fascinación y, al mismo tiempo, descuidar nuestra comunión con Dios.
Podemos hablar del regreso de Cristo sin vivir preparados.
Podemos defender la profecía y abandonar la santidad.
Podemos estudiar las señales y olvidar la misión.
Jesús nunca presentó las señales de los tiempos como entretenimiento religioso. Sus advertencias siempre estuvieron acompañadas de llamados a velar, orar, perseverar, servir y permanecer fieles.
“Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo.”
(Marcos 13:33, RVR1960).
Esta es la pregunta con la que debe concluir nuestra investigación.
Mientras contemplamos el regreso de Israel, ¿estamos nosotros regresando a Dios?
Mientras vemos cómo una nación recuperó su identidad, ¿recordamos nuestra propia identidad como discípulos de Jesucristo?
Mientras estudiamos el cumplimiento de antiguas promesas, ¿estamos cumpliendo la misión que el Señor nos dejó?
Mientras esperamos su venida, ¿estamos anunciando el evangelio?
Mientras hablamos de profecía, ¿estamos amando a nuestros enemigos, sirviendo al necesitado y viviendo en santidad?
El estudio de la profecía que no transforma nuestra manera de vivir ha perdido su propósito principal.
La historia del pueblo de Israel constituye uno de los fenómenos nacionales más extraordinarios de la humanidad.
Un pueblo dispersado entre numerosas naciones conservó su identidad durante siglos, regresó gradualmente a la tierra de sus antepasados, recuperó su soberanía nacional, volvió a utilizar su antigua lengua como idioma cotidiano y recibió a millones de inmigrantes procedentes de diferentes continentes.
Para millones de cristianos, la restauración del Estado de Israel representa un notable cumplimiento de las antiguas promesas proféticas registradas en las Escrituras. Otros intérpretes entienden estos pasajes de manera diferente, los relacionan principalmente con el regreso de Babilonia, los aplican espiritualmente al pueblo de Dios o esperan una consumación todavía futura.
Sea cual sea la postura que adoptemos, el regreso de un pueblo disperso durante casi dos mil años y el restablecimiento de una nación en su antigua tierra constituyen un acontecimiento histórico sin muchos paralelos.
No sabemos con certeza en qué punto exacto del calendario profético nos encontramos. La Biblia no nos permite señalar una fecha para el fin.
Pero sí sabemos que la historia avanza.
Las promesas de Dios no han perdido su fuerza.
Cristo volverá.
Y cada generación será llamada a rendir cuentas delante de Él.
Por eso, la pregunta final de este libro no debe ser solamente:
¿Se cumplieron realmente las profecías sobre Israel?
La pregunta que debe penetrar nuestro corazón es:
Si estamos contemplando acontecimientos que podrían estar preparando el escenario de los últimos tiempos, ¿qué estamos haciendo nosotros con la vida, el tiempo y la misión que Dios nos ha confiado?
“También vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis.”
(Lucas 12:40, RVR1960).
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Jerusalén no es una de las ciudades más grandes del mundo. No posee la extensión territorial de las grandes capitales ni ha sido siempre el centro económico o militar de las naciones. Sin embargo, pocas ciudades han ejercido una influencia religiosa, histórica y política comparable.
En Jerusalén se levantó el templo de Israel. Allí ministraron sacerdotes y profetas. Allí tuvieron lugar acontecimientos centrales de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Y hacia esa ciudad apuntan numerosas profecías relacionadas con el futuro.
Cuando Jesús habló acerca de Jerusalén, no describió solamente lo que ocurriría en los años inmediatamente posteriores a su ministerio. Sus palabras parecían extenderse desde la destrucción de la ciudad hasta un período mucho más amplio de la historia.
Jesús declaró:
“Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan.”
(Lucas 21:24, RVR1960).
Este versículo contiene tres anuncios:
Primero, muchos habitantes caerían durante una guerra.
Segundo, otros serían llevados cautivos entre las naciones.
Tercero, Jerusalén sería hollada por los gentiles durante un período determinado.
La expresión “hasta que” es especialmente importante. Sugiere que el dominio gentil sobre Jerusalén no continuaría indefinidamente. Existiría un límite dentro del propósito soberano de Dios.
Jesús pronunció estas palabras después de anunciar la destrucción del templo. Sus discípulos admiraban la belleza de aquel edificio, pero Él les advirtió:
“En cuanto a estas cosas que veis, días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra, que no sea destruida.”
(Lucas 21:6, RVR1960).
La primera parte de la profecía se cumplió de una manera dramática en el año 70 d. C., cuando las legiones romanas dirigidas por Tito conquistaron Jerusalén y destruyeron el templo.
La ciudad sufrió enormes pérdidas, muchos de sus habitantes murieron y otros fueron esclavizados o dispersados. La destrucción romana marcó el comienzo de una etapa prolongada en la que Jerusalén permaneció bajo el control de diferentes poderes gentiles.
Después de la conquista romana, Jerusalén pasó por las manos de distintos imperios y gobiernos.
Fue gobernada por Roma.
Después por el Imperio bizantino.
Más tarde por gobernantes musulmanes.
Fue ocupada por los cruzados.
Regresó al dominio musulmán.
Posteriormente quedó bajo el Imperio otomano.
Después de la Primera Guerra Mundial fue administrada por el Reino Unido.
Durante muchos siglos, el pueblo judío no tuvo soberanía sobre la ciudad. Había presencia judía en Jerusalén en diferentes épocas, pero no existía un gobierno nacional judío que controlara sus antiguos lugares históricos.
Para numerosos intérpretes, esta larga sucesión de gobiernos extranjeros constituye una expresión histórica de las palabras: “Jerusalén será hollada por los gentiles.”
Cuando se proclamó el Estado de Israel el 14 de mayo de 1948, Jerusalén se convirtió inmediatamente en uno de los principales escenarios de la guerra.
Al terminar el conflicto, la ciudad quedó dividida. Israel controló la parte occidental, mientras que Jordania quedó en posesión de Jerusalén oriental, incluyendo la Ciudad Vieja, el Muro Occidental y el área del antiguo templo.
Por tanto, aunque Israel había vuelto a existir como nación, los lugares más importantes de la Jerusalén bíblica permanecían fuera de su control.
La Ciudad Vieja estuvo bajo dominio jordano desde 1948 hasta 1967.
En junio de 1967 estalló la guerra entre Israel y varios Estados árabes, principalmente Egipto, Jordania y Siria. El conflicto, conocido como la Guerra de los Seis Días, comenzó el 5 de junio y concluyó el día 10.
Durante los combates, las fuerzas israelíes entraron en Jerusalén oriental. El 7 de junio, paracaidistas israelíes atravesaron la Puerta de los Leones y tomaron el control de la Ciudad Vieja. Ese mismo día quedó bajo control israelí el área del Monte del Templo y del Muro Occidental.
Para el pueblo judío, aquel momento poseía una enorme carga histórica y emocional. Después de siglos sin soberanía nacional y de diecinueve años sin acceso al Muro Occidental, soldados israelíes entraron nuevamente en el corazón de la Jerusalén antigua.
La ciudad quedó desde entonces bajo control israelí, aunque su soberanía y situación jurídica continúan siendo objeto de una profunda controversia internacional. Israel considera Jerusalén su capital unificada; los palestinos reclaman Jerusalén oriental como capital de un futuro Estado, y gran parte de la comunidad internacional no reconoce la anexión israelí de la parte oriental.
Después de la Guerra de los Seis Días, muchos intérpretes cristianos comenzaron a preguntarse si los acontecimientos de 1967 estaban relacionados con Lucas 21:24.
La pregunta parecía inevitable:
Si Jerusalén ya no estaba bajo el gobierno exclusivo de una nación gentil, ¿significaba esto que los tiempos de los gentiles habían terminado o estaban próximos a cumplirse?
Algunos respondieron afirmativamente. Consideraron que 1967 marcó el cumplimiento de las palabras de Jesús o, por lo menos, el comienzo de una nueva etapa profética.
Otros han sido más cautelosos. Señalan que Jesús no dijo simplemente que Jerusalén volvería a estar bajo control judío, sino que habló de la consumación de “los tiempos de los gentiles”, una expresión cuyo significado puede ser más amplio que el gobierno político de la ciudad.
Además, el área del Monte del Templo conserva una administración religiosa musulmana, mientras que su situación política continúa siendo una de las cuestiones más disputadas del mundo. Por esa razón, algunos creen que 1967 fue un cambio importante, pero no el cumplimiento completo de Lucas 21:24.
La expresión puede interpretarse de diferentes maneras.
Según esta posición, los tiempos de los gentiles son los siglos durante los cuales Jerusalén estaría gobernada por pueblos no judíos.
Quienes adoptan esta interpretación consideran que el control israelí de la Ciudad Vieja en 1967 representa una correspondencia notable con la palabra “hasta” pronunciada por Jesús.
Después de siglos de gobierno romano, bizantino, musulmán, cruzado, otomano, británico y jordano, Jerusalén quedó nuevamente bajo un gobierno judío.
Otros intérpretes relacionan Lucas 21:24 con una etapa más extensa de la historia en la que las naciones gentiles ejercen predominio político antes del establecimiento pleno del reino de Dios.
Según esta posición, 1967 pudo ser una señal importante, pero los tiempos de los gentiles no terminarán completamente sino hasta la intervención final de Dios y el regreso de Jesucristo.
Algunos relacionan la expresión con el tiempo durante el cual el evangelio es anunciado entre las naciones.
Pablo empleó una expresión semejante cuando habló de la entrada de la “plenitud de los gentiles” antes de una futura obra de Dios con Israel:
“Ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles.”
(Romanos 11:25, RVR1960).
Aunque Lucas 21 y Romanos 11 no utilizan exactamente la misma frase ni necesariamente describen el mismo acontecimiento, muchos intérpretes consideran que ambos pasajes señalan un período definido dentro del plan de Dios para Israel y las naciones.
Debemos evitar afirmar más de lo que el texto permite. Jesús no mencionó el año 1967 ni describió detalladamente una guerra de seis días.
Sin embargo, también sería difícil ignorar la importancia histórica del acontecimiento.
Durante siglos, Jerusalén estuvo bajo gobiernos gentiles.
Después de 1948, Israel controló solamente la parte occidental.
En 1967, la Ciudad Vieja y los lugares relacionados con la historia bíblica quedaron bajo control israelí.
Por primera vez desde la antigüedad, un Estado judío soberano gobernaba el área de la antigua Jerusalén.
Esta correspondencia no demuestra por sí sola que Lucas 21:24 se haya cumplido completamente. Pero sí explica por qué numerosos estudiantes de la profecía consideran 1967 una fecha decisiva en el desarrollo del escenario bíblico.
Jesús no afirmó explícitamente en Lucas 21:24 que Jerusalén se convertiría en la ciudad más importante del mundo. Sin embargo, sus palabras indican que su situación permanecería vinculada al desarrollo de los tiempos proféticos.
Eso es precisamente lo que observamos.
Jerusalén se encuentra en el centro del conflicto israelí-palestino.
Su soberanía es discutida por gobiernos y organizaciones internacionales.
Sus lugares sagrados son reverenciados por judíos, cristianos y musulmanes.
Cualquier cambio en la Ciudad Vieja o en el Monte del Templo puede producir reacciones internacionales.
Aunque Jerusalén es pequeña comparada con otras capitales, ocupa un lugar desproporcionadamente grande en la conciencia religiosa y política del mundo.
La importancia profética de Jerusalén no depende únicamente de Lucas 21.
Zacarías anunció un tiempo en el que Jerusalén se convertiría en motivo de tensión para las naciones:
“He aquí yo pongo a Jerusalén por copa que hará temblar a todos los pueblos de alrededor.”
(Zacarías 12:2, RVR1960).
También declaró:
“Y en aquel día yo pondré a Jerusalén por piedra pesada a todos los pueblos.”
(Zacarías 12:3, RVR1960).
Jesús habló de acontecimientos relacionados con Judea y Jerusalén. Pablo habló de una futura obra de Dios con Israel. Apocalipsis también menciona la ciudad en el desarrollo de los acontecimientos finales.
Para quienes interpretan estos pasajes de manera futura, la restauración de Israel y el regreso de Jerusalén al centro de la atención mundial no constituyen detalles secundarios. Son elementos necesarios para que el escenario descrito por los profetas vuelva a ser históricamente posible.
La Guerra de los Seis Días puede explicarse históricamente mediante decisiones militares, tensiones regionales, alianzas políticas y movimientos de los ejércitos.
Pero una explicación histórica no impide una reflexión teológica.
La Biblia muestra repetidamente que Dios puede desarrollar sus propósitos por medio de reyes, imperios, guerras y decisiones humanas, aun cuando sus protagonistas no sean conscientes de estar participando en ellos.
Por eso, la pregunta no es si hubo causas militares y políticas. Evidentemente las hubo.
La pregunta es:
¿Puede un acontecimiento plenamente histórico formar también parte del desarrollo de un escenario anunciado por la profecía?
Para millones de cristianos, la respuesta es sí.
Reconocer que Jerusalén puede tener una función dentro del propósito profético de Dios no significa aprobar automáticamente cada decisión de los gobiernos israelíes.
Tampoco significa negar los derechos, la dignidad o el sufrimiento de la población palestina.
La Biblia nunca enseña que un gobierno humano sea incapaz de cometer injusticias. Los profetas que anunciaron la restauración de Israel también denunciaron con firmeza el pecado, la opresión y el derramamiento de sangre.
Por tanto, podemos reconocer la importancia profética de Jerusalén y, al mismo tiempo, orar por justicia, misericordia, reconciliación y paz para todos los habitantes de la región.
No podemos responder con una fecha.
No sabemos cuánto falta para el regreso de Jesucristo.
No podemos afirmar con absoluta certeza que 1967 cumplió de manera completa Lucas 21:24.
Pero sí podemos reconocer algo extraordinario.
Jesús habló de Jerusalén.
Anunció su destrucción.
Predijo la dispersión de sus habitantes.
Declaró que sería hollada por los gentiles.
Y estableció un límite mediante la palabra “hasta”.
Casi dos mil años después, Jerusalén volvió a estar bajo el control de un Estado judío y regresó al centro de las tensiones internacionales.
Esto no debería conducirnos al sensacionalismo, pero tampoco a la indiferencia.
Podemos analizar mapas de Jerusalén.
Podemos estudiar la Guerra de los Seis Días.
Podemos discutir el significado de los tiempos de los gentiles.
Podemos seguir cada noticia relacionada con el Monte del Templo.
Y, sin embargo, permanecer espiritualmente dormidos.
Jesús no pronunció estas palabras para convertir a sus discípulos en simples observadores de acontecimientos políticos. Su discurso terminó con un llamado urgente:
“Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre.”
(Lucas 21:36, RVR1960).
El énfasis de Jesús no estuvo solamente en lo que ocurriría con Jerusalén. Estuvo también en la condición espiritual de quienes observarían el desarrollo de estas cosas.
Durante casi dos mil años, Jerusalén permaneció bajo el control de diferentes poderes gentiles. En 1948 volvió a existir un Estado judío, pero la Ciudad Vieja continuó bajo dominio jordano. El 7 de junio de 1967, durante la Guerra de los Seis Días, Israel tomó el control de Jerusalén oriental y de la Ciudad Vieja.
Para muchos intérpretes, aquel acontecimiento marcó un cambio importante en el escenario profético anunciado por Jesús. Otros consideran que los tiempos de los gentiles todavía no han terminado o que solo concluirán con el regreso de Cristo.
No necesitamos resolver cada detalle para reconocer que estamos contemplando algo extraordinario.
La ciudad sobre la cual hablaron los profetas.
La ciudad donde Jesucristo murió y resucitó.
La ciudad cuya destrucción Él anunció.
La ciudad que permaneció bajo dominio extranjero durante siglos.
Esa ciudad ha vuelto a ocupar el centro de la historia mundial.
La pregunta no es solamente qué significa Jerusalén en el calendario profético.
La pregunta es:
¿Qué significa para nosotros vivir en una época en la que el escenario descrito por Jesús vuelve a ser históricamente posible?
Tal vez no podamos afirmar que hemos llegado al último minuto del reloj profético. Pero tampoco deberíamos vivir como si la historia no se estuviera moviendo hacia ninguna parte.
Cristo nos llamó a levantar la cabeza.
A velar.
A orar.
A vivir en santidad.
A anunciar el evangelio.
A no permitir que los afanes de esta vida endurezcan nuestro corazón.
Mientras Jerusalén vuelve al centro de la atención del mundo, cada creyente debería hacerse una pregunta profundamente personal:
Si las palabras de Jesús se están desarrollando delante de nuestra generación, ¿estoy viviendo preparado para encontrarme con Él?
“Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca.”
(Lucas 21:28, RVR1960).
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Por el Dr. Elio M Rivera
La señal que Jesús mandó observar
En su discurso acerca de los acontecimientos finales, Jesús presentó una señal sencilla, pero profundamente significativa. Después de hablar de guerras, engaño religioso, persecución, conmoción entre las naciones y acontecimientos relacionados con Jerusalén, dirigió la atención de sus discípulos hacia una higuera.
“De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.”
(Mateo 24:32-33, RVR1960).
Jesús no utilizó esta imagen para llenar el discurso con una simple observación agrícola. La higuera poseía una profunda resonancia bíblica para sus oyentes. A lo largo de las Escrituras, aparece relacionada con Israel, su condición espiritual, su juicio y su restauración.
Por eso, cuando Jesús habló de una higuera cuyas ramas volverían a enternecerse y cuyas hojas comenzarían a brotar, estaba señalando proféticamente el renacimiento de Israel.
La higuera como símbolo de Israel
La relación entre Israel y la higuera no fue inventada por intérpretes modernos. Se encuentra dentro del lenguaje de los profetas.
Oseas escribió:
“Como uvas en el desierto hallé a Israel; como la fruta temprana de la higuera en su principio vi a vuestros padres.”
(Oseas 9:10, RVR1960).
Jeremías también utilizó higos para representar al pueblo de Judá. En Jeremías 24, las dos canastas de higos simbolizaban a diferentes grupos de israelitas y mostraban la manera en que Dios trataría con ellos.
La higuera podía representar bendición, seguridad y prosperidad:
“Y se sentará cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá quien los amedrente.”
(Miqueas 4:4, RVR1960).
Pero también podía representar esterilidad espiritual y juicio. Por eso, la imagen de una higuera que pierde su fruto y después vuelve a brotar encaja de manera poderosa con la historia de Israel.
La higuera que tenía hojas, pero no fruto
Poco antes de pronunciar el discurso profético de Mateo 24, Jesús realizó una acción que ayuda a comprender el significado de la higuera.
“Y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella, y no halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: Nunca jamás nazca de ti fruto.”
(Mateo 21:19, RVR1960).
Aquella higuera tenía apariencia, pero no fruto. Sus hojas prometían algo que no podía entregar.
La acción de Jesús ocurrió en el contexto de su entrada en Jerusalén, la purificación del templo y la confrontación con los dirigentes religiosos. No fue simplemente una reacción contra un árbol. Fue una señal profética.
Israel poseía el templo, las ceremonias, la Ley y una estructura religiosa impresionante, pero sus dirigentes rechazaban al Mesías. Había hojas, pero no fruto.
El juicio se aproximaba.
La nación fue cortada de su soberanía
En el año 70 d. C., Jerusalén fue destruida por los romanos. El templo fue arrasado y una gran cantidad de habitantes murió o fue llevada cautiva.
Después de la rebelión de Bar Kojba, en el siglo II, la dispersión se intensificó. El pueblo judío perdió su soberanía, quedó esparcido entre las naciones y permaneció durante siglos sin un Estado propio.
La higuera parecía seca.
No había gobierno judío.
No había ejército nacional.
No había soberanía territorial.
No existía un Estado llamado Israel.
Jerusalén estaba bajo dominio extranjero.
Desde una perspectiva puramente humana, el regreso de Israel parecía imposible.
Aunque Israel perdió su tierra y su soberanía, el pueblo no desapareció.
Los judíos conservaron su identidad, sus Escrituras, sus costumbres, su memoria histórica y su vínculo con Jerusalén. En cada generación continuaron recordando la tierra de sus antepasados.
Durante casi dos mil años estuvieron dispersos en Europa, Asia, África y América, pero no fueron absorbidos completamente por las naciones.
La higuera había perdido sus ramas visibles de soberanía nacional, pero la raíz permanecía viva.
La rama comenzó a enternecerse
A finales del siglo XIX comenzó un proceso extraordinario.
Miles de judíos regresaron a la tierra de sus antepasados. Se compraron terrenos, se fundaron comunidades agrícolas, se levantaron ciudades y el idioma hebreo volvió a utilizarse como lengua cotidiana.
La rama comenzaba a enternecerse.
Lo que durante siglos había parecido muerto empezó a mostrar señales de vida.
El pueblo regresaba.
La tierra era cultivada.
El idioma revivía.
La identidad nacional se fortalecía.
El escenario estaba siendo preparado.
El 14 de mayo de 1948 brotaron las hojas
El momento decisivo llegó el 14 de mayo de 1948.
Ese día, David Ben-Gurión proclamó el nacimiento del moderno Estado de Israel. Después de casi dos mil años sin soberanía nacional, el pueblo judío volvió a existir como nación en la tierra de sus antepasados.
La higuera había reverdecido.
Israel volvió al mapa.
Aquello no fue solamente un acontecimiento político. Fue el cumplimiento visible de un escenario profético que durante siglos parecía imposible.
Jesús había hablado de una higuera que volvería a brotar. En 1948, Israel renació como nación.
En 1948 Israel recuperó su existencia nacional, pero Jerusalén quedó dividida. La Ciudad Vieja y los principales lugares bíblicos permanecieron bajo control jordano.
En junio de 1967, durante la Guerra de los Seis Días, Israel tomó el control de Jerusalén oriental y de la Ciudad Vieja.
El Muro Occidental volvió a quedar accesible para el pueblo judío y Jerusalén regresó al centro de la atención mundial.
La higuera no solamente había brotado. La ciudad relacionada con las profecías finales volvía a ocupar el lugar que las Escrituras habían anunciado.
“Cuando veáis todas estas cosas”
Jesús no habló de una señal aislada. Dijo:
“Cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.”
(Mateo 24:33, RVR1960).
La restauración de Israel debe observarse dentro de la convergencia de los acontecimientos descritos por la Biblia.
Israel volvió a existir.
Jerusalén regresó al centro del conflicto internacional.
El pueblo judío volvió desde numerosas naciones.
La tierra fue reconstruida.
El evangelio se ha extendido por regiones del mundo que durante siglos permanecieron fuera de su alcance.
Las naciones se encuentran cada vez más conectadas y los acontecimientos mundiales pueden desarrollarse con una velocidad desconocida para generaciones anteriores.
El brote de la higuera no significa que podamos señalar el día exacto, pero sí declara que la estación ha cambiado.
No es tiempo de seguir durmiendo
El error de muchos creyentes consiste en observar estos acontecimientos como si fueran simples noticias internacionales.
Israel renació.
Jerusalén volvió al centro de la historia.
Las antiguas profecías se desarrollan delante de nuestros ojos.
Y, sin embargo, podemos continuar viviendo como si nada estuviera ocurriendo.
Jesús no entregó la parábola de la higuera para provocar debates interminables, sino para despertar a su pueblo.
Cuando las hojas aparecen, el agricultor sabe que el verano se acerca. No necesita que alguien lo convenza. La evidencia está delante de él.
De la misma manera, el renacimiento de Israel nos dice que la historia se encuentra avanzando hacia el cumplimiento de los propósitos de Dios.
Reconocer el cumplimiento de la señal no significa que podamos calcular el día del regreso de Cristo.
Jesús declaró:
“Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre.”
(Mateo 24:36, RVR1960).
La higuera permite reconocer la estación, pero no calcular el minuto exacto.
Sabemos que el verano está cerca porque las hojas han brotado. No sabemos el día preciso en que cada acontecimiento final ocurrirá.
Por eso, debemos rechazar los cálculos que han intentado determinar la fecha del regreso de Cristo a partir de 1948, 1967 o de una supuesta duración exacta de una generación.
La certeza de la señal no nos autoriza a inventar una fecha.
¿Qué significa “esta generación”?
Después de presentar la higuera, Jesús declaró:
“De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca.”
(Mateo 24:34, RVR1960).
Esta declaración indica que la generación que contemple el desarrollo pleno de las señales verá avanzar rápidamente los acontecimientos anunciados.
Jesús no estableció la duración matemática de esa generación. Por tanto, no debemos convertir sus palabras en una fórmula cronológica.
El mensaje es más urgente que un cálculo: cuando la higuera brote y el conjunto de las señales aparezca, la humanidad habrá entrado en una etapa decisiva.
La higuera y todos los árboles
Lucas añade:
“Mirad la higuera y todos los árboles.”
(Lucas 21:29, RVR1960).
La mención de los demás árboles no elimina el significado profético de la higuera. Amplía la ilustración.
Israel ocupa un lugar central, pero los acontecimientos también involucran a las demás naciones.
La higuera brota y, al mismo tiempo, los demás árboles muestran que el mundo entero está entrando en una nueva estación.
Después de la Segunda Guerra Mundial surgieron numerosas naciones nuevas. Los imperios coloniales se fragmentaron y el mapa político del mundo cambió profundamente. Israel renació en medio de una reorganización mundial.
La higuera y los árboles comenzaron a brotar.
Un cumplimiento que exige una respuesta
No estamos contemplando solamente una interpretación interesante.
Estamos viendo el regreso de un pueblo.
La restauración de una nación.
El renacimiento de una lengua.
La recuperación de Jerusalén.
La transformación de una tierra.
El cumplimiento de una señal anunciada por Jesucristo.
La higuera reverdeció.
Por eso, la pregunta ya no es si la señal apareció.
La pregunta es:
¿Qué estamos haciendo al verla?
El peligro de acostumbrarnos al cumplimiento
Una de las mayores tragedias espirituales de nuestra generación es que podemos acostumbrarnos a lo extraordinario.
Vemos a Israel en los mapas y olvidamos que durante casi dos mil años no existió como Estado.
Escuchamos noticias acerca de Jerusalén y olvidamos que durante siglos no estuvo bajo control judío.
Observamos el hebreo como idioma cotidiano y olvidamos que había dejado de hablarse normalmente durante generaciones.
Vemos aviones llevando inmigrantes a Israel y olvidamos que los profetas hablaron del regreso desde los confines de la tierra.
El cumplimiento se ha vuelto tan familiar que corre el peligro de dejar de asombrarnos.
Jesús dijo que aprendiéramos de la higuera.
No dijo que la ignoráramos.
No dijo que dudáramos indefinidamente.
No dijo que esperáramos hasta tener todas las respuestas.
Dijo que cuando su rama estuviera tierna y brotaran sus hojas, sabríamos que el verano estaba cerca.
Israel volvió a existir como nación en 1948.
Jerusalén volvió a quedar bajo control judío en 1967.
El pueblo ha regresado desde Europa, Asia, África y América.
La antigua tierra ha sido reconstruida.
La higuera ha reverdecido.
Esto no significa que conozcamos el día del regreso de Cristo. Pero sí significa que debemos reconocer la estación en la que estamos viviendo.
No vivimos en una época cualquiera.
Vivimos después del renacimiento de Israel.
Vivimos después del regreso judío a Jerusalén.
Vivimos mientras el escenario profético toma forma delante de nuestros ojos.
Por eso, el mensaje de la higuera no es una invitación a la especulación, sino un llamado a despertar.
A ordenar nuestra vida.
A volver a Dios.
A vivir en santidad.
A cumplir la misión.
A anunciar el evangelio.
A esperar a Cristo con fidelidad.
“Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.”
(Mateo 24:33, RVR1960).
La higuera ya brotó.
La pregunta ahora es:
Cuando Cristo venga, ¿nos encontrará despiertos, preparados y haciendo la obra que nos encomendó?
Libro recomendado

Escuche música con propósito:
Los capítulos 36 al 39 de Ezequiel presentan una secuencia profética extraordinaria. Primero, el pueblo regresa a su tierra. Después, las ciudades son reconstruidas, la agricultura vuelve a desarrollarse y la tierra queda nuevamente habitada. Luego, Israel aparece restaurado como nación. Finalmente, una coalición de pueblos se levanta contra él cuando ya se encuentra establecido en su territorio.
Durante muchos siglos, este escenario parecía imposible.
Israel no existía como Estado.
El pueblo judío estaba disperso entre las naciones.
Muchas de las antiguas ciudades permanecían bajo gobiernos extranjeros.
No existía una autoridad nacional judía sobre la tierra.
Sin embargo, en el siglo XX, Israel volvió a existir como nación. El pueblo regresó desde numerosos países, las ciudades fueron reconstruidas, la agricultura se desarrolló y la tierra volvió a llenarse de habitantes.
La restauración moderna de Israel no es un detalle secundario dentro de estas profecías. Es el escenario necesario para que los acontecimientos descritos por Ezequiel puedan desarrollarse.
Ezequiel 36 comienza dirigiéndose a los montes de Israel. La tierra había sufrido invasión, destrucción y abandono, pero Dios anunció que llegaría el momento de su restauración.
“Mas vosotros, oh montes de Israel, daréis vuestras ramas, y llevaréis vuestro fruto para mi pueblo Israel; porque cerca están para venir.”
(Ezequiel 36:8, RVR1960).
La frase es clara: “cerca están para venir.”
La tierra produciría nuevamente porque el pueblo regresaría a ella.
Más adelante, Dios declara:
“Y haré multiplicar sobre vosotros hombres, a toda la casa de Israel, toda ella; y las ciudades serán habitadas, y edificadas las ruinas.”
(Ezequiel 36:10, RVR1960).
La profecía no habla solamente de una restauración espiritual invisible. Describe un pueblo concreto regresando a una tierra concreta, ciudades que vuelven a ser habitadas y ruinas que son reconstruidas.
El anuncio alcanza su expresión más directa en estas palabras:
“Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país.”
(Ezequiel 36:24, RVR1960).
Aquí aparecen tres movimientos proféticos:
Dios tomaría al pueblo de entre las naciones.
Lo recogería desde diferentes tierras.
Lo llevaría nuevamente a su propio país.
Eso es precisamente lo que ocurrió en la historia moderna.
Judíos procedentes de Europa, Rusia, Irak, Yemen, Marruecos, Etiopía, Estados Unidos, América Latina y muchas otras regiones regresaron a la tierra de Israel.
No fue un regreso desde un solo lugar. Fue una reunión mundial.
El pueblo que había permanecido disperso durante siglos comenzó a volver a la misma tierra mencionada por los profetas.
Ezequiel anunció:
“Las ciudades serán habitadas, y edificadas las ruinas.”
(Ezequiel 36:10, RVR1960).
También declaró:
“Así ha dicho Jehová el Señor: El día que os limpie de todas vuestras iniquidades, haré también que sean habitadas las ciudades, y las ruinas serán reedificadas.”
(Ezequiel 36:33, RVR1960).
La restauración de Israel no consistiría únicamente en el regreso de personas. Habría reconstrucción.
Se levantarían viviendas.
Se fundarían poblaciones.
Las antiguas ciudades volverían a crecer.
La infraestructura sería desarrollada.
La tierra dejaría de ser solamente un recuerdo histórico y volvería a convertirse en el hogar de una nación.
Eso ocurrió de manera visible durante el siglo XX.
Jerusalén se expandió.
Tel Aviv creció desde un pequeño asentamiento hasta convertirse en una gran ciudad.
Haifa se desarrolló como puerto y centro industrial.
Se fundaron comunidades, aldeas agrícolas y nuevas ciudades en diferentes regiones.
Las ruinas fueron rodeadas por construcciones modernas y antiguas zonas deshabitadas comenzaron a llenarse nuevamente de población.
Ezequiel también anunció que la tierra volvería a producir:
“Y haré que seáis labrados y sembrados.”
(Ezequiel 36:9, RVR1960).
Más adelante declaró:
“Y la tierra asolada será labrada, en lugar de haber permanecido asolada a ojos de todos los que pasaron.”
(Ezequiel 36:34, RVR1960).
La profecía describe un cambio evidente.
La tierra improductiva sería cultivada.
Los campos volverían a sembrarse.
La producción agrícola se multiplicaría.
Cuando comenzaron las grandes oleadas de inmigración judía, muchos de los recién llegados trabajaron intensamente en la agricultura. Se establecieron comunidades agrícolas, se desarrollaron sistemas de irrigación, se cultivaron zonas áridas y se introdujeron métodos modernos para aprovechar el agua.
Israel llegó a destacar por sus avances en riego por goteo, agricultura en zonas desérticas, aprovechamiento del agua y cultivo intensivo.
La restauración agrícola no fue simbólica.
Los campos fueron cultivados.
Los árboles fueron plantados.
Las zonas secas comenzaron a producir.
La tierra volvió a alimentar a una población creciente.
Ezequiel describió el asombro de quienes contemplarían la transformación:
“Y dirán: Esta tierra que era asolada ha venido a ser como huerto del Edén; y estas ciudades que eran desiertas y asoladas y arruinadas, están fortificadas y habitadas.”
(Ezequiel 36:35, RVR1960).
El lenguaje es poderoso.
Una tierra asolada sería transformada.
Las ciudades desiertas volverían a llenarse.
Las ruinas serían reconstruidas.
Los campos volverían a producir.
La nación moderna de Israel presenta precisamente ese escenario: una tierra que fue transformada mediante trabajo agrícola, desarrollo urbano, tecnología e infraestructura.
La profecía se cumplió de manera visible.
Ezequiel declaró:
“Y multiplicaré sobre vosotros hombres y ganado, y serán multiplicados y crecerán; y os haré morar como solíais antiguamente.”
(Ezequiel 36:11, RVR1960).
La tierra volvería a recibir habitantes.
La población aumentaría.
Las ciudades crecerían.
La vida nacional sería restaurada.
El regreso de millones de judíos produjo exactamente esta transformación. Comunidades procedentes de decenas de países se establecieron en Israel y reconstruyeron su vida en la tierra de sus antepasados.
El hebreo volvió a escucharse en las calles.
Las familias levantaron hogares.
Las escuelas formaron nuevas generaciones.
Las ciudades crecieron.
La nación volvió a estar habitada por el pueblo cuya historia estaba ligada a esa tierra.
Ezequiel 36 no termina con la reconstrucción material. Después de anunciar el regreso, Dios declara:
“Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados.”
(Ezequiel 36:25, RVR1960).
Y añade:
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.”
(Ezequiel 36:26, RVR1960).
La secuencia es significativa.
Primero, el pueblo es recogido de las naciones.
Después, vuelve a su país.
Luego, Dios anuncia una obra espiritual en su interior.
La restauración nacional ya ocurrió. La restauración espiritual completa todavía forma parte del propósito profético de Dios para Israel.
Esto demuestra que el regreso moderno no es el final del proceso. Es una etapa indispensable dentro de una obra profética mayor.
El capítulo 37 presenta una de las visiones más impresionantes de toda la Biblia.
Ezequiel fue llevado a un valle lleno de huesos secos. Los huesos estaban esparcidos, sin vida y sin esperanza.
Dios le preguntó:
“Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos?”
(Ezequiel 37:3, RVR1960).
Desde una perspectiva humana, la respuesta era evidente.
Los huesos estaban muertos.
Estaban secos.
Estaban separados.
No existía ninguna posibilidad de restauración.
Pero Dios ordenó al profeta que hablara sobre ellos.
Entonces los huesos comenzaron a unirse.
Aparecieron tendones.
Creció carne.
Fueron cubiertos de piel.
Finalmente entró espíritu en ellos y se levantaron como un gran ejército.
No necesitamos adivinar qué representan los huesos, porque el propio texto lo explica:
“Hijo de hombre, todos estos huesos son la casa de Israel.”
(Ezequiel 37:11, RVR1960).
Los huesos secos representan a Israel en una condición de muerte nacional.
El pueblo se sentía sin esperanza.
Había perdido su tierra.
Había perdido su soberanía.
Había quedado disperso.
Desde el punto de vista humano, parecía imposible que volviera a levantarse como nación.
Pero Dios declaró:
“Y pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis, y os haré reposar sobre vuestra tierra.”
(Ezequiel 37:14, RVR1960).
La visión culmina con Israel vivo y nuevamente establecido en su tierra.
El valle de los huesos secos se cumplió en la restauración nacional de Israel.
Durante siglos, el pueblo permaneció disperso.
Las comunidades estaban separadas por continentes.
Hablaban idiomas diferentes.
Vivían bajo gobiernos distintos.
No poseían una estructura política común.
Pero los huesos comenzaron a unirse.
El pueblo regresó.
Se formaron instituciones.
El hebreo volvió a ser hablado.
Se organizó un gobierno.
Nació un ejército.
Y en 1948 Israel se levantó nuevamente como nación.
Lo que parecía muerto volvió a vivir.
La casa de Israel se levantó de su sepultura nacional.
Dios declaró:
“He aquí yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestras sepulturas, y os traeré a la tierra de Israel.”
(Ezequiel 37:12, RVR1960).
La imagen no describe únicamente una resurrección individual. El contexto habla de un pueblo entero que vuelve a su tierra.
Israel había sido considerado muerto como nación.
Pero Dios abrió su sepulcro histórico.
Lo levantó de entre las naciones.
Y lo llevó nuevamente a la tierra de Israel.
La restauración nacional ocurrida en el siglo XX corresponde directamente con la visión de Ezequiel.
En la segunda parte de Ezequiel 37, Dios ordenó al profeta tomar dos palos. Uno representaba a Judá y el otro a José y las tribus de Israel.
Después declaró:
“Y los haré una nación en la tierra, en los montes de Israel.”
(Ezequiel 37:22, RVR1960).
La profecía anuncia unidad nacional.
El pueblo ya no permanecería dividido en dos reinos. Volvería a existir como una sola nación en la tierra.
El Estado moderno no se estableció como dos reinos separados. Nació como una sola nación llamada Israel.
Este detalle confirma nuevamente que Ezequiel estaba contemplando una restauración nacional real.
Después de describir la restauración de la tierra en el capítulo 36 y la resurrección nacional en el capítulo 37, Ezequiel presenta en los capítulos 38 y 39 una invasión futura contra Israel.
La secuencia no es accidental.
Primero, Israel regresa.
Después, vuelve a existir como nación.
Luego, habita nuevamente su tierra.
Finalmente, una coalición se levanta para atacarlo.
Ezequiel describe al invasor diciendo:
“De aquí a muchos días serás visitado; al cabo de años vendrás a la tierra salvada de la espada, recogida de muchos pueblos.”
(Ezequiel 38:8, RVR1960).
La tierra atacada posee varias características:
Ha sido recuperada después de guerras.
Su pueblo fue recogido de muchas naciones.
Había permanecido desolada.
Ahora sus habitantes viven nuevamente en ella.
La descripción corresponde al Israel restaurado.
Más adelante, el invasor piensa:
“Subiré contra una tierra indefensa, iré contra gentes tranquilas que habitan confiadamente… contra el pueblo recogido de entre las naciones.”
(Ezequiel 38:11-12, RVR1960).
La invasión no ocurre contra un Israel disperso.
No ocurre contra un pueblo sin tierra.
No ocurre contra comunidades separadas por el mundo.
Ocurre cuando Israel ya está reunido, establecido y habitando su propio territorio.
Por eso, la existencia del moderno Estado de Israel no es una simple curiosidad histórica. Es una condición necesaria para el cumplimiento de Ezequiel 38 y 39.
Durante casi dos mil años, Ezequiel 38 parecía imposible de cumplir literalmente.
¿Cómo podría una coalición invadir Israel si Israel no existía?
¿Cómo podría atacarse a un pueblo reunido de muchas naciones si ese pueblo seguía disperso?
¿Cómo podrían los invasores entrar en la tierra de Israel si el pueblo judío no la controlaba?
En 1948, todo cambió.
Israel volvió al mapa.
El pueblo regresó.
La nación fue organizada.
Las ciudades fueron reconstruidas.
La agricultura se desarrolló.
La tierra fue habitada.
El escenario de Ezequiel comenzó a existir.
La restauración nacional ya ocurrió, pero la invasión descrita en Ezequiel 38 y 39 todavía no ha alcanzado su cumplimiento completo.
No debemos identificar apresuradamente cada guerra moderna con esta profecía.
Ezequiel describe una coalición específica, una intervención extraordinaria de Dios y un desenlace de dimensiones que no corresponden plenamente con ninguna guerra ocurrida hasta ahora.
Pero el escenario previo ya está preparado.
Israel existe.
El pueblo está reunido.
La tierra está habitada.
La nación posee ciudades, agricultura, infraestructura y población.
La profecía ya no parece imposible.
El propósito final de Ezequiel 38 y 39 no consiste solamente en describir una guerra.
Dios declara:
“Y seré engrandecido y santificado, y seré conocido ante los ojos de muchas naciones; y sabrán que yo soy Jehová.”
(Ezequiel 38:23, RVR1960).
El desenlace mostrará que Dios continúa gobernando la historia.
Las naciones comprenderán que Israel no sobrevivió únicamente por capacidad militar, diplomacia o estrategia humana.
Dios demostrará que su Palabra permanece y que sus propósitos no pueden ser anulados.
Los capítulos 36 al 39 presentan una progresión ordenada:
El pueblo regresa desde las naciones.
La tierra vuelve a ser cultivada.
Las ciudades son reconstruidas.
La población aumenta.
Israel vuelve a habitar su tierra.
La nación considerada muerta vuelve a levantarse.
Los huesos se unen.
Israel recupera su existencia nacional.
El pueblo vuelve a ser una sola nación en su tierra.
Israel ya restaurado es atacado por una coalición.
Dios interviene.
Las naciones reconocen su poder.
La secuencia es inconfundible.
Restauración territorial.
Restauración nacional.
Invasión futura.
Intervención divina.
El moderno Estado de Israel ocupa el lugar central dentro de este escenario.
Afirmar que Ezequiel describe la restauración de Israel no significa acomodar artificialmente la profecía a los acontecimientos modernos.
El propio texto identifica al pueblo.
Dice: “la casa de Israel.”
Dice: “la tierra de Israel.”
Dice: “los montes de Israel.”
Dice: “os traeré a vuestro país.”
Dice: “los haré una nación en la tierra.”
La profecía posee nombres, lugares y acciones concretas.
No habla de una restauración indefinida.
Habla del pueblo de Israel regresando a la tierra de Israel.
Eso es exactamente lo que la historia moderna ha contemplado.
Generaciones anteriores leyeron Ezequiel 36 y 37 cuando Israel no existía como Estado.
Leían acerca de ciudades reconstruidas, pero las ciudades no estaban bajo gobierno judío.
Leían acerca de un pueblo reunido, pero los judíos continuaban dispersos.
Leían acerca de una nación levantada, pero no existía una nación llamada Israel.
Leían acerca de una invasión futura, pero no había un Estado que pudiera ser invadido.
Nuestra generación lee los mismos capítulos en un mundo completamente diferente.
Israel existe.
Las ciudades están habitadas.
La agricultura ha sido restaurada.
El pueblo regresó de muchas naciones.
La lengua hebrea volvió a la vida cotidiana.
La nación se encuentra nuevamente en su tierra.
Lo que durante siglos parecía imposible se convirtió en historia.
Ezequiel anunció que el pueblo de Israel regresaría desde las naciones, que las ciudades serían reconstruidas, que la tierra volvería a producir, que la población crecería y que la nación considerada muerta volvería a levantarse.
Eso ocurrió.
El pueblo regresó.
Las ciudades fueron reconstruidas.
La agricultura se desarrolló.
La tierra volvió a ser habitada.
Israel volvió a existir como nación.
Ezequiel 38 y 39 muestran que todavía quedan acontecimientos por cumplirse. Pero esos acontecimientos requieren que Israel esté restaurado en su tierra.
Esa condición ya existe.
El escenario profético está preparado.
Por eso, no debemos leer estos capítulos como historias lejanas o símbolos sin relación con nuestra época.
Estamos viendo la primera parte de la secuencia cumplida delante de nuestros ojos.
La pregunta ya no es si Israel volvería a existir.
Israel existe.
La pregunta es:
¿Qué tan cerca estamos de los acontecimientos que Ezequiel anunció después de su restauración?
No conocemos el día ni la hora. Pero sí podemos reconocer que una condición indispensable ya se cumplió.
La profecía dejó de parecer imposible porque el pueblo volvió, la nación se levantó y la tierra fue restaurada.
Esto debe despertarnos.
Debe fortalecer nuestra confianza en la Palabra de Dios.
Debe llevarnos a vivir en santidad.
Debe impulsarnos a predicar el evangelio.
Debe recordarnos que la historia avanza hacia el cumplimiento de todo lo que Dios anunció.
“Y sabrán las naciones que yo Jehová santifico a Israel, estando mi santuario en medio de ellos para siempre.”
(Ezequiel 37:28, RVR1960).
Ezequiel vio un Israel restaurado.
Nuestra generación lo está contemplando.
La pregunta final es:
¿Estamos espiritualmente preparados para lo que todavía falta por suceder?
Libro recomendado

Escuche música con propósito:
El libro de Apocalipsis describe los acontecimientos que conducirán al regreso de Jesucristo, al juicio de las naciones y al establecimiento definitivo del reino de Dios.
Dentro de sus visiones aparecen lugares, pueblos y acontecimientos estrechamente relacionados con Israel.
Jerusalén vuelve a ocupar un lugar central.
Las doce tribus son mencionadas por nombre.
Ciento cuarenta y cuatro mil israelitas son sellados.
Aparece un templo en Jerusalén.
Los ejércitos del mundo se reúnen en Armagedón.
Durante muchos siglos, estos elementos parecían difíciles de interpretar literalmente porque Israel no existía como nación y Jerusalén se encontraba bajo dominio extranjero.
Pero desde 1948, el escenario cambió.
Israel volvió a existir.
El pueblo judío regresó a su tierra.
Jerusalén volvió al centro de la historia mundial.
Los lugares mencionados por Apocalipsis recuperaron una relevancia política y profética que durante siglos parecía imposible.
Apocalipsis presenta a Jerusalén como una ciudad relacionada directamente con los acontecimientos finales.
En el capítulo 11, Juan recibe una orden:
“Levántate, y mide el templo de Dios, y el altar, y a los que adoran en él.”
(Apocalipsis 11:1, RVR1960).
Luego se le dice:
“Pero el patio que está fuera del templo déjalo aparte, y no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles; y ellos hollarán la ciudad santa cuarenta y dos meses.”
(Apocalipsis 11:2, RVR1960).
La expresión “la ciudad santa” identifica a Jerusalén. El pasaje describe una ciudad real sometida a presión de las naciones durante un período determinado.
Más adelante, Apocalipsis 11:8 habla de la “grande ciudad” donde el Señor fue crucificado. Esa identificación conduce nuevamente a Jerusalén.
Apocalipsis no presenta a Jerusalén como un lugar olvidado o irrelevante. La presenta nuevamente en el centro del conflicto profético.
La descripción de Jerusalén siendo hollada por los gentiles armoniza con las palabras de Jesús:
“Y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan.”
(Lucas 21:24, RVR1960).
Apocalipsis muestra que Jerusalén continuará vinculada con la relación entre Israel y las naciones hasta los acontecimientos finales.
Para que esa profecía se cumpla de manera literal, Jerusalén debe existir como una ciudad reconocible, habitada y disputada.
Eso es exactamente lo que ocurre en la actualidad.
Jerusalén se encuentra bajo control israelí, pero su soberanía continúa siendo discutida internacionalmente. Judíos, cristianos y musulmanes consideran sagrados distintos lugares de la ciudad. Cualquier cambio político, religioso o territorial relacionado con Jerusalén provoca reacciones en muchas naciones.
La ciudad profética volvió al centro del escenario mundial.
Apocalipsis no habla de Israel únicamente mediante símbolos generales. Menciona directamente las doce tribus.
Juan escribió:
“Y oí el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro mil sellados de todas las tribus de los hijos de Israel.”
(Apocalipsis 7:4, RVR1960).
Después, el texto enumera las tribus:
Judá.
Rubén.
Gad.
Aser.
Neftalí.
Manasés.
Leví.
Isacar.
Zabulón.
José.
Benjamín.
La expresión utilizada es clara: “las tribus de los hijos de Israel.”
El texto no dice que sean representantes simbólicos de pueblos gentiles. Los identifica como descendientes de las tribus de Israel.
Desde una interpretación futurista, estos ciento cuarenta y cuatro mil son israelitas escogidos y sellados por Dios durante el período de la tribulación.
Apocalipsis presenta a este grupo de manera específica.
Son ciento cuarenta y cuatro mil.
Proceden de las tribus de Israel.
Han sido sellados por Dios.
Pertenecen al Cordero.
Aparecen nuevamente junto a Él en Apocalipsis 14.
Juan declara:
“Después miré, y he aquí el Cordero estaba en pie sobre el monte de Sion, y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que tenían el nombre de él y el de su Padre escrito en la frente.”
(Apocalipsis 14:1, RVR1960).
El monte de Sion vuelve a relacionar el pasaje con Jerusalén e Israel.
Dios preserva un remanente israelita durante los acontecimientos finales. Esto demuestra que su propósito con Israel no terminó con la iglesia ni fue eliminado por la dispersión.
Israel continúa presente dentro del plan profético de Dios.
Durante siglos se habló de las “diez tribus perdidas”. Muchas comunidades fueron dispersadas y mezcladas entre diferentes poblaciones.
Pero para Dios ninguna tribu está perdida.
Él conoce su descendencia.
Él conoce su identidad.
Él puede distinguir a quienes los seres humanos ya no pueden identificar.
La mención de las tribus en Apocalipsis demuestra que el pueblo de Israel continúa siendo reconocido por Dios dentro de su propósito.
La historia humana pudo dispersarlo, pero no pudo borrar su identidad delante de Dios.
Uno de los elementos más importantes de la interpretación futurista es la aparición de un templo.
Juan recibe la orden:
“Levántate, y mide el templo de Dios, y el altar, y a los que adoran en él.”
(Apocalipsis 11:1, RVR1960).
El texto menciona:
Un templo.
Un altar.
Adoradores.
Un patio exterior.
La ciudad santa.
Desde una interpretación futurista, estos elementos describen un templo real que estará relacionado con Jerusalén durante los acontecimientos finales.
Cuando Juan escribió Apocalipsis, el templo de Herodes ya había sido destruido por los romanos. Por tanto, la visión apunta hacia un templo futuro.
La existencia de un templo futuro presupone varias condiciones.
Israel debe existir como nación.
Jerusalén debe volver a estar en el centro del escenario.
Debe haber presencia judía en la ciudad.
Debe existir interés en la restauración del culto.
La región del antiguo templo debe poseer importancia religiosa y política.
Todas estas condiciones han vuelto a existir.
Israel controla Jerusalén.
El pueblo judío tiene acceso al Muro Occidental.
El Monte del Templo continúa siendo uno de los lugares más disputados y sensibles del mundo.
Existen grupos judíos que estudian las leyes del templo, preparan utensilios y expresan abiertamente el deseo de restaurar el culto.
Esto no significa que el templo ya haya sido construido. Significa que el escenario necesario para su futura existencia vuelve a ser históricamente posible.
Antes del establecimiento del Estado moderno de Israel, la idea de un templo judío relacionado con Jerusalén parecía extremadamente lejana.
El pueblo estaba disperso.
No existía soberanía nacional judía.
Jerusalén estaba bajo gobiernos gentiles.
No había una autoridad israelí capaz de intervenir en la ciudad.
Después de 1948 y especialmente después de 1967, la situación cambió.
Israel volvió a existir.
Jerusalén oriental quedó bajo control israelí.
El lugar del antiguo templo volvió a encontrarse dentro de una ciudad gobernada por Israel.
La profecía ya no describe un escenario imposible.
La aparición de un templo futuro también armoniza con lo anunciado por el apóstol Pablo.
“El cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios.”
(2 Tesalonicenses 2:4, RVR1960).
Jesús también habló de la abominación desoladora anunciada por Daniel:
“Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel…”
(Mateo 24:15, RVR1960).
Daniel, Jesús, Pablo y Apocalipsis presentan un escenario donde existe un lugar santo, un templo y una profanación relacionada con los acontecimientos finales.
Estas profecías convergen.
Y todas requieren que Israel y Jerusalén hayan regresado a la historia.
Apocalipsis 11 también anuncia el ministerio de dos testigos.
Dios declara:
“Y daré a mis dos testigos que profeticen por mil doscientos sesenta días, vestidos de cilicio.”
(Apocalipsis 11:3, RVR1960).
Estos testigos desarrollarán un ministerio poderoso durante tres años y medio. Después serán asesinados, y sus cuerpos quedarán expuestos en la ciudad donde el Señor fue crucificado.
El texto ubica estos acontecimientos en Jerusalén.
La ciudad será observada por personas de diferentes pueblos, tribus, lenguas y naciones.
En generaciones anteriores, la idea de que habitantes de todo el mundo contemplaran un acontecimiento ocurrido en Jerusalén parecía imposible.
Hoy, mediante transmisiones satelitales, internet y teléfonos móviles, un acontecimiento sucedido en Jerusalén puede ser visto de manera inmediata en todo el planeta.
El escenario descrito por Apocalipsis no solo es posible. Corresponde al mundo en el que vivimos.
Apocalipsis 12 presenta la visión de una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies y una corona de doce estrellas.
La imagen recuerda el sueño de José:
“He aquí que el sol y la luna y once estrellas se inclinaban a mí.”
(Génesis 37:9, RVR1960).
El sol, la luna y las estrellas representaban a Jacob, Raquel y los hijos de Israel.
Por esta razón, la mujer de Apocalipsis 12 representa a Israel, el pueblo del cual vino el Mesías.
La mujer da a luz un hijo varón que ha de regir a todas las naciones con vara de hierro. El hijo es Jesucristo.
Después, el dragón persigue a la mujer.
La visión demuestra que Israel continuará ocupando un lugar central en el conflicto espiritual y profético de los últimos tiempos.
Apocalipsis declara:
“Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar preparado por Dios, para que allí la sustenten por mil doscientos sesenta días.”
(Apocalipsis 12:6, RVR1960).
Más adelante se repite que será sustentada por “un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo”.
La profecía describe a Israel perseguido y protegido por Dios durante la segunda mitad de la tribulación.
Para que Israel pueda huir desde Judea hacia un lugar preparado, debe encontrarse nuevamente en su tierra.
Eso requiere un Israel restaurado.
Apocalipsis 16 anuncia la reunión de los ejércitos del mundo:
“Y los reunió en el lugar que en hebreo se llama Armagedón.”
(Apocalipsis 16:16, RVR1960).
El nombre Armagedón se relaciona con Har-Megiddo, es decir, el monte o la región de Meguido.
Meguido se encuentra en la tierra de Israel, cerca del valle de Jezreel, una zona que ha sido escenario de numerosas batallas a lo largo de la historia.
Apocalipsis presenta a los ejércitos de las naciones reuniéndose en esa región antes de la confrontación final.
La profecía no sitúa el desenlace de la historia en una región simbólica desconocida. Lo coloca en un lugar geográfico real dentro de Israel.
Armagedón no constituye solamente una batalla local. Forma parte de una movilización internacional contra Dios y contra su propósito.
Los gobernantes son engañados para reunirse para “la batalla de aquel gran día del Dios Todopoderoso”.
Este acontecimiento armoniza con las profecías de Zacarías:
“Porque yo reuniré a todas las naciones para combatir contra Jerusalén.”
(Zacarías 14:2, RVR1960).
También armoniza con Joel:
“Reuniré a todas las naciones, y las haré descender al valle de Josafat.”
(Joel 3:2, RVR1960).
Los profetas y Apocalipsis describen el mismo escenario general: las naciones reunidas en la tierra de Israel, Jerusalén bajo amenaza y la intervención directa de Dios.
Durante siglos, la tierra estaba bajo control de distintos imperios y no existía un Estado de Israel.
La profecía de una confrontación mundial relacionada con Israel y Jerusalén parecía difícil de imaginar.
Hoy, Israel es una nación soberana.
Jerusalén se encuentra en el centro de tensiones internacionales.
Meguido está dentro del territorio israelí.
Las grandes potencias siguen con atención cada conflicto en la región.
El escenario de Armagedón está geográficamente preparado.
El libro de Apocalipsis presupone un conjunto de condiciones:
Israel existe.
El pueblo judío está nuevamente en su tierra.
Jerusalén ocupa un lugar central.
Las tribus de Israel son reconocidas por Dios.
Existe la posibilidad de un templo.
El Monte del Templo vuelve a ser relevante.
Las naciones pueden intervenir en la región.
Meguido se encuentra dentro de una nación llamada Israel.
Antes del siglo XX, este escenario parecía distante.
Después de 1948 y 1967, comenzó a ser históricamente posible.
Israel volvió a existir, y con su restauración regresaron al escenario los lugares y condiciones mencionados por Apocalipsis.
No estamos hablando de una semejanza vaga.
Apocalipsis menciona Israel.
Menciona las tribus.
Menciona Jerusalén.
Menciona el templo.
Menciona Sion.
Menciona Meguido.
Menciona a las naciones reunidas en esa región.
La restauración moderna de Israel colocó nuevamente cada uno de estos elementos dentro de la historia.
La nación cuya existencia es necesaria para el desarrollo de la profecía volvió al mapa.
Algunos intérpretes consideran que Israel, Jerusalén, el templo y las tribus deben entenderse únicamente como símbolos de la iglesia.
Sin embargo, esta lectura encuentra dificultades.
Cuando Apocalipsis habla de las tribus de Israel, las enumera por nombre.
Cuando habla de la ciudad donde el Señor fue crucificado, identifica un lugar histórico.
Cuando menciona Armagedón, utiliza un nombre hebreo relacionado con una ubicación geográfica.
Cuando menciona el templo, incluye altar, adoradores y patio exterior.
El texto emplea símbolos, pero los símbolos se encuentran vinculados con pueblos, ciudades y lugares reales.
La interpretación futurista reconoce el lenguaje simbólico sin borrar la realidad histórica y geográfica que el propio libro presenta.
La iglesia participa de las bendiciones espirituales de Dios y está formada por creyentes judíos y gentiles.
Pero esto no significa que Dios haya cancelado las promesas hechas a Israel.
Pablo declaró:
“Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.”
(Romanos 11:29, RVR1960).
Apocalipsis confirma esta verdad al presentar nuevamente a las tribus de Israel dentro del escenario final.
Dios continúa obrando con la iglesia, pero también mantiene su propósito con Israel.
Cuando se comparan las profecías, aparece una secuencia clara:
Israel sería dispersado.
El pueblo sería preservado.
Regresaría a su tierra.
La nación sería restaurada.
Jerusalén volvería al centro.
Jerusalén sería hollada por los gentiles.
La higuera volvería a brotar.
Los acontecimientos finales se relacionarían con Judea y Jerusalén.
Dios todavía cumpliría su propósito con Israel.
Habría un templo relacionado con los acontecimientos finales.
Las tribus de Israel serán selladas.
Jerusalén será escenario profético.
Existirá un templo.
Israel será perseguido.
Las naciones se reunirán en Armagedón.
Cristo regresará y vencerá.
Cada parte se conecta con la anterior.
La restauración de Israel no es un acontecimiento aislado. Es la condición que permite que la secuencia continúe.
Durante siglos, quienes leían Apocalipsis debían aceptar por fe que Israel volvería a ocupar su lugar.
No veían una nación.
No veían un gobierno judío.
No veían a Jerusalén bajo control israelí.
No podían imaginar con facilidad un templo relacionado con los últimos tiempos.
No podían contemplar una confrontación mundial centrada en Israel.
Nosotros vivimos en una época diferente.
Israel existe.
Jerusalén está nuevamente en el centro de la atención mundial.
El pueblo judío regresó desde numerosas naciones.
El Monte del Templo es uno de los lugares más disputados del planeta.
Las grandes potencias están profundamente involucradas en la región.
El escenario profético ya no es una idea imposible.
Está delante de nosotros.
Apocalipsis presupone la existencia de Israel.
Presenta a Jerusalén.
Menciona a las doce tribus.
Describe a ciento cuarenta y cuatro mil israelitas.
Habla de un templo.
Ubica a Israel dentro de la persecución final.
Coloca a las naciones en Armagedón.
Todo ello encaja naturalmente con la restauración moderna de Israel.
La nación volvió a existir.
El pueblo volvió a su tierra.
Jerusalén volvió al centro.
La geografía del Apocalipsis regresó a la historia.
Esto no significa que todos los acontecimientos del libro ya se hayan cumplido.
Significa que el escenario necesario para su cumplimiento ya existe.
La restauración de Israel no completó Apocalipsis.
Lo hizo históricamente posible.
Durante generaciones, los creyentes leyeron estas profecías esperando que un día Israel regresara.
Nuestra generación vive después de ese regreso.
La pregunta ya no es:
¿Cómo podría cumplirse Apocalipsis si Israel no existe?
Israel existe.
La pregunta ahora es:
¿Estamos preparados para los acontecimientos que todavía faltan?
El propósito de la profecía no es satisfacer nuestra curiosidad. Es despertarnos.
Llamarnos al arrepentimiento.
Conducirnos a la santidad.
Impulsarnos a anunciar el evangelio.
Recordarnos que Cristo viene.
Apocalipsis termina con una promesa:
“Ciertamente vengo en breve.”
(Apocalipsis 22:20, RVR1960).
Y la respuesta de la iglesia debe ser:
“Amén; sí, ven, Señor Jesús.”
Libro recomendado

Escuche música con propósito:
El templo ocupa un lugar central en la historia bíblica porque representaba la presencia de Dios en medio de su pueblo, el lugar del sacrificio, la adoración, el sacerdocio y las fiestas establecidas en la Ley.
Desde el tabernáculo en el desierto hasta el templo de Jerusalén, Dios mostró que deseaba habitar en medio de Israel.
“Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos.”
(Éxodo 25:8, RVR1960).
El templo no fue simplemente un edificio religioso. Era el centro espiritual de la nación.
Allí se ofrecían los sacrificios.
Allí ministraban los sacerdotes.
Allí se celebraban las fiestas.
Allí se encontraba el Lugar Santísimo.
Allí se manifestaba de una manera especial la presencia de Dios.
Por esta razón, cuando las profecías de los últimos tiempos vuelven a mencionar sacrificios, un lugar santo, un templo, un altar y adoradores, están describiendo un escenario que requiere nuevamente la existencia de un templo en Jerusalén.
Después de sacar a Israel de Egipto, Dios ordenó a Moisés construir el tabernáculo.
Era una estructura portátil que acompañaba al pueblo durante su peregrinación por el desierto. Su diseño no surgió de la imaginación humana. Dios mostró a Moisés el modelo que debía seguir.
“Conforme a todo lo que yo te muestre, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus utensilios, así lo haréis.”
(Éxodo 25:9, RVR1960).
El tabernáculo estaba dividido en áreas específicas.
El atrio.
El Lugar Santo.
El Lugar Santísimo.
En el atrio se encontraba el altar de los sacrificios. En el Lugar Santo estaban el candelero, la mesa de los panes y el altar del incienso. En el Lugar Santísimo se colocó el arca del pacto.
El sumo sacerdote podía entrar al Lugar Santísimo solamente una vez al año, en el Día de la Expiación, llevando sangre por sus propios pecados y por los del pueblo.
El tabernáculo enseñaba varias verdades fundamentales:
Dios es santo.
El pecado separa al ser humano de Dios.
Es necesario un sacrificio.
Se requiere mediación sacerdotal.
Dios desea habitar en medio de su pueblo.
Estas verdades prepararon el camino para comprender la obra de Jesucristo.
Cuando Israel se estableció en la tierra, David deseó construir una casa permanente para Dios. Sin embargo, fue su hijo Salomón quien levantó el primer templo en Jerusalén.
El templo fue construido en el monte Moriah, en el lugar que David había preparado.
“Comenzó Salomón a edificar la casa de Jehová en Jerusalén, en el monte Moriah.”
(2 Crónicas 3:1, RVR1960).
Cuando la construcción fue terminada, la gloria de Dios llenó el templo.
“Y no podían los sacerdotes estar allí para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios.”
(2 Crónicas 5:14, RVR1960).
El templo de Salomón se convirtió en el corazón religioso de Israel.
Allí se ofrecían sacrificios.
Allí se reunía el pueblo durante las fiestas.
Allí ministraban los sacerdotes.
Allí se encontraba el arca del pacto.
Sin embargo, el templo no protegía automáticamente a la nación. Cuando Israel cayó en idolatría, injusticia y rebelión, los profetas anunciaron juicio.
En el año 586 a. C., el ejército de Nabucodonosor destruyó Jerusalén y quemó el templo.
“Y quemó la casa de Jehová, y la casa del rey, y todas las casas de Jerusalén.”
(2 Reyes 25:9, RVR1960).
La destrucción del primer templo marcó uno de los momentos más dolorosos de la historia de Israel.
Después del cautiverio en Babilonia, el rey Ciro permitió que los judíos regresaran a Jerusalén y reconstruyeran el templo.
Zorobabel dirigió aquella obra.
“Entonces se levantaron Zorobabel hijo de Salatiel y Jesúa hijo de Josadac, y comenzaron a reedificar la casa de Dios que estaba en Jerusalén.”
(Esdras 5:2, RVR1960).
El segundo templo fue terminado en el año 516 a. C. Aunque inicialmente era más modesto que el templo de Salomón, siglos después Herodes el Grande emprendió una enorme ampliación y embellecimiento.
El templo que existía en tiempos de Jesús era conocido como el templo de Herodes, aunque pertenecía al período del segundo templo.
Allí fue presentado Jesús cuando era niño.
Allí enseñó a los doctores de la Ley.
Allí expulsó a los cambistas.
Allí predicó durante los últimos días de su ministerio.
El segundo templo fue testigo de la presencia del Mesías.
Los discípulos contemplaban con admiración la grandeza del templo, pero Jesús anunció su destrucción.
“¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada.”
(Mateo 24:2, RVR1960).
La profecía se cumplió en el año 70 d. C., cuando las legiones romanas dirigidas por Tito conquistaron Jerusalén y destruyeron el templo.
Desde entonces, el pueblo judío no ha tenido un templo en Jerusalén.
No existe altar para los sacrificios bíblicos.
No funciona el sacerdocio levítico como en la antigüedad.
No se celebra el Día de la Expiación conforme al ritual del templo.
Durante casi dos mil años, esta ausencia creó una pregunta profética:
¿Cómo podrán cumplirse los pasajes que describen sacrificios, un lugar santo, un templo y un altar en los acontecimientos finales?
Daniel 9:27 contiene una de las profecías más importantes relacionadas con el futuro templo.
“Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda.”
(Daniel 9:27, RVR1960).
La profecía afirma que una figura futura hará cesar el sacrificio y la ofrenda.
Pero para que los sacrificios puedan cesar, primero deben haberse reanudado.
Y para que se reanuden conforme al modelo bíblico, debe existir:
Un altar.
Un sacerdocio.
Un sistema de culto.
Un lugar santo.
Un santuario en Jerusalén.
Daniel 9:27 presupone un templo futuro.
No puede interrumpirse un sacrificio que no existe.
No puede profanarse un lugar santo inexistente.
No puede abolirse una ofrenda que nunca comenzó.
Por eso, la profecía requiere la restauración del culto del templo.
Jesús retomó directamente la profecía de Daniel.
“Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel…”
(Mateo 24:15, RVR1960).
Jesús colocó la abominación desoladora dentro del escenario relacionado con los acontecimientos finales.
La expresión “lugar santo” tiene un significado concreto dentro del contexto judío. Se refiere al área sagrada asociada con el templo.
Jesús no dijo:
“Si alguna vez existe un lugar santo.”
Dijo:
“Cuando veáis en el lugar santo…”
Sus palabras presupongan que en el momento señalado existirá nuevamente un lugar reconocido como santo y relacionado con el culto de Israel.
La advertencia se dirige a quienes estarán en Judea. Todo el contexto es geográfico y concreto.
Jerusalén.
Judea.
El lugar santo.
La profanación.
La huida.
Esto requiere un escenario israelita restaurado.
El apóstol Pablo añadió otro elemento decisivo.
“Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición.”
(2 Tesalonicenses 2:3, RVR1960).
Después declaró:
“El cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios.”
(2 Tesalonicenses 2:4, RVR1960).
Pablo describe a una figura futura que entrará en el templo, se sentará allí y reclamará adoración divina.
Para que esto ocurra, debe existir un templo real.
No se puede sentar físicamente en un templo inexistente.
No puede profanar un santuario que no ha sido levantado.
No puede hacerse pasar por Dios dentro de un edificio que no existe.
La profecía de Pablo confirma la necesidad de un tercer templo en Jerusalén.
Apocalipsis 11 contiene otra referencia directa.
Juan recibió esta orden:
“Levántate, y mide el templo de Dios, y el altar, y a los que adoran en él.”
(Apocalipsis 11:1, RVR1960).
Luego añadió:
“Pero el patio que está fuera del templo déjalo aparte, y no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles; y ellos hollarán la ciudad santa cuarenta y dos meses.”
(Apocalipsis 11:2, RVR1960).
El pasaje menciona elementos específicos:
Un templo.
Un altar.
Adoradores.
Un patio exterior.
La ciudad santa.
Gentiles.
Un período de cuarenta y dos meses.
Desde una interpretación futurista, Juan está contemplando un templo que existirá durante los acontecimientos finales.
Cuando Juan recibió la visión, el segundo templo ya había sido destruido. Por tanto, el templo que aparece en Apocalipsis no puede ser el de Salomón ni el de Herodes.
Es un templo futuro.
Los cuatro testimonios presentan el mismo escenario general.
Anuncia sacrificios y ofrendas que serán interrumpidos.
Habla de una abominación colocada en el lugar santo.
Describe al hombre de pecado sentado en el templo de Dios.
Presenta el templo, el altar, los adoradores y el patio exterior en Jerusalén.
Estas profecías convergen.
No son referencias desconectadas. Describen diferentes aspectos del mismo escenario profético.
Habrá culto.
Habrá sacrificios.
Habrá un templo.
Habrá una profanación.
Habrá un gobernante que reclamará adoración.
Habrá dominio gentil sobre parte de la ciudad durante un período definido.
Todo esto requiere un tercer templo.
Se utiliza la expresión “tercer templo” porque en la historia de Israel existieron dos grandes templos en Jerusalén.
El primero fue construido por Salomón y destruido por Babilonia.
El segundo fue levantado después del cautiverio, ampliado por Herodes y destruido por Roma.
El templo futuro sería el tercero en esa secuencia histórica.
La Biblia no utiliza directamente la expresión “tercer templo”, pero describe un templo futuro posterior a la destrucción del segundo.
Por eso, el término es apropiado.
El principal obstáculo es la situación del Monte del Templo.
En ese lugar se encuentran actualmente santuarios islámicos de enorme importancia religiosa. El área es administrada bajo un arreglo delicado y constituye uno de los lugares más disputados del mundo.
Cualquier intento de modificar la situación podría provocar una crisis internacional.
Desde una perspectiva humana, la construcción de un nuevo templo parece extremadamente difícil.
Sin embargo, muchas profecías bíblicas parecían imposibles antes de cumplirse.
Parecía imposible que Israel volviera a existir.
Parecía imposible que el pueblo regresara desde numerosas naciones.
Parecía imposible que Jerusalén volviera al centro de la historia.
Parecía imposible que el hebreo reviviera como idioma cotidiano.
Y, sin embargo, ocurrió.
El hecho de que hoy existan obstáculos no invalida la profecía. Solamente demuestra que todavía no ha llegado el momento de su cumplimiento.
Durante casi dos mil años no existía una nación judía capaz de levantar un templo en Jerusalén.
El pueblo estaba disperso.
La ciudad estaba bajo dominio extranjero.
No había gobierno israelí.
No existía control judío sobre la región.
Después de 1948 y 1967, el escenario cambió.
Israel volvió a existir.
Jerusalén volvió a quedar bajo control israelí.
El pueblo judío regresó a su tierra.
El Monte del Templo volvió a ocupar el centro de la atención mundial.
La construcción del templo todavía no ha ocurrido, pero la condición nacional necesaria ya existe.
Dentro de Israel existen grupos que estudian las leyes del templo, investigan los utensilios antiguos, preparan vestiduras sacerdotales y promueven la posibilidad de restaurar el culto.
Estas actividades no significan que la construcción sea inmediata, pero demuestran que el templo dejó de ser solamente un recuerdo histórico.
Existe interés.
Existe preparación.
Existe conciencia religiosa.
Existe nuevamente una nación judía en Jerusalén.
El escenario continúa avanzando.
El futuro templo no sustituirá la obra de Jesucristo.
La salvación no depende de sacrificios de animales.
Cristo ofreció un sacrificio perfecto y definitivo.
“Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios.”
(Hebreos 10:12, RVR1960).
El templo futuro será importante porque forma parte del escenario profético, no porque pueda reemplazar la cruz.
Los sacrificios futuros no podrán quitar el pecado. Solamente la sangre de Cristo puede hacerlo.
El templo mostrará que la humanidad continúa buscando formas religiosas mientras rechaza al verdadero Mesías.
También será el lugar donde el hombre de pecado manifestará su rebelión y reclamará una adoración que pertenece solamente a Dios.
El futuro templo no debe contemplarse solamente con entusiasmo religioso.
La Biblia muestra que será escenario de una profunda crisis.
Los sacrificios serán interrumpidos.
El lugar santo será profanado.
El hombre de pecado reclamará adoración.
Jerusalén será hollada por las naciones.
Por tanto, la construcción del templo no significará automáticamente que todo esté bien espiritualmente.
Será una señal de que el escenario profético ha entrado en una etapa decisiva.
La Biblia no explica todos los detalles políticos, religiosos o militares que permitirán la construcción del tercer templo.
No dice quién autorizará la obra.
No revela el acuerdo internacional que podría hacerlo posible.
No explica cómo se resolverá la situación del Monte del Templo.
No establece cuánto tiempo requerirá su construcción.
Pero el hecho de que no conozcamos el procedimiento no disminuye la claridad del resultado.
Las profecías describen un templo futuro.
Dios conoce el camino que llevará a su cumplimiento.
La restauración de Israel ya ocurrió.
Jerusalén volvió al centro.
El pueblo regresó a su tierra.
El escenario político y religioso existe.
Pero el templo todavía no ha sido levantado.
Esto significa que estamos contemplando un escenario profético parcialmente preparado.
Algunas condiciones ya se cumplieron.
Otras todavía se encuentran delante de nosotros.
El tercer templo es una de las piezas más importantes que aún faltan.
El tabernáculo mostró el deseo de Dios de habitar en medio de su pueblo.
El templo de Salomón fue el centro espiritual de Israel.
El segundo templo recibió la visita del Mesías.
Roma destruyó aquel templo en el año 70 d. C.
Pero las profecías de Daniel, Jesús, Pablo y Apocalipsis describen un templo que existirá después de aquella destrucción.
Daniel anuncia sacrificios que serán interrumpidos.
Jesús habla de una abominación en el lugar santo.
Pablo presenta al hombre de pecado sentado en el templo.
Apocalipsis muestra el templo, el altar y los adoradores en Jerusalén.
La conclusión es inevitable:
Si estas profecías se interpretan literalmente, debe existir nuevamente un templo en Jerusalén.
No conocemos el momento de su construcción.
No sabemos qué acontecimientos políticos la permitirán.
No sabemos cuánto tiempo falta.
Pero sabemos que la Palabra de Dios no puede fallar.
Israel ya volvió a existir.
Jerusalén ya regresó al centro de la historia.
El escenario necesario está tomando forma.
El tercer templo todavía no ha sido construido, pero las profecías declaran que llegará a ocupar un lugar central en los acontecimientos finales.
Por eso, su importancia no se limita a la arqueología, la política o la religión judía.
Es una pieza fundamental del escenario profético.
La pregunta no debe ser solamente:
¿Cuándo será construido el templo?
La pregunta más importante es:
¿Estamos preparados espiritualmente para los acontecimientos que seguirán cuando ese escenario se complete?
“Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor.”
(Mateo 24:42, RVR1960).
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Escuche música con propósito:
El artículo anterior mostró que el templo ocupa un lugar central en la historia de Israel y en las profecías de los últimos tiempos. El tabernáculo, el templo de Salomón y el segundo templo prepararon el trasfondo bíblico necesario para comprender los anuncios de Daniel, Jesús, Pablo y Apocalipsis.
Ahora debemos avanzar hacia una pregunta más específica:
¿Por qué estas profecías requieren que exista nuevamente un templo en Jerusalén?
La respuesta no depende de una sola palabra aislada. Surge de la convergencia de varios elementos:
Estos elementos no describen únicamente una idea religiosa ni una institución invisible. Presentan un escenario concreto de adoración, sacrificio, profanación y juicio.
Si los pasajes se interpretan de manera natural y futura, la conclusión es directa:
Debe existir nuevamente un templo en Jerusalén.
El punto de partida se encuentra en la profecía de las setenta semanas de Daniel.
“Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda.”
(Daniel 9:27, RVR1960).
El texto describe a un gobernante relacionado con el pueblo del príncipe que destruiría la ciudad y el santuario. Este personaje confirmará un pacto con muchos y, a la mitad de la semana profética, hará cesar el sacrificio y la ofrenda.
La expresión “hará cesar” es decisiva.
Daniel no anuncia simplemente que no habrá sacrificios. Declara que una actividad ya existente será interrumpida.
Para que algo cese, primero debe estar funcionando.
Para que los sacrificios sean suspendidos, primero deben haber sido reanudados.
Y para que se reanuden conforme al sistema bíblico de Israel, debe existir un lugar reconocido para el altar, el sacerdocio y el culto.
La pregunta surge inevitablemente:
¿Cómo podrían suspenderse sacrificios que no existen?
En la actualidad, Israel no ofrece los sacrificios prescritos en la Ley de Moisés.
No existe un altar nacional en funcionamiento.
No hay un templo judío en Jerusalén.
No se desarrolla el culto levítico como en los tiempos bíblicos.
Por tanto, Daniel está contemplando una condición futura distinta de la actual.
Antes de la interrupción anunciada, el sistema sacrificial tendrá que ser restaurado.
Esto requiere más que un edificio vacío. Requiere un orden religioso establecido:
Un lugar santo.
Un altar.
Sacrificios.
Ofrendas.
Ministros del culto.
Adoradores.
El pasaje no permite reducirlo todo a una metáfora general del mal. Describe la suspensión de acciones religiosas concretas.
Daniel 9:26 había anunciado:
“Y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario.”
(Daniel 9:26, RVR1960).
La ciudad y el santuario fueron destruidos por los romanos en el año 70 d. C. Sin embargo, el texto distingue entre el pueblo destructor y el príncipe que había de venir.
El pueblo romano destruyó Jerusalén y el templo, pero el gobernante final relacionado con ese poder todavía pertenece al desarrollo futuro de la profecía.
Este príncipe establecerá un pacto, lo quebrantará, interrumpirá los sacrificios y traerá la abominación desoladora.
Daniel presenta, por tanto, una secuencia:
Primero, un pacto.
Después, la restauración del culto.
Luego, la interrupción de los sacrificios.
Finalmente, la profanación.
Cada paso presupone que Israel se encuentra nuevamente en su tierra y que existe un centro religioso en Jerusalén.
La “semana” de Daniel representa un período de siete años. A la mitad de ese período, es decir, después de tres años y medio, el gobernante rompe el orden previamente establecido.
Esto armoniza con otros períodos proféticos:
Cuarenta y dos meses.
Mil doscientos sesenta días.
Un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo.
Estas expresiones aparecen en Daniel y Apocalipsis para describir la segunda mitad del período final de tribulación.
La interrupción de los sacrificios no será un acontecimiento menor. Marcará el comienzo de una etapa de abierta rebelión contra Dios.
Daniel relaciona la suspensión del sacrificio con la abominación desoladora.
“Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador.”
(Daniel 9:27, RVR1960).
La expresión describe una profanación extrema del lugar dedicado a Dios.
No se trata solamente de una decisión administrativa para suspender ceremonias. Es un acto deliberado de rebelión, usurpación y blasfemia.
El lugar santo será ocupado por aquello que Dios aborrece.
La adoración verdadera será reemplazada por una adoración falsa.
El gobernante que había garantizado un pacto se revelará como enemigo de Dios.
En el siglo II a. C., Antíoco IV Epífanes profanó el templo de Jerusalén. Prohibió prácticas judías, interrumpió los sacrificios y contaminó el altar.
Aquel acontecimiento fue una manifestación histórica de la abominación desoladora y sirvió como modelo del gobernante final.
Sin embargo, no agotó la profecía.
La razón es clara: siglos después de Antíoco, Jesús habló de la abominación desoladora como un acontecimiento todavía futuro.
Lo ocurrido bajo Antíoco fue una anticipación.
El cumplimiento final todavía se encuentra relacionado con los acontecimientos que precederán al regreso de Cristo.
Jesús confirmó la importancia futura de la profecía de Daniel.
“Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel…”
(Mateo 24:15, RVR1960).
La declaración de Jesús es fundamental por varias razones.
Primero, reconoce que Daniel habló verdaderamente de una abominación desoladora.
Segundo, coloca su cumplimiento dentro del escenario futuro que estaba explicando a sus discípulos.
Tercero, ubica el acontecimiento en “el lugar santo”.
Cuarto, ordena a quienes estén en Judea que huyan cuando la señal aparezca.
El contexto no es abstracto.
Hay una región: Judea.
Hay una ciudad: Jerusalén.
Hay un lugar sagrado.
Hay una profanación.
Hay una huida.
Hay una tribulación sin precedente.
Jesús no habló de una idea invisible que solamente pudiera percibirse espiritualmente.
Dijo:
“Cuando veáis…”
El acontecimiento será reconocible.
La profanación tendrá una manifestación concreta.
Los habitantes de Judea sabrán que ha llegado el momento de huir.
Esto requiere un lugar identificable y un acontecimiento visible.
La expresión “lugar santo” encaja naturalmente con el recinto del templo.
Jesús no reinterpretó a Daniel como una referencia exclusiva a acontecimientos pasados.
Tampoco declaró que el lugar santo fuera sustituido por una realidad puramente simbólica.
Por el contrario, tomó la profecía en serio y advirtió que su cumplimiento tendría consecuencias históricas para Judea y Jerusalén.
El templo destruido en el año 70 d. C. no puede ser el escenario final de Mateo 24 si la profecía se relaciona con la tribulación que culmina en la manifestación de Cristo.
Por tanto, debe existir un santuario posterior al segundo templo.
El apóstol Pablo añade un detalle todavía más específico.
“Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición.”
(2 Tesalonicenses 2:3, RVR1960).
Después declara:
“El cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios.”
(2 Tesalonicenses 2:4, RVR1960).
Pablo identifica a este personaje como el hombre de pecado y el hijo de perdición.
Su rebelión culminará cuando ocupe el templo de Dios y reclame la posición que pertenece solamente al Señor.
Aquí la profanación alcanza su máxima expresión.
No se conformará con controlar el templo.
Se sentará en él.
No se conformará con interrumpir el culto.
Exigirá adoración.
No se presentará únicamente como gobernante.
Se hará pasar por Dios.
La importancia del templo futuro no radica solamente en que allí se reanudarán los sacrificios.
Será también el escenario donde el gobernante final revelará abiertamente su verdadera naturaleza.
El pacto dará paso a la traición.
La protección dará paso a la persecución.
La tolerancia religiosa dará paso a la adoración obligatoria.
El templo se convertirá en el lugar donde el hombre de pecado desafiará directamente a Dios.
Algunos han interpretado el “templo de Dios” como una referencia a la iglesia. Es cierto que en otros pasajes Pablo llama templo al conjunto de los creyentes.
Sin embargo, en 2 Tesalonicenses 2 el contexto es distinto.
Pablo describe a un individuo que se sienta, se exalta y se presenta como Dios.
La acción encaja directamente con la abominación anunciada por Daniel y confirmada por Jesús.
El hombre de pecado no se sienta simbólicamente dentro de millones de creyentes.
Entra en un lugar concreto de adoración y lo usurpa.
Por eso, el templo de 2 Tesalonicenses 2 debe entenderse como un templo futuro en Jerusalén.
Las semejanzas son evidentes.
Un príncipe establece un pacto.
Interrumpe los sacrificios.
Trae la abominación.
Provoca desolación.
El hombre de pecado se manifiesta.
Se opone a Dios.
Entra en el templo.
Se presenta como Dios.
Existe un centro de adoración.
Ocurre una profanación.
Aparece un gobernante blasfemo.
La rebelión culmina antes del juicio divino.
Daniel observa la interrupción del culto.
Jesús advierte sobre la señal.
Pablo revela quién ocupará el lugar santo.
Los tres pasajes describen diferentes momentos del mismo acontecimiento.
Apocalipsis añade una imagen que completa el escenario.
“Entonces me fue dada una caña semejante a una vara de medir, y se me dijo: Levántate, y mide el templo de Dios, y el altar, y a los que adoran en él.”
(Apocalipsis 11:1, RVR1960).
Luego Juan recibe esta instrucción:
“Pero el patio que está fuera del templo déjalo aparte, y no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles; y ellos hollarán la ciudad santa cuarenta y dos meses.”
(Apocalipsis 11:2, RVR1960).
Este pasaje no repite simplemente lo dicho por Daniel. Añade nuevos elementos.
Daniel habló de sacrificios.
Jesús habló del lugar santo.
Pablo habló del hombre de pecado.
Juan presenta la disposición del recinto:
El templo.
El altar.
Los adoradores.
El patio exterior.
La ciudad santa.
El dominio gentil.
El período de cuarenta y dos meses.
En las Escrituras, medir puede expresar posesión, separación, evaluación o protección.
Juan no recibe la orden de medir toda Jerusalén. Debe medir el templo, el altar y a quienes adoran allí.
El patio exterior, en cambio, queda fuera de la medición y es entregado a los gentiles.
La distinción demuestra que el templo estará relacionado con una situación de división y conflicto.
Una parte se vincula con el culto.
Otra queda bajo dominio extranjero.
La ciudad santa será hollada durante cuarenta y dos meses.
Este período corresponde a los tres años y medio de la segunda mitad de la semana de Daniel.
Apocalipsis menciona en otros lugares el templo celestial. Sin embargo, el templo del capítulo 11 se encuentra conectado directamente con la ciudad santa y con el dominio de los gentiles.
El texto habla de un patio exterior.
Habla de adoradores.
Habla de Jerusalén.
Habla de cuarenta y dos meses de opresión.
Estas características corresponden a un escenario terrenal.
El templo medido por Juan está dentro de la ciudad que será hollada por las naciones.
Por tanto, Apocalipsis 11 confirma la existencia de un templo futuro en Jerusalén durante la tribulación.
La fuerza de esta interpretación no depende únicamente de Daniel 9:27.
Se encuentra en la convergencia de cuatro testimonios.
Los sacrificios serán suspendidos.
La abominación aparecerá en el lugar santo.
El hombre de pecado se sentará en el templo de Dios.
El templo, el altar y los adoradores existirán en la ciudad santa.
No son cuatro profecías separadas sin conexión.
Son cuatro ventanas que permiten observar el mismo escenario desde diferentes ángulos.
Daniel muestra el pacto y la interrupción.
Jesús muestra la señal que desencadena la huida.
Pablo muestra al usurpador dentro del templo.
Juan muestra el templo funcionando durante la tribulación.
Algunos relacionan estos pasajes exclusivamente con la destrucción de Jerusalén en el año 70 d. C.
Sin embargo, esa explicación no satisface todos los elementos.
El ejército romano destruyó el segundo templo, pero no existe evidencia de que un gobernante romano entrara en él, se sentara como Dios y exigiera adoración en el cumplimiento pleno descrito por Pablo.
Tampoco la destrucción del año 70 completa el período profético que Apocalipsis relaciona con la manifestación final del poder anticristiano.
La caída de Jerusalén fue un juicio verdadero y una anticipación de acontecimientos futuros.
Pero no agotó la profecía.
Daniel, Jesús, Pablo y Juan describen un escenario final que todavía requiere otro templo.
La profecía no se concentra principalmente en la ceremonia de inauguración del templo.
Tampoco explica cada etapa de su construcción.
Lo presenta ya existente cuando comienzan los acontecimientos decisivos.
Por tanto, el orden lógico es el siguiente:
Israel existe nuevamente.
Jerusalén ocupa el centro del escenario.
Se establece un acuerdo que permite el culto.
Los sacrificios son reanudados.
El templo funciona.
A la mitad del período, el gobernante rompe el pacto.
Los sacrificios son interrumpidos.
El lugar santo es profanado.
El hombre de pecado reclama adoración.
Comienza la gran tribulación.
La construcción del templo no será el final de la profecía.
Será el comienzo visible de una etapa que desembocará en una crisis mundial.
Daniel declara que el príncipe confirmará un pacto con muchos.
Esto indica que el restablecimiento del culto estará relacionado con un acuerdo político o religioso de gran importancia.
La situación actual del Monte del Templo parece humanamente difícil de resolver. Allí convergen intereses judíos, musulmanes, palestinos, israelíes e internacionales.
Precisamente por eso, un gobernante capaz de establecer un acuerdo relacionado con Jerusalén podría ser recibido como un extraordinario negociador.
El pacto generará una apariencia de paz.
Permitirá la restauración del culto.
Dará la impresión de haber resuelto un conflicto imposible.
Pero la profecía declara que el acuerdo será quebrantado.
La paz aparente desembocará en profanación y persecución.
La reconstrucción del templo será un acontecimiento de enorme importancia profética, pero no debe confundirse con la conversión espiritual de Israel.
El culto restaurado seguirá perteneciendo a un sistema que no reconoce todavía el sacrificio definitivo de Jesucristo.
La carta a los Hebreos declara que Cristo ofreció un solo sacrificio para siempre.
“Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.”
(Hebreos 10:14, RVR1960).
Los sacrificios futuros no podrán quitar el pecado.
Tendrán importancia profética, pero no poder redentor.
El templo mostrará que la historia ha llegado al escenario anunciado, pero solamente Cristo puede reconciliar al ser humano con Dios.
El tercer templo representará una de las mayores contradicciones de los últimos tiempos.
Será presentado como un triunfo religioso, pero terminará siendo profanado.
Parecerá una señal de paz, pero se convertirá en el centro de una crisis.
Permitirá la reanudación del culto, pero allí mismo el hombre de pecado exigirá adoración.
Será llamado templo de Dios, pero será invadido por quien se opone a Dios.
Su existencia confirmará la exactitud de la profecía, pero su profanación revelará la profundidad de la rebelión humana.
El creyente no necesita inventar fechas ni convertir cada noticia de Jerusalén en un cumplimiento inmediato.
Pero tampoco debe ignorar la dirección general de los acontecimientos.
Israel ya existe.
Jerusalén volvió al centro del mundo.
El lugar del antiguo templo continúa siendo objeto de tensión.
Existe nuevamente interés judío en el templo.
La posibilidad de restaurar el culto ha vuelto a discutirse.
La pieza que durante siglos parecía imposible ya no puede descartarse como una fantasía.
El escenario está mucho más cerca de la descripción profética que en cualquier otro período desde la destrucción del segundo templo.
Volvamos a la pregunta con la que comenzamos:
¿Cómo podrían suspenderse sacrificios que no existen?
No podrían.
Por eso, deberán comenzar nuevamente.
¿Cómo podría aparecer la abominación en un lugar santo inexistente?
No podría.
Por eso, deberá existir nuevamente un lugar santo.
¿Cómo podría el hombre de pecado sentarse en un templo que no existe?
No podría.
Por eso, deberá levantarse un templo.
¿Cómo podría Juan medir un templo, un altar y adoradores si todo fuera únicamente una institución invisible?
La descripción natural del pasaje requiere una realidad física en Jerusalén.
Daniel anunció que los sacrificios serían suspendidos.
Jesús anunció que la abominación aparecería en el lugar santo.
Pablo anunció que el hombre de pecado se sentaría en el templo de Dios.
Juan contempló un templo, un altar y adoradores dentro de la ciudad santa.
Estos pasajes no dependen unos de otros por casualidad.
Forman una secuencia profética coherente.
Templo reconstruido.
Culto restaurado.
Pacto confirmado.
Sacrificios reanudados.
Pacto quebrantado.
Sacrificios suspendidos.
Lugar santo profanado.
Gobernante adorado.
Tribulación desatada.
La conclusión es firme:
Las profecías requieren un templo futuro en Jerusalén.
No sabemos todavía cómo será construido.
No conocemos el acuerdo que lo hará posible.
No podemos establecer la fecha de su edificación.
Pero sí sabemos que no puede suspenderse un sacrificio inexistente, profanarse un lugar santo inexistente ni sentarse alguien en un templo inexistente.
El segundo templo fue destruido en el año 70 d. C.
Por tanto, el templo descrito en estas profecías debe ser futuro.
La pregunta profética ya no es si hará falta un templo.
La profecía declara que hará falta.
La pregunta es:
¿Cuánto falta para que el escenario que durante siglos parecía imposible se convierta en realidad?
Y aún más importante:
¿Estamos preparados espiritualmente para los acontecimientos que comenzarán cuando estas profecías entren en su cumplimiento final?
“Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis.”
(Mateo 24:44, RVR1960).
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Por el Dr. Elio M Rivera
La preparación dejó de ser solamente una interpretación profética
En los artículos anteriores examinamos las profecías que requieren la existencia de un templo futuro en Jerusalén. Daniel anunció la interrupción de los sacrificios; Jesús habló de la abominación desoladora en el lugar santo; Pablo declaró que el hombre de pecado se sentará en el templo de Dios, y Juan contempló un templo, un altar y adoradores durante los acontecimientos finales.
Sin embargo, todavía podría surgir una pregunta:
¿Existe realmente alguien preparándose para reconstruir el templo y reanudar sus ceremonias?
La respuesta es sí.
En Jerusalén existe una organización dedicada específicamente a estudiar, preparar y reconstruir los elementos necesarios para el funcionamiento de un futuro templo judío.
Se llama Instituto del Templo, conocido en hebreo como Machon HaMikdash.
No se trata únicamente de un grupo que conversa acerca del templo.
Investiga sus ceremonias.
Reconstruye sus utensilios.
Prepara vestiduras sacerdotales.
Estudia las funciones de los sacerdotes.
Promueve la restauración del culto.
Educa al público acerca de un futuro templo.
Lo que durante siglos fue considerado una posibilidad remota comenzó a transformarse en un proyecto organizado.
La fundación del Instituto del Templo
El Instituto del Templo fue fundado en Jerusalén en 1987 por el rabino Israel Ariel.
Israel Ariel había servido como paracaidista durante la Guerra de los Seis Días de 1967 y estuvo entre los soldados israelíes que llegaron al Monte del Templo cuando Jerusalén oriental quedó bajo control de Israel.
Años después fundó una organización dedicada a recuperar el conocimiento necesario para la construcción y el funcionamiento del templo.
El objetivo declarado del Instituto no es solamente conservar el recuerdo de los templos antiguos. Su propósito es preparar los utensilios, las vestiduras, los conocimientos y los elementos necesarios para que el servicio pueda ser restaurado cuando las condiciones lo permitan.
El Instituto considera el templo una obligación todavía vigente para el pueblo judío. Su trabajo parte de la convicción de que no debe esperarse hasta el día de la reconstrucción para comenzar los preparativos.
Según su propia perspectiva, todo aquello que pueda prepararse anticipadamente debe estar listo.
La lógica del Instituto es sencilla, pero profundamente significativa.
Si el templo llegara a ser autorizado, no sería suficiente levantar paredes.
Se necesitarían utensilios.
Vestiduras.
Sacerdotes instruidos.
Conocimiento de las ceremonias.
Instrumentos musicales.
Altares.
Materiales para los sacrificios.
Métodos para determinar la pureza ritual.
Por eso, el Instituto no está esperando el comienzo de la construcción para iniciar su trabajo.
Está preparando ahora aquello que considera necesario para entonces.
Los utensilios sagrados han sido reconstruidos
Uno de los logros más impresionantes del Instituto del Templo es la reconstrucción de numerosos utensilios relacionados con el servicio del santuario.
Estos objetos no han sido fabricados solamente como piezas decorativas para un museo.
El Instituto declara que han sido estudiados y elaborados con la intención de que puedan utilizarse cuando el templo sea reconstruido.
Su exposición pública funciona como museo, centro educativo y demostración de que la preparación ya ha comenzado.
Entre los objetos más conocidos se encuentra una gran menorá de siete brazos.
El candelabro fue uno de los utensilios principales del tabernáculo y del templo. Debía ser elaborado conforme al diseño revelado por Dios a Moisés.
“Harás además un candelero de oro puro; labrado a martillo se hará el candelero.”
(Éxodo 25:31, RVR1960).
La menorá preparada por el Instituto se encuentra expuesta cerca del barrio judío de la Ciudad Vieja de Jerusalén.
No es una pequeña reproducción colocada dentro de una vitrina. Es una pieza de tamaño ceremonial, construida para representar el candelabro que podría utilizarse en el futuro templo.
Fotografía sugerida:
La menorá de siete brazos preparada por el Instituto del Templo y exhibida en Jerusalén.
El Instituto también reconstruyó el altar del incienso, conocido como el altar de oro.
En el templo se encontraba delante del velo que separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo. Sobre él se quemaba incienso cada mañana y cada tarde.
“Harás asimismo un altar para quemar el incienso; de madera de acacia lo harás.”
(Éxodo 30:1, RVR1960).
La reconstrucción del altar demuestra que el Instituto no se limita a preparar los objetos más conocidos. Está estudiando cada elemento necesario para restablecer el orden del culto.
Fotografía sugerida:
Reconstrucción del altar del incienso preparada conforme a los estudios del Instituto del Templo.
La mesa de los panes de la proposición
Otro de los objetos reconstruidos es la mesa donde debían colocarse los panes de la proposición.
Doce panes eran colocados continuamente delante de Dios, representando a las doce tribus de Israel.
“Y pondrás sobre la mesa el pan de la proposición delante de mí continuamente.”
(Éxodo 25:30, RVR1960).
La existencia de esta mesa muestra que los preparativos se extienden hasta los detalles ordinarios del servicio semanal.
Fotografía sugerida:
La mesa preparada para los doce panes de la proposición.
El Instituto también ha preparado trompetas de plata basadas en las instrucciones bíblicas.
“Hazte dos trompetas de plata; de obra de martillo las harás.”
(Números 10:2, RVR1960).
Estas trompetas se utilizaban para convocar al pueblo, anunciar movimientos y acompañar ceremonias religiosas.
Su reconstrucción demuestra que el proyecto incluye no solamente el edificio y los sacrificios, sino también los sonidos, señales y ceremonias que formaban parte del servicio.
Fotografía sugerida:
Las trompetas de plata elaboradas para un futuro servicio del templo.
El servicio del templo requería sacerdotes vestidos conforme a instrucciones específicas.
Dios dijo a Moisés:
“Y harás vestiduras sagradas a Aarón tu hermano, para honra y hermosura.”
(Éxodo 28:2, RVR1960).
El Instituto ha investigado los materiales, los colores, el tejido y el diseño de estas vestiduras.
Ha producido prendas destinadas a representar las vestiduras de los sacerdotes y del sumo sacerdote.
Entre ellas se encuentran:
La túnica.
El cinturón sacerdotal.
El turbante.
El efod.
El manto.
La lámina de oro.
El pectoral del juicio.
El pectoral del sumo sacerdote
El pectoral era una de las piezas más impresionantes de la vestidura del sumo sacerdote.
Contenía doce piedras preciosas, cada una relacionada con una tribu de Israel.
“Y las piedras serán según los nombres de los hijos de Israel, doce según sus nombres.”
(Éxodo 28:21, RVR1960).
El Instituto produjo una reconstrucción del pectoral basada en sus investigaciones sobre la descripción bíblica, las piedras y los métodos de fabricación.
Contemplar este objeto produce una impresión profunda. Ya no se está observando solamente un dibujo en un libro de arqueología, sino un objeto preparado por personas que esperan verlo utilizado nuevamente.
Fotografía sugerida:
El pectoral preparado para la vestidura de un futuro sumo sacerdote.
Los objetos no pueden realizar el culto por sí mismos.
Se necesitan sacerdotes.
Por esta razón, uno de los aspectos más significativos de la preparación consiste en identificar e instruir a hombres pertenecientes a familias sacerdotales.
Dentro del judaísmo todavía existen familias que conservan el apellido o la tradición de descender de Aarón. Se les conoce como kohanim, plural de kohen, sacerdote.
El Instituto ha promovido el estudio de las leyes del templo y de las funciones sacerdotales.
Esto incluye aprender:
El orden de los sacrificios.
El cuidado de los utensilios.
La colocación del pan.
La quema del incienso.
Las normas de pureza.
Las vestiduras correspondientes.
Las funciones asignadas a sacerdotes y levitas.
El objetivo es que el conocimiento no tenga que ser recuperado desde cero cuando llegue el momento.
La vaquilla roja: una condición indispensable
Uno de los mayores obstáculos para la restauración completa del servicio es la necesidad de una vaquilla roja.
Números 19 establece que debía ser una vaca alazana sin defecto, sobre la cual nunca hubiera sido puesto yugo.
“Di a los hijos de Israel que te traigan una vaca alazana, perfecta, en la cual no haya falta, sobre la cual no se haya puesto yugo.”
(Números 19:2, RVR1960).
Sus cenizas debían utilizarse en un rito de purificación.
El Instituto enseña que sin esas cenizas no podría restaurarse completamente la pureza ritual necesaria para el servicio del templo. También explica que incluso dos pelos de otro color pueden descalificar al animal.
Por eso, durante años se han buscado y examinado posibles vaquillas.
Algunas parecían cumplir inicialmente los requisitos, pero fueron descalificadas posteriormente al descubrirse pelos de otro color u otras condiciones que las hacían inadecuadas.
Mi primera visita al Instituto del Templo
Este tema no es para mí solamente una investigación realizada desde la distancia.
En el año 2004 tuve la oportunidad de viajar a Israel y visitar personalmente el Instituto del Templo en Jerusalén.
Todavía recuerdo la profunda impresión que aquella visita produjo en mí.
Hasta entonces había estudiado los pasajes proféticos que hablan de un futuro templo. Había leído que los sacrificios serían restablecidos, que posteriormente serían interrumpidos y que el lugar santo sería profanado.
Pero una cosa era leerlo en la Biblia y otra muy distinta encontrarme en Jerusalén, delante de una organización dedicada a preparar los objetos necesarios para hacerlo posible.
Durante aquella visita, representantes o guías del Instituto nos explicaron que, según sus estimaciones, ya contaban con aproximadamente el setenta por ciento del mobiliario y de los utensilios necesarios.
Nos dijeron que todavía les faltaban algunos elementos importantes, entre ellos el velo y la vaquilla roja necesaria para la purificación ritual.
También nos hablaron de los esfuerzos realizados para obtener una vaquilla que cumpliera los requisitos establecidos en Números 19. Nos explicaron que habían logrado producir ejemplares que parecían apropiados, pero que la aparición de pelos blancos los había descalificado.
La explicación coincidía con la extrema rigurosidad de las normas que ellos mismos enseñan: una posible vaquilla puede quedar descalificada por la presencia de apenas unos cuantos pelos de otro color.
Aquello me impresionó profundamente.
Comprendí que no estaba contemplando solamente una exposición acerca del pasado.
Estaba delante de personas que se preparaban para el futuro.
De la profecía escrita a la preparación visible
Mientras observaba los objetos reconstruidos, pensé en las palabras de Daniel:
“A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda.”
(Daniel 9:27, RVR1960).
Durante siglos, no existían sacrificios que pudieran ser suspendidos.
Pero allí estaban los utensilios.
Allí estaban las vestiduras.
Allí estaban los estudios.
Allí estaba el interés por preparar sacerdotes.
Allí estaba la búsqueda de una vaquilla roja.
La profecía todavía no se había cumplido, pero la preparación para el escenario descrito por ella estaba ocurriendo delante de mis ojos.
Mi segunda visita: la preparación había avanzado
En otro de mis viajes a Israel regresé al Instituto del Templo.
En esa ocasión nos informaron que, según su propia evaluación, los preparativos habían alcanzado aproximadamente el noventa por ciento.
La diferencia con mi primera visita era notable.
El proyecto no había quedado detenido.
Continuaba avanzando.
También nos explicaron que sacerdotes y levitas estudiaban y practicaban procedimientos relacionados con el servicio, para que estuvieran preparados si llegaba el momento de restaurar los sacrificios.
Aquello añadió una nueva dimensión a lo que yo ya había contemplado.
No se estaban preparando solamente objetos.
También se estaba recuperando conocimiento humano.
Un altar puede construirse en poco tiempo.
Una vestidura puede confeccionarse.
Pero aprender procedimientos ceremoniales que no se han practicado plenamente durante casi dos mil años requiere investigación, enseñanza y entrenamiento.
Mi tercera visita: “Ya tenemos todo”
En una visita posterior, la información que recibimos fue todavía más sorprendente.
Nos dijeron que ya tenían preparados todos o prácticamente todos los elementos necesarios.
También se nos informó que habían conseguido posibles vaquillas alazanas puras para continuar el proceso de evaluación.
La búsqueda de estos animales no es una invención moderna. El propio Instituto afirma que la preparación de la vaquilla roja constituye una condición para restaurar completamente el servicio del templo.
En septiembre de 2022 fueron llevadas a Israel cinco vaquillas rojas procedentes de Estados Unidos para ser examinadas y cuidadas mientras se determinaba si continuarían cumpliendo los requisitos. Sin embargo, la mera llegada de estos animales no demuestra que el rito ya pueda efectuarse: deben seguir siendo examinados y cumplir todas las normas exigidas.
Lo que nos dijeron acerca del Arca del Pacto
Durante una de aquellas visitas también recibimos una afirmación extraordinaria: se nos dijo que ya tenían el Arca del Pacto o que conocían su situación.
Debo expresar esta información exactamente como ocurrió.
Eso fue lo que se nos dijo durante la visita.
Yo no pude examinar el Arca ni verificar personalmente aquella afirmación.
Además, la información pública del propio Instituto reconoce que existen diversas teorías acerca del destino y la ubicación del Arca, sin presentar públicamente una prueba concluyente de que se encuentre en su posesión.
Por tanto, no puedo afirmar que vi el Arca del Pacto.
Sí puedo afirmar con certeza que durante mi visita recibimos aquella explicación y que produjo una impresión profunda en quienes la escuchamos.
La ubicación del Lugar Santísimo
También se nos explicó que, según los estudios que nos presentaron, ya conocían la ubicación del antiguo Lugar Santísimo.
Nos dijeron que estaría situado a un lado de la Cúpula de la Roca —conocida popularmente por algunos visitantes como la mezquita de Omar— y que, de acuerdo con esa interpretación, un futuro templo podría levantarse sin destruir necesariamente aquel santuario islámico.
Esta afirmación es de enorme importancia porque uno de los principales obstáculos políticos y religiosos para la reconstrucción es precisamente la presencia de la Cúpula de la Roca y de la mezquita de Al-Aqsa dentro del recinto.
Sin embargo, existen diferentes teorías acerca de la ubicación exacta de los templos antiguos y del Lugar Santísimo. No hay un consenso arqueológico, religioso y político universal que haya resuelto definitivamente la cuestión.
Por ello, debe entenderse que estoy relatando la explicación que recibimos durante la visita.
Lo verdaderamente significativo es que quienes trabajan en la preparación del templo consideran que la cuestión de su ubicación puede resolverse.
La grúa junto al Muro Occidental
Otra explicación que recibimos fue que cerca del Muro Occidental ya existía una grúa preparada para actuar cuando se diera la orden correspondiente.
No recibí documentación técnica que me permitiera verificar la finalidad exacta de aquella grúa.
Por tanto, no afirmo que toda grúa visible en el área haya sido instalada oficialmente para construir el templo.
Afirmo lo que nos comunicaron: que existían preparativos materiales destinados a facilitar una acción rápida si las circunstancias cambiaban.
La explicación concordaba con el mensaje general de la visita:
No estaban pensando comenzar a prepararse después de recibir autorización. Deseaban estar preparados antes de recibirla.
Las piedras que supuestamente serían utilizadas
En otro momento, un guía turístico nos condujo a observar grandes piedras que, según nos explicó, habían sido preparadas para la futura construcción.
En este punto debo ser todavía más cuidadoso.
No pude confirmar que aquellas piedras pertenecieran oficialmente al Instituto del Templo ni que hubieran sido certificadas para ese propósito.
Por eso, las presento como lo que fueron: una afirmación recibida de un guía durante el viaje, no una conclusión arqueológica comprobada por mí.
Este detalle no es necesario para demostrar la existencia de los preparativos.
Los utensilios, las vestiduras, la menorá, los estudios y el museo pueden documentarse públicamente. El testimonio acerca de las piedras queda como parte de mi experiencia personal, pero no como evidencia principal.
¿Por qué cooperé con el Instituto?
En las tres ocasiones en que visité el Instituto del Templo decidí contribuir económicamente.
Lo hice porque deseaba participar, aunque fuera de una manera pequeña, en algo que comprendía como parte de la preparación del escenario profético.
Mi cooperación no significaba aceptar la teología judía sobre los sacrificios ni pensar que la sangre de animales pudiera sustituir el sacrificio perfecto de Jesucristo.
Como cristiano, creo que Jesús ofreció de una vez y para siempre el sacrificio definitivo por nuestros pecados.
“Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.”
(Hebreos 10:14, RVR1960).
Mi motivación era distinta.
Comprendía que la Biblia había anunciado la reanudación de sacrificios y que esa reanudación requería utensilios, sacerdotes, conocimiento ceremonial y condiciones de pureza ritual.
Al contribuir, sentía que estaba siendo testigo y participante indirecto de una preparación relacionada con la profecía.
No significa que el templo será construido mañana
La existencia del Instituto no significa que el tercer templo vaya a levantarse inmediatamente.
Todavía existen obstáculos enormes.
La situación política de Jerusalén.
La administración del Monte del Templo.
La oposición del mundo islámico.
Las diferentes posiciones dentro del propio judaísmo.
Las consecuencias diplomáticas y militares.
Las discusiones acerca de la ubicación exacta.
Las normas de pureza ritual.
Pero los obstáculos no eliminan la importancia de la preparación.
Israel tampoco parecía capaz de volver a existir como nación.
Jerusalén tampoco parecía capaz de regresar al centro de la historia judía.
El hebreo tampoco parecía destinado a volver a ser una lengua cotidiana.
Los judíos tampoco parecían capaces de regresar desde tantas naciones.
Y, sin embargo, ocurrió.
Lo verdaderamente sorprendente
Lo más sorprendente del Instituto del Templo no es solamente la belleza de sus objetos.
Tampoco es únicamente el valor del oro, las piedras o las telas.
Lo verdaderamente sorprendente es la intención con la cual fueron preparados.
La menorá no fue hecha solamente para recordar el pasado.
El altar no fue construido solamente para decorar un museo.
Las vestiduras no fueron confeccionadas solamente para ilustrar una clase.
El pectoral no fue elaborado únicamente como una obra de arte.
Han sido preparados por personas que desean restaurar el templo y su servicio cuando las circunstancias lo permitan. El propio Instituto presenta abiertamente su trabajo sobre los utensilios y sobre la vaquilla roja como preparación para un futuro templo.
Una preparación que encaja con la profecía
Daniel anunció sacrificios que serían interrumpidos.
El Instituto prepara utensilios para el culto.
Jesús anunció una abominación en el lugar santo.
El Instituto estudia la ubicación y la estructura del templo.
Pablo anunció que el hombre de pecado se sentará en el templo de Dios.
El Instituto trabaja para que vuelva a existir un templo físico.
Apocalipsis presenta un altar y adoradores.
El Instituto prepara altares, vestiduras y personas instruidas para el servicio.
El Instituto no está cumpliendo por sí solo todas las profecías del tercer templo.
Pero está preparando elementos indispensables para que el escenario descrito por ellas pueda existir.
El fin está más cerca de lo que queremos reconocer
Después de visitar el Instituto del Templo en varias ocasiones, llegué a una conclusión que nunca he podido olvidar:
El fin está más cerca de lo que muchos desean reconocer.
No lo digo porque alguien haya establecido una fecha.
No lo digo porque todos los rumores relacionados con el templo sean necesariamente ciertos.
No lo digo porque cada objeto preparado constituya por sí solo el cumplimiento final.
Lo digo porque el escenario que durante casi dos mil años no podía existir ha comenzado a prepararse.
Israel existe.
Jerusalén está nuevamente bajo control israelí.
El Monte del Templo ocupa el centro de la atención religiosa y política.
Los utensilios han sido reconstruidos.
Las vestiduras sacerdotales han sido preparadas.
Se estudian las ceremonias.
Se buscan vaquillas rojas.
Se instruye a personas relacionadas con el sacerdocio.
Existe una organización dedicada específicamente al futuro templo.
Ya no estamos preguntando solamente:
¿Podría algún día prepararse lo necesario?
Una parte considerable ya ha sido preparada.
Una advertencia contra la incredulidad
Existe una forma de incredulidad que no niega abiertamente la Biblia, pero siempre pospone su cumplimiento.
Dice:
“Todavía falta mucho.”
“Eso nunca podrá suceder.”
“Es solamente simbólico.”
“No existen las condiciones.”
“La situación política jamás lo permitirá.”
Pero cada vez que la historia elimina un obstáculo, la incredulidad busca otro.
Cuando Israel no existía, se decía que nunca regresaría.
Cuando regresó, se dijo que Jerusalén nunca volvería a estar bajo su control.
Cuando Jerusalén volvió, se dijo que nadie pensaría seriamente en el templo.
Ahora existe una organización que prepara utensilios, vestiduras y conocimiento ceremonial.
La incredulidad siempre exige una señal más.
La fe observa la dirección de los acontecimientos y reconoce que Dios está preparando el escenario anunciado en su Palabra.
El Instituto del Templo fue fundado en Jerusalén en 1987 con un propósito declarado: preparar los elementos necesarios para la restauración del templo y de su servicio.
Desde entonces ha investigado y reconstruido numerosos objetos relacionados con el culto:
La menorá.
El altar del incienso.
La mesa de los panes.
Las trompetas de plata.
Las vestiduras sacerdotales.
El pectoral del sumo sacerdote.
Diversos recipientes y utensilios.
También ha estudiado las ceremonias, la pureza ritual, la función de los sacerdotes y la búsqueda de una vaquilla roja.
Yo visité personalmente el Instituto en varias ocasiones.
En 2004 me dijeron que los preparativos se encontraban aproximadamente en un setenta por ciento.
En otra visita nos dijeron que habían avanzado aproximadamente al noventa por ciento y que sacerdotes y levitas se preparaban para sus funciones.
Posteriormente recibimos la explicación de que prácticamente todo estaba preparado y que continuaban avanzando en asuntos como la vaquilla roja y la ubicación del templo.
Algunas de las afirmaciones que escuché durante aquellas visitas no pueden verificarse públicamente, especialmente las relacionadas con el Arca del Pacto, una grúa preparada y determinadas piedras para la construcción.
Pero el núcleo de la preparación es visible, documentado y real.
Los utensilios existen.
Las vestiduras existen.
La menorá existe.
El museo existe.
La investigación existe.
La búsqueda de la vaquilla roja existe.
La preparación para un futuro servicio existe.
Por eso, la conclusión es firme:
El tercer templo todavía no ha sido construido, pero la preparación para su funcionamiento ya comenzó.
Daniel anunció que los sacrificios serían suspendidos.
Hoy existen personas preparándose para reanudarlos.
Jesús anunció que el lugar santo sería profanado.
Hoy existen personas estudiando cómo restaurarlo.
Pablo anunció que el hombre de pecado se sentaría en el templo de Dios.
Hoy existe una organización preparando aquello que ese escenario requiere.
No conocemos el día de la reconstrucción.
Pero ya no podemos afirmar que nadie se está preparando.
Yo estuve allí.
Lo vi.
Escuché sus explicaciones.
Contemplé los objetos.
Observé el avance entre una visita y otra.
Y comprendí que las profecías que durante siglos parecían lejanas están mucho más cerca de su cumplimiento de lo que muchos quieren admitir.
La pregunta final no es solamente:
¿Cuándo se levantará el templo?
La pregunta que cada creyente debe responder es:
¿Estoy preparado para encontrarme con Cristo cuando los acontecimientos anunciados comiencen a desarrollarse?
“Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca.”
(Lucas 21:28, RVR1960).
Libro recomendado

Escuche música con propósito:
Un cambio que transformó la historia
Durante la mayor parte de la historia humana, las economías funcionaban de manera casi independiente unas de otras.
En tiempos bíblicos, cada ciudad tenía su propio mercado.
Cada reino acuñaba su propia moneda.
Los sistemas comerciales eran limitados.
Las noticias tardaban semanas o meses en viajar.
Un conflicto en Egipto apenas afectaba a Persia.
Una crisis en Roma podía pasar desapercibida en la India.
El comercio existía, pero el mundo no funcionaba como un solo sistema económico.
La situación comenzó a cambiar lentamente durante los grandes descubrimientos geográficos de los siglos XV y XVI. Las rutas marítimas conectaron continentes enteros, surgieron grandes compañías comerciales y Europa inició un intercambio permanente con Asia, África y América.
Sin embargo, la verdadera transformación ocurrió mucho después.
La Revolución Industrial cambió las reglas
A finales del siglo XVIII comenzó la Revolución Industrial.
Las fábricas sustituyeron gran parte del trabajo artesanal.
La producción aumentó de manera extraordinaria.
Los ferrocarriles aceleraron el transporte.
Los barcos de vapor unieron continentes.
Posteriormente aparecieron el telégrafo y el teléfono.
Por primera vez, una decisión económica tomada en un país podía afectar rápidamente a otro.
El comercio dejó de ser principalmente regional.
Comenzó a convertirse en internacional.
La economía mundial empezaba a conectarse.
El nacimiento de las grandes finanzas internacionales
Durante el siglo XIX también crecieron los grandes bancos internacionales.
El crédito comenzó a cruzar fronteras.
Las inversiones ya no permanecían únicamente dentro de un país.
Las bolsas de valores adquirieron una influencia nunca antes vista.
Los gobiernos comenzaron a depender cada vez más de préstamos, mercados internacionales y sistemas financieros compartidos.
Todavía no existía una economía mundial completamente integrada.
Pero la dirección ya estaba marcada.
Cada década aumentaba la interdependencia.
El siglo XX aceleró el proceso
Las dos guerras mundiales demostraron que la economía ya no podía entenderse únicamente desde una perspectiva nacional.
Después de la Segunda Guerra Mundial surgieron nuevas instituciones internacionales destinadas a estabilizar la economía mundial.
El Fondo Monetario Internacional.
El Banco Mundial.
Posteriormente el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT), que décadas después daría origen a la Organización Mundial del Comercio.
El comercio internacional comenzó a crecer como nunca antes.
La economía mundial empezó a parecerse más a una red que a países completamente independientes.
Hace dos mil años, cuando el apóstol Juan escribió el Apocalipsis, habría parecido imposible imaginar una economía mundial suficientemente integrada como para influir sobre todas las naciones.
Hoy esa posibilidad ya no resulta extraña.
Todavía existen monedas nacionales.
Todavía existen gobiernos independientes.
Pero la economía del mundo nunca había estado tan conectada como ahora.
Y esa transformación constituye uno de los cambios históricos más importantes de nuestra época.
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Por el Dr. Elio M Rivera
Durante miles de años, el dinero fue un objeto físico.
Primero fueron metales preciosos.
Después monedas.
Más tarde billetes.
Quien quería comprar debía tener el dinero en la mano.
Quien quería vender debía recibir físicamente el pago.
Ese sistema cambió radicalmente durante el siglo XX.
Los bancos comenzaron a reemplazar el efectivo por registros electrónicos.
Las cuentas bancarias permitieron mover grandes cantidades de dinero sin transportar monedas ni billetes.
Posteriormente aparecieron:
Los cheques.
Las transferencias electrónicas.
Las tarjetas bancarias.
Los cajeros automáticos.
Más tarde llegaron las tarjetas de débito y crédito.
Finalmente aparecieron los pagos por internet y desde teléfonos móviles.
El dinero dejó de depender exclusivamente del papel.
Cada vez más se convirtió en información digital.
Hoy millones de operaciones financieras ocurren en segundos.
Un inversionista puede comprar acciones en Nueva York desde Tokio.
Una empresa puede pagar proveedores en otro continente en pocos minutos.
Una persona puede comprar un producto fabricado en China utilizando una tarjeta emitida por un banco mexicano.
La tecnología eliminó muchas barreras.
La economía comenzó a funcionar las veinticuatro horas del día.
Este cambio también produjo una nueva realidad.
Si falla el sistema electrónico…
No funcionan las tarjetas.
No funcionan muchas transferencias.
No funcionan numerosos comercios.
La economía moderna depende profundamente de sistemas digitales.
Hace apenas unas décadas esto era imposible.
Hoy forma parte de la vida cotidiana.
Una nueva capacidad de control
La digitalización también aumentó la capacidad de supervisar las transacciones.
Cada pago deja un registro.
Cada transferencia puede rastrearse.
Cada movimiento financiero genera información.
Esto no significa que exista actualmente un sistema profético mundial.
Pero demuestra que la tecnología necesaria para administrar enormes cantidades de información financiera ya existe.
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Por el Dr. Elio M Rivera
Durante las últimas décadas del siglo XX apareció una palabra que transformó la economía:
Globalización.
Las empresas comenzaron a fabricar productos utilizando piezas provenientes de numerosos países.
Un automóvil podía diseñarse en Alemania.
Utilizar acero producido en Brasil.
Componentes electrónicos fabricados en Japón.
Microchips provenientes de Taiwán.
Y ensamblarse en México.
La economía dejó de tener fronteras claramente definidas.
Cadenas de suministro mundiales
La producción moderna depende de cadenas internacionales.
Cuando un puerto importante se detiene…
Muchos países sienten el impacto.
Cuando falta un componente electrónico…
Fábricas enteras reducen su producción.
Cuando una crisis financiera afecta a una gran economía…
Las bolsas de valores reaccionan en casi todo el mundo.
La pandemia de COVID-19 mostró con enorme claridad esta realidad.
Muchos productos desaparecieron temporalmente de los mercados porque las cadenas internacionales se interrumpieron.
Nunca antes había quedado tan evidente que el mundo funciona como un sistema económico profundamente interconectado.
¿Qué significa esto para la profecía?
El libro de Apocalipsis describe un período futuro en el que el comercio y la economía tendrán una dimensión global.
Hace siglos, muchos se preguntaban cómo podría existir un sistema capaz de influir sobre personas de diferentes pueblos, lenguas y naciones.
Hoy esa pregunta ya no parece imposible.
La tecnología.
Las comunicaciones.
La banca electrónica.
La digitalización.
Y la interdependencia económica han creado un escenario que generaciones anteriores nunca conocieron.
Esto no significa que las profecías del Apocalipsis ya se hayan cumplido.
Tampoco significa que cualquier innovación tecnológica sea automáticamente el cumplimiento de una profecía.
Lo que sí demuestra es que el mundo moderno posee capacidades económicas y tecnológicas que no existían en ninguna otra época de la historia.
Y precisamente sobre ese escenario resulta mucho más fácil comprender cómo podría desarrollarse el sistema económico descrito en los capítulos finales del Apocalipsis.
Creo que esta estructura será mucho más sólida para el libro. En lugar de comenzar con la marca de la bestia, el lector primero entiende cómo la humanidad pasó de economías aisladas a una economía global, y luego, en los siguientes capítulos, podremos desarrollar temas como:
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Por el Dr. Elio M Rivera
La Biblia no menciona la inteligencia artificial.
No anuncia la aparición de computadoras inteligentes.
No habla de algoritmos, reconocimiento facial, robots, teléfonos móviles ni sistemas automatizados de vigilancia.
Por tanto, no debemos afirmar que la inteligencia artificial sea un cumplimiento directo de la profecía bíblica.
Sin embargo, Apocalipsis sí describe un sistema futuro con una extraordinaria capacidad para ejercer autoridad, identificar la lealtad de las personas, controlar la actividad económica y engañar a grandes sectores de la humanidad.
La pregunta legítima no es:
¿Es la inteligencia artificial la bestia o la marca?
La respuesta a esa pregunta es no. La inteligencia artificial es una herramienta creada por seres humanos.
La pregunta correcta es:
¿Podría la inteligencia artificial facilitar el funcionamiento de un sistema mundial como el descrito en Apocalipsis?
La respuesta es que técnicamente podría contribuir de manera considerable.
No porque posea poder espiritual propio, sino porque puede analizar enormes cantidades de información, reconocer patrones, identificar personas, automatizar decisiones y producir mensajes persuasivos a una escala que ninguna generación anterior conoció.
02. Una tecnología capaz de identificar y vigilar a millones
El antiguo límite de la vigilancia humana
Todo gobierno de la antigüedad deseaba conocer lo que sucedía dentro de sus territorios.
Los reyes utilizaban soldados, recaudadores, mensajeros, espías y funcionarios.
Sin embargo, la vigilancia tenía límites muy claros.
Un funcionario solamente podía observar un lugar a la vez.
Un espía podía seguir a pocas personas.
Los informes tardaban días o semanas en llegar.
La información debía ser leída, clasificada y comparada por seres humanos.
Ningún imperio antiguo tenía capacidad para observar simultáneamente a millones de individuos, analizar sus movimientos y relacionar sus actividades en tiempo real.
La inteligencia artificial ha comenzado a eliminar muchos de esos límites.
Los sistemas modernos pueden identificar o verificar a una persona mediante características físicas.
El rostro.
Las huellas digitales.
El iris.
La voz.
La manera de caminar.
Otros patrones corporales.
La identificación biométrica remota puede comparar imágenes captadas a distancia con grandes bases de datos, incluso sin la participación activa de la persona observada. Precisamente por su poder y sus riesgos, la legislación europea clasifica diversos usos de identificación biométrica como aplicaciones de alto riesgo y limita severamente algunos empleos en espacios públicos.
La preocupación no es imaginaria.
Los gobiernos y organismos reguladores ya reconocen que estas tecnologías pueden afectar la privacidad, la libertad y los derechos fundamentales. La Unión Europea ha establecido prohibiciones y restricciones para determinadas prácticas de inteligencia artificial, incluidas ciertas formas de categorización biométrica y creación indiscriminada de bases de reconocimiento facial.
Del rostro a la identidad completa
La identificación visual es solamente una parte del sistema.
Una plataforma suficientemente integrada podría relacionar el rostro de una persona con:
Su nombre.
Su identidad digital.
Su teléfono.
Sus movimientos.
Sus cuentas.
Sus compras.
Sus documentos.
Sus comunicaciones.
Sus relaciones.
Sus lugares frecuentes.
La inteligencia artificial puede encontrar conexiones dentro de cantidades de información que resultarían imposibles de revisar manualmente.
No necesita que un funcionario lea cada registro.
Puede clasificar, comparar y emitir alertas automáticamente.
La vigilancia ya no requiere observar personalmente
En el pasado, vigilar significaba colocar a una persona detrás de otra.
Actualmente, un sistema puede vigilar mediante datos.
Puede reconocer que alguien entró en un lugar.
Puede detectar que realizó una compra.
Puede advertir que cambió su comportamiento.
Puede relacionarlo con otras personas sin que exista un observador humano siguiendo cada paso.
Esto no significa que actualmente exista una autoridad observando cada acción de todos los habitantes del planeta.
Significa que la capacidad técnica para construir sistemas de vigilancia masiva ya no pertenece a la ciencia ficción.
¿Qué relación podría tener con Apocalipsis?
Apocalipsis presenta un sistema que distingue entre quienes aceptan su autoridad y quienes la rechazan.
“Y hacía que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca.”
(Apocalipsis 13:16, RVR1960).
El texto no explica qué tecnología se utilizará para reconocer a quienes poseen o no poseen la marca.
Tampoco afirma que la identificación será realizada por inteligencia artificial.
Pero para aplicar una restricción económica de gran alcance sería necesario identificar a las personas con rapidez y precisión.
La inteligencia artificial podría facilitar precisamente esa función:
Reconocer identidades.
Comparar registros.
Detectar incumplimientos.
Localizar individuos.
Relacionar su identidad con su autorización económica.
La profecía no depende de esta tecnología.
Dios puede permitir su cumplimiento de la manera que determine.
Pero nuestra generación posee por primera vez herramientas capaces de analizar y vigilar poblaciones enteras con una velocidad extraordinaria.
El verdadero peligro no está en la inteligencia de la máquina
La inteligencia artificial no tiene moral propia.
No ama la libertad.
No odia la tiranía.
No respeta espontáneamente la dignidad humana.
Ejecuta los objetivos, normas y datos establecidos por quienes la diseñan y controlan.
Por eso, el principal peligro no consiste en imaginar que una computadora se convertirá automáticamente en un ser maligno.
El peligro consiste en que seres humanos con poder utilicen sistemas automatizados para ampliar enormemente su capacidad de vigilancia y control.
El Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos reconoce que los sistemas de inteligencia artificial pueden producir riesgos para individuos, organizaciones y sociedades, y destaca la necesidad de gobernanza, transparencia, medición y administración responsable.
La herramienta puede servir para encontrar a una persona desaparecida.
También puede utilizarse para localizar a quien disiente.
Puede ayudar a impedir un delito.
También puede convertirse en un instrumento de persecución.
Todo dependerá de quién controle el sistema, qué reglas establezca y contra quién decida aplicarlo.
Libro recomendado

Por el Dr. Elio M Rivera
El antiguo límite de la vigilancia humana
Todo gobierno de la antigüedad deseaba conocer lo que sucedía dentro de sus territorios.
Los reyes utilizaban soldados, recaudadores, mensajeros, espías y funcionarios.
Sin embargo, la vigilancia tenía límites muy claros.
Un funcionario solamente podía observar un lugar a la vez.
Un espía podía seguir a pocas personas.
Los informes tardaban días o semanas en llegar.
La información debía ser leída, clasificada y comparada por seres humanos.
Ningún imperio antiguo tenía capacidad para observar simultáneamente a millones de individuos, analizar sus movimientos y relacionar sus actividades en tiempo real.
La inteligencia artificial ha comenzado a eliminar muchos de esos límites.
Los sistemas modernos pueden identificar o verificar a una persona mediante características físicas.
El rostro.
Las huellas digitales.
El iris.
La voz.
La manera de caminar.
Otros patrones corporales.
La identificación biométrica remota puede comparar imágenes captadas a distancia con grandes bases de datos, incluso sin la participación activa de la persona observada. Precisamente por su poder y sus riesgos, la legislación europea clasifica diversos usos de identificación biométrica como aplicaciones de alto riesgo y limita severamente algunos empleos en espacios públicos.
La preocupación no es imaginaria.
Los gobiernos y organismos reguladores ya reconocen que estas tecnologías pueden afectar la privacidad, la libertad y los derechos fundamentales. La Unión Europea ha establecido prohibiciones y restricciones para determinadas prácticas de inteligencia artificial, incluidas ciertas formas de categorización biométrica y creación indiscriminada de bases de reconocimiento facial.
Del rostro a la identidad completa
La identificación visual es solamente una parte del sistema.
Una plataforma suficientemente integrada podría relacionar el rostro de una persona con:
Su nombre.
Su identidad digital.
Su teléfono.
Sus movimientos.
Sus cuentas.
Sus compras.
Sus documentos.
Sus comunicaciones.
Sus relaciones.
Sus lugares frecuentes.
La inteligencia artificial puede encontrar conexiones dentro de cantidades de información que resultarían imposibles de revisar manualmente.
No necesita que un funcionario lea cada registro.
Puede clasificar, comparar y emitir alertas automáticamente.
La vigilancia ya no requiere observar personalmente
En el pasado, vigilar significaba colocar a una persona detrás de otra.
Actualmente, un sistema puede vigilar mediante datos.
Puede reconocer que alguien entró en un lugar.
Puede detectar que realizó una compra.
Puede advertir que cambió su comportamiento.
Puede relacionarlo con otras personas sin que exista un observador humano siguiendo cada paso.
Esto no significa que actualmente exista una autoridad observando cada acción de todos los habitantes del planeta.
Significa que la capacidad técnica para construir sistemas de vigilancia masiva ya no pertenece a la ciencia ficción.
¿Qué relación podría tener con Apocalipsis?
Apocalipsis presenta un sistema que distingue entre quienes aceptan su autoridad y quienes la rechazan.
“Y hacía que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca.”
(Apocalipsis 13:16, RVR1960).
El texto no explica qué tecnología se utilizará para reconocer a quienes poseen o no poseen la marca.
Tampoco afirma que la identificación será realizada por inteligencia artificial.
Pero para aplicar una restricción económica de gran alcance sería necesario identificar a las personas con rapidez y precisión.
La inteligencia artificial podría facilitar precisamente esa función:
Reconocer identidades.
Comparar registros.
Detectar incumplimientos.
Localizar individuos.
Relacionar su identidad con su autorización económica.
La profecía no depende de esta tecnología.
Dios puede permitir su cumplimiento de la manera que determine.
Pero nuestra generación posee por primera vez herramientas capaces de analizar y vigilar poblaciones enteras con una velocidad extraordinaria.
El verdadero peligro no está en la inteligencia de la máquina
La inteligencia artificial no tiene moral propia.
No ama la libertad.
No odia la tiranía.
No respeta espontáneamente la dignidad humana.
Ejecuta los objetivos, normas y datos establecidos por quienes la diseñan y controlan.
Por eso, el principal peligro no consiste en imaginar que una computadora se convertirá automáticamente en un ser maligno.
El peligro consiste en que seres humanos con poder utilicen sistemas automatizados para ampliar enormemente su capacidad de vigilancia y control.
El Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos reconoce que los sistemas de inteligencia artificial pueden producir riesgos para individuos, organizaciones y sociedades, y destaca la necesidad de gobernanza, transparencia, medición y administración responsable.
La herramienta puede servir para encontrar a una persona desaparecida.
También puede utilizarse para localizar a quien disiente.
Puede ayudar a impedir un delito.
También puede convertirse en un instrumento de persecución.
Todo dependerá de quién controle el sistema, qué reglas establezca y contra quién decida aplicarlo.
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Por el Dr. Elio M Rivera
El dinero moderno depende de decisiones invisibles
Cuando una persona entrega monedas o billetes, la operación suele realizarse directamente entre comprador y vendedor.
Pero en la economía digital intervienen numerosos sistemas.
El banco.
La plataforma de pago.
El procesador de la tarjeta.
El comercio.
Los sistemas antifraude.
Las normas regulatorias.
La identidad del usuario.
En pocos segundos, diferentes programas evalúan si la operación debe aprobarse o rechazarse.
La inteligencia artificial puede participar en este proceso analizando:
El comportamiento habitual.
La ubicación.
El monto.
El historial.
El dispositivo utilizado.
La posibilidad de fraude.
La capacidad de pago.
El riesgo financiero.
La inteligencia artificial ya participa en las finanzas
La inteligencia artificial ya se emplea en instituciones financieras para analizar riesgos, detectar operaciones sospechosas, evaluar créditos, automatizar procesos y fortalecer la supervisión.
El Banco de Pagos Internacionales ha señalado que la inteligencia artificial está transformando la infraestructura financiera, el análisis de datos y la supervisión de los sistemas de pagos. También advierte que su uso puede introducir riesgos por opacidad, errores, concentración tecnológica y decisiones semejantes tomadas simultáneamente por numerosos participantes.
La Unión Europea también clasifica como de alto riesgo ciertos sistemas de inteligencia artificial utilizados para determinar el acceso a servicios esenciales, como la evaluación crediticia que podría impedir a una persona obtener un préstamo.
Esto demuestra algo importante:
La inteligencia artificial no solamente puede describir la conducta económica; también puede influir sobre quién recibe acceso a determinados servicios.
De detectar fraude a clasificar personas
Utilizar inteligencia artificial para detectar una tarjeta robada puede ser beneficioso.
Pero el mismo principio técnico podría extenderse a otros criterios.
Un sistema podría clasificar a una persona como:
Confiable.
Sospechosa.
Autorizada.
Restringida.
De alto riesgo.
No elegible.
La decisión podría tomarse en segundos, antes de que un ser humano revisara el caso.
Si los sistemas de identidad, banca, impuestos, movilidad y seguridad estuvieran conectados, una restricción podría extenderse rápidamente a diferentes áreas de la vida.
La persona podría descubrir que una sola clasificación afecta:
Su cuenta.
Su tarjeta.
Su préstamo.
Su negocio.
Su capacidad para recibir pagos.
Su acceso a determinados servicios.
Una orden aplicada automáticamente
Los gobernantes antiguos podían emitir decretos.
El problema era aplicarlos en cada aldea, mercado y camino.
Un sistema digital puede aplicar una orden de manera automática.
No necesita colocar a un soldado en cada tienda.
No necesita enviar a un inspector a cada mercado.
Bastaría con modificar las condiciones de autorización del sistema.
Cuando una persona intentara pagar, recibir dinero o realizar una operación, el sistema podría responder:
Aprobado.
O:
Rechazado.
La relación con “comprar o vender”
Apocalipsis declara:
“Y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre.”
(Apocalipsis 13:17, RVR1960).
Juan no explica el mecanismo administrativo utilizado para impedir las operaciones.
No afirma que será una tarjeta, una moneda digital, un implante, una base biométrica o una inteligencia artificial.
La esencia de la profecía no es tecnológica.
Es espiritual y política.
La actividad económica estará vinculada con la aceptación de una autoridad rebelde contra Dios.
Sin embargo, para imponer esa condición a grandes poblaciones se necesitará un sistema capaz de:
Identificar al individuo.
Comprobar su autorización.
Examinar cada operación.
Aprobarla o rechazarla.
Aplicar las mismas reglas en diferentes lugares.
La inteligencia artificial podría facilitar la administración de un sistema semejante.
No sería necesariamente la marca.
No sería la bestia.
No sería el poder espiritual detrás de la rebelión.
Sería una herramienta capaz de aplicar decisiones a una escala inmensa.
El sistema no tendría que ser perfecto
A veces imaginamos que un sistema mundial tendría que controlar absolutamente cada moneda y cada intercambio clandestino.
Apocalipsis no obliga a concluir que ninguna operación secreta podría ocurrir.
El texto describe una prohibición general y poderosa.
Un sistema no necesita ser infalible para dominar la vida económica.
Bastaría con controlar:
Los bancos principales.
Las plataformas de pago.
El comercio formal.
El empleo.
Los servicios esenciales.
Las grandes cadenas de suministro.
Una persona excluida de esos sistemas podría quedar en una situación de enorme vulnerabilidad, aunque todavía existieran operaciones ocultas o mercados clandestinos.
La inteligencia artificial tampoco sería neutral en sus errores
Los sistemas automatizados pueden equivocarse.
Pueden rechazar a una persona inocente.
Pueden reproducir prejuicios presentes en los datos.
Pueden producir decisiones difíciles de explicar.
Y cuando un sistema alcanza una escala enorme, un error deja de afectar solamente a una persona.
Puede repetirse miles o millones de veces.
Por eso, incluso las sociedades que promueven la inteligencia artificial reconocen la necesidad de mantener responsabilidad humana, transparencia y mecanismos de revisión.
Libro recomendado

Escuche música con propósito:
Por El Dr. Elio M Rivera
El dominio no se sostiene solamente por la fuerza
Los grandes sistemas de poder no dependen únicamente de ejércitos, leyes y sanciones.
También necesitan controlar la narrativa.
Necesitan convencer a la población de que determinada autoridad es legítima.
Necesitan presentar a sus opositores como peligrosos.
Necesitan repetir ciertos mensajes hasta que parezcan indiscutibles.
En el pasado, la propaganda se difundía mediante discursos, monumentos, monedas, carteles, periódicos, radio y televisión.
La inteligencia artificial abre una etapa diferente.
Puede producir enormes cantidades de contenido.
Textos.
Imágenes.
Voces.
Videos.
Personajes virtuales.
Mensajes adaptados a cada público.
La fabricación de realidades convincentes
Actualmente es posible producir imágenes de acontecimientos que nunca ocurrieron.
Puede imitarse la voz de una persona.
Puede crearse un video en el que aparentemente alguien pronuncia palabras que jamás dijo.
A estas producciones se les conoce comúnmente como contenidos sintéticos o deepfakes.
Las Naciones Unidas han advertido que la inteligencia artificial puede acelerar la desinformación, el discurso de odio y los contenidos polarizantes. También ha señalado que los deepfakes y la información falsa representan desafíos importantes para la confianza pública y la integridad del espacio informativo.
Una mentira adaptada a cada persona
La propaganda tradicional enviaba el mismo mensaje a todos.
La inteligencia artificial puede personalizarlo.
Puede analizar qué preocupa a una persona.
Qué lenguaje utiliza.
Qué temas le interesan.
Qué argumentos podrían persuadirla.
Qué emociones producen en ella una respuesta más intensa.
Dos personas podrían recibir mensajes diferentes destinados a conducirlas hacia la misma conclusión.
Una sería persuadida por el miedo.
Otra por la esperanza.
Otra por la conveniencia económica.
Otra por una falsa apariencia religiosa.
La inteligencia artificial también puede producir y distribuir mensajes sin descanso.
Miles de cuentas automatizadas pueden repetir una idea.
Pueden crear la impresión de que una opinión es universal.
Pueden atacar a quienes disienten.
Pueden inundar el espacio público con versiones contradictorias hasta que las personas ya no sepan qué creer.
La finalidad no siempre sería lograr que todos crean una mentira específica.
En ocasiones bastaría con destruir la confianza en la posibilidad de conocer la verdad.
La relación con el engaño profético
Apocalipsis no presenta solamente coerción económica.
También presenta engaño.
“Y engaña a los moradores de la tierra con las señales que se le ha permitido hacer en presencia de la bestia.”
(Apocalipsis 13:14, RVR1960).
Pablo describe igualmente una rebelión acompañada por señales mentirosas y engaño:
“Inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos.”
(2 Tesalonicenses 2:9, RVR1960).
Estos textos hablan de una dimensión espiritual que no debe reducirse a efectos digitales.
El engaño final no será simplemente una campaña publicitaria creada por computadoras.
Existirá una operación satánica detrás de la rebelión contra Dios.
Pero la inteligencia artificial podría facilitar la propagación, personalización y repetición mundial de mensajes falsos.
La tecnología actual puede producir representaciones visuales extraordinariamente convincentes.
Eso podría utilizarse para fabricar pruebas falsas, discursos inexistentes o acontecimientos simulados.
Sin embargo, debemos ser cuidadosos.
No debemos afirmar que las señales de Apocalipsis serán simples trucos de inteligencia artificial.
El texto las relaciona con un poder espiritual real permitido dentro del juicio de Dios.
La inteligencia artificial podría añadir una capa de manipulación humana, pero no explica necesariamente la totalidad del fenómeno profético.
La autoridad de una voz que parece saberlo todo
Existe otro riesgo más silencioso.
Las personas pueden comenzar a tratar las respuestas producidas por una máquina como si fueran infalibles.
Una inteligencia artificial puede expresarse con seguridad aunque su respuesta sea incompleta o equivocada.
Puede presentar una conclusión como objetiva cuando depende de los datos, instrucciones y criterios elegidos por seres humanos.
Si una sociedad delegara demasiadas decisiones a sistemas automatizados, podría producirse una nueva forma de autoridad:
“El sistema lo determinó.”
El ciudadano quizá no sabría quién tomó realmente la decisión.
No conocería los criterios.
No podría interrogar al responsable.
Solamente recibiría el resultado.
Por esa razón, los marcos modernos de gobernanza insisten en que deben definirse claramente las responsabilidades humanas y los límites de la interacción entre personas y sistemas de inteligencia artificial.
Tres capacidades que podrían converger
Los tres temas examinados no deben verse como sistemas completamente separados.
Podrían integrarse.
Primera capacidad: identificar
El reconocimiento biométrico podría determinar quién es la persona.
El sistema financiero podría decidir si puede comprar, vender, viajar, recibir dinero o utilizar determinados servicios.
Los sistemas informativos podrían presentarle mensajes personalizados para convencerla de aceptar la autoridad dominante.
Cuando la identidad, la economía y la información se integran, aparece una capacidad de control que ningún imperio antiguo poseyó.
Un mismo sistema podría saber quién es una persona, qué hace, qué compra, qué piensa, con quién se relaciona y qué mensajes podrían influir sobre ella.
Eso no demuestra que tal sistema mundial ya exista.
Tampoco demuestra que será construido exactamente mediante la inteligencia artificial actual.
Demuestra que las capacidades técnicas necesarias para una administración extraordinariamente centralizada están apareciendo ante nuestros ojos.
La inteligencia artificial no es necesariamente maligna
Sería un error presentar toda inteligencia artificial como una obra del anticristo.
Puede utilizarse para:
Analizar estudios médicos.
Detectar enfermedades.
Traducir idiomas.
Mejorar la accesibilidad.
Prevenir fraudes.
Optimizar transportes.
Ayudar en investigaciones.
Crear herramientas educativas.
La misma capacidad que reconoce un rostro para perseguir podría utilizarse para localizar a un niño desaparecido.
La misma capacidad que analiza operaciones podría impedir el robo de los ahorros de una familia.
La misma herramienta que genera propaganda falsa puede ayudar a una persona a expresarse o aprender.
La tecnología no determina por sí sola el propósito moral.
El problema aparece cuando el poder tecnológico se concentra en manos de una autoridad sin límites morales, legales o espirituales.
Lo que podemos afirmar y lo que no podemos afirmar
La inteligencia artificial puede analizar enormes cantidades de información.
Puede participar en sistemas biométricos.
Puede intervenir en decisiones financieras.
Puede generar textos, voces, imágenes y videos convincentes.
Puede personalizar mensajes y automatizar decisiones.
Puede ampliar enormemente el alcance de una institución o de un gobierno.
Que la inteligencia artificial sea la marca de la bestia.
Que una empresa tecnológica específica sea el cumplimiento de Apocalipsis.
Que cada sistema biométrico tenga una finalidad profética.
Que toda digitalización económica conduzca inevitablemente al anticristo.
Que conocemos la tecnología exacta que será utilizada en los últimos tiempos.
La Biblia no menciona la inteligencia artificial.
Por tanto, no debemos convertirla en una profecía que Dios no dio.
Pero tampoco debemos ignorar la transformación histórica que representa.
Por primera vez existen sistemas capaces de identificar personas entre multitudes, analizar millones de operaciones, automatizar restricciones y producir mensajes persuasivos adaptados a individuos y sociedades enteras.
La inteligencia artificial podría facilitar tres elementos importantes de un sistema mundial:
La vigilancia de la población.
La administración del acceso económico.
La propagación del engaño.
No sería necesariamente el poder detrás del sistema.
Ese poder, según Apocalipsis, será político, religioso y espiritual.
Pero podría convertirse en una herramienta extraordinariamente eficaz en manos de quienes busquen imponerlo.
Hace cien años, una autoridad podía emitir una orden, pero no podía aplicarla instantáneamente a millones de operaciones.
No podía identificar automáticamente a cada persona entre una multitud.
No podía producir mensajes distintos para persuadir individualmente a millones.
Hoy esas capacidades comienzan a existir.
Esto no significa que la profecía ya se cumplió.
Significa que el escenario tecnológico resulta mucho más compatible con una forma global de control que en cualquier generación anterior.
El creyente no debe reaccionar con pánico.
Tampoco debe aceptar ingenuamente todo avance tecnológico.
Debe examinarlo con discernimiento.
Debe defender la verdad.
Debe conservar su libertad espiritual.
Y, sobre todo, debe recordar que ninguna inteligencia creada puede superar la sabiduría y la soberanía de Dios.
“No hay sabiduría, ni inteligencia, ni consejo, contra Jehová.”
(Proverbios 21:30, RVR1960).
Libro recomendado

Escuche música con propósito:
Por el Dr. Elio M Rivera
Una de las declaraciones más extraordinarias del Apocalipsis
El libro de Apocalipsis comienza anunciando uno de los acontecimientos más impresionantes de toda la profecía bíblica:
“He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén.”
(Apocalipsis 1:7, RVR1960).
La declaración es directa.
Jesucristo regresará.
Su venida estará relacionada con las nubes.
No permanecerá oculta.
No será conocida únicamente por un pequeño grupo.
No podrá ser reducida a una experiencia interior o simbólica.
Juan declara:
Estas palabras presentan una venida visible, pública y universalmente reconocible.
No será como su primera venida
La primera venida de Jesucristo ocurrió de una manera humilde.
Nació en Belén.
Fue colocado en un pesebre.
La mayoría de los gobernantes del mundo no supieron que había nacido.
Fuera de Israel, millones de personas nunca escucharon hablar de él durante su vida terrenal.
Incluso dentro de Israel, muchos nunca lo vieron personalmente.
Su ministerio público se desarrolló principalmente en una pequeña región del Imperio romano.
Caminó por Galilea.
Enseñó en Judea.
Murió fuera de Jerusalén.
Resucitó y se manifestó a testigos escogidos.
Su segunda venida será completamente diferente.
No vendrá en humillación, sino en gloria.
No será recibido solamente por unos cuantos pastores.
No permanecerá desconocido para los reyes.
No será posible confundir su aparición con la llegada de un maestro religioso más.
El mundo entero comprenderá que algo extraordinario está sucediendo.
Jesús anunció una manifestación visible
El mismo Jesucristo explicó que su regreso no sería secreto.
“Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre.”
(Mateo 24:27, RVR1960).
El relámpago no necesita ser anunciado para que las personas sepan que apareció.
Su resplandor cruza el cielo.
Irrumpe repentinamente.
No puede permanecer escondido.
Jesús empleó esta imagen para mostrar que su regreso tendrá una manifestación evidente.
También declaró:
“Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria.”
(Mateo 24:30, RVR1960).
Jesús y Juan utilizan elementos semejantes:
Las nubes.
La visión del Hijo del Hombre.
Las naciones de la tierra.
La lamentación.
El poder y la gloria.
No estamos delante de una experiencia privada.
Estamos delante de una manifestación mundial.
La promesa pronunciada en el monte de los Olivos
Después de su resurrección, Jesús ascendió al cielo desde el monte de los Olivos.
Mientras los discípulos observaban, una nube lo recibió y lo ocultó de sus ojos.
Entonces dos varones con vestiduras blancas les dijeron:
“Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.”
(Hechos 1:11, RVR1960).
La promesa contiene una comparación.
El mismo Jesús que ascendió regresará.
Ascendió corporalmente.
Fue visto por sus discípulos.
Una nube estuvo relacionada con su ascensión.
Regresará de una manera correspondiente: personal, visible y gloriosa.
La expresión no debe reducirse a la idea de que solamente unas cuantas personas situadas en Jerusalén presenciarán el acontecimiento.
Juan amplía inmediatamente su declaración:
“Y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él.”
El efecto alcanzará a los pueblos de la tierra.
La segunda venida producirá una reacción mundial.
La humanidad no podrá continuar como si nada hubiera ocurrido.
Los gobernantes comprenderán quién ha venido.
Las naciones reconocerán que el Rey rechazado ha regresado.
Quienes lo negaron tendrán que enfrentarse con su realidad.
Apocalipsis añade una expresión especialmente solemne:
“Y los que le traspasaron.”
Esta declaración se relaciona con la profecía de Zacarías:
“Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito.”
(Zacarías 12:10, RVR1960).
Jesucristo fue traspasado durante su crucifixión.
El evangelio de Juan identifica expresamente aquel acontecimiento con la profecía:
“Mirarán al que traspasaron.”
(Juan 19:37, RVR1960).
En su regreso, la nación vinculada históricamente con su rechazo reconocerá al Mesías.
La visión producirá lamentación y arrepentimiento en el remanente que reciba la gracia de Dios.
Pero la reacción no se limitará a Israel.
Todos los linajes de la tierra también se lamentarán.
Una dificultad para generaciones anteriores
Durante siglos, los lectores de la Biblia podían creer estas palabras, pero no podían imaginar con facilidad cómo un acontecimiento localizado sería conocido inmediatamente en todo el planeta.
Si algo ocurría en Jerusalén, la noticia podía tardar meses en llegar a otras regiones.
Las personas que vivían en continentes lejanos no tenían forma de observarlo mientras sucedía.
No existían fotografías.
No existía la televisión.
No existían satélites.
No existía internet.
No existían teléfonos capaces de transmitir imágenes en vivo.
Sin embargo, la profecía no dependía de que los lectores comprendieran su mecanismo.
Dios no necesitaba explicarles cómo ocurriría.
Solamente declaró que sucedería.
La profecía no nació de la tecnología moderna
Es importante establecer una distinción.
Apocalipsis 1:7 no se cumplirá porque el ser humano haya inventado la televisión o internet.
La palabra de Dios no depende de los inventos humanos.
Cristo tiene poder para manifestarse al mundo de la manera que él determine.
La tecnología actual solamente nos ayuda a comprender que la difusión mundial de un acontecimiento ya no resulta difícil de imaginar.
La profecía fue pronunciada cuando el mundo no estaba conectado.
Nuestra generación vive en un mundo donde una imagen puede recorrer el planeta en segundos.
La expresión “todo ojo le verá” anuncia un regreso público, visible y universalmente reconocido.
Cristo no regresará ocultándose de las naciones.
No permitirá que su segunda venida sea reducida a un rumor.
El Rey que fue coronado de espinas regresará con poder.
El que fue rechazado será reconocido.
El que fue juzgado por los hombres regresará como Juez.
Las naciones lo verán.
Israel lo reconocerá.
Sus enemigos se lamentarán.
Sus santos se regocijarán.
Y nadie podrá afirmar que no supo que el Rey había regresado.
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Cuando las noticias viajaban a la velocidad de un caballo
Para comprender la singularidad de nuestra época debemos recordar cómo circuló la información durante la mayor parte de la historia.
En el mundo antiguo, las noticias eran transportadas por personas.
Un mensajero caminaba, cabalgaba o viajaba en una embarcación.
El tiempo necesario para comunicar un acontecimiento dependía de la distancia, los caminos, el clima, las guerras y los peligros del viaje.
Cuando Jesús fue crucificado en Jerusalén, no existió una transmisión simultánea para Roma, Atenas, Alejandría, Persia, India o China.
La noticia tuvo que ser llevada mediante testigos y proclamada de ciudad en ciudad.
La expansión del evangelio fue extraordinaria, pero no instantánea.
La humanidad siempre estuvo separada por enormes distancias.
Los océanos dividían continentes.
Las montañas aislaban comunidades.
Los desiertos impedían el tránsito.
Muchas sociedades podían experimentar guerras, cambios de gobierno o desastres sin que el resto del mundo se enterara hasta mucho después.
El mundo existía en el mismo planeta, pero no vivía conectado en tiempo real.
La imprenta multiplicó la información
La invención y expansión de la imprenta permitió producir libros, tratados y periódicos en grandes cantidades.
La información podía difundirse más ampliamente.
Sin embargo, los materiales todavía debían ser transportados físicamente.
Una noticia impresa no podía atravesar un océano por sí sola.
La imprenta amplió la audiencia, pero no eliminó la distancia.
El telégrafo venció por primera vez la velocidad del transporte
Durante el siglo XIX apareció un cambio decisivo.
El telégrafo permitió enviar mensajes eléctricos mediante cables.
Por primera vez, la información podía viajar más rápido que una persona, un caballo, un tren o un barco.
Después llegaron los cables submarinos.
Los continentes comenzaron a comunicarse mediante señales eléctricas.
Una noticia que anteriormente podía tardar semanas comenzó a llegar en horas o minutos.
La humanidad empezó a reducir la distancia informativa.
La radio llevó la voz a multitudes
La radio produjo otro cambio.
Una sola voz podía ser escuchada simultáneamente por miles o millones de personas.
Ya no era necesario entregar un mensaje individual a cada receptor.
Una señal podía atravesar grandes regiones.
Los gobernantes podían dirigirse a naciones enteras.
Las noticias podían transmitirse mientras los acontecimientos todavía se estaban desarrollando.
Sin embargo, la radio solamente transportaba sonido.
El mundo podía escuchar, pero todavía no podía ver.
La televisión llevó los acontecimientos al hogar
La televisión transformó la relación entre la humanidad y los acontecimientos mundiales.
Las personas comenzaron a contemplar desde sus hogares sucesos ocurridos en otras ciudades y naciones.
Las guerras.
Los discursos.
Las ceremonias.
Los desastres.
Los acontecimientos deportivos.
La imagen dejó de pertenecer únicamente a quienes estaban físicamente presentes.
Los satélites crearon una audiencia mundial
La llegada de los satélites de comunicaciones hizo posible transmitir señales a distancias enormes.
Los satélites geoestacionarios son ampliamente utilizados para telecomunicaciones, incluida la televisión, y permiten enviar señales alrededor del mundo.
Las constelaciones de satélites también pueden trabajar como redes para proporcionar cobertura continua sobre extensas regiones del planeta.
La importancia histórica de este avance resulta difícil de exagerar.
Por primera vez, un acontecimiento podía producir una verdadera audiencia mundial.
Una ceremonia celebrada en un país podía observarse simultáneamente en continentes lejanos.
La Agencia Espacial Europea ha explicado que las comunicaciones satelitales hicieron posible una audiencia mundial para acontecimientos transmitidos desde un lugar específico.
Internet conectó directamente a las personas
La televisión permitía recibir imágenes.
Internet añadió la posibilidad de buscarlas, compartirlas, comentarlas y retransmitirlas.
La comunicación dejó de depender exclusivamente de grandes estaciones de televisión.
Una persona con un teléfono podía grabar un acontecimiento y transmitirlo al mundo.
Una noticia ya no tenía que esperar la llegada de un equipo profesional.
El testigo podía convertirse inmediatamente en transmisor.
Una gran parte del planeta está conectada
La transformación alcanzó una escala extraordinaria.
La Unión Internacional de Telecomunicaciones estimó que durante 2025 aproximadamente seis mil millones de personas utilizaban internet, equivalentes al setenta y cuatro por ciento de la población mundial. Todavía permanecían desconectadas alrededor de dos mil doscientos millones de personas, por lo que la conectividad universal aún no se ha alcanzado.
Esto significa que la mayor parte de la humanidad vive actualmente dentro de algún nivel de conexión digital.
Nunca antes tantas personas habían podido recibir simultáneamente imágenes procedentes de un mismo acontecimiento.
Los cables ocultos bajo los océanos
Aunque solemos imaginar que toda la comunicación mundial viaja por satélite, una parte fundamental de internet cruza los océanos mediante cables submarinos.
La Unión Internacional de Telecomunicaciones señala que esos cables transportan más del noventa y nueve por ciento de los flujos internacionales de datos.
Bajo los mares existe una extensa infraestructura que une continentes.
Sobre la tierra existen redes móviles, fibra óptica y centros de datos.
En el espacio existen satélites de comunicaciones.
En las manos de las personas existen teléfonos capaces de recibir y transmitir imágenes.
El planeta se ha convertido en una inmensa red informativa.
Jerusalén puede ser observada desde cualquier continente
Hoy una persona puede observar imágenes transmitidas en vivo desde Jerusalén sin viajar a Israel.
Puede contemplar el Muro Occidental.
Puede ver acontecimientos ocurridos en la Ciudad Vieja.
Puede recibir noticias casi inmediatamente.
Un acontecimiento significativo ocurrido allí podría transmitirse por:
Televisión.
Internet.
Satélites.
Plataformas digitales.
Redes sociales.
Teléfonos móviles.
Sistemas de retransmisión.
Incluso quienes no vieran la transmisión original podrían recibirla segundos después mediante grabaciones y reproducciones.
La diferencia entre ver directamente y ver mediante transmisión
Algunos intérpretes consideran que “todo ojo le verá” podría incluir la observación de la segunda venida mediante medios de comunicación.
Otros entienden que la manifestación de Cristo será sobrenaturalmente visible para la humanidad, sin depender de cámaras o pantallas.
La Biblia no explica el mecanismo.
No declara:
“Todo ojo le verá mediante televisión.”
Tampoco dice:
“Todo ojo le verá mediante internet.”
Por eso no debemos añadir a la profecía algo que el texto no afirma.
Lo que podemos reconocer es que el mundo moderno posee una capacidad sin precedentes para observar simultáneamente un acontecimiento.
Una profecía pronunciada antes del mundo conectado
Juan escribió Apocalipsis en una época sin electricidad.
No existía un sistema mundial de noticias.
No existía la transmisión inmediata de imágenes.
No existían mapas completos de todo el planeta como los conocemos hoy.
Muchas sociedades permanecían aisladas unas de otras.
Sin embargo, escribió sobre una manifestación que alcanzaría la conciencia de los pueblos de toda la tierra.
No describió el proceso técnico.
Describió el resultado:
Todo ojo le verá.
La humanidad pasó de los mensajeros a caballo a las transmisiones mundiales.
Pasó de las cartas transportadas durante meses a los mensajes entregados en segundos.
Pasó de las noticias locales a los acontecimientos observados simultáneamente en numerosos países.
La tecnología no garantiza el cumplimiento de Apocalipsis 1:7.
Tampoco constituye por sí misma una señal inequívoca del regreso de Cristo.
Pero ha creado una realidad histórica extraordinaria:
El mundo posee los medios para contemplar colectivamente un acontecimiento mientras está sucediendo.
Aquello que durante siglos parecía difícil de imaginar ya forma parte de la vida cotidiana.
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El peligro de convertir una posibilidad en doctrina
Después de contemplar el desarrollo de la televisión, los satélites, internet y los teléfonos móviles, resulta tentador llegar a una conclusión inmediata:
“Ahora sabemos exactamente cómo se cumplirá Apocalipsis 1:7.”
Pero esa afirmación iría más allá de lo que la Biblia revela.
La tecnología actual demuestra que una transmisión mundial es posible.
No demuestra que Dios vaya a utilizarla.
Apocalipsis anuncia el acontecimiento, pero no describe cámaras, estaciones televisivas, satélites ni plataformas digitales.
La profecía debe interpretarse a partir del texto bíblico, no obligarse a depender de los inventos de nuestra época.
Cristo no depende de las cámaras
El regreso de Jesucristo será un acto sobrenatural de Dios.
El mismo Señor que creó los cielos no necesita una cámara para hacerse visible.
El que sostiene todas las cosas con la palabra de su poder no necesita una empresa de telecomunicaciones para manifestar su gloria.
El que resucitó de los muertos no estará limitado por la curvatura de la tierra, los horarios, las condiciones atmosféricas o la disponibilidad de una conexión a internet.
Dios puede hacer que las naciones contemplen el regreso de Cristo de una manera que supere completamente nuestra comprensión.
Una manifestación sobrenatural
La Biblia presenta la segunda venida acompañada por acontecimientos sobrenaturales.
Jesús habló de señales en el cielo.
Anunció conmoción entre las naciones.
Declaró que el Hijo del Hombre aparecería con poder y gran gloria.
Apocalipsis presenta al cielo abierto y a Cristo descendiendo como Rey y Juez.
“Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero.”
(Apocalipsis 19:11, RVR1960).
No estamos delante de un acontecimiento común que necesite ser engrandecido por la televisión.
Estamos delante de la irrupción visible del Rey de reyes en la historia humana.
¿Podrían utilizarse las comunicaciones mundiales?
Aunque Cristo no necesita la tecnología, es posible que los sistemas de comunicación participen en la difusión del acontecimiento.
Si las redes siguieran funcionando, las cámaras podrían captar imágenes.
Los teléfonos podrían transmitirlas.
Los medios podrían reproducirlas.
Las plataformas podrían llevarlas a millones.
Los satélites podrían ayudar a distribuirlas entre continentes.
Actualmente, organismos como la NASA y la Agencia Espacial Europea transmiten acontecimientos en vivo mediante plataformas digitales y redes de comunicación internacionales, demostrando que una audiencia distribuida mundialmente puede observar un hecho mientras sucede.
Pero esto sigue siendo una posibilidad.
No debe presentarse como una certeza profética.
El mundo conectado facilita el conocimiento simultáneo
Existe una diferencia entre afirmar que la tecnología producirá el cumplimiento y reconocer que podría facilitar su conocimiento mundial.
La tecnología no hará regresar a Cristo.
La tecnología no producirá su gloria.
La tecnología no obligará a las naciones a lamentarse.
Pero podría comunicar instantáneamente aquello que Dios esté realizando.
Una persona situada a miles de kilómetros podría observar imágenes en el mismo momento.
Otra podría recibir una alerta.
Otra podría conocerlo por una transmisión repetida.
En pocas horas, prácticamente todo el planeta conectado podría saber que algo extraordinario ocurrió.
No toda persona está conectada
También debemos reconocer una limitación importante.
Aunque miles de millones de personas utilizan internet, la conectividad todavía no es universal.
En 2025 permanecían desconectados aproximadamente dos mil doscientos millones de habitantes. Además, existen grandes diferencias entre las zonas urbanas y rurales: la proporción de usuarios de internet es considerablemente mayor en las ciudades que en las áreas rurales.
Por eso, internet por sí solo no explica completamente la frase:
“Todo ojo le verá.”
Todavía existen personas sin teléfonos.
Existen comunidades remotas.
Existen regiones con poca infraestructura.
Existen personas sin electricidad estable.
Este hecho confirma que no debemos limitar el poder de la profecía a una red humana incompleta.
El significado central no es técnico
La expresión “todo ojo le verá” no fue escrita principalmente para despertar curiosidad acerca de futuros inventos.
Fue escrita para anunciar la certeza de la segunda venida.
El mensaje central es:
Cristo regresará realmente.
Su regreso será visible.
Las naciones serán confrontadas con su presencia.
Su identidad no podrá ser ocultada.
Su autoridad no podrá ser negada.
Su juicio no podrá ser evitado.
La tecnología puede ayudarnos a imaginar la universalidad del acontecimiento.
Pero no debe distraernos de su significado espiritual.
No será un espectáculo para satisfacer la curiosidad
El mundo moderno convierte casi todo acontecimiento en entretenimiento.
Las tragedias se transmiten.
Las guerras se comentan.
Las ceremonias se convierten en espectáculos.
Los videos se comparten, se discuten y rápidamente son reemplazados por otros.
La segunda venida de Cristo no será una noticia más dentro de la programación mundial.
No será un video sorprendente que después pueda olvidarse.
Interrumpirá el curso de la historia.
Pondrá fin a la rebelión de las naciones.
Manifestará la autoridad de Cristo.
Dará comienzo a una nueva etapa del propósito de Dios.
Jesús advirtió que antes de su regreso aparecerían falsos cristos y falsos profetas.
“Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis.”
(Mateo 24:23, RVR1960).
Después explicó por qué sus discípulos no debían dejarse engañar:
“Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre.”
(Mateo 24:27, RVR1960).
La verdadera venida no necesitará una campaña publicitaria para convencer al mundo de que ocurrió.
No dependerá de un video dudoso.
No podrá ser fabricada mediante inteligencia artificial.
No será una aparición localizada que requiera que las personas viajen para conocer al supuesto Mesías.
Será gloriosa e inconfundible.
La tecnología también podría producir confusión
El mismo mundo conectado que permite transmitir acontecimientos verdaderos también permite distribuir engaños.
Pueden fabricarse imágenes.
Pueden imitarse voces.
Pueden alterarse videos.
Pueden difundirse rumores con enorme rapidez.
Por eso, la existencia de una imagen mundialmente difundida no demuestra que un acontecimiento sea profético.
El creyente debe juzgar todas las afirmaciones a la luz de la Escritura.
Cristo ya explicó las características generales de su venida.
Será visible.
Será gloriosa.
Estará relacionada con el juicio de las naciones.
Será imposible confundirla con la aparición privada de un impostor.
La conexión mundial como preparación histórica
La Biblia no presenta internet como señal específica del fin.
No afirma que la creación de satélites cumpla Apocalipsis 1:7.
No declara que el teléfono móvil sea una herramienta profética.
Pero el desarrollo de las comunicaciones representa un cambio histórico extraordinario.
Durante la mayor parte de la historia, la humanidad no podía contemplar un mismo acontecimiento al mismo tiempo.
Hoy puede hacerlo.
Durante siglos, las noticias viajaban lentamente.
Hoy cruzan el planeta en segundos.
Durante siglos, Jerusalén parecía distante para la mayor parte del mundo.
Hoy puede ser observada diariamente desde casi cualquier país conectado.
El escenario mundial se parece mucho más a uno en el que un acontecimiento puede alcanzar inmediatamente la atención de todas las naciones.
¿Estamos viendo cumplirse la profecía?
No debemos afirmar que Apocalipsis 1:7 ya se esté cumpliendo.
Cristo todavía no ha regresado visiblemente en las nubes.
Las naciones todavía no lo han contemplado viniendo con poder y gloria.
La lamentación mundial descrita por Juan todavía no ha ocurrido.
La tecnología no es el cumplimiento.
Es parte de un escenario histórico que hace más comprensible la dimensión mundial del anuncio.
La pregunta verdaderamente importante
La pregunta final no es:
¿Será transmitido el regreso de Cristo por televisión?
Tampoco es:
¿Cuántos satélites estarán funcionando aquel día?
La verdadera pregunta es:
¿Cómo reaccionará cada persona cuando vea al Rey?
Para algunos será el cumplimiento de la esperanza más grande.
Para otros será el encuentro con el Juez que rechazaron.
Quienes aman su venida levantarán la cabeza.
Quienes edificaron su vida contra él se lamentarán.
Conclusión general de la serie
Cuando Juan escribió:
“He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá”,
vivía en un mundo donde la comunicación dependía de mensajeros, caminos y embarcaciones.
No podía observarse en Roma lo que estaba ocurriendo en Jerusalén.
No podía transmitirse una imagen entre continentes.
No podía reunirse una audiencia mundial alrededor de un acontecimiento en tiempo real.
Hoy la humanidad vive conectada por cables submarinos, redes terrestres, satélites, centros de datos, televisores y teléfonos móviles.
Miles de millones de personas pueden contemplar un mismo acontecimiento casi simultáneamente.
Eso no explica completamente la profecía.
Tampoco limita la manera en que Dios la cumplirá.
Pero demuestra que el escenario de una humanidad consciente al mismo tiempo de un acontecimiento mundial ya no resulta imposible de imaginar.
La profecía no fue producida por el mundo conectado.
Fue escrita muchos siglos antes.
La tecnología no hará regresar a Cristo.
Pero nuestra época permite comprender con una claridad especial la dimensión mundial de su regreso.
El mundo está conectado.
Las naciones observan los mismos acontecimientos.
Jerusalén ocupa nuevamente el centro de la atención internacional.
Y la promesa permanece:
“He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá.”
Cristo no necesita de nuestras redes para cumplirla.
Pero cuando regrese, ningún poder humano podrá ocultarlo.
Textos bíblicos principales de la serie
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Existe una idea muy extendida acerca de los últimos tiempos: que, antes del regreso de Jesucristo, el mundo necesariamente tendrá que encontrarse sumido en un caos absoluto.
Algunas personas imaginan ciudades paralizadas, economías completamente destruidas, gobiernos colapsados, guerras en todas partes y una humanidad prácticamente incapaz de continuar con su vida cotidiana. Bajo esa perspectiva, parecería que la señal definitiva de la cercanía del regreso de Cristo sería que la normalidad desapareciera por completo.
Sin embargo, existe una declaración de Jesús que presenta un panorama sorprendentemente diferente.
Cuando el Señor habló acerca de su regreso, comparó aquellos días con una época muy particular de la historia bíblica:
los días de Noé.
Y lo extraordinario es que Jesús no concentró su comparación solamente en la violencia, la corrupción o la maldad de aquella generación.
Llamó la atención sobre algo mucho más cotidiano.
La gente estaba viviendo.
Comiendo.
Bebiendo.
Casándose.
Formando familias.
Haciendo planes.
Continuando con sus actividades habituales.
Hasta que ocurrió aquello que muchos no esperaban.
Jesús declaró:
“Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre.”
Mateo 24:37-39, RVR1960
Estas palabras podrían modificar considerablemente la manera en que imaginamos los días anteriores al regreso de Jesucristo.
Observe cuidadosamente lo que Jesús describió.
No dijo que todos estarían escondidos esperando una catástrofe.
No dijo que toda actividad humana habría desaparecido.
No dijo que nadie podría trabajar.
No dijo que las personas dejarían de casarse.
Todo lo contrario.
Describió una sociedad funcionando.
La gente continuaba comiendo y bebiendo.
Las familias continuaban formándose.
Los matrimonios continuaban celebrándose.
La vida seguía adelante.
Precisamente allí se encuentra una de las partes más inquietantes de la comparación.
El problema no era que la vida cotidiana continuara.
Comer no era pecado.
Beber, en el sentido ordinario de alimentarse y participar de la vida diaria, no era pecado.
Casarse no era pecado.
Dar hijos en matrimonio tampoco era pecado.
Jesús no estaba condenando esas actividades.
El problema aparece en una pequeña expresión:
“y no entendieron…”
Había una advertencia.
Pero continuaron viviendo como si nunca fuera a suceder nada.
Imagine por un momento aquella escena.
Noé construía el arca.
Su sola existencia constituía una advertencia visible.
Hebreos presenta a Noé como un hombre que, advertido por Dios acerca de cosas que todavía no se veían, actuó por fe:
“Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó el arca en que su casa se salvase…”
Hebreos 11:7, RVR1960
Durante algún tiempo tuvieron que coexistir dos realidades.
Por un lado estaba la vida cotidiana.
Por otro estaba la advertencia de Dios.
Las personas podían levantarse por la mañana.
Trabajar.
Comprar.
Vender.
Preparar alimentos.
Hacer planes.
Formar familias.
Mientras tanto, Noé continuaba preparando el arca.
Nada impedía que ambas cosas sucedieran simultáneamente.
Y allí encontramos una enseñanza extraordinaria para comprender las palabras de Jesucristo.
La normalidad no significa necesariamente que nada esté por suceder.
Una sociedad puede continuar funcionando mientras se aproxima un acontecimiento extraordinario.
Esta posibilidad resulta especialmente importante después de todo lo que hemos estudiado a lo largo de este libro.
Nuestra generación posee acceso a información como ninguna otra.
Podemos observar una guerra prácticamente en tiempo real.
Podemos ver acontecimientos ocurridos en Jerusalén pocos segundos después de que suceden.
Podemos observar el Monte del Templo desde otro continente.
Podemos conocer movimientos políticos internacionales inmediatamente.
Podemos estudiar las profecías bíblicas desde un teléfono.
Podemos comparar traducciones de la Biblia, consultar mapas, estudiar historia y acceder a enormes bibliotecas sin salir de nuestra casa.
Nunca una generación había tenido tanta información disponible.
Y, paradójicamente, quizá nunca había sido tan fácil acostumbrarse a ella.
Una noticia que hoy parece extraordinaria mañana es reemplazada por otra.
Una crisis internacional ocupa los titulares durante algunos días y después desaparece de nuestra atención.
Un avance tecnológico que habría maravillado al mundo hace veinte años se convierte rápidamente en algo cotidiano.
Aquello que habría parecido imposible a nuestros abuelos puede convertirse para nuestros nietos en algo completamente normal.
Ese fenómeno plantea una pregunta inquietante:
¿Podría ocurrir lo mismo con las señales proféticas?
Podemos acostumbrarnos tanto a observar acontecimientos extraordinarios que terminemos considerándolos normales.
A lo largo de este libro hemos examinado condiciones que durante siglos parecían extraordinariamente difíciles de imaginar.
Israel volvió a existir como nación.
El pueblo judío regresó desde numerosos lugares del mundo.
Jerusalén volvió a ocupar una posición central.
Existen preparativos relacionados con un posible futuro templo.
La humanidad puede comunicarse instantáneamente alrededor del planeta.
La economía se encuentra profundamente interconectada.
El dinero se digitaliza.
La identificación biométrica permite reconocer personas mediante características físicas.
La inteligencia artificial puede procesar enormes cantidades de información.
Un acontecimiento puede ser observado casi simultáneamente por miles de millones de personas.
Estas son precisamente algunas de las condiciones que hemos venido examinando a lo largo de este libro.
Sin embargo, nada de esto significa necesariamente que mañana por la mañana las personas dejarán de trabajar.
Los restaurantes pueden continuar abiertos.
Las escuelas pueden continuar impartiendo clases.
Las empresas pueden continuar haciendo negocios.
Las parejas pueden continuar casándose.
Las familias pueden continuar planeando vacaciones.
Los inversionistas pueden continuar pensando en el futuro.
Las personas pueden continuar comprando casas.
Los jóvenes pueden continuar planeando sus carreras.
El mundo puede continuar haciendo planes para los próximos diez, veinte o cincuenta años.
Y precisamente eso hace tan impresionante la comparación de Jesús.
La vida puede parecer normal mientras el escenario profético continúa avanzando.
Debemos evitar otro extremo.
Las palabras de Jesús no significan que un cristiano deba dejar de trabajar, estudiar, casarse, formar una familia o hacer planes.
La Biblia nunca presenta la vigilancia como irresponsabilidad.
Esperar a Cristo no significa abandonar nuestras obligaciones.
Significa vivirlas conscientes de que esta vida no constituye toda la historia.
Podemos trabajar.
Pero velando.
Podemos formar una familia.
Pero velando.
Podemos construir.
Podemos estudiar.
Podemos desarrollar proyectos.
Podemos disfrutar las bendiciones que Dios nos concede.
Pero sin olvidar que Jesucristo prometió regresar.
Precisamente esta es una de las líneas centrales de este libro: Jesús no llamó a sus discípulos a vivir aterrorizados ni a especular continuamente; los llamó a permanecer despiertos, velar y vivir preparados.
Regresemos a las palabras de Jesús.
Probablemente esta sea la expresión más importante de toda la comparación:
“y no entendieron hasta que vino el diluvio…”
El problema fundamental de aquella generación no fue solamente que el juicio llegó.
Fue que llegó mientras ellos continuaban viviendo como si nunca fuera a llegar.
Habían normalizado su mundo.
La vida cotidiana ocupaba toda su atención.
Y entonces ocurrió lo inesperado.
Jesús concluyó:
“…así será también la venida del Hijo del Hombre.”
Mateo 24:39, RVR1960
Quizá, entonces, una de las señales más sorprendentes del tiempo del fin no será únicamente el caos.
Quizá será también la normalidad.
Una humanidad extraordinariamente informada, pero distraída.
Una generación capaz de observar acontecimientos en cualquier lugar del planeta, pero demasiado ocupada para preguntarse qué significan.
Una sociedad rodeada de cambios históricos extraordinarios, pero acostumbrada a ellos.
Personas haciendo planes para mañana sin preguntarse si Dios tiene algo que decir acerca del mañana.
Tal vez hemos cometido un error al imaginar que todos reconocerán fácilmente que el regreso de Cristo está cerca.
Jesús parece advertir exactamente lo contrario.
La humanidad puede continuar viviendo.
Las ciudades funcionando.
Los negocios operando.
Los matrimonios celebrándose.
Las familias haciendo planes.
La tecnología avanzando.
La economía moviéndose.
Y millones de personas pensando que mañana será simplemente otro día.
Hasta que deje de serlo.
Por eso, la pregunta que surge de esta profecía no es:
¿Cuándo desaparecerá la normalidad?
La pregunta es mucho más personal:
¿Podríamos estar viviendo normalmente mientras acontecimientos extraordinarios están preparando el escenario delante de nuestros propios ojos?
No sabemos el día.
No conocemos la hora.
Y precisamente por eso Jesús no terminó su enseñanza entregando un calendario.
La terminó haciendo un llamado:
“Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor.”
Mateo 24:42, RVR1960
Los días de Noé nos dejan una advertencia extraordinaria.
La ausencia de caos absoluto no significa la ausencia de una profecía próxima a cumplirse.
El mundo puede continuar funcionando.
La humanidad puede continuar haciendo planes.
La vida puede parecer sorprendentemente normal.
Y, mientras todo ello sucede, el reloj de la historia puede continuar avanzando.
La gran pregunta no es solamente si estamos observando las señales.
La verdadera pregunta es:
¿Estamos preparados para Aquel que prometió regresar?
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Durante siglos, una de las grandes preguntas de la humanidad ha sido:
¿Qué es verdad?
La pregunta no es nueva. Pilato se la hizo a Jesucristo hace aproximadamente dos mil años:
“Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad?”
Juan 18:38, RVR1960
Sin embargo, nuestra generación está presenciando un fenómeno particularmente interesante. El debate ya no consiste solamente en determinar cuál es la verdad.
Cada vez resulta más común escuchar una idea diferente:
“Esta es mi verdad.”
La expresión puede parecer inofensiva. Muchas veces simplemente intenta comunicar que cada persona tiene experiencias, sentimientos, opiniones y maneras diferentes de comprender la vida.
Y, por supuesto, debemos respetar a las personas.
No todos pensamos igual.
No todos hemos vivido las mismas experiencias.
No todos tenemos las mismas convicciones.
Una sociedad civilizada debe permitir que personas con ideas diferentes puedan convivir pacíficamente.
El problema aparece cuando pasamos de reconocer que las personas tienen opiniones diferentes a afirmar que cada persona puede determinar qué es verdadero.
Son dos cosas completamente distintas.
Existe una expresión que resume bastante bien una filosofía cada vez más extendida:
“Vive y deja vivir.”
En cierto sentido, contiene un principio valioso. No fuimos llamados a controlar cada decisión de los demás. Podemos tratar con dignidad y respeto a personas que piensan de manera completamente diferente a nosotros.
Pero la expresión también puede adquirir otro significado:
Tú tienes tu verdad.
Yo tengo la mía.
Nadie puede decir que alguna de ellas está equivocada.
Y aquí comienza un cambio mucho más profundo.
Porque si toda persona posee su propia verdad, entonces la verdad deja de encontrarse fuera de nosotros y comienza a determinarse dentro de nosotros.
Ya no preguntamos:
¿Esto es verdadero?
Preguntamos:
¿Esto es verdadero para mí?
Ya no preguntamos:
¿Qué dijo Dios?
Preguntamos:
¿Qué pienso yo?
Ya no preguntamos:
¿Cómo debo vivir?
Preguntamos:
¿Cómo quiero vivir?
Ese cambio puede parecer pequeño.
Pero desde la perspectiva bíblica es enorme.
Jesucristo no presentó la verdad como algo que cada persona pudiera fabricar de acuerdo con sus preferencias.
Orando al Padre por sus discípulos declaró:
“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.”
Juan 17:17, RVR1960
Observe cuidadosamente la expresión.
Jesús no dijo:
Tu palabra contiene una verdad.
Tampoco dijo:
Tu palabra puede ser verdad para algunas personas.
Declaró:
“Tu palabra es verdad.”
Desde la perspectiva cristiana, por tanto, nosotros no creamos la verdad.
La descubrimos.
No la modificamos para adaptarla a nuestra vida.
Nuestra vida debe ser examinada a la luz de ella.
Esto representa un desafío particular para nuestra generación porque vivimos en una cultura donde la autonomía personal posee un valor extraordinariamente alto.
Queremos decidir qué comprar.
Qué estudiar.
Dónde vivir.
Qué pensar.
Qué creer.
Muchas de esas libertades son legítimas y valiosas.
Pero existe una pregunta que inevitablemente aparece:
¿Podemos también decidir qué es verdad?
El apóstol Pablo escribió unas palabras extraordinariamente interesantes a Timoteo:
“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.”
2 Timoteo 4:3-4, RVR1960
Hay algo particularmente importante en esta profecía.
Pablo no dijo que la verdad desaparecería.
Dijo que las personas apartarían de la verdad el oído.
La verdad continuaría allí.
El problema estaría en quien escucha.
Y observe otra expresión:
“maestros conforme a sus propias concupiscencias”.
En otras palabras, en lugar de permitir que la enseñanza determine nuestras convicciones, existe el peligro de buscar enseñanzas que confirmen las convicciones que previamente decidimos tener.
Eso resulta extraordinariamente contemporáneo.
Durante gran parte de la historia, el acceso a la información era limitado.
Hoy ocurre exactamente lo contrario.
Tenemos una cantidad casi inimaginable de información.
Si una persona desea encontrar argumentos a favor de prácticamente cualquier posición, probablemente los encontrará.
Puede encontrar un video.
Un artículo.
Un influencer.
Un foro.
Un especialista.
Una comunidad digital.
O miles de personas que piensan exactamente como ella.
Los algoritmos, además, aprenden nuestros intereses y pueden continuar mostrándonos contenidos semejantes a aquellos que anteriormente captaron nuestra atención.
Esto produce una situación peculiar.
Dos personas pueden vivir en la misma ciudad, utilizar el mismo teléfono y conectarse a la misma internet, pero recibir durante meses dos visiones completamente diferentes del mundo.
Cada una puede terminar pensando:
“Todo el mundo sabe que esto es verdad.”
Porque casi todo lo que observa confirma lo que ya piensa.
Aquí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.
Nunca habíamos tenido tanta información.
Y quizá nunca había resultado tan difícil determinar qué creer.
Imágenes pueden ser fabricadas.
Voces pueden ser clonadas.
Videos pueden ser alterados.
Noticias falsas pueden difundirse mundialmente en cuestión de minutos.
La inteligencia artificial puede producir textos, fotografías, grabaciones y videos extraordinariamente convincentes.
Pero el problema es todavía más profundo que la tecnología.
Como ya hemos analizado en este libro, las herramientas modernas pueden personalizar mensajes, repetirlos incansablemente y contribuir a crear un ambiente donde las personas lleguen incluso a desconfiar de la posibilidad de conocer la verdad.
La tecnología puede amplificar el problema.
Pero el problema fundamental continúa estando en el corazón humano.
Debemos detenernos aquí para hacer una aclaración importante.
Defender la existencia de una verdad objetiva no nos concede permiso para despreciar, humillar o maltratar a quienes no comparten nuestras convicciones.
Jesucristo llamó a sus seguidores a amar.
Podemos disentir sin odiar.
Podemos defender nuestras convicciones sin deshumanizar a quien piensa diferente.
Podemos afirmar lo que creemos que enseña la Escritura y, al mismo tiempo, tratar con dignidad a quien lo rechaza.
De hecho, si creemos que Jesucristo es la verdad, nuestra manera de defenderla debería reflejar también el carácter de Jesucristo.
El problema que estamos examinando no es la existencia de personas diferentes.
Tampoco es la libertad de conciencia.
La cuestión es otra:
¿Existe una verdad que esté por encima de todos nosotros?
Imagine una brújula.
Una brújula solamente resulta útil porque el norte no cambia dependiendo de quién la sostiene.
Una persona puede encontrarse al norte.
Otra al sur.
Otra al este.
Pero ninguna puede decidir dónde está el norte simplemente porque prefiera que esté en otra dirección.
La verdad funciona de manera semejante.
Si cada individuo puede determinarla completamente por sí mismo, dejamos de tener una referencia exterior con la cual examinar nuestras propias conclusiones.
Y eso también puede introducirse dentro de la iglesia.
Este punto es especialmente importante porque Pablo estaba escribiendo a Timoteo acerca de personas que no sufrirían la sana doctrina.
Por eso sería un error aplicar estas palabras solamente a “la sociedad”.
La advertencia comienza también con nosotros.
Un cristiano puede leer la Biblia buscando descubrir lo que Dios dice.
Pero también puede caer en la tentación de buscar solamente aquellos pasajes que confirmen lo que ya desea creer.
Podemos querer un Dios que nunca contradiga nuestras preferencias.
Un evangelio que nunca nos confronte.
Una Biblia que siempre confirme nuestras decisiones.
Una iglesia que solamente nos diga aquello que deseamos escuchar.
Y precisamente allí las palabras de Pablo se vuelven incómodamente cercanas:
“se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias”.
Al final, todo este asunto puede reducirse a una pregunta extraordinariamente sencilla:
¿Quién tiene la última palabra sobre mi vida?
¿Mis sentimientos?
¿La cultura?
¿La mayoría?
¿Las redes sociales?
¿Lo que está de moda?
¿Lo que personalmente deseo?
¿O Dios?
El cristianismo realiza una afirmación radical.
Jesucristo no dijo solamente que enseñaba verdades.
Declaró:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
Juan 14:6, RVR1960
Para el cristiano, entonces, la verdad finalmente no es una construcción personal.
Tiene su fundamento en Dios.
Quizá una de las condiciones más significativas de nuestra época no sea solamente que existan mentiras.
Las mentiras siempre han existido.
Tampoco que existan personas con opiniones diferentes.
Eso ha ocurrido durante toda la historia.
Lo verdaderamente diferente podría ser una sociedad que progresivamente pierda confianza en que existe una verdad objetiva que pueda conocerse y a la cual debamos someternos.
Una generación con acceso a cantidades inimaginables de información, pero sin saber en quién confiar.
Una generación capaz de escuchar miles de voces, pero cada vez menos dispuesta a aceptar una voz que pueda decirle:
“Estás equivocado.”
Una generación donde cada persona pueda construir un pequeño universo informativo alrededor de sus propias convicciones.
Y una generación que finalmente llegue a decir:
“Tú tienes tu verdad. Yo tengo la mía.”
Entonces las palabras escritas por Pablo hace casi dos mil años adquieren una fuerza extraordinaria:
“…apartarán de la verdad el oído…”
2 Timoteo 4:4, RVR1960
Tal vez la señal no sea que la verdad haya desaparecido.
Tal vez sea algo mucho más inquietante:
que llegue un momento en que ya no queramos escucharla.
Y por eso, antes de mirar hacia afuera y preguntarnos si nuestra generación está cumpliendo estas palabras, quizá deberíamos formularnos una pregunta mucho más personal:
Cuando la Palabra de Dios contradice lo que yo quiero creer, ¿cambio mi manera de pensar… o intento cambiar la verdad?
Libro recomendado

Escuche música con propósito:
Cuando pensamos en los acontecimientos que precederán al regreso de Jesucristo, casi siempre imaginamos un mundo completamente fuera de control.
Guerras.
Conflictos.
Desorden político.
Crisis económicas.
Incertidumbre.
Una humanidad aterrorizada preguntándose qué sucederá mañana.
Sin embargo, existe una declaración del apóstol Pablo que presenta una posibilidad sorprendentemente diferente.
Pablo escribió:
“Que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán.”
1 Tesalonicenses 5:3, RVR1960
Observe cuidadosamente las palabras:
“cuando digan: Paz y seguridad…”
Eso plantea una posibilidad fascinante.
¿Y si uno de los momentos más peligrosos de la historia no ocurre cuando la humanidad piensa que todo está perdido, sino precisamente cuando cree que finalmente ha encontrado la solución?
Durante generaciones, muchos cristianos han asociado los últimos tiempos casi exclusivamente con guerras y catástrofes.
Y existen razones bíblicas para hablar de conflictos.
Jesús mismo habló de guerras y rumores de guerras.
Pero Pablo introduce otra imagen.
En algún momento aparece una proclamación de:
Paz.
Seguridad.
No sabemos exactamente quién pronunciará estas palabras.
No sabemos si se tratará de una declaración política, una situación internacional, una sensación colectiva de estabilidad o alguna circunstancia que todavía no podemos anticipar.
La Biblia no proporciona esos detalles.
Por eso debemos tener cuidado de no añadir a la profecía aquello que la profecía no dice.
Pero sí podemos afirmar algo:
Pablo describe un momento en el que se hablará de paz y seguridad inmediatamente antes de una destrucción inesperada.
Eso cambia considerablemente la imagen.
La humanidad no necesariamente estará diciendo:
“Todo está perdido.”
Podría estar diciendo:
“Finalmente estamos seguros.”
La búsqueda de la paz no es nueva.
Desde que existen registros históricos, las sociedades humanas han buscado maneras de evitar la guerra, proteger sus territorios y garantizar su supervivencia.
Los imperios establecieron alianzas.
Los reyes firmaron tratados.
Las naciones levantaron fronteras.
Los gobiernos desarrollaron sistemas diplomáticos.
Después de guerras devastadoras surgieron nuevas instituciones internacionales con la esperanza de impedir que tragedias semejantes volvieran a repetirse.
La humanidad continúa buscando lo mismo.
Queremos seguridad.
Queremos estabilidad.
Queremos prosperidad.
Queremos saber que nuestros hijos podrán crecer en paz.
Queremos sistemas económicos estables.
Queremos gobiernos capaces de mantener el orden.
Queremos mecanismos internacionales capaces de resolver conflictos antes de que se conviertan en guerras.
Nada de eso es malo en sí mismo.
Buscar la paz es bueno.
Proteger la vida es bueno.
Resolver conflictos mediante el diálogo es mejor que resolverlos mediante la violencia.
El problema de 1 Tesalonicenses 5 no parece ser la paz misma.
El problema es la seguridad equivocada.
Existe una diferencia enorme entre vivir en seguridad y creer que finalmente tenemos el futuro bajo nuestro control.
La humanidad ha realizado avances extraordinarios.
Podemos anticipar huracanes.
Podemos observar tormentas desde satélites.
Podemos detectar enfermedades.
Podemos vigilar mercados financieros.
Podemos comunicarnos instantáneamente entre gobiernos.
Podemos observar movimientos militares desde el espacio.
Podemos analizar cantidades enormes de información mediante inteligencia artificial.
Podemos construir sistemas capaces de identificar riesgos antes de que sean visibles para una persona.
Cada avance puede contribuir legítimamente a proteger vidas.
Pero también puede producir una ilusión:
“Ahora tenemos todo bajo control.”
Y precisamente allí la profecía de Pablo resulta inquietante.
Porque la historia no terminará cuando la humanidad determine que está preparada.
Terminará de acuerdo con el calendario de Dios.
Debemos ser especialmente cuidadosos en este punto.
No sabemos cómo se cumplirá exactamente esta profecía.
Sería irresponsable señalar un tratado contemporáneo y afirmar:
“Esto es 1 Tesalonicenses 5:3.”
También sería imprudente identificar automáticamente a una organización internacional, un gobierno o un dirigente político con el cumplimiento de estas palabras.
Ese no ha sido el método de este libro.
Desde el principio hemos procurado distinguir entre lo que la Biblia afirma explícitamente, lo que puede deducirse razonablemente, lo que constituye una posibilidad y lo que sería simple especulación.
Por tanto, no sabemos qué circunstancias producirán ese anuncio de “paz y seguridad”.
Pero podemos observar algo interesante.
Nuestra generación posee capacidades que generaciones anteriores nunca tuvieron para intentar construir sistemas internacionales de estabilidad.
Las economías están conectadas.
Las comunicaciones son instantáneas.
Los gobiernos pueden comunicarse en segundos.
Las instituciones internacionales reúnen a numerosos países.
Los mercados dependen unos de otros.
La información cruza fronteras inmediatamente.
Los sistemas tecnológicos permiten coordinar actividades a escala mundial.
Todo ello hace posible imaginar algo que durante buena parte de la historia habría resultado mucho más difícil:
una sensación de seguridad compartida por grandes sectores de la humanidad.
Existe otra realidad que no debemos pasar por alto.
Pocas promesas poseen tanta fuerza política como la promesa de paz.
Una humanidad cansada de guerras puede estar dispuesta a realizar enormes cambios para conseguirla.
Una población cansada de inseguridad puede aceptar nuevas estructuras que prometan estabilidad.
Una sociedad agotada por crisis económicas puede apoyar soluciones que prometan orden.
No estamos afirmando que esto constituya necesariamente el mecanismo mediante el cual se cumplirá la profecía.
Estamos observando simplemente una característica profundamente humana:
cuando las personas tienen miedo, la promesa de seguridad adquiere un enorme poder.
Y si alguna generación llegara a creer que finalmente encontró la fórmula para garantizar paz, estabilidad y seguridad, las palabras de Pablo resultarían extraordinariamente relevantes.
Existe una palabra en 1 Tesalonicenses 5:3 que no debemos pasar rápidamente por alto:
“entonces”.
“Que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina…”
La proclamación de seguridad no impide lo que viene.
La confianza humana no detiene el calendario profético.
Los sistemas políticos no cancelan los propósitos de Dios.
Los avances tecnológicos no modifican aquello que Dios ha determinado.
Precisamente cuando existe una sensación de seguridad ocurre aquello que no esperaban.
Pablo utiliza una imagen extraordinariamente gráfica:
los dolores de parto.
Una mujer embarazada sabe que el nacimiento llegará.
Puede desconocer el momento exacto.
Puede encontrarse realizando actividades completamente normales.
Puede estar conversando.
Caminando.
Descansando.
Y entonces comienza.
Una vez iniciado el proceso, no puede detenerse simplemente porque el momento resulte inconveniente.
Así describe Pablo la llegada repentina de aquellos acontecimientos.
Esto armoniza de manera extraordinaria con la señal que acabamos de estudiar acerca de los días de Noé.
Jesús dijo que las personas estarían:
Comiendo.
Bebiendo.
Casándose.
Dando en casamiento.
La vida continuaba.
Y entonces llegó aquello que no esperaban.
Pablo añade otra pieza:
Las personas pueden estar hablando de paz y seguridad.
Una humanidad viviendo normalmente.
Una humanidad haciendo planes.
Una humanidad buscando estabilidad.
Quizá incluso una humanidad convencida de haber solucionado algunos de sus grandes problemas.
Y entonces ocurre lo inesperado.
Las dos profecías presentan una idea semejante:
el acontecimiento puede sorprender precisamente porque muchos no creen que sea inminente.
Debemos insistir en esto.
La Biblia no está condenando la búsqueda de la paz.
Jesús declaró:
“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.”
Mateo 5:9, RVR1960
Los cristianos deberían desear la paz.
Deberíamos orar por nuestros gobernantes.
Deberíamos procurar resolver conflictos.
Deberíamos alegrarnos cuando termina una guerra.
Deberíamos valorar las iniciativas que protegen vidas humanas.
La advertencia bíblica apunta hacia algo diferente.
La paz humana nunca debe ocupar el lugar de nuestra confianza en Dios.
Podemos construir sistemas.
Podemos firmar tratados.
Podemos desarrollar tecnologías.
Podemos crear instituciones.
Podemos mejorar nuestras sociedades.
Pero ninguna estructura humana puede garantizar que la historia continuará indefinidamente.
Dios continúa siendo Señor de la historia.
Las tres últimas señales que hemos estudiado forman ahora una imagen extraordinariamente interesante.
Primero encontramos una humanidad distraída:
La vida continúa y millones viven como si nada extraordinario estuviera por suceder.
Después encontramos una humanidad confundida:
“Apartarán de la verdad el oído.”
Existe una enorme cantidad de información, pero cada vez resulta más difícil distinguir qué creer.
Y finalmente encontramos una humanidad confiada:
“Paz y seguridad.”
Una sociedad que podría llegar a pensar que finalmente posee los instrumentos necesarios para controlar su futuro.
Distraída.
Confundida.
Y confiada.
No necesariamente aterrorizada esperando el fin.
Quizá exactamente lo contrario.
Esta posibilidad debería hacernos reconsiderar muchas imágenes populares acerca del tiempo del fin.
Quizá el último capítulo de la historia no comience con toda la humanidad gritando:
“¡El mundo se termina!”
Quizá muchas personas estén diciendo:
“Finalmente lo conseguimos.”
Finalmente hay estabilidad.
Finalmente encontramos una solución.
Finalmente podemos sentirnos seguros.
Finalmente podemos mirar hacia el futuro con confianza.
Y entonces las antiguas palabras de Pablo resonarán con una fuerza que durante siglos quizá no comprendimos completamente:
“Que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina…”
1 Tesalonicenses 5:3, RVR1960
Llegados a este punto, después de recorrer las páginas de este libro, resulta fácil continuar mirando hacia afuera.
Jerusalén.
El Templo.
Las naciones.
La ciencia.
La tecnología.
Las comunicaciones.
La economía mundial.
El dinero digital.
Todos estos elementos nos han permitido examinar un escenario que generaciones anteriores difícilmente habrían podido imaginar.
Pero ninguna investigación acerca de las señales del fin estaría completa si terminara solamente mirando acontecimientos externos.
Porque Jesucristo nunca presentó la profecía únicamente para satisfacer nuestra curiosidad acerca del futuro.
La presentó para transformar nuestra manera de vivir en el presente.
Por eso Pablo, después de hablar del día que vendría inesperadamente, dirige inmediatamente la mirada hacia los creyentes:
“Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón.”
1 Tesalonicenses 5:4, RVR1960
Allí se encuentra el verdadero propósito de estudiar estas cosas.
No descubrir una fecha.
No identificar apresuradamente personajes.
No vivir aterrorizados.
No interpretar cada noticia como el cumplimiento definitivo de una profecía.
Sino estar despiertos.
Velar.
Vivir preparados.
Hemos recorrido acontecimientos ocurridos durante siglos.
Hemos observado profecías que parecían imposibles cuando fueron escritas.
Hemos visto cómo Israel regresó al mapa.
Cómo Jerusalén volvió al centro de acontecimientos internacionales.
Cómo existen preparativos relacionados con un futuro templo.
Cómo la humanidad desarrolló tecnologías capaces de conectar al planeta.
Cómo surgió una economía mundial profundamente interdependiente.
Cómo el dinero comenzó a abandonar el papel.
Cómo una persona puede ser identificada mediante su rostro, sus huellas o sus datos.
Cómo las máquinas comenzaron a procesar cantidades de información inimaginables para generaciones anteriores.
Hemos mirado hacia afuera durante todo el libro.
Ahora ha llegado el momento de mirar hacia adentro.
Porque después de todas las profecías, todos los acontecimientos, todas las tecnologías y todas las señales, queda una pregunta que ningún gobierno puede responder por nosotros.
Una pregunta que ninguna inteligencia artificial puede contestar en nuestro lugar.
Una pregunta que finalmente debe responder cada ser humano delante de Dios:
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Escuche música con propósito:
Después de estudiar tantas señales, profecías y acontecimientos relacionados con el regreso de Jesucristo, llegamos inevitablemente a la pregunta más importante de todo este libro.
No es:
¿Cuánto tiempo falta?
Tampoco:
¿Cuál será la próxima señal?
Ni siquiera:
¿Estamos viviendo realmente cerca del fin?
La pregunta verdaderamente importante es mucho más personal:
Si Cristo regresara, ¿estaría yo preparado?
Porque podemos conocer las profecías y no estar preparados.
Podemos estudiar Daniel y Apocalipsis y no estar preparados.
Podemos observar lo que sucede en Israel, seguir los acontecimientos de Jerusalén, estudiar los preparativos relacionados con el Templo y conocer las nuevas tecnologías, y aun así no estar preparados.
Jesús nunca presentó las profecías solamente para satisfacer nuestra curiosidad acerca del futuro.
Quería producir algo en nosotros.
Una manera de vivir.
Una actitud.
Una expectativa.
Una fidelidad constante.
Por eso, cuando habló de su regreso, repitió una palabra una y otra vez:
Velad.
“Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor.”
Mateo 24:42, RVR1960
No sabemos cuándo.
Jesús dijo que no lo sabríamos.
Pero sí podemos decidir cómo viviremos mientras esperamos.
Después de hablar acerca de las señales de su regreso en Mateo 24, Jesús contó varias parábolas.
No fue casualidad.
Después de explicar lo que sucedería, comenzó a enseñar cómo deberían vivir sus seguidores mientras esperaban.
Una de las imágenes más conocidas es la parábola de las diez vírgenes.
“Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo.”
Mateo 25:1, RVR1960
Todas esperaban al esposo.
Todas tenían lámparas.
Todas formaban parte del grupo que salió a recibirlo.
Todas sabían que vendría.
Y, sin embargo, Jesús estableció una diferencia:
“Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas.”
Mateo 25:2, RVR1960
La diferencia no estaba en que unas creyeran que el esposo vendría y las otras no.
Todas lo esperaban.
La diferencia estaba en la preparación.
Las prudentes llevaron aceite.
Las insensatas no se prepararon adecuadamente para una espera más larga de lo que quizá imaginaban.
Entonces ocurrió algo extraordinariamente importante:
el esposo tardó.
“Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron.”
Mateo 25:5, RVR1960
Esta pequeña expresión contiene una enorme enseñanza para la iglesia.
Jesús sabía que existiría una espera.
Generaciones de cristianos han esperado su regreso.
Los primeros discípulos lo esperaron.
Los cristianos perseguidos del Imperio romano lo esperaron.
Los creyentes de la Edad Media lo esperaron.
Nuestros padres y abuelos lo esperaron.
Nosotros lo esperamos.
Y cada generación enfrenta el mismo peligro:
acostumbrarse a esperar.
Cuando escuchamos muchas veces que Cristo regresará y pasan los años, algo puede ocurrir lentamente en nuestro corazón.
Seguimos creyendo la doctrina.
Seguimos diciendo que Cristo viene.
Seguimos leyendo los textos.
Pero comenzamos a vivir como si realmente no fuera a ocurrir.
La segunda venida se convierte en una enseñanza correcta dentro de nuestra teología, pero deja de influir en nuestras decisiones cotidianas.
Trabajamos como si Cristo no viniera.
Administramos nuestro dinero como si Cristo no viniera.
Tratamos a las personas como si Cristo no viniera.
Tomamos decisiones como si Cristo no viniera.
Hacemos planes como si esta vida fuera toda la historia.
Precisamente por eso la parábola de las vírgenes resulta tan poderosa.
De repente, en medio de la noche, se escuchó un clamor:
“¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!”
Mateo 25:6, RVR1960
Lo que durante tanto tiempo había sido una promesa se convirtió repentinamente en realidad.
Ya no era:
“Algún día vendrá.”
Ahora era:
“Aquí viene.”
Y entonces quedó revelada la diferencia entre quienes solamente esperaban y quienes estaban preparados para aquello que esperaban.
Jesús utilizó otra imagen inmediatamente relacionada con su regreso.
Preguntó:
“¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo?”
Mateo 24:45, RVR1960
Aquí encontramos otro aspecto fundamental de la preparación.
Esperar a Cristo no significa quedarse mirando al cielo.
Significa continuar haciendo fielmente aquello que el Señor nos encargó.
El siervo prudente tenía responsabilidades.
Su señor se había ausentado.
No sabía exactamente cuándo regresaría.
Pero sabía qué debía hacer mientras esperaba.
Jesús declaró:
“Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así.”
Mateo 24:46, RVR1960
Observe la última expresión:
“le halle haciendo así.”
No simplemente hablando de su regreso.
No calculando cuándo volvería.
No abandonando sus responsabilidades para esperar.
Haciendo.
Trabajando.
Sirviendo.
Cumpliendo.
Siendo fiel.
La preparación bíblica es activa.
Esta parábola nos permite formular una pregunta muy práctica.
Si supiéramos que Jesucristo regresará mañana, ¿qué cambiaríamos hoy?
¿Existe alguien a quien deberíamos perdonar?
¿Existe algún pecado que deberíamos abandonar?
¿Existe alguna conversación que necesitamos tener?
¿Existe algo que Dios nos pidió hacer y hemos estado posponiendo?
¿Existe alguna persona a quien deberíamos hablarle de Cristo?
¿Existe algo que necesitamos poner en orden?
Si la respuesta es sí, surge una segunda pregunta:
¿Por qué esperar hasta mañana?
El siervo prudente no comenzó a ser fiel cuando escuchó al señor llegando.
Ya era fiel antes de que regresara.
Esa es la verdadera preparación.
Pero Jesús presentó también el contraste.
“Pero si aquel siervo malo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir…”
Mateo 24:48, RVR1960
Observe dónde comenzó el problema:
“dijere en su corazón…”
El señor todavía existía.
El siervo todavía pertenecía a la casa.
El regreso todavía ocurriría.
Lo que cambió fue la actitud del siervo.
“Mi señor tarda en venir.”
Y esa convicción comenzó a modificar su conducta.
Maltrató a otros.
Abandonó su responsabilidad.
Comenzó a vivir como si nunca tuviera que rendir cuentas.
Aquí encontramos una verdad espiritual extraordinariamente importante:
lo que creemos acerca del regreso de Cristo termina influyendo en nuestra manera de vivir.
Cuando olvidamos que tendremos que rendir cuentas, resulta más fácil vivir solamente para nosotros mismos.
Cuando recordamos que el Señor regresará, nuestras decisiones adquieren una perspectiva diferente.
Jesús contó entonces otra parábola.
Un hombre que debía viajar entregó sus bienes a sus siervos.
A uno dio cinco talentos.
A otro dos.
A otro uno.
Y se fue.
Después encontramos una expresión fundamental:
“Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos.”
Mateo 25:19, RVR1960
Otra vez aparece la espera.
“Después de mucho tiempo…”
Pero también aparece algo más:
“arregló cuentas con ellos.”
La vida cristiana no consiste solamente en esperar que Cristo venga.
Consiste en administrar fielmente aquello que nos entregó hasta que venga.
Nuestro tiempo.
Nuestras capacidades.
Nuestros recursos.
Nuestras oportunidades.
Nuestra influencia.
Nuestro conocimiento.
Nuestros años.
Nuestra vida.
No todos recibimos lo mismo.
Pero todos hemos recibido algo.
Y la pregunta no será cuánto recibió otra persona.
La pregunta será:
¿Qué hice con aquello que Dios puso en mis manos?
Después de estudiar las profecías del fin, alguien podría terminar este libro sintiendo temor.
Ese no debería ser el resultado.
Jesús no contó estas parábolas para que sus discípulos despertaran cada mañana aterrorizados preguntándose:
“¿Será hoy?”
Las contó para que pudieran despertar cada mañana diciendo:
“Si fuera hoy, quiero que me encuentre siendo fiel.”
Existe una enorme diferencia.
El miedo paraliza.
La esperanza moviliza.
El miedo nos hace mirar obsesivamente los acontecimientos.
La esperanza nos permite levantar la cabeza.
Por eso Jesús declaró:
“Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca.”
Lucas 21:28, RVR1960
Para quien pertenece a Cristo, su regreso no es solamente una amenaza de juicio.
Es también una promesa.
Nuestro Rey regresa.
Debemos aclarar algo después de todo lo estudiado en este libro.
Velar no significa convertir cada acontecimiento mundial en una profecía.
No significa identificar a cada dirigente importante como el anticristo.
No significa pensar que cada nueva tecnología es la marca de la bestia.
No significa poner fechas.
No significa abandonar nuestras responsabilidades.
Velar significa vivir conscientes de que Cristo puede regresar y nosotros pertenecemos a él.
Por eso la vigilancia bíblica es profundamente práctica.
Velar es mantener nuestra relación con Dios.
Velar es permanecer fieles a su Palabra.
Velar es amar.
Velar es perdonar.
Velar es servir.
Velar es obedecer.
Velar es administrar correctamente lo que Dios nos confió.
Velar es continuar haciendo nuestra tarea aunque el Señor parezca tardar.
Imagine por un momento que supiéramos que hoy será un día completamente normal.
Nos levantaremos.
Desayunaremos.
Trabajaremos.
Atenderemos nuestras responsabilidades.
Contestaremos mensajes.
Haremos compras.
Visitaremos personas.
Regresaremos a casa.
Nada parecerá extraordinario.
Y entonces Cristo regresa.
¿Cómo quisiera que lo encontrara?
¿Sirviendo?
¿Perdonando?
¿Amando a mi familia?
¿Cumpliendo mi responsabilidad?
¿Ayudando a alguien?
¿Compartiendo el evangelio?
¿Trabajando honradamente?
¿Orando?
¿Viviendo aquello que digo creer?
Quizá esa sea una manera mucho más saludable de esperar la segunda venida que pasar nuestros días intentando descubrir fechas.
Jesús utilizó todavía otra hermosa expresión:
“Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese…”
Lucas 12:35-36, RVR1960
Lámparas encendidas.
La imagen es sencilla.
Preparados.
Atentos.
Esperando.
Pero viviendo.
El cristiano no necesita retirarse del mundo para esperar a Cristo.
Puede estudiar.
Puede trabajar.
Puede casarse.
Puede tener hijos.
Puede construir una casa.
Puede iniciar un proyecto.
Puede plantar un árbol.
Puede hacer planes para el futuro.
Puede disfrutar las bendiciones que Dios le concede.
Pero debe hacerlo con la lámpara encendida.
Consciente de que todo lo que posee es temporal.
Consciente de que su verdadera ciudadanía está en los cielos.
Consciente de que un día verá a su Señor.
Llegados a este punto debemos evitar una conclusión equivocada.
Estar preparado no significa alcanzar una vida absolutamente perfecta antes del regreso de Jesucristo.
Si esa fuera la condición, ninguno de nosotros podría esperar su venida con esperanza.
Nuestra salvación descansa en la gracia de Dios y en la obra de Jesucristo.
El evangelio no dice:
“Hazte perfecto para que Cristo pueda recibirte.”
Nos llama a arrepentirnos, creer en Jesucristo y seguirle.
La obediencia no compra nuestra salvación.
Es la respuesta de una vida que ha sido entregada a Cristo.
Por eso la pregunta fundamental no es:
¿He cometido algún error?
Todos los hemos cometido.
La pregunta es:
¿A quién pertenece mi vida?
Después de todo lo que hemos estudiado, podríamos resumir la enseñanza de Jesús de una manera extraordinariamente sencilla.
Como las vírgenes prudentes:
Mantén tu lámpara preparada.
Como el siervo fiel:
Continúa haciendo lo que tu Señor te encargó.
Como los siervos de los talentos:
Utiliza fielmente aquello que Dios puso en tus manos.
Como los hombres que esperan a su señor:
Mantén tu lámpara encendida.
No necesitas conocer el día.
Necesitas estar preparado.
No necesitas interpretar cada noticia.
Necesitas permanecer fiel.
No necesitas vivir con miedo.
Necesitas vivir con esperanza.
Hemos llegado al final de una larga investigación.
Miramos hacia Israel.
Miramos hacia Jerusalén.
Miramos hacia las antiguas profecías.
Miramos hacia la ciencia.
Miramos hacia la tecnología.
Miramos hacia las comunicaciones.
Miramos hacia la economía mundial.
Miramos hacia los acontecimientos que parecen estar preparando un escenario extraordinario.
Pero ahora debemos dejar de mirar el escenario por un momento.
Ha llegado el momento de mirarnos a nosotros mismos.
Porque cuando Jesucristo regrese, la pregunta más importante no será cuánto sabíamos acerca de la profecía.
Será qué hicimos con aquello que sabíamos.
Quizá no podamos responder:
¿Cuándo regresará Cristo?
Pero sí podemos responder otra pregunta:
¿Cómo quiero que me encuentre cuando regrese?
Quiero que me encuentre creyendo.
Quiero que me encuentre sirviendo.
Quiero que me encuentre amando.
Quiero que me encuentre perdonando.
Quiero que me encuentre obedeciendo.
Quiero que me encuentre utilizando aquello que puso en mis manos.
Quiero que me encuentre con la lámpara encendida.
Quiero que me encuentre esperando.
No aterrorizado.
No escondido.
No obsesionado con fechas.
Sino fiel.
Porque quizá las palabras más hermosas que alguien podría escuchar al terminar esta espera sean aquellas que Jesús colocó en labios del señor de la parábola:
“Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.”
Mateo 25:21, RVR1960
Después de estudiar tantas señales, tal vez todo puede reducirse finalmente a esto:
Cristo prometió regresar.
No sabemos cuándo.
Pero mientras esperamos, sabemos exactamente qué debemos hacer:
mantener nuestras lámparas encendidas y permanecer fieles hasta que él venga.
Libro recomendado

Escuche música con propósito: