02. La casa — Así vivía una familia judía

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Lucas 2:51

“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos…”

Ya hemos llegado a Nazaret.

La hemos visto desde afuera.

Hemos caminado imaginariamente entre sus colinas y contemplado aquella pequeña población de Galilea donde casi todos se conocían.

Ahora podemos acercarnos un poco más.

Ahora podemos entrar en una casa.

Vista interior de una casa de una familia judía del siglo primero

No sabemos cuál fue exactamente la vivienda donde creció Jesús. Ningún descubrimiento arqueológico nos permite detenernos delante de una construcción y afirmar con certeza:

“Aquí vivió Jesús.”

No debemos hacerlo.

Pero sí conocemos mucho mejor el tipo de viviendas que existieron en Nazaret y en otras poblaciones judías de Galilea durante el siglo primero.

Y eso nos permite hacer algo extraordinario.

No identificar su casa.

Sino comprender cómo era vivir dentro de una casa como aquella.

Deténgase por un momento antes de entrar.

Olvide nuestras casas.

Olvide los interruptores.

Las tuberías.

Las habitaciones privadas.

Los muebles.

Las ventanas modernas.

La electricidad.

Ahora entre.

La temperatura cambia.

La luz disminuye.

Hay piedra.

Hay objetos sencillos.

Hay espacios utilizados una y otra vez para diferentes necesidades.

Se escuchan personas cerca.

Esto no es un palacio.

Es una casa familiar.

Y una casa semejante a ésta fue el mundo cotidiano de Jesús durante años.

Casas levantadas sobre la tierra y la roca

Nazaret estaba rodeada de piedra caliza.

La roca formaba parte del paisaje y los habitantes aprendieron a utilizar lo que la tierra les proporcionaba.

Los muros podían levantarse con piedra local y algunas irregularidades podían cubrirse o cerrarse con otros materiales.

Pero había algo especialmente interesante.

La roca no siempre terminaba donde comenzaba la casa.

En algunos casos, podía convertirse en parte de ella.

Había espacios excavados.

Cavidades.

Cisternas.

Áreas utilizadas para almacenamiento.

Algunas familias podían aprovechar cuevas naturales o espacios parcialmente excavados e integrarlos a su ambiente doméstico.

No imaginemos necesariamente una familia viviendo dentro de una caverna oscura como las representaciones de habitantes prehistóricos que hemos visto tantas veces.

Era diferente.

Imagine una pared que no fue completamente construida.

Siempre estuvo allí.

Es la propia roca.

Una cavidad natural puede aprovecharse.

Otra puede ampliarse.

Un espacio excavado puede utilizarse para guardar cosas.

Delante de la roca pueden levantarse muros.

La construcción y la colina terminan encontrándose.

Para nosotros, normalmente la casa comienza donde termina el terreno.

En aquel mundo podía ocurrir algo distinto:

el terreno podía convertirse en parte de la casa.

Y cada mañana, al despertar, aquella roca seguía allí.

Las casas normalmente eran pequeñas y se dormia en el suelo

Ahora mire alrededor.

No busque una habitación para cada persona.

Probablemente no la encontrará.

El espacio era demasiado valioso para nuestra idea moderna de privacidad.

Un mismo lugar podía servir para diferentes actividades dependiendo del momento del día.

Durante unas horas había movimiento.

Después allí podía comerse.

Más tarde podían extenderse los elementos utilizados para descansar.

La casa cambiaba junto con las necesidades de la familia.

No había necesariamente una recámara para cada hijo.

Ni una habitación matrimonial como nosotros la concebimos.

Ni una sala dedicada exclusivamente a recibir visitas.

Ni un comedor separado.

Ni una cocina equipada como una habitación moderna.

La familia vivía junta.

Y “junta” significaba realmente cerca.

Se escuchaban.

Se veían.

Sabían quién había entrado.

Sabían quién había salido.

Si alguien hablaba, otros podían escucharlo.

Si un niño lloraba, probablemente más de una persona se enteraba.

Si alguien estaba cansado y deseaba silencio, la vida de los demás no necesariamente se detenía.

Había poca distancia entre una persona y otra.

Hoy podemos cerrar una puerta y desaparecer durante un rato.

En una casa semejante, eso podía resultar mucho más difícil.

La vida familiar no ocurría detrás de muchas puertas cerradas.

Ocurría alrededor de todos.

También alrededor de Jesús.

Cuando llegaba la hora de dormir

Entonces caía la noche.

La casa que durante el día había estado llena de actividad comenzaba lentamente a transformarse.

Había que descansar.

Pero dormir no significaba necesariamente entrar en una habitación donde una cama había permanecido esperando todo el día.

Podían utilizarse esteras, mantas y otros elementos sencillos para descansar.

Se extendían.

Se acomodaban.

El espacio que unas horas antes había tenido otra función ahora se convertía en lugar para dormir.

Imagine a una familia preparándose.

Las actividades van terminando.

Algunas cosas se guardan.

Las voces comienzan a disminuir.

Uno encuentra su lugar.

Después otro.

Y otro.

Todos están cerca.

Quizá alguien todavía quiere hablar.

Otro ya está cansado.

Alguien se mueve buscando una posición más cómoda.

Poco a poco la casa se tranquiliza.

Jesús conoció aquella cercanía.

No como visitante.

Como parte de una familia.

Cuando llegaba la oscuridad

Y entonces ocurría algo que nosotros difícilmente experimentamos.

Llegaba la oscuridad.

De verdad.

No había un interruptor en la pared.

No había luz eléctrica esperando detrás de un botón.

No había iluminación pública entrando por las ventanas.

Había lámparas de aceite.

Pequeñas.

Una mecha absorbía el aceite y sostenía una llama.

Imagine encender una.

Primero aparece un pequeño punto de luz.

Después comienzan a distinguirse algunos objetos cercanos.

La llama se mueve.

Las sombras también.

Pero el resto de la habitación continúa oscuro.

Una lámpara de aceite no convertía la noche en día.

Solamente abría un pequeño espacio dentro de la oscuridad.

Había que tener aceite.

Había que cuidar la mecha.

Había que proteger la llama.

Si se apagaba, todos lo notaban.

Jesús conoció noches iluminadas así.

Una pequeña llama.

Sombras moviéndose sobre piedra.

Rostros que podían verse mejor cuando se acercaban a la luz.

Una familia preparándose para descansar.

Y afuera…

Nazaret oscura.

El humo también vivía allí

Pero durante el día había otra presencia dentro de la casa.

El fuego.

Cocinar significaba encenderlo.

Dependiendo de la vivienda y de las circunstancias, podían utilizarse hogares, hornos y diferentes instalaciones para preparar los alimentos.

El fuego era indispensable.

Daba calor.

Permitía cocinar.

Pero tenía un precio.

Humo.

Imagine acercarse.

El calor se siente en el rostro.

Un recipiente está sobre el fuego.

Hay ceniza.

El combustible se consume.

El humo busca por dónde salir.

Los ojos pueden sentirlo.

Con el paso del tiempo, algunas superficies pueden oscurecerse.

Y mañana habrá que encender el fuego nuevamente.

No bastaba girar una perilla.

Había que conseguir combustible.

Prepararlo.

Encenderlo.

Mantenerlo.

Después limpiar.

El pan cotidiano, por ejemplo, comenzaba mucho antes de aparecer delante de la familia.

Pero esa historia tendrá su propio momento.

Por ahora solamente estamos mirando el lugar donde ocurría.

Pocas cosas, pero importantes

Ahora observe los objetos.

No hay demasiados.

Y eso hace que cada uno importe más.

Recipientes de cerámica.

Jarras.

Cuencos.

Cestas.

Herramientas.

Lámparas.

Tejidos.

Esteras.

Objetos relacionados con las necesidades y el trabajo de la familia.

No estaban allí simplemente para llenar espacios.

Servían para algo.

Una jarra podía utilizarse una y otra vez.

Una cesta podía acompañar a la familia durante años.

Una lámpara tenía que cuidarse.

Una herramienta tenía valor.

Un recipiente roto no significaba necesariamente:

“Compraremos otro mañana.”

Había costado producirlo.

Había costado adquirirlo.

Y probablemente todavía podía servir.

En una casa donde las posesiones eran limitadas, las cosas podían adquirir un valor que nuestra abundancia moderna algunas veces nos impide comprender.

Se cuidaban.

Se reparaban cuando era posible.

Se aprovechaban.

En una casa donde había poco, cada cosa tenía una razón para estar allí.

El agua no salía de una pared

Ahora imagine que tiene sed.

Nuestra reacción es casi automática.

Caminamos unos pasos.

Abrimos una llave.

Sale agua.

En aquella casa no.

El agua tenía que llegar.

Alguien tenía que obtenerla.

Alguien tenía que transportarla.

Después había que almacenarla.

Y entonces comenzaba a gastarse.

Un poco para beber.

Otro poco para preparar alimentos.

Para lavar.

Para limpiar.

Y cada vez quedaba menos.

Hasta que alguien tenía que conseguir más.

Hay algo que olvidamos porque vivimos rodeados de tuberías:

el agua pesa.

Un recipiente lleno no llega caminando solo hasta una casa.

Alguien lo carga.

Los brazos sienten el peso.

Los hombros lo sienten.

La espalda lo siente.

Y cuando finalmente el agua está dentro de la casa, se utiliza sabiendo que no es infinita.

Jesús vivió en un mundo donde el agua no aparecía al abrir una llave.

Cada cantidad utilizada había llegado mediante esfuerzo humano.

Ahora escuche la casa

Quedémonos quietos unos momentos.

No mire solamente.

Escuche.

Un recipiente toca el suelo.

Pasos.

Una voz.

Alguien entra.

Otra persona sale.

Se escucha fuego.

Hay movimiento.

Hay niños.

Hay conversaciones.

Quizá alguien se ríe.

Tal vez otro está cansado.

Alguien necesita algo.

Otro intenta terminar una tarea.

No sabemos qué ocurrió específicamente en la casa de Jesús durante un día determinado.

No necesitamos inventarlo.

Basta comprender cómo suena una familia cuando vive junta.

La casa no estaba en silencio esperando que ocurriera algo bíblico.

Estaba viva.

Y Jesús estaba dentro de esa vida.

No observándola desde afuera.

Participando de ella.

Cuando el cielo quedó atrás

Y entonces aparece el contraste.

No necesitamos desarrollarlo demasiado.

Ya sabemos quién había llegado a aquella casa.

El Hijo que había conocido la gloria del Padre ahora habitaba entre muros levantados por manos humanas.

Piense solamente en una noche.

La luz comienza a desaparecer.

Alguien enciende una pequeña lámpara.

La llama aparece.

La habitación continúa parcialmente oscura.

Jesús está allí.

El que había conocido la gloria celestial contempla ahora el mundo bajo la luz temblorosa de una lámpara de aceite.

El que no necesitaba nada vive en una casa donde el agua tiene que conseguirse.

El que poseía todas las cosas habita entre objetos que se conservan porque cuesta reemplazarlos.

El que había conocido el cielo duerme dentro de una vivienda sencilla de Nazaret.

No durante una noche simbólica.

No durante una visita.

Año tras año.

No apareció un palacio cuando se cerraba la puerta.

No existía una vida secreta de comodidades reservadas exclusivamente para Él.

El Evangelio simplemente lo coloca allí.

No vino a visitar la condición humana.

La asumió.

Una grandeza diferente

Si nosotros hubiéramos tenido que preparar una residencia para recibir al Hijo de Dios, probablemente habríamos pensado de otra manera.

Algo digno.

Algo impresionante.

Una casa que hiciera justicia a su identidad.

Habitaciones amplias.

Los mejores materiales.

Personas encargadas de atenderlo.

Algo que hiciera decir a quienes llegaran:

“Aquí vive un Rey.”

Pero no ocurrió así.

Lucas simplemente escribe:

“…volvió a Nazaret…”

Y dentro de Nazaret había una casa.

Una casa donde, cuando oscurecía, había que encender una lámpara.

Donde el agua tenía que ser transportada.

Donde el fuego producía humo y podía irritar los ojos,

Donde los objetos se cuidaban.

Donde los espacios se compartían.

Donde al llegar la noche había que preparar nuevamente el lugar para descansar.

Y Jesús aceptó aquella existencia.

No la consideró demasiado pequeña.

No exigió una excepción.

No pidió que la tierra se pareciera al cielo para poder vivir en ella.

Él descendió hasta donde nosotros estábamos.

Quizá aquí comenzamos a comprender algo de su corazón.

Su grandeza no consistió en exigir que la tierra estuviera a la altura del cielo para recibirlo.

Su grandeza estuvo también en aceptar una vida que millones de seres humanos reconocerían inmediatamente como suya:

una casa sencilla,

pocas cosas,

una familia cerca,

trabajo,

oscuridad,

una pequeña lámpara,

y mañana…

volver a comenzar.

El Hijo de Dios vivió allí.

Dentro de una casa sencilla de Nazaret.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.