Dr. Elio M Rivera
Texto clave: Lucas 2:51-52
“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos… Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura…”
En el capítulo anterior entramos en una casa de Nazaret.
Ahora hagamos algo diferente.
Quedémonos a vivir dentro de ella.
Porque una cosa es contemplar arqueológicamente una vivienda del siglo primero.
Otra muy distinta es despertar allí.
Sentir frío.
Tener sueño.
Buscar privacidad.
Intentar descansar cuando otros todavía están despiertos.
Enfermarse.
Soportar una noche calurosa.
Despertarse cuando todavía quisiéramos permanecer bajo las cobijas.
Y descubrir que la vida no se detiene simplemente porque estamos incómodos.
Eso también era vivir en Nazaret.

Muchas personas, poco espacio
Marcos menciona por nombre a cuatro hermanos de Jesús: Jacobo, José, Judas y Simón, y añade que tenía hermanas. —Marcos 6:3.
Mateo ofrece información semejante. —Mateo 13:55-56.
No sabemos exactamente cuántas hermanas fueron ni podemos asegurar que todos los hijos vivieran juntos durante todos los años de Nazaret.
Pero los Evangelios nos permiten ver una familia numerosa.
Ahora imagine esa familia dentro de una vivienda modesta.
No busque una recámara para cada hijo.
No existe.

Recreación artística de como dormiría una familia judía del siglo primero
Cuando llega la noche, algunos espacios utilizados durante el día pueden transformarse en lugares para descansar. Se extienden esteras. Se acomodan mantas. Cada persona encuentra su lugar.
Y todos están cerca.
Muy cerca.
Alguien se mueve.
Otro tose.
Un niño despierta.
Alguien necesita levantarse.
Otro todavía no puede dormir.
Uno siente frío.
Otro jala un poco más la cubierta.
Quizá alguien ronca.
Y cuando finalmente todos consiguen acomodarse, la casa comienza lentamente a quedar en silencio.
Quien haya crecido durmiendo junto a sus hermanos no necesita demasiadas explicaciones.
Sabe lo que significa.
No existe “mi espacio” de la manera en que nosotros lo entendemos.
Existe nuestro espacio.
Y mañana ese lugar donde todos están acostados tendrá nuevamente otra función.
La familia compartía mucho más que una casa.
Compartía prácticamente todas las incomodidades de la casa.

Cuando amanecía en invierno a pesar del frio, tenían que levantarse, las obligaciones no esperaban
Ahora imagine que ha llegado el invierno.
Durante la noche usted consiguió finalmente algo precioso:
calor.
No porque la habitación esté climatizada.
Sino porque está debajo de las cobijas.
Su propio cuerpo ha calentado lentamente aquel pequeño espacio.
Afuera hace frío.
La casa también está fría.
Pero debajo de aquellas coberturas usted ha conseguido crear un pequeño refugio.
Y entonces llega la mañana.
Hay que levantarse.
Ese momento lo comprende perfectamente quien alguna vez durmió en una casa sin calefacción durante el invierno.
Uno abre los ojos y sabe lo que le espera.
Saca una mano.
Frío.
La vuelve a meter.
Durante algunos minutos existe una lucha muy humana.
El cuerpo no quiere salir.
Allí debajo está tibio.
Afuera no.
Pero el día no puede comenzar debajo de una cobija.
Hay responsabilidades.
Hay trabajo.
Hay necesidades.
Hay otras personas esperando.
Así que finalmente hay que hacerlo.
Se retira la cubierta.
El aire frío toca el cuerpo.
Los pies encuentran el suelo.
Y de pronto uno está completamente despierto.
No necesitamos afirmar que una mañana concreta de Jesús ocurrió exactamente así.
Pero éste era un mundo sin calefacción central, sin aislamiento moderno y sin un sistema que mantuviera toda la vivienda a una temperatura agradable durante la noche.
El invierno entraba en la experiencia de vivir.
Jesús creció dentro de ese mundo.
Bañarse tampoco era abrir una llave
Y estaba algo todavía más cotidiano.
Limpiarse.
Hoy podemos entrar a un baño, abrir una llave y esperar unos segundos.
Agua caliente.
Toda la que necesitemos.
En una casa rural antigua no existía esa experiencia.
El agua tenía que conseguirse.
Transportarse.
Y si se deseaba caliente, había que calentarla.
Primero fuego.
Después esperar.
Quizá calentar una cantidad limitada en recipientes.
Transportarla.
Mezclarla hasta obtener una temperatura utilizable.
Y entonces utilizarla sabiendo que no existía detrás de la pared una provisión interminable de agua caliente.
Quien haya vivido alguna vez en una casa donde había que calentar el agua manualmente conoce la diferencia.
El baño comienza mucho antes de quitarse la ropa.
Comienza consiguiendo agua.
Preparando fuego.
Esperando.
Y en invierno todo resulta más difícil.
Imagine quitarse la ropa dentro de un espacio frío.
El cuerpo reacciona inmediatamente.
Finalmente llega el agua caliente.
Cae sobre la piel.
Por unos momentos produce alivio.
Pero el agua que abandona el cuerpo comienza rápidamente a enfriarse.
El piso está frío.
El aire está frío.
Las paredes están frías.
Y el agua caliente es limitada.
Hay que terminar.
Secarse.
Vestirse.
Recuperar nuevamente el calor.
Quien lo ha vivido sabe que algunas veces uno termina limpio…
y tiritando.
No sabemos cómo realizaba específicamente su higiene la familia de Jesús ni debemos inventar un cuarto de baño que la arqueología no nos permite reconstruir.
Pero sí sabemos algo mucho más sencillo:
no existían duchas modernas.
No existían calentadores automáticos.
No existía agua caliente saliendo de una pared.
Cada comodidad térmica tenía que conseguirse mediante trabajo, combustible y tiempo.
Cuando hacía frío, incluso lavarse podía exigir esfuerzo.

Y en verano el problema se invertía y cocinar se podía convertir un problema
Después llegaban los meses calurosos.
Y entonces las cobijas que habían sido refugio durante el invierno podían convertirse en algo insoportable.
Uno intenta dormir.
Se mueve.
Busca otra posición.
La superficie donde descansa está caliente.
El cuerpo también.
No hay aire acondicionado.
No hay un aparato trabajando silenciosamente durante toda la noche para mantener la habitación a una temperatura agradable.
Se depende de algo mucho más antiguo:
que corra aire.
Una abertura puede ayudar.
Un patio puede sentirse mejor.
El techo podía utilizarse para diferentes actividades cuando las condiciones lo permitían y, en el mundo antiguo, los espacios abiertos de la vivienda adquirían especial importancia precisamente porque el clima formaba parte de la vida.
Quien ha vivido sin aire acondicionado conoce esas noches.
Uno espera una corriente de aire.
Deja abiertas las posibilidades de ventilación que tiene.
Busca el lugar menos caliente.
Se moja el rostro.
A veces humedece la ropa o la piel buscando unos minutos de alivio.
Se queda quieto esperando que el cuerpo deje de sentirse tan caliente.
Finalmente comienza a dormirse…
y el calor lo despierta otra vez.
No debemos afirmar que Jesús dormía sobre el techo de su casa ni que utilizaba exactamente alguno de estos recursos.
No lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que no existía un refugio climatizado que lo separara del verano galileo.
Cuando hacía calor, hacía calor.
Y había que vivir dentro de él.
La privacidad era un lujo
Ahora añadamos personas a esa incomodidad.
Porque usted no está solo.
Hay una familia alrededor.
Si quiere descansar, alguien puede estar hablando.
Si necesita silencio, un niño puede comenzar a llorar.
Si está enfermo, los demás lo saben.
Si alguien está preocupado, resulta difícil esconderlo durante mucho tiempo.
Las conversaciones se escuchan.
El cansancio se ve.
Los estados de ánimo terminan afectando a otros.
Cuando varias personas viven dentro de espacios reducidos, uno aprende rápidamente ciertas palabras:
Esperar.
Compartir.
Ceder.
Soportar.
Perdonar.
Volver a compartir mañana.
No porque todos posean una paciencia extraordinaria.
Sino porque no hay otro lugar adonde ir para dejar de ser familia durante unas horas.
Jesús vivió con personas reales.

Y estaban los animales
Nuestra imagen moderna de una casa también puede engañarnos aquí.
En las viviendas rurales de Galilea, los animales podían formar parte del conjunto doméstico. Algunos espacios podían estar destinados a ellos y el patio constituía un área fundamental para muchas actividades familiares.
Eso significaba algo que una ilustración hermosa difícilmente transmite.
Olores.
Suciedad.
Alimento.
Limpieza.
Movimiento.
Imagine que la familia finalmente intenta descansar.
La casa está tranquila.
Y entonces un animal se mueve.
Se escucha.
Alguien despierta.
Quizá otra persona protesta medio dormida.
Después vuelve el silencio.
No hay nada romántico en ello.
Era simplemente la vida.

Cuando llovía, las goteras e convertian en un problema
Después llegaban las lluvias.
Los techos galileos podían construirse con vigas de madera, cañas y capas de tierra y revestimiento.
Funcionaban.
Pero necesitaban mantenimiento.
Había que compactar.
Reparar.
Revisar las partes deterioradas.
Una grieta importaba.
La humedad importaba.
No debemos afirmar que el techo de la casa de Jesús necesariamente goteaba.
No lo sabemos.
Pero tampoco debemos imaginar una vivienda moderna completamente impermeabilizada.
Escuche ahora la lluvia.
Golpea el techo.
Afuera el terreno cambia.
Aparece humedad.
La familia observa.
Si existe algún punto débil, habrá que atenderlo.
Quizá no en ese momento.
Pero pronto.
Porque una casa antigua no era una estructura terminada para siempre.
Había que mantenerla continuamente habitable.
Y entraban visitantes que nadie invitaba
También estaban los insectos.
Las moscas.
Los roedores.
Una vivienda del siglo primero no estaba sellada contra la naturaleza.
Había pequeñas aberturas.
Patios.
Tierra.
Animales.
Alimentos almacenados.
No había mosquiteros modernos.
No había aerosoles.
No había una empresa a la cual llamar para eliminar una plaga.
Imagine intentar dormir y escuchar algo.
Uno abre los ojos.
Espera.
Otra vez.
Algo se movió.
Quizá no sea nada.
Quizá sí.
Había que convivir con una naturaleza que estaba mucho más cerca.
Para ellos era normal.
Para nosotros puede resultar difícil imaginarlo porque hemos construido muchas barreras entre nuestro hogar y el mundo exterior.
Ellos tenían muchas menos.
Y estaban las necesidades más humanas
También había que ir al baño.
Parece un detalle demasiado cotidiano para mencionarlo cuando hablamos de Jesús.
Precisamente por eso debemos hacerlo con reverencia.
Las aldeas galileas no poseían nuestros sistemas domésticos modernos de drenaje y saneamiento. Las soluciones eran mucho más sencillas y dependían de las posibilidades de cada vivienda y comunidad.
No sabemos qué sistema utilizó específicamente la familia de Jesús.
No necesitamos saberlo.
Lo importante es comprender que la encarnación ocurrió dentro de un mundo sin nuestras comodidades sanitarias.
Y entonces aquellas palabras de Juan se vuelven extraordinariamente concretas:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
—Juan 1:14.
Habitó.
No solamente apareció.
Cuando alguien enfermaba
Y alguna vez alguien enfermaba.
No sabemos qué enfermedades padeció la familia de Jesús.
No debemos inventarlas.
Pero una familia que vive durante años conoce la fragilidad del cuerpo.
Una fiebre preocupaba.
Una herida podía complicarse.
Un dolor dental no tenía una clínica esperando a unas cuadras.
No había antibióticos.
No había análisis de laboratorio.
No había una sala de urgencias iluminada durante toda la noche.
Imagine una noche en que alguien está enfermo.
La casa está oscura.
Los demás intentan dormir.
Una pequeña lámpara permanece encendida.
Alguien atiende al enfermo.
Otro despierta.
Pregunta cómo sigue.
Después intenta volver a dormir.
Cuando una persona enfermaba dentro de una casa pequeña, la enfermedad entraba un poco en la vida de todos.
Y a la mañana siguiente muchas responsabilidades continuaban allí.

Cuando llegaba la noche (Recreación artística de como dimiría una familia en la época de Jesús
Finalmente volvía la oscuridad.
Una pequeña lámpara podía iluminar parte de la vivienda.
Pero ahora no pensemos en la lámpara.
Pensemos en lo poco que se veía.
La llama crea un pequeño círculo de luz.
Más allá comienzan las sombras.
Si alguien quiere coser, tiene que acercarse.
Si necesita buscar un objeto, también.
Si un niño está enfermo, hay que atenderlo bajo aquella iluminación.
Si algo cae al suelo, encontrarlo puede requerir paciencia.
Después llega el momento de apagarla.
La llama desaparece.
Oscuridad.
No hay resplandor de una ciudad entrando por las ventanas.
No hay teléfono.
No hay pantalla.
No hay luz de la calle.
Quizá se escucha respirar a quienes están cerca.
Algún movimiento.
Un animal.
El viento.
Y después…
silencio.
Hasta que vuelva a amanecer.

No idealicemos Nazaret (recreación artística de cómo podría haberse visto Nazaret en la época de Jesús)
Tenemos una tendencia comprensible a embellecer cualquier escena relacionada con Jesús.
Paredes impecables.
María sonriendo.
José trabajando tranquilamente.
Los niños perfectamente ordenados.
Una lámpara colocada en el lugar exacto.
Todo limpio.
Todo sereno.
Todo casi celestial.
Pero una casa habitada por una familia numerosa no funciona así.
Nunca ha funcionado así.
Había días buenos.
Y días difíciles.
Había orden.
Y desorden.
Había olores.
Sudor.
Polvo.
Ropa que necesitaba atención.
Algo que se rompía.
Un niño que lloraba.
Alguien que roncaba.
Una persona que amanecía de mal humor.
Una noche en que costaba dormir.
Una mañana de invierno en que nadie quería abandonar el calor de las cobijas.
Un día caluroso en que todos deseaban que finalmente comenzara a correr aire.
Había momentos de cansancio.
Pero también había risas.
Conversaciones.
Compañía.
El alivio de encontrar finalmente calor.
La alegría de sentir una corriente fresca durante una noche sofocante.
La satisfacción de acostarse después de un día agotador.
Porque la dureza y la alegría pueden habitar en la misma casa.
Era una casa.
Una casa real.
El Hijo aceptó vivir allí
Y aquí debemos detenernos.
No para sentir lástima por Jesús.
Sino para comprenderlo.
El Hijo de Dios no escogió experimentar solamente las partes agradables de nuestra humanidad.
Aceptó sus limitaciones cotidianas.
El frío.
El calor.
El cansancio.
La falta de privacidad.
El ruido.
Las necesidades del cuerpo.
La incomodidad.
Y lo hizo durante años.
No durante una noche de Navidad.
Durante años.
Esto cambia nuestra manera de contemplar la encarnación.
Porque desde lejos resulta fácil amar a la humanidad.
Lo difícil es vivir con ella.
Compartir su espacio.
Sus olores.
Su ruido.
Sus enfermedades.
Sus necesidades.
Sus días buenos.
Y también aquellos días en que uno quisiera simplemente permanecer debajo de las cobijas y no levantarse.
Jesús vivió dentro de esa realidad.
No conocemos la dirección exacta de aquella casa.
No sabemos dónde dormía.
No sabemos cómo se calentaba el agua en su familia.
No sabemos cuál era el lugar más fresco durante una noche de verano.
Y no necesitamos inventarlo.
Nos basta saber que el clima que tocaba a los demás también formaba parte del mundo que Él había aceptado habitar.
Cuando hacía frío, Nazaret seguía siendo Nazaret.
Cuando hacía calor, Nazaret seguía siendo Nazaret.
Cuando la casa estaba llena, no apareció milagrosamente una habitación adicional.
Cuando llegaba la noche, una pequeña lámpara seguía siendo una pequeña lámpara.
El Hijo de Dios no convirtió su casa terrenal en un palacio para evitar nuestra condición humana.
La aceptó.
Por eso quizá quien alguna vez tembló de frío al levantarse puede comprender un poco mejor Nazaret.
Quien tuvo que calentar agua antes de poder bañarse.
Quien durmió en el suelo.
Quien compartió espacio con muchos.
Quien pasó una noche buscando desesperadamente un poco de aire fresco.
Quien amaneció cansado y tuvo que levantarse de todas maneras.
Quien vivió una vida rural donde casi cada comodidad tenía detrás trabajo humano.
Esa persona puede mirar aquella casa y decir:
“Yo conozco un poco esa vida.”
Y entonces ocurre algo hermoso.
Jesús deja de parecernos distante.
Porque el Hijo de Dios decidió acercarse tanto a nuestra experiencia que aceptó vivir en un mundo donde también había mañanas frías, noches calurosas, cuerpos cansados y casas llenas de gente.
No observó nuestra humanidad desde el cielo.
Y el Verbo se hizo carne
El Hijo de Dios no vino solamente a conocer nuestros grandes dolores.
También conoció nuestras pequeñas incomodidades.
El frío de una mañana.
El calor de una noche.
El cansancio del cuerpo.
La falta de privacidad.
El ruido de una casa llena.
La necesidad de levantarse cuando todavía quería descansar.
El que había creado el cielo aceptó dormir bajo un techo sencillo.
El que no necesitaba nada aceptó vivir donde cada comodidad requería esfuerzo.
El que habitaba en gloria aceptó compartir el espacio, la rutina y las limitaciones de una familia humana.
No observó nuestra vida cotidiana desde el cielo.
Vino a vivirla desde dentro.
Y durante años, aquella casa sencilla fue el lugar donde el Dios eterno decidió habitar en este mundo.
Y el Verbo se hizo carne y habitó en una casa de Nazaret.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
