00. INTRODUCCIÓN: ¿Qué significaba ser carpintero o teckton en los tiempos de Jesús?

Dr. Elio M Rivera

Una historia ficticia para comprender una realidad que Jesucristo conoció

 Esta es una historia ficticia, pero está inspirada en las condiciones de vida de los trabajadores de Galilea durante el siglo primero.

 David, nuestro personaje principal, nunca existió. Su familia, sus compañeros y los acontecimientos que viviremos a través de él son una recreación literaria. Sin embargo, las dificultades económicas, las exigencias del oficio y las responsabilidades que enfrentará reflejan situaciones que pudieron formar parte de la vida de cualquier teckton de aquella época.

 Decidí escribir esta serie en forma de novela porque deseaba mostrar cómo era la vida de aquellos trabajadores sin atribuirle a Jesucristo acontecimientos que las Escrituras no registran.

 Sabemos que Jesús fue carpintero, pero desconocemos los detalles de sus jornadas laborales. No sabemos quiénes lo contrataron, cuánto recibía por su trabajo, qué construcciones realizó ni qué dificultades particulares enfrentó.

 Por eso conoceremos a David.

 A través de su historia recorreremos los caminos de Galilea, entraremos en las construcciones, conoceremos las relaciones entre trabajadores y patrones, las dificultades para conseguir empleo y las preocupaciones de quienes dependían de un jornal para sostener a sus familias.

 También descubriremos las satisfacciones de aquel oficio, las amistades que surgían entre compañeros y la dignidad de los hombres que construían con sus manos.

 Nuestro propósito no es afirmar que Jesús vivió los mismos acontecimientos, sino comprender el mundo laboral al que perteneció.

Ahora bien, ¿Qué tiene de extraordinario que Jesús fuera carpintero?

 Alguien podría preguntarse:

 ¿Qué tiene de especial esta historia? Millones de personas trabajan diariamente para ganarse la vida. Se levantan temprano, soportan el cansancio, enfrentan dificultades y regresan a sus hogares procurando llevar el sustento a sus familias. ¿Por qué habría de sorprendernos que Jesús también trabajara?

 La respuesta no está en el oficio.

 Está en quién era aquel que lo desempeñaba.

 El Evangelio de Juan declara:

 «Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho» (Juan 1:3, RVR1960).

 ¡Pensemos en lo que esto significa!

 El mismo que creó el universo aceptó vivir en una pequeña aldea de Galilea y ganarse la vida trabajando con sus manos.

 El dueño de todas las cosas conoció las condiciones de una familia humilde. Aprendió un oficio, utilizó herramientas y dedicó años de su existencia terrenal al trabajo cotidiano.

 No vino a representar una humanidad aparente. Se hizo verdaderamente hombre.

 Y aunque los Evangelios no describen cómo se distribuían las responsabilidades económicas dentro de su hogar, es razonable considerar que su oficio contribuyó al sostenimiento familiar.

 Si José falleció durante aquellos años, como algunos han considerado posible, Jesús, siendo el primogénito, pudo haber asumido responsabilidades todavía mayores. No podemos afirmarlo como un hecho documentado, pero tampoco debemos ignorar las costumbres familiares de aquella sociedad.

 Hay algo profundamente conmovedor en todo esto.

 Jesús sabía que llegaría el día en que anunciaría públicamente el reino de Dios. Sabía que enseñaría a las multitudes, sanaría enfermos y finalmente entregaría su vida por nuestros pecados.

 Pero mientras llegaba el tiempo señalado por el Padre, permaneció en Nazaret, viviendo bajo las condiciones ordinarias de la existencia humana.

 Su preparación para el ministerio público no lo apartó de las responsabilidades de la vida cotidiana.

 El apóstol Pablo escribió:

 «Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:7, RVR1960).

 Generalmente, cuando pensamos en los sacrificios de Jesucristo, nuestra atención se dirige al Calvario. Allí realizó la obra redentora que solamente él podía llevar a cabo.

 Pero su humillación voluntaria comenzó con la encarnación.

 Durante años aceptó las limitaciones propias de nuestra humanidad, entre ellas el esfuerzo físico, el aprendizaje y el cansancio que acompañaban su oficio.

 El Señor de la gloria no consideró indigno vivir como uno de los trabajadores de Nazaret.

 Y esto nos permite comprender que los años anteriores a su ministerio público no fueron un tiempo vacío ni una etapa sin importancia.

 Formaron parte de su vida de obediencia al Padre.

Una invitación a recorrer aquel mundo

 Esta novela nos permitirá acompañar a David en su vida familiar y laboral. Conoceremos sus dificultades, sus decisiones, sus alegrías y los desafíos que enfrentaba un hombre que dependía de su trabajo para sobrevivir.

 Habrá momentos de compañerismo, pero también conflictos, injusticias y situaciones que pondrán a prueba su carácter.

 La narración utilizará circunstancias históricamente plausibles, sin pretender que cada episodio represente un acontecimiento documentado.

 Y mientras avanzamos en la historia, quisiera que recordáramos las palabras con las que los habitantes de Nazaret identificaron a Jesús:

 «¿No es éste el carpintero…?» (Marcos 6:3, RVR1960).

 Aquellos vecinos conocían su oficio, pero no comprendían plenamente quién era el hombre que había vivido entre ellos.

 Nosotros conocemos su identidad.

 Y precisamente por eso su vida en Nazaret adquiere una dimensión extraordinaria.

 Lo sorprendente no es que un hombre trabajara para ganarse la vida, sino que el Hijo eterno de Dios hubiera aceptado hacerlo.

 Ésa es la razón de esta novela.

 Los invito a conocer a David, el teckton de Nazaret, y a descubrir, a través de su historia, lo que significaba trabajar con las manos en la Galilea del siglo primero.

 Quizá entonces podamos comprender con mayor profundidad el sacrificio voluntario de aquel que, siendo Señor de todas las cosas, aceptó tomar forma de siervo y vivir entre nosotros.

Hay algo profundamente conmovedor en la vida de Jesucristo que pocas veces nos detenemos a considerar.

  Jesús fue carpintero.

  Lo hemos escuchado tantas veces que quizá hemos dejado de pensar en lo que realmente significaban aquellas palabras.

  Nos imaginamos a Jesús trabajando tranquilamente en un pequeño taller de Nazaret, rodeado de madera, herramientas y el sonido de sus propias manos dando forma a algún objeto.

  Quizá lo imaginamos fabricando una mesa, reparando una puerta o preparando algún mueble para una familia de la aldea.

  Es una imagen hermosa.

  Casi poética.

  Pero ¿era realmente así la vida de un carpintero en la Galilea del siglo primero?

  ¿Era aquel oficio semejante al que conocemos en nuestros días?

  ¿Tenía trabajo todos los días?

  ¿Quién contrataba sus servicios?

  ¿Cuánto recibía por una jornada?

  ¿Podía sostener fácilmente a su familia?

  ¿Qué sucedía cuando no había encargos?

  Y si necesitaba trabajar fuera de Nazaret, ¿cuántos kilómetros debía caminar antes de comenzar una jornada que podía prolongarse hasta el atardecer?

  Ser carpintero no era simplemente conocer un oficio. Era tener que vivir de él.

  Y para comprender aquella realidad, primero necesitamos conocer qué significaba verdaderamente ser un tekton.

El tekton: mucho más que un carpintero

  Cuando escuchamos la palabra carpintero, generalmente pensamos en un hombre que fabrica muebles, puertas, mesas o sillas.

  Pero en tiempos de Jesús, aquel oficio podía ser mucho más amplio.

  La palabra griega que utiliza el Evangelio de Marcos es τέκτων (tekton).

  Un tekton era un hombre que trabajaba con sus manos y conocía técnicas para fabricar, reparar y construir.

  Podía trabajar la madera, preparar vigas para los techos, fabricar puertas y marcos, reparar viviendas y participar en diferentes tareas de construcción.

  Según su especialidad, también podía trabajar la piedra o intervenir en obras donde se combinaban piedra, madera y otros materiales.

  No era necesariamente el carpintero que hoy imaginamos dentro de un taller fabricando muebles. Podía ser también un constructor.

  Y esto es importante porque en la Galilea del siglo primero muchas viviendas se construían principalmente con piedra, mientras que la madera se utilizaba en puertas, techumbres y otras partes de los edificios.

  Aquellos hombres podían pasar sus jornadas trabajando entre piedras, vigas, herramientas, polvo y materiales pesados.

  Podían reparar una vivienda, participar en la construcción de otra o trasladarse a una población cercana donde hubiera trabajo.

  No todos dominaban las mismas tareas.

  Algunos se especializaban en madera.

  Otros podían tener conocimientos de construcción o de trabajo en piedra.

  Y en determinadas obras, diferentes trabajadores debían colaborar para levantar una vivienda o terminar un edificio.

  Unos preparaban materiales.

  Otros levantaban muros.

  Algunos colocaban vigas.

  Otros construían puertas, marcos o estructuras de madera.

  Había que medir, cortar, ajustar, levantar, transportar y reparar.

  Y todo aquello requería fuerza, habilidad, experiencia y muchas horas de trabajo.

  Ser tekton no era solamente saber trabajar la madera. Era pertenecer al mundo de los hombres que construían.

La vida de quienes trabajaban con sus manos

  Pero conocer el oficio es solamente el principio.

  Porque detrás de cada herramienta había un hombre.

  Y detrás de cada hombre, una vida.

  Había una familia.

  Había necesidades.

  Había preocupaciones.

  Había responsabilidades que no desaparecían cuando terminaba la jornada.

  ¿Qué significaba realmente ganarse la vida como trabajador en la Galilea del siglo primero?

  Era levantarse por la mañana sabiendo que había necesidades que atender.

  Era depender de la fuerza de los brazos, de la habilidad de las manos y de que alguien estuviera dispuesto a pagar por aquel trabajo.

  Era conocer el cansancio, el calor, el frío, el polvo de las construcciones y el peso de los materiales.

  Era trabajar junto a otros hombres.

  Hombres buenos y generosos, pero también hombres envidiosos, egoístas o dispuestos a perjudicar a un compañero para conservar su empleo.

  Era encontrarse con patrones justos, pero también con quienes podían aprovecharse de la necesidad de sus trabajadores.

  Era saber que un accidente podía dejar a un hombre sin ingresos, que una herramienta perdida podía representar un problema económico y que una enfermedad podía poner en dificultades a toda una familia.

  Había competencia por conseguir trabajo.

  Había desacuerdos por los salarios.

  Podía haber rumores, acusaciones injustas, engaños y conflictos entre compañeros.

  Y también existía el temor de perder un empleo que había costado demasiado conseguir.

  Porque cuando un hombre dependía de sus manos para alimentar a su familia, perder la capacidad de trabajar podía significar mucho más que quedarse sin una ocupación.

  Podía significar quedarse sin el sustento.

  Pero no todo era sufrimiento.

  También había satisfacciones.

  La alegría de recibir un jornal después de una jornada difícil.

  La amistad de un compañero que ayudaba a levantar una carga demasiado pesada.

  El orgullo de contemplar una construcción terminada y saber que las propias manos habían participado en ella.

  El descanso después de un día agotador.

  Las conversaciones entre compañeros mientras compartían un pedazo de pan.

  Y, sobre todo, la tranquilidad de regresar al hogar llevando algo con qué alimentar a la familia.

  Ése era el mundo de los trabajadores.

  Un mundo de esfuerzo, necesidades, alegrías, injusticias, amistades y responsabilidades.

  Un mundo profundamente humano.

  Y Jesucristo vivió en una sociedad donde aquellas realidades formaban parte de la existencia cotidiana.

Antes de ser conocido como Maestro, fue conocido como carpintero

  Cuando Jesús comenzó su ministerio público, los habitantes de Nazaret hicieron una pregunta extraordinaria:

  «¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?» (Marcos 6:3, RVR1960).

  Detengámonos un momento en aquellas palabras.

  No preguntaron si Jesús era carpintero. Lo reconocieron como tal.

  Aquellos hombres conocían su familia.

  Sabían dónde había crecido.

  Conocían a su madre.

  Conocían a sus hermanos y hermanas.

  Y lo identificaban por su oficio.

  Para ellos era Jesús, el carpintero de Nazaret.

  Antes de que las multitudes lo siguieran por los caminos de Galilea, sus vecinos lo conocían como un trabajador.

  Antes de que enseñara en las sinagogas y anunciara públicamente el reino de Dios, había vivido durante años en aquella pequeña población.

  Antes de que los enfermos buscaran su ayuda y los discípulos escucharan sus enseñanzas, había llevado una vida cotidiana entre las familias de Nazaret.

  Y aquella vida incluyó el trabajo.

  También Mateo nos revela que José era conocido por ese oficio:

  «¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mateo 13:55, RVR1960).

  José era carpintero.

  Y Jesús también fue conocido como carpintero.

  Es razonable pensar que José desempeñó un papel importante en el aprendizaje de aquel oficio, aunque las Escrituras no describen cómo ocurrió.

  Jesús no apareció repentinamente en Galilea a los treinta años sin haber vivido una infancia, una adolescencia y una juventud.

  Creció.

  Aprendió.

  Vivió en un hogar.

  Y estuvo sujeto a sus padres.

  Lucas lo expresa con una sencillez extraordinaria:

  «Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos» (Lucas 2:51, RVR1960).

  Y añade:

  «Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres» (Lucas 2:52, RVR1960).

  Aquellos años no fueron un tiempo vacío.

  No fueron años sin importancia.

  Fueron parte de su verdadera vida humana.

  El Hijo eterno de Dios aceptó pasar por las etapas normales del crecimiento.

  Aceptó vivir bajo la autoridad de sus padres terrenales.

  Aceptó aprender un oficio y ejercerlo.

  Antes de presentarse públicamente como Maestro, Jesús había vivido como hijo y como trabajador.

  No porque necesitara perfeccionarse en su divinidad, sino porque había asumido verdaderamente nuestra humanidad.

  Y aquella decisión también formaba parte de su humillación voluntaria.

Un hogar que también necesitaba ser sostenido

  Hay otro aspecto de la vida de Jesús en Nazaret que merece nuestra atención.

  Jesucristo no se casó.

  No tuvo esposa ni hijos propios que alimentar.

  Pero eso no significa que estuviera libre de responsabilidades familiares.

  Los Evangelios nos presentan a Jesús como el primogénito de María y mencionan a sus hermanos y hermanas.

  Y aquí surge una pregunta que pocas veces nos hacemos:

  ¿Qué sucedió con aquella familia cuando José dejó de estar presente?

  No sabemos cuándo murió José.

  Las Escrituras no registran su fallecimiento ni nos dicen qué edad tenía Jesús cuando ocurrió.

  José aparece durante la infancia de Jesús, pero no vuelve a aparecer desempeñando un papel activo durante su ministerio público.

  Esto ha llevado a considerar la posibilidad de que hubiera fallecido antes de aquellos acontecimientos.

  Si José murió mientras Jesús todavía vivía en Nazaret, aquella familia habría enfrentado una realidad que millones de hogares conocen perfectamente.

  La ausencia del padre.

  La pérdida de quien contribuía al sostenimiento económico de la casa.

  La necesidad de continuar alimentando a la familia, conseguir vestido, mantener la vivienda y atender las necesidades ordinarias de cada día.

  En la sociedad judía de aquella época, el hijo primogénito podía asumir importantes responsabilidades familiares cuando faltaba el padre.

  Y Jesús era el primogénito.

  ¿Habrá tenido que asumir una parte importante del sostenimiento de María y de sus hermanos menores?

  No podemos afirmarlo como un acontecimiento documentado.

  Pero es una posibilidad históricamente razonable que merece ser considerada.

  Pensemos por un momento en lo que aquello habría significado.

  Levantarse temprano, no solamente porque había un trabajo que realizar, sino porque en casa había personas que dependían de los ingresos familiares.

  Aceptar un encargo aunque el cuerpo estuviera cansado.

  Caminar hasta otra población si allí existían mejores oportunidades.

  Calcular cuánto alimento podía comprarse con el jornal recibido.

  Pensar en las necesidades de una madre, de hermanos y hermanas que compartían el mismo hogar.

  No sabemos si Jesús experimentó personalmente cada una de estas circunstancias.

  Pero sabemos que vivió dentro de una familia verdadera, en una sociedad donde el trabajo y las responsabilidades familiares estaban profundamente relacionados.

  Y aquí encontramos algo que nos acerca extraordinariamente a su humanidad.

  Porque millones de personas no trabajan solamente para sí mismas.

  Trabajan para sus hijos.

  Para sus esposas o esposos.

  Para sus padres ancianos.

  Para sus hermanos menores.

  Para sostener un hogar que depende de ellos.

  Conocen la preocupación de que el dinero no alcance.

  Saben lo que significa levantarse cansados porque las necesidades de la familia no pueden esperar.

  Comprenden la responsabilidad de salir a buscar trabajo aun cuando no existe la seguridad de encontrarlo.

  Y algunos conocen una carga todavía más dolorosa: tener que asumir responsabilidades familiares antes de lo que habían imaginado, porque el padre murió o dejó de estar presente.

  Un muchacho que de pronto tiene que ayudar a mantener a sus hermanos.

  Una madre que debe trabajar para sostener sola a sus hijos.

  Un hombre que regresa agotado después de una larga jornada y todavía encuentra necesidades esperando en casa.

  Una mujer que cuenta cuidadosamente las monedas disponibles, tratando de hacer que alcancen para todos.

  Ése es precisamente el mundo humano al que vino Jesucristo.

  No nació en un palacio donde otros resolvieran todas las necesidades de la vida cotidiana.

  Creció en una familia de Nazaret.

  Aprendió un oficio.

  Trabajó con sus manos.

  Y vivió entre personas para quienes el sustento de cada día era una preocupación real.

El sacrificio que comenzó mucho antes de la cruz

  Cuando pensamos en el sacrificio de Jesucristo, nuestra mente se dirige inmediatamente al Calvario.

  Y con razón.

  Fue allí donde entregó su vida por nuestros pecados.

  Fue allí donde cargó con nuestra culpa y realizó la obra de nuestra redención.

  Pero hay algo que no debemos olvidar.

  La cruz fue el sacrificio redentor de Jesucristo, pero su humillación voluntaria había comenzado mucho antes.

  Comenzó cuando el Hijo eterno de Dios aceptó hacerse hombre.

  Cuando aquel que había existido eternamente con el Padre entró en nuestra historia.

  Cuando el Creador aceptó vivir como una de sus criaturas, sin dejar de ser Dios.

  El apóstol Pablo escribió:

  «El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:6-7, RVR1960).

  Pensemos en lo que esto significa.

  Aquel que no necesitaba alimento aceptó sentir hambre.

  Aquel que no necesitaba descanso en su naturaleza divina aceptó experimentar el cansancio humano.

  Aquel que había creado la madera, la piedra y las montañas aceptó aprender a trabajar con los materiales de su propia creación.

  Aquel a quien pertenecen todas las cosas aceptó vivir en un hogar sencillo.

  Aquel que sostiene el universo con su poder aceptó crecer bajo el cuidado de María y José.

  Y aquel que un día sería reconocido como el gran Maestro pasó muchos años viviendo como un trabajador de Nazaret.

  No era una obligación que alguien le hubiera impuesto. Fue una decisión que aceptó voluntariamente por amor.

  Podría haber venido al mundo rodeado de riquezas.

  Podría haber escogido una vida de privilegios humanos.

  Podría haber evitado las condiciones humildes de una familia común.

  Pero no lo hizo.

  Aceptó la sencillez de Nazaret.

  Aceptó el crecimiento humano.

  Aceptó la vida familiar.

  Aceptó el aprendizaje.

  Aceptó el trabajo.

  Y aceptó vivir durante años sin el reconocimiento público que después acompañaría su ministerio.

  El Señor de la gloria fue conocido en su propia aldea como el carpintero.

  No debemos confundir esta humillación con el sacrificio expiatorio de la cruz. Fue en la cruz donde pagó por nuestros pecados.

  Pero toda su vida terrenal manifestó hasta dónde estuvo dispuesto a descender por amor a nosotros.

  Su obediencia no comenzó en Getsemaní.

  Su disposición a servir no comenzó cuando lavó los pies de sus discípulos.

  Su humillación no comenzó cuando los soldados lo golpearon.

  Desde su encarnación, el Hijo de Dios había aceptado ocupar el lugar de un siervo.

  Y durante años, parte de aquella vida de servicio transcurrió en Nazaret.

  En un hogar.

  Entre vecinos.

  Con responsabilidades humanas.

  Y trabajando con sus manos.

  ¡Qué extraordinario resulta pensar que el Creador de todas las cosas aceptó conocer la vida de quienes construían las viviendas de Galilea!

  Antes de llevar una cruz sobre sus hombros, había vivido la realidad cotidiana del trabajo humano.

Una historia para conocer aquel mundo

  ¿Cómo podemos acercarnos a la realidad cotidiana de aquellos trabajadores sin atribuirle a Jesucristo experiencias que las Escrituras no registran?

  A través de una historia.

  Vamos a conocer a David.

  David es un tekton que vive en Nazaret con su esposa y sus hijos.

  Tiene herramientas.

  Conoce su oficio.

  Sabe trabajar la madera y participar en tareas de construcción.

  Pero necesita algo que sus conocimientos no siempre pueden garantizarle.

  Necesita encontrar trabajo.

  En Nazaret los encargos no siempre son suficientes.

  Y a varios kilómetros de distancia, en la ciudad de Séforis, se levantan construcciones donde quizá necesiten hombres como él.

  Por eso David tendrá que salir de su hogar cuando todavía esté oscuro.

  Dejará a su esposa y a sus hijos durmiendo.

  Recogerá sus herramientas.

  Caminará por senderos pedregosos.

  Y llegará a una ciudad donde otros hombres también esperan conseguir un jornal.

  Pero encontrar trabajo será solamente el principio.

  Dentro de las construcciones conocerá hombres muy diferentes.

  Algunos se convertirán en amigos.

  Otros verán en él a un competidor.

  Habrá momentos de generosidad y compañerismo.

  Pero también aparecerán la envidia, los rumores, las trampas, los conflictos y las injusticias.

  Conoceremos las exigencias de los encargados, las dificultades para recibir un salario justo, los riesgos de los accidentes y el temor de perder el empleo.

  También entraremos en su hogar.

  Conoceremos a su esposa.

  Escucharemos a sus hijos.

  Compartiremos sus preocupaciones económicas, sus alegrías familiares y sus conversaciones después de una jornada agotadora.

  Veremos cómo una enfermedad puede alterar la tranquilidad de una familia.

  Cómo la pérdida de una herramienta puede convertirse en una tragedia económica.

  Y cómo un hombre puede verse obligado a tomar decisiones difíciles cuando su familia depende de él.

  Pero no todo será sufrimiento.

  También habrá risas.

  Amistades verdaderas.

  Satisfacciones por el trabajo bien hecho.

  Momentos de descanso.

  Y esa alegría tan sencilla de regresar a casa después de haber conseguido el sustento del día.

  David no es un personaje bíblico.

  Es un personaje ficticio creado para esta novela histórica.

  Su esposa, sus hijos, sus compañeros y los acontecimientos particulares de su vida son recreaciones literarias ambientadas en la Galilea del siglo primero.

  No estamos afirmando que Jesucristo vivió estos episodios ni que podamos demostrar que presenció situaciones idénticas.

  Nuestro propósito es acercarnos, mediante una narración históricamente plausible, al ambiente humano y laboral en el que Jesús ejerció su oficio.

  Porque hay una enorme diferencia entre saber que Jesús fue carpintero y comprender lo que significaba ganarse la vida como carpintero en aquella época.

Hasta dónde estuvo dispuesto a llegar Dios para rescatarnos

  Antes de comenzar nuestra historia, quisiera que consideráramos algo todavía más extraordinario.

  ¿Por qué el Hijo de Dios estuvo dispuesto a vivir de esta manera?

  ¿Por qué aceptar la pequeñez de una aldea?

  ¿Por qué pasar por la infancia, la adolescencia y la juventud?

  ¿Por qué aprender un oficio?

  ¿Por qué trabajar durante años antes de comenzar su ministerio público?

  ¿Por qué someterse a las limitaciones de una verdadera vida humana?

  La respuesta se encuentra en el propósito de su venida.

  Dios había decidido rescatarnos.

  El pecado había separado al hombre de su Creador.

  La humanidad era incapaz de salvarse por sus propios esfuerzos.

  No podíamos borrar nuestra culpa.

  No podíamos reparar nuestra rebelión.

  No podíamos pagar el precio de nuestra redención.

  Y entonces ocurrió algo extraordinario.

  Dios no permaneció distante de nuestra condición.

  No se limitó a enviar un mensaje desde el cielo.

  No envió simplemente a otro profeta.

  El Hijo eterno de Dios vino personalmente a nuestro mundo.

  Juan lo expresó con palabras que jamás deberían dejar de asombrarnos:

  «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).

  El Verbo eterno se hizo carne.

  El Creador entró en su creación.

  El Santo vino a vivir entre pecadores.

  El Señor aceptó la condición de siervo.

  El que era rico se hizo pobre por amor a nosotros.

  Como escribió Pablo:

  «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos» (2 Corintios 8:9, RVR1960).

  No vino solamente para experimentar nuestra vida.

  Vino para salvarnos.

  Y para hacerlo aceptó recorrer verdaderamente el camino de nuestra humanidad.

  Aceptó nacer.

  Aceptó crecer.

  Aceptó aprender.

  Aceptó vivir en una familia.

  Aceptó trabajar.

  Aceptó el cansancio y las necesidades propias de una vida humana.

  Aceptó ser rechazado.

  Aceptó sufrir.

  Y finalmente aceptó entregar su vida en la cruz.

  Pero había una diferencia fundamental entre él y nosotros.

  Jesucristo vivió sin pecado.

  Compartió nuestra verdadera humanidad, pero jamás participó de nuestra rebelión contra Dios.

  Por eso pudo ofrecerse como el sacrificio perfecto por nuestros pecados.

  Pablo escribió:

  «Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8, RVR1960).

  Observemos aquellas palabras.

  Hasta la muerte.

  La cruz fue el punto culminante de una vida de obediencia.

  Pero antes de aquella muerte hubo años de vida humana.

  Hubo una infancia.

  Hubo un hogar.

  Hubo aprendizaje.

  Hubo trabajo.

  Hubo una vida que los habitantes de Nazaret conocieron de cerca.

  Y cuando llegó el momento señalado, aquel a quien sus vecinos habían llamado carpintero entregó voluntariamente su vida para salvar a los pecadores.

  ¡Hasta dónde estuvo dispuesto a llegar Dios para rescatarnos!

  No solamente estuvo dispuesto a morir por nosotros.

  Estuvo dispuesto a venir a vivir entre nosotros.

  A conocer desde dentro nuestra condición humana.

  A recorrer el camino de la obediencia.

  A servir en lugar de ser servido.

  Y finalmente, a entregar su vida para abrirnos el camino de regreso al Padre.

  Ése es el amor que encontramos detrás de la encarnación.

  Ése es el amor que nos conduce hasta la cruz.

  Y ése es el amor que también nos invita a mirar con nuevos ojos los años que Jesús vivió en Nazaret.

Antes de comenzar nuestro recorrido

  Esta novela debe leerse como una historia continua.

  Cada capítulo nos permitirá conocer nuevas dimensiones de la vida de David, sus relaciones familiares, sus compañeros, sus dificultades y las condiciones laborales de los trabajadores de Galilea.

  Por eso recomendamos comenzar desde el primer capítulo y seguir el desarrollo de la narración.

  No queremos solamente aprender cómo se utilizaba una herramienta o cómo se levantaba una construcción.

  Queremos conocer a los hombres que realizaban aquellos trabajos.

  Sus preocupaciones.

  Sus necesidades.

  Sus alegrías.

  Sus temores.

  Y las responsabilidades que los esperaban al regresar a casa.

  Quizá, cuando terminemos esta historia, volvamos a leer Marcos 6:3 con otros ojos.

  Y cuando escuchemos nuevamente aquella pregunta:

  «¿No es éste el carpintero?»

  Ya no pensemos solamente en un hombre sosteniendo una herramienta.

  Pensemos en todo lo que significaba ejercer un oficio, pertenecer a una familia y vivir en una sociedad donde el trabajo estaba profundamente unido a la supervivencia.

  Y recordemos algo todavía más grande.

  Aquel carpintero de Nazaret era el Hijo eterno de Dios.

  El mismo que había creado la madera que los hombres trabajaban.

  El mismo que había formado la piedra con la que levantaban sus viviendas.

  El mismo que sostenía el universo con su poder.

  Y, sin embargo, aceptó vivir entre ellos.

  Aceptó ser conocido como uno de ellos.

  Aceptó trabajar con sus manos.

  Antes de que esas manos fueran extendidas sobre la cruz, habían sido las manos de un trabajador.

  Antes de que las multitudes escucharan sus enseñanzas, los habitantes de Nazaret lo conocían por su oficio.

  Y antes de que el mundo contemplara la gloria de su ministerio, el Hijo de Dios había aceptado la sencillez de una vida humana.

  Una cosa es saber que Jesús fue carpintero. Otra muy diferente es comprender lo que significaba vivir como carpintero en la Galilea del siglo primero.

  Ése es el mundo que estamos a punto de conocer.

  Y al recorrerlo, quizá comprendamos un poco mejor no solamente la humanidad de Jesucristo, sino también la inmensidad del amor que lo llevó a hacerse hombre para rescatarnos.

COMENCEMOS NUESTRA HISTORIA… (Continua el capitulo 1)

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.