08. ¿Cómo era la vida de Jesucristo antes de Belén?

Dr. Elio M Rivera

«Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»
—Juan 17:5, RVR1960.

Cuando pensamos en Jesucristo, casi inevitablemente nuestra mente viaja a Belén. Lo vemos envuelto en pañales, acostado en un pesebre, sostenido en los brazos de María. Después lo seguimos hasta Nazaret, Galilea, Jerusalén y finalmente la cruz.

Pero la vida de Jesucristo no comenzó en Belén.

Antes del pesebre, antes de María, antes de José, antes de Nazaret, antes de Abraham, antes incluso de que existiera la Tierra, Él ya era.

Juan comienza su Evangelio llevándonos precisamente hasta allí:

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.»
—Juan 1:1.

Entonces surge una pregunta extraordinaria:

¿Cómo era la vida de Jesucristo antes de Belén?

La Biblia no nos entrega un diario de aquella eternidad. No describe cómo eran sus días, porque antes de la creación ni siquiera podemos hablar de «días» como nosotros los conocemos. Tampoco describe cada lugar, cada conversación o cada actividad.

Sin embargo, sí abre algunas ventanas.

Y a través de ellas podemos contemplar algo de la existencia que el Hijo dejó cuando decidió venir a nosotros.

Antes de Belén, Jesucristo vivía en comunión con el Padre

Una de las verdades más hermosas aparece en las propias palabras de Jesús:

«…me has amado desde antes de la fundación del mundo.»
—Juan 17:24.

Antes de que existiera la humanidad, había amor.

Antes de que existieran los océanos, las montañas y las estrellas, el Hijo era amado por el Padre.

Jesús no vino de una eternidad fría, solitaria o vacía. La Escritura nos permite contemplar una relación eterna de amor y comunión.

Por eso resulta tan profundo pensar en Belén.

El Hijo que había vivido eternamente en esa comunión entraría en nuestro mundo para acercarnos a Dios.

Vivía rodeado de gloria

Jesús mismo habló de una gloria que poseía antes de venir a la Tierra:

«…aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»
—Juan 17:5.

No dijo que esperaba recibir por primera vez aquella gloria.

Dijo que la había tenido.

Antes de Belén, Cristo conocía una existencia de gloria junto al Padre.

Cuando nació en Belén, aquella gloria no dejó de pertenecerle; pero el Hijo aceptó entrar en una condición humana profundamente distinta.

Pablo lo expresó de una manera extraordinaria:

«…el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo…»
—Filipenses 2:6-7.

Para comprender mejor lo que significó que Cristo viniera, debemos intentar contemplar primero de dónde vino.

Él poseía autoridad

Antes de Belén, Jesucristo no era un ser desconocido esperando recibir importancia.

Juan presenta al Hijo como aquel por medio de quien todo fue creado:

«Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.»
—Juan 1:3.

Pablo amplía esta extraordinaria declaración:

«Porque en él fueron creadas todas las cosas… todo fue creado por medio de él y para él.»
—Colosenses 1:16.

Esto cambia por completo nuestra manera de mirar el pesebre.

El niño de Belén era el Creador entrando en su propia creación.

Las estrellas que brillaban sobre aquella noche existían por Él.

La tierra sobre la cual caminó había sido creada por medio de Él.

Los árboles cuya madera algún día utilizaría un carpintero existían porque Él los había creado.

Jesucristo no era parte de la creación. Era su Creador.

Todas las cosas le pertenecían

Juan escribió una frase dolorosamente hermosa:

«A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.»
—Juan 1:11.

Vino a lo suyo.

El mundo al que entraba no le era ajeno.

Hebreos dice que Dios constituyó al Hijo «heredero de todo» (Hebreos 1:2).

Por eso podemos imaginar el enorme contraste.

Aquel a quien pertenecían todas las cosas entró en nuestra historia sin exigir palacios, riquezas ni privilegios humanos.

El dueño entró en su propia creación como siervo.

Su existencia estaba marcada por la santidad

Cuando Jesús oró al Padre dijo:

«Padre santo…»
—Juan 17:11.

Y hablando de sí mismo, Hebreos presenta al Hijo como «santo, inocente, sin mancha» (Hebreos 7:26).

La realidad celestial de la que Cristo procedía no estaba marcada por aquello que caracteriza tanto nuestra historia humana: pecado, corrupción, mentira, injusticia, enfermedad, violencia y muerte.

Jesús sabía perfectamente qué mundo estaba dejando.

Y también sabía a qué mundo venía.

Eso hace todavía más extraordinaria la encarnación.

Conocía la adoración celestial

La Escritura presenta a los seres celestiales adorando a Dios. Isaías contempló serafines proclamando:

«Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.»
—Isaías 6:3.

Y Hebreos, hablando del Hijo, declara:

«Adórenle todos los ángeles de Dios.»
—Hebreos 1:6.

No necesitamos inventar los detalles para comprender la grandeza del contraste.

Aquel que pertenecía a la realidad celestial, asociado con gloria, autoridad y adoración, aceptaría entrar en una pequeña aldea de Judea y ser acostado en un pesebre.

¿Qué hacía Jesucristo antes de Belén?

Aquí debemos ser especialmente cuidadosos.

Podemos afirmar que existía con el Padre, que poseía gloria antes de la creación, que todas las cosas fueron creadas por medio de Él y para Él, que sostiene todas las cosas y que participaba de una realidad de santidad, autoridad y gloria.

Pero la Biblia no nos describe una rutina cotidiana de Jesucristo antes de Belén.

No sabemos cómo eran sus «actividades diarias». No sabemos cómo eran sus habitaciones. No sabemos si recorría jardines, ciudades o palacios en la manera en que nosotros podemos imaginarlos.

Y precisamente aquí debemos distinguir dos cosas:

Lo que sabemos por revelación y lo que contemplamos mediante la imaginación.

Cuando en esta serie imaginamos una ciudad celestial, palacios, jardines, bibliotecas, salones, avenidas o moradas, no estamos diciendo que la Biblia afirme que eran exactamente así.

Son representaciones artísticas.

Son una manera de permitir que nuestra imaginación contemple una realidad que las palabras humanas apenas pueden comenzar a describir.

La doctrina debe descansar sobre la Escritura.

La imaginación puede ayudarnos a contemplarla, pero nunca debe reemplazarla.

Y entonces llegó Belén

Después de contemplar todo esto, volvamos al pesebre.

Ahora quizá lo vemos de otra manera.

El que había tenido gloria con el Padre antes que el mundo existiera estaba allí.

El Creador estaba dentro de su creación.

El heredero de todas las cosas había entrado en nuestro mundo.

El eterno había entrado en nuestra historia.

Juan lo resumió en una de las declaraciones más extraordinarias de toda la Biblia:

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…»
—Juan 1:14.

Belén no fue el comienzo de Jesucristo.

Fue su llegada a nuestro mundo.

Y cuanto más comprendemos quién era, dónde estaba y lo que poseía antes de venir, más impresionante se vuelve una pregunta que acompañará toda esta serie:

¿Por qué dejar todo aquello para venir aquí?

La respuesta comienza a mostrarnos el corazón mismo del Evangelio:

porque nos amó.

Libro recomendado

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.