Dr. Elio M Rivera

  Hay algo especial en las ciudades atravesadas por un río.

  El agua les da vida.

  Sus orillas se convierten en lugares de encuentro.

  Aparecen árboles, caminos, jardines y espacios donde las personas pueden caminar.

  El movimiento del agua rompe la inmovilidad de la arquitectura y hace que una ciudad parezca respirar.

  Curiosamente, cuando la Biblia abre algunas de sus ventanas hacia la realidad de Dios, el agua aparece una y otra vez.

  El salmista escribió:

«Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo.»

Salmo 46:4, RVR1960

  La expresión es preciosa.

  Hay una ciudad.

  Hay moradas.

  Hay un río.

  Y hay alegría.

  Pero siglos después, casi al terminar la Biblia, Juan recibió una visión todavía más extraordinaria.

  Vio una ciudad relacionada con el cumplimiento final del plan de Dios.

  Una ciudad que descendía del cielo.

  Y cuando el ángel permitió que Juan contemplara su interior, nuevamente apareció un río.

  Esta vez sabemos incluso de dónde procedía.

«Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero.»

Apocalipsis 22:1, RVR1960

  Quizá podamos hacer algo diferente en este artículo.

  En lugar de limitarnos a estudiar la ciudad desde lejos, acerquémonos hasta donde las palabras de la Biblia nos permitan hacerlo.

  Caminemos por ella.

Primero debemos saber qué ciudad estamos contemplando

  Antes de entrar, necesitamos hacer una aclaración importante.

  La ciudad que Juan describe detalladamente en Apocalipsis 21 y 22 es la Nueva Jerusalén.

  Juan escribió:

«Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.»

Apocalipsis 21:2, RVR1960

  Por tanto, debemos ser cuidadosos.

  No podemos afirmar que Juan esté describiendo cada ciudad, cada morada o cada lugar que existe actualmente en la realidad celestial.

  Tampoco podemos afirmar que todos los lugares del cielo tengan exactamente la misma arquitectura.

  La Biblia simplemente no nos proporciona esa información.

  Pero aquí aparece algo fascinante.

  La Nueva Jerusalén procede de Dios.

  Juan dice que desciende:

«…del cielo, de Dios…»

  Por tanto, aunque no podamos utilizarla como un plano arquitectónico de todo el cielo, sí podemos contemplarla como una extraordinaria expresión de aquello que Dios prepara.

  Y eso nos permite hacer una pregunta diferente.

  Si esta es una ciudad preparada por Dios para la eternidad…

  ¿qué nos revela acerca de Él?

  ¿Qué clase de Dios diseña así?

  ¿Qué valora?

  ¿Qué clase de ambiente desea para aquellos que vivirán con Él?

  Cuando comenzamos a mirar la ciudad desde esa perspectiva, sus detalles dejan de ser solamente curiosidades proféticas.

  Comienzan nuevamente a mostrarnos el corazón del Creador.

  Ahora sí.

  Entremos.

  Juan contempla una ciudad extraordinariamente grande.

  Habla de un muro.

  Habla de puertas.

  Habla de fundamentos.

  Habla de piedras preciosas.

  Habla de calles.

  Habla de luz.

  Y en medio de toda aquella magnificencia existe algo sorprendentemente familiar:

  un río.

  Pero no es descrito como un río turbio.

  Juan dice que es:

«…limpio… resplandeciente como cristal…»

  Imagine por un momento la escena.

  Una enorme ciudad llena de resplandor.

  La gloria de Dios iluminándola.

  Arquitectura de una belleza difícil de comparar con cualquier cosa que conozcamos.

  Y atravesando aquella realidad, agua limpia y resplandeciente.

  Pero lo más importante no es cómo se ve.

  Lo más extraordinario es de dónde viene.

«…salía del trono de Dios y del Cordero.»

  El río tiene su origen en el trono.

  La imagen es profundamente hermosa.

  Del lugar de autoridad de Dios procede vida.

  Del lugar desde donde gobierna el Rey no surge destrucción para aquellos que habitan con Él.

  Surge un río de agua de vida.

  El mismo trono que en nuestro artículo anterior nos habló de autoridad, santidad y justicia, ahora aparece asociado también con vida.

  Así es el Rey que estamos conociendo.

Caminemos junto al río

  Juan continúa:

«En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida…»

Apocalipsis 22:2, RVR1960

  Ahora la escena se vuelve todavía más extraordinaria.

  Tenemos una calle.

  Tenemos el río.

  Tenemos vida creciendo a sus lados.

  Tenemos una ciudad.

  Y tenemos personas habitándola.

  No parece la imagen de una eternidad vacía.

  No parece una existencia suspendida eternamente sobre una nube.

  La Biblia presenta algo mucho más rico.

  Hay espacios.

  Hay movimiento.

  Hay una ciudad.

  Hay caminos.

  Hay agua.

  Hay vida.

  Hay actividad.

  Hay personas.

  Y, sobre todo, Dios está con ellas.

  Retrocedamos unos versículos.

  Juan escucha una gran voz que declara:

«He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.»

Apocalipsis 21:3, RVR1960

  Ahí está el verdadero corazón de la ciudad.

  No son sus materiales.

  No son sus dimensiones.

  No son sus piedras preciosas.

  Ni siquiera es el río.

  Es la presencia de Dios.

  Todo lo demás adquiere significado porque Él está allí.

  Y entonces Juan escribe algunas de las palabras más hermosas de toda la Biblia:

«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.»

Apocalipsis 21:4, RVR1960

  Ahora comprendemos por qué el Salmo podía hablar de un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios.

  Imagine caminar por una ciudad donde nadie está esperando una mala noticia.

  Donde no existen funerales.

  Donde nadie recibe un diagnóstico devastador.

  Donde ningún padre pierde a un hijo.

  Donde nadie teme envejecer.

  Donde nadie teme morir.

  Donde no existen lágrimas provocadas por traiciones.

  Donde nadie tiene que despedirse para siempre.

  Donde el dolor pertenece al pasado.

  No porque sus habitantes hayan aprendido simplemente a soportarlo.

  Sino porque las causas del dolor han desaparecido.

  Eso cambia completamente la manera en que imaginamos el ambiente de la ciudad.

  La alegría no sería una emoción artificial.

  Sería la consecuencia natural de vivir en una realidad donde el pecado, la muerte y la separación ya no gobiernan.

  Quizá alguien camine junto al río.

  Quizá otros se encuentren en sus calles.

  Quizá existan conversaciones, descubrimientos y experiencias que hoy ni siquiera podemos imaginar.

  En esos detalles debemos reconocer humildemente que estamos imaginando.

  Pero no necesitamos imaginar la realidad fundamental.

  Esa sí nos la proporciona la Biblia:

Dios estará con ellos.

  Y no habrá más muerte.

Una ciudad llena de luz y vida

  Hay otro detalle extraordinario.

  Juan dice:

«La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera.»

Apocalipsis 21:23, RVR1960

  Observe quién aparece nuevamente.

  El Cordero.

  Jesucristo.

  Nuestra serie comenzó preguntándonos quién era Jesús antes de Belén.

  Lo hemos contemplado junto al Padre.

  Hemos hablado de la realidad celestial.

  Hemos contemplado el Reino.

  La ciudad.

  El trono.

  Y ahora, cuando la Biblia nos lleva hasta el escenario final de la redención, Jesucristo continúa allí.

  El que vino a rescatarnos no desaparece de nuestra historia después de la cruz.

  Está en el centro de nuestro futuro.

  Juan dice que el Cordero es su lumbrera.

  Y más adelante escribe algo todavía más personal:

«Y verán su rostro…»

Apocalipsis 22:4, RVR1960

  Quizá esas cuatro palabras sean más extraordinarias que toda la arquitectura de la ciudad.

  Podríamos quedar fascinados imaginando el río.

  Podríamos maravillarnos con las calles.

  Podríamos intentar comprender sus dimensiones.

  Podríamos contemplar mentalmente sus puertas, sus fundamentos y su resplandor.

  Pero finalmente la promesa más grande no consiste en poseer una residencia en una ciudad extraordinaria.

  Consiste en esto:

«Y verán su rostro.»

  El Dios que el hombre perdió en Edén vuelve a habitar con el hombre.

  La comunión que el pecado rompió ha sido restaurada.

  La historia que comenzó con una separación termina con una reunión.

  Y en medio de esa historia está Jesucristo.

  Ahora podemos comenzar a comprender algo extraordinario.

  Cristo dejó la gloria para venir a un mundo caído porque quería llevarnos nuevamente a la vida.

  Vino desde la presencia del Padre para abrirnos el camino de regreso a la presencia del Padre.

  Entró en nuestro dolor para conducirnos hacia una realidad donde el dolor habrá terminado.

  Aceptó la muerte para ofrecernos vida.

  Entró en un mundo de lágrimas para llevarnos hacia una ciudad donde Dios mismo las enjugará.

  La cruz, entonces, no fue simplemente un acto para perdonar nuestro pasado.

  Fue parte del camino para recuperar nuestro futuro.

  Y de pronto aquel río que atraviesa la ciudad adquiere un significado todavía más hermoso.

  Es llamado:

«…agua de vida…»

  Vida.

  Precisamente aquello que el pecado había arrebatado al hombre.

  Precisamente aquello que Jesucristo vino a ofrecernos.

  Él mismo había declarado durante su ministerio:

«Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.»

Juan 10:10, RVR1960

  Ahora, al final de la Biblia, encontramos nuevamente la vida.

  Un río de agua de vida.

  El árbol de la vida.

  Una ciudad donde ya no existe muerte.

  Y el Cordero en medio de todo.

  La historia comienza a cerrar su círculo.

  En Génesis, el hombre pierde el acceso al árbol de la vida después del pecado.

  En Apocalipsis, volvemos a encontrar el árbol de la vida.

  Entre ambos extremos de la Biblia se encuentra la historia de la redención.

  Y en el centro de esa historia…

  una cruz.

  El Creador no abandonó aquello que se había perdido.

  Vino a recuperarlo.

¿Qué nos revela esta ciudad acerca de Dios?

  Tal vez ahora podamos regresar a nuestra pregunta original.

  Si la Nueva Jerusalén es una ciudad que procede de Dios y que forma parte de su propósito final, ¿qué nos revela acerca de Él?

  Nos revela que Dios ama la vida.

  Donde el pecado produjo muerte, su propósito termina en vida.

  Nos revela que Dios ama la belleza.

  La ciudad que Juan contempla no es gris, pobre ni descuidada. Su descripción rebosa resplandor y magnificencia.

  Nos revela que Dios ama el orden.

  La ciudad tiene estructura, fundamentos, puertas y dimensiones.

  Nos revela que Dios desea comunión.

  Su gran promesa no es solamente dar cosas a los seres humanos.

  Es habitar con ellos.

  Nos revela que Dios desea el fin del sufrimiento.

  No eterniza nuestras lágrimas.

  Las enjuga.

  No conserva la muerte.

  La elimina.

  No mantiene para siempre el dolor.

  Declara que habrá terminado.

  Y nos revela algo más.

  Dios prepara.

  Jesús dijo:

«En la casa de mi Padre muchas moradas hay…»

  Y añadió:

«…voy, pues, a preparar lugar para vosotros.»

Juan 14:2, RVR1960

  El mismo Dios que preparó un jardín para Adán y Eva antes de colocarlos allí es el Dios que, al final de la historia bíblica, nos permite contemplar una ciudad preparada para una humanidad redimida.

  No sabemos cómo serán todos los lugares de la realidad celestial.

  No sabemos si existen otras ciudades con características semejantes.

  No conocemos la arquitectura de las moradas actuales de Dios.

  Y sería incorrecto presentarlo como si la Biblia nos lo hubiera revelado.

  Pero sí conocemos al Diseñador.

  Y si la Nueva Jerusalén nos permite contemplar algo de aquello que sale de su corazón y de su creatividad, entonces tenemos motivos para pensar que la realidad de Dios no será menos extraordinaria que aquello que Él mismo decidió mostrarnos.

  Quizá sea muchísimo más.

Finalización

  Comenzamos este recorrido contemplando un río.

  Y terminamos descubriendo mucho más que agua.

  Encontramos una ciudad llena de vida.

  Un río limpio y resplandeciente.

  El árbol de la vida.

  Calles.

  Luz.

  Belleza.

  Personas viviendo en la presencia de Dios.

  Una realidad sin muerte.

  Sin llanto.

  Sin clamor.

  Sin dolor.

  Y en medio de todo…

  el Cordero.

  Ahora mire nuevamente hacia Jesucristo.

  Él sabía lo que el pecado había hecho con nosotros.

  Sabía lo que habíamos perdido.

  Sabía cuánto costaría recuperarlo.

  Sabía que para llevarnos nuevamente a la vida tendría que entrar en nuestro mundo de muerte.

  Y vino.

  Vino a caminar por nuestras calles.

  Vino a conocer nuestro cansancio.

  Vino a escuchar nuestro llanto.

  Vino a tocar nuestra enfermedad.

  Vino a cargar con nuestro pecado.

  Y finalmente aceptó nuestra muerte.

  ¿Para qué?

  Para que algún día pudiéramos caminar con Él donde la muerte ya no existe.

  Eso nos revela algo extraordinario acerca del corazón de Dios.

  El Dios que vio al hombre perder el paraíso no renunció al hombre.

  Preparó el camino para traerlo de regreso.

  Y cuando al final de la Biblia se abre nuevamente la puerta hacia la eternidad, encontramos un río de vida, el árbol de la vida, una ciudad llena de gloria y a Dios habitando nuevamente con los seres humanos.

  El pecado había separado.

  Cristo vino a reconciliar.

  La muerte había entrado.

  Cristo vino a dar vida.

  El hombre había perdido el acceso.

  Cristo vino a abrir el camino de regreso.

  Y quizá ahora comprendamos mejor por qué aquella ciudad atravesada por un río es mucho más que una hermosa descripción del futuro.

  Es una ventana hacia el corazón de un Dios que no solamente quiso salvarnos de algo, sino recuperarnos para Él y darnos nuevamente vida.

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Dr. Elio M Rivera

«Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»
—Juan 17:5, RVR1960.

Antes de Belén, Jesucristo no era un hombre esperando comenzar su existencia.

No era todavía el niño que María llevaría en sus brazos. No caminaba por los caminos polvorientos de Galilea ni vestía las sencillas ropas de un judío del primer siglo.

Él ya existía.

Y, según sus propias palabras, existía en gloria.

Esta vez no necesitamos imaginarlo. Jesús mismo nos dijo que antes de que el mundo existiera había compartido gloria junto al Padre.

1. Cristo tenía gloria antes de que existiera el mundo

La declaración más directa procede de los labios de Jesús:

«Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»
—Juan 17:5.

Observe cuidadosamente sus palabras:

«la gloria que tuve contigo».

Y después añade:

«antes que el mundo fuese».

Jesús está recordando una realidad anterior a Belén, anterior a Abraham, anterior a Adán y aun anterior a la creación del mundo.

Antes de todo aquello, el Hijo estaba con el Padre y poseía gloria.

Juan comienza su Evangelio con la misma realidad:

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.»
—Juan 1:1.

Cristo no comenzó en Belén.

Belén fue el momento en que el Verbo eterno entró en nuestra condición humana.

2. Isaías vio su gloria

Existe un pasaje extraordinario que nos permite avanzar todavía más.

Isaías escribió:

«En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo.»
—Isaías 6:1.

La escena continúa:

«Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban.»
—Isaías 6:2.

Y aquellos seres proclamaban:

«Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.»
—Isaías 6:3.

El templo se estremecía:

«Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo.»
—Isaías 6:4.

Pero siglos después Juan hace una declaración sorprendente al comentar esta visión:

«Isaías dijo esto cuando vio su gloria, y habló acerca de él.»
—Juan 12:41.

En el contexto, Juan está hablando de Jesucristo.

Esto nos permite contemplar algo extraordinario: mucho antes de Belén, la Escritura ya relacionaba al Hijo con gloria, trono, santidad y adoración celestial.

3. Su gloria era tan grande que los seres celestiales cubrían sus rostros

La escena de Isaías contiene un detalle impresionante.

Los serafines estaban delante del Señor y:

«con dos cubrían sus rostros…»
—Isaías 6:2.

No encontramos aquí una escena ordinaria.

Estamos ante una manifestación de majestad y santidad tan extraordinaria que los propios seres celestiales se cubren mientras proclaman:

«Santo, santo, santo…»

Compare esa escena con Belén.

El glorioso Señor relacionado con aquella majestad celestial aceptaría después ser contemplado como un niño.

El contraste es inmenso.

4. Daniel contempló una figura celestial gloriosa

Daniel registra otra visión impresionante:

«Y alcé mis ojos y miré, y he aquí un varón vestido de lino, y ceñidos sus lomos de oro de Ufaz.»
—Daniel 10:5.

Después describe su apariencia:

«Su cuerpo era como de berilo, y su rostro parecía un relámpago, y sus ojos como antorchas de fuego, y sus brazos y sus pies como de color de bronce bruñido, y el sonido de sus palabras como el estruendo de una multitud.»
—Daniel 10:6.

Aquí debemos ser cuidadosos: Daniel 10 no identifica explícitamente a este personaje como Jesucristo, y existen distintas interpretaciones sobre su identidad.

Sin embargo, la semejanza visual con la descripción que Juan hace posteriormente de Cristo glorificado en Apocalipsis 1 es notable.

5. Juan contempló a Jesucristo glorificado

En Apocalipsis ya no existe ninguna duda acerca de quién está viendo Juan.

Él escucha una voz detrás de sí:

«Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro, y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre…»
—Apocalipsis 1:12-13.

Y entonces comienza una de las descripciones más impresionantes de Jesucristo en toda la Biblia.

Su vestidura

«…vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro.»
—Apocalipsis 1:13.

Juan contempla dignidad, majestad y autoridad.

Su cabeza y sus cabellos

«Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve…»
—Apocalipsis 1:14.

La imagen recuerda poderosamente la visión del Anciano de días de Daniel:

«Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia…»
—Daniel 7:9.

Sus ojos

Juan continúa:

«…sus ojos como llama de fuego.»
—Apocalipsis 1:14.

No estamos contemplando aquí al Jesús humillado ante Pilato.

Estamos contemplando al Cristo glorificado.

Sus pies

«Y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno…»
—Apocalipsis 1:15.

Observe nuevamente la semejanza con Daniel 10:6:

«…sus brazos y sus pies como de color de bronce bruñido…»

Su voz

Juan dice:

«…y su voz como estruendo de muchas aguas.»
—Apocalipsis 1:15.

No una voz débil.

No una presencia insignificante.

Juan intenta describir algo que parece sobrepasar las palabras humanas: una voz comparable al estruendo de enormes cantidades de agua.

Su rostro

Y finalmente llegamos quizá a la descripción más impresionante:

«…y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza.»
—Apocalipsis 1:16.

Piense por un momento en esta frase.

Como el sol cuando resplandece en su fuerza.

La gloria de Cristo era tan impresionante que Juan no simplemente la observó.

Cayó al suelo.

6. Juan cayó como muerto delante de Él

«Cuando le vi, caí como muerto a sus pies.»
—Apocalipsis 1:17.

Juan había conocido personalmente a Jesús.

Había caminado con Él.

Había escuchado su voz.

Había estado sentado cerca de Él.

Había contemplado sus milagros.

Pero ahora estaba viendo a Cristo glorificado.

Y cayó como muerto.

Entonces sucede algo bellísimo:

«Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último.»
—Apocalipsis 1:17.

La majestad no había eliminado su ternura.

El mismo Cristo cuya apariencia hizo caer a Juan al suelo extendió su mano y le dijo:

«No temas.»

7. Pedro, Jacobo y Juan vieron por un momento algo de su gloria

Durante su vida terrenal ocurrió algo extraordinario.

Jesús llevó a Pedro, Jacobo y Juan a un monte.

Mateo relata:

«Y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.»
—Mateo 17:2.

Marcos añade:

«Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos.»
—Marcos 9:3.

Lucas dice:

«Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente.»
—Lucas 9:29.

Por unos momentos, aquellos discípulos contemplaron algo completamente diferente del aspecto cotidiano del Jesús que conocían.

Pedro recordaría aquella experiencia muchos años después:

«Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia.»
—2 Pedro 1:17.

Y después añadió:

«Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo.»
—2 Pedro 1:18.

8. Cristo no adquirió su gloria por convertirse en hombre

Aquí está una distinción fundamental.

La gloria de Cristo no comenzó después de su resurrección.

Jesús mismo lo dejó establecido:

«…aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»
—Juan 17:5.

La resurrección y exaltación manifiestan nuevamente su gloria, pero Juan 17 nos obliga a mirar todavía más atrás.

Antes del mundo, ya había gloria.

Pablo describe el enorme descenso que representó la encarnación:

«Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse…»
—Filipenses 2:5-6.

Y después:

«…sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.»
—Filipenses 2:7.

No debemos entender que Cristo dejó de ser Dios.

El texto nos muestra el extraordinario contraste entre «forma de Dios» y «forma de siervo».

El glorioso aceptó la humillación.

9. De la gloria al pesebre

Ahora podemos volver a Belén.

Y quizá el pesebre comienza a parecernos diferente.

Antes de Belén:

tenía gloria con el Padre.
—Juan 17:5.

Era Dios y estaba con Dios.
—Juan 1:1.

Todas las cosas fueron hechas por medio de Él.
—Juan 1:3.

Isaías vio su gloria.
—Juan 12:41.

Y cuando Juan contempló posteriormente al Cristo glorificado, vio:

cabellos blancos como lana,

ojos como llama de fuego,

pies semejantes al bronce bruñido,

una voz como estruendo de muchas aguas,

y un rostro «como el sol cuando resplandece en su fuerza».

—Apocalipsis 1:14-16.

Y entonces llegamos a una de las frases más extraordinarias de toda la Escritura:

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…»
—Juan 1:14.

El que poseía gloria entró en nuestra fragilidad.

El Creador entró en su creación.

El que estaba asociado con el trono celestial aceptó un pesebre.

El que poseía una gloria capaz de hacer caer a Juan como muerto aceptó que los hombres pudieran mirarlo a los ojos, acercarse a Él y tocarlo.

Por eso, cuando pensamos en lo que Jesucristo dejó antes de venir a la Tierra, no debemos pensar solamente en un lugar hermoso.

Debemos pensar en quién era Él allí.

Y quizá ése sea uno de los sacrificios de Belén que menos hemos contemplado:

antes de aceptar la cruz, Jesucristo ya había aceptado dejar la manifestación de aquella gloria para venir a vivir entre nosotros.

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Dr. Elio M Rivera

  Hasta ahora hemos intentado mirar hacia atrás.

  Mucho más atrás que Belén.

  Hemos descubierto que Jesucristo existía antes de que nuestro mundo fuera creado.

  Hemos comenzado a contemplar la realidad celestial que conocía.

  La presencia del Padre.

  El Reino.

  La ciudad.

  La gloria.

  El trono.

  Pero todavía nos falta responder una pregunta extraordinaria.

  ¿Qué hacía Jesucristo antes de venir a la Tierra?

  No conocemos todos los acontecimientos de aquella eternidad.

  La Biblia no intenta satisfacer cada una de nuestras curiosidades.

  Pero sí nos revela algo enorme.

  Hubo un momento en que apareció aquello que nosotros llamamos creación.

  La materia.

  La luz.

  Los cielos.

  Las estrellas.

  Los mundos.

  Nuestro planeta.

  Los océanos.

  La vida.

  Y cuando todo aquello comenzó a existir, Jesucristo no apareció como parte de lo creado.

  Él ya estaba allí.

  Y todavía más:

  Él participó en hacerlo.

Todas las cosas por Él fueron hechas

  Juan comienza su Evangelio llevándonos precisamente hasta ese momento:

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.»

Juan 1:1, RVR1960

  Y después hace una declaración extraordinaria:

«Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.»

Juan 1:3, RVR1960

  Es difícil imaginar una afirmación más amplia.

  Juan no dice que algunas cosas fueron hechas por medio de Él.

  Dice:

«Todas las cosas».

  Y para que no quedara duda, lo expresa nuevamente de manera negativa:

«…sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.»

  Eso establece una diferencia fundamental entre Jesucristo y todo lo que conocemos.

  Hay cosas que fueron hechas.

  Y está aquel por medio de quien fueron hechas.

  Jesucristo pertenece a la segunda categoría.

  No es presentado como una criatura extraordinariamente poderosa dentro del universo.

  Es presentado antes del universo y participando en su creación.

  Pablo lleva esta verdad todavía más lejos:

«Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles…»

Colosenses 1:16, RVR1960

  Y continúa:

«…todo fue creado por medio de él y para él.»

Colosenses 1:16, RVR1960

  Después añade:

«Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.»

Colosenses 1:17, RVR1960

  Detengámonos.

  Porque estamos comenzando a descubrir quién era realmente Jesucristo.

  Antes de que hubiera estrellas…

  Él estaba allí.

  Antes de que hubiera galaxias…

  Él estaba allí.

  Antes de nuestro Sol…

  Él estaba allí.

  Antes de la Tierra…

  Él estaba allí.

  Antes de que hubiera océanos, montañas, árboles, animales o seres humanos…

  Él estaba allí.

  Pero no simplemente observando.

  Todo fue creado por medio de Él.

  Ahora levante por un momento los ojos hacia el cielo.

  Piense en aquello que hemos estudiado en otras series de Cristopedia.

  Las estrellas.

  Esas enormes esferas luminosas que desde nuestro planeta parecen pequeños puntos sobre la oscuridad.

  Piense en sus tamaños.

  En sus temperaturas.

  En la energía que producen.

  En las enormes distancias que las separan.

  Piense en los cometas recorriendo el espacio y desarrollando sus extraordinarias colas cuando se aproximan al Sol.

  Piense en nuestro planeta.

  En sus océanos.

  En las montañas.

  En las nubes.

  En el ciclo del agua.

  En la nieve.

  En los ríos.

  En los bosques.

  En la extraordinaria diversidad de seres vivos.

  Ahora vuelva a leer:

«…todo fue creado por medio de él…»

  Estamos comenzando a conocer a Jesucristo.

  Y quizá sea muchísimo más grande de lo que imaginábamos.

El universo nos permite conocer algo acerca de Él

  Hay otra verdad que hace esta revelación todavía más fascinante.

  Una obra puede decirnos algo acerca de quien la realizó.

  Cuando contemplamos una pintura extraordinaria, podemos descubrir algo del talento de su artista.

  Cuando entramos en un edificio impresionante, comenzamos a conocer algo de la mente del arquitecto.

  Cuando escuchamos una gran composición musical, descubrimos algo de quien pudo concebirla.

  Entonces contemplemos por un momento la obra asociada en las Escrituras con Jesucristo.

  Mire hacia arriba.

  El universo es inmenso.

  Existen estrellas tan grandes que nuestro Sol parece pequeño en comparación.

  Hay estructuras celestes que nuestra mente apenas puede dimensionar.

  Pero después mire hacia abajo.

  Observe una flor.

  Una hoja.

  Una gota de agua.

  Un insecto.

  El ojo humano.

  El latido de un corazón.

  La creación no solamente presenta dimensiones enormes.

  También contiene detalles extraordinarios.

  Grandeza y delicadeza.

  Magnitud y precisión.

  Fuerza y belleza.

  Orden y variedad.

  Y todo esto comienza a decirnos algo acerca de aquel por medio de quien fueron hechas todas las cosas.

  El Jesucristo que estamos intentando conocer no es pequeño.

  Su capacidad creativa sobrepasa nuestra imaginación.

  Y Hebreos hace una declaración igualmente extraordinaria:

«…por quien asimismo hizo el universo.»

Hebreos 1:2, RVR1960

  Después describe al Hijo como:

«…el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia…»

  y dice que:

«…sustenta todas las cosas con la palabra de su poder…»

Hebreos 1:3, RVR1960

  No solamente creación.

  Sustento.

  Colosenses había dicho:

«…todas las cosas en él subsisten.»

  Hebreos dice:

«…sustenta todas las cosas con la palabra de su poder.»

  El cuadro comienza a hacerse enorme.

  Jesucristo existía antes de la creación.

  Participó en la creación.

  Y las Escrituras también lo relacionan con el sostenimiento de aquello que fue creado.

  Este es el Jesucristo que queremos conocer antes de llevarlo a Belén.

  Porque si comenzamos solamente con el niño acostado en el pesebre, podemos no comprender quién está allí.

  Primero necesitamos verlo antes del pesebre.

  Necesitamos verlo en relación con el Padre.

  Necesitamos verlo en su gloria.

  Necesitamos contemplar su Reino.

  Necesitamos descubrir su autoridad.

  Y necesitamos contemplarlo como Creador.

  Solo entonces estaremos preparados para comprender la magnitud de lo que ocurrió cuando entró en nuestra historia.

Y después caminó dentro de su propia creación

  Hay algo profundamente conmovedor que todavía no queremos desarrollar por completo.

  Lo reservaremos para más adelante.

  Pero es imposible contemplar estas Escrituras sin comenzar a sentir el contraste.

  Juan nos dice:

«Todas las cosas por él fueron hechas…»

  Y después, en el mismo capítulo, declara:

«En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho…»

Juan 1:10, RVR1960

  Piense en esas palabras:

«El mundo por él fue hecho».

  Y un día estuvo aquí.

  Caminando sobre la Tierra.

  El Creador caminando dentro de su creación.

  Imagine a Jesús junto al mar de Galilea.

  Delante de Él estaba el agua.

  Sobre Él estaba el cielo.

  Por la noche podía contemplar las estrellas.

  El viento golpeaba su rostro.

  Sus pies tocaban la tierra.

  Y todo aquello pertenecía al mundo que había sido creado por medio de Él.

  Cuando Jesús contemplaba una flor, no estaba contemplando algo completamente ajeno a Él.

  Cuando miraba las aves volar, estaba mirando criaturas pertenecientes a la creación que había venido a existir por medio de Él.

  Cuando levantaba los ojos hacia las estrellas, contemplaba luces que existían porque un día fueron creadas.

  Y cuando calmó el viento y el mar, sus discípulos hicieron una pregunta extraordinaria:

«¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?»

Mateo 8:27, RVR1960

  Ellos estaban comenzando a descubrirlo.

  Aquel hombre que viajaba con ellos en la barca era mucho más de lo que sus ojos podían ver.

  Y todavía existe un contraste mucho mayor.

  Juan escribió:

«En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.»

Juan 1:10, RVR1960

  Qué frase tan dolorosa.

  El mundo por Él fue hecho.

  Pero el mundo no lo conoció.

  El Creador entró en su creación…

  y su creación no reconoció a su Creador.

  Pero por ahora detengámonos allí.

  Porque todavía estamos reuniendo las piezas.

  Todavía estamos descubriendo quién era.

  Todavía estamos contemplando lo que tenía.

  Todavía estamos intentando comprender la magnitud de la realidad que conocía antes de venir.

  Más adelante reuniremos todo.

  La gloria.

  La presencia del Padre.

  El Reino.

  La ciudad.

  El trono.

  Su autoridad.

  Su condición de Creador.

  Y entonces podremos formular una pregunta que quizá cambie para siempre nuestra manera de contemplar la encarnación:

  ¿Qué significó realmente para Jesucristo dejar aquella existencia y convertirse en hombre?

  Todavía no respondamos.

  Primero terminemos de conocer quién era.

Finalización

  Antes de Belén, Jesucristo no era alguien esperando comenzar su historia.

  Su historia ya venía de la eternidad.

  Estaba con el Padre.

  Conocía la gloria.

  Conocía el Reino.

  Y cuando apareció aquello que nosotros llamamos universo, Él ya existía.

  Juan declara:

«Todas las cosas por él fueron hechas.»

  Pablo:

«Todo fue creado por medio de él y para él.»

  Hebreos:

«Por quien asimismo hizo el universo.»

  Y añade que:

«Sustenta todas las cosas con la palabra de su poder.»

  Estamos intentando conocer a Jesucristo.

  Y mientras más avanzamos, más grande se vuelve delante de nuestros ojos.

  No era simplemente un gran maestro que aparecería siglos después en Israel.

  No era solamente un profeta.

  No era una criatura más dentro del inmenso universo.

  Era aquel por medio de quien el universo había sido creado.

  Las estrellas que hemos contemplado en Cristopedia nos hablan de su grandeza.

  La Tierra nos habla de su sabiduría.

  La diversidad de la vida nos habla de una creatividad extraordinaria.

  El orden de la creación nos habla de inteligencia.

  Su belleza nos permite vislumbrar algo del corazón de su Creador.

  Y todo esto será importante más adelante.

  Porque llegará el momento en que tendremos que reunir cada descubrimiento de esta serie y mirar nuevamente hacia Belén.

  Entonces ya no veremos solamente a un niño.

  Recordaremos al Creador.

  Recordaremos la gloria.

  Recordaremos el Reino.

  Recordaremos el mundo que conocía.

  Y comenzaremos a comprender que antes de entregar su vida sobre una cruz, hubo otra entrega extraordinaria que necesitamos entender.

  Pero todavía no.

  Primero sigamos descubriendo quién era Jesucristo.

  Porque cuanto mejor conozcamos quién era y cómo era su existencia, mejor podremos comprender después qué clase de Dios estuvo dispuesto a dejar todo aquello para darnos una segunda oportunidad.

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Dr. Elio M Rivera

«Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»
—Juan 17:5, RVR1960.

Cuando pensamos en Jesucristo, casi inevitablemente nuestra mente viaja a Belén. Lo vemos envuelto en pañales, acostado en un pesebre, sostenido en los brazos de María. Después lo seguimos hasta Nazaret, Galilea, Jerusalén y finalmente la cruz.

Pero la vida de Jesucristo no comenzó en Belén.

Antes del pesebre, antes de María, antes de José, antes de Nazaret, antes de Abraham, antes incluso de que existiera la Tierra, Él ya era.

Juan comienza su Evangelio llevándonos precisamente hasta allí:

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.»
—Juan 1:1.

Entonces surge una pregunta extraordinaria:

¿Cómo era la vida de Jesucristo antes de Belén?

La Biblia no nos entrega un diario de aquella eternidad. No describe cómo eran sus días, porque antes de la creación ni siquiera podemos hablar de «días» como nosotros los conocemos. Tampoco describe cada lugar, cada conversación o cada actividad.

Sin embargo, sí abre algunas ventanas.

Y a través de ellas podemos contemplar algo de la existencia que el Hijo dejó cuando decidió venir a nosotros.

Antes de Belén, Jesucristo vivía en comunión con el Padre

Una de las verdades más hermosas aparece en las propias palabras de Jesús:

«…me has amado desde antes de la fundación del mundo.»
—Juan 17:24.

Antes de que existiera la humanidad, había amor.

Antes de que existieran los océanos, las montañas y las estrellas, el Hijo era amado por el Padre.

Jesús no vino de una eternidad fría, solitaria o vacía. La Escritura nos permite contemplar una relación eterna de amor y comunión.

Por eso resulta tan profundo pensar en Belén.

El Hijo que había vivido eternamente en esa comunión entraría en nuestro mundo para acercarnos a Dios.

Vivía rodeado de gloria

Jesús mismo habló de una gloria que poseía antes de venir a la Tierra:

«…aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»
—Juan 17:5.

No dijo que esperaba recibir por primera vez aquella gloria.

Dijo que la había tenido.

Antes de Belén, Cristo conocía una existencia de gloria junto al Padre.

Cuando nació en Belén, aquella gloria no dejó de pertenecerle; pero el Hijo aceptó entrar en una condición humana profundamente distinta.

Pablo lo expresó de una manera extraordinaria:

«…el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo…»
—Filipenses 2:6-7.

Para comprender mejor lo que significó que Cristo viniera, debemos intentar contemplar primero de dónde vino.

Él poseía autoridad

Antes de Belén, Jesucristo no era un ser desconocido esperando recibir importancia.

Juan presenta al Hijo como aquel por medio de quien todo fue creado:

«Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.»
—Juan 1:3.

Pablo amplía esta extraordinaria declaración:

«Porque en él fueron creadas todas las cosas… todo fue creado por medio de él y para él.»
—Colosenses 1:16.

Esto cambia por completo nuestra manera de mirar el pesebre.

El niño de Belén era el Creador entrando en su propia creación.

Las estrellas que brillaban sobre aquella noche existían por Él.

La tierra sobre la cual caminó había sido creada por medio de Él.

Los árboles cuya madera algún día utilizaría un carpintero existían porque Él los había creado.

Jesucristo no era parte de la creación. Era su Creador.

Todas las cosas le pertenecían

Juan escribió una frase dolorosamente hermosa:

«A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.»
—Juan 1:11.

Vino a lo suyo.

El mundo al que entraba no le era ajeno.

Hebreos dice que Dios constituyó al Hijo «heredero de todo» (Hebreos 1:2).

Por eso podemos imaginar el enorme contraste.

Aquel a quien pertenecían todas las cosas entró en nuestra historia sin exigir palacios, riquezas ni privilegios humanos.

El dueño entró en su propia creación como siervo.

Su existencia estaba marcada por la santidad

Cuando Jesús oró al Padre dijo:

«Padre santo…»
—Juan 17:11.

Y hablando de sí mismo, Hebreos presenta al Hijo como «santo, inocente, sin mancha» (Hebreos 7:26).

La realidad celestial de la que Cristo procedía no estaba marcada por aquello que caracteriza tanto nuestra historia humana: pecado, corrupción, mentira, injusticia, enfermedad, violencia y muerte.

Jesús sabía perfectamente qué mundo estaba dejando.

Y también sabía a qué mundo venía.

Eso hace todavía más extraordinaria la encarnación.

Conocía la adoración celestial

La Escritura presenta a los seres celestiales adorando a Dios. Isaías contempló serafines proclamando:

«Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.»
—Isaías 6:3.

Y Hebreos, hablando del Hijo, declara:

«Adórenle todos los ángeles de Dios.»
—Hebreos 1:6.

No necesitamos inventar los detalles para comprender la grandeza del contraste.

Aquel que pertenecía a la realidad celestial, asociado con gloria, autoridad y adoración, aceptaría entrar en una pequeña aldea de Judea y ser acostado en un pesebre.

¿Qué hacía Jesucristo antes de Belén?

Aquí debemos ser especialmente cuidadosos.

Podemos afirmar que existía con el Padre, que poseía gloria antes de la creación, que todas las cosas fueron creadas por medio de Él y para Él, que sostiene todas las cosas y que participaba de una realidad de santidad, autoridad y gloria.

Pero la Biblia no nos describe una rutina cotidiana de Jesucristo antes de Belén.

No sabemos cómo eran sus «actividades diarias». No sabemos cómo eran sus habitaciones. No sabemos si recorría jardines, ciudades o palacios en la manera en que nosotros podemos imaginarlos.

Y precisamente aquí debemos distinguir dos cosas:

Lo que sabemos por revelación y lo que contemplamos mediante la imaginación.

Cuando en esta serie imaginamos una ciudad celestial, palacios, jardines, bibliotecas, salones, avenidas o moradas, no estamos diciendo que la Biblia afirme que eran exactamente así.

Son representaciones artísticas.

Son una manera de permitir que nuestra imaginación contemple una realidad que las palabras humanas apenas pueden comenzar a describir.

La doctrina debe descansar sobre la Escritura.

La imaginación puede ayudarnos a contemplarla, pero nunca debe reemplazarla.

Y entonces llegó Belén

Después de contemplar todo esto, volvamos al pesebre.

Ahora quizá lo vemos de otra manera.

El que había tenido gloria con el Padre antes que el mundo existiera estaba allí.

El Creador estaba dentro de su creación.

El heredero de todas las cosas había entrado en nuestro mundo.

El eterno había entrado en nuestra historia.

Juan lo resumió en una de las declaraciones más extraordinarias de toda la Biblia:

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…»
—Juan 1:14.

Belén no fue el comienzo de Jesucristo.

Fue su llegada a nuestro mundo.

Y cuanto más comprendemos quién era, dónde estaba y lo que poseía antes de venir, más impresionante se vuelve una pregunta que acompañará toda esta serie:

¿Por qué dejar todo aquello para venir aquí?

La respuesta comienza a mostrarnos el corazón mismo del Evangelio:

porque nos amó.

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«El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.»
—Filipenses 2:6-7, RVR1960.

Después de contemplar la gloria que Jesucristo tenía antes de Belén, llegamos al punto más importante de toda esta serie.

No basta preguntarnos dónde estaba.

No basta imaginar cómo era aquella realidad.

No basta contemplar su gloria, su autoridad, su comunión con el Padre o la adoración celestial.

Hay una pregunta mucho más profunda:

Si todo aquello era suyo, ¿por qué decidió venir aquí?

Y todavía más:

¿Qué significó para Él hacerlo?

Porque antes de que hubiera una cruz que cargar, clavos que soportar o una tumba en la cual entrar, ya había comenzado a entregar.

Tenía gloria… y vino

Jesús mismo habló de lo que había tenido:

«Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»
—Juan 17:5.

Había gloria.

Había comunión con el Padre.

Había una existencia anterior al mundo.

Juan lo expresa desde las primeras palabras de su Evangelio:

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.»
—Juan 1:1.

Y unos versículos después ocurre lo inimaginable:

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…»
—Juan 1:14.

Ése es el gran contraste.

El que estaba con Dios vino a habitar entre los hombres.

Era el Creador… y entró en su creación

Juan declara:

«Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.»
—Juan 1:3.

Pablo añade:

«Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra… todo fue creado por medio de él y para él.»
—Colosenses 1:16.

Y después dice:

«Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.»
—Colosenses 1:17.

Piense en el contraste.

El Creador entraría en un cuerpo humano.

El que hizo las estrellas contemplaría desde la Tierra el cielo que había creado.

El que hizo los árboles aprendería a trabajar la madera.

El que creó los mares sentiría sed.

El eterno entraría en nuestro tiempo.

No vino a un mundo extraño. Entró en el mundo que Él mismo había creado.

Todo era suyo… y aceptó no vivir como dueño de todo

La Escritura llama al Hijo:

«…heredero de todo…»
—Hebreos 1:2.

Juan, sin embargo, escribe una de las frases más dolorosas del Evangelio:

«A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.»
—Juan 1:11.

A lo suyo.

Eso significa que cuando Jesús caminaba por este mundo, caminaba por algo que en último término le pertenecía.

Y, sin embargo, durante su ministerio pudo decir:

«Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza.»
—Mateo 8:20.

¡Qué contraste!

El heredero de todo llegó a decir que no tenía dónde recostar su cabeza.

Siendo en forma de Dios… tomó forma de siervo

Quizá ningún pasaje expresa mejor este descenso que Filipenses 2.

«El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse…»
—Filipenses 2:6.

Y entonces viene una de las declaraciones centrales de esta serie:

«…sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.»
—Filipenses 2:7.

Esto no significa que Jesucristo dejara de ser Dios.

El propio texto explica el sentido de su humillación: tomó forma de siervo y se hizo semejante a los hombres.

No dejó su divinidad.

Aceptó nuestra humanidad.

Y el descenso continuó:

«…y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo…»
—Filipenses 2:8.

Observe la palabra:

«se humilló».

No fue un accidente.

No fue una derrota.

No fue algo que simplemente le ocurrió.

Él lo aceptó voluntariamente.

El rico se hizo pobre

Pablo lo expresa de otra manera:

«Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.»
—2 Corintios 8:9.

Aquí encontramos nuevamente el contraste:

Era rico.

Se hizo pobre.

¿Y por qué?

La Escritura responde:

«por amor a vosotros».

Ésta es quizá la frase que explica toda la serie.

No dejó aquella gloria porque estuviera cansado de ella.

No vino porque necesitara algo de nosotros.

No abandonó su posición porque hubiera perdido lo que tenía.

Vino por amor.

De ser servido… a servir

Jesucristo explicó personalmente el propósito de su venida:

«Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir…»
—Marcos 10:45.

Pensemos en lo extraordinario de esa declaración.

El Señor vino a servir.

El Creador se acercó a sus criaturas.

El Maestro lavó pies.

Juan relata aquella escena:

«Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos…»
—Juan 13:5.

Después Jesús mismo les recordó quién era:

«Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy.»
—Juan 13:13.

«Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies…»
—Juan 13:14.

Ésa es la dimensión de su descenso.

El Señor se arrodilló delante de sus criaturas.

Y todo comenzó antes de la cruz

A veces pensamos que el sacrificio de Jesucristo comenzó en Getsemaní.

O cuando fue arrestado.

O durante el juicio.

O cuando colocaron la cruz sobre sus hombros.

Pero hubo una entrega anterior.

Antes de entregar sus manos a los clavos, había aceptado entrar en nuestra humanidad.

Antes de llevar una corona de espinas, había dejado la manifestación de aquella gloria que tenía con el Padre antes que el mundo fuese.

Antes del Calvario estuvo Belén.

Antes de la cruz estuvo la encarnación.

Y Filipenses nos permite contemplar todo como un mismo descenso:

«…se despojó a sí mismo…»

«…tomando forma de siervo…»

«…hecho semejante a los hombres…»

«…se humilló a sí mismo…»

hasta llegar finalmente a:

«…haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.»
—Filipenses 2:7-8.

Belén y Calvario no son dos historias desconectadas.

Forman parte del mismo camino de amor.

¿Por qué dejó todo aquello?

Después de recorrer imaginariamente la ciudad, los palacios, los jardines y aquella realidad celestial; después de contemplar bíblicamente su gloria, autoridad y comunión con el Padre, podemos cometer un error.

Quedarnos maravillados con lo que dejó y olvidar por qué lo dejó.

Jesús mismo nos dio la respuesta:

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…»
—Juan 3:16.

Pablo lo hace todavía más personal:

«…el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.»
—Gálatas 2:20.

Ahí está la respuesta.

Amor.

No podemos saber cómo era cada rincón de aquella realidad eterna.

No podemos dibujar con certeza el palacio, las avenidas, los jardines o la morada celestial. Esas imágenes pertenecen a nuestra contemplación artística.

Pero esto no es imaginación:

Cristo tenía gloria con el Padre antes que el mundo fuese.

Era rico.

Todas las cosas fueron creadas por medio de Él.

Era heredero de todo.

Y voluntariamente tomó forma de siervo.

Eso lo dice la Escritura.

Antes de la cruz, hubo mucho que dejar

Ahora nuestra serie puede terminar donde realmente debía terminar.

No mirando una ciudad.

No mirando un palacio.

No mirando un trono.

Mirándolo a Él.

El que tenía gloria…

vino.

El que era rico…

se hizo pobre.

El que era Señor…

tomó forma de siervo.

El Creador…

entró en su creación.

El eterno…

entró en el tiempo.

Y el que poseía todas las cosas…

vino a buscar al hombre que se había perdido.

Por eso, cuando en la siguiente escena lo contemplemos en Belén, no deberíamos ver solamente a un niño acostado en un pesebre.

Deberíamos recordar de dónde venía.

Porque mucho antes de que los hombres le quitaran sus vestidos en el Calvario, Jesucristo ya había aceptado una renuncia incomparable.

Antes de la cruz, hubo mucho que dejar.

Y decidió dejarlo.

Por amor a nosotros.

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A lo lejos comienza a levantarse el palacio del gran Rey. No sabemos cómo era realmente; esta es solo una representación imaginaria. Pero mientras caminamos hacia él, queremos contemplar, aunque sea por un momento, la gloria que Jesucristo conocía antes de Belén y que estuvo dispuesto a dejar para venir a vivir entre nosotros.

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Imaginemos por un momento que las puertas se abren y podemos entrar al palacio del gran Rey. No sabemos cómo era realmente, pero este recorrido nos ayuda a contemplar la grandeza y la gloria que Jesucristo dejó voluntariamente para venir a nuestro mundo y habitar entre nosotros.

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Las puertas se abren y entramos, imaginariamente, al palacio del gran Rey. Ante nosotros aparece un mundo de belleza y majestad que solo podemos imaginar. Y mientras avanzamos, recordamos que Jesucristo estuvo dispuesto a dejar toda aquella gloria para venir a habitar entre nosotros.

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Estos corredores son solamente fruto de nuestra imaginación. No sabemos cómo era el lugar donde Jesucristo habitaba antes de Belén, y seguramente cualquier imagen que podamos crear queda muy por debajo de aquella realidad. Si pudiéramos contemplarla, probablemente descubriríamos que era infinitamente más hermosa y gloriosa de lo que somos capaces de imaginar.

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¿Cómo serían los jardines del palacio del gran Rey? No lo sabemos; esta escena pertenece solamente a nuestra imaginación. Podemos imaginar belleza, vida y perfección, pero seguramente la realidad superaba todo cuanto pudiéramos representar. Estos jardines imaginarios solo intentan acercarnos un poco a la gloria que Jesucristo estuvo dispuesto a dejar para venir a nosotros.

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¿Cómo serían los grandes salones de celebración del palacio del Rey? Solo podemos imaginarlos. Tal vez nuestra representación apenas alcance a reflejar una pequeña sombra de su belleza. Pero algo podemos recordar mientras los contemplamos: Jesucristo dejó voluntariamente la gloria celestial para venir a habitar entre nosotros.

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