Dr. Elio M Rivera
Hay algo especial en las ciudades atravesadas por un río.
El agua les da vida.
Sus orillas se convierten en lugares de encuentro.
Aparecen árboles, caminos, jardines y espacios donde las personas pueden caminar.
El movimiento del agua rompe la inmovilidad de la arquitectura y hace que una ciudad parezca respirar.
Curiosamente, cuando la Biblia abre algunas de sus ventanas hacia la realidad de Dios, el agua aparece una y otra vez.
El salmista escribió:

«Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo.»
Salmo 46:4, RVR1960
La expresión es preciosa.
Hay una ciudad.
Hay moradas.
Hay un río.
Y hay alegría.
Pero siglos después, casi al terminar la Biblia, Juan recibió una visión todavía más extraordinaria.
Vio una ciudad relacionada con el cumplimiento final del plan de Dios.
Una ciudad que descendía del cielo.
Y cuando el ángel permitió que Juan contemplara su interior, nuevamente apareció un río.
Esta vez sabemos incluso de dónde procedía.
«Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero.»
Apocalipsis 22:1, RVR1960
Quizá podamos hacer algo diferente en este artículo.
En lugar de limitarnos a estudiar la ciudad desde lejos, acerquémonos hasta donde las palabras de la Biblia nos permitan hacerlo.
Caminemos por ella.
Primero debemos saber qué ciudad estamos contemplando
Antes de entrar, necesitamos hacer una aclaración importante.
La ciudad que Juan describe detalladamente en Apocalipsis 21 y 22 es la Nueva Jerusalén.
Juan escribió:
«Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.»
Apocalipsis 21:2, RVR1960
Por tanto, debemos ser cuidadosos.
No podemos afirmar que Juan esté describiendo cada ciudad, cada morada o cada lugar que existe actualmente en la realidad celestial.
Tampoco podemos afirmar que todos los lugares del cielo tengan exactamente la misma arquitectura.
La Biblia simplemente no nos proporciona esa información.
Pero aquí aparece algo fascinante.
La Nueva Jerusalén procede de Dios.
Juan dice que desciende:
«…del cielo, de Dios…»
Por tanto, aunque no podamos utilizarla como un plano arquitectónico de todo el cielo, sí podemos contemplarla como una extraordinaria expresión de aquello que Dios prepara.
Y eso nos permite hacer una pregunta diferente.
Si esta es una ciudad preparada por Dios para la eternidad…
¿qué nos revela acerca de Él?
¿Qué clase de Dios diseña así?
¿Qué valora?
¿Qué clase de ambiente desea para aquellos que vivirán con Él?
Cuando comenzamos a mirar la ciudad desde esa perspectiva, sus detalles dejan de ser solamente curiosidades proféticas.
Comienzan nuevamente a mostrarnos el corazón del Creador.
Ahora sí.
Entremos.
Juan contempla una ciudad extraordinariamente grande.
Habla de un muro.
Habla de puertas.
Habla de fundamentos.
Habla de piedras preciosas.
Habla de calles.
Habla de luz.
Y en medio de toda aquella magnificencia existe algo sorprendentemente familiar:
un río.
Pero no es descrito como un río turbio.
Juan dice que es:
«…limpio… resplandeciente como cristal…»
Imagine por un momento la escena.
Una enorme ciudad llena de resplandor.
La gloria de Dios iluminándola.
Arquitectura de una belleza difícil de comparar con cualquier cosa que conozcamos.
Y atravesando aquella realidad, agua limpia y resplandeciente.
Pero lo más importante no es cómo se ve.
Lo más extraordinario es de dónde viene.
«…salía del trono de Dios y del Cordero.»
El río tiene su origen en el trono.
La imagen es profundamente hermosa.
Del lugar de autoridad de Dios procede vida.
Del lugar desde donde gobierna el Rey no surge destrucción para aquellos que habitan con Él.
Surge un río de agua de vida.
El mismo trono que en nuestro artículo anterior nos habló de autoridad, santidad y justicia, ahora aparece asociado también con vida.
Así es el Rey que estamos conociendo.
Caminemos junto al río
Juan continúa:
«En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida…»
Apocalipsis 22:2, RVR1960
Ahora la escena se vuelve todavía más extraordinaria.
Tenemos una calle.
Tenemos el río.
Tenemos vida creciendo a sus lados.
Tenemos una ciudad.
Y tenemos personas habitándola.
No parece la imagen de una eternidad vacía.
No parece una existencia suspendida eternamente sobre una nube.
La Biblia presenta algo mucho más rico.
Hay espacios.
Hay movimiento.
Hay una ciudad.
Hay caminos.
Hay agua.
Hay vida.
Hay actividad.
Hay personas.
Y, sobre todo, Dios está con ellas.
Retrocedamos unos versículos.
Juan escucha una gran voz que declara:
«He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.»
Apocalipsis 21:3, RVR1960
Ahí está el verdadero corazón de la ciudad.
No son sus materiales.
No son sus dimensiones.
No son sus piedras preciosas.
Ni siquiera es el río.
Es la presencia de Dios.
Todo lo demás adquiere significado porque Él está allí.
Y entonces Juan escribe algunas de las palabras más hermosas de toda la Biblia:
«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.»
Apocalipsis 21:4, RVR1960
Ahora comprendemos por qué el Salmo podía hablar de un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios.
Imagine caminar por una ciudad donde nadie está esperando una mala noticia.
Donde no existen funerales.
Donde nadie recibe un diagnóstico devastador.
Donde ningún padre pierde a un hijo.
Donde nadie teme envejecer.
Donde nadie teme morir.
Donde no existen lágrimas provocadas por traiciones.
Donde nadie tiene que despedirse para siempre.
Donde el dolor pertenece al pasado.
No porque sus habitantes hayan aprendido simplemente a soportarlo.
Sino porque las causas del dolor han desaparecido.
Eso cambia completamente la manera en que imaginamos el ambiente de la ciudad.
La alegría no sería una emoción artificial.
Sería la consecuencia natural de vivir en una realidad donde el pecado, la muerte y la separación ya no gobiernan.
Quizá alguien camine junto al río.
Quizá otros se encuentren en sus calles.
Quizá existan conversaciones, descubrimientos y experiencias que hoy ni siquiera podemos imaginar.
En esos detalles debemos reconocer humildemente que estamos imaginando.
Pero no necesitamos imaginar la realidad fundamental.
Esa sí nos la proporciona la Biblia:
Dios estará con ellos.
Y no habrá más muerte.
Una ciudad llena de luz y vida
Hay otro detalle extraordinario.
Juan dice:
«La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera.»
Apocalipsis 21:23, RVR1960
Observe quién aparece nuevamente.
El Cordero.
Nuestra serie comenzó preguntándonos quién era Jesús antes de Belén.
Lo hemos contemplado junto al Padre.
Hemos hablado de la realidad celestial.
Hemos contemplado el Reino.
La ciudad.
El trono.
Y ahora, cuando la Biblia nos lleva hasta el escenario final de la redención, Jesucristo continúa allí.
El que vino a rescatarnos no desaparece de nuestra historia después de la cruz.
Está en el centro de nuestro futuro.
Juan dice que el Cordero es su lumbrera.
Y más adelante escribe algo todavía más personal:
«Y verán su rostro…»
Apocalipsis 22:4, RVR1960
Quizá esas cuatro palabras sean más extraordinarias que toda la arquitectura de la ciudad.
Podríamos quedar fascinados imaginando el río.
Podríamos maravillarnos con las calles.
Podríamos intentar comprender sus dimensiones.
Podríamos contemplar mentalmente sus puertas, sus fundamentos y su resplandor.
Pero finalmente la promesa más grande no consiste en poseer una residencia en una ciudad extraordinaria.
Consiste en esto:
«Y verán su rostro.»
El Dios que el hombre perdió en Edén vuelve a habitar con el hombre.
La comunión que el pecado rompió ha sido restaurada.
La historia que comenzó con una separación termina con una reunión.
Y en medio de esa historia está Jesucristo.
Ahora podemos comenzar a comprender algo extraordinario.
Cristo dejó la gloria para venir a un mundo caído porque quería llevarnos nuevamente a la vida.
Vino desde la presencia del Padre para abrirnos el camino de regreso a la presencia del Padre.
Entró en nuestro dolor para conducirnos hacia una realidad donde el dolor habrá terminado.
Aceptó la muerte para ofrecernos vida.
Entró en un mundo de lágrimas para llevarnos hacia una ciudad donde Dios mismo las enjugará.
La cruz, entonces, no fue simplemente un acto para perdonar nuestro pasado.
Fue parte del camino para recuperar nuestro futuro.
Y de pronto aquel río que atraviesa la ciudad adquiere un significado todavía más hermoso.
Es llamado:
«…agua de vida…»
Vida.
Precisamente aquello que el pecado había arrebatado al hombre.
Precisamente aquello que Jesucristo vino a ofrecernos.
Él mismo había declarado durante su ministerio:
«Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.»
Juan 10:10, RVR1960
Ahora, al final de la Biblia, encontramos nuevamente la vida.
Un río de agua de vida.
El árbol de la vida.
Una ciudad donde ya no existe muerte.
Y el Cordero en medio de todo.
La historia comienza a cerrar su círculo.
En Génesis, el hombre pierde el acceso al árbol de la vida después del pecado.
En Apocalipsis, volvemos a encontrar el árbol de la vida.
Entre ambos extremos de la Biblia se encuentra la historia de la redención.
Y en el centro de esa historia…
una cruz.
El Creador no abandonó aquello que se había perdido.
Vino a recuperarlo.
¿Qué nos revela esta ciudad acerca de Dios?
Tal vez ahora podamos regresar a nuestra pregunta original.
Si la Nueva Jerusalén es una ciudad que procede de Dios y que forma parte de su propósito final, ¿qué nos revela acerca de Él?
Nos revela que Dios ama la vida.
Donde el pecado produjo muerte, su propósito termina en vida.
Nos revela que Dios ama la belleza.
La ciudad que Juan contempla no es gris, pobre ni descuidada. Su descripción rebosa resplandor y magnificencia.
Nos revela que Dios ama el orden.
La ciudad tiene estructura, fundamentos, puertas y dimensiones.
Nos revela que Dios desea comunión.
Su gran promesa no es solamente dar cosas a los seres humanos.
Es habitar con ellos.
Nos revela que Dios desea el fin del sufrimiento.
No eterniza nuestras lágrimas.
Las enjuga.
No conserva la muerte.
La elimina.
No mantiene para siempre el dolor.
Declara que habrá terminado.
Y nos revela algo más.
Dios prepara.
Jesús dijo:
«En la casa de mi Padre muchas moradas hay…»
Y añadió:
«…voy, pues, a preparar lugar para vosotros.»
Juan 14:2, RVR1960
El mismo Dios que preparó un jardín para Adán y Eva antes de colocarlos allí es el Dios que, al final de la historia bíblica, nos permite contemplar una ciudad preparada para una humanidad redimida.
No sabemos cómo serán todos los lugares de la realidad celestial.
No sabemos si existen otras ciudades con características semejantes.
No conocemos la arquitectura de las moradas actuales de Dios.
Y sería incorrecto presentarlo como si la Biblia nos lo hubiera revelado.
Pero sí conocemos al Diseñador.
Y si la Nueva Jerusalén nos permite contemplar algo de aquello que sale de su corazón y de su creatividad, entonces tenemos motivos para pensar que la realidad de Dios no será menos extraordinaria que aquello que Él mismo decidió mostrarnos.
Quizá sea muchísimo más.
Finalización
Comenzamos este recorrido contemplando un río.
Y terminamos descubriendo mucho más que agua.
Encontramos una ciudad llena de vida.
Un río limpio y resplandeciente.
El árbol de la vida.
Calles.
Luz.
Belleza.
Personas viviendo en la presencia de Dios.
Una realidad sin muerte.
Sin llanto.
Sin clamor.
Sin dolor.
Y en medio de todo…
el Cordero.
Ahora mire nuevamente hacia Jesucristo.
Él sabía lo que el pecado había hecho con nosotros.
Sabía lo que habíamos perdido.
Sabía cuánto costaría recuperarlo.
Sabía que para llevarnos nuevamente a la vida tendría que entrar en nuestro mundo de muerte.
Y vino.
Vino a caminar por nuestras calles.
Vino a conocer nuestro cansancio.
Vino a escuchar nuestro llanto.
Vino a tocar nuestra enfermedad.
Vino a cargar con nuestro pecado.
Y finalmente aceptó nuestra muerte.
¿Para qué?
Para que algún día pudiéramos caminar con Él donde la muerte ya no existe.
Eso nos revela algo extraordinario acerca del corazón de Dios.
El Dios que vio al hombre perder el paraíso no renunció al hombre.
Preparó el camino para traerlo de regreso.
Y cuando al final de la Biblia se abre nuevamente la puerta hacia la eternidad, encontramos un río de vida, el árbol de la vida, una ciudad llena de gloria y a Dios habitando nuevamente con los seres humanos.
El pecado había separado.
Cristo vino a reconciliar.
La muerte había entrado.
Cristo vino a dar vida.
El hombre había perdido el acceso.
Cristo vino a abrir el camino de regreso.
Y quizá ahora comprendamos mejor por qué aquella ciudad atravesada por un río es mucho más que una hermosa descripción del futuro.
Es una ventana hacia el corazón de un Dios que no solamente quiso salvarnos de algo, sino recuperarnos para Él y darnos nuevamente vida.
Libro recomendado

