Dr. Elio M Rivera
En el artículo anterior descubrimos algo extraordinario.
La historia de Jesucristo no comenzó en Belén.
Antes de que existiera Abraham, Él ya existía.
Antes de que existiera Adán, Él ya existía.
Antes de nuestro planeta, antes de las estrellas y antes de nuestro universo, Jesucristo ya estaba con el Padre.
Pero ese descubrimiento abre inmediatamente otra pregunta.
Y quizá sea una de las preguntas más fascinantes de nuestro recorrido:
¿Dónde vivía Jesucristo antes de venir a la Tierra?
Si Él mismo habló de la gloria que tenía con el Padre «antes que el mundo fuese», ¿cómo era aquella realidad?
¿Qué nos permite conocer la Biblia acerca del lugar del cual vino?
No debemos intentar describir aquello que Dios no ha revelado. La Biblia misma nos enseña que existen realidades celestiales que sobrepasan nuestra capacidad para expresarlas.
Pero también es cierto que Dios decidió dejarnos destellos.
Pequeñas ventanas.
Descripciones dispersas en las Escrituras que, cuando comenzamos a reunirlas, nos permiten contemplar algo extraordinario.
La Biblia habla del tercer cielo.
Habla del paraíso.
Habla de la morada de Dios.
Habla de su trono.
Habla de una ciudad.
Habla de palacios.
Habla de un río.
Habla de innumerables seres celestiales.
Habla de poder.
Habla de hermosura.
Habla de alegría.
Habla de gloria.
Y cuando recordamos que Jesucristo dijo que antes de venir a nuestro mundo estaba con el Padre, estas descripciones dejan de ser solamente información acerca del cielo.
Comienzan a mostrarnos algo de lo que Él conocía antes de venir por nosotros.

Pablo vio algo que apenas pudo describir
Existe un relato extraordinario en la segunda carta a los Corintios.
El apóstol Pablo habla de un hombre que fue llevado a una realidad celestial.
Dice:
«Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo.»
2 Corintios 12:2, RVR1960
Y unos versículos después utiliza otra palabra:
«Que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar.»
2 Corintios 12:4, RVR1960
Observe las dos expresiones.
El tercer cielo.
El paraíso.
Pablo había experimentado algo tan extraordinario que reconoció las limitaciones del lenguaje humano para comunicarlo.
Había cosas que sencillamente no podía expresar.
Y eso debería producir en nosotros una profunda humildad.
Cuando hablamos del cielo no estamos describiendo un lugar que podamos estudiar como estudiamos una ciudad de nuestro planeta.
No tenemos fotografías.
No tenemos mapas.
No conocemos cada detalle.
Tenemos lo que Dios decidió revelarnos.
Y quizá eso sea suficiente para despertar nuestro asombro.
Porque aquel lugar que Pablo apenas pudo describir era una realidad que Jesucristo conocía perfectamente.
Para Pablo fue una experiencia extraordinaria.
Para Cristo había sido su realidad antes de venir a nuestro mundo.
Piense en ello.
Pablo fue llevado allí por un momento y regresó diciendo que había escuchado cosas que no podía expresar.
Jesucristo había estado con el Padre antes que el mundo fuese.
Por eso, cuando Jesús hablaba del cielo, no hablaba simplemente de algo que esperaba conocer algún día.
Hablaba de la realidad de la cual había venido.
Él mismo dijo:
«Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.»
Juan 6:38, RVR1960
No dijo solamente que había sido enviado.
Dijo:
«He descendido del cielo».
Había un lugar de procedencia.
Había una realidad anterior.
Había una morada que había conocido.
La morada de Dios
Las Escrituras utilizan expresiones extraordinarias cuando hablan del lugar donde Dios habita.
Moisés declaró:
«Mira desde tu morada santa, desde el cielo…»
Deuteronomio 26:15, RVR1960
La Biblia no presenta esa morada como un espacio vacío, oscuro, silencioso o triste.
Todo lo contrario.
David escribió:
«Alabanza y magnificencia delante de él; poder y alegría en su morada.»
1 Crónicas 16:27, RVR1960
Detengámonos allí.
Poder y alegría.
Dos palabras que nos permiten asomarnos un poco más.
La presencia de Dios no aparece en las Escrituras como una realidad sombría.
Hay magnificencia.
Hay poder.
Hay alegría.
Hay gloria.
El salmista exclama:
«¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos!»
Salmo 84:1, RVR1960
Y Jesús mismo habló de la casa de su Padre:
«En la casa de mi Padre muchas moradas hay…»
Juan 14:2, RVR1960
Cada una de estas expresiones añade una pequeña pieza.
No tenemos todavía el cuadro completo.
Pero comenzamos a comprender que antes de caminar por nuestro mundo Jesucristo conocía una realidad extraordinaria.
Una realidad marcada por la presencia del Padre.
Por santidad.
Por poder.
Por alegría.
Por magnificencia.
Por gloria.
Y todavía hay más.
Las Escrituras hablan de una ciudad.
El Salmo 48 declara:
«Grande es Jehová, y digno de ser en gran manera alabado en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo.»
Salmo 48:1, RVR1960
Y después añade:
«Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sion, a los lados del norte, la ciudad del gran Rey.»
Salmo 48:2, RVR1960
Más adelante el mismo salmo habla incluso de sus palacios:
«En sus palacios Dios es conocido por refugio.»
Salmo 48:3, RVR1960
Ciudad.
Monte santo.
Palacios.
De pronto nuestra concepción del cielo comienza a ampliarse.
No estamos leyendo simplemente acerca de unas nubes blancas en algún lugar del universo.
La Biblia utiliza imágenes de reino, ciudad, morada y gobierno.
Y conforme avancemos en esta serie iremos examinando algunas de ellas con mayor detenimiento.
También encontramos algo sorprendentemente hermoso.
El Salmo 46 declara:
«Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo.»
Salmo 46:4, RVR1960
Un río.
Una ciudad.
Las moradas del Altísimo.
Alegría.
Y cuando llegamos al último libro de la Biblia encontramos nuevamente imágenes de una ciudad y de un río que procede del trono de Dios.
No necesitamos inventar lo que la Biblia no dice.
Lo que sí dice ya es suficientemente extraordinario.
Pero todavía hay otro detalle.
El salmista escribió:
«Los carros de Dios se cuentan por veintenas de millares de millares…»
Salmo 68:17, RVR1960
La imagen es de una magnitud difícil de imaginar.
Una realidad celestial llena de majestad, actividad y poder.
No un cielo vacío.
No una eternidad aburrida.
No un Dios aislado en medio de la nada.
Las pequeñas ventanas que abre la Escritura muestran algo mucho más grande.
Y Jesucristo conocía todo aquello
Ahora regresemos a Jesús.
Porque aquí es donde este artículo deja de ser simplemente una descripción del cielo.
Jesús dijo al Padre:
«…aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»
Juan 17:5, RVR1960
Por tanto, cuando leemos acerca de la morada de Dios, debemos recordar:
Jesús había estado con el Padre.
Cuando leemos acerca de poder y alegría en su morada:
Jesús conocía aquella realidad.
Cuando la Biblia habla de la ciudad del gran Rey:
Cristo no era un extraño allí.
Cuando las Escrituras hablan de gloria:
Él había participado de aquella gloria antes que el mundo existiera.
Y entonces ocurre algo inevitable.
Comenzamos a mirar nuevamente hacia Belén.
Pero ahora Belén se ve diferente.
Porque cuanto más comprendemos de dónde vino, más extraordinario resulta descubrir a dónde estuvo dispuesto a venir.
De una realidad de gloria…
a un mundo marcado por el pecado.
De la morada donde había poder y alegría…
a una humanidad que conocería enfermedad, dolor, injusticia y muerte.
De la comunión con el Padre…
a convivir con hombres que muchas veces no comprenderían quién estaba delante de ellos.
De la gloria celestial…
a un pesebre.
Y no vino porque nuestro mundo lo mereciera.
Esto es lo que hace que la historia resulte todavía más conmovedora.
La humanidad a la que venía no era una humanidad que hubiera permanecido fiel a Dios.
Era la descendencia de una humanidad caída.
El hombre había recibido la vida y se había rebelado.
Había recibido un mundo extraordinario y había desobedecido.
Había recibido comunión con Dios y la había perdido.
El pecado había entrado en la historia humana.
Y precisamente hacia ese mundo decidió venir Jesucristo.
Él sabía perfectamente lo que encontraría aquí.
Sabía que sería incomprendido.
Sabía que sería rechazado.
Sabía que uno de los suyos lo traicionaría.
Sabía que otros huirían.
Sabía que hombres creados por medio de Él se burlarían de Él.
Sabía que manos humanas tomarían un látigo.
Sabía que colocarían una corona de espinas sobre su cabeza.
Sabía que finalmente lo llevarían a una cruz.
Y aun sabiendo todo aquello…
vino.
Aquí comenzamos a conocer algo mucho más importante que la apariencia del cielo.
Comenzamos a conocer el corazón de Dios.
Porque el valor de una renuncia se comprende mejor cuando sabemos lo que se dejó.
Si queremos comprender el sacrificio de Cristo, no debemos mirar solamente los clavos.
Tenemos que mirar también de dónde descendieron aquellas manos que después serían clavadas.
Tenemos que mirar la gloria.
La presencia del Padre.
El Reino.
La morada.
El poder.
La alegría.
La majestad.
Y después mirar nuevamente hacia nuestro mundo.
Entonces la encarnación comienza a parecernos mucho más extraordinaria.
Jesucristo no vino buscando algo que le faltaba.
Vino a rescatar algo que se había perdido.
Nosotros.
Finalización
Quizá durante muchos años imaginamos el cielo simplemente como un lugar hermoso al que esperamos llegar algún día.
Pero ahora estamos contemplándolo desde otra perspectiva.
Estamos intentando mirar, hasta donde las Escrituras nos permiten hacerlo, el lugar que Jesucristo conocía antes de venir por nosotros.
Pablo fue llevado al paraíso y encontró cosas que no podía expresar.
Las Escrituras hablan de la morada santa de Dios.
Hablan de poder y alegría.
Hablan de gloria.
Hablan de una ciudad.
Hablan de moradas.
Hablan de palacios.
Hablan de un río que alegra la ciudad de Dios.
Hablan de una realidad celestial de una magnitud que apenas podemos comenzar a imaginar.
Y Jesucristo conocía todo aquello.
Pero un día miró hacia un mundo muy diferente.
Nuestro mundo.
Un mundo donde el pecado había dejado heridas.
Un mundo donde existirían lágrimas.
Un mundo donde conocería cansancio, hambre, dolor y rechazo.
Un mundo donde finalmente sería crucificado.
Y decidió venir.
Por eso tal vez la pregunta más importante de este artículo no sea:
¿Cómo era el Reino donde vivía Jesucristo?
Quizá la pregunta más importante sea:
¿Qué clase de Dios estaría dispuesto a dejar aquella gloria para venir a buscar a quienes se habían rebelado contra Él?
Estamos comenzando a descubrir la respuesta.
Y mientras más conozcamos el lugar que dejó, más difícil será contemplar el pesebre —y posteriormente la cruz— de la misma manera.
Pero apenas hemos abierto la puerta.
Porque dentro de esta extraordinaria realidad celestial, las Escrituras nos hablan de algo que merece que nos detengamos a contemplarlo:
la ciudad del gran Rey.
Aquí podríamos hacer una imagen espectacular de presentación del Reino.
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