03. La ciudad del gran Rey

Dr. Elio M Rivera

  En nuestro recorrido hemos comenzado a descubrir algo que cambia profundamente nuestra manera de contemplar a Jesucristo.

  Antes de Belén, Él ya existía.

  Antes de nuestro mundo, estaba con el Padre.

  Y las Escrituras describen la morada de Dios utilizando palabras que despiertan nuestra imaginación: gloria, poder, alegría, paraíso, reino, moradas.

  Pero entre esas descripciones aparece una que merece que nos detengamos.

  La Biblia habla de una ciudad.

  No conocemos todos sus detalles. No podemos afirmar aquello que Dios no ha revelado. Pero las Escrituras abren pequeñas ventanas que nos permiten contemplar algo extraordinario.

  El salmista escribió:

«Grande es Jehová, y digno de ser en gran manera alabado en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo.»

Salmo 48:1, RVR1960

  Y continúa:

«Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sion, a los lados del norte, la ciudad del gran Rey.»

Salmo 48:2, RVR1960

  Detengámonos allí.

  La ciudad del gran Rey.

  La expresión es majestuosa.

  Nos habla de un Rey.

  Nos habla de un Reino.

  Y nos habla de una ciudad asociada con su presencia y su gobierno.

  Cuando pensamos en las grandes ciudades de nuestro mundo, pensamos en edificios, avenidas, monumentos, plazas, luces y multitudes.

  Algunas fueron construidas durante siglos y llegaron a convertirse en símbolos del poder de imperios y reyes.

  Pero la Escritura dirige nuestra mirada hacia algo mucho mayor.

  Hacia la ciudad de Dios.

Una ciudad que la Biblia describe como hermosa

  El Salmo 48 utiliza una palabra que no deberíamos pasar por alto:

«Hermosa…»

  La belleza forma parte de la descripción.

  Y después añade:

«…el gozo de toda la tierra…»

  Belleza y gozo.

  No oscuridad.

  No monotonía.

  No una existencia celestial vacía en medio de nubes interminables.

  La imagen bíblica es mucho más rica.

  Hay un monte santo.

  Hay una ciudad.

  Hay un gran Rey.

  Y hay belleza.

  El mismo salmo continúa diciendo:

«En sus palacios Dios es conocido por refugio.»

Salmo 48:3, RVR1960

  Ahora aparece otro elemento:

  palacios.

  La palabra inmediatamente amplía el escenario.

  Podemos imaginar lo que los escritores bíblicos intentaban comunicar utilizando las palabras que tenían disponibles: grandeza, majestad, gobierno, seguridad y esplendor.

  No necesitamos inventar cómo eran esos palacios.

  La Biblia no nos proporciona planos ni dimensiones.

  Pero sí podemos detenernos ante el hecho de que esa es la clase de lenguaje que las Escrituras utilizan para hablar de la realidad de Dios.

  Y hay algo todavía más impresionante.

  Jesucristo conocía esa realidad.

  No estamos hablando simplemente del lugar al que Cristo esperaba regresar algún día.

  Estamos hablando de la gloria que había conocido antes de venir a la Tierra.

  Él mismo dijo al Padre:

«Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»

Juan 17:5, RVR1960

  Cuando Jesucristo hablaba de la casa del Padre, no hablaba como nosotros.

  Nosotros hablamos de un lugar que esperamos conocer.

  Él hablaba del lugar de donde había venido.

  Por eso pudo decir a sus discípulos:

«En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.»

Juan 14:2, RVR1960

  Casa.

  Moradas.

  Ciudad.

  Monte.

  Palacios.

  Reino.

  Las Escrituras van colocando delante de nosotros diferentes elementos de una realidad que parece crecer conforme avanzamos.

  Y todavía no hemos terminado.

  Porque la Biblia también habla de un río.

«Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo.»

Salmo 46:4, RVR1960

  De pronto la escena adquiere todavía mayor profundidad.

  Una ciudad asociada con la presencia de Dios.

  Un monte santo.

  Palacios.

  Moradas.

  Y un río cuyas corrientes alegran la ciudad.

  Siglos después, cuando Juan recibió las visiones registradas en Apocalipsis, volvió a aparecer ante sus ojos una extraordinaria ciudad relacionada con la presencia de Dios.

  La descripción alcanza dimensiones difíciles de imaginar.

  Juan habla de resplandor.

  De piedras preciosas.

  De puertas.

  De fundamentos.

  De calles.

  De una ciudad llena de la gloria de Dios.

  Escribe:

«Y la ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera.»

Apocalipsis 21:23, RVR1960

  Imagine por un momento la magnitud de esas palabras.

  Una ciudad cuya característica dominante no es la iluminación producida por lámparas, antorchas o astros.

  La gloria de Dios la ilumina.

  Y Juan continúa describiendo actividad:

«Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella…»

Apocalipsis 21:24, RVR1960

  Después vuelve a aparecer el río:

«Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero.»

Apocalipsis 22:1, RVR1960

  No debemos mezclar descuidadamente cada visión bíblica como si todas describieran necesariamente el mismo momento de la historia. Apocalipsis 21 y 22 presentan la Nueva Jerusalén en el escenario final de la redención.

  Pero esas visiones sí nos permiten descubrir algo acerca de Dios.

  El Dios de la Biblia no parece tener una relación con la fealdad, el caos o la pobreza creativa.

  Cuando las Escrituras nos permiten contemplar aquello que está relacionado con su presencia, encontramos orden, grandeza, luz, vida, belleza y gloria.

  Y eso también nos habla de su corazón.

¿Cómo sería contemplarla?

  Quizá aquí debamos permitir que las palabras de la Biblia produzcan en nosotros aquello para lo cual fueron escritas.

  Asombro.

  Piense en una ciudad asociada con el gran Rey.

  Levante su mirada hacia el monte santo.

  Piense en la inmensidad de una ciudad extendiéndose ante nuestros ojos.

  Palacios que hablan de majestad.

  Moradas.

  Una ciudad llena de vida.

  Un río atravesando aquella realidad y llevando consigo una imagen de pureza, vida y alegría.

  Luz.

  Resplandor.

  Gloria.

  Y por encima de toda la arquitectura, de toda la belleza y de toda la magnificencia, algo infinitamente más importante:

  la presencia de Dios.

  Porque quizá ese sea el error que podemos cometer cuando pensamos en el cielo.

  Podemos quedar fascinados con la ciudad y olvidar al Rey.

  Podemos maravillarnos con los palacios y olvidar a quien habita allí.

  Podemos imaginar el río, la luz y las moradas y perder de vista aquello que hace verdaderamente extraordinario ese lugar.

  Dios está allí.

  Eso es lo que convierte a la ciudad en la ciudad de Dios.

  Eso es lo que convierte al monte en santo.

  Eso es lo que hace que la gloria sea gloria.

  Y Jesucristo había vivido en comunión con el Padre antes que nuestro mundo existiera.

  Ahora piense en lo que sucedió después.

De aquella gloria a nuestro mundo

  Un día, aquel que conocía la gloria celestial entró en nuestro mundo.

  Y el contraste resulta difícil de expresar.

  La Biblia habla de la ciudad del gran Rey.

  Pero cuando Jesús nació, no encontramos un palacio preparado para recibirlo.

  Encontramos un pesebre.

  La Biblia habla de moradas celestiales.

  Pero durante su ministerio Jesús llegó a decir:

«Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza.»

Mateo 8:20, RVR1960

  Piense en el contraste.

  El que hablaba de las muchas moradas de la casa de su Padre llegó a nuestro mundo y dijo que no tenía dónde recostar su cabeza.

  Eso ya no es solamente información acerca del cielo.

  Eso comienza a revelarnos el corazón de Cristo.

  La ciudad del gran Rey nos ayuda a comprender algo acerca de lo que estuvo dispuesto a dejar.

  Y todavía hay algo que hace su decisión más conmovedora.

  Él no vino a un mundo que lo esperaba con los brazos abiertos.

  Vino a una humanidad caída.

  A la humanidad que había recibido de Dios vida, provisión y comunión y había respondido con rebelión.

  Vino sabiendo que muchos no reconocerían quién era.

  Juan lo expresó de una manera dolorosamente sencilla:

«En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.»

Juan 1:10, RVR1960

  Y todavía añade:

«A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.»

Juan 1:11, RVR1960

  Qué contraste tan extraordinario.

  De la ciudad del gran Rey a una tierra donde muchos no quisieron recibir al Rey.

  El Creador entró en su creación y su creación no lo reconoció.

  Aquel que conocía la gloria sería despreciado.

  Aquel que conocía el honor sería insultado.

  Aquel que venía de la presencia del Padre sería acusado por los hombres.

  Aquel que conocía la ciudad del gran Rey terminaría siendo llevado fuera de Jerusalén para morir sobre una cruz.

  Y Él sabía que todo eso ocurriría.

  Sin embargo, vino.

  Cada vez resulta más difícil leer esas palabras sin detenernos:

Vino.

  No porque nosotros hubiéramos sido fieles.

  Vino porque Él lo era.

  No porque hubiéramos demostrado cuánto lo amábamos.

  Vino para mostrarnos cuánto nos amaba Él.

  No vino porque la humanidad hubiera conservado perfectamente todo lo que Dios le había entregado.

  Vino precisamente porque lo habíamos perdido.

  Y aquí la ciudad del gran Rey comienza a cumplir su verdadero propósito dentro de nuestra investigación.

  No queremos conocerla simplemente para imaginar cómo podría verse.

  Queremos contemplar su grandeza para comprender un poco mejor la grandeza del amor de aquel que estuvo dispuesto a dejarla para venir por nosotros.

Finalización

  Todavía conocemos muy poco.

  Las Escrituras apenas han abierto algunas ventanas.

  Una ciudad.

  Un monte santo.

  Palacios.

  Moradas.

  Un río.

  Luz.

  Belleza.

  Alegría.

  Gloria.

  Y en el centro de todo, la presencia de Dios.

  Quizá nuestra imaginación sea incapaz de alcanzar la realidad que esas palabras intentan comunicar.

  Pero sabemos algo.

  Jesucristo la conocía.

  Él sabía lo que era estar con el Padre.

  Sabía lo que era la gloria.

  Sabía perfectamente de dónde venía.

  Y también sabía perfectamente a dónde iba.

  Sabía que nuestro mundo no se parecía a aquel.

  Sabía que aquí encontraría pecado.

  Sabía que encontraría sufrimiento.

  Sabía que encontraría rechazo.

  Sabía que encontraría una cruz.

  Y vino de todos modos.

  Por eso, cuanto más extraordinaria descubramos que era la realidad que Cristo conocía, más extraordinario resultará su amor.

  La ciudad nos habla de su grandeza.

  Pero haber estado dispuesto a dejarla para venir por nosotros nos habla de su corazón.

  Y todavía no hemos llegado al centro de aquel Reino.

  Porque las Escrituras presentan una imagen que aparece una y otra vez cuando los hombres reciben una visión de la majestad divina.

  Isaías la vio.

  Daniel la contempló.

  Juan intentó describirla.

  Una imagen de autoridad, santidad, poder y majestad.

  El trono de Dios.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.