Dr. Elio M Rivera

  La historia de la redención comenzó a tomar forma desde el momento mismo en que el pecado entró en la experiencia humana.

  Adán y Eva habían recibido de Dios vida, comunión, provisión, propósito y un mundo preparado para ellos. Pero la rebelión introdujo algo que hasta entonces no formaba parte de aquella experiencia: separación, culpa, muerte y una deuda frente a la justicia divina.

  El hombre había pecado.

  Y el pecado tenía consecuencias.

  Dios no podía simplemente llamar bueno a lo que era malo ni ignorar la rebelión como si nada hubiera ocurrido. Su amor no anulaba su justicia.

  Pero tampoco su justicia anuló su amor.

  Desde los primeros capítulos de Génesis comenzó a aparecer una promesa.

  Hablando a la serpiente, Dios declaró:

«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.»

Génesis 3:15, RVR1960

  En medio de la caída apareció una esperanza.

  Vendría alguien.

  Una simiente.

  Alguien que enfrentaría aquello que había entrado al mundo por medio del pecado y terminaría venciendo.

  Conforme avanzamos por las Escrituras, descubrimos que aquel que vendría a rescatarnos era Jesucristo.

  Él vendría para darnos vida.

  Vendría para reconciliarnos con Dios.

  Vendría para enfrentarse al problema que nosotros no podíamos resolver por nosotros mismos.

  Pero el rescate tendría un precio.

  La justicia divina no podía ser ignorada.

  El pecado debía ser enfrentado.

  Y finalmente Jesucristo cargaría sobre sí aquello que nosotros debíamos.

  La cruz sería el punto culminante de esa entrega.

  Allí sería herido.

  Allí derramaría su sangre.

  Allí sufriría.

  Allí moriría.

  Y allí pagaría el precio necesario para abrirnos nuevamente el camino hacia Dios.

  Por eso, cuando pensamos en el sacrificio de Jesucristo, casi inmediatamente pensamos en la cruz.

  Y con razón.

  La cruz fue el sacrificio máximo.

  Difícilmente podríamos contemplar una expresión mayor de entrega que ver al Hijo de Dios permitiendo que lo rechazaran, lo humillaran, lo golpearan, lo clavaran en un madero y finalmente entregando su vida por aquellos mismos seres humanos a quienes había venido a rescatar.

  Pero aquí aparece una verdad que con frecuencia pasamos por alto.

  La cruz no fue el primer sacrificio que Jesucristo hizo por nosotros.

  Fue el mayor.

  Fue el culminante.

  Pero antes de llegar al Calvario ya había comenzado una extraordinaria historia de renuncia.

  Antes de los clavos hubo otras cosas que dejó.

  Antes de la corona de espinas hubo una gloria que había conocido.

  Antes de caminar por los caminos de Galilea había vivido en otra realidad.

  Antes de entrar en casas humildes había estado en la presencia del Padre.

  Antes de ser rechazado por los hombres había conocido la gloria celestial.

  Antes de que los soldados romanos se burlaran de Él, era reconocido en el cielo por quien verdaderamente era.

  Y antes de que un pesebre recibiera su cuerpo, Jesucristo había tenido una existencia que no comenzó en Belén.

  Por eso, si queremos comprender realmente el sacrificio de Cristo, no podemos comenzar únicamente en la cruz.

  Tenemos que retroceder.

  Tenemos que preguntarnos:

   ¿Quién era Jesucristo antes de venir a la Tierra?

¿Dónde vivía?

  ¿Cómo era su existencia?

  ¿Qué gloria tenía?

  ¿Qué relación tenía con el Padre?

  ¿Qué autoridad poseía?

  ¿Qué dejó cuando decidió entrar en nuestro mundo?

  Porque solamente cuando comprendemos lo que alguien tenía podemos comenzar a valorar lo que estuvo dispuesto a dejar.

  Y este será el propósito de los artículos que siguen.

  No estudiaremos la eternidad de Jesucristo solamente para conocer más acerca del cielo.

  No intentaremos imaginar cosas que la Biblia no revela.

  Nos acercaremos únicamente hasta donde las Escrituras nos permitan hacerlo.

  Pero cada detalle que encontremos tendrá un propósito mucho más profundo:

  conocer a Dios a través de sus acciones.

  Porque las acciones revelan el corazón.

  Lo que alguien está dispuesto a dejar revela cuánto valora aquello por lo que lo deja.

  Y conforme descubramos quién era Jesucristo antes de Belén, dónde vivía, qué tenía y qué gloria conocía, comenzaremos a comprender que su amor por nosotros no se expresó únicamente durante unas horas sobre una cruz.

  Su entrega había comenzado mucho antes.

  La cruz fue la expresión máxima de ese amor.

  Pero antes de la cruz hubo una decisión.

  Antes de la decisión hubo una eternidad.

  Y antes de estudiar cuánto sufrió Jesucristo al morir por nosotros, necesitamos conocer la vida que estuvo dispuesto a dejar para venir a buscarnos.

  Por eso nuestro recorrido comenzará mucho antes de Belén.

  Comenzará con una pregunta fundamental:

¿Dónde comienza realmente la historia de Jesucristo?

  La respuesta de la Biblia es extraordinaria.

  No comienza en un pesebre.

  Cuando nuestro mundo comenzó a existir…

  Él ya estaba allí.

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Dr. Elio M Rivera

Su historia no comenzó en Belén

  Hay una escena que todos conocemos.

  Un pesebre.

  Una joven madre.

  Un niño recién nacido.

  Pastores llegando durante la noche.

  Y ángeles anunciando que había nacido un Salvador.

  Para millones de personas, allí comienza la historia de Jesucristo.

  Pero no es así.

  Cuando María sostuvo por primera vez a Jesús entre sus brazos, estaba sosteniendo a alguien que ya existía antes que ella.

  Antes que José.

  Antes que David.

  Antes que Abraham.

  Antes que Adán.

  Antes que la Tierra.

  Antes que las estrellas.

  Antes que nuestro universo.

  Él ya estaba allí.

  Y esto es mucho más que una interesante verdad acerca de Jesucristo.

  Es el comienzo de una historia de amor.

  Porque para comprender cuánto estuvo dispuesto a sacrificar por nosotros, primero tenemos que descubrir quién era antes de venir.

Su historia no comenzó en Belén

  El Evangelio de Juan abre una ventana hacia una realidad que ninguno de nosotros pudo contemplar.

  Nos lleva más allá de Belén.

  Más allá de Abraham.

  Más allá de Adán.

  Nos lleva hasta el principio.

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios.»

Juan 1:1-2, RVR1960

  Observe cuidadosamente lo que Juan dice.

  No dice:

  En el principio apareció el Verbo.

  Tampoco dice:

  En el principio fue creado el Verbo.

  Dice:

«En el principio era el Verbo».

  Cuando comenzó la creación, Él ya estaba allí.

  Y Juan añade algo todavía más extraordinario:

«…el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.»

  Antes de existir nosotros, Él existía.

  Antes de nuestro mundo, Él estaba con el Padre.

  Y antes de conocer la pobreza, el cansancio, el rechazo, el dolor y la muerte que encontraría entre nosotros, Jesucristo conocía otra realidad.

  Conocía la gloria.

  Lo sabemos porque Él mismo habló de ella.

  Pocas horas antes de morir levantó sus ojos al cielo y dijo:

«Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»

Juan 17:5, RVR1960

  Estas palabras son impresionantes cuando recordamos dónde estaba Jesús al pronunciarlas.

  La cruz estaba cerca.

  El arresto estaba cerca.

  Judas estaba a punto de traicionarlo.

  Pedro lo negaría.

  Sus discípulos huirían.

  Sería llevado de un tribunal a otro.

  Sería golpeado.

  Humillado.

  Escupido.

  Azotado.

  Y finalmente crucificado.

  Pero aquel hombre que estaba a punto de sufrir todo aquello podía recordar otra realidad:

«…aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»

  Él sabía perfectamente de dónde había venido.

  Sabía quién era.

  Sabía lo que había tenido.

  Y sabía lo que había dejado.

  Por eso necesitamos conocer esta parte de su historia.

  Porque cuando después lo veamos caminando cansado por los caminos de Galilea, tendremos que recordar de dónde vino.

  Cuando lo veamos sin un lugar donde recostar su cabeza, tendremos que recordar dónde había vivido.

  Cuando lo veamos rechazado por los hombres, tendremos que recordar quién era realmente.

  Cuando lo veamos sirviendo, tendremos que recordar la autoridad que poseía.

  Y cuando finalmente lo veamos clavado sobre una cruz, tendremos que recordar la gloria que había conocido antes de venir.

  Entonces comenzaremos a comprender que el sacrificio de Jesucristo no comenzó cuando atravesaron sus manos con los clavos.

  Su entrega había comenzado mucho antes.

El Creador decidió entrar en su creación

  Hay algo todavía más sorprendente.

  Jesucristo no solamente existía antes que nuestro mundo.

  Juan declara:

«Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.»

Juan 1:3, RVR1960

  Pablo lo expresa así:

«Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles…»

Colosenses 1:16, RVR1960

  Y añade:

«Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.»

Colosenses 1:17, RVR1960

  Piense en esto.

  El Jesús que un día levantaría sus ojos para mirar las estrellas existía antes que las estrellas.

  El Jesús que caminaría junto al mar de Galilea había participado en la creación del mundo donde se encontraba ese mar.

  El Jesús que tomaría pan entre sus manos era aquel por medio de quien todas las cosas habían sido creadas.

  El Jesús que permitiría que los hombres colocaran una corona de espinas sobre su cabeza era mucho más que el humilde carpintero que ellos creían estar humillando.

  El Creador había entrado en su propia creación.

  Pero aquí aparece la pregunta que puede cambiar completamente nuestra manera de contemplar esta historia:

  ¿Por qué?

  ¿Por qué dejar la gloria?

  ¿Por qué entrar en un mundo quebrantado?

  ¿Por qué venir a vivir entre seres humanos que se habían rebelado contra Dios?

  ¿Por qué acercarse a aquellos que habían despreciado lo que Él les había dado?

  ¿Por qué venir sabiendo que muchos lo rechazarían?

  ¿Por qué venir sabiendo que sería traicionado?

  ¿Por qué venir sabiendo que terminaría sobre una cruz?

  No vino porque nosotros hubiéramos demostrado que lo merecíamos.

  La Escritura presenta una realidad mucho más conmovedora:

«Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.»

Romanos 5:8, RVR1960

  Ahí comenzamos a descubrir el corazón de Dios.

  Los seres humanos se habían alejado.

  Él decidió acercarse.

  El hombre había roto la comunión.

  Él comenzó el camino para restaurarla.

  El hombre había pecado.

  Él preparó el rescate.

  La humanidad no estaba buscando la manera de llegar hasta aquella gloria.

  El que habitaba en la gloria decidió venir hasta nosotros.

Entonces ocurrió algo extraordinario

  Juan comienza su Evangelio mostrándonos al Verbo en la eternidad.

  Nos dice que estaba con Dios.

  Nos dice que era Dios.

  Nos dice que todas las cosas fueron hechas por medio de Él.

  Pero unos versículos después escribe unas palabras que, después de conocer todo lo anterior, adquieren una dimensión completamente diferente:

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…»

Juan 1:14, RVR1960

  El que estaba con Dios…

  vino a estar con nosotros.

  El que poseía gloria…

  entró en nuestra fragilidad.

  El Creador…

  entró en su creación.

  El Eterno…

  entró en nuestra historia.

  Y aquí comenzamos a comprender por qué estudiar la vida de Jesucristo antes de Belén es tan importante.

  Queremos saber cómo era el cielo donde vivía.

  Queremos conocer lo que las Escrituras dicen acerca de la ciudad de Dios.

  Queremos acercarnos a las descripciones de su trono, de su reino y de su gloria.

  Pero no solamente porque sean temas fascinantes.

  Queremos descubrir qué estuvo dispuesto a dejar.

  Porque cada cosa que descubramos nos permitirá conocer un poco más su corazón.

  Él sabía quiénes éramos.

  Sabía lo que habíamos hecho.

  Sabía que la humanidad se había rebelado.

  Sabía que sería rechazado.

  Sabía que sería traicionado.

  Sabía que la cruz lo esperaba.

  Y, sin embargo, vino.

  Tal vez esas cuatro palabras nos digan acerca del corazón de Dios mucho más de lo que imaginamos.

Finalización

  Antes de comenzar esta serie quizá pensábamos que el gran sacrificio de Jesucristo comenzó en el Calvario.

  Y ciertamente la cruz fue la expresión máxima de su entrega.

  Pero ahora empezamos a descubrir que para llegar hasta aquella cruz primero tuvo que existir Belén.

  Y para comprender Belén necesitamos mirar hacia la eternidad.

  Porque aquel que fue acostado en un pesebre no era alguien que acababa de comenzar a existir.

  Era el Eterno.

  Había estado con el Padre.

  Había conocido su gloria.

  Todas las cosas habían sido creadas por medio de Él.

  Y sabiendo perfectamente lo que encontraría entre nosotros, decidió venir.

  Por eso, en los siguientes artículos no contemplaremos el cielo solamente para maravillarnos con su grandeza.

  Lo contemplaremos con otra pregunta en nuestro corazón:

¿Qué nos dice acerca de Dios el hecho de que estuviera dispuesto a dejar todo aquello para venir a buscarnos?

  Y para responderla necesitamos dar nuestro siguiente paso.

  Ya sabemos que Jesucristo existía antes de que el mundo fuera.

  Ahora necesitamos descubrir algo todavía más personal:

¿Cómo era la vida que tenía junto al Padre antes de venir por nosotros?

  Porque antes de contemplar cuánto estuvo dispuesto a dejar por nosotros, necesitamos conocer la vida que tenía en la eternidad.

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Dr. Elio M Rivera

  En el artículo anterior descubrimos algo extraordinario.

  La historia de Jesucristo no comenzó en Belén.

  Antes de que existiera Abraham, Él ya existía.

  Antes de que existiera Adán, Él ya existía.

  Antes de nuestro planeta, antes de las estrellas y antes de nuestro universo, Jesucristo ya estaba con el Padre.

  Pero ese descubrimiento abre inmediatamente otra pregunta.

  Y quizá sea una de las preguntas más fascinantes de nuestro recorrido:

¿Dónde vivía Jesucristo antes de venir a la Tierra?

  Si Él mismo habló de la gloria que tenía con el Padre «antes que el mundo fuese», ¿cómo era aquella realidad?

  ¿Qué nos permite conocer la Biblia acerca del lugar del cual vino?

  No debemos intentar describir aquello que Dios no ha revelado. La Biblia misma nos enseña que existen realidades celestiales que sobrepasan nuestra capacidad para expresarlas.

  Pero también es cierto que Dios decidió dejarnos destellos.

  Pequeñas ventanas.

  Descripciones dispersas en las Escrituras que, cuando comenzamos a reunirlas, nos permiten contemplar algo extraordinario.

  La Biblia habla del tercer cielo.

  Habla del paraíso.

  Habla de la morada de Dios.

  Habla de su trono.

  Habla de una ciudad.

  Habla de palacios.

  Habla de un río.

  Habla de innumerables seres celestiales.

  Habla de poder.

  Habla de hermosura.

  Habla de alegría.

  Habla de gloria.

  Y cuando recordamos que Jesucristo dijo que antes de venir a nuestro mundo estaba con el Padre, estas descripciones dejan de ser solamente información acerca del cielo.

  Comienzan a mostrarnos algo de lo que Él conocía antes de venir por nosotros.

Pablo vio algo que apenas pudo describir

  Existe un relato extraordinario en la segunda carta a los Corintios.

  El apóstol Pablo habla de un hombre que fue llevado a una realidad celestial.

  Dice:

«Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo.»

2 Corintios 12:2, RVR1960

  Y unos versículos después utiliza otra palabra:

«Que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar.»

2 Corintios 12:4, RVR1960

  Observe las dos expresiones.

  El tercer cielo.

  El paraíso.

  Pablo había experimentado algo tan extraordinario que reconoció las limitaciones del lenguaje humano para comunicarlo.

  Había cosas que sencillamente no podía expresar.

  Y eso debería producir en nosotros una profunda humildad.

  Cuando hablamos del cielo no estamos describiendo un lugar que podamos estudiar como estudiamos una ciudad de nuestro planeta.

  No tenemos fotografías.

  No tenemos mapas.

  No conocemos cada detalle.

  Tenemos lo que Dios decidió revelarnos.

  Y quizá eso sea suficiente para despertar nuestro asombro.

  Porque aquel lugar que Pablo apenas pudo describir era una realidad que Jesucristo conocía perfectamente.

  Para Pablo fue una experiencia extraordinaria.

  Para Cristo había sido su realidad antes de venir a nuestro mundo.

  Piense en ello.

  Pablo fue llevado allí por un momento y regresó diciendo que había escuchado cosas que no podía expresar.

  Jesucristo había estado con el Padre antes que el mundo fuese.

  Por eso, cuando Jesús hablaba del cielo, no hablaba simplemente de algo que esperaba conocer algún día.

  Hablaba de la realidad de la cual había venido.

  Él mismo dijo:

«Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.»

Juan 6:38, RVR1960

  No dijo solamente que había sido enviado.

  Dijo:

«He descendido del cielo».

  Había un lugar de procedencia.

  Había una realidad anterior.

  Había una morada que había conocido.

La morada de Dios

  Las Escrituras utilizan expresiones extraordinarias cuando hablan del lugar donde Dios habita.

  Moisés declaró:

«Mira desde tu morada santa, desde el cielo…»

Deuteronomio 26:15, RVR1960

  La Biblia no presenta esa morada como un espacio vacío, oscuro, silencioso o triste.

  Todo lo contrario.

  David escribió:

«Alabanza y magnificencia delante de él; poder y alegría en su morada.»

1 Crónicas 16:27, RVR1960

  Detengámonos allí.

  Poder y alegría.

  Dos palabras que nos permiten asomarnos un poco más.

  La presencia de Dios no aparece en las Escrituras como una realidad sombría.

  Hay magnificencia.

  Hay poder.

  Hay alegría.

  Hay gloria.

  El salmista exclama:

«¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos!»

Salmo 84:1, RVR1960

  Y Jesús mismo habló de la casa de su Padre:

«En la casa de mi Padre muchas moradas hay…»

Juan 14:2, RVR1960

  Cada una de estas expresiones añade una pequeña pieza.

  No tenemos todavía el cuadro completo.

  Pero comenzamos a comprender que antes de caminar por nuestro mundo Jesucristo conocía una realidad extraordinaria.

  Una realidad marcada por la presencia del Padre.

  Por santidad.

  Por poder.

  Por alegría.

  Por magnificencia.

  Por gloria.

  Y todavía hay más.

  Las Escrituras hablan de una ciudad.

  El Salmo 48 declara:

«Grande es Jehová, y digno de ser en gran manera alabado en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo.»

Salmo 48:1, RVR1960

  Y después añade:

«Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sion, a los lados del norte, la ciudad del gran Rey.»

Salmo 48:2, RVR1960

  Más adelante el mismo salmo habla incluso de sus palacios:

«En sus palacios Dios es conocido por refugio.»

Salmo 48:3, RVR1960

  Ciudad.

  Monte santo.

  Palacios.

  La ciudad del gran Rey.

  De pronto nuestra concepción del cielo comienza a ampliarse.

  No estamos leyendo simplemente acerca de unas nubes blancas en algún lugar del universo.

  La Biblia utiliza imágenes de reino, ciudad, morada y gobierno.

  Y conforme avancemos en esta serie iremos examinando algunas de ellas con mayor detenimiento.

  También encontramos algo sorprendentemente hermoso.

  El Salmo 46 declara:

«Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo.»

Salmo 46:4, RVR1960

  Un río.

  Una ciudad.

  Las moradas del Altísimo.

  Alegría.

  Y cuando llegamos al último libro de la Biblia encontramos nuevamente imágenes de una ciudad y de un río que procede del trono de Dios.

  No necesitamos inventar lo que la Biblia no dice.

  Lo que sí dice ya es suficientemente extraordinario.

  Pero todavía hay otro detalle.

  El salmista escribió:

«Los carros de Dios se cuentan por veintenas de millares de millares…»

Salmo 68:17, RVR1960

  La imagen es de una magnitud difícil de imaginar.

  Una realidad celestial llena de majestad, actividad y poder.

  No un cielo vacío.

  No una eternidad aburrida.

  No un Dios aislado en medio de la nada.

  Las pequeñas ventanas que abre la Escritura muestran algo mucho más grande.

Y Jesucristo conocía todo aquello

  Ahora regresemos a Jesús.

  Porque aquí es donde este artículo deja de ser simplemente una descripción del cielo.

  Jesús dijo al Padre:

«…aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»

Juan 17:5, RVR1960

  Por tanto, cuando leemos acerca de la morada de Dios, debemos recordar:

  Jesús había estado con el Padre.

  Cuando leemos acerca de poder y alegría en su morada:

  Jesús conocía aquella realidad.

  Cuando la Biblia habla de la ciudad del gran Rey:

  Cristo no era un extraño allí.

  Cuando las Escrituras hablan de gloria:

  Él había participado de aquella gloria antes que el mundo existiera.

  Y entonces ocurre algo inevitable.

  Comenzamos a mirar nuevamente hacia Belén.

  Pero ahora Belén se ve diferente.

  Porque cuanto más comprendemos de dónde vino, más extraordinario resulta descubrir a dónde estuvo dispuesto a venir.

  De una realidad de gloria…

  a un mundo marcado por el pecado.

  De la morada donde había poder y alegría…

  a una humanidad que conocería enfermedad, dolor, injusticia y muerte.

  De la comunión con el Padre…

  a convivir con hombres que muchas veces no comprenderían quién estaba delante de ellos.

  De la gloria celestial…

  a un pesebre.

  Y no vino porque nuestro mundo lo mereciera.

  Esto es lo que hace que la historia resulte todavía más conmovedora.

  La humanidad a la que venía no era una humanidad que hubiera permanecido fiel a Dios.

  Era la descendencia de una humanidad caída.

  El hombre había recibido la vida y se había rebelado.

  Había recibido un mundo extraordinario y había desobedecido.

  Había recibido comunión con Dios y la había perdido.

  El pecado había entrado en la historia humana.

  Y precisamente hacia ese mundo decidió venir Jesucristo.

  Él sabía perfectamente lo que encontraría aquí.

  Sabía que sería incomprendido.

  Sabía que sería rechazado.

  Sabía que uno de los suyos lo traicionaría.

  Sabía que otros huirían.

  Sabía que hombres creados por medio de Él se burlarían de Él.

  Sabía que manos humanas tomarían un látigo.

  Sabía que colocarían una corona de espinas sobre su cabeza.

  Sabía que finalmente lo llevarían a una cruz.

  Y aun sabiendo todo aquello…

  vino.

  Aquí comenzamos a conocer algo mucho más importante que la apariencia del cielo.

  Comenzamos a conocer el corazón de Dios.

  Porque el valor de una renuncia se comprende mejor cuando sabemos lo que se dejó.

  Si queremos comprender el sacrificio de Cristo, no debemos mirar solamente los clavos.

  Tenemos que mirar también de dónde descendieron aquellas manos que después serían clavadas.

  Tenemos que mirar la gloria.

  La presencia del Padre.

  El Reino.

  La morada.

  El poder.

  La alegría.

  La majestad.

  Y después mirar nuevamente hacia nuestro mundo.

  Entonces la encarnación comienza a parecernos mucho más extraordinaria.

  Jesucristo no vino buscando algo que le faltaba.

  Vino a rescatar algo que se había perdido.

  Nosotros.

Finalización

  Quizá durante muchos años imaginamos el cielo simplemente como un lugar hermoso al que esperamos llegar algún día.

  Pero ahora estamos contemplándolo desde otra perspectiva.

  Estamos intentando mirar, hasta donde las Escrituras nos permiten hacerlo, el lugar que Jesucristo conocía antes de venir por nosotros.

  Pablo fue llevado al paraíso y encontró cosas que no podía expresar.

  Las Escrituras hablan de la morada santa de Dios.

  Hablan de poder y alegría.

  Hablan de gloria.

  Hablan de una ciudad.

  Hablan de moradas.

  Hablan de palacios.

  Hablan de un río que alegra la ciudad de Dios.

  Hablan de una realidad celestial de una magnitud que apenas podemos comenzar a imaginar.

  Y Jesucristo conocía todo aquello.

  Pero un día miró hacia un mundo muy diferente.

  Nuestro mundo.

  Un mundo donde el pecado había dejado heridas.

  Un mundo donde existirían lágrimas.

  Un mundo donde conocería cansancio, hambre, dolor y rechazo.

  Un mundo donde finalmente sería crucificado.

  Y decidió venir.

  Por eso tal vez la pregunta más importante de este artículo no sea:

¿Cómo era el Reino donde vivía Jesucristo?

  Quizá la pregunta más importante sea:

¿Qué clase de Dios estaría dispuesto a dejar aquella gloria para venir a buscar a quienes se habían rebelado contra Él?

  Estamos comenzando a descubrir la respuesta.

  Y mientras más conozcamos el lugar que dejó, más difícil será contemplar el pesebre —y posteriormente la cruz— de la misma manera.

  Pero apenas hemos abierto la puerta.

  Porque dentro de esta extraordinaria realidad celestial, las Escrituras nos hablan de algo que merece que nos detengamos a contemplarlo:

  la ciudad del gran Rey.


  1. Aquí podríamos hacer una imagen espectacular de presentación del Reino.

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Dr. Elio M Rivera

  En nuestro recorrido hemos comenzado a descubrir algo que cambia profundamente nuestra manera de contemplar a Jesucristo.

  Antes de Belén, Él ya existía.

  Antes de nuestro mundo, estaba con el Padre.

  Y las Escrituras describen la morada de Dios utilizando palabras que despiertan nuestra imaginación: gloria, poder, alegría, paraíso, reino, moradas.

  Pero entre esas descripciones aparece una que merece que nos detengamos.

  La Biblia habla de una ciudad.

  No conocemos todos sus detalles. No podemos afirmar aquello que Dios no ha revelado. Pero las Escrituras abren pequeñas ventanas que nos permiten contemplar algo extraordinario.

  El salmista escribió:

«Grande es Jehová, y digno de ser en gran manera alabado en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo.»

Salmo 48:1, RVR1960

  Y continúa:

«Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sion, a los lados del norte, la ciudad del gran Rey.»

Salmo 48:2, RVR1960

  Detengámonos allí.

  La ciudad del gran Rey.

  La expresión es majestuosa.

  Nos habla de un Rey.

  Nos habla de un Reino.

  Y nos habla de una ciudad asociada con su presencia y su gobierno.

  Cuando pensamos en las grandes ciudades de nuestro mundo, pensamos en edificios, avenidas, monumentos, plazas, luces y multitudes.

  Algunas fueron construidas durante siglos y llegaron a convertirse en símbolos del poder de imperios y reyes.

  Pero la Escritura dirige nuestra mirada hacia algo mucho mayor.

  Hacia la ciudad de Dios.

Una ciudad que la Biblia describe como hermosa

  El Salmo 48 utiliza una palabra que no deberíamos pasar por alto:

«Hermosa…»

  La belleza forma parte de la descripción.

  Y después añade:

«…el gozo de toda la tierra…»

  Belleza y gozo.

  No oscuridad.

  No monotonía.

  No una existencia celestial vacía en medio de nubes interminables.

  La imagen bíblica es mucho más rica.

  Hay un monte santo.

  Hay una ciudad.

  Hay un gran Rey.

  Y hay belleza.

  El mismo salmo continúa diciendo:

«En sus palacios Dios es conocido por refugio.»

Salmo 48:3, RVR1960

  Ahora aparece otro elemento:

  palacios.

  La palabra inmediatamente amplía el escenario.

  Podemos imaginar lo que los escritores bíblicos intentaban comunicar utilizando las palabras que tenían disponibles: grandeza, majestad, gobierno, seguridad y esplendor.

  No necesitamos inventar cómo eran esos palacios.

  La Biblia no nos proporciona planos ni dimensiones.

  Pero sí podemos detenernos ante el hecho de que esa es la clase de lenguaje que las Escrituras utilizan para hablar de la realidad de Dios.

  Y hay algo todavía más impresionante.

  Jesucristo conocía esa realidad.

  No estamos hablando simplemente del lugar al que Cristo esperaba regresar algún día.

  Estamos hablando de la gloria que había conocido antes de venir a la Tierra.

  Él mismo dijo al Padre:

«Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»

Juan 17:5, RVR1960

  Cuando Jesucristo hablaba de la casa del Padre, no hablaba como nosotros.

  Nosotros hablamos de un lugar que esperamos conocer.

  Él hablaba del lugar de donde había venido.

  Por eso pudo decir a sus discípulos:

«En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.»

Juan 14:2, RVR1960

  Casa.

  Moradas.

  Ciudad.

  Monte.

  Palacios.

  Reino.

  Las Escrituras van colocando delante de nosotros diferentes elementos de una realidad que parece crecer conforme avanzamos.

  Y todavía no hemos terminado.

  Porque la Biblia también habla de un río.

«Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo.»

Salmo 46:4, RVR1960

  De pronto la escena adquiere todavía mayor profundidad.

  Una ciudad asociada con la presencia de Dios.

  Un monte santo.

  Palacios.

  Moradas.

  Y un río cuyas corrientes alegran la ciudad.

  Siglos después, cuando Juan recibió las visiones registradas en Apocalipsis, volvió a aparecer ante sus ojos una extraordinaria ciudad relacionada con la presencia de Dios.

  La descripción alcanza dimensiones difíciles de imaginar.

  Juan habla de resplandor.

  De piedras preciosas.

  De puertas.

  De fundamentos.

  De calles.

  De una ciudad llena de la gloria de Dios.

  Escribe:

«Y la ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera.»

Apocalipsis 21:23, RVR1960

  Imagine por un momento la magnitud de esas palabras.

  Una ciudad cuya característica dominante no es la iluminación producida por lámparas, antorchas o astros.

  La gloria de Dios la ilumina.

  Y Juan continúa describiendo actividad:

«Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella…»

Apocalipsis 21:24, RVR1960

  Después vuelve a aparecer el río:

«Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero.»

Apocalipsis 22:1, RVR1960

  No debemos mezclar descuidadamente cada visión bíblica como si todas describieran necesariamente el mismo momento de la historia. Apocalipsis 21 y 22 presentan la Nueva Jerusalén en el escenario final de la redención.

  Pero esas visiones sí nos permiten descubrir algo acerca de Dios.

  El Dios de la Biblia no parece tener una relación con la fealdad, el caos o la pobreza creativa.

  Cuando las Escrituras nos permiten contemplar aquello que está relacionado con su presencia, encontramos orden, grandeza, luz, vida, belleza y gloria.

  Y eso también nos habla de su corazón.

¿Cómo sería contemplarla?

  Quizá aquí debamos permitir que las palabras de la Biblia produzcan en nosotros aquello para lo cual fueron escritas.

  Asombro.

  Piense en una ciudad asociada con el gran Rey.

  Levante su mirada hacia el monte santo.

  Piense en la inmensidad de una ciudad extendiéndose ante nuestros ojos.

  Palacios que hablan de majestad.

  Moradas.

  Una ciudad llena de vida.

  Un río atravesando aquella realidad y llevando consigo una imagen de pureza, vida y alegría.

  Luz.

  Resplandor.

  Gloria.

  Y por encima de toda la arquitectura, de toda la belleza y de toda la magnificencia, algo infinitamente más importante:

  la presencia de Dios.

  Porque quizá ese sea el error que podemos cometer cuando pensamos en el cielo.

  Podemos quedar fascinados con la ciudad y olvidar al Rey.

  Podemos maravillarnos con los palacios y olvidar a quien habita allí.

  Podemos imaginar el río, la luz y las moradas y perder de vista aquello que hace verdaderamente extraordinario ese lugar.

  Dios está allí.

  Eso es lo que convierte a la ciudad en la ciudad de Dios.

  Eso es lo que convierte al monte en santo.

  Eso es lo que hace que la gloria sea gloria.

  Y Jesucristo había vivido en comunión con el Padre antes que nuestro mundo existiera.

  Ahora piense en lo que sucedió después.

De aquella gloria a nuestro mundo

  Un día, aquel que conocía la gloria celestial entró en nuestro mundo.

  Y el contraste resulta difícil de expresar.

  La Biblia habla de la ciudad del gran Rey.

  Pero cuando Jesús nació, no encontramos un palacio preparado para recibirlo.

  Encontramos un pesebre.

  La Biblia habla de moradas celestiales.

  Pero durante su ministerio Jesús llegó a decir:

«Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza.»

Mateo 8:20, RVR1960

  Piense en el contraste.

  El que hablaba de las muchas moradas de la casa de su Padre llegó a nuestro mundo y dijo que no tenía dónde recostar su cabeza.

  Eso ya no es solamente información acerca del cielo.

  Eso comienza a revelarnos el corazón de Cristo.

  La ciudad del gran Rey nos ayuda a comprender algo acerca de lo que estuvo dispuesto a dejar.

  Y todavía hay algo que hace su decisión más conmovedora.

  Él no vino a un mundo que lo esperaba con los brazos abiertos.

  Vino a una humanidad caída.

  A la humanidad que había recibido de Dios vida, provisión y comunión y había respondido con rebelión.

  Vino sabiendo que muchos no reconocerían quién era.

  Juan lo expresó de una manera dolorosamente sencilla:

«En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.»

Juan 1:10, RVR1960

  Y todavía añade:

«A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.»

Juan 1:11, RVR1960

  Qué contraste tan extraordinario.

  De la ciudad del gran Rey a una tierra donde muchos no quisieron recibir al Rey.

  El Creador entró en su creación y su creación no lo reconoció.

  Aquel que conocía la gloria sería despreciado.

  Aquel que conocía el honor sería insultado.

  Aquel que venía de la presencia del Padre sería acusado por los hombres.

  Aquel que conocía la ciudad del gran Rey terminaría siendo llevado fuera de Jerusalén para morir sobre una cruz.

  Y Él sabía que todo eso ocurriría.

  Sin embargo, vino.

  Cada vez resulta más difícil leer esas palabras sin detenernos:

Vino.

  No porque nosotros hubiéramos sido fieles.

  Vino porque Él lo era.

  No porque hubiéramos demostrado cuánto lo amábamos.

  Vino para mostrarnos cuánto nos amaba Él.

  No vino porque la humanidad hubiera conservado perfectamente todo lo que Dios le había entregado.

  Vino precisamente porque lo habíamos perdido.

  Y aquí la ciudad del gran Rey comienza a cumplir su verdadero propósito dentro de nuestra investigación.

  No queremos conocerla simplemente para imaginar cómo podría verse.

  Queremos contemplar su grandeza para comprender un poco mejor la grandeza del amor de aquel que estuvo dispuesto a dejarla para venir por nosotros.

Finalización

  Todavía conocemos muy poco.

  Las Escrituras apenas han abierto algunas ventanas.

  Una ciudad.

  Un monte santo.

  Palacios.

  Moradas.

  Un río.

  Luz.

  Belleza.

  Alegría.

  Gloria.

  Y en el centro de todo, la presencia de Dios.

  Quizá nuestra imaginación sea incapaz de alcanzar la realidad que esas palabras intentan comunicar.

  Pero sabemos algo.

  Jesucristo la conocía.

  Él sabía lo que era estar con el Padre.

  Sabía lo que era la gloria.

  Sabía perfectamente de dónde venía.

  Y también sabía perfectamente a dónde iba.

  Sabía que nuestro mundo no se parecía a aquel.

  Sabía que aquí encontraría pecado.

  Sabía que encontraría sufrimiento.

  Sabía que encontraría rechazo.

  Sabía que encontraría una cruz.

  Y vino de todos modos.

  Por eso, cuanto más extraordinaria descubramos que era la realidad que Cristo conocía, más extraordinario resultará su amor.

  La ciudad nos habla de su grandeza.

  Pero haber estado dispuesto a dejarla para venir por nosotros nos habla de su corazón.

  Y todavía no hemos llegado al centro de aquel Reino.

  Porque las Escrituras presentan una imagen que aparece una y otra vez cuando los hombres reciben una visión de la majestad divina.

  Isaías la vio.

  Daniel la contempló.

  Juan intentó describirla.

  Una imagen de autoridad, santidad, poder y majestad.

  El trono de Dios.

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Dr. Elio M Rivera

  Hemos comenzado a contemplar, hasta donde las Escrituras nos lo permiten, la realidad que Jesucristo conocía antes de venir a nuestro mundo.

  La Biblia nos ha hablado de la morada de Dios.

  De poder y alegría.

  De una ciudad.

  Del monte santo.

  De palacios.

  De gloria.

  Pero ahora debemos dirigir nuestra mirada hacia el centro mismo del Reino.

  Porque una ciudad puede hablarnos de belleza.

  Un palacio puede hablarnos de grandeza.

  Pero un trono nos habla de un Rey.

  Y cuando diferentes hombres de la Biblia recibieron visiones extraordinarias de la realidad celestial, una imagen apareció una y otra vez delante de ellos:

  Dios estaba sentado sobre un trono.

  Isaías lo vio.

  Daniel lo vio.

  Juan lo vio.

  Vivieron en épocas diferentes y recibieron revelaciones diferentes, pero todos encontraron algo que permanece:

  hay un trono en el cielo.

  Y ese trono no está vacío.

Un trono que permanece para siempre

  El salmista declaró:

«Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de justicia es el cetro de tu reino.»

Salmo 45:6, RVR1960

  La primera característica que encontramos es extraordinaria:

  es eterno.

  Los seres humanos hemos levantado innumerables tronos.

  Faraones gobernaron Egipto.

  Reyes gobernaron Babilonia.

  Emperadores gobernaron Roma.

  Dinastías enteras parecieron invencibles durante algún tiempo.

  Construyeron palacios.

  Levantaron monumentos.

  Conquistaron territorios.

  Acumularon riquezas.

  Y desaparecieron.

  Sus tronos quedaron vacíos.

  Sus imperios terminaron.

  Sus palacios se convirtieron en ruinas.

  Sus nombres pasaron a los libros de historia.

  Pero existe un trono que nunca ha quedado vacío.

«Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre…»

  Antes de que existiera nuestro mundo, Dios era Rey.

  Antes de que apareciera el primer gobierno humano, Dios reinaba.

  Antes de Egipto.

  Antes de Babilonia.

  Antes de Roma.

  Antes de todas nuestras naciones.

  El trono ya estaba ocupado.

  Y seguirá estándolo cuando todos los reinos humanos que hoy parecen poderosos hayan pasado.

  Pero observe la segunda parte del versículo:

«…cetro de justicia es el cetro de tu reino.»

  Eso nos revela algo fundamental acerca del Rey.

  Su poder no está separado de su justicia.

  Dios no gobierna simplemente porque posee más poder que todos los demás.

  Gobierna justamente.

  Y esto resulta particularmente importante para comprender nuestra historia.

  Cuando Adán pecó, Dios no podía sencillamente ignorar el pecado.

  El Rey del universo es también un Rey justo.

  El mismo Dios que ama es el Dios cuyo cetro es un cetro de justicia.

  Por eso nuestro rescate no podía consistir simplemente en fingir que nada había sucedido.

  La justicia debía ser satisfecha.

  Y siglos después, aquel que conocía perfectamente la justicia del Reino vendría a nuestro mundo para asumir sobre sí el costo de nuestra redención.

  Pero todavía no lleguemos a la cruz.

  Primero contemplemos al Rey.

Isaías vio al Rey

  Alrededor del año en que murió el rey Uzías, Isaías recibió una visión que lo marcaría profundamente.

  Escribió:

«En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo.»

Isaías 6:1, RVR1960

  Un rey humano había muerto.

  Pero cuando Isaías levantó su mirada hacia la realidad celestial, descubrió que el verdadero Rey seguía sentado en su trono.

  Y no era un trono común.

  Era:

«alto y sublime».

  Sobre Él había serafines.

  Y aquellos seres celestiales clamaban unos a otros:

«Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.»

Isaías 6:3, RVR1960

  Observe algo maravilloso.

  Los seres que estaban cerca del trono no gritaban solamente:

  Poderoso.

  Poderoso.

  Poderoso.

  Aunque Dios es todopoderoso.

  Tampoco gritaban:

  Grande.

  Grande.

  Grande.

  Aunque su grandeza sobrepasa nuestra comprensión.

  Proclamaban:

«Santo, santo, santo».

  Porque en el centro del Reino no encontramos solamente poder.

  Encontramos santidad.

  El Dios que gobierna el universo no es un tirano celestial con poder ilimitado.

  Su carácter es santo.

  Su justicia es santa.

  Sus decisiones son santas.

  Su autoridad es santa.

  Y la escena era tan impresionante que los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz de quienes clamaban y la casa se llenó de humo.

  ¿Qué hizo Isaías cuando contempló aquello?

  No comenzó a describir emocionado la arquitectura.

  No preguntó cómo estaba construido el trono.

  Se vio a sí mismo.

  Y exclamó:

«¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios… han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.»

Isaías 6:5, RVR1960

  Eso es lo que produce la santidad cuando realmente la contemplamos.

  Nos muestra quién es Dios.

  Y al mismo tiempo nos permite ver quiénes somos nosotros.

  Isaías había visto al Rey.

Daniel contempló un tribunal celestial

  Mucho tiempo después, Daniel recibió otra visión.

  Pero esta vez la escena enfatiza algo diferente.

  Daniel escribió:

«Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días…»

Daniel 7:9, RVR1960

  Su descripción continúa:

«…su vestidura era blanca como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia; su trono llama de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente.»

Daniel 7:9, RVR1960

  Y después:

«Un río de fuego procedía y salía de delante de él; millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él; el Juez se sentó, y los libros fueron abiertos.»

Daniel 7:10, RVR1960

  La magnitud de la escena es difícil de imaginar.

  Fuego.

  Un trono.

  Innumerables seres.

  Libros abiertos.

  Y en medio de todo:

el Juez se sentó.

  Aquí descubrimos nuevamente que el trono no representa solamente poder.

  Representa justicia.

  Hay orden.

  Hay juicio.

  Hay autoridad.

  Nada parece improvisado.

  Nada está fuera de control.

  Ningún acontecimiento humano toma por sorpresa al Rey.

  Ningún imperio puede desplazarlo.

  Ninguna rebelión puede destronarlo.

  Y entonces Daniel observa algo extraordinario.

«Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre…»

Daniel 7:13, RVR1960

  A ese Hijo del Hombre:

«…le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran…»

Daniel 7:14, RVR1960

  Y Daniel añade:

«…su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.»

  Ahora nuestra serie acerca de Jesucristo adquiere todavía mayor profundidad.

  El título Hijo del Hombre, que Jesús utilizaría repetidamente para referirse a sí mismo, aparece aquí asociado con dominio, gloria y un reino eterno.

  El Jesús que posteriormente veríamos caminando por Galilea no era simplemente un maestro religioso que había aparecido en una pequeña provincia del Imperio romano.

  Su historia era infinitamente mayor.

Juan vio una puerta abierta en el cielo

  Siglos después, el apóstol Juan recibió otra visión.

  Escribió:

«Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo…»

Apocalipsis 4:1, RVR1960

  Y entonces:

«Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado.»

Apocalipsis 4:2, RVR1960

  Hay una palabra que fácilmente podemos pasar por alto:

«establecido».

  El trono no está tambaleándose.

  El cielo no está en crisis.

  Dios no está intentando conservar desesperadamente su autoridad.

  El trono está establecido.

  Juan contempla alrededor del trono un arco iris semejante en aspecto a la esmeralda.

  Ve relámpagos.

  Escucha truenos y voces.

  Contempla seres vivientes.

  Ve ancianos que se postran.

  Y nuevamente escucha la misma proclamación que había escuchado Isaías siglos antes:

«Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir.»

Apocalipsis 4:8, RVR1960

  Entonces ocurre algo que nos revela mucho acerca de aquel Reino.

  Los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, colocan sus coronas delante de Él y dicen:

«Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder…»

Apocalipsis 4:11, RVR1960

  Incluso las coronas terminan delante de su trono.

  Porque en aquel Reino nadie compite con Dios por la gloria.

  Nadie intenta arrebatarle su posición.

  Todo reconoce quién es el verdadero Rey.

  Hay autoridad.

  Pero también hay orden.

  Hay poder.

  Pero también santidad.

  Hay majestad.

  Pero también justicia.

  Hay adoración.

  Porque aquel que está sentado sobre el trono es digno.

¿Qué nos revela el trono acerca de Dios?

  Ahora podemos reunir las escenas.

  Salmo 45 nos muestra un trono eterno y un cetro de justicia.

  Isaías contempla al Rey alto y sublime, rodeado de proclamaciones de santidad.

  Daniel contempla al Juez, los libros abiertos y una multitud innumerable delante de Él.

  Juan contempla un trono establecido, rodeado de gloria, adoración y orden.

  Las cuatro ventanas apuntan hacia una misma realidad.

  Dios reina.

  Pero lo verdaderamente extraordinario no es solamente que tenga poder para reinar.

  Es la clase de Rey que es.

  Es santo.

  Es justo.

  Es eterno.

  Es majestuoso.

  Es digno.

  Su autoridad no depende de elecciones.

  Su reino no depende de ejércitos humanos.

  Su trono no depende de circunstancias favorables.

  Nadie se lo entregó.

  Y nadie puede quitárselo.

  Pero ahora llegamos al punto que transforma completamente este artículo.

  Porque nosotros no estamos estudiando el trono simplemente para conocer mejor el cielo.

  Estamos intentando conocer el corazón de Dios.

  Y para hacerlo debemos recordar quién vino a nuestro mundo.

  Juan comienza su Evangelio diciendo acerca de Jesucristo:

«…el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.»

Juan 1:1, RVR1960

  Y el Nuevo Testamento aplica precisamente las palabras del Salmo 45 al Hijo:

«Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino.»

Hebreos 1:8, RVR1960

  Esto hace que lo que ocurrió después resulte difícil de comprender.

  El que tenía derecho a un trono…

  aceptó un pesebre.

  El que poseía autoridad…

  aceptó convertirse en siervo.

  El Santo…

  vino a vivir entre pecadores.

  El Juez…

  permitió que hombres lo llevaran delante de tribunales humanos.

  El Rey…

  permitió que se burlaran de Él llamándolo rey.

  El que era digno de una corona…

  permitió que colocaran sobre su cabeza una corona de espinas.

  Y aquel delante de quien los seres celestiales se postran…

  un día se arrodillaría delante de sus propios discípulos para lavarles los pies.

  Detengámonos allí.

  Porque quizá pocas escenas nos muestran con tanta claridad el corazón de Dios.

  Jesús sabía perfectamente quién era.

  Sabía de dónde había venido.

  Conocía la gloria.

  Conocía la autoridad.

  Conocía el Reino.

  Y precisamente por eso su humildad resulta todavía más impresionante.

  No servía porque fuera inferior.

  Servía porque amaba.

  No descendió porque hubiera perdido su Reino.

  Descendió para rescatarnos.

  No vino porque nosotros hubiéramos honrado al Rey.

  Vino a buscar a una humanidad que se había rebelado contra Él.

  El pecado había despreciado su autoridad.

  La humanidad había quebrantado su voluntad.

  Y aun así, el Rey decidió acercarse.

  No para destruir inmediatamente a los rebeldes.

  Sino para abrirles un camino de regreso.

Finalización

  Quizá al comenzar este artículo esperábamos descubrir cómo era el trono de Dios.

  Y la Biblia nos permitió contemplar algunos destellos extraordinarios.

  Un trono alto y sublime.

  Fuego.

  Relámpagos.

  Multitudes innumerables.

  Seres celestiales.

  Adoración.

  Gloria.

  Majestad.

  Pero al final descubrimos algo mucho más importante que la apariencia del trono.

  Descubrimos algo acerca de quien está sentado en él.

  El Rey es poderoso.

  Pero su poder es santo.

  El Rey tiene autoridad.

  Pero su cetro es de justicia.

  El Rey es majestuoso.

  Pero también es capaz de inclinarse para servir.

  El Rey es digno de adoración.

  Pero estuvo dispuesto a recibir desprecio para rescatar a quienes se habían alejado de Él.

  Y entonces comenzamos a comprender algo que quizá sea una de las grandes revelaciones de nuestro recorrido:

  La grandeza de Dios no se observa solamente en lo alto que está su trono.

  También se observa en lo bajo que estuvo dispuesto a descender por amor.

  Desde aquel trono eterno…

  hasta un pesebre.

  Desde la adoración celestial…

  hasta el rechazo de los hombres.

  Desde la majestad del Rey…

  hasta la condición de siervo.

  Y finalmente…

  hasta una cruz.

  Cuanto más conocemos quién era Jesucristo antes de venir, más extraordinario comienza a parecernos que haya venido.

  Pero todavía necesitamos detenernos en algo que Jesús mismo mencionó pocas horas antes de morir.

  No habló solamente del lugar donde había estado.

  Habló de algo que había poseído junto al Padre antes que el mundo fuese.

  Algo que dejó atrás cuando entró en nuestra condición humana.

  Su gloria.

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