Dr. Elio M Rivera
Texto clave
“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios…”
1 Pedro 3:18, RVR1960
Llegamos al final de esta historia.
Comenzamos delante de un tribunal.
Había un Juez.
Había una ley quebrantada.
Había un acusado.
Había evidencia.
Había una deuda.
Había un acta que estaba contra nosotros.
Y había una sentencia:
“La paga del pecado es muerte.”
Pero la historia no terminó allí.
El Juez amaba al culpable.
Sin abandonar su justicia, proporcionó un Sustituto.
El Hijo de Dios se hizo hombre.
El Justo ocupó el lugar de los injustos.
La deuda fue pagada.
El acta fue quitada de en medio.
Cristo declaró:
“Consumado es.”
Parecería que allí podríamos terminar esta serie.
El caso ha sido resuelto.
La justicia ha sido satisfecha.
La deuda ha sido pagada.
Pero Dios quería hacer algo todavía más extraordinario.
No solamente quería sacar al culpable del tribunal.
Quería llevarlo de regreso a casa.
“Para llevarnos a Dios”
Hay algo profundamente conmovedor en las palabras de Pedro.
“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos…”
Eso ya lo hemos estudiado.
El Justo.
Por los injustos.
El Sustituto.
La Cruz.
El sacrificio.
Pero Pedro todavía no ha terminado la frase.
Nos explica para qué ocurrió todo aquello:
“…para llevarnos a Dios.”
Ese era el propósito.
No solamente librarnos del castigo.
Llevarnos a Dios.
No solamente cancelar una deuda.
Llevarnos a Dios.
No solamente cerrar un expediente.
Llevarnos a Dios.
No solamente evitar la condenación.
Llevarnos a Dios.
El Evangelio no termina cuando el acusado abandona libre el tribunal.
Continúa hasta que aquel que estaba lejos:
regresa a casa.
Pablo lo expresa de una manera hermosa:
“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo…”
Romanos 5:10, RVR1960
La palabra es:
reconciliados.
Eso significa que el problema nunca fue solamente jurídico.
Era también relacional.
Habíamos pecado contra Alguien.
Nos habíamos alejado de Alguien.
Habíamos perdido comunión con Alguien.
Y ese Alguien era:
nuestro Creador.
Por eso la salvación no podía terminar simplemente con una deuda cancelada.
Dios quería restaurar la relación.

El camino que se cerró en Edén comenzó a abrirse nuevamente.
Regresemos por un momento al principio.
Después del pecado ocurrió algo terrible:
“Echó, pues, fuera al hombre…”
Génesis 3:24, RVR1960
Qué frase tan dolorosa.
Fuera.
El hombre que había sido creado para vivir en comunión con Dios quedó fuera.
Fuera del huerto.
Fuera del acceso al árbol de la vida.
Fuera de aquella comunión que había conocido.
Y Dios colocó querubines:
“…y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.”
Génesis 3:24, RVR1960
El camino quedó cerrado.
Pero ahora contemple lo que ocurrió en la muerte de Jesucristo.
Mateo registra:
“Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo…”
Mateo 27:51, RVR1960
De arriba abajo.
No de abajo arriba.
La iniciativa nuevamente venía de Dios.
Hebreos interpreta el acceso que tenemos por medio de Cristo:
“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió…”
Hebreos 10:19-20, RVR1960
Observe la palabra:
“camino.”
En Génesis:
el camino fue guardado.
En Hebreos:
Cristo abrió un camino.
La historia que comenzó con una puerta cerrada estaba avanzando hacia una puerta abierta.
Y el precio para abrirla fue:
la sangre de Jesucristo.
Ya no éramos solamente acusados
Aquí la historia se vuelve todavía más hermosa.
¿Qué esperaba el culpable?
Quizá solamente misericordia.
Quizá simplemente no ser condenado.
Quizá salir del tribunal y marcharse rápidamente antes de que el Juez cambiara de opinión.
Pero el Evangelio ofrece mucho más.
Pablo escribe:
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús…”
Romanos 8:1, RVR1960
Ninguna condenación.
Pero Dios no se detuvo allí.
Juan escribe:
“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios…”
1 Juan 3:1, RVR1960
Piense en la enorme distancia entre esas dos condiciones:
acusado
e:
hijo.
Llegamos culpables.
Y Dios quiso recibirnos como hijos.
Estábamos lejos.
Y quiso acercarnos.
Éramos enemigos.
Y quiso reconciliarnos.
Estábamos fuera.
Y quiso llevarnos nuevamente a su presencia.
Pablo dice:
“Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.”
Efesios 2:13, RVR1960
Antes:
lejos.
Ahora:
cercanos.
Ese es el resultado de la Cruz.
Y pocos versículos después Pablo llega todavía más lejos:
“Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.”
Efesios 2:18, RVR1960
Entrada al Padre.
La puerta estaba abierta.
Pero todavía faltaba una sorpresa:
“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.”
Efesios 2:19, RVR1960
El Juez no solamente absolvió al culpable.
Le abrió la puerta de su casa.
Y le dijo:
Entra.
La justicia no terminó expulsándonos; terminó haciendo posible nuestro regreso.
Esto cambia nuestra manera de entender toda esta serie.
La justicia divina no era nuestro enemigo.
Nuestro enemigo era:
el pecado.
La justicia simplemente decía la verdad acerca de nuestra condición.
Éramos culpables.
Pero el mismo Dios que estableció la justicia proporcionó la manera justa de salvarnos.
Por eso David podía decir:
“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro.”
Salmo 89:14, RVR1960
Nunca hubo que escoger entre justicia y misericordia.
En la Cruz permanecieron ambas.
Dios continuó siendo justo.
Y nosotros pudimos recibir misericordia.
La justicia recibió el pago.
El pecador recibió perdón.
La deuda fue satisfecha.
El acta fue quitada.
La condenación perdió su reclamación sobre aquel que está en Cristo.
Y el camino hacia Dios quedó abierto.
Por eso Pablo pudo escribir:
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.”
Romanos 5:1, RVR1960
Después de toda esta historia:
paz.
Paz con el Juez.
Paz con el Creador.
Paz con el Padre.
Paz con Dios.
Pero la Cruz no fue el primer sacrificio de Jesucristo
Aquí podríamos terminar.
Sería un final perfecto.
Cristo murió.
La deuda fue pagada.
El camino quedó abierto.
Regresamos a casa.
Pero hay una pregunta que durante mucho tiempo quizá no nos hemos hecho.
¿Cuándo comenzó realmente el sacrificio de Jesucristo por nosotros?
Casi siempre pensamos inmediatamente en la Cruz.
Y tenemos razón al colocarla en el centro.
La Cruz fue el sacrificio máximo de Jesucristo.
Nada de lo que estudiaremos después disminuirá el Calvario.
Nada competirá con él.
Nada ocupará su lugar.
Allí entregó su vida.
Allí derramó su sangre.
Allí murió el Justo por los injustos.
Allí pagó nuestra deuda.
La Cruz fue el sacrificio supremo.
Pero no fue:
el primer sacrificio.
Mucho antes de los clavos hubo renuncias.
Mucho antes de la corona de espinas hubo una decisión.
Mucho antes de que su cuerpo fuera colocado sobre un madero, el Hijo había aceptado venir a vivir entre nosotros.
Juan registra una oración de Jesús que nos permite mirar hacia aquello que existía antes de Belén:
“Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.”
Juan 17:5, RVR1960
Había una gloria que tenía antes de venir.
Y Pablo escribe:
“El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.”
Filipenses 2:6-7, RVR1960
Antes de contemplar a Cristo muriendo como hombre:
debemos recordar quién era antes de hacerse hombre.
Antes de mirar lo que sufrió en la Cruz:
debemos mirar lo que estuvo dispuesto a dejar para llegar hasta ella.
Antes de escuchar:
“Consumado es”
hubo un momento en el que el Hijo estuvo dispuesto a decir, en efecto:
Iré.
Y entre aquella decisión de venir y el momento en que finalmente entregó su vida en el Calvario hubo toda una historia.
Una historia de sacrificios que con frecuencia pasamos por alto.
Hubo sacrificios antes de la Cruz.
Pensamos en los clavos.
Pero antes hubo:
Belén.
Pensamos en la desnudez y humillación del Calvario.
Pero antes estuvo el Hijo eterno aceptando:
“…forma de siervo, hecho semejante a los hombres.”
Pensamos en aquel que no tenía dónde recostar su cabeza.
Pero antes había existido:
“…aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.”
Pensamos en los hombres rechazándolo.
Pero pocas veces nos detenemos a considerar de dónde había venido Aquel a quien estaban rechazando.
Juan lo resume en palabras impresionantes:
“En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.”
Juan 1:10, RVR1960
El Creador entró en el mundo que había creado.
Y:
“A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.”
Juan 1:11, RVR1960
La Cruz estaba al final del camino.
Pero el camino mismo estuvo lleno de entrega.
El Hijo dejó la gloria que tenía con el Padre.
Entró en el tiempo.
Tomó naturaleza humana.
Nació.
Dependió del cuidado de otros.
Creció.
Vivió bajo las limitaciones propias de una verdadera humanidad.
Fue rechazado.
Fue incomprendido.
Fue despreciado.
Sirvió.
Se cansó.
Tuvo hambre.
Tuvo sed.
Lloró.
Y finalmente:
entregó su vida.
No todo aquello tuvo la misma función expiatoria de la Cruz.
Pero todo aquello nos permite contemplar algo que merece nuestra atención:
Antes de la Cruz hubo mucho que dejó
Quizá hemos contemplado demasiado rápidamente el viaje entre:
la gloria
y:
el Gólgota.
Sabemos mucho acerca del final.
Pero ¿qué había al principio?
¿Cómo era la existencia del Hijo antes de Belén?
¿Qué gloria tenía?
¿Qué comunión disfrutaba con el Padre?
¿Qué autoridad poseía?
¿Qué lugar ocupaba?
¿Qué significa que aquel por quien fueron hechas todas las cosas aceptara entrar en su propia creación?
¿Qué significó pasar de la gloria celestial a una casa humilde?
¿Qué significó para el Rey tomar forma de siervo?
¿Qué significó para el Creador permitir que criaturas hechas por Él lo rechazaran?
¿Qué sacrificios existieron entre:
“el Verbo era Dios”
y:
“Consumado es”?
La Biblia no responde cada detalle que nuestra imaginación quisiera conocer, y donde ella guarda silencio nosotros también debemos distinguir cuidadosamente entre lo revelado y lo imaginado.
Pero revela suficiente para hacernos comprender algo extraordinario:
la Cruz fue el sacrificio máximo de Jesucristo, pero el amor que lo llevó a la Cruz había comenzado a manifestarse mucho antes del Calvario.
Por eso nuestra historia no termina aquí.
En realidad:
estamos preparados para mirar hacia atrás.
No para alejarnos de la Cruz.
Sino para comprender mejor al que murió en ella.
Ahora queremos seguir el camino en sentido contrario.
Desde el Calvario:
hasta Belén.
Desde Belén:
hacia aquella gloria que Cristo tenía con el Padre antes que el mundo fuese.
Queremos descubrir los sacrificios que existieron antes del sacrificio máximo.
Las renuncias antes de los clavos.
La entrega antes de la sangre.
El descenso antes del Calvario.
Porque quizá, cuando comprendamos un poco mejor todo lo que estuvo dispuesto a dejar antes de entregar finalmente su vida, comprenderemos también algo mucho más profundo:
el corazón de Dios.
Esta serie comenzó preguntando qué haría la justicia divina con nosotros.
Terminamos descubriendo algo que jamás habríamos imaginado:
el Juez pagó el precio para abrirnos la puerta de su propia casa.
Y ahora que la puerta está abierta, ha llegado el momento de conocer mejor:
el corazón de Aquel que estuvo dispuesto a hacerlo.
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