Dr. Elio M Rivera
Para comprender la justicia celestial y, finalmente, entender por qué Jesucristo tuvo que ir a la Cruz, necesitamos regresar por un momento al principio de la historia humana.
La Biblia relata que Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza y los colocó en un lugar extraordinario. Adán y Eva disfrutaban de la presencia de Dios, tenían provisión, propósito, autoridad y libertad. Sin embargo, dentro de aquella libertad existía también una responsabilidad.
Dios les había dado una instrucción clara:
“Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.”
Génesis 2:17, RVR1960
El problema comenzó cuando el ser humano decidió desobedecer.
Adán y Eva tomaron una decisión que cambiaría la historia de la humanidad. No se trató solamente de comer del fruto de un árbol. Detrás de aquella acción había desobediencia, rebelión y el deseo de decidir independientemente de Dios.
El hombre que había sido creado para vivir en comunión con su Creador se apartó voluntariamente de Él.
Y las consecuencias fueron enormes.
El pecado entró en la experiencia humana. La comunión con Dios fue quebrantada. Aparecieron la vergüenza, el miedo y la separación. Y posteriormente la humanidad comenzaría a experimentar las terribles consecuencias de vivir fuera de la perfecta voluntad de Dios.
El apóstol Pablo resumiría siglos después la gravedad de lo sucedido:
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.”
Romanos 5:12, RVR1960
Pero apareció además un problema que muchas veces pasamos por alto:
El hombre ahora tenía un problema con la justicia de Dios.
La Biblia declara:
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23, RVR1960
Y también:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
De manera que el problema del hombre no consistía únicamente en que había perdido el Edén. Tampoco se limitaba al sufrimiento que comenzaría a experimentar lejos de Dios.
Había ocurrido algo todavía más profundo:
El hombre se había convertido en culpable delante de la justicia celestial.
En nuestro libro “Adán y Eva: ¿culpables o inocentes?”, así como en las series de Cristopedia dedicadas a estudiar lo que realmente sucedió en el Edén, analizamos con mayor profundidad la responsabilidad de Adán y Eva, las decisiones que tomaron y las consecuencias que aquellas decisiones trajeron sobre la experiencia humana.
Le invitamos a estudiar ese material, porque nos ayudará a comprender el punto desde el cual comienza esta nueva serie.
Aquí no volveremos a desarrollar ampliamente todo lo ocurrido en Edén. Ahora queremos avanzar hacia otra pregunta:
¿Qué sucedió cuando el hombre culpable quedó frente a la justicia de un Dios perfectamente justo?
Esta pregunta es fundamental.
Porque Dios es amor, pero Dios también es justo.
Él ama profundamente al ser humano, pero no puede llamar bueno a lo que es malo. No puede aprobar la injusticia. No puede contemplar eternamente la maldad como si nada hubiera sucedido. Su carácter es santo y su Reino está fundamentado en justicia.
La Escritura declara:
“Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de justicia es el cetro de tu reino.”
Salmo 45:6, RVR1960
Y aquí comienza uno de los grandes dilemas de la historia de la redención:
Dios amaba al hombre, pero el hombre era culpable.
Dios quería rescatarlo, pero Dios también era justo.
¿Cómo podía perdonar al culpable sin convertir la justicia en injusticia?
¿Cómo podía abrir nuevamente el camino hacia su presencia sin simplemente ignorar lo que había sucedido?
¿Cómo podía salvar al hombre y, al mismo tiempo, permanecer perfectamente justo?
Para comprender la respuesta tendremos que conocer primero la justicia celestial.
Descubriremos que la justicia de Dios no es algo cruel ni desagradable. Por el contrario, veremos su belleza y comprenderemos por qué un Reino verdaderamente perfecto necesita ser también perfectamente justo.
Estudiaremos cómo mira Dios la maldad, por qué no está de acuerdo con ella, por qué habrá un juicio y por qué el hecho de que Dios no juzgue inmediatamente al pecador no significa que apruebe sus acciones. Muchas veces, su paciencia es precisamente una oportunidad para que el ser humano se arrepienta y regrese a Él.
Pero, sobre todo, esta serie nos conducirá lentamente hacia una colina fuera de Jerusalén.
Porque el problema que comenzó con el pecado del hombre y que parecía imposible de resolver delante de la justicia divina encontraría finalmente una respuesta.
La respuesta sería la Cruz.
Allí comprenderemos algo extraordinario:
Dios no tuvo que escoger entre amarnos o ser justo.
En Jesucristo, el amor de Dios y su justicia se encontraron.
La deuda que nosotros no podíamos pagar encontró una respuesta.
Y el camino de regreso al Padre comenzó a abrirse.
Para comprender la grandeza de la Cruz, primero necesitamos comprender la grandeza de la justicia que tenía que ser satisfecha.
Bienvenidos a esta serie: “La Justicia Celestial”.
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