Para comprender la justicia celestial y, finalmente, entender por qué Jesucristo tuvo que ir a la Cruz, necesitamos regresar por un momento al principio de la historia humana.
La Biblia relata que Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza y los colocó en un lugar extraordinario. Adán y Eva disfrutaban de la presencia de Dios, tenían provisión, propósito, autoridad y libertad. Sin embargo, dentro de aquella libertad existía también una responsabilidad.
Dios les había dado una instrucción clara:
“Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.”
Génesis 2:17, RVR1960
El problema comenzó cuando el ser humano decidió desobedecer.
Adán y Eva tomaron una decisión que cambiaría la historia de la humanidad. No se trató solamente de comer del fruto de un árbol. Detrás de aquella acción había desobediencia, rebelión y el deseo de decidir independientemente de Dios.
El hombre que había sido creado para vivir en comunión con su Creador se apartó voluntariamente de Él.
Y las consecuencias fueron enormes.
El pecado entró en la experiencia humana. La comunión con Dios fue quebrantada. Aparecieron la vergüenza, el miedo y la separación. Y posteriormente la humanidad comenzaría a experimentar las terribles consecuencias de vivir fuera de la perfecta voluntad de Dios.
El apóstol Pablo resumiría siglos después la gravedad de lo sucedido:
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.”
Romanos 5:12, RVR1960
Pero apareció además un problema que muchas veces pasamos por alto:
El hombre ahora tenía un problema con la justicia de Dios.
La Biblia declara:
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23, RVR1960
Y también:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
De manera que el problema del hombre no consistía únicamente en que había perdido el Edén. Tampoco se limitaba al sufrimiento que comenzaría a experimentar lejos de Dios.
Había ocurrido algo todavía más profundo:
El hombre se había convertido en culpable delante de la justicia celestial.
En nuestro libro “Adán y Eva: ¿culpables o inocentes?”, así como en las series de Cristopedia dedicadas a estudiar lo que realmente sucedió en el Edén, analizamos con mayor profundidad la responsabilidad de Adán y Eva, las decisiones que tomaron y las consecuencias que aquellas decisiones trajeron sobre la experiencia humana.
Le invitamos a estudiar ese material, porque nos ayudará a comprender el punto desde el cual comienza esta nueva serie.
Aquí no volveremos a desarrollar ampliamente todo lo ocurrido en Edén. Ahora queremos avanzar hacia otra pregunta:
¿Qué sucedió cuando el hombre culpable quedó frente a la justicia de un Dios perfectamente justo?
Esta pregunta es fundamental.
Porque Dios es amor, pero Dios también es justo.
Él ama profundamente al ser humano, pero no puede llamar bueno a lo que es malo. No puede aprobar la injusticia. No puede contemplar eternamente la maldad como si nada hubiera sucedido. Su carácter es santo y su Reino está fundamentado en justicia.
La Escritura declara:
“Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de justicia es el cetro de tu reino.”
Salmo 45:6, RVR1960
Y aquí comienza uno de los grandes dilemas de la historia de la redención:
Dios amaba al hombre, pero el hombre era culpable.
Dios quería rescatarlo, pero Dios también era justo.
¿Cómo podía perdonar al culpable sin convertir la justicia en injusticia?
¿Cómo podía abrir nuevamente el camino hacia su presencia sin simplemente ignorar lo que había sucedido?
¿Cómo podía salvar al hombre y, al mismo tiempo, permanecer perfectamente justo?
Para comprender la respuesta tendremos que conocer primero la justicia celestial.
Descubriremos que la justicia de Dios no es algo cruel ni desagradable. Por el contrario, veremos su belleza y comprenderemos por qué un Reino verdaderamente perfecto necesita ser también perfectamente justo.
Estudiaremos cómo mira Dios la maldad, por qué no está de acuerdo con ella, por qué habrá un juicio y por qué el hecho de que Dios no juzgue inmediatamente al pecador no significa que apruebe sus acciones. Muchas veces, su paciencia es precisamente una oportunidad para que el ser humano se arrepienta y regrese a Él.
Pero, sobre todo, esta serie nos conducirá lentamente hacia una colina fuera de Jerusalén.
Porque el problema que comenzó con el pecado del hombre y que parecía imposible de resolver delante de la justicia divina encontraría finalmente una respuesta.
La respuesta sería la Cruz.
Allí comprenderemos algo extraordinario:
Dios no tuvo que escoger entre amarnos o ser justo.
En Jesucristo, el amor de Dios y su justicia se encontraron.
La deuda que nosotros no podíamos pagar encontró una respuesta.
Y el camino de regreso al Padre comenzó a abrirse.
Para comprender la grandeza de la Cruz, primero necesitamos comprender la grandeza de la justicia que tenía que ser satisfecha.
Bienvenidos a esta serie: “La Justicia Celestial”.
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“Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de justicia es el cetro de tu reino.”
Salmo 45:6, RVR1960
Cuando escuchamos hablar acerca de la justicia de Dios, probablemente algunas personas inmediatamente piensan en juicio, castigo, condenación o temor. Sin embargo, antes de estudiar esas cosas, quisiera invitarle a contemplar la justicia divina desde una perspectiva completamente diferente.
Quiero que por unos momentos imaginemos un reino perfectamente justo.
Imagine un lugar donde ningún juez puede ser comprado.
Un reino donde el dinero de una persona no puede cambiar una sentencia; donde el poderoso no recibe un trato diferente al pobre; donde nadie puede utilizar sus influencias para escapar de las consecuencias de sus actos; donde ninguna amistad puede torcer un veredicto y donde ningún gobernante está por encima de la justicia.
Imagine un reino donde jamás existe corrupción.
No existen sobornos debajo de la mesa. No existen expedientes que desaparecen misteriosamente. No existen testigos comprados. No existen jueces que favorezcan a sus amigos. No existen personas suficientemente poderosas para colocarse por encima de la ley.
Imagine también un reino donde ninguna víctima es olvidada.
Donde el clamor del débil tiene exactamente el mismo valor que el del poderoso. Donde el pobre puede presentarse delante del Juez con la seguridad de que será escuchado. Donde la viuda, el huérfano, el extranjero y la persona indefensa saben que alguien defenderá justamente su causa.
Probablemente un reino semejante nos parecería maravilloso.
Y precisamente así debemos comenzar nuestro estudio de la justicia celestial.
La Biblia describe el Reino de Dios con una declaración extraordinaria:
“Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de justicia es el cetro de tu reino.”
Salmo 45:6, RVR1960
Observe cuidadosamente las palabras utilizadas por el salmista.
No dice simplemente que Dios algunas veces practica la justicia. Tampoco presenta la justicia como una actividad ocasional de Dios.
Dice:
“Cetro de justicia es el cetro de tu reino.”
El cetro representa gobierno y autoridad. Por lo tanto, la imagen que encontramos en este pasaje es la de un Reino gobernado bajo justicia.
Esto significa que cuando hablamos del cielo y del Reino de Dios no solamente debemos pensar en su hermosura, su gloria, su paz o su grandeza.
También debemos pensar en su justicia.
Y esto es maravilloso.
Porque ¿de qué serviría vivir eternamente en una ciudad extraordinariamente hermosa si dentro de ella continuara existiendo corrupción?
¿De qué servirían calles hermosas si tuviéramos miedo de caminar por ellas?
¿De qué servirían grandes moradas si alguien pudiera robarnos lo que tenemos?
¿De qué serviría vivir eternamente si todavía existieran personas utilizando su poder para perjudicar a los demás?
La belleza del Reino de Dios no consiste solamente en cómo será ese Reino.
Parte de su belleza consiste en cómo será gobernado.

En nuestro mundo estamos acostumbrados a escuchar historias de corrupción. Sabemos que el dinero, las relaciones, el poder y las influencias pueden afectar las decisiones humanas.
Pero delante de Dios esas cosas pierden completamente su valor.
Moisés describió a Dios de una manera extraordinaria:
“Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho.”
Deuteronomio 10:17, RVR1960
Deténgase por un momento en esas últimas palabras:
“Ni toma cohecho.”
En otras palabras, nadie puede comprar al Juez del cielo.
No existe suficiente dinero para hacerlo.
No existe posición social suficientemente importante.
No existe influencia política.
No existe apellido.
No existe amistad.
No existe poder humano capaz de torcer la justicia de Dios.
Y existe una razón muy sencilla: Dios no necesita absolutamente nada de nosotros.
¿Cómo podríamos sobornar al dueño de todas las cosas?
¿Qué podríamos ofrecerle a Aquel a quien pertenece todo?
El hombre puede comprar a otro hombre porque puede ofrecerle algo que desea. Pero nadie puede acercarse al trono celestial y ofrecerle a Dios algo que Él necesite a cambio de modificar su justicia.
El Juez de toda la tierra no está en venta.
Existe otra característica extraordinaria de la justicia celestial.
Dios no juzga a las personas por su apariencia, riqueza, nacionalidad, educación, posición social o influencia.
El apóstol Pablo escribió:
“Porque no hay acepción de personas para con Dios.”
Romanos 2:11, RVR1960
Esta pequeña declaración tiene enormes implicaciones.
Delante del tribunal de Dios, el millonario y el pobre comparecen delante del mismo Juez.
El rey y el campesino.
El gobernante y el ciudadano.
El famoso y el desconocido.
El religioso y el que nunca tuvo reconocimiento alguno.
Todos están delante de la misma justicia.
Nadie recibe una sentencia favorable simplemente porque fue importante en la Tierra.
Nadie puede mostrar sus títulos para impresionar a Dios.
Nadie puede mencionar sus amistades.
Nadie puede utilizar su cuenta bancaria.
Nadie puede intimidar al Juez.
Y nadie puede escapar porque conoce a alguien importante.
Ante Dios no existe favoritismo.
Muchas veces presentamos la justicia divina únicamente desde su aspecto más serio: Dios juzga el pecado.
Y ciertamente tendremos que hablar de ello.
Pero todavía no.
Antes quiero que contemplemos su belleza.
Imagine vivir en un Reino donde usted jamás tendrá que preocuparse porque alguien poderoso pueda perjudicarlo y después comprar al juez.
Imagine vivir donde jamás tendrá que preguntarse si se hará justicia.
Imagine un lugar donde ninguna persona tenga miedo de denunciar una injusticia porque el culpable tenga más dinero, poder o conexiones.
Imagine vivir bajo un Rey absolutamente bueno y perfectamente justo.
Eso cambia completamente nuestra manera de mirar la justicia divina.
La justicia no es una imperfección del carácter de Dios.
Es una de las razones por las cuales su Reino es hermoso.
Hagámonos una pregunta sencilla.
Si vamos a vivir eternamente bajo el gobierno de alguien, ¿qué clase de gobernante quisiéramos tener?
¿Un gobernante que algunas veces haga justicia y otras veces no?
¿Uno que favorezca a sus amigos?
¿Uno que pueda ser comprado?
¿Uno que ignore el sufrimiento de las víctimas?
¿Uno que permita que los poderosos hagan lo que quieran?
¿Uno que cambie las reglas dependiendo de quién se encuentre delante de él?
Seguramente no.
Quisiéramos un Rey perfectamente bueno.
Pero también quisiéramos un Rey perfectamente justo.
Y eso es precisamente lo que la Biblia declara acerca de Dios.
Abraham hizo una de las preguntas más importantes que encontramos en las Escrituras:
“El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?”
Génesis 18:25, RVR1960
La pregunta contiene una verdad extraordinaria.
Existe un Juez sobre toda la tierra.
Y ese Juez hace justicia.
Hasta este momento todo parece maravilloso.
Queremos un Dios justo.
Queremos un Reino justo.
Queremos que el mal sea juzgado.
Queremos que las víctimas sean defendidas.
Queremos que nadie pueda comprar al Juez.
Queremos que no exista favoritismo.
Queremos que nadie quede impune simplemente porque tiene poder.
Todo esto suena extraordinariamente hermoso.
Pero existe una pregunta que cambia completamente la dirección de nuestro estudio:
¿Qué sucede cuando nosotros somos los que tenemos que comparecer delante de ese Juez?
Porque es relativamente sencillo pedir justicia cuando alguien nos hizo daño.
Cuando somos las víctimas queremos que se investigue.
Queremos que se descubra la verdad.
Queremos que el culpable responda.
Queremos justicia.
Pero ¿qué sucede cuando nosotros somos los culpables?
Precisamente aquí comienza el problema de la raza humana.
Como estudiamos anteriormente, el pecado entró en la historia humana y el hombre quedó en una situación muy seria delante de Dios. La Escritura declara que todos pecamos y fuimos destituidos de la gloria de Dios.
De repente, aquella justicia perfecta que parecía tan hermosa comenzó a representar un problema para nosotros.
No porque la justicia tuviera algo malo.
Sino porque nosotros habíamos quebrantado sus principios.
Y si acabamos de decir que Dios no acepta sobornos, no tiene favoritos, no cambia sus principios y no permite que la injusticia gobierne su Reino, entonces surge una pregunta inevitable:
¿Qué hará este Juez perfectamente justo con nosotros?
Esa pregunta nos acompañará durante esta serie.
Y poco a poco descubriremos algo extraordinario.
El Dios cuya justicia no podía ser comprada tampoco quiso abandonarnos.
El Dios que no podía llamar inocente a la maldad amaba profundamente al ser humano.
El Juez era justo.
Pero el Juez también nos amaba.
Y precisamente allí comenzaría a prepararse uno de los acontecimientos más extraordinarios de toda la historia.
Porque muchos siglos después, fuera de los muros de Jerusalén, la justicia y el amor de Dios se encontrarían frente a una Cruz.
Pero antes de llegar hasta allí necesitamos comprender algo más.
Necesitamos descubrir la belleza de la justicia.
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“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro.”
Salmo 89:14, RVR1960
Quisiera comenzar este artículo invitándole a imaginar algo que probablemente todos hemos deseado alguna vez:
Un mundo perfectamente justo.
Imagine por unos momentos un mundo donde nadie pudiera abusar de otra persona sin que existiera una respuesta.
Un mundo donde ninguna lágrima causada por la injusticia fuera ignorada.
Donde ninguna víctima fuera olvidada.
Donde ninguna persona pudiera enriquecerse destruyendo la vida de otras.
Donde nadie pudiera utilizar su poder para oprimir al débil.
Donde ninguna mentira pudiera ocultar permanentemente la verdad.
Donde ninguna persona inocente fuera condenada y ningún culpable pudiera comprar su libertad.
¿Sería terrible vivir en un mundo semejante?
Por supuesto que no.
Sería maravilloso.
Y esto nos ayuda a comprender algo fundamental acerca de la justicia de Dios:
La justicia no es algo feo. La justicia es hermosa.
Para comprender la belleza de la justicia, hagamos el ejercicio contrario.
Imagine un mundo donde no existiera absolutamente ninguna justicia.
Una persona podría robar y nadie podría hacer nada.
Alguien podría engañar a otro y jamás tendría que responder por ello.
El poderoso podría abusar del débil sin consecuencia alguna.
El violento podría destruir una familia y continuar su camino tranquilamente.
Los gobernantes podrían utilizar su autoridad para enriquecerse, oprimir y perjudicar a otros sin tener que rendir cuentas.
La mentira tendría el mismo valor que la verdad.
La inocencia no tendría importancia.
La culpabilidad tampoco.
No existirían tribunales.
No existirían sentencias.
No existirían consecuencias.
Cada persona podría hacer exactamente lo que quisiera, independientemente del daño que causara a los demás.
Un mundo semejante no sería un paraíso.
Sería una pesadilla.
Y precisamente por eso necesitamos justicia.

Dios quiere llevarnos a un mundo con justicia perfecta
Con frecuencia pensamos que la justicia existe únicamente para castigar al culpable.
Pero la justicia también existe para proteger al inocente.
Cuando una sociedad establece leyes contra el robo, no solamente está amenazando al ladrón con una consecuencia. También está protegiendo aquello que pertenece a los demás.
Cuando existen leyes contra la violencia, no solamente se está pensando en castigar al violento. Se está defendiendo la vida y la integridad de las personas.
Cuando se castiga el fraude, se está protegiendo a quien trabaja honestamente.
Cuando se condena la mentira dentro de un tribunal, se está protegiendo la verdad.
Por eso la justicia tiene una dimensión extraordinariamente hermosa:
pone límites al mal para proteger el bien.
Y si esto es importante dentro de los imperfectos sistemas humanos, cuánto más importante será dentro del Reino de Dios.
Una de las características hermosas de la justicia bíblica es la preocupación de Dios por aquellos que fácilmente podían ser ignorados por los poderosos.
La Escritura dice:
“Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios en su santa morada.”
Salmo 68:5, RVR1960
Esto nos permite contemplar la justicia desde otra perspectiva.
Cuando Dios hace justicia, no debemos imaginar únicamente un tribunal y un culpable esperando sentencia.
También debemos imaginar a la víctima esperando que alguien escuche su historia.
Debemos pensar en la persona que fue lastimada y nunca pudo defenderse.
En aquel a quien nadie quiso escuchar.
En aquel que no tenía dinero para defenderse.
En aquel cuya voz fue silenciada.
En aquel que murió sin ver que se hiciera justicia.
Los seres humanos podemos olvidar.
Dios no olvida.
Existen injusticias que jamás llegan delante de un tribunal humano.
Existen cosas que nadie descubre.
Existen sufrimientos que solamente conoce quien los padeció.
Existen lágrimas que se derraman cuando nadie está mirando.
Pero la Biblia presenta una imagen profundamente conmovedora:
“Mis huidas tú has contado; pon mis lágrimas en tu redoma; ¿no están ellas en tu libro?”
Salmo 56:8, RVR1960
La imagen es hermosa.
David presenta a Dios como alguien que conoce incluso sus lágrimas.
Esto significa que el sufrimiento humano no es insignificante delante de Él.
Quizá nadie vio aquella lágrima.
Quizá nadie comprendió aquel dolor.
Quizá nadie escuchó aquella historia.
Pero Dios sí.
Y cuando comprendemos esto, comenzamos a descubrir por qué la justicia divina puede ser una fuente de esperanza para quien ha sufrido injustamente.
Los tribunales humanos tienen enormes limitaciones.
Los jueces no conocen todas las cosas.
Los testigos pueden mentir.
Las evidencias pueden desaparecer.
Los culpables pueden escapar.
Algunas injusticias jamás son descubiertas.
Y muchas víctimas mueren sin recibir justicia.
Pero esas limitaciones pertenecen a los seres humanos, no a Dios.
La Biblia declara:
“Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.”
Eclesiastés 12:14, RVR1960
Observe una expresión extraordinaria:
“Toda cosa encubierta.”
Lo escondido para los hombres no está escondido para Dios.
Aquello que nunca llegó a un tribunal humano no queda necesariamente fuera de la justicia celestial.
Esto puede ser aterrador para quien practica deliberadamente la maldad.
Pero para una víctima olvidada puede representar algo completamente diferente:
esperanza.
Ahora imaginemos nuevamente el Reino de Dios.
Imagine vivir sabiendo que nadie podrá robarle.
Que nadie podrá engañarle.
Que nadie podrá abusar de usted.
Que nadie podrá utilizar una posición de autoridad para destruirlo.
Que nadie podrá comprar un juez.
Que nadie podrá utilizar influencias para perjudicarlo.
Que nunca tendrá que cerrar una puerta por miedo.
Que nunca tendrá que preguntarse si alguien pretende hacerle daño.
Que nunca tendrá que mirar detrás de usted mientras camina.
Y que nunca tendrá que preguntarse:
“¿Quién me defenderá?”
Porque estará viviendo bajo el gobierno de un Rey perfectamente justo.
Entonces comenzamos a comprender que la justicia no disminuye la belleza del Reino de Dios.
La justicia forma parte de su belleza.
Existe algo todavía más hermoso en el texto con el que comenzamos:
“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro.”
Salmo 89:14, RVR1960
Observe lo extraordinario de esta descripción.
El mismo versículo que habla de justicia y juicio también habla de misericordia y verdad.
Dios no necesita abandonar la justicia para ser misericordioso.
Tampoco necesita dejar de ser misericordioso para ser justo.
Ambas realidades forman parte de la revelación bíblica acerca de su carácter.
Y esto será fundamental más adelante cuando lleguemos a la Cruz.
Pero todavía no llegaremos allí.
Primero necesitamos comprender por qué la justicia es necesaria.
Algunas personas tienen dificultades cuando escuchan que Dios juzga.
Pero hagamos una pregunta diferente:
¿Qué pensaríamos de un Dios que jamás juzgara nada?
¿Qué pensaríamos si Dios contemplara toda la crueldad de la historia humana y simplemente permaneciera indiferente?
¿Qué pensaríamos si viera al poderoso aplastar al débil y no le importara?
¿Qué pensaríamos si escuchara el clamor de una víctima y respondiera:
“No importa”?
Difícilmente llamaríamos bueno a un juez humano que actuara de esa manera.
Entonces debemos tener cuidado de no exigirle a Dios aquello que consideraríamos injusto en cualquier tribunal.
El amor verdadero no necesita llamar bueno al mal.
Y la misericordia no significa que la injusticia sea hermosa.
Precisamente porque Dios es bueno, la maldad le importa.
Precisamente porque ama, el sufrimiento de la víctima le importa.
Precisamente porque es justo, no puede contemplar eternamente el mal como si nada hubiera ocurrido.
Esta quizá sea una de las formas más hermosas de comprender la justicia celestial.
La existencia de la justicia divina significa que el mal no tendrá la última palabra.
La mentira no tendrá la última palabra.
La violencia no tendrá la última palabra.
La corrupción no tendrá la última palabra.
La opresión no tendrá la última palabra.
La crueldad no tendrá la última palabra.
Existe un Juez.
Existe justicia.
Y existe un Reino cuyo cetro es justicia.
Por eso, antes de tenerle miedo a la justicia de Dios, necesitamos comprender su belleza.
Un universo eternamente gobernado por un Dios indiferente al mal sería aterrador.
Pero un universo gobernado por un Dios perfectamente bueno, perfectamente santo y perfectamente justo es algo completamente diferente.
Es un lugar donde podemos descansar.
Hasta este momento hemos contemplado la justicia desde el lugar de la víctima.
Y desde allí la justicia parece hermosa.
Queremos que Dios vea.
Queremos que Dios escuche.
Queremos que Dios intervenga.
Queremos que Dios haga justicia.
Pero nuestra serie tendrá que llevarnos inevitablemente hacia una pregunta mucho más incómoda.
¿Qué ocurre cuando dejamos de observar el tribunal desde el lugar de la víctima y tenemos que colocarnos delante del Juez?
¿Qué sucede cuando descubrimos que nosotros también hemos mentido?
Que nosotros también hemos lastimado.
Que nosotros también hemos actuado egoístamente.
Que nosotros también hemos desobedecido.
Que nosotros también hemos pecado.
Entonces la pregunta cambia.
Ya no preguntamos solamente:
“¿Hará Dios justicia?”
Ahora tendremos que preguntarnos:
“¿Qué hará la perfecta justicia de Dios conmigo?”
Y antes de responder esa pregunta necesitamos conocer mejor al Juez.
Porque la Biblia no solamente dice:
Dios es amor.
También nos revela una verdad que será fundamental para comprender todo lo que ocurrió después:
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“Jehová es justo en todos sus caminos, y misericordioso en todas sus obras.”
Salmo 145:17, RVR1960
Probablemente una de las declaraciones más conocidas de toda la Biblia acerca de Dios sea:
“Dios es amor.”
1 Juan 4:8, RVR1960
Y es una verdad extraordinaria.
Dios ama. Dios tiene misericordia. Dios perdona. Dios busca al perdido. Dios extiende sus brazos al pecador arrepentido y ofrece una oportunidad para regresar a Él.
Pero existe un peligro cuando tomamos una verdad acerca de Dios y la separamos de todo lo demás que la Biblia revela acerca de su carácter.
La Biblia dice que Dios es amor, pero también declara que Dios es santo, verdadero y justo.
“Porque yo Jehová soy amante del derecho, aborrecedor del latrocinio para holocausto.”
Isaías 61:8, RVR1960
Por eso, si queremos conocer verdaderamente a Dios, no podemos construir nuestra imagen de Él utilizando solamente los atributos que nos resultan agradables.
Necesitamos permitir que sea la propia Escritura quien nos diga cómo es Dios.

En ocasiones hablamos del amor y de la justicia como si fueran enemigos.
Parecería que para amar mucho habría que hacer menos justicia, o que para ser completamente justo habría que dejar de amar.
Pero la Biblia no presenta a Dios de esa manera.
Moisés declaró:
“Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto.”
Deuteronomio 32:4, RVR1960
Observe cuidadosamente esta descripción.
Dios no solamente hace cosas justas.
En Él no existe iniquidad.
Por eso sus decisiones no nacen del capricho, del egoísmo, de la ignorancia o de intereses personales.
Su justicia procede de su propio carácter.
Abraham expresó esta confianza cuando preguntó:
“El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?”
Génesis 18:25, RVR1960
La respuesta que atraviesa la revelación bíblica es sí.
El Juez de toda la tierra hará lo que es justo.
Pensemos ahora en algo importante.
Supongamos que alguien lastima deliberadamente a una persona que usted ama.
¿Sería amor permanecer completamente indiferente ante lo sucedido?
¿Sería amor mirar el sufrimiento de la víctima y decir que no importa?
Seguramente no.
Precisamente porque amamos, nos duele aquello que destruye a la persona amada.
Esto nos ayuda a comprender por qué el amor de Dios no puede interpretarse como indiferencia frente al mal.
El profeta Habacuc dijo acerca de Dios:
“Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio.”
Habacuc 1:13, RVR1960
La santidad de Dios significa que Él no contempla moralmente el bien y el mal como si fueran equivalentes.
Dios distingue entre ambos.
La Escritura incluso menciona conductas que Él aborrece:
“Seis cosas aborrece Jehová, y aun siete abomina su alma: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos.”
Proverbios 6:16-19, RVR1960
Observe la naturaleza de estas cosas.
Orgullo.
Mentira.
Violencia contra el inocente.
Planes para hacer el mal.
Falso testimonio.
Discordia.
Dios no las rechaza porque disfrute condenando al ser humano.
Las rechaza porque el mal destruye aquello que Él ama.
Aquí encontramos una consecuencia inevitable.
Si Dios escucha al que sufre, entonces también tiene que considerar seriamente las acciones de quien produce ese sufrimiento.
No podemos pedirle a Dios que defienda al inocente y, simultáneamente, exigirle que permanezca indiferente ante quien lo destruye.
El profeta Isaías declaró:
“Porque Jehová es Dios de justicia; bienaventurados todos los que confían en él.”
Isaías 30:18, RVR1960
Y el salmista escribió:
“Porque Jehová es justo, y ama la justicia; el hombre recto mirará su rostro.”
Salmo 11:7, RVR1960
Observe nuevamente la expresión:
“Ama la justicia.”
La justicia no es una obligación desagradable que Dios realiza en contra de su naturaleza.
Dios ama lo justo.
Por eso también se opone a aquello que destruye la justicia.
La justicia de Dios aparece repetidamente en las Escrituras vinculada con personas vulnerables.
Moisés declaró:
“Que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido.”
Deuteronomio 10:18, RVR1960
El salmista también escribió:
“Jehová es el que hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia.”
Salmo 103:6, RVR1960
Esto añade una dimensión importante a nuestro estudio.
Cuando decimos que Dios es justo, no estamos hablando únicamente de castigo.
Estamos hablando también de defensa.
Dios ve al que otros no ven.
Escucha a quien otros no escuchan.
Conoce aquello que ocurrió aunque nadie más lo haya descubierto.
Y su justicia significa que el sufrimiento provocado por la maldad no le resulta indiferente.
Ahora necesitamos hacer una distinción fundamental.
Que Dios sea misericordioso no significa que cambie la definición del pecado.
Cuando Dios perdona al pecador, no declara que aquello que hizo estuvo bien.
Cuando ofrece arrepentimiento, no está aprobando la conducta de la cual llama al hombre a arrepentirse.
Precisamente por eso existe el arrepentimiento.
Dios llama al ser humano a abandonar aquello que está mal y regresar a Él.
El profeta Isaías expresó esta invitación:
“Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.”
Isaías 55:7, RVR1960
Observe el equilibrio.
Dios llama malo al camino del impío.
Le pide que lo abandone.
Pero inmediatamente ofrece misericordia y abundante perdón.
No tuvo que llamar bueno al pecado para amar al pecador.
Y esta distinción será importantísima para comprender posteriormente la Cruz.
Pablo hizo una declaración especialmente seria:
“El cual pagará a cada uno conforme a sus obras.”
Romanos 2:6, RVR1960
Y pocos versículos después añadió:
“Porque no hay acepción de personas para con Dios.”
Romanos 2:11, RVR1960
Esto significa que la justicia divina no cambia dependiendo de quién se encuentre delante de Dios.
La posición religiosa no transforma automáticamente lo malo en bueno.
La riqueza tampoco.
El prestigio tampoco.
La nacionalidad tampoco.
Dios no tiene una definición de justicia para unos y otra para otros.
Y precisamente porque su carácter no cambia, podemos confiar en Él.
Vivimos en un mundo donde muchas injusticias permanecen sin resolver.
Algunos culpables nunca son descubiertos.
Algunas víctimas nunca reciben una explicación.
Algunos crímenes quedan impunes delante de los tribunales humanos.
Algunas mentiras parecen triunfar durante generaciones.
La Biblia, sin embargo, anuncia que la historia no terminará de esa manera.
Pablo habló de un día establecido por Dios:
“Por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó.”
Hechos 17:31, RVR1960
Esto introduce un elemento nuevo en nuestra serie.
La justicia de Dios no solamente describe cómo es Dios.
También nos dice algo acerca de hacia dónde se dirige la historia.
Habrá un momento en el cual Dios juzgará.
Por lo tanto, el hecho de que una injusticia permanezca sin castigo hoy no significa necesariamente que Dios la haya olvidado.
Y aquí aparece una pregunta fascinante.
Si Dios es justo…
Si Dios ve la maldad…
Si Dios conoce lo que hacemos…
Si Dios no aprueba la injusticia…
¿por qué no la castiga inmediatamente?
¿Por qué permite que una persona continúe viviendo después de haber hecho algo malo?
¿Por qué algunas personas practican durante años aquello que Dios desaprueba y aparentemente no sucede nada?
¿Será que Dios cambió de opinión?
¿Será que decidió ignorarlo?
¿Será que su silencio significa aprobación?
La Biblia nos da una respuesta extraordinariamente importante.
Pablo escribió:
“¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”
Romanos 2:4, RVR1960
Aquí comenzamos a descubrir algo sorprendente.
Entre el pecado y el juicio puede existir algo llamado paciencia.
Y esa paciencia tiene un propósito:
dar al ser humano la oportunidad de arrepentirse.
Por lo tanto, no debemos confundir la paciencia de Dios con indiferencia.
No debemos interpretar su misericordia como aprobación.
Y tampoco debemos pensar que porque el juicio no llegó hoy, nunca llegará.
Dios es amor.
Dios es misericordioso.
Dios es paciente.
Pero la misma Biblia que revela esas verdades también declara:
“Jehová es justo en todos sus caminos, y misericordioso en todas sus obras.”
Salmo 145:17, RVR1960
No tenemos que escoger entre ambas cosas.
El Dios que ama es también el Dios que hace justicia.
Y ahora necesitamos responder una pregunta todavía más profunda:
¿Qué significa realmente que Dios sea Juez?
Disfrute un reel con propósito
Escuche música con propósito
Texto clave
“El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?”
Génesis 18:25, RVR1960
En los artículos anteriores hemos aprendido que la justicia forma parte del carácter de Dios. Él ama lo bueno, rechaza la maldad y no permanece indiferente ante la injusticia.
Pero la Biblia va todavía más lejos.
No solamente dice que Dios es justo.
También lo llama Juez.
“Mas Dios es el juez; a éste humilla, y a aquél enaltece.”
Salmo 75:7, RVR1960
La palabra puede producir cierta inquietud porque inmediatamente nos recuerda tribunales, acusaciones y sentencias. Sin embargo, necesitamos comprenderla, porque gran parte del mensaje bíblico de la salvación utiliza precisamente conceptos relacionados con la justicia.
Si no entendemos qué significa que Dios sea Juez, difícilmente comprenderemos la gravedad del pecado.
Y si no comprendemos la gravedad del pecado, tampoco comprenderemos completamente por qué fue necesaria la Cruz.

Dios, es un juez justo
Pensemos primero en la función básica de un juez.
Un juez no crea arbitrariamente la verdad.
Su responsabilidad es distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, considerar los hechos, determinar responsabilidad y emitir un veredicto conforme a la justicia.
La Biblia utiliza precisamente este lenguaje para hablar de Dios:
“Porque Jehová es nuestro juez, Jehová es nuestro legislador, Jehová es nuestro Rey; él mismo nos salvará.”
Isaías 33:22, RVR1960
Observe las tres expresiones:
Juez.
Legislador.
Rey.
Dios posee autoridad para establecer aquello que es correcto, autoridad para gobernar y autoridad para juzgar.
Por eso el juicio divino no es la opinión de un observador externo.
Es la decisión del Creador y Gobernante delante de quien sus criaturas son responsables.
Aquí aparece una cuestión fundamental.
Para que exista un juicio tiene que existir un criterio mediante el cual una conducta pueda ser evaluada.
La Biblia no presenta al ser humano como la autoridad moral suprema capaz de determinar independientemente qué es bueno y qué es malo.
El profeta Miqueas escribió:
“Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.”
Miqueas 6:8, RVR1960
Esto significa que cuando Dios juzga no está improvisando las reglas después de que hemos actuado.
Él ha revelado su voluntad.
Ha mostrado aquello que ama.
Ha señalado aquello que destruye.
Ha establecido principios morales.
Y el ser humano tiene responsabilidad delante de Él.
Ahora necesitamos distinguir algunos conceptos.
Justicia se refiere a aquello que es recto.
Juicio es el acto mediante el cual una conducta es examinada y evaluada conforme a esa justicia.
Veredicto determina la condición del acusado: culpable o inocente.
Sentencia establece la consecuencia correspondiente.
Y responsabilidad significa que nuestros actos tienen significado moral y que tendremos que responder por ellos.
La Biblia resume esta realidad de manera solemne:
“Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.”
Eclesiastés 12:14, RVR1960
Observe que el texto dice:
“Toda obra.”
La vida humana tiene importancia delante de Dios.
Nuestras decisiones importan.
Lo que hacemos con nuestra libertad importa.
El bien importa.
El mal importa.
Precisamente porque nuestras decisiones son reales, también existe responsabilidad.
Aquí encontramos una diferencia enorme entre los tribunales humanos y el tribunal divino.
Un juez humano solamente puede juzgar utilizando la información que tiene disponible.
Puede recibir información incompleta.
Puede escuchar testigos equivocados.
Puede ser engañado.
Puede desconocer una conversación.
Puede ignorar lo que realmente ocurrió.
Dios no tiene esas limitaciones.
“Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.”
Hebreos 4:13, RVR1960
La última expresión es especialmente importante:
“A quien tenemos que dar cuenta.”
Dios no necesita investigadores que le expliquen lo ocurrido.
No necesita reconstruir la escena.
No necesita encontrar testigos.
Él conoce completamente los hechos.
Por eso su juicio nunca puede estar basado en información incompleta.
Un tribunal humano puede observar una acción, pero existen lugares del ser humano a los cuales ningún tribunal puede entrar completamente.
El corazón.
Las intenciones.
Los pensamientos.
Los motivos.
La Escritura dice:
“Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.”
Jeremías 17:10, RVR1960
Y Pablo escribió acerca del día:
“En que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio.”
Romanos 2:16, RVR1960
Esto lleva la justicia divina mucho más allá de cualquier sistema humano.
Los hombres podemos aprender a aparentar.
Podemos construir una buena reputación mientras escondemos malas intenciones.
Podemos realizar incluso una acción aparentemente buena por razones equivocadas.
Pero delante de Dios no solamente queda expuesto lo que hicimos.
Él conoce también por qué lo hicimos.
Jesús llevó todavía más lejos el concepto de responsabilidad:
“Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.”
Mateo 12:36, RVR1960
Esto nos muestra que la justicia celestial no considera insignificante aquello que hacemos con nuestras palabras.
Una palabra puede consolar.
Pero también puede destruir.
Puede decir la verdad.
O puede levantar falso testimonio.
Puede reconciliar.
O puede dividir.
Puede defender a alguien.
O puede destruir su reputación.
La responsabilidad humana delante de Dios alcanza también nuestra manera de hablar.
Vivimos en una época en la que frecuentemente intentamos explicar el comportamiento humano a partir de las circunstancias.
Y ciertamente las circunstancias pueden influir profundamente en nosotros.
Pero la Biblia también presenta al ser humano como una criatura capaz de tomar decisiones y responsable delante de Dios.
Pablo escribió:
“De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.”
Romanos 14:12, RVR1960
Observe que dice:
“Cada uno.”
Y después:
“De sí.”
Habrá cosas que hicieron otros.
Habrá cosas que hicieron nuestros padres.
Habrá injusticias que sufrimos.
Habrá circunstancias que no escogimos.
Dios, que conoce perfectamente todas esas circunstancias, juzgará justamente.
Pero también existen decisiones que fueron nuestras.
Y la responsabilidad significa que no podemos colocar eternamente sobre otra persona la responsabilidad de nuestras propias decisiones.
Un juicio no existe solamente para escuchar argumentos.
Llega un momento en que el juez tiene que determinar la situación del acusado.
La Biblia utiliza repetidamente dos conceptos jurídicos fundamentales:
Condenación y justificación.
Uno declara culpabilidad y sus consecuencias.
El otro tiene que ver con ser declarado justo delante de Dios.
Por eso estos términos serán extraordinariamente importantes cuando lleguemos al mensaje de la salvación.
Pablo escribió:
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.”
Romanos 8:1, RVR1960
Quizá hemos leído muchas veces este versículo como una hermosa promesa.
Y ciertamente lo es.
Pero ahora comenzamos a descubrir que contiene también lenguaje judicial.
La palabra “condenación” nos lleva nuevamente al tribunal.
Algo ocurrió para que una persona que tenía un problema delante de la justicia divina pudiera llegar a una situación donde ya no existe condenación.
Más adelante tendremos que descubrir qué ocurrió.
La justicia no termina simplemente determinando que alguien hizo algo malo.
La culpabilidad produce consecuencias.
Pablo lo expresó con una frase breve y tremendamente seria:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
Observe nuevamente el lenguaje.
Existe pecado.
Existe responsabilidad.
Y existe una consecuencia.
Pero sería un grave error detener el versículo allí.
Pablo continúa:
“…mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”
Romanos 6:23, RVR1960
Y aquí aparece algo que poco a poco comenzará a dominar nuestra serie.
El mismo Dios que establece la gravedad del problema también proporciona una solución.
Quizá esta sea una de las verdades más extraordinarias que necesitamos conservar mientras avanzamos.
Cuando hablamos de Dios como Juez, no debemos imaginar a un Dios buscando desesperadamente una razón para condenar al ser humano.
La Biblia dice:
“Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis.”
Ezequiel 18:32, RVR1960
Aquí encontramos algo extraordinario.
El Juez advierte acerca de las consecuencias.
Pero también llama:
“Convertíos.”
Y después dice:
“Viviréis.”
Dios toma seriamente el pecado, pero también llama al pecador al arrepentimiento.
No existe contradicción.
Precisamente porque nuestras decisiones tienen consecuencias, la invitación de Dios a regresar a Él tiene tanta importancia.
La Biblia no presenta el juicio de Dios solamente como una idea.
Lo presenta también como un acontecimiento futuro.
Pablo declaró en Atenas:
“Por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó.”
Hechos 17:31, RVR1960
Hay algo especialmente importante en este versículo.
Dice que Dios juzgará:
“Con justicia.”
No con ira descontrolada.
No con información incompleta.
No según rumores.
No mediante favoritismos.
No arbitrariamente.
Con justicia.
Eso significa que nadie podrá decir delante de Dios:
“Fuiste injusto conmigo”.
El Juez de toda la tierra hará lo que es justo.
Hasta este momento hemos hablado acerca del tribunal de Dios casi desde lejos.
Tenemos un Juez.
Existe una norma moral.
Existen hechos.
Existe responsabilidad.
Existe juicio.
Existe un veredicto.
Y existen consecuencias.
Pero ahora necesitamos colocar una persona dentro de ese tribunal.
A nosotros.
Porque el gran problema de la humanidad no es simplemente que algún día Dios juzgará a personas terriblemente malas.
La Biblia hace una afirmación mucho más amplia:
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23, RVR1960
Todos.
Y esto cambia completamente nuestra perspectiva.
Ya no estamos estudiando únicamente cómo juzgará Dios a otros.
Estamos comenzando a comprender nuestra propia situación delante de la justicia celestial.
Pero antes de entrar completamente en ese problema necesitamos responder otra pregunta.
Si Dios es Juez y la maldad será juzgada:
¿qué ocurriría si Dios decidiera nunca castigar el mal?
La respuesta nos permitirá comprender por qué la impunidad sería incompatible con un Reino verdaderamente justo.
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Texto clave
“Jehová es tardo para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable.”
Nahúm 1:3, RVR1960
Existe una idea acerca de Dios que a primera vista puede parecer hermosa, pero que, cuando la examinamos cuidadosamente, produciría un problema moral enorme.
La idea es aproximadamente esta:
“Si Dios verdaderamente es amor, entonces nunca debería castigar a nadie.”
Suena compasivo.
Suena misericordioso.
Incluso puede parecer profundamente cristiano.
Pero pensemos cuidadosamente en sus consecuencias.
¿Qué sucedería si Dios contemplara toda la maldad cometida durante la historia humana y finalmente dijera:
“No importa. No habrá consecuencias para nadie porque yo soy amor”?
¿Sería eso realmente amor?
¿O estaríamos confundiendo amor con impunidad?
Pensemos en algunos de los capítulos más dolorosos de la historia humana.
Personas asesinadas.
Familias destruidas.
Seres humanos explotados.
Pueblos oprimidos.
Inocentes encarcelados.
Personas engañadas y despojadas de aquello que les pertenecía.
Mentiras utilizadas para destruir reputaciones.
Poderosos aprovechándose de quienes no podían defenderse.
Personas que murieron esperando una justicia que nunca llegó.
Ahora imaginemos que Dios conoce perfectamente cada una de esas historias.
Conoce a la víctima.
Conoce al responsable.
Conoce lo que ocurrió.
Conoce incluso aquello que nadie más descubrió.
Y después de conocerlo todo, simplemente declara:
“No importa.”
Algo estaría terriblemente mal.
Porque un Dios que jamás respondiera ante la maldad no estaría demostrando justicia.
Estaría permitiendo impunidad eterna.

Dios no puede ignorar la maldad del hombre
La impunidad ocurre cuando una persona realiza una acción culpable y finalmente no responde por ella.
El problema de la impunidad no consiste solamente en que el culpable escapa.
Existe alguien más involucrado:
la víctima.
Cada vez que una injusticia queda permanentemente sin respuesta, alguien queda sin justicia.
Por eso la Biblia presenta a Dios como alguien que toma en serio el clamor de quienes sufren injustamente.
“Porque el que demanda la sangre se acordó de ellos; no se olvidó del clamor de los afligidos.”
Salmo 9:12, RVR1960
Esta declaración contiene una verdad profundamente consoladora:
Dios no olvida.
Los hombres podemos olvidar una tragedia.
Los expedientes pueden cerrarse.
Las generaciones pueden pasar.
Los responsables pueden morir.
Pero el paso del tiempo no convierte una injusticia en justicia.
Pensemos en nuestra propia sociedad.
¿Qué sucedería si mañana se anunciara que ninguna persona volverá a recibir consecuencias por sus delitos?
No importaría robar.
No importaría defraudar.
No importaría secuestrar.
No importaría asesinar.
No importaría destruir la propiedad ajena.
No importaría explotar al débil.
Cada persona podría actuar según sus deseos sin temor a ninguna consecuencia.
Muy pronto la libertad de unos se convertiría en la destrucción de otros.
La razón es sencilla:
una sociedad necesita justicia porque la maldad de una persona puede destruir la vida de otra.
Por eso Pablo explicó que una de las funciones legítimas de la autoridad es responder ante quien practica el mal:
“Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo.”
Romanos 13:3, RVR1960
Y posteriormente añade:
“Porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo.”
Romanos 13:4, RVR1960
Si incluso las sociedades humanas necesitan alguna forma de justicia para contener el mal, sería extraño imaginar que el Reino perfecto de Dios estuviera fundamentado en la ausencia absoluta de consecuencias.
Aquí encontramos una declaración bíblica muy importante.
Cuando Dios reveló parte de su carácter a Moisés, dijo:
“¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado.”
Éxodo 34:6-7, RVR1960
Este pasaje es extraordinario para nuestra serie porque coloca dos realidades una al lado de la otra.
Dios es:
Misericordioso.
Piadoso.
Tardo para la ira.
Grande en misericordia.
Perdonador.
Pero el mismo texto declara:
“De ningún modo tendrá por inocente al malvado.”
¿Cómo pueden coexistir ambas cosas?
¿Cómo puede Dios perdonar y, al mismo tiempo, no convertir al culpable simplemente en alguien que nunca tuvo culpa?
Esta pregunta nos llevará finalmente hasta la Cruz.
Pero todavía necesitamos avanzar paso a paso.
Aquí necesitamos hacer una distinción muy importante.
El perdón bíblico no consiste en cambiar el pasado.
Si alguien pecó, pecó.
Si alguien mintió, mintió.
Si alguien produjo daño, el daño ocurrió.
La misericordia de Dios no necesita reconstruir la historia y declarar que aquello jamás sucedió.
Por eso David podía pedir:
“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.”
Salmo 51:1, RVR1960
David no estaba diciendo:
“Yo no hice nada.”
Todo lo contrario.
Pocos versículos después reconoce:
“Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí.”
Salmo 51:3, RVR1960
Aquí encontramos la diferencia.
La misericordia comienza reconociendo que existe algo que necesita ser perdonado.
Si no hubiera culpa, no necesitaríamos perdón.
Si nunca hubiera existido pecado, no necesitaríamos misericordia.
Esta distinción será importantísima cuando lleguemos al Nuevo Testamento.
La gracia de Dios no significa que Dios decidió dejar de ser justo.
Pablo formula una pregunta sorprendentemente parecida:
“¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”
Romanos 6:1, RVR1960
Y responde inmediatamente:
“En ninguna manera.”
Romanos 6:2, RVR1960
La gracia no transforma el pecado en virtud.
La misericordia no convierte la maldad en bondad.
El perdón no significa que Dios comenzó a aprobar aquello que anteriormente condenaba.
Algo mucho más profundo tenía que ocurrir.
Ahora hagamos algo que puede cambiar nuestra manera de pensar acerca del juicio.
En lugar de preguntar solamente:
“¿Por qué Dios castiga?”
Preguntemos:
“¿Qué le diría Dios a la víctima si nunca hiciera justicia?”
¿Qué le diría a quien fue asesinado injustamente?
¿Qué le diría a la familia destruida?
¿Qué le diría a quien fue explotado durante años?
¿Qué le diría al pobre a quien alguien poderoso despojó de lo poco que tenía?
¿Qué le diría a quien murió sin que ningún tribunal humano escuchara su caso?
La Biblia muestra que estas preguntas no son insignificantes delante de Dios.
El profeta Habacuc mismo clamó:
“¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?”
Habacuc 1:2, RVR1960
La Biblia no esconde el clamor de quien espera justicia.
Lo coloca delante de Dios.
Aquí aparece un problema diferente.
Si Dios es justo, ¿por qué muchas personas hacen el mal y aparentemente no sucede nada?
El salmista Asaf tuvo precisamente esa dificultad.
Al observar la prosperidad de personas impías llegó a decir:
“Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos.”
Salmo 73:3, RVR1960
Desde su perspectiva parecía que la maldad no tenía consecuencias.
Hasta que escribió:
“Hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos.”
Salmo 73:17, RVR1960
Aquí encontramos una distinción fundamental:
juicio retrasado no significa juicio cancelado.
El hecho de que Dios no actúe inmediatamente no significa que haya dejado de ser justo.
Y aquí encontramos algo maravilloso.
La Biblia explica que, en muchas ocasiones, aquello que nosotros podemos interpretar como tardanza es una expresión de la paciencia de Dios.
Pedro escribió:
“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.”
2 Pedro 3:9, RVR1960
Este versículo cambia nuestra perspectiva.
Dios podría juzgar inmediatamente.
Pero muchas veces espera.
¿Por qué?
Porque todavía existe una puerta abierta.
Todavía existe oportunidad.
Todavía existe un llamado.
Todavía existe posibilidad de arrepentimiento.
El retraso del juicio no necesariamente significa indiferencia.
Puede significar misericordia.
Aquí aparece uno de los peligros más grandes.
El ser humano puede interpretar la paciencia de Dios de manera equivocada.
Puede pensar:
“No pasó nada.”
“Dios no hizo nada.”
“Entonces seguramente no le importa.”
“Puedo continuar.”
La Biblia advierte precisamente contra ese razonamiento:
“Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal.”
Eclesiastés 8:11, RVR1960
Este versículo describe extraordinariamente bien el problema.
Cuando la consecuencia no llega inmediatamente, podemos confundir paciencia con aprobación.
Pero son cosas completamente diferentes.
El silencio temporal de la justicia no significa la ausencia de justicia.
Y ahora podemos comprender mejor una característica extraordinaria del Juez celestial.
Dios no disfruta con la destrucción del pecador.
Él mismo declara:
“Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva.”
Ezequiel 33:11, RVR1960
Observe cuidadosamente.
Dios no llama bueno al camino del impío.
Dice que debe volverse de su camino.
Pero tampoco declara que desea su destrucción.
Dice:
“Que viva.”
Aquí comenzamos a contemplar algo extraordinario.
El Dios que tiene autoridad para juzgar es también el Dios que llama al culpable antes de que llegue la sentencia.
“Vuélvete.”
“Arrepiéntete.”
“Regresa.”
“Vive.”
Ahora podemos comprender que existen dos errores opuestos.
El primero consiste en imaginar a un Dios cruel que solamente desea castigar.
La Escritura no lo presenta de esa manera.
El segundo consiste en imaginar a un Dios indiferente que nunca responderá ante la maldad porque “Dios es amor”.
La Escritura tampoco lo presenta así.
La imagen bíblica es mucho más profunda.
Dios es justo.
Dios es misericordioso.
Dios rechaza el mal.
Dios llama al pecador.
Dios advierte acerca del juicio.
Y Dios concede tiempo para arrepentirse.
Por eso Pablo escribió:
“¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”
Romanos 2:4, RVR1960
Quizá entonces debamos mirar de manera diferente el tiempo que transcurre entre el pecado y el juicio.
Ese espacio no necesariamente significa que Dios olvidó.
Puede significar que Dios está esperando.
Esperando que el orgulloso se humille.
Que el mentiroso abandone su mentira.
Que quien está haciendo daño deje de hacerlo.
Que el pecador reconozca su pecado.
Que el hombre regrese a su Creador.
Pero esto abre una nueva pregunta para nuestra serie.
Si Dios verdaderamente rechaza la maldad, necesitamos conocer con mayor precisión cómo mira Dios aquello que nosotros llamamos pecado.
Porque quizá algunas cosas que la sociedad ha aprendido a tolerar, justificar o incluso celebrar continúan siendo completamente diferentes cuando son contempladas desde la santidad de Dios.
Y eso será precisamente lo que estudiaremos a continuación:
¿Cómo ve Dios la maldad?
Disfrute un reel con propósito
Escuche música con propósito