02. La belleza de la justicia — ¿Cómo sería un mundo perfectamente justo?

Dr. Elio M Rivera

Texto clave

“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro.”
Salmo 89:14, RVR1960

  Quisiera comenzar este artículo invitándole a imaginar algo que probablemente todos hemos deseado alguna vez:

  Un mundo perfectamente justo.

  Imagine por unos momentos un mundo donde nadie pudiera abusar de otra persona sin que existiera una respuesta.

  Un mundo donde ninguna lágrima causada por la injusticia fuera ignorada.

  Donde ninguna víctima fuera olvidada.

  Donde ninguna persona pudiera enriquecerse destruyendo la vida de otras.

  Donde nadie pudiera utilizar su poder para oprimir al débil.

  Donde ninguna mentira pudiera ocultar permanentemente la verdad.

  Donde ninguna persona inocente fuera condenada y ningún culpable pudiera comprar su libertad.

  ¿Sería terrible vivir en un mundo semejante?

  Por supuesto que no.

  Sería maravilloso.

  Y esto nos ayuda a comprender algo fundamental acerca de la justicia de Dios:

  La justicia no es algo feo. La justicia es hermosa.

Un mundo sin justicia sería aterrador

  Para comprender la belleza de la justicia, hagamos el ejercicio contrario.

  Imagine un mundo donde no existiera absolutamente ninguna justicia.

  Una persona podría robar y nadie podría hacer nada.

  Alguien podría engañar a otro y jamás tendría que responder por ello.

  El poderoso podría abusar del débil sin consecuencia alguna.

  El violento podría destruir una familia y continuar su camino tranquilamente.

  Los gobernantes podrían utilizar su autoridad para enriquecerse, oprimir y perjudicar a otros sin tener que rendir cuentas.

  La mentira tendría el mismo valor que la verdad.

  La inocencia no tendría importancia.

  La culpabilidad tampoco.

  No existirían tribunales.

  No existirían sentencias.

  No existirían consecuencias.

  Cada persona podría hacer exactamente lo que quisiera, independientemente del daño que causara a los demás.

  Un mundo semejante no sería un paraíso.

  Sería una pesadilla.

  Y precisamente por eso necesitamos justicia.

Dios quiere llevarnos a un mundo con justicia perfecta

La justicia protege

  Con frecuencia pensamos que la justicia existe únicamente para castigar al culpable.

  Pero la justicia también existe para proteger al inocente.

  Cuando una sociedad establece leyes contra el robo, no solamente está amenazando al ladrón con una consecuencia. También está protegiendo aquello que pertenece a los demás.

  Cuando existen leyes contra la violencia, no solamente se está pensando en castigar al violento. Se está defendiendo la vida y la integridad de las personas.

  Cuando se castiga el fraude, se está protegiendo a quien trabaja honestamente.

  Cuando se condena la mentira dentro de un tribunal, se está protegiendo la verdad.

  Por eso la justicia tiene una dimensión extraordinariamente hermosa:

  pone límites al mal para proteger el bien.

  Y si esto es importante dentro de los imperfectos sistemas humanos, cuánto más importante será dentro del Reino de Dios.

Dios escucha el clamor del indefenso

  Una de las características hermosas de la justicia bíblica es la preocupación de Dios por aquellos que fácilmente podían ser ignorados por los poderosos.

  La Escritura dice:

“Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios en su santa morada.”
Salmo 68:5, RVR1960

  Esto nos permite contemplar la justicia desde otra perspectiva.

  Cuando Dios hace justicia, no debemos imaginar únicamente un tribunal y un culpable esperando sentencia.

  También debemos imaginar a la víctima esperando que alguien escuche su historia.

  Debemos pensar en la persona que fue lastimada y nunca pudo defenderse.

  En aquel a quien nadie quiso escuchar.

  En aquel que no tenía dinero para defenderse.

  En aquel cuya voz fue silenciada.

  En aquel que murió sin ver que se hiciera justicia.

  Los seres humanos podemos olvidar.

  Dios no olvida.

Ninguna lágrima es insignificante para Dios

  Existen injusticias que jamás llegan delante de un tribunal humano.

  Existen cosas que nadie descubre.

  Existen sufrimientos que solamente conoce quien los padeció.

  Existen lágrimas que se derraman cuando nadie está mirando.

  Pero la Biblia presenta una imagen profundamente conmovedora:

“Mis huidas tú has contado; pon mis lágrimas en tu redoma; ¿no están ellas en tu libro?”
Salmo 56:8, RVR1960

  La imagen es hermosa.

  David presenta a Dios como alguien que conoce incluso sus lágrimas.

  Esto significa que el sufrimiento humano no es insignificante delante de Él.

  Quizá nadie vio aquella lágrima.

  Quizá nadie comprendió aquel dolor.

  Quizá nadie escuchó aquella historia.

  Pero Dios sí.

  Y cuando comprendemos esto, comenzamos a descubrir por qué la justicia divina puede ser una fuente de esperanza para quien ha sufrido injustamente.

Ninguna víctima será olvidada

  Los tribunales humanos tienen enormes limitaciones.

  Los jueces no conocen todas las cosas.

  Los testigos pueden mentir.

  Las evidencias pueden desaparecer.

  Los culpables pueden escapar.

  Algunas injusticias jamás son descubiertas.

  Y muchas víctimas mueren sin recibir justicia.

  Pero esas limitaciones pertenecen a los seres humanos, no a Dios.

  La Biblia declara:

“Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.”
Eclesiastés 12:14, RVR1960

  Observe una expresión extraordinaria:

  “Toda cosa encubierta.”

  Lo escondido para los hombres no está escondido para Dios.

  Aquello que nunca llegó a un tribunal humano no queda necesariamente fuera de la justicia celestial.

  Esto puede ser aterrador para quien practica deliberadamente la maldad.

  Pero para una víctima olvidada puede representar algo completamente diferente:

  esperanza.

Un Reino donde no tenemos que vivir con miedo

  Ahora imaginemos nuevamente el Reino de Dios.

  Imagine vivir sabiendo que nadie podrá robarle.

  Que nadie podrá engañarle.

  Que nadie podrá abusar de usted.

  Que nadie podrá utilizar una posición de autoridad para destruirlo.

  Que nadie podrá comprar un juez.

  Que nadie podrá utilizar influencias para perjudicarlo.

  Que nunca tendrá que cerrar una puerta por miedo.

  Que nunca tendrá que preguntarse si alguien pretende hacerle daño.

  Que nunca tendrá que mirar detrás de usted mientras camina.

  Y que nunca tendrá que preguntarse:

  “¿Quién me defenderá?”

  Porque estará viviendo bajo el gobierno de un Rey perfectamente justo.

  Entonces comenzamos a comprender que la justicia no disminuye la belleza del Reino de Dios.

  La justicia forma parte de su belleza.

Justicia y misericordia

  Existe algo todavía más hermoso en el texto con el que comenzamos:

“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro.”
Salmo 89:14, RVR1960

  Observe lo extraordinario de esta descripción.

  El mismo versículo que habla de justicia y juicio también habla de misericordia y verdad.

  Dios no necesita abandonar la justicia para ser misericordioso.

  Tampoco necesita dejar de ser misericordioso para ser justo.

  Ambas realidades forman parte de la revelación bíblica acerca de su carácter.

  Y esto será fundamental más adelante cuando lleguemos a la Cruz.

  Pero todavía no llegaremos allí.

  Primero necesitamos comprender por qué la justicia es necesaria.

¿Realmente quisiéramos que Dios nunca juzgara?

  Algunas personas tienen dificultades cuando escuchan que Dios juzga.

  Pero hagamos una pregunta diferente:

  ¿Qué pensaríamos de un Dios que jamás juzgara nada?

  ¿Qué pensaríamos si Dios contemplara toda la crueldad de la historia humana y simplemente permaneciera indiferente?

  ¿Qué pensaríamos si viera al poderoso aplastar al débil y no le importara?

  ¿Qué pensaríamos si escuchara el clamor de una víctima y respondiera:

  “No importa”?

  Difícilmente llamaríamos bueno a un juez humano que actuara de esa manera.

  Entonces debemos tener cuidado de no exigirle a Dios aquello que consideraríamos injusto en cualquier tribunal.

  El amor verdadero no necesita llamar bueno al mal.

  Y la misericordia no significa que la injusticia sea hermosa.

  Precisamente porque Dios es bueno, la maldad le importa.

  Precisamente porque ama, el sufrimiento de la víctima le importa.

  Precisamente porque es justo, no puede contemplar eternamente el mal como si nada hubiera ocurrido.

La justicia significa que el mal no tendrá la última palabra

  Esta quizá sea una de las formas más hermosas de comprender la justicia celestial.

  La existencia de la justicia divina significa que el mal no tendrá la última palabra.

  La mentira no tendrá la última palabra.

  La violencia no tendrá la última palabra.

  La corrupción no tendrá la última palabra.

  La opresión no tendrá la última palabra.

  La crueldad no tendrá la última palabra.

  Existe un Juez.

  Existe justicia.

  Y existe un Reino cuyo cetro es justicia.

  Por eso, antes de tenerle miedo a la justicia de Dios, necesitamos comprender su belleza.

  Un universo eternamente gobernado por un Dios indiferente al mal sería aterrador.

  Pero un universo gobernado por un Dios perfectamente bueno, perfectamente santo y perfectamente justo es algo completamente diferente.

  Es un lugar donde podemos descansar.

Pero ahora tendremos que mirar al otro lado de la justicia

  Hasta este momento hemos contemplado la justicia desde el lugar de la víctima.

  Y desde allí la justicia parece hermosa.

  Queremos que Dios vea.

  Queremos que Dios escuche.

  Queremos que Dios intervenga.

  Queremos que Dios haga justicia.

  Pero nuestra serie tendrá que llevarnos inevitablemente hacia una pregunta mucho más incómoda.

  ¿Qué ocurre cuando dejamos de observar el tribunal desde el lugar de la víctima y tenemos que colocarnos delante del Juez?

  ¿Qué sucede cuando descubrimos que nosotros también hemos mentido?

  Que nosotros también hemos lastimado.

  Que nosotros también hemos actuado egoístamente.

  Que nosotros también hemos desobedecido.

  Que nosotros también hemos pecado.

  Entonces la pregunta cambia.

  Ya no preguntamos solamente:

  “¿Hará Dios justicia?”

  Ahora tendremos que preguntarnos:

  “¿Qué hará la perfecta justicia de Dios conmigo?”

  Y antes de responder esa pregunta necesitamos conocer mejor al Juez.

  Porque la Biblia no solamente dice:

  Dios es amor.

  También nos revela una verdad que será fundamental para comprender todo lo que ocurrió después:

  Dios es justo.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.