Dr. Elio M Rivera
Texto clave
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Romanos 5:8, RVR1960
Habíamos llegado a un lugar aparentemente sin salida.
Éramos culpables.
Había un acta contra nosotros.
La justicia no podía simplemente ignorarla.
La paga del pecado era muerte.
Habíamos quedado destituidos de la gloria de Dios.
No podíamos regresar por nuestras propias fuerzas.
No podíamos borrar nuestra historia.
No podíamos deshacer nuestros pecados.
No podíamos pagar nuestra deuda y después recuperar la vida.
No podíamos exigir misericordia, porque el tribunal no nos debía misericordia.
Y Dios tampoco podía convertirse en injusto para salvarnos.
Parecía que solamente quedaba una posibilidad:
que la sentencia cayera sobre nosotros.
Pero entonces Dios hizo algo extraordinario.
Algo que el culpable jamás habría podido exigir.
Algo que ninguna criatura habría tenido derecho a reclamar.
Algo que solamente podía nacer del corazón de Dios.
El Juez no abandonó la justicia.
Pero tampoco abandonó al culpable.

Dios decidió hacer por nosotros lo que nosotros no podíamos hacer
Este es uno de los momentos más hermosos de toda la historia de la redención.
El hombre había provocado el problema.
Pero Dios proporcionaría la solución.
El hombre había contraído la deuda.
Pero Dios proporcionaría el precio.
El hombre había quebrantado la ley.
Pero Dios abriría un camino para justificarlo sin destruir la justicia.
El hombre había salido de la presencia de Dios.
Pero Dios comenzaría el camino para traerlo de regreso.
Desde el principio encontramos algo extraordinario en la Escritura:
es Dios quien busca al hombre.
Después de pecar, Adán no salió buscando a Dios.
Se escondió.
“Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.”
Génesis 3:8, RVR1960
Entonces escuchamos:
“Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?”
Génesis 3:9, RVR1960
El hombre estaba escondiéndose.
Dios estaba llamándolo.
Aquella pregunta comenzaba a revelar algo que recorrería toda la historia bíblica:
Dios no era indiferente al hombre perdido.
El pecado no destruyó el amor de Dios
Esto es extraordinario.
El pecado cambió nuestra condición delante de Dios.
Pero no convirtió a Dios en alguien incapaz de amar.
Dios aborrecía el pecado.
Su justicia demandaba una respuesta.
Pero detrás de aquella justicia seguía existiendo el corazón de un Dios que amaba a sus criaturas.
Jeremías escribió:
“Jehová se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.”
Jeremías 31:3, RVR1960
Y Juan llegaría a decir:
“Dios es amor.”
1 Juan 4:8, RVR1960
Aquí aparece la maravilla.
Dios no tenía que escoger entre ser justo y amar.
Él haría ambas cosas.
No destruiría la justicia para salvarnos.
Pero tampoco utilizaría la justicia como una razón para abandonarnos.
Dios no dijo: “Que paguen ellos”
Humanamente, eso habría parecido comprensible.
Nosotros habíamos pecado.
Nosotros habíamos desobedecido.
Nosotros habíamos contraído la deuda.
Nosotros habíamos elegido alejarnos.
¿Por qué tendría Dios que hacer algo?
Podría habernos dejado con las consecuencias de nuestra decisión.
Podría haber dicho:
“Yo les advertí.”
Y habría sido verdad.
Podría haber dicho:
“Ustedes escogieron.”
Y habría sido verdad.
Podría haber dicho:
“La sentencia era conocida.”
Y habría sido verdad.
Podría haber dejado que la justicia siguiera su curso sobre nosotros.
Pero la historia de la salvación existe porque Dios decidió hacer algo que no estaba obligado a hacer.
Mostró misericordia.
Pablo lo expresa de una manera preciosa:
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó…”
Efesios 2:4, RVR1960
Observe las palabras:
“Rico en misericordia.”
No escaso.
No indiferente.
No renuente.
Rico.
Y después explica la razón:
“Por su gran amor con que nos amó.”
El Juez amaba a los acusados
Esta es una imagen extraordinaria.
Nosotros estábamos delante del tribunal.
Éramos culpables.
El Juez conocía perfectamente nuestro expediente.
No había corrupción en su tribunal.
No había posibilidad de engañarlo.
No había argumento capaz de convertir nuestras transgresiones en inocencia.
Pero había algo que nosotros jamás habríamos esperado:
el Juez amaba a los acusados.
No amaba nuestros pecados.
No aprobaba nuestra rebelión.
No llamaba bueno a lo malo.
Pero nos amaba.
Y por eso la pregunta dejó de ser solamente:
¿Cómo castigará Dios al culpable?
Apareció una pregunta mucho más extraordinaria:
¿Cómo podrá el Dios justo salvar al culpable que ama sin dejar de ser justo?
La respuesta no nació en nosotros
Nosotros no diseñamos el plan de salvación.
No encontramos una grieta en la ley divina.
No descubrimos una manera de escapar del tribunal.
No negociamos una reducción de nuestra deuda.
No convencimos a Dios para que fuera misericordioso.
La iniciativa fue de Él.
Juan lo dice de manera inequívoca:
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros…”
1 Juan 4:10, RVR1960
No comenzó con nosotros amándolo.
Comenzó con:
“Él nos amó.”
Y el versículo continúa:
“…y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.”
1 Juan 4:10, RVR1960
Aquí aparece por primera vez la dimensión de la solución.
Su Hijo.
El problema había comenzado en la tierra.
Pero la solución vendría del cielo.
Dios tenía un Hijo
Aquí debemos detenernos.
Porque quizá nos hemos acostumbrado demasiado a esta historia.
Decimos:
Y continuamos leyendo.
Pero pensemos en lo que acabamos de decir.
Dios tenía un Hijo amado.
Antes de Belén.
Antes de Nazaret.
Antes de la Cruz.
Antes de que existiera el mundo.
Jesucristo estaba con el Padre.
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1, RVR1960
Jesús habló de:
“…aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.”
Juan 17:5, RVR1960
Y también dijo:
“…me has amado desde antes de la fundación del mundo.”
Juan 17:24, RVR1960
Había amor entre el Padre y el Hijo antes de nuestra historia.
Había gloria.
Había comunión.
Y cuando la humanidad cayó, la solución de Dios no consistió en enviar algo.
Envió a Alguien.
“De tal manera amó Dios al mundo”
Ahora quizá podemos escuchar Juan 3:16 con otros oídos:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…”
Juan 3:16, RVR1960
No dice solamente que Dios sintió compasión.
Dice:
“Ha dado.”
El amor hizo algo.
El amor tomó una decisión.
El amor estuvo dispuesto a entregar.
¿Y qué dio Dios?
No oro.
No plata.
No un planeta.
No un ángel.
No una criatura cualquiera.
“A su Hijo unigénito.”
La magnitud del regalo comienza a mostrarnos la magnitud de nuestra deuda.
Si el problema pudiera haberse resuelto mediante algunas buenas obras, el Hijo no habría necesitado venir.
Si pudiera haberse solucionado simplemente mediante religión, no habría sido necesario Belén.
Si unas cuantas lágrimas fueran suficientes para pagar la deuda, no habría sido necesaria la Cruz.
Pero nuestra situación era muchísimo más grave.
Necesitábamos un Salvador.
El amor no anuló la sentencia; proporcionó a quien podía resolverla
Esto es fundamental.
Dios no dijo:
“La paga del pecado ya no es muerte.”
La Escritura continuó diciendo:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
Dios no cambió la sentencia para acomodarla a nuestra incapacidad.
Hizo algo infinitamente más extraordinario.
Proporcionó una respuesta para aquello que nosotros no podíamos pagar.
Aquí comenzamos a comprender por qué la salvación es gracia.
No fue el culpable resolviendo su propio caso.
Fue Dios actuando en favor del culpable.
Pablo dice:
“Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.”
Romanos 5:6, RVR1960
Observe cómo nos describe:
“Débiles.”
No fuertes.
No autosuficientes.
No capaces de pagar.
Y después dice:
“Cristo… murió por los impíos.”
No esperó a que fuéramos dignos
Esto hace todavía más extraordinario el amor de Dios.
Quizá podríamos imaginar que Dios decidió salvarnos después de que demostramos suficiente arrepentimiento.
O después de que mejoramos.
O después de que acumulamos suficientes buenas obras.
Pero Pablo destruye esa idea:
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Romanos 5:8, RVR1960
“Siendo aún pecadores.”
No después.
No cuando ya éramos buenos.
No cuando habíamos pagado parte de la deuda.
No cuando merecíamos una segunda oportunidad.
Cuando todavía éramos pecadores.
El amor de Dios llegó hasta nosotros cuando todavía éramos culpables.
Y Pablo va todavía más lejos:
“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo…”
Romanos 5:10, RVR1960
Enemigos.
Y aun así:
amados.
La justicia decía que la deuda tenía que resolverse; el amor decidió asumir el costo
Aquí comienzan a encontrarse las dos grandes líneas que hemos seguido durante toda esta serie.
La justicia de Dios decía:
El pecado importa.
El amor de Dios decía:
El pecador me importa.
La justicia decía:
La deuda es real.
El amor decía:
No quiero perder al deudor.
La justicia decía:
La sentencia no puede convertirse en mentira.
El amor decía:
Proporcionaré una solución.
Dios no tuvo que escoger entre amar y ser justo.
Decidió salvarnos de una manera en la que su amor y su justicia permanecieran intactos.
Pablo lo resumiría de una manera extraordinaria:
“…a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”
Romanos 3:26, RVR1960
El justo.
Y:
El que justifica.
Ahí está el milagro.
El Juez comenzó a pagar el precio
Aquí encontramos algo difícil incluso de expresar con palabras.
El que había sido ofendido tomó la iniciativa para reconciliar al ofensor.
El Creador salió a buscar a la criatura.
El Rey quiso recuperar al rebelde.
El Padre entregó a su Hijo.
Y el Hijo estuvo dispuesto a venir.
No porque nosotros pudiéramos obligarlo.
No porque mereciéramos que lo hiciera.
Sino por amor.
Jesús dijo:
“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.”
Juan 10:17, RVR1960
Y añadió:
“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.”
Juan 10:18, RVR1960
El Hijo no fue una víctima involuntaria de un plan ajeno.
Él decidió entregar su vida.
Padre e Hijo estaban actuando en nuestra salvación.
Dios mismo proporcionó el sacrificio
Hay una escena extraordinaria muchos siglos antes de la Cruz.
Isaac preguntó a Abraham:
“…He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?”
Génesis 22:7, RVR1960
Abraham respondió:
“Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío.”
Génesis 22:8, RVR1960
Aquellas palabras adquirirían siglos después una profundidad extraordinaria.
El hombre necesitaba un sacrificio.
El hombre no podía proporcionar un sacrificio suficiente para resolver definitivamente su deuda.
Entonces:
Dios proveyó.
Cuando Juan el Bautista vio acercarse a Jesús declaró:
“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”
Juan 1:29, RVR1960
No era el cordero que el hombre había encontrado para ofrecérselo a Dios.
Era:
“El Cordero de Dios.”
Lo extraordinario no fue solamente que hubiera una solución
Lo verdaderamente extraordinario fue quién era la solución.
Dios no envió simplemente instrucciones.
Envió a su Hijo.
No nos entregó solamente una nueva ley.
Nos entregó un Salvador.
No gritó desde el cielo:
“Encuentren la manera de regresar.”
Él descendió hasta nosotros.
Juan lo expresa así:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
Juan 1:14, RVR1960
El que existía antes de Belén entró en nuestra historia.
El Creador entró en su creación.
El inmortal asumió una naturaleza humana capaz de morir.
El Hijo eterno entró en el mundo donde reinaba la muerte.
Porque había venido a enfrentarla.
El Juez no abandonó la justicia ni abandonó al culpable
Este es el corazón de este capítulo.
Cuando nosotros no podíamos pagar…
Dios proporcionó el pago.
Cuando no podíamos regresar…
Dios abrió el camino.
Cuando estábamos destituidos…
Dios envió a su Hijo.
Cuando la muerte reinaba…
vino la Vida.
Cuando el acta estaba contra nosotros…
Dios comenzó a preparar el lugar donde aquella acta sería clavada.
Cuando la justicia demandaba una respuesta…
el amor de Dios proporcionó un Salvador.
Dios no miró hacia otro lado.
No fingió que el pecado nunca había ocurrido.
No destruyó su justicia.
No abandonó su santidad.
No cambió su palabra.
Pero tampoco nos abandonó a nosotros.
Ese es el Evangelio comenzando a aparecer delante de nuestros ojos.
El Juez que tenía todo el derecho de pronunciar nuestra sentencia decidió hacer algo que nadie podía exigirle:
proporcionar Él mismo el camino para nuestra salvación.
Y para hacerlo entregaría aquello que ningún ser humano habría podido imaginar.
A su propio Hijo.
Ahora necesitamos contemplar al Hijo.
Porque la siguiente parte de nuestra historia ya no ocurre solamente alrededor de un tribunal celestial.
Nos lleva a una pequeña aldea.
A una joven virgen.
A un pesebre.
A Dios entrando en la historia humana.
El Hijo entró en nuestro mundo para hacer por nosotros aquello que nosotros jamás habríamos podido hacer por nosotros mismos.
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