Por el Dr. Elio M Rivera
Hay momentos en la vida de una persona donde la verdad acerca de quién es realmente queda completamente expuesta.
Y en el caso de Jesucristo, esos momentos llegaron durante la última semana de su vida.
Porque mientras la presión aumentaba, mientras el odio de sus enemigos crecía y mientras la cruz comenzaba a acercarse, Jesús tuvo múltiples oportunidades para retroceder, suavizar sus palabras o negar lo que había dicho acerca de sí mismo.
Pero no lo hizo.
Eso habla volúmenes.
Muchos hombres son capaces de sostener ideas mientras todo va bien. Pero cuando la muerte aparece delante de ellos, comienzan las excusas, las negaciones y el miedo.
Jesús hizo exactamente lo contrario.
Durante su última semana en Jerusalén, el ambiente era extremadamente tenso. Los líderes religiosos querían atraparlo. Roma observaba cuidadosamente cualquier señal de rebelión. Y las multitudes estaban divididas.
Algunos querían coronarlo. Otros querían verlo muerto.
Y aun así, Jesús siguió hablando públicamente acerca de su identidad.
Uno de los momentos más impactantes ocurrió en el huerto de Getsemaní.
Era de noche. Soldados, guardias del templo y hombres armados llegaron para arrestarlo. Llevaban antorchas y armas, como si fueran a capturar a un criminal peligroso.
Entonces Jesús salió a su encuentro y les preguntó:
“¿A quién buscáis?”
— Juan 18:4
Ellos respondieron:
“A Jesús nazareno.”
— Juan 18:5
Y entonces ocurrió algo extraordinario.
Jesús respondió:
“Yo soy.”
Y el evangelio dice algo desconcertante:
“Retrocedieron, y cayeron a tierra.”
— Juan 18:6
Eso es impresionante.
Por un instante, en medio de la oscuridad de Getsemaní, Jesús reveló algo de su autoridad. Aquellos hombres armados cayeron al suelo simplemente al escuchar sus palabras.
Era como si Jesús estuviera enviando un mensaje claro:
“Si yo quisiera escapar, ustedes no podrían detenerme.”
Porque Jesús no fue arrestado por falta de poder. Se entregó voluntariamente.
Y eso vuelve todo todavía más profundo.
Porque después de derribarlos con sus palabras, volvió a preguntar:
“¿A quién buscáis?”
— Juan 18:7
Y ellos respondieron nuevamente:
“A Jesús nazareno.”
Entonces Jesús volvió a decir:
“Os he dicho que yo soy…”
— Juan 18:8
Y esta vez se entregó.
Eso es increíblemente poderoso.
Jesús dejó claro que nadie le estaba quitando la vida por la fuerza. Él estaba decidiendo entregarla.
De hecho, días antes ya había dicho algo impresionante:
“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.”
— Juan 10:18

Y quizá una de las escenas más intensas ocurrió durante su juicio religioso.
El sumo sacerdote lo interrogó directamente delante del concilio judío.
“¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”
— Marcos 14:61
Ese era el momento perfecto para retroceder. Bastaba con negar sus declaraciones. Bastaba con suavizar sus palabras.
Pero Jesús respondió:
“Yo soy…”
— Marcos 14:62
Y después añadió algo todavía más fuerte:
“Y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.”
El sumo sacerdote rasgó sus vestiduras. El concilio estalló en indignación. Y en ese momento decidieron oficialmente llevarlo a la muerte.
Eso también obliga a pensar.
Porque Jesús sabía exactamente lo que estaba haciendo. Sabía que esas palabras lo conducirían directamente hacia la cruz.
Y aun así, jamás negó quién decía ser.
Eso requiere una convicción absoluta.
Porque es relativamente fácil hablar acerca de ideales cuando no hay consecuencias. Pero cuando sostener una declaración significa sufrimiento, tortura y muerte, solamente quedan dos opciones: o la persona está completamente engañada… o realmente cree con toda su alma que está diciendo la verdad.
Y Jesús sostuvo su identidad hasta el final.
Fue golpeado, escupido, humillado y crucificado. Pero nunca retrocedió.
Nunca dijo: “Todo fue un malentendido.”
Nunca dijo: “Exageraron mis palabras.”
Nunca intentó salvarse negando sus declaraciones.
Por el contrario, defendió su identidad aun cuando eso le costó la vida.
Y quizá allí aparece una de las preguntas más incómodas de todas:
¿Qué clase de hombre está dispuesto a morir defendiendo semejantes afirmaciones acerca de sí mismo?
Porque Jesús no murió simplemente por enseñar amor o bondad. Murió, en gran parte, por quién decía ser.
Y dos mil años después, la humanidad sigue intentando responder exactamente la misma pregunta que estremeció Jerusalén aquella noche:
¿Quién era realmente Jesús de Nazaret?
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