7. Jesús de Nazaret: El hombre que dijo ser el gran “Yo Soy”

Por el Dr. Elio M Rivera

    Hay declaraciones de Jesús que resultan impactantes. Pero hay otras que, para el contexto judío del siglo primero, eran simplemente explosivas.

    Una de ellas ocurrió durante una discusión intensa con líderes religiosos. Jesús estaba hablando acerca de Abraham, el patriarca más importante del pueblo judío, cuando de repente dijo algo que dejó a todos en silencio.

“Antes que Abraham fuese, yo soy.”
Juan 8:58

    A simple vista, algunas personas modernas quizá no entiendan por qué esas palabras provocaron una reacción tan fuerte. Pero para un judío del siglo primero, aquello era estremecedor.

    Porque Jesús no dijo simplemente: “Yo existía antes de Abraham.” Utilizó una expresión profundamente sagrada dentro de la fe judía.

    La frase “Yo Soy” conectaba directamente con el momento en que Dios habló con Moisés desde la zarza ardiente.

“YO SOY EL QUE SOY.”
— Éxodo 3:14

    Ese nombre era considerado santo, poderoso y profundamente reverente para el pueblo judío. No era una expresión cualquiera. Era una forma en que Dios se había revelado a Sí mismo.

    Y entonces aparece Jesús, un hombre nacido en Nazaret, hijo de un carpintero, caminando por las calles polvorientas de Judea… diciendo palabras que parecían colocarlo en el mismo lugar de aquel “Yo Soy” del Antiguo Testamento.

    Eso era demasiado radical.

    De hecho, la reacción de los líderes religiosos fue inmediata:

“Tomaron entonces piedras para arrojárselas…”
— Juan 8:59

    ¿Por qué querían apedrearlo?

    Porque entendieron perfectamente lo que Jesús estaba afirmando.

    No pensaron que hablaba poéticamente. No creyeron que se trataba de una metáfora inocente. Comprendieron que Jesús estaba apropiándose de un lenguaje que pertenecía solamente a Dios.

    Eso obliga a pensar seriamente en quién creía ser Jesús.

    Porque una persona normal jamás hablaría así de sí misma. Y menos dentro de una cultura judía estrictamente monoteísta, donde tomar para uno mismo títulos divinos podía costarte la vida.

    Pero Jesús nunca retrocedió.

    Y hay otro detalle profundamente importante.

    A Jesús también comenzaron a llamarle “Señor”. En hebreo, muchos judíos utilizaban expresiones relacionadas con Adonai, un término reverente usado para referirse a Dios como Señor y soberano.

    Eso tampoco era una cosa pequeña.

    Hoy la palabra “señor” puede sonar común, pero en el contexto judío tenía una profundidad espiritual enorme. Reconocer a alguien como Adonai implicaba autoridad, dominio, reverencia y soberanía.

    Y lo más impresionante es que Jesús aceptaba ese trato.

    Nunca vemos a Jesús corrigiendo a las personas cuando lo adoraban o cuando lo llamaban Señor en un sentido profundamente espiritual.

    Por el contrario, parecía actuar como alguien consciente de que esas expresiones le pertenecían.

    De hecho, después de la resurrección, Tomás cayó delante de Él y dijo algo absolutamente impactante:

“¡Señor mío, y Dios mío!”
— Juan 20:28

    Y Jesús no lo corrigió.

    Eso vuelve todo todavía más incómodo para quien intenta reducir a Jesús simplemente a un maestro moral o a un profeta más.

    Porque los profetas apuntaban hacia Dios. Jesús hablaba como alguien que compartía la autoridad, la gloria y el nombre de Dios.

    Y quizá una de las cosas más desconcertantes es que estas declaraciones salieron de la boca de un hombre humilde de Nazaret, alguien sin ejército, sin posición política, sin riqueza y sin respaldo de Roma.

    Sin embargo, hablaba con una autoridad que hacía temblar incluso a los líderes religiosos.

    Eso obliga a enfrentar una pregunta incómoda.

    ¿Por qué un hombre estaría dispuesto a decir semejantes cosas acerca de sí mismo sabiendo que podían llevarlo a la muerte?

    Porque Jesús sabía perfectamente lo que provocaban sus palabras. Sabía que llamarse “Yo Soy” delante de líderes judíos era peligrosísimo. Sabía que aceptar títulos divinos era visto como blasfemia.

    Y aun así, jamás retrocedió.

    Eso requiere una convicción impresionante.

    Y aquí aparece el verdadero desafío de Jesús.

    Porque Él no dejó mucho espacio para la neutralidad.

    Si Jesús solamente hubiera enseñado acerca del amor, probablemente el mundo entero lo admiraría sin problema. Pero Jesús hizo algo más.

    Habló como alguien que afirmaba compartir la identidad, la autoridad y el nombre mismo de Dios.

    Y eso cambia completamente la conversación.

    Porque entonces Jesús no puede ser reducido fácilmente a un simple filósofo, un reformador espiritual o un maestro inspirador.

    La verdadera pregunta se vuelve mucho más profunda:

    ¿Qué ocurre si Jesús realmente era el gran “Yo Soy”?

Escucha música con propósito aquí…

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.