18. ¿Por qué Dios no podía simplemente ignorar lo sucedido?

Dr. Elio M Rivera

  Llegamos ahora a una de las preguntas más importantes de toda esta historia.

  Si Dios amaba tanto a Adán y Eva

  Si eran sus hijos…

  Si acabamos de contemplar a un Padre que salió a buscarlos cuando se escondieron…

  ¿Por qué no decir simplemente:

  «Los perdono. No pasa nada. Comencemos otra vez»?

  ¿Por qué expulsarlos del huerto?

  ¿Por qué permitir que las consecuencias continuaran?

  ¿Por qué tenía que haber juicio?

  Y, sobre todo, ¿por qué siglos después Jesucristo tendría que venir al mundo y morir en una cruz?

  Aquí comienza a aparecer una respuesta que será fundamental para comprender todo el Evangelio.

  Porque Dios no solamente es amor.

  Dios también es justo.

  La Escritura declara:

  «Dios es juez justo.»
  Salmos 7:11, RVR1960

  Y Abraham expresó un principio extraordinario:

  «El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?»
  Génesis 18:25, RVR1960

  El problema de Edén no podía resolverse simplemente fingiendo que nada había sucedido.

  Porque sí había sucedido algo.

  Había ocurrido una rebelión.

  Había sido quebrantada una palabra.

  Había sido rechazada la autoridad de Dios.

  Había sido utilizada contra Dios la libertad que Él había concedido.

  Y aquella decisión comenzaría a producir víctimas.

  Muerte.

  Dolor.

  Injusticia.

  Violencia.

  Sufrimiento.

  Ignorar aquello no habría sido misericordia.

  Habría sido injusticia.

El pecado había creado un verdadero problema con la justicia

  Una de las cosas que desarrollo con mayor amplitud en Adán y Eva, ¿Culpables o inocentes? es que el Reino de Dios no funciona de manera arbitraria.

  Dios no gobierna según el capricho del momento.

  La Escritura presenta su trono relacionado con justicia.

  «Cetro de justicia es el cetro de tu reino.»
  Salmos 45:6, RVR1960

  Ésta es una idea extraordinaria.

  El poder de Dios no está separado de su justicia.

  Dios no dice:

  «Como yo soy Dios, puedo hacer cualquier cosa aunque sea injusta.»

  Precisamente porque es Dios, siempre actúa en perfecta concordancia con su propio carácter.

  Su justicia no puede ser comprada.

  No puede ser corrompida.

  No puede ser manipulada.

  No cambia porque el acusado sea alguien que Él ama.

  En mi libro utilizo la expresión «Departamento de Justicia del Cielo» como una manera de ayudarnos a visualizar esta realidad.

  No estoy afirmando que exista literalmente una oficina celestial organizada exactamente como un ministerio de justicia humano.

  Es una ilustración.

  Pero la realidad bíblica detrás de la imagen sí existe.

  Hay Juez.

  Hay ley.

  Hay responsabilidad.

  Hay juicio.

  Hay sentencia.

  La Escritura incluso habla del:

  «tribunal de Cristo.»
  2 Corintios 5:10, RVR1960

  Y afirma:

  «Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.»
  Hebreos 9:27, RVR1960

  Por eso lo sucedido en Edén no podía desaparecer simplemente porque Dios amara a Adán.

  El amor de Dios no cancela la justicia de Dios.

  Y la justicia de Dios tampoco cancela su amor.

  Aquí precisamente comenzará a aparecer la cruz.

  Adán había quebrantado algo real.

  Juan define el pecado como:

  «infracción de la ley.»
  1 Juan 3:4, RVR1960

  Y la sentencia relacionada con el pecado aparece repetidamente en la Escritura:

  «La paga del pecado es muerte.»
  Romanos 6:23, RVR1960

  Dios ya lo había advertido desde Edén.

  El pecado no era un juego.

  La separación de la fuente de la vida produciría muerte.

  Y el hombre quedó bajo esa sentencia.

  En el libro utilizo también la figura de un acta levantada contra el hombre.

  Pablo habla de:

  «el acta de los decretos que había contra nosotros.»
  Colosenses 2:14, RVR1960

  Debemos ser cuidadosos.

  La Biblia no dice que después de comer del fruto Adán compareció literalmente ante un escritorio celestial y un secretario redactó un documento.

  Eso sería añadir detalles que no conocemos.

  Pero la imagen jurídica resulta útil porque comunica una verdad bíblica:

  había una causa contra nosotros.

  Había culpabilidad.

  Había una sentencia.

  Y el hombre no podía simplemente declarar inocente a sí mismo.

  Pablo dice que:

  «todos pecaron.»
  Romanos 3:23, RVR1960

  El problema se volvió todavía más grave porque el pecado de Adán no quedó aislado.

  La humanidad entera quedó dentro de un mundo caído.

  Pablo lo explica diciendo:

  «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte.»
  Romanos 5:12, RVR1960

  De manera que lo ocurrido en Edén había abierto un problema que ningún ser humano caído podía resolver por sí mismo.

  El culpable no podía simplemente presentarse delante del Juez y decir:

  «Olvide lo que hice.»

  La justicia no funciona así.

  Imagine a un juez humano delante de un asesino culpable.

  La evidencia es clara.

  La víctima existe.

  El crimen ocurrió.

  Y el juez dice:

  «Soy una persona muy amorosa, así que fingiremos que nunca pasó.»

  ¿Diríamos que ese juez es misericordioso?

  No.

  Diríamos que es injusto.

  Porque la verdadera justicia también toma en cuenta a las víctimas.

  Si Dios simplemente ignorara la rebelión, estaría declarando que la maldad no importa.

  Que la muerte no importa.

  Que las lágrimas futuras no importan.

  Que las víctimas no importan.

  Pero a Dios sí le importan.

  Por eso el pecado tenía que ser enfrentado.

Aquí comienza a entenderse por qué tenía que existir una cruz

  En la ley de Moisés encontramos un principio de proporcionalidad en la justicia:

  «vida por vida, ojo por ojo, diente por diente.»
  Éxodo 21:23–24, RVR1960

  No debemos convertir esta expresión en una fórmula mecánica para explicar cada detalle de la expiación.

  Su principio fundamental era que la justicia debía corresponder verdaderamente al daño producido.

  No se podía tratar un crimen enorme como si fuera insignificante.

  Y aquí el problema del hombre era terrible.

  Habíamos pecado.

  La sentencia era muerte.

  Pero un pecador no podía convertirse en el salvador de los demás pecadores.

  Todos estábamos dentro del mismo problema.

  Ningún descendiente caído de Adán podía decir:

  «Yo pagaré por todos.»

  Porque también necesitaba ser rescatado.

  El sacrificio que resolviera definitivamente el problema tendría que venir de alguien que no estuviera bajo la misma culpabilidad.

  Tenía que ser sin pecado.

  Pedro dice acerca de Cristo:

  «El cual no hizo pecado.»
  1 Pedro 2:22, RVR1960

  Hebreos lo presenta:

  «sin pecado.»
  Hebreos 4:15, RVR1960

  Y aquí comienza a responderse una de las preguntas más grandes de todo este libro:

  ¿Por qué Dios tuvo que dejar el cielo, hacerse hombre y terminar muriendo en una cruz?

  Porque el problema no podía solucionarse simplemente con una declaración sentimental:

  «No importa.»

  Sí importaba.

  Había justicia que satisfacer.

  Había pecado que juzgar.

  Había una sentencia.

  Y había una humanidad incapaz de salir de aquel problema por sus propios medios.

  Entonces ocurrió algo extraordinario.

  Dios decidió entrar Él mismo en nuestra historia.

  El Verbo se hizo carne.

  Juan 1:14.

  El Hijo tomó verdadera naturaleza humana.

  Hebreos dice:

  «Participó de lo mismo.»
  Hebreos 2:14, RVR1960

  Tenía que venir como Hombre porque el problema había entrado al mundo a través del hombre.

  Pablo establece el paralelo:

  Por un hombre vino desobediencia.

  Por otro Hombre vendría obediencia.

  Por Adán vino muerte.

  Por Cristo vendría vida.

  Romanos 5:18–19.

  Pero Cristo haría algo que ninguno de nosotros podía hacer.

  Viviría sin pecado.

  No estaría bajo condenación por pecados propios.

  Y entonces podría entregarse por nosotros.

  La Escritura declara:

  «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado.»
  2 Corintios 5:21, RVR1960

  Y Pedro dice:

  «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero.»
  1 Pedro 2:24, RVR1960

  Aquí comienza a aparecer el verdadero significado de la cruz.

  La cruz no fue solamente la muerte trágica de un buen hombre.

  No fue solamente un ejemplo de amor.

  No fue solamente un asesinato cometido por Roma.

  Fue el lugar donde el problema del pecado y la justicia se encontraron con el amor de Dios.

  Lo que nosotros no podíamos resolver, Dios decidió resolverlo.

  No ignorando la justicia.

  Satisfaciéndola.

  No diciendo que el pecado no tenía importancia.

  Mostrando cuánto costaba.

  No destruyendo simplemente al culpable.

  Proveyendo un Sustituto.

  Pablo lo resume de una manera extraordinaria:

  «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.»
  Romanos 5:8, RVR1960

  Aquí tenemos que detenernos.

  Porque esto cambia completamente la imagen de Dios.

  Podríamos imaginar al Padre como un juez cruel exigiendo que alguien sufra.

  Pero el Evangelio nos presenta algo mucho más profundo.

  Dios mismo asumió el costo de aquello que su propia justicia demandaba.

  No estaba exigiendo a otro algo que Él mismo no estuviera dispuesto a enfrentar.

  En Cristo, Dios vino hasta nosotros.

  Se hizo hombre.

  Vivió sin pecado.

  Y finalmente recibió sobre sí aquello de lo que venía a rescatarnos.

  Por eso la cruz será terrible.

  Habrá rechazo.

  Vergüenza.

  Dolor.

  Sangre.

  Muerte.

  Porque el pecado era terrible.

  Pero detrás de aquella cruz no encontraremos un Dios que dejó de amar.

  Encontraremos exactamente lo contrario.

  Encontraremos a un Dios cuya justicia era demasiado perfecta para ignorar el pecado y cuyo amor era demasiado grande para abandonar al pecador.

  Ese era el dilema.

  La justicia decía:

  «El pecado tiene que ser juzgado.»

  El amor decía:

  «Quiero salvarlos.»

  Y en la cruz ambas cosas se encontrarían.

  Por eso Pablo puede decir que Dios es:

  «el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.»
  Romanos 3:26, RVR1960

  Ésta es la maravilla.

  Dios no dejó de ser justo para salvarnos.

  Nos salvó sin dejar de ser justo.

  Y aquí, todavía a las puertas de Edén, comenzamos a entender por qué la historia tendría que conducir inevitablemente hacia el Calvario.

  El hombre había recibido sentencia.

  No podía pagar.

  No podía rescatarse.

  No podía producir por sí mismo un hombre sin pecado.

  Así que Dios mismo vendría.

  Vendría como Hombre.

  Viviría la vida que nosotros no vivimos.

  Permanecería obediente donde Adán desobedeció.

  Y finalmente recibiría sobre sí las consecuencias del pecado para abrir nuevamente el camino hacia la vida.

  Ahora comienza a responderse la pregunta:

  ¿Por qué Dios tuvo que dejar el cielo y morir en una cruz?

  Porque nuestro problema no era pequeño.

  Era moral.

  Era espiritual.

  Era mortal.

  Y, en el lenguaje que hemos venido utilizando, era también un problema con la Justicia Divina.

  La cruz será la respuesta de Dios.

¿Qué aprendemos de Dios aquí?

  Aprendemos que Dios es perfectamente justo.

  «Dios es juez justo.»
  Salmos 7:11, RVR1960

  No cambia las reglas para favorecer a unos y perjudicar a otros.

  Aprendemos que su gobierno está fundamentado en justicia.

  «Cetro de justicia es el cetro de tu reino.»
  Salmos 45:6, RVR1960

  Su autoridad no se basa solamente en poder, sino en rectitud.

  Aprendemos que Dios toma en serio el mal porque toma en serio a sus víctimas.

  Un Dios que ignorara para siempre la injusticia no sería bueno.

  «Jehová es justo, y ama la justicia.»
  Salmos 11:7, RVR1960

  Aprendemos que Dios no desea la muerte del pecador.

  Aunque la justicia pronuncia sentencia, el corazón de Dios busca rescatar.

  «¿Quiero yo la muerte del impío?… ¿No vivirá, si se apartare de sus caminos?»
  Ezequiel 18:23, RVR1960

  Aprendemos que el amor de Dios no consiste en ignorar nuestros pecados, sino en hacer algo para rescatarnos de ellos.

  «Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.»
  Romanos 5:8, RVR1960

  Y finalmente aprendemos algo que será cada vez más importante a medida que avancemos:

  Dios estuvo dispuesto a someterse a las exigencias de su propia justicia para salvar a quienes habían quebrantado su ley.

  El hombre pecó.

  Dios no fingió que no había sucedido.

  El hombre recibió sentencia.

  Dios no lo abandonó.

  La justicia tenía que cumplirse.

  Dios comenzó a preparar la cruz.

  El culpable no podía pagar.

  Vendría uno sin pecado.

  El hombre no podía rescatarse.

  Dios mismo se haría Hombre.

  Y es aquí donde po18. ¿Por qué Dios no podía simplemente ignorar lo sucedido?

  Llegamos ahora a una de las preguntas más importantes de toda esta historia.

  Si Dios amaba tanto a Adán y Eva…

  Si eran sus hijos…

  Si acabamos de contemplar a un Padre que salió a buscarlos cuando se escondieron…

  ¿Por qué no decir simplemente:

  «Los perdono. No pasa nada. Comencemos otra vez»?

  ¿Por qué expulsarlos del huerto?

  ¿Por qué permitir que las consecuencias continuaran?

  ¿Por qué tenía que haber juicio?

  Y, sobre todo, ¿por qué siglos después Jesucristo tendría que venir al mundo y morir en una cruz?

  Aquí comienza a aparecer una respuesta que será fundamental para comprender todo el Evangelio.

  Porque Dios no solamente es amor.

  Dios también es justo.

  La Escritura declara:

  «Dios es juez justo.»
  Salmos 7:11, RVR1960

  Y Abraham expresó un principio extraordinario:

  «El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?»
  Génesis 18:25, RVR1960

  El problema de Edén no podía resolverse simplemente fingiendo que nada había sucedido.

  Porque sí había sucedido algo.

  Había ocurrido una rebelión.

  Había sido quebrantada una palabra.

  Había sido rechazada la autoridad de Dios.

  Había sido utilizada contra Dios la libertad que Él había concedido.

  Y aquella decisión comenzaría a producir víctimas.

  Muerte.

  Dolor.

  Injusticia.

  Violencia.

  Sufrimiento.

  Ignorar aquello no habría sido misericordia.

  Habría sido injusticia.

El pecado había creado un verdadero problema con la justicia

  Una de las cosas que desarrollo con mayor amplitud en Adán y Eva, ¿Culpables o inocentes? es que el Reino de Dios no funciona de manera arbitraria.

  Dios no gobierna según el capricho del momento.

  La Escritura presenta su trono relacionado con justicia.

  «Cetro de justicia es el cetro de tu reino.»
  Salmos 45:6, RVR1960

  Ésta es una idea extraordinaria.

  El poder de Dios no está separado de su justicia.

  Dios no dice:

  «Como yo soy Dios, puedo hacer cualquier cosa aunque sea injusta.»

  Precisamente porque es Dios, siempre actúa en perfecta concordancia con su propio carácter.

  Su justicia no puede ser comprada.

  No puede ser corrompida.

  No puede ser manipulada.

  No cambia porque el acusado sea alguien que Él ama.

  En mi libro utilizo la expresión «Departamento de Justicia del Cielo» como una manera de ayudarnos a visualizar esta realidad.

  No estoy afirmando que exista literalmente una oficina celestial organizada exactamente como un ministerio de justicia humano.

  Es una ilustración.

  Pero la realidad bíblica detrás de la imagen sí existe.

  Hay Juez.

  Hay ley.

  Hay responsabilidad.

  Hay juicio.

  Hay sentencia.

  La Escritura incluso habla del:

  «tribunal de Cristo.»
  2 Corintios 5:10, RVR1960

  Y afirma:

  «Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.»
  Hebreos 9:27, RVR1960

  Por eso lo sucedido en Edén no podía desaparecer simplemente porque Dios amara a Adán.

  El amor de Dios no cancela la justicia de Dios.

  Y la justicia de Dios tampoco cancela su amor.

  Aquí precisamente comenzará a aparecer la cruz.

  Adán había quebrantado algo real.

  Juan define el pecado como:

  «infracción de la ley.»
  1 Juan 3:4, RVR1960

  Y la sentencia relacionada con el pecado aparece repetidamente en la Escritura:

  «La paga del pecado es muerte.»
  Romanos 6:23, RVR1960

  Dios ya lo había advertido desde Edén.

  El pecado no era un juego.

  La separación de la fuente de la vida produciría muerte.

  Y el hombre quedó bajo esa sentencia.

  En el libro utilizo también la figura de un acta levantada contra el hombre.

  Pablo habla de:

  «el acta de los decretos que había contra nosotros.»
  Colosenses 2:14, RVR1960

  Debemos ser cuidadosos.

  La Biblia no dice que después de comer del fruto Adán compareció literalmente ante un escritorio celestial y un secretario redactó un documento.

  Eso sería añadir detalles que no conocemos.

  Pero la imagen jurídica resulta útil porque comunica una verdad bíblica:

  había una causa contra nosotros.

  Había culpabilidad.

  Había una sentencia.

  Y el hombre no podía simplemente declarar inocente a sí mismo.

  Pablo dice que:

  «todos pecaron.»
  Romanos 3:23, RVR1960

  El problema se volvió todavía más grave porque el pecado de Adán no quedó aislado.

  La humanidad entera quedó dentro de un mundo caído.

  Pablo lo explica diciendo:

  «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte.»
  Romanos 5:12, RVR1960

  De manera que lo ocurrido en Edén había abierto un problema que ningún ser humano caído podía resolver por sí mismo.

  El culpable no podía simplemente presentarse delante del Juez y decir:

  «Olvide lo que hice.»

  La justicia no funciona así.

  Imagine a un juez humano delante de un asesino culpable.

  La evidencia es clara.

  La víctima existe.

  El crimen ocurrió.

  Y el juez dice:

  «Soy una persona muy amorosa, así que fingiremos que nunca pasó.»

  ¿Diríamos que ese juez es misericordioso?

  No.

  Diríamos que es injusto.

  Porque la verdadera justicia también toma en cuenta a las víctimas.

  Si Dios simplemente ignorara la rebelión, estaría declarando que la maldad no importa.

  Que la muerte no importa.

  Que las lágrimas futuras no importan.

  Que las víctimas no importan.

  Pero a Dios sí le importan.

  Por eso el pecado tenía que ser enfrentado.

Aquí comienza a entenderse por qué tenía que existir una cruz

  En la ley de Moisés encontramos un principio de proporcionalidad en la justicia:

  «vida por vida, ojo por ojo, diente por diente.»
  Éxodo 21:23–24, RVR1960

  No debemos convertir esta expresión en una fórmula mecánica para explicar cada detalle de la expiación.

  Su principio fundamental era que la justicia debía corresponder verdaderamente al daño producido.

  No se podía tratar un crimen enorme como si fuera insignificante.

  Y aquí el problema del hombre era terrible.

  Habíamos pecado.

  La sentencia era muerte.

  Pero un pecador no podía convertirse en el salvador de los demás pecadores.

  Todos estábamos dentro del mismo problema.

  Ningún descendiente caído de Adán podía decir:

  «Yo pagaré por todos.»

  Porque también necesitaba ser rescatado.

  El sacrificio que resolviera definitivamente el problema tendría que venir de alguien que no estuviera bajo la misma culpabilidad.

  Tenía que ser sin pecado.

  Pedro dice acerca de Cristo:

  «El cual no hizo pecado.»
  1 Pedro 2:22, RVR1960

  Hebreos lo presenta:

  «sin pecado.»
  Hebreos 4:15, RVR1960

  Y aquí comienza a responderse una de las preguntas más grandes de todo este libro:

  ¿Por qué Dios tuvo que dejar el cielo, hacerse hombre y terminar muriendo en una cruz?

  Porque el problema no podía solucionarse simplemente con una declaración sentimental:

  «No importa.»

  Sí importaba.

  Había justicia que satisfacer.

  Había pecado que juzgar.

  Había una sentencia.

  Y había una humanidad incapaz de salir de aquel problema por sus propios medios.

  Entonces ocurrió algo extraordinario.

  Dios decidió entrar Él mismo en nuestra historia.

  El Verbo se hizo carne.

  Juan 1:14.

  El Hijo tomó verdadera naturaleza humana.

  Hebreos dice:

  «Participó de lo mismo.»
  Hebreos 2:14, RVR1960

  Tenía que venir como Hombre porque el problema había entrado al mundo a través del hombre.

  Pablo establece el paralelo:

  Por un hombre vino desobediencia.

  Por otro Hombre vendría obediencia.

  Por Adán vino muerte.

  Por Cristo vendría vida.

  Romanos 5:18–19.

  Pero Cristo haría algo que ninguno de nosotros podía hacer.

  Viviría sin pecado.

  No estaría bajo condenación por pecados propios.

  Y entonces podría entregarse por nosotros.

  La Escritura declara:

  «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado.»
  2 Corintios 5:21, RVR1960

  Y Pedro dice:

  «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero.»
  1 Pedro 2:24, RVR1960

  Aquí comienza a aparecer el verdadero significado de la cruz.

  La cruz no fue solamente la muerte trágica de un buen hombre.

  No fue solamente un ejemplo de amor.

  No fue solamente un asesinato cometido por Roma.

  Fue el lugar donde el problema del pecado y la justicia se encontraron con el amor de Dios.

  Lo que nosotros no podíamos resolver, Dios decidió resolverlo.

  No ignorando la justicia.

  Satisfaciéndola.

  No diciendo que el pecado no tenía importancia.

  Mostrando cuánto costaba.

  No destruyendo simplemente al culpable.

  Proveyendo un Sustituto.

  Pablo lo resume de una manera extraordinaria:

  «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.»
  Romanos 5:8, RVR1960

  Aquí tenemos que detenernos.

  Porque esto cambia completamente la imagen de Dios.

  Podríamos imaginar al Padre como un juez cruel exigiendo que alguien sufra.

  Pero el Evangelio nos presenta algo mucho más profundo.

  Dios mismo asumió el costo de aquello que su propia justicia demandaba.

  No estaba exigiendo a otro algo que Él mismo no estuviera dispuesto a enfrentar.

  En Cristo, Dios vino hasta nosotros.

  Se hizo hombre.

  Vivió sin pecado.

  Y finalmente recibió sobre sí aquello de lo que venía a rescatarnos.

  Por eso la cruz será terrible.

  Habrá rechazo.

  Vergüenza.

  Dolor.

  Sangre.

  Muerte.

  Porque el pecado era terrible.

  Pero detrás de aquella cruz no encontraremos un Dios que dejó de amar.

  Encontraremos exactamente lo contrario.

  Encontraremos a un Dios cuya justicia era demasiado perfecta para ignorar el pecado y cuyo amor era demasiado grande para abandonar al pecador.

  Ese era el dilema.

  La justicia decía:

  «El pecado tiene que ser juzgado.»

  El amor decía:

  «Quiero salvarlos.»

  Y en la cruz ambas cosas se encontrarían.

  Por eso Pablo puede decir que Dios es:

  «el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.»
  Romanos 3:26, RVR1960

  Ésta es la maravilla.

  Dios no dejó de ser justo para salvarnos.

  Nos salvó sin dejar de ser justo.

  Y aquí, todavía a las puertas de Edén, comenzamos a entender por qué la historia tendría que conducir inevitablemente hacia el Calvario.

  El hombre había recibido sentencia.

  No podía pagar.

  No podía rescatarse.

  No podía producir por sí mismo un hombre sin pecado.

  Así que Dios mismo vendría.

  Vendría como Hombre.

  Viviría la vida que nosotros no vivimos.

  Permanecería obediente donde Adán desobedeció.

  Y finalmente recibiría sobre sí las consecuencias del pecado para abrir nuevamente el camino hacia la vida.

  Ahora comienza a responderse la pregunta:

  ¿Por qué Dios tuvo que dejar el cielo y morir en una cruz?

  Porque nuestro problema no era pequeño.

  Era moral.

  Era espiritual.

  Era mortal.

  Y, en el lenguaje que hemos venido utilizando, era también un problema con la Justicia Divina.

  La cruz será la respuesta de Dios.

¿Qué aprendemos de Dios aquí?

  Aprendemos que Dios es perfectamente justo.

  «Dios es juez justo.»
  Salmos 7:11, RVR1960

  No cambia las reglas para favorecer a unos y perjudicar a otros.

  Aprendemos que su gobierno está fundamentado en justicia.

  «Cetro de justicia es el cetro de tu reino.»
  Salmos 45:6, RVR1960

  Su autoridad no se basa solamente en poder, sino en rectitud.

  Aprendemos que Dios toma en serio el mal porque toma en serio a sus víctimas.

  Un Dios que ignorara para siempre la injusticia no sería bueno.

  «Jehová es justo, y ama la justicia.»
  Salmos 11:7, RVR1960

  Aprendemos que Dios no desea la muerte del pecador.

  Aunque la justicia pronuncia sentencia, el corazón de Dios busca rescatar.

  «¿Quiero yo la muerte del impío?… ¿No vivirá, si se apartare de sus caminos?»
  Ezequiel 18:23, RVR1960

  Aprendemos que el amor de Dios no consiste en ignorar nuestros pecados, sino en hacer algo para rescatarnos de ellos.

  «Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.»
  Romanos 5:8, RVR1960

  Y finalmente aprendemos algo que será cada vez más importante a medida que avancemos:

  Dios estuvo dispuesto a someterse a las exigencias de su propia justicia para salvar a quienes habían quebrantado su ley.

  El hombre pecó.

  Dios no fingió que no había sucedido.

  El hombre recibió sentencia.

  Dios no lo abandonó.

  La justicia tenía que cumplirse.

  Dios comenzó a preparar la cruz.

  El culpable no podía pagar.

  Vendría uno sin pecado.

  El hombre no podía rescatarse.

  Dios mismo se haría Hombre.

  Y es aquí donde por primera vez comenzamos a comprender la magnitud de la pregunta que estará detrás de todo el Evangelio:

  ¿Qué clase de Dios es éste, que en lugar de corromper su justicia para salvar a sus hijos, estuvo dispuesto a cargar Él mismo con el costo de rescatarlos?

  La respuesta comenzará en Edén.

  Pero solamente podremos verla completamente cuando lleguemos a la cruz. Por primera vez comenzamos a comprender la magnitud de la pregunta que estará detrás de todo el Evangelio:

  ¿Qué clase de Dios es éste, que en lugar de corromper su justicia para salvar a sus hijos, estuvo dispuesto a cargar Él mismo con el costo de rescatarlos?

  La respuesta comenzará en Edén.

  Pero solamente podremos verla completamente cuando lleguemos a la cruz.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.