Dr. Elio M Rivera
Texto clave
“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.”
Isaías 53:5, RVR1960
Finalmente hemos llegado a la Cruz.
Todo lo que hemos estudiado en esta serie nos conducía inevitablemente hasta este lugar.
Había una ley quebrantada.
Había culpabilidad.
Había una deuda.
Había una sentencia.
La paga del pecado era muerte.
La justicia divina no podía simplemente ignorar lo ocurrido, porque hacerlo habría significado dejar de ser justicia.
Pero al mismo tiempo, Dios amaba profundamente al hombre que se había rebelado contra Él.
Parecía existir un problema imposible de resolver:
¿Cómo podía Dios satisfacer completamente su justicia y al mismo tiempo salvar al culpable?
La respuesta fue:
la Cruz.
Dios no dejó de ser justo para poder amarnos.
Nos amó sin abandonar su justicia.
No canceló arbitrariamente la sentencia.
No llamó bueno a lo malo.
No fingió que la deuda nunca había existido.
No disminuyó la gravedad del pecado para hacer más fácil nuestra salvación.
Proporcionó un Sustituto capaz de pagar completamente aquello que nosotros debíamos.
Y ese Sustituto fue Jesucristo.
¿Por qué tenía que ser una muerte tan terrible?
Aquí surge una pregunta que pocas veces nos detenemos a considerar.
Jesucristo tenía que morir porque:
“La paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
Pero ¿por qué morir crucificado?
¿Por qué no una muerte rápida?
¿Por qué no una muerte tranquila?
¿Por qué no entregar simplemente su vida de una manera menos dolorosa?
¿Por qué una Cruz?
¿Por qué flagelación?
¿Por qué golpes?
¿Por qué heridas?
¿Por qué sangre?
¿Por qué una corona de espinas?
¿Por qué clavos atravesando su cuerpo?
¿Por qué sed?
¿Por qué humillación?
¿Por qué rechazo?
¿Por qué una muerte lenta, pública y despiadada?
Porque la justicia demanda un pago equivalente a la deuda.
La ley de Dios había establecido este principio:
“Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.”
Éxodo 21:23-25, RVR1960
Observe el principio:
Vida por vida.
Ojo por ojo.
Diente por diente.
Herida por herida.
Golpe por golpe.
La justicia demanda correspondencia.
Un pago inferior a la deuda no satisface la deuda.
Y el pecado de la humanidad no había producido algo pequeño.
El pecado había sido despiadado.
Había traído muerte.
Había producido sufrimiento.
Había provocado lágrimas.
Había destruido familias.
Había producido guerras.
Había generado violencia.
Había traído opresión.
Había producido enfermedad y dolor en la experiencia humana.
Había llenado la tierra de tumbas.
Había dejado madres llorando a sus hijos.
Había dejado hijos sin padres.
Había convertido hermanos en enemigos.
Había producido hambre, injusticia, abuso, explotación, odio y crueldad.
Había separado al hombre de su Creador.
Había introducido en nuestra historia aquello que Dios había advertido desde Edén:
la muerte.
El pecado había destruido mucho.
La justicia divina demandaba un pago equivalente.
Y la Cruz fue ese pago.
Dios pudo haber determinado que Jesucristo muriera de una manera menos cruenta.
Pero no fue así.
El pago que contemplamos en el Calvario fue terrible porque terrible era la deuda que estaba siendo satisfecha.
Isaías lo había anunciado siglos antes:
“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados…”
Isaías 53:5, RVR1960
No solamente moriría.
Sería:
herido.
Sería:
molido.
Y entonces Isaías explica por qué:
“…el castigo de nuestra paz fue sobre él…”
Ahí está el corazón de la Cruz.
Nuestro castigo.
Sobre Él.
La justicia demandaba un pago.
Cristo lo recibió.
La Cruz fue una muerte verdaderamente despiadada.
No desarrollaremos todavía todos sus detalles, porque más adelante dedicaremos una sección completa a estudiar los sufrimientos de Jesucristo antes y durante su crucifixión.
Pero necesitamos comprender lo suficiente para dimensionar lo que estaba ocurriendo.
Jesús fue azotado.
“Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado.”
Mateo 27:26, RVR1960
Fue golpeado.
“Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza.”
Mateo 27:30, RVR1960
Fue coronado de espinas.
“Y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas…”
Mateo 27:29, RVR1960
Fue desnudado y expuesto a la humillación pública.
Fue llevado fuera de la ciudad.
Sus manos y sus pies fueron horadados.
Siglos antes el salmista había escrito:
“Horadaron mis manos y mis pies.”
Salmo 22:16, RVR1960
Tuvo sed.
“Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed.”
Juan 19:28, RVR1960
Su ropa fue repartida delante de Él.
“Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.”
Salmo 22:18, RVR1960
Fue burlado mientras moría.
Y finalmente:
entregó su vida.
No fue una muerte fácil.
No fue una muerte limpia.
No fue una muerte privada.
No fue una muerte rápida.
Fue la Cruz.
Y aunque más adelante estudiaremos con mucho mayor detalle lo que físicamente significaba morir crucificado, aquí necesitamos contemplar su significado dentro de la justicia divina:
el pago tenía que ser suficiente para la deuda que estaba siendo pagada.
La Cruz correspondía a la gravedad de lo que el pecado había producido
Hay algo profundamente estremecedor en esto.
Durante generaciones, el pecado había hecho sufrir a otros.
Ahora el Salvador estaba sufriendo para rescatar a los pecadores.
El pecado había derramado sangre.
Ahora:
“…la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.”
1 Juan 1:7, RVR1960
El pecado había producido heridas.
Ahora Isaías decía:
“…por su llaga fuimos nosotros curados.”
Isaías 53:5, RVR1960
El pecado había producido muerte.
Ahora Cristo:
“…murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras.”
1 Corintios 15:3, RVR1960
El pecado había traído maldición.
Ahora Cristo:
“…nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición…”
Gálatas 3:13, RVR1960
El pecado había separado al hombre de Dios.
Ahora:
“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios…”
1 Pedro 3:18, RVR1960
Observe cómo todo converge en la Cruz.
Sangre por una humanidad manchada.
Heridas por una humanidad herida.
Sufrimiento por una humanidad que había producido sufrimiento.
Muerte por una humanidad condenada a muerte.
Maldición por quienes estaban bajo maldición.
Y todo ello sobre un Hombre que personalmente no debía nada.
El pago fue equivalente.
Y precisamente por ser equivalente:
fue suficiente.
Allí se encontraron la justicia y el amor
Ahora podemos comprender por qué la Cruz es el corazón de toda esta serie.
Durante muchos capítulos hemos hablado de justicia.
Hemos visto que Dios ama la justicia.
Que la justicia sostiene su Reino.
Que una justicia que no responde adecuadamente al mal deja de ser justicia.
Hemos visto nuestra culpabilidad.
Nuestra sentencia.
Nuestra incapacidad para pagar.
Y ahora, finalmente, vemos la respuesta de Dios.
La Cruz.
Allí Dios no disminuyó la deuda.
Proporcionó el pago.
No disminuyó la justicia.
Proporcionó al Sustituto.
No dejó de amar al culpable.
Entregó a su Hijo para salvarlo.
Pablo explica que Dios hizo esto:
“…para manifestar su justicia…”
Romanos 3:25, RVR1960
Y después añade:
“…a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”
Romanos 3:26, RVR1960
Estas palabras son extraordinarias.
El justo.
Y:
el que justifica.
Dios no tuvo que dejar de ser el primero para convertirse en el segundo.
La Cruz hizo posible ambas cosas.
La justicia podía contemplar el pecado y decir:
“La deuda tiene que ser pagada.”
Y el amor podía mirar al pecador y decir:
“Yo proporcionaré el precio.”
La justicia decía:
“La paga del pecado es muerte.”
El amor respondió:
“Mi Hijo entregará su vida.”
La justicia demandaba un pago equivalente.
El amor proporcionó un sacrificio suficiente.
La justicia no fue anulada por el amor.
Fue satisfecha por el amor.
Por eso la Cruz demuestra simultáneamente dos cosas.
Primero:
qué terrible es el pecado.
Si queremos comprender la gravedad del pecado, no necesitamos mirar solamente las guerras, los cementerios, las lágrimas, las enfermedades, la violencia y toda la destrucción que ha producido en la experiencia humana.
Podemos mirar:
la Cruz.
Ese fue el precio.
Pero la Cruz también demuestra otra cosa:
cuánto nos ama Dios.
Porque el mismo Dios cuya justicia demandaba el pago fue quien proporcionó al Sustituto.
Pablo escribe:
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Romanos 5:8, RVR1960
¿Cómo mostró Dios su amor?
No solamente diciéndonos que nos amaba.
Pagando el precio de nuestra reconciliación.
Juan lo expresó de esta manera:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…”
Juan 3:16, RVR1960
Y Pablo:
“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros…”
Romanos 8:32, RVR1960
Dios no escatimó.
Entregó.
Y Cristo tampoco fue llevado contra su voluntad.
Jesús había declarado:
“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.”
Juan 10:18, RVR1960
El Padre estuvo dispuesto a dar.
El Hijo estuvo dispuesto a entregarse.
Y el culpable recibió una oportunidad de regresar a casa.
La Cruz también convirtió a Cristo en maldición por nosotros.
Existe otra razón por la que la forma de su muerte tiene un significado extraordinario.
La ley había declarado:
“…porque maldito por Dios es el colgado.”
Deuteronomio 21:23, RVR1960
Y Pablo mira directamente hacia Jesucristo colgado del madero y escribe:
“Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero).”
Gálatas 3:13, RVR1960
La Cruz no fue solamente un método romano de ejecución.
Dentro del plan redentor tenía un significado mucho más profundo.
El que nunca había pecado estaba allí:
por nosotros.
El que no merecía condenación:
por nosotros.
El que no estaba bajo maldición por pecado propio:
hecho por nosotros maldición.
El inocente ocupando el lugar del culpable.
El Justo por los injustos.
El Cordero cargando los pecados de otros.
El segundo Adán pagando aquello que los hijos del primero jamás habrían podido pagar.
Y el sacrificio tenía que alcanzar para todos.
No olvidemos la magnitud de la deuda.
Juan había presentado a Jesús diciendo:
“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”
Juan 1:29, RVR1960
Isaías había escrito:
“…Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.”
Isaías 53:6, RVR1960
No era el pecado de una sola persona.
No era una sola transgresión.
No era una sola generación.
El sacrificio debía ser suficiente.
Por eso no podía tratarse simplemente de otro hombre pecador muriendo.
El valor del sacrificio estaba relacionado con la identidad de Aquel que se ofrecía.
Pedro lo llama:
“…la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.”
1 Pedro 1:19, RVR1960
Preciosa.
No cualquier sangre.
No cualquier vida.
No cualquier hombre.
Era el Hijo de Dios hecho hombre.
El Hombre sin pecado.
El Cordero sin mancha.
Por eso su sacrificio no necesitaba repetirse.
“Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios.”
Hebreos 10:12, RVR1960
“Una vez para siempre.”
“Un solo sacrificio.”
¿Por qué?
Porque era suficiente.
La deuda era enorme.
Pero el pago fue equivalente y suficiente.
No faltaba otro sacrificio.
No faltaba otra víctima.
No faltaba otro Calvario.
No quedaba una parte que nosotros tuviéramos que pagar mediante sufrimientos, obras o méritos personales.
Cristo había proporcionado el pago.
Entonces pronunció las palabras que el deudor necesitaba escuchar
Después de todo aquello llegó finalmente el momento.
El cuerpo de Jesús había sido herido.
Su sangre había sido derramada.
El Cordero había sido sacrificado.
El Justo había ocupado el lugar de los injustos.
La vida había sido entregada.
El precio había sido pagado.
Juan nos lleva hasta los últimos momentos:
“Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es.”
Juan 19:30, RVR1960
Consumado es.
No:
“Casi está pagado.”
No:
“Una parte quedó cubierta.”
No:
“Ahora ustedes tendrán que completar lo que falta.”
Consumado es.
El pecado había sido despiadado.
La Cruz también lo fue.
La deuda había sido inmensa.
El sacrificio fue suficiente.
La justicia demandaba un pago equivalente.
Cristo lo pagó.
Y el amor de Dios había hecho algo que parecía imposible:
salvar al culpable sin convertir al Juez en injusto.
En la Cruz, la justicia no perdió.
El amor tampoco perdió.
La justicia fue satisfecha y el amor abrió el camino de regreso a casa.
Pero ahora debemos detenernos en aquellas últimas palabras de Jesucristo.
Porque quizá las hemos escuchado tantas veces que hemos dejado de percibir su enorme significado:
“Consumado es.”
¿Qué había sido consumado?
¿Qué significaban esas palabras para nuestra deuda?
¿Qué ocurrió con el acta que estaba contra nosotros?
¿Qué quedó pendiente después de que Cristo entregó su vida?
La respuesta es extraordinaria.
La deuda había sido pagada.
Disfrute un reel con propósito
Escuche música con propósito
