39. La cruz no fue derrota momentánea, sino victoria escondida    

Por: Dr. Elio M Rivera

    A los ojos humanos, la cruz parecía el final absoluto de Jesucristo. Todo en aquella escena daba la impresión de derrota. El hombre que había sanado enfermos, calmado tormentas y levantado muertos ahora colgaba herido, ensangrentado y humillado delante de todos.

    Los líderes religiosos pensaban que finalmente habían silenciado Su voz. Roma veía simplemente otra ejecución más. Muchos discípulos quedaron confundidos y devastados. Las esperanzas parecían derrumbarse completamente.

    Humanamente, la cruz lucía como el fracaso total.

    Y quizá precisamente ahí se esconde una de las dimensiones más profundas del Evangelio. Porque lo que parecía derrota… en realidad era una victoria que todavía nadie lograba comprender completamente.

    Eso explica por qué los discípulos quedaron tan confundidos después de la crucifixión. Ellos esperaban un Mesías conquistador visible, alguien que derrotara enemigos de manera inmediata y gloriosa. Pero la cruz parecía exactamente lo contrario. Parecía debilidad. Parecía humillación. Parecía el triunfo del odio y de las tinieblas.

    Sin embargo, Jesús había estado anunciando repetidamente que aquello no sería el final. En varias ocasiones dijo que sería entregado, muerto y que resucitaría al tercer día (Mateo 16:21).

    Pero aun así, casi nadie entendía lo que realmente estaba ocurriendo.

    Y quizá eso es precisamente lo impresionante de la cruz: Dios estaba obrando una victoria eterna detrás de una escena que parecía pérdida absoluta.

    Isaías había profetizado siglos antes que el Mesías sería “despreciado y desechado entre los hombres” (Isaías 53:3). La victoria no vendría envuelta en apariencia de poder político o militar. Vendría escondida detrás del sufrimiento.

    Eso resulta profundamente diferente a la manera en que normalmente entendemos el triunfo. Los seres humanos solemos asociar victoria con fuerza visible, aplausos, reconocimiento y dominio externo. Pero la cruz revela una victoria completamente distinta.

    Mientras parecía débil, Jesús estaba venciendo algo muchísimo más profundo que un imperio humano.

    El apóstol Pablo escribió más adelante: “Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros… quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Colosenses 2:14). Luego añade algo impactante: “Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:15).

    Eso significa que, mientras muchos veían únicamente humillación y sufrimiento, espiritualmente estaba ocurriendo una victoria inmensa.

    La culpa estaba siendo enfrentada.
    El pecado estaba siendo cargado.
    La deuda humana estaba siendo pagada.
    La separación entre Dios y el hombre estaba siendo abierta nuevamente.

    Y todo eso estaba ocurriendo precisamente en el lugar que parecía fracaso absoluto.

    Quizá por eso Jesús pronunció antes de morir una frase profundamente poderosa: “Consumado es” (Juan 19:30).

    No sonaba como las palabras de alguien derrotado.

    Aquella expresión hablaba de algo completado, terminado y cumplido. Jesús no estaba diciendo: “Todo salió mal”. Estaba declarando que la obra por la cual había venido estaba siendo consumada.

    Y quizá ahí comienza a revelarse una de las paradojas más profundas del Evangelio: la aparente derrota de Cristo se convirtió en el lugar de la victoria más grande.

    Porque Satanás probablemente pensó que había destruido al Hijo de Dios. Los líderes religiosos pensaron que habían eliminado un problema. Las multitudes pensaron que todo había terminado.

    Pero tres días después, la tumba estaba vacía.

    Y entonces todo comenzó a verse diferente.

    La cruz ya no era solamente un instrumento de muerte. Se convirtió en el lugar donde el pecado había sido confrontado, donde el amor había triunfado sobre el odio y donde la muerte misma comenzó a ser derrotada.

    Eso hace todavía más impresionante el carácter de Jesucristo. Porque mientras otros habrían visto solamente sufrimiento y pérdida, Él permaneció sabiendo que detrás de aquella oscuridad existía un propósito mucho mayor.

    El libro de Hebreos declara que Jesús “por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz” (Hebreos 12:2). Eso significa que podía ver más allá del dolor inmediato. Veía la redención, la reconciliación y la esperanza que nacerían después.

    Y quizá ahí se encuentra una de las cosas más profundas acerca de la cruz: Dios transformó el lugar de aparente derrota en el escenario de Su victoria más grande.

    Tal vez por eso la cruz sigue siendo tan poderosa hasta hoy. Porque el mundo normalmente piensa que perder significa fracasar. Pero Jesús mostró que, a veces, la victoria más profunda puede estar escondida precisamente detrás del sufrimiento que parece derrota momentánea.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.