Dr. Elio M Rivera
Texto clave
“Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz.”
Colosenses 2:13-14, RVR1960
Había algo contra nosotros.
Pablo lo llama:
“El acta de los decretos que había contra nosotros.”
No era simplemente una lista de defectos humanos.
No era una colección de pequeños errores que Dios podía pasar por alto.
Había ocurrido algo gravísimo.
Había habido rebelión.
Había habido desobediencia.
El pecado había entrado en el mundo.
La muerte había entrado detrás de él.
La humanidad había quedado bajo esclavitud.
Y generaciones enteras que todavía no habían nacido llegarían a la existencia en un mundo completamente diferente al que Dios había entregado originalmente al hombre.
Por eso, para comprender el acta que estaba contra nosotros, tenemos que regresar nuevamente a Edén.
No para repetir toda la historia de Adán y Eva, que hemos desarrollado ampliamente en otras series de Cristopedia, sino para contemplar aquel acontecimiento desde la perspectiva de la justicia celestial.
No fue simplemente comer una fruta
Una de las maneras más peligrosas de minimizar Génesis 3 consiste en reducirlo a una frase:
“Adán y Eva comieron una fruta que Dios les había prohibido.”
Eso es cierto.
Pero es tremendamente incompleto.
El problema nunca fue el valor material del fruto.
El problema era la rebelión que aquel acto representaba.
Dios había creado a Adán.
Le había dado vida.
Le había preparado un hogar.
Le había dado alimento.
Le había dado una esposa.
Le había dado propósito.
Le había dado autoridad.
Le había dado acceso a un mundo donde todavía no existía la experiencia humana de funerales, cementerios, enfermedades, guerras, asesinatos ni generaciones viviendo bajo la sombra de la muerte.
Y solamente había establecido un límite:
“Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.”
Génesis 2:17, RVR1960
Adán conocía la orden.
Conocía la advertencia.
Conocía a quien se la había dado.
Y aun así desobedeció.
Pablo hace una precisión especialmente seria:
“Y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión.”
1 Timoteo 2:14, RVR1960
Eva fue engañada.
Adán no.
Esto no convierte a Eva en inocente, pero hace imposible presentar el pecado de Adán como una equivocación inocente producida por falta de información.
Sabía lo que Dios había dicho.
Y comió.
Por eso Pablo posteriormente llama a lo ocurrido:
“…la transgresión de Adán…”
Romanos 5:14, RVR1960
Y:
“…la desobediencia de un hombre…”
Romanos 5:19, RVR1960
Fue transgresión.
Fue desobediencia.
Fue rebelión.
En un sentido profundamente doloroso, mordieron la mano de quien les había dado todo.
No utilizamos esta expresión como una cita bíblica, sino como una manera de dimensionar la ingratitud de aquel acto.
El mismo Dios que les había dado las manos con las que tomaron el fruto era aquel cuya palabra estaban desobedeciendo.
El Dios que había creado sus bocas era aquel cuya autoridad rechazaban al comer.
El Dios que había creado el árbol era aquel que había dicho:
“No comerás.”
No estaban rebelándose contra un tirano que los había privado de todo.
Se rebelaron contra el Creador que les había dado prácticamente todo y solamente había reservado una cosa.
Dios había hablado; la serpiente contradijo a Dios
Entonces apareció otra voz.
“¿Conque Dios os ha dicho…?”
Génesis 3:1, RVR1960
La estrategia comenzó cuestionando la palabra divina.
Después vino la contradicción abierta.
Dios había dicho:
“Ciertamente morirás.”
La serpiente respondió:
“No moriréis.”
Génesis 3:4, RVR1960
Ahora el ser humano estaba delante de dos palabras incompatibles.
Dios decía una cosa.
La serpiente decía lo contrario.
Y Adán y Eva tomaron una decisión.
Actuaron conforme a la palabra de la serpiente y en contra de la palabra de su Creador.
Por eso el pecado de Edén fue mucho más profundo que extender la mano hacia un árbol.
Fue decidir a quién creer y a quién obedecer.
Jesús posteriormente describiría al diablo como:
“…mentiroso, y padre de mentira.”
Juan 8:44, RVR1960
El hombre creado para vivir bajo la autoridad de Dios terminó actuando conforme a la mentira del enemigo.

El acta de los decretos
El hombre que debía señorear terminó esclavizado
Aquí aparece una de las grandes tragedias de Edén.
Dios había dicho:
“Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…”
Génesis 1:28, RVR1960
El hombre había recibido autoridad.
No autoridad independiente de Dios.
Era una autoridad delegada.
Debía gobernar bajo la autoridad del Creador.
Pero ocurrió algo terrible.
El hombre que había sido llamado a señorear se sometió a la palabra de otro.
Pablo posteriormente establecería este principio:
“¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?”
Romanos 6:16, RVR1960
Eso arroja una luz extraordinaria sobre Edén.
El hombre había recibido autoridad.
Pero desobedeció a Dios y obedeció la mentira.
Y el resultado fue exactamente lo contrario de aquello para lo cual había sido creado:
el que debía señorear terminó esclavizado.
La Biblia describe posteriormente a la humanidad como esclava del pecado.
Jesús dijo:
“De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.”
Juan 8:34, RVR1960
Pablo habla de haber sido:
“…esclavos del pecado…”
Romanos 6:17, RVR1960
Y Hebreos describe a seres humanos que estaban:
“…durante toda la vida sujetos a servidumbre.”
Hebreos 2:15, RVR1960
El hombre creado para gobernar terminó necesitando ser liberado.
En ese sentido, Adán cedió la autoridad que debía ejercer bajo Dios
Debemos explicar cuidadosamente qué queremos decir con esto.
La Biblia no presenta un documento en el que Adán firme legalmente la propiedad del planeta y se la entregue a Satanás.
Pero sí presenta una realidad difícil de ignorar.
El hombre recibió dominio de Dios.
El hombre se rebeló contra Dios.
El hombre obedeció la palabra del enemigo.
Y después de la caída encontramos un mundo en el que Satanás posee una influencia que nunca formó parte del propósito original para la humanidad.
Jesús lo llamó:
“…el príncipe de este mundo…”
Juan 12:31, RVR1960
Pablo lo llamó:
“…el dios de este siglo…”
2 Corintios 4:4, RVR1960
Y Juan escribió:
“…el mundo entero está bajo el maligno.”
1 Juan 5:19, RVR1960
Por eso podemos decir que Adán cedió mediante su desobediencia la autoridad que debía ejercer bajo Dios.
No dejó de pertenecerle a Dios la creación.
Dios continuó siendo soberano.
Pero el hombre perdió su condición original y quedó sometido a aquello sobre lo que nunca debió ser esclavo.
Pecado.
Corrupción.
Muerte.
Y la influencia del enemigo.
El gobernante terminó esclavo.
Satanás llegó a ser descrito en relación con el imperio de la muerte
Hebreos utiliza una expresión estremecedora:
“…para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo.”
Hebreos 2:14, RVR1960
“El imperio de la muerte.”
No deberíamos pasar rápidamente sobre estas palabras.
En Edén Dios había advertido:
“Ciertamente morirás.”
El hombre desobedeció.
Y Pablo explica:
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…”
Romanos 5:12, RVR1960
Después añade:
“Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte…”
Romanos 5:17, RVR1960
Observe la palabra:
“Reinó.”
Generación tras generación.
Familia tras familia.
Siglo tras siglo.
Nacimientos seguidos inevitablemente por funerales.
La humanidad construyó ciudades.
Pero también cementerios.
Levantó hogares.
Pero también sepulcros.
Celebró nacimientos.
Pero terminó llorando muertes.
Nadie podía escapar.
El imperio de la muerte se extendió sobre la humanidad.
Pero Adán y Eva no estaban solos en aquella decisión
Aquí encontramos una dimensión todavía más dolorosa.
Cuando Adán y Eva pecaron, sus hijos todavía no habían nacido.
Pero la descendencia humana estaba potencialmente en ellos.
Dios les había ordenado antes de la caída:
“Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra…”
Génesis 1:28, RVR1960
El propósito incluía descendencia.
Hijos.
Nietos.
Generaciones.
Una humanidad que llenaría la tierra.
En ese sentido, dentro de aquella primera pareja estaba el futuro de la familia humana.
Si permanecían en la condición original, sus descendientes habrían nacido dentro del mundo que Dios había preparado para ellos.
Pero cuando finalmente comenzaron a tener hijos, algo fundamental había cambiado.
Ya estaban fuera de Edén.
Caín no nació dentro del huerto.
Abel no nació dentro del huerto.
Set no nació dentro del huerto.
Sus descendientes no conocerían Edén como Adán lo había conocido.
Nacerían en una tierra afectada por las consecuencias de la caída.
Nacerían en un mundo donde la muerte ya había entrado.
Nacerían dentro de una humanidad caída.
Por eso la decisión de Adán no fue exclusivamente privada.
Sus consecuencias alcanzaron a toda su descendencia.
Fueron el comienzo humano de un imperio que ellos mismos no podrían detener
Después vino Caín.
Y Abel murió.
Imagine por un momento a Adán y Eva frente al cuerpo de su hijo.
Dios había dicho:
“Ciertamente morirás.”
La serpiente había dicho:
“No moriréis.”
Ahora la muerte estaba delante de ellos.
Y no llegó por vejez.
Llegó mediante el asesinato de un hijo por su propio hermano.
La mentira de la serpiente había demostrado su verdadero rostro.
Después vendrían más muertes.
Génesis 5 comienza a sonar como una campana funeraria:
“…y murió.”
“…y murió.”
“…y murió.”
La muerte reinaba.
Por eso, en nuestra serie El imperio de la muerte, desarrollamos con mayor profundidad cómo esta realidad se extendió sobre la experiencia humana.
Y en la serie Adán y Eva: ¿culpables o inocentes? examinamos con mayor detalle la responsabilidad de nuestros primeros padres y lo que realmente ocurrió en Edén.
Recomendamos leer ambas series para ampliar este tema, porque aquí solamente estamos observando aquellos acontecimientos desde una perspectiva específica:
la deuda que quedó delante de la justicia celestial.
Adán y Eva quedaron delante del Juez
Entonces Dios apareció.
No porque desconociera lo ocurrido.
El Juez sabía.
Pero llamó:
“¿Dónde estás tú?”
Génesis 3:9, RVR1960
Después interrogó.
A Adán:
“¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?”
Génesis 3:11, RVR1960
Después a Eva:
“¿Qué es lo que has hecho?”
Génesis 3:13, RVR1960
Y ambos reconocieron el hecho.
Adán:
“…y yo comí.”
Génesis 3:12, RVR1960
Eva:
“…y comí.”
Génesis 3:13, RVR1960
El mandamiento existía.
La advertencia existía.
La transgresión ocurrió.
Los propios acusados reconocieron el acto.
Y entonces vino la sentencia.
Desde la perspectiva de la justicia, Génesis 3 contiene todos los elementos fundamentales de una escena judicial:
Ley.
Transgresión.
Interrogatorio.
Culpabilidad.
Sentencia.
Consecuencias.
Y detrás de aquella escena terrenal existe una realidad celestial
Aquí debemos mirar más allá del huerto.
La Biblia revela que el gobierno de Dios no es una abstracción.
Existe una realidad celestial donde Dios reina y ejerce justicia.
Daniel contempló:
“Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días…”
Daniel 7:9, RVR1960
Y después:
“…el Juez se sentó, y los libros fueron abiertos.”
Daniel 7:10, RVR1960
Apocalipsis presenta otra escena:
“Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él…”
Apocalipsis 20:11, RVR1960
Y:
“…los libros fueron abiertos…”
Apocalipsis 20:12, RVR1960
Por tanto, podemos afirmar bíblicamente que existe una realidad judicial celestial.
Hay un Juez.
Hay un trono.
Hay libros.
Hay juicio.
Hay sentencias.
Ahora bien, Génesis no dice que Adán y Eva fueran transportados físicamente hasta una sala celestial ni describe la redacción material de un documento en aquel momento.
Pero desde la perspectiva judicial podemos contemplar lo ocurrido de esta manera:
la humanidad acababa de quedar culpable delante del tribunal del Creador.
La justicia había sido quebrantada.
Había una sentencia.
Había consecuencias.
Y aquello tendría que ser resuelto.
Después nosotros añadimos nuestros propios pecados
Pero sería muy cómodo terminar acusando a Adán.
No podemos.
Adán pecó.
Y nosotros también.
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23, RVR1960
Nosotros añadimos nuestras mentiras.
Nuestro orgullo.
Nuestro egoísmo.
Nuestra inmoralidad.
Nuestra codicia.
Nuestro odio.
Nuestras palabras.
Nuestras omisiones.
Nuestras injusticias.
Nuestra rebelión.
Adán abrió una puerta terrible.
Pero nosotros hemos demostrado repetidamente que también somos pecadores.
Por eso Pablo no habla solamente de algo que estaba contra Adán.
Dice:
“…el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria…”
Colosenses 2:14, RVR1960
Contra nosotros.
El acta estaba allí y nosotros no podíamos borrarla
Piense nuevamente en la imagen judicial.
El acusado no puede entrar al tribunal, tomar su expediente y destruirlo.
El culpable no puede declarar:
“Desde este momento decido que soy inocente.”
El deudor no puede decir unilateralmente:
“Ya no reconozco esta deuda.”
La deuda debe resolverse.
Y nosotros teníamos un problema enorme.
No podíamos regresar a Edén.
No podíamos deshacer la historia.
No podíamos borrar nuestros propios pecados.
No podíamos derrotar a la muerte.
No podíamos liberarnos completamente de la esclavitud del pecado por nuestras propias fuerzas.
No podíamos destruir el imperio de la muerte.
Necesitábamos que alguien hiciera por nosotros aquello que nosotros no podíamos hacer.
Entonces apareció Jesucristo
Y ahora todo comienza a conectarse.
El primer Adán desobedeció.
Cristo obedeció.
Por un hombre entró el pecado.
Por Cristo vendría la respuesta de Dios.
Por una transgresión reinó la muerte.
Cristo entraría precisamente en el territorio de la muerte.
Hebreos declara:
“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo…”
Hebreos 2:14, RVR1960
¿Para qué?
“…para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo.”
Hebreos 2:14, RVR1960
Y continúa:
“Y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.”
Hebreos 2:15, RVR1960
Aquí aparece nuevamente el lenguaje que comenzamos a encontrar desde Edén:
Imperio.
Muerte.
Servidumbre.
Liberación.
Jesucristo no vino simplemente para mejorar nuestra conducta.
Vino a entrar en el problema que había esclavizado a la humanidad desde la caída.
La Cruz fue también una victoria sobre el reino que nos había esclavizado
Colosenses no termina diciendo solamente que el acta fue anulada.
Inmediatamente después declara:
“Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.”
Colosenses 2:15, RVR1960
Observe la extraordinaria secuencia:
El acta.
La Cruz.
Los principados.
Las potestades.
El despojo.
El triunfo.
La Cruz estaba resolviendo mucho más de lo que los hombres que contemplaban aquella ejecución podían comprender.
Parecía que Jesús estaba siendo derrotado.
Pablo dice que allí estaba triunfando.
Parecía que la muerte lo estaba conquistando.
Hebreos dice que por medio de su muerte destruiría el poder de aquel relacionado con el imperio de la muerte.
Parecía que un condenado estaba clavado en una cruz.
Colosenses dice que allí también estaba siendo clavada el acta que estaba contra nosotros.
Y el que murió apareció después con las llaves
Entonces llegamos a una de las declaraciones más impresionantes del Cristo resucitado.
Juan lo contempló glorificado.
Y Jesús declaró:
“Yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.”
Apocalipsis 1:17-18, RVR1960
Observe cada expresión.
“Estuve muerto.”
Entró en la muerte.
“Vivo por los siglos de los siglos.”
La muerte no pudo retenerlo.
Y después:
“Tengo las llaves de la muerte y del Hades.”
La Biblia no dice literalmente que Jesús descendiera y arrebatara físicamente unas llaves de las manos de Satanás. No necesitamos añadir a la Escritura una escena que ella no describe.
Lo que sí podemos afirmar es suficientemente poderoso:
El Cristo que murió ahora declara poseer autoridad sobre la muerte y el Hades.
El imperio que aterrorizó a la humanidad desde Edén encontró finalmente a alguien a quien no pudo retener.
“Llevó cautiva la cautividad”
Pablo utiliza otra expresión extraordinaria:
“Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres.”
Efesios 4:8, RVR1960
Y añade:
“Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra?”
Efesios 4:9, RVR1960
No necesitamos construir detalles que el texto no proporciona para comprender la imagen general.
Cristo descendió.
Cristo murió.
Cristo ascendió.
Cristo triunfó.
Y Cristo tiene las llaves.
El primer Adán perdió; el último Adán vino a recuperar
Ahora Romanos 5 comienza a adquirir una belleza extraordinaria.
Pablo coloca frente a frente a dos hombres.
Adán.
Cristo.
“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.”
Romanos 5:19, RVR1960
Un hombre desobedeció.
Otro obedeció.
Uno abrió la puerta a la muerte.
El Otro entró en la muerte y salió victorioso.
Uno dejó a sus descendientes fuera de Edén.
El Otro comenzó a abrir nuevamente el camino hacia la vida.
Uno estuvo relacionado con el comienzo del reinado de la muerte.
El Otro declaró:
“Yo soy la resurrección y la vida.”
Juan 11:25, RVR1960
Uno dejó detrás de sí una humanidad condenada.
El Otro vino para salvar.
Pablo incluso llama a Cristo:
“…el postrer Adán…”
1 Corintios 15:45, RVR1960
Y después declara:
“Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.”
1 Corintios 15:22, RVR1960
Aquí comienza a aparecer la respuesta de Dios a la tragedia de Edén.
Pero todavía queda una pregunta
El acta estaba contra nosotros.
Éramos culpables.
La muerte reinaba.
La humanidad estaba esclavizada.
El enemigo ejercía una influencia terrible sobre el mundo caído.
Y Cristo vino.
Pero todavía necesitamos comprender algo fundamental.
¿Por qué tuvo que morir?
¿Por qué no podía simplemente presentarse delante del tribunal celestial, tomar el acta y destruirla?
¿Por qué la Escritura no dice solamente que el acta fue borrada?
¿Por qué dice que fue:
“…clavándola en la cruz”?
Porque el perdón de Dios no podía convertirse en injusticia.
La deuda era real.
La culpabilidad era real.
La sentencia era real.
Y la justicia divina también era real.
Alguien tendría que resolver aquello que nosotros jamás podríamos resolver.
Por eso la Cruz no fue un accidente de la historia.
No fue solamente Roma ejecutando a un hombre.
No fue simplemente el odio de los dirigentes religiosos contra Jesús.
Había algo muchísimo más grande sucediendo.
El acta que estaba contra nosotros estaba llegando al lugar donde finalmente sería resuelta.
La Cruz.
Y antes de contemplarla completamente, necesitamos responder una última pregunta:
¿Por qué Dios no podía simplemente ignorarlo todo?
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