Dr. Elio M Rivera
Texto clave: Romanos 12:15
“Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.”
Nazaret no estaba formada solamente por trabajo.
La vida también tenía días que interrumpían todo.
Una boda.
El nacimiento de un hijo.
Una celebración familiar.
La llegada de parientes.

Jesucristo y los funerales
Y también una noticia completamente distinta:
alguien había muerto.
Entonces la misma comunidad que unos meses antes había cantado y celebrado podía reunirse para llorar.
Jesús creció dentro de ese mundo.
Vio personas casarse.
Vio familias celebrar.
Escuchó música.
Compartió comidas.
Conoció hogares llenos de alegría.
Y conoció también el duelo.
Personas que un día estaban allí y después ya no.
Casas donde las conversaciones cambiaban porque faltaba alguien.
Familias acompañando a sus muertos.
No necesitamos inventar episodios de su juventud para comprenderlo.
Basta conocer la sociedad en la que vivió.
Jesús conoció la vida humana no solamente en el trabajo, sino también en sus grandes momentos: cuando celebramos y cuando lloramos.

Una boda podía involucrar a toda la comunidad
En una pequeña población, un matrimonio no era simplemente un acontecimiento privado entre dos personas.
Unía familias.
Movilizaba parientes.
Creaba nuevas relaciones.
Había preparación.
Expectativa.
Invitados.
Vestidos preparados para la ocasión.
Conversaciones que comenzaban mucho antes.
Y finalmente llegaba el momento.
Las bodas judías del siglo primero no deben reconstruirse copiando sin cuidado todas las costumbres judías documentadas en períodos posteriores. Los detalles podían variar según época, lugar y circunstancias familiares.
Pero los Evangelios mismos muestran algo suficiente para sentir su dimensión social.
Había novio.
Había novia.
Había invitados.
Había banquetes.
Había lámparas.
Había espera.
Había vino.
Había celebración.
Y podía haber una cantidad considerable de personas involucradas.
No era:
“Nos casamos y después les avisamos.”
La comunidad participaba.
Para una pequeña población, aquello significaba que la rutina se rompía.
Había algo que esperar.
Durante unos días la vida podía sentirse diferente
Quien ha vivido en una comunidad pequeña conoce esta experiencia.
Una familia está preparando una boda y, de alguna manera, medio pueblo termina enterándose.
Alguien ayuda.
Otro presta algo.
Otro prepara alimento.
Alguien pregunta qué falta.
Los familiares llegan.
Los niños observan.
Los adultos conversan.
Aparecen personas que no se habían visto durante algún tiempo.
Y la casa que normalmente tenía un ritmo conocido comienza a llenarse.
Había trabajo, por supuesto.
Una celebración no se prepara sola.
Alguien tenía que cocinar.
Servir.
Transportar.
Ordenar.
Limpiar.
Atender invitados.
Conseguir lo necesario.
Detrás de una mesa llena siempre ha habido personas cansadas que trabajaron para llenarla.
Pero finalmente llegaba el momento de disfrutar.
Comer juntos.
Conversar.
Reír.
Escuchar música.
Celebrar que dos personas comenzaban una nueva familia.
Jesús conoció ese mundo.
Y tenemos una evidencia extraordinaria de que las bodas no fueron para Él solamente una imagen observada desde lejos.
Juan 2 comienza diciendo:
“Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús. Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos.”
—Juan 2:1-2.
Jesús aceptó una invitación a una boda.
Su primer milagro registrado por Juan no ocurrió en un funeral, un campo de batalla ni un palacio.
Ocurrió en medio de una celebración familiar.
Por eso sus enseñanzas están llenas de bodas
Años después, cuando Jesús enseñaba, aparecían una y otra vez escenas que sus oyentes conocían.
Un rey preparó bodas para su hijo.
Unos invitados fueron llamados a un banquete.
Diez vírgenes tomaron sus lámparas y salieron a recibir al esposo.
Un esposo tardó.
Una puerta finalmente se cerró.
Jesús no necesitaba explicar qué era una boda.
Sus oyentes conocían la expectativa.
Sabían lo que significaba esperar al novio.
Entendían la importancia de estar preparados.
Conocían el ambiente de una celebración.
Cuando Jesús utilizaba aquellas imágenes, no estaba pintando un mundo fantástico.
Tomaba recuerdos que probablemente casi todos poseían.
Todos habían visto alguna boda.
Todos sabían lo que significaba que una familia estuviera celebrando.
Pero había otro sonido que también conocían.
No la música.
El llanto.
Cuando alguien moría, la vida se detenía de otra manera
En nuestro mundo moderno podemos mantener la muerte relativamente lejos de la vida cotidiana.
Una persona muere en un hospital.
Su cuerpo es trasladado por profesionales.
Una funeraria realiza gran parte de la preparación.
Días después ocurre el funeral.
En el mundo judío del siglo primero, la muerte estaba mucho más cerca de la casa.
Y debido al clima y a las prácticas funerarias de la época, el entierro normalmente se realizaba con rapidez, frecuentemente el mismo día.
No había largas semanas para prepararse emocionalmente.
La muerte llegaba.
Y había que actuar.
El cuerpo tenía que ser atendido.
Familiares y comunidad eran avisados.
Comenzaba el duelo.
Y había que llevar al muerto a su sepultura.
Imagine la rapidez emocional de aquello.
Por la mañana una persona podía estar viva.
Y antes de que terminara el día, su familia podía estar caminando detrás de su cuerpo hacia una tumba.
El corazón apenas comenzaba a comprender lo ocurrido cuando ya tenía que despedirse.
El duelo se escuchaba
El dolor antiguo no siempre era silencioso.
Se lloraba.
Se lamentaba.
Familiares, vecinos y conocidos acompañaban a quienes habían sufrido la pérdida.
Los Evangelios conservan escenas en las que aparecen personas llorando alrededor de una muerte.
Cuando Jesús llegó a la casa de Jairo, Mateo describe:
“…a los que tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto…”
—Mateo 9:23.
En Betania, cuando murió Lázaro, muchos judíos habían llegado para acompañar a Marta y María.
Juan dice:
“Y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano.”
—Juan 11:19.
Eso nos muestra algo profundamente humano.
El dolor pertenecía también a la comunidad.
No se esperaba que una familia enfrentara sola aquellas primeras horas.
Había presencia.
Había acompañamiento.
Había lágrimas.
Después había que caminar hasta la tumba
Otra vez aparece el camino.
Pero éste era muy diferente del camino hacia una boda.
Allí había expectativa.
Aquí alguien faltaba.
El cuerpo era llevado hacia el lugar de sepultura.
Las tumbas judías podían aprovechar la roca natural y, dependiendo de los recursos familiares y las condiciones locales, adoptar diferentes formas.
La arqueología de Galilea y Judea permite conocer diversas prácticas funerarias del período.
Pero para quien caminaba detrás del muerto, la arquitectura de la tumba seguramente era lo menos importante.
Importaba quién iba dentro.
Una madre.
Un padre.
Un hermano.
Una esposa.
Un hijo.
Un amigo.
Alguien con quien se había hablado pocos días antes.
Alguien cuyo lugar en la casa ahora quedaría vacío.
Ésa es una experiencia que no ha cambiado demasiado en dos mil años.
Podemos cambiar los funerales.
Los vehículos.
Los cementerios.
Las costumbres.
Pero hay una experiencia que sigue siendo la misma:
regresar a casa sin la persona que salió para ser sepultada.
Y posiblemente Jesús conoció ese dolor dentro de su propia familia
Aquí debemos caminar con mucho cuidado.
Los Evangelios no narran la muerte de José.
No dicen cuándo murió.
No dicen dónde.
No describen su funeral.
Por eso no podemos escribir una escena diciendo que Jesús sostuvo su cuerpo, cavó su tumba o pronunció determinadas palabras.
No lo sabemos.
Pero existe una observación difícil de ignorar.
José aparece durante la infancia y juventud de Jesús.
Después desaparece de la narración.
María continúa apareciendo.
Los hermanos de Jesús aparecen.
Sus hermanas son mencionadas.
Pero durante el ministerio público de Jesús, José ya no aparece.
Y cuando Jesús está en la cruz, encomienda el cuidado de María al discípulo amado:
“Mujer, he ahí tu hijo.”
Después dice al discípulo:
“He ahí tu madre.”
—Juan 19:26-27.
Todo esto hace razonable pensar que José había muerto antes del ministerio público de Jesús.
No podemos saber cuándo.
Pero si fue así, entonces hay una posibilidad profundamente conmovedora:
Jesús perdió al hombre que había ocupado el lugar de padre dentro de su hogar.
El hombre bajo cuya autoridad había vivido.
El hombre que había protegido a María.
El hombre que lo había llevado siendo niño a Egipto.
El hombre que había regresado con Él a Nazaret.
El hombre con quien probablemente compartió el mundo del trabajo.
Un día ya no estaba.
Una familia numerosa cambia cuando falta el padre
Si José murió mientras todavía había hijos dependiendo del hogar, su ausencia no habría sido solamente emocional.
También habría tenido consecuencias prácticas.
Una familia pierde una voz conocida.
Una presencia.
Una fuente de trabajo.
Una figura de autoridad.
Responsabilidades que antes pertenecían a una persona tienen que distribuirse entre otras.
Los hijos mayores tienen que crecer rápidamente.
La madre continúa.
La casa continúa.
Hay que comer al día siguiente.
Hay cosas que deben resolverse aunque alguien todavía esté llorando.
Eso es parte de la crueldad silenciosa del duelo:
el mundo no se detiene al mismo ritmo que nuestro corazón.
Hay que levantarse.
Preparar comida.
Trabajar.
Atender a los demás.
Responder preguntas.
Continuar.
Mientras dentro de nosotros todavía existe una silla que parece ocupada.
Un lugar donde esperamos escuchar una voz.
Una costumbre que por un instante nos hace olvidar que aquella persona ya no regresará.
No sabemos cómo ni cuándo ocurrió esto en la familia de Jesús.
Pero si José había muerto, Jesús conoció desde dentro algo que después encontraría muchas veces durante su ministerio:
una familia enfrentando una ausencia.
Jesús no miró el dolor humano como un extraño
Esto ayuda a comprender una escena posterior sin necesidad de inventar nada acerca de Nazaret.
Jesús llega a Betania.
Lázaro ha muerto.
Marta sale a encontrarlo.
María llora.
Los que están con ella lloran.
Y entonces aparece uno de los versículos más cortos y, al mismo tiempo, más humanos de toda la Biblia:
“Jesús lloró.”
—Juan 11:35.
No dio primero una explicación filosófica sobre la muerte.
Lloró.
El Hijo de Dios estaba delante de una tumba.
Sabía lo que iba a hacer.
Y aun así lloró.
Eso nos revela algo extraordinario.
Saber que existe resurrección no convierte la pérdida en algo que no duele.
Jesús podía conocer el final de aquella historia y todavía conmoverse delante de las lágrimas de quienes amaba.
Así era la vida de su pueblo
Una semana podía haber música.
Otra podía haber llanto.
En una casa preparaban una boda.
En otra estaban atendiendo a un enfermo.
Una familia recibía una nueva nuera.
Otra acompañaba a un padre hasta la tumba.
Un niño nacía.
Un anciano moría.
Alguien comenzaba una nueva casa.
Otro dejaba para siempre la suya.
Eso era Nazaret.
Eso era Galilea.
Eso era la vida.
Y Jesús creció en medio de ella.
Por eso, cuando posteriormente habló a las personas, conocía las imágenes que tocaban el corazón.
Bodas.
Banquetes.
Esposos.
Invitados.
Lámparas.
Entierros.
Lágrimas.
Sepulcros.
No estaba hablando de una humanidad estudiada desde lejos.
Estaba hablando del mundo en el que había vivido.
Y el Verbo se hizo carne
El que creó la alegría entró en nuestras celebraciones.
El que estableció la familia aceptó pertenecer a una.
El que hizo al hombre y a la mujer asistió a bodas humanas.
Escuchó música.
Compartió mesas.
Vio familias comenzar.
Pero el Verbo también entró en un mundo donde las familias se despedían.
Vio llorar.
Vio tumbas cerrarse.
Acompañó a personas que habían perdido a quienes amaban.
Y probablemente conoció dentro de su propia casa lo que significaba que alguien amado ya no estuviera.
El eterno entró en un mundo donde el tiempo nos obliga a despedirnos.
El que es la Vida caminó entre personas que morían.
El que un día diría:
“Yo soy la resurrección y la vida”
—Juan 11:25,
también se detuvo frente a una tumba…
y lloró.
No vino a observar nuestras bodas desde el cielo.
No contempló nuestros funerales desde la eternidad.
Entró en ambos.
Celebró con los que celebraban.
Lloró con los que lloraban.
Y quizá pocas escenas expliquen mejor esas palabras:
el Dios eterno aceptó vivir en un mundo donde podía abrazar hoy a una persona y, un día, caminar con su familia para despedirla.
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
—Juan 1:14.
Libro recomendado

