27. Cuando la enfermedad entró en la experiencia humana

Dr. Elio M. Rivera

  Hay pocas cosas que nos recuerden con tanta fuerza que vivimos dentro de El imperio de la muerte como la enfermedad.

  Un día una persona se siente bien.

  Trabaja.

  Camina.

  Come.

  Ríe.

  Hace planes.

  Piensa en lo que hará mañana.

  Y de pronto algo cambia.

  Aparece un dolor.

  Una fiebre.

  Una masa que no debería estar allí.

  Un resultado de laboratorio fuera de los valores normales.

  Una imagen sospechosa en una radiografía.

  Una célula comienza a comportarse de manera diferente.

  Un microorganismo invade el organismo.

  Un órgano comienza a fallar.

  El sistema inmunológico que debería protegernos puede alterarse y comenzar incluso a atacar nuestros propios tejidos.

  Y entonces aparece una palabra que puede cambiar completamente la vida de una persona:

enfermedad.

  A partir de ese momento puede comenzar un recorrido que conocemos demasiado bien.

  Consultorios.

  Análisis.

  Hospitales.

  Medicamentos.

  Cirugías.

  Dolor.

  Incertidumbre.

  Y algunas veces una pregunta que puede producir todavía más angustia:

¿Por qué existe la enfermedad?

  Si Dios creó al ser humano…

  ¿creó también esto?

  ¿Diseñó un cuerpo para enfermar?

  ¿Formó nuestros órganos para deteriorarse?

  ¿Creó al hombre pensando que algún día tendría cáncer, insuficiencia renal, enfermedades cardiovasculares, infecciones, demencia o enfermedades degenerativas?

  Para responder necesitamos hacer lo que hemos hecho durante toda esta serie.

  Tenemos que regresar al principio.

Así era al principio: el hombre no fue creado enfermo

  Cuando Dios terminó su creación, la Escritura hace una declaración extraordinaria:

«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»

Génesis 1:31, RVR1960.

  Adán no abrió los ojos por primera vez dentro de un hospital.

  No necesitaba medicamentos.

  No tenía cicatrices quirúrgicas.

  No conocía fiebre.

  No conocía infecciones.

  No conocía tumores.

  No conocía artritis.

  No conocía insuficiencia de ningún órgano.

  No había experimentado el agotamiento producido por un cuerpo enfermo.

  Su organismo no estaba avanzando lentamente hacia una tumba.

  Dios había formado su cuerpo del polvo de la tierra y había soplado en él aliento de vida:

«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida…»

Génesis 2:7, RVR1960.

  El cuerpo humano era parte de aquella creación que Dios llamó:

«bueno en gran manera».

  Esto es importante.

  Porque cuando contemplamos hoy un cuerpo destruido por la enfermedad podemos cometer el mismo error que hemos encontrado repetidamente durante esta serie:

pensar que siempre debió ser así.

  Pero no.

  No comenzó así.

  Antes del hospital estuvo el huerto.

  Antes del medicamento estuvo un cuerpo sano.

  Antes del deterioro estuvo la vida.

  Antes de que el hombre aprendiera a luchar contra la enfermedad, había recibido un organismo diseñado para vivir.

Entonces entró la muerte

  La enfermedad no puede comprenderse completamente separada de aquella terrible advertencia que Dios había dado al hombre:

«…porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.»

Génesis 2:17, RVR1960.

  Adán comió.

  Y Pablo explica lo que ocurrió:

«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…»

Romanos 5:12, RVR1960.

  Entró el pecado.

  Y detrás del pecado:

la muerte.

  Pero Adán no cayó muerto inmediatamente junto al árbol.

  Su corazón continuó latiendo.

  Sus pulmones continuaron respirando.

  Sus músculos continuaron moviéndose.

  Vivió muchos años.

  Entonces, ¿qué había ocurrido?

  Había comenzado un proceso que terminaría exactamente donde Dios había advertido:

«…pues polvo eres, y al polvo volverás.»

Génesis 3:19, RVR1960.

  El cuerpo que había sido formado del polvo comenzó ahora su camino de regreso al polvo.

  Y dentro de ese camino aparecieron realidades que Adán nunca había conocido.

  Debilidad.

  Deterioro.

  Dolor.

  Envejecimiento.

  Enfermedad.

  Y finalmente:

muerte.

  La enfermedad se convirtió en una de las manifestaciones visibles de que algo profundamente anormal había ocurrido con nuestra condición.

  El cuerpo diseñado para la vida había quedado viviendo bajo la sombra de la muerte.

No toda enfermedad significa que una persona cometió un pecado específico

  Aquí debemos detenernos porque podemos cometer un error cruel.

  Si la enfermedad existe dentro de un mundo afectado por el pecado, alguien podría concluir:

«Entonces, si una persona está enferma, seguramente hizo algo malo.»

  Jesucristo rechazó esa manera simplista de interpretar el sufrimiento.

  Cuando sus discípulos encontraron a un hombre ciego de nacimiento preguntaron:

«Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?»

Juan 9:2, RVR1960.

  Querían encontrar al culpable.

  Jesús respondió:

«No es que pecó éste, ni sus padres…»

Juan 9:3, RVR1960.

  Eso debería hacernos extremadamente cuidadosos.

  Vivimos en un mundo caído.

  Todos estamos sujetos a sus consecuencias.

  Por supuesto, algunas decisiones pueden afectar nuestra salud.

  Podemos dañar nuestro organismo mediante determinadas conductas.

  Podemos exponernos innecesariamente a peligros.

  Pero sería un grave error mirar a cada persona enferma y pensar:

«Algo habrá hecho.»

  Jesús no trató así a los enfermos.

  Cuando los encontró sufriendo, no se dedicó a acusarlos.

Los sanó.

Así vivimos ahora: nacimos dentro de un mundo donde los cuerpos enferman

  Nosotros tenemos un problema para comprender cuán extraña es la enfermedad.

  Estamos acostumbrados a ella.

  Nacimos dentro de El imperio de la muerte.

  Para nosotros es normal que existan hospitales.

  Es normal escuchar una ambulancia.

  Es normal medir la presión arterial.

  Es normal realizar estudios para descubrir si algo está creciendo dentro del cuerpo.

  Es normal vacunarnos contra enfermedades.

  Es normal tomar medicamentos.

  Es normal operar un órgano enfermo.

  Es normal que el cuerpo envejezca.

  Es normal que llegue un momento en que alguno de sus sistemas comience a fallar.

  Pero que algo sea común no significa que perteneciera al diseño original.

  Nos acostumbramos a lo que nunca debió existir.

  La medicina misma constituye, en cierto sentido, un enorme testimonio de nuestra resistencia frente a El imperio de la muerte.

  ¿Por qué investigamos enfermedades?

  ¿Por qué desarrollamos tratamientos?

  ¿Por qué un cirujano intenta reparar un órgano?

  ¿Por qué administramos antibióticos frente a determinadas infecciones?

  ¿Por qué luchamos contra un tumor?

  ¿Por qué intentamos reanimar un corazón que dejó de latir?

  Porque algo dentro de nosotros continúa diciendo:

la enfermedad es un enemigo.

  No contemplamos indiferentemente a alguien sufriendo y decimos:

«Qué hermoso.»

  Intentamos ayudarlo.

  Intentamos aliviar su dolor.

  Intentamos restaurar su función.

  Intentamos prolongar su vida.

  Porque todavía llevamos dentro de nosotros el recuerdo, aunque sea lejano, de aquello para lo que fuimos creados:

la vida.

Jesucristo entró directamente en territorio de la enfermedad

  Y entonces ocurrió algo extraordinario.

  El Hijo de Dios entró en El imperio de la muerte.

  Jesús caminó por un mundo lleno de enfermos.

  Encontró ciegos.

  Paralíticos.

  Leprosos.

  Personas con enfermedades crónicas.

  Hombres y mujeres cuyos cuerpos habían dejado de funcionar como debían.

  Y su reacción frente a ellos resulta profundamente reveladora.

  Jesús no caminó entre los enfermos diciendo:

«Así diseñó mi Padre al mundo.»

  Hizo exactamente lo contrario.

Los sanó.

  Mateo resume una escena impresionante:

«Y recorrió Jesús toda Galilea… sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.»

Mateo 4:23, RVR1960.

  Observe las palabras:

«sanando».

  Jesús estaba mostrando algo.

  El Reino de la vida había entrado en territorio de El imperio de la muerte.

  Donde la enfermedad había deformado un cuerpo, Cristo restauraba.

  Donde unos ojos no podían ver, devolvía la vista.

  Donde unas piernas no podían caminar, levantaba al paralítico.

  Donde la lepra había convertido a una persona en marginada, Jesús incluso extendía su mano y la tocaba.

  Y cuando la enfermedad finalmente había terminado en muerte…

  Jesús se acercaba también allí.

  Frente a la tumba de Lázaro pronunció unas palabras que prácticamente constituyen una declaración de guerra contra todo El imperio de la muerte:

«Yo soy la resurrección y la vida…»

Juan 11:25, RVR1960.

  No dijo:

«Yo soy la resignación ante la muerte».

  Dijo:

«Yo soy la resurrección y la vida».

Cristo es la esperanza: la enfermedad no tendrá la última palabra

  Pero debemos mantener juntas dos verdades.

  La primera:

Dios puede sanar.

  Santiago escribió:

«¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él…»

Santiago 5:14, RVR1960.

  Podemos orar.

  Podemos imponer manos sobre los enfermos.

  Podemos pedir un milagro.

  Podemos utilizar responsablemente los recursos médicos disponibles.

  Podemos acompañar.

  Podemos cuidar.

  Podemos investigar.

  Podemos tratar.

  Podemos aliviar el dolor.

  Y podemos esperar la intervención de Dios.

  Pero existe una segunda verdad:

todavía vivimos dentro de un mundo que no ha sido restaurado completamente.

  Pablo lo expresó extraordinariamente:

«…también nosotros mismos gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.»

Romanos 8:23, RVR1960.

  Observe qué espera el creyente:

«la redención de nuestro cuerpo».

  Dios no abandonará el cuerpo.

  Lo redimirá.

  Por eso la esperanza cristiana no consiste simplemente en que nuestra alma escape algún día de un organismo destruido.

  Esperamos resurrección.

  Esperamos un cuerpo transformado.

  Esperamos la derrota definitiva de aquello que durante toda nuestra existencia nos persiguió.

  Pablo lo declara:

«Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.»

1 Corintios 15:54, RVR1960.

  Llegará un día en que habrá un último hospital.

  Una última cirugía.

  Una última dosis de medicamento.

  Una última biopsia.

  Una última quimioterapia.

  Una última infección.

  Una última enfermedad.

  Un último cuerpo deteriorado.

  Porque Juan contempló hacia dónde se dirige finalmente la historia de los redimidos:

«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor…»

Apocalipsis 21:4, RVR1960.

  Ya no habrá muerte.

  Y si no habrá muerte, tampoco existirá aquel largo camino que tantas veces conduce hacia ella.

  No habrá cuerpos consumidos por enfermedad.

  No habrá familias esperando angustiadas fuera de una sala de cirugía.

  No habrá personas mirando un resultado de laboratorio con miedo.

  No habrá hijos observando cómo se deterioran sus padres.

  No habrá padres contemplando impotentes a un hijo enfermo.

  No habrá cáncer.

  No habrá demencia.

  No habrá insuficiencia cardíaca.

  No habrá infecciones destruyendo cuerpos.

  No habrá dolor crónico.

  No habrá organismo alguno avanzando inexorablemente hacia el polvo.

  Porque todo aquello pertenecía a un mundo que nunca debió ser así.

  La enfermedad entró dentro de El imperio de la muerte.

  Pero Jesucristo entró también.

  Y cuando entró, comenzó a sanar.

  Comenzó a restaurar.

  Comenzó a levantar.

  Comenzó a devolver vida.

  Hasta que finalmente permitió que su propio cuerpo fuera colocado dentro de una tumba.

  Parecía que El imperio de la muerte había conquistado incluso al Autor de la vida.

  Pero al tercer día la tumba quedó vacía.

  Y desde aquella mañana sabemos algo que ningún diagnóstico puede cambiar:

la enfermedad pertenece a un imperio condenado a desaparecer.

  Todavía luchamos contra ella.

  Todavía la padecemos.

  Todavía oramos.

  Todavía tratamos.

  Todavía algunas veces lloramos junto a una cama.

  Pero ya conocemos el final.

  El cuerpo que comenzó su camino hacia el polvo no permanecerá para siempre bajo el dominio de la corrupción.

  Cristo resucitó.

  Y porque Él vive, El imperio de la muerte tampoco tendrá la última palabra sobre nuestro cuerpo.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.