5. El dolor y las cirugías sin anestesia en tiempos de Jesucristo

Dr. Elio M Rivera

  En el mundo moderno, muchas personas pueden entrar a una cirugía, recibir anestesia y despertar sin haber sentido prácticamente nada del procedimiento. Pero en los tiempos de Jesucristo, el dolor era una realidad mucho más brutal, constante y aterradora. La medicina antigua tenía enormes limitaciones, y muchas veces sobrevivir a una enfermedad o a una lesión significaba soportar sufrimientos físicos que hoy resultarían difíciles de imaginar.

  No existían anestésicos modernos, antibióticos, equipos quirúrgicos avanzados ni métodos eficaces para controlar el dolor intenso. Cuando una persona sufría heridas graves, fracturas, infecciones profundas o necesitaba algún procedimiento médico, normalmente debía soportarlo consciente y despierta.

  El dolor formaba parte inevitable de la vida humana.

Un mundo donde el sufrimiento físico era cotidiano

  La mayoría de las personas trabajaba diariamente en labores físicas agotadoras: agricultura, pesca, construcción, pastoreo o artesanía. Las lesiones eran frecuentes. Había accidentes con herramientas, caídas, fracturas, heridas provocadas por animales, quemaduras y cortaduras profundas. Muchas heridas se infectaban rápidamente debido a la suciedad, la falta de higiene y la ausencia de antibióticos.

  Incluso algo aparentemente sencillo podía convertirse en una amenaza seria. Una muela infectada, una herida mal cuidada o una fractura podían terminar causando fiebre, gangrena o muerte.

  Por eso el dolor era mucho más visible en aquella sociedad. Era común ver personas cojeando, deformadas, debilitadas o viviendo durante años con sufrimientos crónicos.

¿Cómo manejaban el dolor?

  Aunque no existía anestesia moderna, sí se utilizaban algunos métodos rudimentarios para intentar disminuir el sufrimiento. Uno de ellos era el vino mezclado con sustancias amargas o sedantes naturales. Algunas hierbas y preparados podían producir somnolencia parcial o disminuir ligeramente el dolor.

  Curiosamente, los Evangelios mencionan algo relacionado con esto durante la crucifixión de Jesucristo:

“Le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó.” — Marcos 15:23 (RVR1960)

  La mirra podía utilizarse como una especie de sedante o calmante rudimentario. Esto muestra que algunas mezclas eran conocidas para disminuir parcialmente el sufrimiento físico extremo.

  También se usaban aceites, hierbas y preparados naturales para aliviar dolores musculares, inflamaciones o heridas. Sin embargo, estos remedios eran limitados frente a lesiones graves o enfermedades intensas.

Cirugías sin anestesia

  Las cirugías antiguas debieron ser experiencias aterradoras.

  Algunos médicos del mundo grecorromano podían realizar procedimientos básicos:

  • drenar abscesos,
  • limpiar heridas,
  • intentar acomodar fracturas,
  • cauterizar tejidos,
  • extraer objetos incrustados,
  • amputar miembros dañados.

  Pero todo esto se hacía con el paciente despierto.

  Imagine el terror de una persona siendo sujetada por varios hombres mientras un médico cortaba tejido infectado con instrumentos rudimentarios. Los gritos, el miedo y el dolor debieron ser estremecedores.

  Muchas veces el mayor peligro no era solamente el procedimiento, sino la infección posterior. Aun si alguien sobrevivía a la cirugía, podía morir días después por infecciones severas.

Amputaciones y heridas extremas

  En ciertos casos, especialmente después de accidentes o infecciones avanzadas, podía ser necesario amputar partes del cuerpo. Sin anestesia, esto era extremadamente brutal.

  Los médicos antiguos utilizaban cuchillos, sierras rudimentarias y fuego para cauterizar heridas y detener hemorragias. Algunas personas probablemente morían por el dolor, la pérdida de sangre o el trauma físico.

  En un mundo así, perder una mano, un pie o la movilidad significaba mucho más que una discapacidad física. Para muchos era perder la posibilidad de trabajar y sobrevivir.

  Por eso las personas con deformidades o miembros dañados aparecen constantemente en los Evangelios.

“Y vinieron a él grandes multitudes, que traían consigo a cojos, ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos; y los pusieron a los pies de Jesús.” — Mateo 15:30 (RVR1960)

El terror del dolor de muelas

  Algo tan “simple” como un dolor dental podía convertirse en una pesadilla.

  Las personas consumían alimentos duros, ásperos y muchas veces contaminados con partículas de piedra provenientes de la molienda del grano. Esto desgastaba severamente los dientes. Las infecciones dentales eran comunes, y sin antibióticos podían extenderse peligrosamente.

  La extracción dental era brutal. Generalmente se hacía sujetando al paciente mientras se utilizaban instrumentos metálicos rudimentarios para arrancar la pieza dañada.

  Sin anestesia.
  Sin analgésicos modernos.
  Sin garantías de que el dolor terminara.

  Muchas personas probablemente vivieron durante años con dolores dentales crónicos, abscesos e infecciones severas.

El miedo constante a enfermar

  En aquella época, enfermar gravemente no solo producía sufrimiento físico. También producía miedo.

  Miedo a no recuperarse.
  Miedo a quedar inválido.
  Miedo a perder el sustento de la familia.
  Miedo a morir lentamente.

  Por eso las sanidades de Jesucristo causaban tanto impacto emocional.

  Cuando Jesús devolvía la vista, hacía caminar a un paralítico o limpiaba a un leproso, no estaba realizando únicamente un milagro espectacular. Estaba interviniendo en un mundo lleno de dolor físico que muchas veces parecía no tener solución humana.

Jesucristo y el sufrimiento humano

  Los Evangelios muestran continuamente que Cristo tuvo compasión de los enfermos y quebrantados.

“Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas.” — Mateo 9:36 (RVR1960)

“Recorrió Jesús toda Galilea… sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.” — Mateo 4:23 (RVR1960)

  Jesús caminó entre personas acostumbradas al sufrimiento físico. Personas que habían aprendido a convivir con el dolor porque muchas veces no existía manera de aliviarlo.

  Quizá por eso Sus milagros produjeron tanta esperanza. En un mundo donde una enfermedad podía destruir completamente la vida de alguien, encontrarse con Cristo significaba encontrarse con la posibilidad de algo que parecía imposible: alivio, restauración y misericordia.

  Hoy la medicina moderna ha avanzado enormemente, y aun así el dolor sigue siendo una de las experiencias más profundas del ser humano. Pero comprender cómo era vivir enfermo en tiempos de Jesucristo nos ayuda a entender mejor el impacto de Sus milagros y la compasión con la que trató a quienes sufrían.

  En un mundo lleno de dolor, Jesucristo se convirtió en esperanza para los quebrantados.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.