Por el Dr. Elio M Rivera
Una de las afirmaciones que debe investigarse con mayor cuidado
Llegamos ahora a un tema que requiere prudencia, pero que no podemos evitar si realmente estamos investigando quién es Jesucristo.
La sanidad.
Durante su ministerio, Jesús no solamente enseñó acerca de Dios. Los Evangelios presentan una y otra vez a personas enfermas acercándose a Él y siendo sanadas.
Mateo lo resume de esta manera:
“Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.”
Mateo 4:23, RVR1960
Pero el asunto no terminó allí.
Jesús también relacionó la oración de sus seguidores con la sanidad y, después de su resurrección, habló de señales que acompañarían a quienes creyeran:
“Sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.”
Marcos 16:18, RVR1960
Y Santiago posteriormente instruyó a la iglesia:
“¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él…”
Santiago 5:14, RVR1960
Por tanto, tenemos delante de nosotros otra pregunta que merece ser investigada:
¿Continúa Jesucristo sanando enfermos?
En mi caso, esta pregunta tampoco es solamente teológica.
He visto personas sanar.
Y no una sola vez.
A través de los años he visto, vez tras vez, personas por quienes se oró y que posteriormente experimentaron mejoría o recuperación que ellas atribuyeron a la intervención de Dios.
Como médico, sé perfectamente que no toda recuperación después de una oración demuestra automáticamente un milagro.
El cuerpo humano posee mecanismos extraordinarios de recuperación.
Los tratamientos funcionan.
Algunas enfermedades son autolimitadas.
Los diagnósticos pueden equivocarse.
Y también existen coincidencias.
Precisamente por eso debemos ser cuidadosos.
Pero reconocer esas posibilidades no me obliga a negar lo que también he observado.
He visto casos que me han hecho detenerme.
He visto personas por quienes se oró y después mejoraron.
He escuchado testimonios de sanidades que quienes las experimentaron no dudan en atribuir a Jesucristo.
Y después de tantos años, no puedo simplemente fingir que nunca lo he visto.
Pero también he visto personas que no sanaron
Y aquí necesito ser igualmente claro.
He orado por personas que sanaron.
Y he orado por personas que no sanaron.
¿Por qué unas sí y otras no?
No lo sé.
Y no quiero inventar una explicación para algo que la Biblia no me permite explicar completamente.
Tampoco considero correcto decir automáticamente que una persona no sanó porque “le faltó fe”.
Eso puede colocar sobre alguien que ya está sufriendo una carga que Jesucristo nunca nos autorizó a imponerle.
Pablo mismo habló de una aflicción que pidió repetidamente que fuera quitada:
“Respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí.”
2 Corintios 12:8, RVR1960
Y la respuesta que recibió no fue la que había solicitado:
“Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.”
2 Corintios 12:9, RVR1960
Por tanto, el cristianismo bíblico no enseña que podamos ordenar a Dios que sane a toda persona cuando nosotros queramos.
Dios sigue siendo Dios.
Pero tampoco podemos ignorar que el Nuevo Testamento presenta la sanidad como una de las maneras en que su poder puede manifestarse.
Pregúnteles
Como hemos hecho a lo largo de esta investigación, no tiene que aceptar solamente mi testimonio.
Pregunte.
Pregunte a creyentes si alguna vez han experimentado una sanidad que atribuyen a la oración.
Pregunte a pastores.
Pregunte a familias.
Y cuando exista documentación médica, examínela.
¿Qué diagnóstico existía antes?
¿Qué tratamiento recibió la persona?
¿Qué sucedió después?
¿Cuánto tiempo transcurrió?
¿Existe alguna explicación médica razonable?
No necesitamos tener miedo de investigar.
Si algo verdaderamente ocurrió, examinarlo cuidadosamente no debería destruir la verdad.
Y tampoco necesitamos llamar milagro a todo.
La investigación seria exige reconocer tanto aquello que podemos explicar como aquello que todavía nos resulta difícil explicar.
Pero existe una manera todavía más personal de investigarlo
Si una persona está enferma, puede pedirle a Jesucristo que la sane.
Puede hacerlo directamente.
Puede pedir también que otros creyentes oren por ella, tal como enseña Santiago.
Pero debe hacerlo entendiendo algo fundamental:
orar por sanidad no significa abandonar la atención médica.
La fe y la atención médica no necesitan ser enemigas.
Una persona puede orar y al mismo tiempo acudir a su médico, realizarse estudios, recibir tratamiento y tomar responsablemente los medicamentos que necesita.
Puede decir sencillamente:
“Jesucristo, estoy enfermo. Tú conoces mi cuerpo y conoces mi necesidad. Si es tu voluntad, sáname. Ayúdame y haz tu voluntad en mi vida”.
Y después podemos observar lo que sucede.
Una realidad que no puedo ignorar
Después de tantos años, hay algo que personalmente no puedo decir:
no puedo decir que nunca he visto sanar a nadie después de orar.
Sí lo he visto.
Muchas veces.
No entiendo por qué unos sanan y otros no.
No tengo una fórmula.
No puedo prometerle a ninguna persona que si ora necesariamente recibirá la sanidad física que desea.
Pero tampoco puedo negar lo que he presenciado.
Y precisamente por eso considero que merece formar parte de nuestra investigación acerca de Jesucristo.
¿Puede hacerlo hoy?
Ahora regresemos a nuestra pregunta central.
Los Evangelios presentan a Jesucristo sanando enfermos hace casi dos mil años.
Si allí hubiera terminado todo, podríamos estudiar aquellas historias como acontecimientos del pasado.
Pero si personas continúan orando hoy en el nombre de Jesucristo y algunas experimentan sanidades reales, entonces la pregunta cambia completamente.
Porque nuevamente estaríamos ante una acción presente.
Jesucristo tendría que seguir vivo para actuar.
Y si puede intervenir en el cuerpo humano y restaurar aquello que la enfermedad ha dañado, entonces estamos nuevamente ante una capacidad que la Escritura atribuye a Dios:
“Porque yo soy Jehová tu sanador.”
Éxodo 15:26, RVR1960
Esto no significa que cada enfermedad tenga que desaparecer ni que comprendamos por qué Dios interviene de una manera en un caso y de otra manera en otro.
Significa que tenemos otra evidencia que merece ser examinada.
Y para mí tiene un peso especial porque no solamente he leído acerca de ella.
La he visto.
Si Jesucristo continúa sanando enfermos hoy, casi dos mil años después de haber caminado entre los enfermos de Galilea, ¿estamos solamente recordando los milagros atribuidos a un hombre del pasado… o seguimos encontrándonos con el poder presente de alguien que está vivo y posee una capacidad que la Escritura atribuye a Dios?
Una promesa que se vuelve visible cuando llega el dolor
Hay promesas de Jesucristo que quizá nunca comprendamos completamente hasta que atravesamos uno de esos momentos en los que las palabras humanas parecen insuficientes.
Una de ellas es el consuelo.
Poco antes de su crucifixión, cuando sus discípulos estaban a punto de enfrentar su ausencia, Jesús les hizo una promesa extraordinaria:
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre.”
Juan 14:16, RVR1960
Jesús estaba hablando del Espíritu Santo.
No prometió que sus seguidores nunca sufrirían.
No prometió que nunca llorarían.
No prometió que nunca perderían a alguien que amaban.
Prometió algo diferente:
en medio del dolor, no quedarían sin Consolador.
Y esa es una promesa que, después de muchos años como pastor, he tenido oportunidad de observar en uno de los lugares donde resulta más difícil fingir lo que una persona realmente siente:
frente a la muerte.
Libro recomendado

Escucha música con propósito:
