Por el Dr. Elio M Rivera
Una promesa cuyos resultados deberían poder verse
Llegamos ahora a una promesa de Jesucristo que presenta una característica diferente a las anteriores.
La paz puede experimentarse interiormente.
La presencia de Cristo puede sentirse de una manera profundamente personal.
La respuesta a una oración puede ocurrir entre Dios y quien ora.
Pero cuando una vida comienza a transformarse, otras personas pueden verlo.
Jesús dijo:
“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.”
Juan 15:5, RVR1960
Observe la promesa.
Jesús afirmó que cuando una persona permanece unida a Él, algo comienza a suceder en su vida.
Produce fruto.
Es decir, la relación con Jesucristo no debería limitarse simplemente a adoptar una nueva religión, asistir a una iglesia o aprender determinadas doctrinas.
Debería producir cambios.
¿Puede Jesucristo realmente transformar una vida?
Esta pregunta es profundamente personal para mí.
Porque cuando hablo acerca de vidas transformadas por Jesucristo, no tengo que comenzar con la historia de otra persona.
Puedo comenzar con la mía.
Mi vida era un desastre.
Era una vida sin rumbo, llena de sufrimiento, conflictos y situaciones que no sabía cómo resolver.
No tenía delante de mí el camino que posteriormente recorrería.
Pero un día Jesucristo entró en mi historia.
Y comenzó un proceso que terminaría transformándolo todo.
No quiero decir con esto que desde ese momento nunca volví a tener problemas, que nunca cometí errores o que todas mis dificultades desaparecieron.
Eso no sería verdad.
Estoy hablando de algo diferente.
Cambió la dirección de mi vida.
Cambió mis prioridades.
Cambió mi manera de entenderme a mí mismo.
Cambió mi manera de mirar a los demás.
Me dio propósito donde antes había confusión.
Y cuando observo hacia atrás y comparo quién era con la persona en la que me fui convirtiendo, para mí existe una conclusión difícil de evitar:
Jesucristo transformó mi vida.
Pero mi historia es solamente una entre muchísimas
Aquí es donde nuestra investigación vuelve a hacerse interesante.
Porque si yo fuera la única persona que afirmara algo semejante, podríamos estudiar mi historia como un caso aislado.
Pero no lo soy.
Durante mis años como pastor he visto esta historia repetirse innumerables veces.
He visto personas llegar destruidas y comenzar a reconstruir sus vidas.
He visto adicciones abandonadas.
He visto matrimonios restaurados.
He visto personas dominadas por el enojo comenzar a cambiar.
He visto reconciliaciones que parecían imposibles.
He visto prioridades completamente reordenadas.
He visto personas que vivían sin propósito descubrir una razón para levantarse cada mañana.
No todas las historias son iguales.
No todas las transformaciones ocurren de un día para otro.
Algunas son extraordinariamente rápidas.
Otras requieren años de crecimiento, caídas, aprendizaje y perseverancia.
Pero existe algo que se repite una y otra vez:
personas que aseguran que conocer a Jesucristo cambió el rumbo de sus vidas.
Pablo describió esta transformación con palabras extraordinarias:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”
2 Corintios 5:17, RVR1960
Pregúnteles
Nuevamente, no tiene que aceptar mi testimonio.
Investigue.
Pregunte a personas que verdaderamente han caminado con Jesucristo durante años:
“¿Qué cambió en tu vida después de conocer a Cristo?”
Pero existe algo todavía mejor.
Cuando sea posible, pregunte también a quienes las conocían antes.
Pregunte a su esposo o esposa.
Pregunte a sus hijos.
Pregunte a sus padres.
Pregunte a sus amigos.
Porque una transformación verdadera deja evidencias.
Si una persona violenta deja de serlo, alguien lo nota.
Si alguien abandona una adicción, su familia lo sabe.
Si una persona aprende a perdonar después de vivir durante años llena de resentimiento, quienes están cerca pueden verlo.
Si alguien que caminaba sin rumbo comienza a vivir con propósito, su historia comienza a hablar por ella misma.
¿Significa esto que todos los cristianos cambian inmediatamente?
No.
Y sería incorrecto presentar la promesa de Jesús de esa manera.
Jesús utilizó una palabra fundamental:
“permanece”.
“El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto.”
Una rama no produce todo su fruto en un instante.
Existe crecimiento.
Existe proceso.
Existe aprendizaje.
Por eso encontramos cristianos en diferentes etapas de madurez y también personas que profesan una fe que quizá nunca se refleja verdaderamente en su conducta.
Jesús mismo dijo:
“Por sus frutos los conoceréis.”
Mateo 7:20, RVR1960
La afirmación que estamos investigando, por tanto, no es que toda persona que se llame cristiana será perfecta.
La afirmación es mucho más específica:
Jesucristo dijo que quien permanece verdaderamente unido a Él producirá fruto.
Pero existe una manera todavía más personal de investigarlo
Esta promesa también puede dejar de ser solamente la historia de otras personas.
Quizá alguien que lee estas palabras piensa:
“Mi vida también es un desastre”.
Quizá ha intentado cambiar muchas veces.
Quizá existen áreas que parecen imposibles de transformar.
Quizá ni siquiera sabe hacia dónde dirigir su vida.
Entonces puede hacer lo mismo que hemos planteado en los artículos anteriores.
Puede acercarse directamente a Jesucristo.
No necesita intermediarios humanos.
No necesita tener primero su vida arreglada para acercarse a Él.
Precisamente puede acercarse porque necesita ayuda.
Puede decirle con sinceridad:
“Jesucristo, mi vida necesita cambiar. Si realmente eres quien dijiste ser, entra en mi vida, guíame y comienza a hacer en mí aquello que yo no he podido hacer solo”.
Después viene una palabra fundamental:
permanecer.
Conocerlo.
Escuchar sus palabras.
Seguirlo.
Obedecerlo.
Caminar con Él.
Y entonces observar qué comienza a suceder.
Una promesa hecha hace casi dos mil años
Ahora volvamos a nuestra investigación.
Jesucristo dijo:
“El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto.”
Han pasado casi dos mil años.
Sin embargo, alrededor del mundo continúan apareciendo personas que afirman:
“Cristo cambió mi vida”.
Yo soy una de ellas.
Y conozco muchas más.
Eso no significa que cada historia constituya por sí sola una demostración de la divinidad de Cristo. Las transformaciones humanas pueden tener diferentes causas y cada testimonio merece ser examinado.
Pero cuando la misma afirmación atraviesa generaciones, culturas, condiciones sociales y circunstancias completamente diferentes, tenemos delante de nosotros algo que merece ser investigado.
¿Puede cumplirla hoy?
Aquí está nuevamente nuestra prueba.
Jesucristo no prometió simplemente dejar buenas enseñanzas que pudieran inspirar a las personas.
Dijo:
“El que permanece en mí, y yo en él…”
Está hablando de una relación continua con Él.
Y afirmó que esa relación produciría fruto.
Si Jesucristo murió hace casi dos mil años y dejó de existir, podemos estudiar su filosofía.
Podemos admirar su ética.
Podemos intentar imitar su comportamiento.
Pero Jesús afirmó algo mucho mayor:
que Él permanecería en nosotros y que nuestra unión con Él produciría una vida diferente.
Por eso, si Jesucristo continúa transformando personas hoy, estamos nuevamente frente a una pregunta extraordinaria.
Para continuar actuando en la vida de seres humanos casi dos mil años después de haber pronunciado esta promesa, tendría que seguir vivo.
Y si puede entrar en la historia de una persona, cambiar su dirección, producir fruto y hacer lo mismo simultáneamente en innumerables vidas alrededor del mundo, entonces estamos observando nuevamente capacidades que van mucho más allá de las de un maestro humano del primer siglo.
La Escritura atribuye precisamente a Dios la capacidad de producir una transformación interior:
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.”
Ezequiel 36:26, RVR1960
Por eso esta cuarta promesa vuelve a colocarnos frente al centro de nuestra investigación.
Si Jesucristo continúa transformando vidas casi dos mil años después de haber prometido que quienes permanecieran en Él llevarían fruto, ¿estamos simplemente ante la influencia de las enseñanzas de un hombre del pasado… o ante la acción presente de alguien que sigue vivo y puede hacer en el interior del ser humano lo que la Escritura atribuye a Dios?
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