Por el Dr. Elio M Rivera
Una promesa que puede dejar resultados concretos
Llegamos ahora a una de las promesas de Jesucristo que, personalmente, ha tenido un peso enorme en mi propia convicción acerca de quién es Él.
La oración.
Jesús no solamente enseñó a sus discípulos a orar. Hizo algo mucho más extraordinario: les aseguró que sus oraciones serían escuchadas y que Él actuaría en respuesta a ellas.
Poco antes de su crucifixión les dijo:
“Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.”
Juan 16:24, RVR1960
Y también declaró:
“Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.”
Juan 14:13-14, RVR1960
Deténgase por un momento.
“Yo lo haré”.
Estas no son palabras pequeñas.
Si Jesucristo fue solamente un maestro religioso que vivió en el primer siglo, estamos ante una afirmación extraordinariamente difícil de explicar.
Porque una cosa es enseñar a las personas a orar.
Y otra completamente diferente es afirmar:
“Pedid… y recibiréis”.
¿Puede Jesucristo realmente responder nuestras oraciones?
En mi caso, esta pregunta dejó de ser solamente teológica hace mucho tiempo.
Una de las cosas que más me han convencido personalmente de que Jesucristo es quien afirmó ser es la manera en que ha respondido mis oraciones a lo largo de mi vida.
He orado cuando no sabía qué hacer.
He pedido dirección.
He pedido ayuda.
He llevado necesidades delante de Dios que estaban completamente fuera de mis posibilidades.
Y una y otra vez he visto respuestas que, personalmente, no puedo ignorar.
Algunas llegaron de maneras diferentes a las que esperaba.
Otras requirieron tiempo.
Y en otras ocasiones la respuesta fue tan específica que me obligó a detenerme y pensar:
“Dios escuchó”.
Por eso, cuando hablo de la oración, no estoy hablando solamente como pastor o como investigador.
Estoy hablando también como alguien que ha orado y que considera haber recibido respuestas.
Pero mi testimonio no es suficiente
Sería muy fácil escribir este artículo contando solamente mis propias experiencias.
Pero eso reduciría demasiado nuestra investigación.
Porque yo soy solamente una persona.
Lo verdaderamente interesante comienza cuando descubrimos que muchísimas otras personas afirman haber experimentado exactamente lo mismo.
Durante mis años como pastor he escuchado innumerables testimonios de personas que aseguran haber recibido respuestas concretas después de orar.
Personas que pidieron dirección y la encontraron.
Personas que oraron por provisión.
Personas que pidieron ayuda en circunstancias difíciles.
Personas que oraron durante años por familiares.
Personas que aseguran haber visto abrirse una puerta precisamente cuando parecía que todas estaban cerradas.
Naturalmente, cada historia debe examinarse con prudencia. No todo acontecimiento favorable después de una oración demuestra automáticamente una intervención sobrenatural.
Pero cuando el fenómeno se repite una y otra vez, surge una pregunta legítima:
¿Estamos simplemente frente a coincidencias, o Jesucristo realmente continúa respondiendo la oración como prometió?
Pregúnteles
Nuevamente, no tiene que aceptar mi palabra.
Pregunte.
Busque personas que lleven años caminando con Jesucristo y pregúnteles:
“¿Alguna vez has recibido una respuesta a una oración que te haya convencido de que Dios te escuchó?”
Después escuche.
No todos tendrán la misma historia.
No todos recibieron aquello que originalmente pidieron.
No todas las respuestas llegaron inmediatamente.
Pero probablemente descubrirá algo sorprendente.
Muchísimas personas podrán señalar momentos específicos de su vida y decir:
“Yo oré… y Dios respondió”.
La Biblia misma presenta esta experiencia como algo que los creyentes podían esperar:
“Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.”
1 Juan 5:14, RVR1960
Esto no significa que Dios haga todo lo que le pidamos
Aquí necesitamos hacer una aclaración importante.
La promesa de Jesús no convierte la oración en una fórmula para obtener automáticamente cualquier cosa que deseemos.
La misma Biblia establece condiciones y límites.
Juan habla de pedir “conforme a su voluntad”.
Santiago advierte:
“Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.”
Santiago 4:3, RVR1960
Incluso Jesús, en Getsemaní, oró:
“Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
Lucas 22:42, RVR1960
Por tanto, estamos investigando algo muy diferente a decir: “Pida cualquier cosa y Dios está obligado a concedérsela”.
Estamos preguntando si existe una relación real entre Dios y la persona que ora, en la cual Dios escucha, responde, dirige, abre puertas, cierra otras y actúa conforme a su voluntad.
Pero existe una manera todavía más personal de investigarlo
Como ocurrió con las dos promesas anteriores, usted no tiene que limitarse a escuchar testimonios.
Puede orar.
No necesita que un pastor ore por usted.
No necesita encontrarse dentro de una iglesia.
No necesita utilizar palabras especiales.
No necesita intermediarios humanos para acercarse a Jesucristo.
Puede hablar directamente con Él.
Puede presentarle una necesidad real.
Puede pedirle dirección.
Puede decirle con toda sinceridad:
“Jesucristo, si realmente estás vivo y escuchas la oración, quiero conocerte. Ayúdame. Guíame y permite que pueda reconocer tu respuesta”.
Y entonces nuestra investigación deja nuevamente de ser solamente histórica.
Se vuelve personal.
Una promesa hecha hace casi dos mil años
Ahora piense detenidamente en lo que estamos investigando.
Jesucristo dijo hace casi dos mil años:
“Pedid, y recibiréis.”
Y también:
“Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.”
Si Jesucristo murió y dejó de existir, puede haber dejado hermosas enseñanzas acerca de la oración.
Pero existe un problema.
Un muerto no escucha oraciones.
Mucho menos puede escuchar a personas que oran simultáneamente desde diferentes lugares del planeta.
Y mucho menos puede intervenir en sus vidas.
¿Puede cumplirla hoy?
Aquí está nuevamente nuestra prueba.
Si Cristo continúa respondiendo oraciones casi dos mil años después de haber pronunciado estas palabras, entonces estamos frente a algo extraordinario.
Porque para responder una oración tendría que, como mínimo, estar vivo para escucharla.
Pero pensemos todavía un poco más.
En este mismo momento puede haber personas orando a Jesucristo en México, Estados Unidos, Brasil, África, Europa, Asia y miles de lugares diferentes.
Algunas pueden estar hablando.
Otras quizá ni siquiera puedan expresar con palabras lo que sienten.
Y, sin embargo, la Biblia atribuye a Dios incluso el conocimiento de aquello que todavía no hemos pronunciado:
“Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.”
Salmos 139:4, RVR1960
Por eso esta tercera promesa tiene implicaciones enormes para nuestra investigación.
Si Jesucristo escucha y responde hoy las oraciones de personas que lo invocan alrededor del mundo, entonces nuevamente encontramos que sigue vivo.
Pero encontramos algo más.
Para hacerlo tendría que poder escuchar innumerables personas, conocer sus necesidades y actuar mucho más allá de las limitaciones de cualquier ser humano.
Y eso nos conduce nuevamente hacia las características que atribuimos a Dios.
Si Cristo puede escuchar y responder hoy las oraciones de personas alrededor del mundo, casi dos mil años después de haberlo prometido, ¿estamos frente al recuerdo de un hombre que murió… o frente a alguien que sigue vivo y posee capacidades que solamente esperaríamos encontrar en Dios?
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