Por el Dr, Elio M Rivera
En nuestra investigación ¿Existe Dios? Y si existe… ¿cómo es?, hemos llegado a Jesucristo.
En la subserie anterior examinamos una afirmación extraordinaria: Jesús afirmó ser Dios. Pero no nos conformamos simplemente con sus palabras. Nos preguntamos si realmente podía hacer aquello que esperaríamos de alguien que afirmaba poseer naturaleza y autoridad divinas.
Ahora queremos llevar nuestra investigación un paso más adelante.
Porque Jesucristo no solamente habló acerca de quién era.
También hizo promesas.
Y algunas de esas promesas presentan una oportunidad extraordinaria para continuar nuestra investigación, porque no fueron hechas solamente para las personas que caminaron con Él hace dos mil años. Muchas fueron dirigidas a quienes creerían en Él después.
De hecho, Jesús dijo:
“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos.”
Juan 17:20, RVR1960
Eso nos incluye.
Y aquí aparece una pregunta inevitable.
Si Jesucristo verdaderamente es quien afirmó ser, ¿puede cumplir hoy aquello que prometió hace casi dos mil años?
No queremos comenzar esta serie suponiendo la respuesta. Queremos investigarla.
Durante muchos años como pastor he conocido a cientos de personas que aseguran haber experimentado en sus propias vidas cosas que Jesucristo prometió. Yo mismo podría añadir mi testimonio al de ellas.
Pero precisamente por eso quiero hacer algo diferente en esta subserie.
Quiero regresar primero a las palabras de Jesús.
¿Qué prometió realmente?
¿A quién se lo prometió?
¿Era una promesa solamente para sus primeros discípulos o también alcanzaba a quienes creerían posteriormente?
Y, sobre todo:
¿Existen evidencias de que Cristo continúa cumpliendo esas promesas hoy?
Jesús mismo estableció un principio extraordinario:
“Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras.”
Juan 10:37-38, RVR1960
En esta nueva subserie pondremos bajo investigación diez promesas de Jesucristo.
No queremos adelantarnos al veredicto.
Primero examinaremos las promesas.
Después examinaremos la evidencia.
Y al final tendremos que responder una pregunta que toca directamente el corazón de toda nuestra investigación:
Si Jesucristo dijo que haría estas cosas, ¿las está cumpliendo?
Vamos a investigarlo.
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Escucha música con propósito:
Hay promesas de Jesucristo que podríamos considerar difíciles de investigar porque ocurrieron hace casi dos mil años. Pero existen otras que presentan una característica extraordinaria:
pueden ser experimentadas personalmente.
Una de ellas es la promesa de su paz.
Pocas horas antes de ser arrestado y crucificado, Jesús dijo a sus discípulos:
“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.”
Juan 14:27, RVR1960
Observe cuidadosamente sus palabras.
Jesús no dijo simplemente: “Deseo que tengan paz”.
Dijo:
“Mi paz os doy”.
Eso convierte sus palabras en una promesa que merece ser investigada.
Durante mis años como pastor he visto algo repetirse una y otra vez.
He conocido a miles de personas que aseguran haber encontrado paz en Jesucristo.
Personas atravesando problemas familiares.
Personas enfrentando pérdidas.
Personas llenas de temor.
Personas que no sabían qué hacer con su vida.
Personas que llegaron delante de Dios quebrantadas y que después dijeron algo muy parecido:
“No sé cómo explicarlo, pero tengo paz”.
Por supuesto, alguien podría responder:
“Eso es solamente lo que esas personas dicen”.
Y precisamente allí comienza nuestra investigación.
No tenemos que aceptar ciegamente el testimonio de nadie.
Podemos preguntar.
Pregúntele a una persona que verdaderamente ha depositado su confianza en Jesucristo qué ha experimentado en los momentos más difíciles de su vida.
Pregúntele a diferentes creyentes.
Pregunte a hombres y mujeres.
Pregunte a jóvenes y ancianos.
Pregunte a personas de diferentes países y culturas.
Y escuche sus respuestas.
Naturalmente, no todos describirán exactamente la misma experiencia. Pero resulta interesante descubrir cuántas personas utilizan precisamente la palabra que Jesús utilizó:
paz.
Pablo describió posteriormente algo semejante:
“Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”
Filipenses 4:7, RVR1960
Una paz que “sobrepasa todo entendimiento”.
Es decir, una paz que puede aparecer incluso cuando las circunstancias externas no parecen justificarla.
Hasta ahora podemos escuchar el testimonio de otras personas.
Pero esta promesa tiene una característica muy especial:
usted mismo puede ponerla a prueba.
No necesita conocerme a mí.
No necesita estar en una iglesia determinada.
No necesita que un pastor esté presente.
No necesita intermediarios humanos para hablar con Jesucristo.
Puede ser un asunto directamente entre usted y Él.
Jesús dijo:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.”
Mateo 11:28, RVR1960
Observe nuevamente la invitación:
“Venid a mí”.
Así de personal.
Una persona puede acercarse a Jesucristo con sinceridad, reconocer delante de Él su necesidad y pedirle aquello que prometió dar.
No necesita palabras especiales.
No necesita una fórmula.
Puede simplemente hablar con Él.
“Jesucristo, necesito tu paz. Si verdaderamente eres quien dijiste ser, te necesito. Dame la paz que prometiste.”
Y entonces ocurre algo extraordinario desde el punto de vista de nuestra investigación.
Ya no estamos hablando solamente de lo que experimentaron los apóstoles.
Ya no estamos hablando solamente de lo que yo he visto durante años como pastor.
Ya no estamos hablando solamente del testimonio de miles de personas.
Estamos hablando de algo que cada persona puede investigar por sí misma.
Aquí está, entonces, la primera pregunta de nuestra investigación.
Jesucristo dijo:
“Mi paz os doy.”
Si solamente fue un hombre que murió hace casi dos mil años, sus palabras quedaron escritas en un libro.
Pero si Jesucristo está vivo y es verdaderamente quien afirmó ser, entonces estamos ante algo completamente diferente.
Debería poder cumplir su promesa.
Por eso, en este primer punto no quiero pedirle simplemente que crea mi testimonio.
Pregunte a quienes dicen haber experimentado su paz.
Examine sus historias.
Y, si realmente quiere llevar la investigación hasta sus últimas consecuencias, haga algo todavía más sencillo:
pídasela usted mismo.
Preséntese delante de Jesucristo con un corazón sincero y humilde. Dígale que necesita su paz.
Después, juzgue usted mismo el resultado.
Porque si Jesucristo prometió:
la pregunta no es solamente qué significaron aquellas palabras hace dos mil años.
La pregunta es:
Aquí está el punto que no debemos pasar por alto.
Jesucristo pronunció esta promesa hace casi dos mil años:
“Mi paz os doy.”
Juan 14:27, RVR1960
Ahora piense por un momento en lo que esto significa.
Si Jesucristo fue solamente un hombre que vivió hace dos mil años, murió y dejó de existir, ¿cómo podría seguir cumpliendo personalmente una promesa que hizo entonces?
Un hombre puede dejar enseñanzas.
Puede dejar libros.
Puede dejar seguidores.
Puede dejar una filosofía capaz de influir en generaciones posteriores.
Pero no puede continuar actuando personalmente después de muerto.
Por eso nuestra pregunta es mucho más profunda que simplemente saber si las enseñanzas de Jesús producen tranquilidad.
La pregunta es:
¿Jesucristo mismo continúa dando la paz que prometió?
Si una persona se acerca hoy a Cristo, lo invoca sinceramente y recibe esa paz que Él prometió; y si esto no ocurre solamente una vez, sino que ha sido testificado repetidamente por creyentes a través de generaciones, entonces tenemos algo que merece ser investigado seriamente.
Porque si Cristo continúa cumpliendo hoy una promesa que hizo hace casi dos mil años, entonces Cristo no quedó atrapado en el primer siglo.
Sigue vivo.
Y si sigue vivo después de casi dos mil años, comenzamos a encontrarnos frente a otra característica que atribuimos a Dios:
la eternidad.
“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.”
Hebreos 13:8, RVR1960
Por eso esta primera promesa tiene implicaciones enormes para nuestra investigación.
No demuestra por sí sola todo lo que queremos investigar acerca de Jesucristo. Pero nos obliga a formular una pregunta difícil de ignorar:
¿estamos realmente frente a alguien que pertenece solamente al pasado…
o frente a alguien que sigue vivo y posee una característica propia de Dios: la eternidad?
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Algunas palabras de Jesucristo adquieren una dimensión completamente diferente cuando nos detenemos a pensar en lo que realmente significan.
Después de su resurrección, poco antes de ascender, Jesús hizo a sus discípulos una promesa extraordinaria:
“Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”
Mateo 28:20, RVR1960
Observe cuidadosamente lo que Jesús prometió.
No dijo solamente: “Recuerden mis enseñanzas”.
No dijo: “Mi influencia permanecerá con ustedes”.
No dijo: “Cuando yo ya no esté, recuerden lo que les enseñé”.
Dijo:
“Yo estoy con vosotros todos los días”.
Si tomamos seriamente estas palabras, tenemos delante de nosotros otra promesa que podemos investigar.
Durante mis años como pastor he escuchado una experiencia repetirse innumerables veces.
Personas que aseguran haber experimentado la presencia de Jesucristo.
Algunas estaban en una iglesia.
Pero muchas no.
Algunas estaban orando acompañadas de otras personas.
Pero otras estaban completamente solas.
Personas en habitaciones.
Personas viajando.
Personas atravesando momentos de profunda tristeza.
Personas enfrentando situaciones difíciles.
Personas que simplemente comenzaron a orar y, según su propio testimonio, supieron que no estaban solas.
Una y otra vez he escuchado expresiones semejantes:
“Sentí que Dios estaba conmigo”.
“Experimenté su presencia”.
“Sabía que Cristo estaba allí”.
Por supuesto, desde el punto de vista de nuestra investigación podemos preguntar:
¿Cómo sabemos que esas experiencias son reales?
La respuesta inicial es muy sencilla.
No tenemos que comenzar aceptando ciegamente lo que alguien dice.
Podemos investigar.
Pregúntele a personas que han caminado con Jesucristo durante años si alguna vez han experimentado su presencia.
Pregunte a diferentes personas.
Pregunte a hombres y mujeres.
Pregunte a jóvenes y ancianos.
Pregunte a personas de diferentes iglesias, países y culturas.
Y después escuche.
Las experiencias no serán idénticas. Algunos hablarán de una profunda seguridad interior. Otros describirán consuelo. Otros hablarán de una presencia difícil de expresar con palabras.
Pero resulta extraordinario encontrar una experiencia que se repite constantemente:
“Cristo estaba conmigo”.
David había expresado siglos antes esta realidad acerca de la presencia de Dios:
“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?”
Salmos 139:7, RVR1960
Y precisamente aquí nuestra investigación comienza a adquirir una dimensión todavía más interesante.
Como sucedió con la promesa de la paz, no tenemos que limitarnos al testimonio de otras personas.
Esta también es una promesa que cada persona puede investigar personalmente.
No necesita que yo esté presente.
No necesita estar dentro de un templo.
No necesita viajar a Jerusalén.
No necesita encontrarse delante de una imagen.
No necesita intermediarios humanos para hablar con Jesucristo.
Puede estar completamente solo.
Porque si la promesa es verdadera, el lugar no debería ser el obstáculo.
Jesús dijo:
“Yo estoy con vosotros todos los días”.
Entonces una persona puede acercarse directamente a Él con sinceridad.
No necesita una oración complicada.
No necesita palabras religiosas.
Puede simplemente decir:
“Jesucristo, si realmente estás aquí, necesito conocerte. Si prometiste estar con nosotros, permite que pueda experimentar tu presencia”.
Y después ocurre nuevamente algo extraordinario desde el punto de vista de nuestra investigación.
Ya no estamos hablando solamente de lo que experimentaron los apóstoles.
Ya no estamos hablando solamente de lo que otros creyentes aseguran haber experimentado.
Ya no estamos hablando solamente de lo que yo he observado durante mis años como pastor.
La persona puede investigarlo por sí misma.
Ahora llegamos al punto central.
Jesucristo dijo hace casi dos mil años:
“Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”
Piense detenidamente en lo que esto implica.
Un hombre común puede estar con algunas personas.
Puede acompañar a su familia.
Puede caminar con sus discípulos.
Puede encontrarse en una ciudad determinada.
Pero está limitado por el espacio.
Si está en Jerusalén, no está físicamente al mismo tiempo en Roma.
Si está en una casa, no está simultáneamente en miles de casas diferentes alrededor del mundo.
Y si murió hace casi dos mil años y dejó de existir, mucho menos podría estar hoy con alguien que lo invoca.
Sin embargo, Jesús prometió exactamente algo extraordinario:
“Yo estoy con vosotros todos los días”.
Aquí está nuevamente nuestra prueba.
Si Jesucristo fue solamente un hombre extraordinario del primer siglo, sus seguidores pueden recordar sus enseñanzas.
Pueden estudiar sus palabras.
Pueden admirar su vida.
Pueden continuar difundiendo su mensaje.
Pero existe una enorme diferencia entre recordar a alguien y afirmar que esa persona está presente.
Por eso nuestra pregunta no es simplemente si pensar en Jesús hace sentir acompañada a una persona.
La pregunta es mucho más profunda:
¿Jesucristo continúa estando realmente con quienes lo invocan?
Porque si personas en diferentes lugares del mundo pueden acudir a Cristo y experimentar su presencia, entonces aparece ante nosotros otra característica extraordinaria.
No estamos hablando solamente de eternidad.
Estamos hablando también de presencia más allá de las limitaciones humanas del espacio.
La Biblia atribuye precisamente esa característica a Dios:
“¿No lleno yo, dice Jehová, el cielo y la tierra?”
Jeremías 23:24, RVR1960
Y David escribió:
“Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás.”
Salmos 139:8, RVR1960
Por eso esta segunda promesa tiene implicaciones enormes para nuestra investigación.
Si Jesucristo continúa cumpliendo una promesa pronunciada hace casi dos mil años, entonces nuevamente encontramos la característica que vimos anteriormente:
sigue vivo.
Pero si además puede estar con personas que lo invocan en diferentes lugares del mundo, surge otra pregunta todavía más profunda.
estar presente sin las limitaciones humanas del espacio?
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Llegamos ahora a una de las promesas de Jesucristo que, personalmente, ha tenido un peso enorme en mi propia convicción acerca de quién es Él.
La oración.
Jesús no solamente enseñó a sus discípulos a orar. Hizo algo mucho más extraordinario: les aseguró que sus oraciones serían escuchadas y que Él actuaría en respuesta a ellas.
Poco antes de su crucifixión les dijo:
“Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.”
Juan 16:24, RVR1960
Y también declaró:
“Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.”
Juan 14:13-14, RVR1960
Deténgase por un momento.
“Yo lo haré”.
Estas no son palabras pequeñas.
Si Jesucristo fue solamente un maestro religioso que vivió en el primer siglo, estamos ante una afirmación extraordinariamente difícil de explicar.
Porque una cosa es enseñar a las personas a orar.
Y otra completamente diferente es afirmar:
“Pedid… y recibiréis”.
En mi caso, esta pregunta dejó de ser solamente teológica hace mucho tiempo.
Una de las cosas que más me han convencido personalmente de que Jesucristo es quien afirmó ser es la manera en que ha respondido mis oraciones a lo largo de mi vida.
He orado cuando no sabía qué hacer.
He pedido dirección.
He pedido ayuda.
He llevado necesidades delante de Dios que estaban completamente fuera de mis posibilidades.
Y una y otra vez he visto respuestas que, personalmente, no puedo ignorar.
Algunas llegaron de maneras diferentes a las que esperaba.
Otras requirieron tiempo.
Y en otras ocasiones la respuesta fue tan específica que me obligó a detenerme y pensar:
“Dios escuchó”.
Por eso, cuando hablo de la oración, no estoy hablando solamente como pastor o como investigador.
Estoy hablando también como alguien que ha orado y que considera haber recibido respuestas.
Sería muy fácil escribir este artículo contando solamente mis propias experiencias.
Pero eso reduciría demasiado nuestra investigación.
Porque yo soy solamente una persona.
Lo verdaderamente interesante comienza cuando descubrimos que muchísimas otras personas afirman haber experimentado exactamente lo mismo.
Durante mis años como pastor he escuchado innumerables testimonios de personas que aseguran haber recibido respuestas concretas después de orar.
Personas que pidieron dirección y la encontraron.
Personas que oraron por provisión.
Personas que pidieron ayuda en circunstancias difíciles.
Personas que oraron durante años por familiares.
Personas que aseguran haber visto abrirse una puerta precisamente cuando parecía que todas estaban cerradas.
Naturalmente, cada historia debe examinarse con prudencia. No todo acontecimiento favorable después de una oración demuestra automáticamente una intervención sobrenatural.
Pero cuando el fenómeno se repite una y otra vez, surge una pregunta legítima:
¿Estamos simplemente frente a coincidencias, o Jesucristo realmente continúa respondiendo la oración como prometió?
Nuevamente, no tiene que aceptar mi palabra.
Pregunte.
Busque personas que lleven años caminando con Jesucristo y pregúnteles:
“¿Alguna vez has recibido una respuesta a una oración que te haya convencido de que Dios te escuchó?”
Después escuche.
No todos tendrán la misma historia.
No todos recibieron aquello que originalmente pidieron.
No todas las respuestas llegaron inmediatamente.
Pero probablemente descubrirá algo sorprendente.
Muchísimas personas podrán señalar momentos específicos de su vida y decir:
“Yo oré… y Dios respondió”.
La Biblia misma presenta esta experiencia como algo que los creyentes podían esperar:
“Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.”
1 Juan 5:14, RVR1960
Aquí necesitamos hacer una aclaración importante.
La promesa de Jesús no convierte la oración en una fórmula para obtener automáticamente cualquier cosa que deseemos.
La misma Biblia establece condiciones y límites.
Juan habla de pedir “conforme a su voluntad”.
Santiago advierte:
“Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.”
Santiago 4:3, RVR1960
Incluso Jesús, en Getsemaní, oró:
“Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
Lucas 22:42, RVR1960
Por tanto, estamos investigando algo muy diferente a decir: “Pida cualquier cosa y Dios está obligado a concedérsela”.
Estamos preguntando si existe una relación real entre Dios y la persona que ora, en la cual Dios escucha, responde, dirige, abre puertas, cierra otras y actúa conforme a su voluntad.
Como ocurrió con las dos promesas anteriores, usted no tiene que limitarse a escuchar testimonios.
Puede orar.
No necesita que un pastor ore por usted.
No necesita encontrarse dentro de una iglesia.
No necesita utilizar palabras especiales.
No necesita intermediarios humanos para acercarse a Jesucristo.
Puede hablar directamente con Él.
Puede presentarle una necesidad real.
Puede pedirle dirección.
Puede decirle con toda sinceridad:
“Jesucristo, si realmente estás vivo y escuchas la oración, quiero conocerte. Ayúdame. Guíame y permite que pueda reconocer tu respuesta”.
Y entonces nuestra investigación deja nuevamente de ser solamente histórica.
Se vuelve personal.
Ahora piense detenidamente en lo que estamos investigando.
Jesucristo dijo hace casi dos mil años:
“Pedid, y recibiréis.”
Y también:
“Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.”
Si Jesucristo murió y dejó de existir, puede haber dejado hermosas enseñanzas acerca de la oración.
Pero existe un problema.
Un muerto no escucha oraciones.
Mucho menos puede escuchar a personas que oran simultáneamente desde diferentes lugares del planeta.
Y mucho menos puede intervenir en sus vidas.
Aquí está nuevamente nuestra prueba.
Si Cristo continúa respondiendo oraciones casi dos mil años después de haber pronunciado estas palabras, entonces estamos frente a algo extraordinario.
Porque para responder una oración tendría que, como mínimo, estar vivo para escucharla.
Pero pensemos todavía un poco más.
En este mismo momento puede haber personas orando a Jesucristo en México, Estados Unidos, Brasil, África, Europa, Asia y miles de lugares diferentes.
Algunas pueden estar hablando.
Otras quizá ni siquiera puedan expresar con palabras lo que sienten.
Y, sin embargo, la Biblia atribuye a Dios incluso el conocimiento de aquello que todavía no hemos pronunciado:
“Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.”
Salmos 139:4, RVR1960
Por eso esta tercera promesa tiene implicaciones enormes para nuestra investigación.
Si Jesucristo escucha y responde hoy las oraciones de personas que lo invocan alrededor del mundo, entonces nuevamente encontramos que sigue vivo.
Pero encontramos algo más.
Para hacerlo tendría que poder escuchar innumerables personas, conocer sus necesidades y actuar mucho más allá de las limitaciones de cualquier ser humano.
Y eso nos conduce nuevamente hacia las características que atribuimos a Dios.
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Llegamos ahora a una promesa de Jesucristo que presenta una característica diferente a las anteriores.
La paz puede experimentarse interiormente.
La presencia de Cristo puede sentirse de una manera profundamente personal.
La respuesta a una oración puede ocurrir entre Dios y quien ora.
Pero cuando una vida comienza a transformarse, otras personas pueden verlo.
Jesús dijo:
“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.”
Juan 15:5, RVR1960
Observe la promesa.
Jesús afirmó que cuando una persona permanece unida a Él, algo comienza a suceder en su vida.
Produce fruto.
Es decir, la relación con Jesucristo no debería limitarse simplemente a adoptar una nueva religión, asistir a una iglesia o aprender determinadas doctrinas.
Debería producir cambios.
Esta pregunta es profundamente personal para mí.
Porque cuando hablo acerca de vidas transformadas por Jesucristo, no tengo que comenzar con la historia de otra persona.
Puedo comenzar con la mía.
Mi vida era un desastre.
Era una vida sin rumbo, llena de sufrimiento, conflictos y situaciones que no sabía cómo resolver.
No tenía delante de mí el camino que posteriormente recorrería.
Pero un día Jesucristo entró en mi historia.
Y comenzó un proceso que terminaría transformándolo todo.
No quiero decir con esto que desde ese momento nunca volví a tener problemas, que nunca cometí errores o que todas mis dificultades desaparecieron.
Eso no sería verdad.
Estoy hablando de algo diferente.
Cambió la dirección de mi vida.
Cambió mis prioridades.
Cambió mi manera de entenderme a mí mismo.
Cambió mi manera de mirar a los demás.
Me dio propósito donde antes había confusión.
Y cuando observo hacia atrás y comparo quién era con la persona en la que me fui convirtiendo, para mí existe una conclusión difícil de evitar:
Jesucristo transformó mi vida.
Aquí es donde nuestra investigación vuelve a hacerse interesante.
Porque si yo fuera la única persona que afirmara algo semejante, podríamos estudiar mi historia como un caso aislado.
Pero no lo soy.
Durante mis años como pastor he visto esta historia repetirse innumerables veces.
He visto personas llegar destruidas y comenzar a reconstruir sus vidas.
He visto adicciones abandonadas.
He visto matrimonios restaurados.
He visto personas dominadas por el enojo comenzar a cambiar.
He visto reconciliaciones que parecían imposibles.
He visto prioridades completamente reordenadas.
He visto personas que vivían sin propósito descubrir una razón para levantarse cada mañana.
No todas las historias son iguales.
No todas las transformaciones ocurren de un día para otro.
Algunas son extraordinariamente rápidas.
Otras requieren años de crecimiento, caídas, aprendizaje y perseverancia.
Pero existe algo que se repite una y otra vez:
personas que aseguran que conocer a Jesucristo cambió el rumbo de sus vidas.
Pablo describió esta transformación con palabras extraordinarias:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”
2 Corintios 5:17, RVR1960
Nuevamente, no tiene que aceptar mi testimonio.
Investigue.
Pregunte a personas que verdaderamente han caminado con Jesucristo durante años:
“¿Qué cambió en tu vida después de conocer a Cristo?”
Pero existe algo todavía mejor.
Cuando sea posible, pregunte también a quienes las conocían antes.
Pregunte a su esposo o esposa.
Pregunte a sus hijos.
Pregunte a sus padres.
Pregunte a sus amigos.
Porque una transformación verdadera deja evidencias.
Si una persona violenta deja de serlo, alguien lo nota.
Si alguien abandona una adicción, su familia lo sabe.
Si una persona aprende a perdonar después de vivir durante años llena de resentimiento, quienes están cerca pueden verlo.
Si alguien que caminaba sin rumbo comienza a vivir con propósito, su historia comienza a hablar por ella misma.
No.
Y sería incorrecto presentar la promesa de Jesús de esa manera.
Jesús utilizó una palabra fundamental:
“permanece”.
“El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto.”
Una rama no produce todo su fruto en un instante.
Existe crecimiento.
Existe proceso.
Existe aprendizaje.
Por eso encontramos cristianos en diferentes etapas de madurez y también personas que profesan una fe que quizá nunca se refleja verdaderamente en su conducta.
Jesús mismo dijo:
“Por sus frutos los conoceréis.”
Mateo 7:20, RVR1960
La afirmación que estamos investigando, por tanto, no es que toda persona que se llame cristiana será perfecta.
La afirmación es mucho más específica:
Jesucristo dijo que quien permanece verdaderamente unido a Él producirá fruto.
Esta promesa también puede dejar de ser solamente la historia de otras personas.
Quizá alguien que lee estas palabras piensa:
“Mi vida también es un desastre”.
Quizá ha intentado cambiar muchas veces.
Quizá existen áreas que parecen imposibles de transformar.
Quizá ni siquiera sabe hacia dónde dirigir su vida.
Entonces puede hacer lo mismo que hemos planteado en los artículos anteriores.
Puede acercarse directamente a Jesucristo.
No necesita intermediarios humanos.
No necesita tener primero su vida arreglada para acercarse a Él.
Precisamente puede acercarse porque necesita ayuda.
Puede decirle con sinceridad:
“Jesucristo, mi vida necesita cambiar. Si realmente eres quien dijiste ser, entra en mi vida, guíame y comienza a hacer en mí aquello que yo no he podido hacer solo”.
Después viene una palabra fundamental:
permanecer.
Conocerlo.
Escuchar sus palabras.
Seguirlo.
Obedecerlo.
Caminar con Él.
Y entonces observar qué comienza a suceder.
Ahora volvamos a nuestra investigación.
Jesucristo dijo:
“El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto.”
Han pasado casi dos mil años.
Sin embargo, alrededor del mundo continúan apareciendo personas que afirman:
“Cristo cambió mi vida”.
Yo soy una de ellas.
Y conozco muchas más.
Eso no significa que cada historia constituya por sí sola una demostración de la divinidad de Cristo. Las transformaciones humanas pueden tener diferentes causas y cada testimonio merece ser examinado.
Pero cuando la misma afirmación atraviesa generaciones, culturas, condiciones sociales y circunstancias completamente diferentes, tenemos delante de nosotros algo que merece ser investigado.
Aquí está nuevamente nuestra prueba.
Jesucristo no prometió simplemente dejar buenas enseñanzas que pudieran inspirar a las personas.
Dijo:
“El que permanece en mí, y yo en él…”
Está hablando de una relación continua con Él.
Y afirmó que esa relación produciría fruto.
Si Jesucristo murió hace casi dos mil años y dejó de existir, podemos estudiar su filosofía.
Podemos admirar su ética.
Podemos intentar imitar su comportamiento.
Pero Jesús afirmó algo mucho mayor:
que Él permanecería en nosotros y que nuestra unión con Él produciría una vida diferente.
Por eso, si Jesucristo continúa transformando personas hoy, estamos nuevamente frente a una pregunta extraordinaria.
Para continuar actuando en la vida de seres humanos casi dos mil años después de haber pronunciado esta promesa, tendría que seguir vivo.
Y si puede entrar en la historia de una persona, cambiar su dirección, producir fruto y hacer lo mismo simultáneamente en innumerables vidas alrededor del mundo, entonces estamos observando nuevamente capacidades que van mucho más allá de las de un maestro humano del primer siglo.
La Escritura atribuye precisamente a Dios la capacidad de producir una transformación interior:
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.”
Ezequiel 36:26, RVR1960
Por eso esta cuarta promesa vuelve a colocarnos frente al centro de nuestra investigación.
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Llegamos ahora a un tema que requiere prudencia, pero que no podemos evitar si realmente estamos investigando quién es Jesucristo.
La sanidad.
Durante su ministerio, Jesús no solamente enseñó acerca de Dios. Los Evangelios presentan una y otra vez a personas enfermas acercándose a Él y siendo sanadas.
Mateo lo resume de esta manera:
“Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.”
Mateo 4:23, RVR1960
Pero el asunto no terminó allí.
Jesús también relacionó la oración de sus seguidores con la sanidad y, después de su resurrección, habló de señales que acompañarían a quienes creyeran:
“Sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.”
Marcos 16:18, RVR1960
Y Santiago posteriormente instruyó a la iglesia:
“¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él…”
Santiago 5:14, RVR1960
Por tanto, tenemos delante de nosotros otra pregunta que merece ser investigada:
En mi caso, esta pregunta tampoco es solamente teológica.
He visto personas sanar.
Y no una sola vez.
A través de los años he visto, vez tras vez, personas por quienes se oró y que posteriormente experimentaron mejoría o recuperación que ellas atribuyeron a la intervención de Dios.
Como médico, sé perfectamente que no toda recuperación después de una oración demuestra automáticamente un milagro.
El cuerpo humano posee mecanismos extraordinarios de recuperación.
Los tratamientos funcionan.
Algunas enfermedades son autolimitadas.
Los diagnósticos pueden equivocarse.
Y también existen coincidencias.
Precisamente por eso debemos ser cuidadosos.
Pero reconocer esas posibilidades no me obliga a negar lo que también he observado.
He visto casos que me han hecho detenerme.
He visto personas por quienes se oró y después mejoraron.
He escuchado testimonios de sanidades que quienes las experimentaron no dudan en atribuir a Jesucristo.
Y después de tantos años, no puedo simplemente fingir que nunca lo he visto.
Y aquí necesito ser igualmente claro.
He orado por personas que sanaron.
Y he orado por personas que no sanaron.
¿Por qué unas sí y otras no?
No lo sé.
Y no quiero inventar una explicación para algo que la Biblia no me permite explicar completamente.
Tampoco considero correcto decir automáticamente que una persona no sanó porque “le faltó fe”.
Eso puede colocar sobre alguien que ya está sufriendo una carga que Jesucristo nunca nos autorizó a imponerle.
Pablo mismo habló de una aflicción que pidió repetidamente que fuera quitada:
“Respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí.”
2 Corintios 12:8, RVR1960
Y la respuesta que recibió no fue la que había solicitado:
“Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.”
2 Corintios 12:9, RVR1960
Por tanto, el cristianismo bíblico no enseña que podamos ordenar a Dios que sane a toda persona cuando nosotros queramos.
Dios sigue siendo Dios.
Pero tampoco podemos ignorar que el Nuevo Testamento presenta la sanidad como una de las maneras en que su poder puede manifestarse.
Como hemos hecho a lo largo de esta investigación, no tiene que aceptar solamente mi testimonio.
Pregunte.
Pregunte a creyentes si alguna vez han experimentado una sanidad que atribuyen a la oración.
Pregunte a pastores.
Pregunte a familias.
Y cuando exista documentación médica, examínela.
¿Qué diagnóstico existía antes?
¿Qué tratamiento recibió la persona?
¿Qué sucedió después?
¿Cuánto tiempo transcurrió?
¿Existe alguna explicación médica razonable?
No necesitamos tener miedo de investigar.
Si algo verdaderamente ocurrió, examinarlo cuidadosamente no debería destruir la verdad.
Y tampoco necesitamos llamar milagro a todo.
La investigación seria exige reconocer tanto aquello que podemos explicar como aquello que todavía nos resulta difícil explicar.
Si una persona está enferma, puede pedirle a Jesucristo que la sane.
Puede hacerlo directamente.
Puede pedir también que otros creyentes oren por ella, tal como enseña Santiago.
Pero debe hacerlo entendiendo algo fundamental:
orar por sanidad no significa abandonar la atención médica.
La fe y la atención médica no necesitan ser enemigas.
Una persona puede orar y al mismo tiempo acudir a su médico, realizarse estudios, recibir tratamiento y tomar responsablemente los medicamentos que necesita.
Puede decir sencillamente:
“Jesucristo, estoy enfermo. Tú conoces mi cuerpo y conoces mi necesidad. Si es tu voluntad, sáname. Ayúdame y haz tu voluntad en mi vida”.
Y después podemos observar lo que sucede.
Después de tantos años, hay algo que personalmente no puedo decir:
no puedo decir que nunca he visto sanar a nadie después de orar.
Sí lo he visto.
Muchas veces.
No entiendo por qué unos sanan y otros no.
No tengo una fórmula.
No puedo prometerle a ninguna persona que si ora necesariamente recibirá la sanidad física que desea.
Pero tampoco puedo negar lo que he presenciado.
Y precisamente por eso considero que merece formar parte de nuestra investigación acerca de Jesucristo.
Ahora regresemos a nuestra pregunta central.
Los Evangelios presentan a Jesucristo sanando enfermos hace casi dos mil años.
Si allí hubiera terminado todo, podríamos estudiar aquellas historias como acontecimientos del pasado.
Pero si personas continúan orando hoy en el nombre de Jesucristo y algunas experimentan sanidades reales, entonces la pregunta cambia completamente.
Porque nuevamente estaríamos ante una acción presente.
Jesucristo tendría que seguir vivo para actuar.
Y si puede intervenir en el cuerpo humano y restaurar aquello que la enfermedad ha dañado, entonces estamos nuevamente ante una capacidad que la Escritura atribuye a Dios:
“Porque yo soy Jehová tu sanador.”
Éxodo 15:26, RVR1960
Esto no significa que cada enfermedad tenga que desaparecer ni que comprendamos por qué Dios interviene de una manera en un caso y de otra manera en otro.
Significa que tenemos otra evidencia que merece ser examinada.
Y para mí tiene un peso especial porque no solamente he leído acerca de ella.
La he visto.
Hay promesas de Jesucristo que quizá nunca comprendamos completamente hasta que atravesamos uno de esos momentos en los que las palabras humanas parecen insuficientes.
Una de ellas es el consuelo.
Poco antes de su crucifixión, cuando sus discípulos estaban a punto de enfrentar su ausencia, Jesús les hizo una promesa extraordinaria:
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre.”
Juan 14:16, RVR1960
Jesús estaba hablando del Espíritu Santo.
No prometió que sus seguidores nunca sufrirían.
No prometió que nunca llorarían.
No prometió que nunca perderían a alguien que amaban.
Prometió algo diferente:
en medio del dolor, no quedarían sin Consolador.
Y esa es una promesa que, después de muchos años como pastor, he tenido oportunidad de observar en uno de los lugares donde resulta más difícil fingir lo que una persona realmente siente:
frente a la muerte.
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