Hay pocas cosas que nos recuerden con tanta fuerza que vivimos dentro de El imperio de la muerte como la enfermedad.
Un día una persona se siente bien.
Trabaja.
Camina.
Come.
Ríe.
Hace planes.
Piensa en lo que hará mañana.
Y de pronto algo cambia.
Aparece un dolor.
Una fiebre.
Una masa que no debería estar allí.
Un resultado de laboratorio fuera de los valores normales.
Una imagen sospechosa en una radiografía.
Una célula comienza a comportarse de manera diferente.
Un microorganismo invade el organismo.
Un órgano comienza a fallar.
El sistema inmunológico que debería protegernos puede alterarse y comenzar incluso a atacar nuestros propios tejidos.
Y entonces aparece una palabra que puede cambiar completamente la vida de una persona:
enfermedad.
A partir de ese momento puede comenzar un recorrido que conocemos demasiado bien.
Consultorios.
Análisis.
Hospitales.
Medicamentos.
Dolor.
Y algunas veces una pregunta que puede producir todavía más angustia:

¿Por qué existe la enfermedad?
Si Dios creó al ser humano…
¿creó también esto?
¿Diseñó un cuerpo para enfermar?
¿Formó nuestros órganos para deteriorarse?
¿Creó al hombre pensando que algún día tendría cáncer, insuficiencia renal, enfermedades cardiovasculares, infecciones, demencia o enfermedades degenerativas?
Para responder necesitamos hacer lo que hemos hecho durante toda esta serie.
Tenemos que regresar al principio.
Cuando Dios terminó su creación, la Escritura hace una declaración extraordinaria:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»
Génesis 1:31, RVR1960.
Adán no abrió los ojos por primera vez dentro de un hospital.
No necesitaba medicamentos.
No tenía cicatrices quirúrgicas.
No conocía fiebre.
No conocía infecciones.
No conocía tumores.
No conocía artritis.
No conocía insuficiencia de ningún órgano.
No había experimentado el agotamiento producido por un cuerpo enfermo.
Su organismo no estaba avanzando lentamente hacia una tumba.
Dios había formado su cuerpo del polvo de la tierra y había soplado en él aliento de vida:
«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida…»
Génesis 2:7, RVR1960.
El cuerpo humano era parte de aquella creación que Dios llamó:
«bueno en gran manera».
Esto es importante.
Porque cuando contemplamos hoy un cuerpo destruido por la enfermedad podemos cometer el mismo error que hemos encontrado repetidamente durante esta serie:
pensar que siempre debió ser así.
Pero no.
No comenzó así.
Antes del hospital estuvo el huerto.
Antes del medicamento estuvo un cuerpo sano.
Antes del deterioro estuvo la vida.
Antes de que el hombre aprendiera a luchar contra la enfermedad, había recibido un organismo diseñado para vivir.
La enfermedad no puede comprenderse completamente separada de aquella terrible advertencia que Dios había dado al hombre:
«…porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.»
Génesis 2:17, RVR1960.
Adán comió.
Y Pablo explica lo que ocurrió:
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…»
Romanos 5:12, RVR1960.
Entró el pecado.
Y detrás del pecado:
la muerte.
Pero Adán no cayó muerto inmediatamente junto al árbol.
Su corazón continuó latiendo.
Sus pulmones continuaron respirando.
Sus músculos continuaron moviéndose.
Vivió muchos años.
Entonces, ¿qué había ocurrido?
Había comenzado un proceso que terminaría exactamente donde Dios había advertido:
«…pues polvo eres, y al polvo volverás.»
Génesis 3:19, RVR1960.
El cuerpo que había sido formado del polvo comenzó ahora su camino de regreso al polvo.
Y dentro de ese camino aparecieron realidades que Adán nunca había conocido.
Debilidad.
Deterioro.
Dolor.
Enfermedad.
Y finalmente:
muerte.
La enfermedad se convirtió en una de las manifestaciones visibles de que algo profundamente anormal había ocurrido con nuestra condición.
El cuerpo diseñado para la vida había quedado viviendo bajo la sombra de la muerte.
Aquí debemos detenernos porque podemos cometer un error cruel.
Si la enfermedad existe dentro de un mundo afectado por el pecado, alguien podría concluir:
«Entonces, si una persona está enferma, seguramente hizo algo malo.»
Jesucristo rechazó esa manera simplista de interpretar el sufrimiento.
Cuando sus discípulos encontraron a un hombre ciego de nacimiento preguntaron:
«Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?»
Juan 9:2, RVR1960.
Querían encontrar al culpable.
Jesús respondió:
«No es que pecó éste, ni sus padres…»
Juan 9:3, RVR1960.
Eso debería hacernos extremadamente cuidadosos.
Vivimos en un mundo caído.
Todos estamos sujetos a sus consecuencias.
Por supuesto, algunas decisiones pueden afectar nuestra salud.
Podemos dañar nuestro organismo mediante determinadas conductas.
Podemos exponernos innecesariamente a peligros.
Pero sería un grave error mirar a cada persona enferma y pensar:
«Algo habrá hecho.»
Jesús no trató así a los enfermos.
Cuando los encontró sufriendo, no se dedicó a acusarlos.
Los sanó.
Nosotros tenemos un problema para comprender cuán extraña es la enfermedad.
Estamos acostumbrados a ella.
Nacimos dentro de El imperio de la muerte.
Para nosotros es normal que existan hospitales.
Es normal escuchar una ambulancia.
Es normal medir la presión arterial.
Es normal realizar estudios para descubrir si algo está creciendo dentro del cuerpo.
Es normal vacunarnos contra enfermedades.
Es normal tomar medicamentos.
Es normal operar un órgano enfermo.
Es normal que el cuerpo envejezca.
Es normal que llegue un momento en que alguno de sus sistemas comience a fallar.
Pero que algo sea común no significa que perteneciera al diseño original.
Nos acostumbramos a lo que nunca debió existir.
La medicina misma constituye, en cierto sentido, un enorme testimonio de nuestra resistencia frente a El imperio de la muerte.
¿Por qué investigamos enfermedades?
¿Por qué desarrollamos tratamientos?
¿Por qué un cirujano intenta reparar un órgano?
¿Por qué administramos antibióticos frente a determinadas infecciones?
¿Por qué luchamos contra un tumor?
¿Por qué intentamos reanimar un corazón que dejó de latir?
Porque algo dentro de nosotros continúa diciendo:
la enfermedad es un enemigo.
No contemplamos indiferentemente a alguien sufriendo y decimos:
«Qué hermoso.»
Intentamos ayudarlo.
Intentamos aliviar su dolor.
Intentamos restaurar su función.
Intentamos prolongar su vida.
Porque todavía llevamos dentro de nosotros el recuerdo, aunque sea lejano, de aquello para lo que fuimos creados:
la vida.
Y entonces ocurrió algo extraordinario.
El Hijo de Dios entró en El imperio de la muerte.
Jesús caminó por un mundo lleno de enfermos.
Encontró ciegos.
Paralíticos.
Personas con enfermedades crónicas.
Hombres y mujeres cuyos cuerpos habían dejado de funcionar como debían.
Y su reacción frente a ellos resulta profundamente reveladora.
Jesús no caminó entre los enfermos diciendo:
«Así diseñó mi Padre al mundo.»
Hizo exactamente lo contrario.
Los sanó.
Mateo resume una escena impresionante:
«Y recorrió Jesús toda Galilea… sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.»
Mateo 4:23, RVR1960.
Observe las palabras:
«sanando».
Jesús estaba mostrando algo.
El Reino de la vida había entrado en territorio de El imperio de la muerte.
Donde la enfermedad había deformado un cuerpo, Cristo restauraba.
Donde unos ojos no podían ver, devolvía la vista.
Donde unas piernas no podían caminar, levantaba al paralítico.
Donde la lepra había convertido a una persona en marginada, Jesús incluso extendía su mano y la tocaba.
Y cuando la enfermedad finalmente había terminado en muerte…
Jesús se acercaba también allí.
Frente a la tumba de Lázaro pronunció unas palabras que prácticamente constituyen una declaración de guerra contra todo El imperio de la muerte:
«Yo soy la resurrección y la vida…»
Juan 11:25, RVR1960.
No dijo:
«Yo soy la resignación ante la muerte».
Dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida».
Pero debemos mantener juntas dos verdades.
La primera:
Dios puede sanar.
Santiago escribió:
«¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él…»
Santiago 5:14, RVR1960.
Podemos orar.
Podemos imponer manos sobre los enfermos.
Podemos pedir un milagro.
Podemos utilizar responsablemente los recursos médicos disponibles.
Podemos acompañar.
Podemos cuidar.
Podemos investigar.
Podemos tratar.
Podemos aliviar el dolor.
Y podemos esperar la intervención de Dios.
Pero existe una segunda verdad:
todavía vivimos dentro de un mundo que no ha sido restaurado completamente.
Pablo lo expresó extraordinariamente:
«…también nosotros mismos gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.»
Romanos 8:23, RVR1960.
Observe qué espera el creyente:
«la redención de nuestro cuerpo».
Dios no abandonará el cuerpo.
Lo redimirá.
Por eso la esperanza cristiana no consiste simplemente en que nuestra alma escape algún día de un organismo destruido.
Esperamos resurrección.
Esperamos un cuerpo transformado.
Esperamos la derrota definitiva de aquello que durante toda nuestra existencia nos persiguió.
Pablo lo declara:
«Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.»
1 Corintios 15:54, RVR1960.
Llegará un día en que habrá un último hospital.
Una última cirugía.
Una última dosis de medicamento.
Una última biopsia.
Una última quimioterapia.
Una última infección.
Una última enfermedad.
Un último cuerpo deteriorado.
Porque Juan contempló hacia dónde se dirige finalmente la historia de los redimidos:
«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor…»
Apocalipsis 21:4, RVR1960.
Ya no habrá muerte.
Y si no habrá muerte, tampoco existirá aquel largo camino que tantas veces conduce hacia ella.
No habrá cuerpos consumidos por enfermedad.
No habrá familias esperando angustiadas fuera de una sala de cirugía.
No habrá personas mirando un resultado de laboratorio con miedo.
No habrá hijos observando cómo se deterioran sus padres.
No habrá padres contemplando impotentes a un hijo enfermo.
No habrá cáncer.
No habrá demencia.
No habrá insuficiencia cardíaca.
No habrá infecciones destruyendo cuerpos.
No habrá dolor crónico.
No habrá organismo alguno avanzando inexorablemente hacia el polvo.
Porque todo aquello pertenecía a un mundo que nunca debió ser así.
La enfermedad entró dentro de El imperio de la muerte.
Pero Jesucristo entró también.
Y cuando entró, comenzó a sanar.
Comenzó a restaurar.
Comenzó a levantar.
Comenzó a devolver vida.
Hasta que finalmente permitió que su propio cuerpo fuera colocado dentro de una tumba.
Parecía que El imperio de la muerte había conquistado incluso al Autor de la vida.
Pero al tercer día la tumba quedó vacía.
Y desde aquella mañana sabemos algo que ningún diagnóstico puede cambiar:
la enfermedad pertenece a un imperio condenado a desaparecer.
Todavía luchamos contra ella.
Todavía la padecemos.
Todavía oramos.
Todavía tratamos.
Todavía algunas veces lloramos junto a una cama.
Pero ya conocemos el final.
El cuerpo que comenzó su camino hacia el polvo no permanecerá para siempre bajo el dominio de la corrupción.
Y porque Él vive, El imperio de la muerte tampoco tendrá la última palabra sobre nuestro cuerpo.
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La pobreza es otra de esas realidades a las que hemos llegado a acostumbrarnos.
Personas que no tienen suficiente alimento.
Familias que no pueden pagar una vivienda digna.
Padres que deben decidir entre comprar comida o medicamentos.
Niños que crecen con necesidades que sus padres quisieran cubrir, pero no pueden.
Mientras unos tienen mucho más de lo que necesitan, otros luchan cada día simplemente para sobrevivir.
Y nuevamente aparece la pregunta que ha acompañado toda esta serie:
¿Esto fue lo que Dios diseñó?
Para responder tenemos que regresar, una vez más, al principio.
Cuando Dios colocó a Adán en el huerto, no lo puso en un terreno estéril y le dijo:
«Ahora intenta sobrevivir.»
Antes de crear al hombre, Dios había preparado el lugar donde viviría.
Génesis dice:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer…»
Génesis 2:9, RVR1960.
Había agua.
Había alimento.
Había tierra.
Había recursos.
Había trabajo.
Había abundancia.
Adán tenía necesidades, pero Dios había creado también los recursos para satisfacerlas.
El primer hombre no conocía hambre.
No conocía indigencia.
No conocía personas durmiendo en las calles.
No conocía familias sin alimento.
La pobreza no aparece en la descripción del mundo que Dios llamó:
«bueno en gran manera».
Después de la caída, la relación del hombre con la tierra también fue afectada.
Dios dijo a Adán:
«…maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.»
Génesis 3:17, RVR1960.
Y añadió:
«Espinos y cardos te producirá…»
Génesis 3:18, RVR1960.
Ahora obtener alimento requeriría esfuerzo.
Pero la pobreza no puede explicarse solamente por una tierra que produce con dificultad.
Porque algo más se había dañado:
Aparecieron codicia, egoísmo, injusticia, explotación y dominio.
El hombre comenzó a acumular.
Comenzó a quitar a otros.
Comenzó a utilizar su poder para obtener más.
Y así apareció una terrible contradicción:
un mundo lleno de recursos en el que algunos seres humanos no tienen lo necesario para vivir.

La Biblia reconoce que pueden existir diferentes circunstancias que conduzcan a la pobreza. Pero denuncia repetidamente algo particularmente grave:
cuando el hombre empobrece a otro hombre.
El profeta Amós condenó a quienes:
«…oprimís a los pobres, y quebrantáis a los menesterosos…»
Amós 4:1, RVR1960.
Eso también pertenece a El imperio de la muerte.
Cuando alguien utiliza su posición para explotar al débil.
Cuando se retiene injustamente el salario.
Cuando la corrupción desvía recursos destinados a quienes los necesitan.
Cuando una persona tiene abundancia y contempla indiferente el sufrimiento de quien está a su lado.
No estamos viendo el mundo como Dios lo diseñó.
Estamos viendo lo que nosotros hicimos con él.
La pobreza no significa solamente tener poco dinero.
Puede significar vivir constantemente preocupado por mañana.
No saber si alcanzará para la comida.
Postergar una consulta médica porque no se puede pagar.
No tener una vivienda segura.
Trabajar durante horas y continuar sin cubrir las necesidades básicas.
Y algunas veces la pobreza se transmite de una generación a otra.
El niño nace dentro de condiciones que nunca escogió.
Por eso resulta peligroso mirar al pobre con desprecio y concluir que su situación necesariamente demuestra falta de esfuerzo.
Jesús jamás enseñó a tratar así al necesitado.
Resulta extraordinario observar cómo vino Cristo.
El Creador de todas las cosas no escogió nacer dentro de un palacio.
María colocó al recién nacido:
«…en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.»
Lucas 2:7, RVR1960.
Y cuando comenzó su ministerio, Jesús declaró:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres…»
Lucas 4:18, RVR1960.
Cristo veía al pobre.
Lo recibía.
Lo alimentaba.
Le devolvía dignidad.
Y enseñó a sus seguidores a hacer lo mismo.
Cuando miles tuvieron hambre, no dijo simplemente:
«Ese no es mi problema.»
Los alimentó.
Y cuando habló del servicio al necesitado dijo:
«Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber…»
Mateo 25:35, RVR1960.
Dentro de El imperio de la muerte, Cristo estaba mostrando cómo funciona el Reino de la vida.
Mientras exista este mundo habrá pobreza. Jesús mismo reconoció:
«Porque siempre tendréis pobres con vosotros…»
Mateo 26:11, RVR1960.
Pero esas palabras jamás fueron una autorización para ignorarlos.
La iglesia primitiva entendió exactamente lo contrario.
Los creyentes compartían para que las necesidades de otros pudieran ser atendidas.
Porque frente a la pobreza el cristiano no debería preguntar solamente:
«¿Por qué Dios permite esto?»
También debería preguntarse:
«¿Qué puedo hacer yo?»
Quizá no podamos terminar con la pobreza mundial.
Pero podemos alimentar a alguien.
Podemos vestir a alguien.
Podemos ayudar a una familia.
Podemos crear trabajo.
Podemos pagar justamente.
Podemos compartir de nuestra abundancia.
Podemos devolver dignidad.
Cada vez que hacemos esto estamos mostrando que El imperio de la muerte no gobierna nuestro corazón.
Y llegará finalmente el día en que la pobreza desaparecerá junto con todo aquello que nunca perteneció al diseño original.
Hasta entonces, mientras exista hambre, necesidad y desigualdad delante de nuestros ojos, tenemos una oportunidad extraordinaria:
llevar un poco del Reino de la vida a quienes todavía sufren dentro de El imperio de la muerte.
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Pocas imágenes muestran con tanta crudeza El imperio de la muerte como un ser humano que no tiene qué comer.
El cuerpo comienza a consumir sus propias reservas.
Aparece debilidad.
Se pierde peso.
Disminuyen las fuerzas.
El organismo comienza a deteriorarse.
Y si el alimento no llega, finalmente puede llegar la muerte.
Pero hay algo profundamente extraño en todo esto.
Vivimos en un planeta que produce alimento.
La tierra puede dar fruto.
Los árboles producen.
Los animales se reproducen.
Existen mares, ríos, semillas y campos.
Entonces surge nuevamente nuestra pregunta:
¿Fue el hambre parte del mundo que Dios diseñó?
Cuando Dios creó a Adán no esperó a que apareciera para después preguntarse cómo alimentarlo.
La provisión estaba allí antes que el hombre.
Dios dijo:
«He aquí que os he dado toda planta que da semilla… y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.»
Génesis 1:29, RVR1960.
Observe el orden.
Primero Dios preparó.
Después colocó al hombre.
Adán abrió los ojos en medio de la provisión de su Padre.
No conocía escasez.
No conocía hambrunas.
No tenía miedo de lo que comería mañana.
Había sido creado como hijo dentro de la abundancia de Dios.
El hambre no pertenecía al Reino de la vida.

Después de la caída algo cambió incluso en la relación del hombre con la tierra:
«…maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.»
Génesis 3:17, RVR1960.
Y posteriormente encontramos sequías, pérdidas de cosechas, guerras, opresión, pobreza y hambre.
La Biblia contiene incluso relatos estremecedores de ciudades sitiadas donde la falta de alimento llevó a situaciones inimaginables.
El hombre creado en un jardín de abundancia había entrado en un mundo donde tendría que luchar por sobrevivir.
Pero El imperio de la muerte hizo todavía algo peor.
No solamente apareció la escasez.
Apareció también un corazón humano capaz de contemplar el hambre de otro y permanecer indiferente.
Mientras uno acumulaba, otro podía morir de hambre.
Aquello jamás había formado parte del diseño original.
Aquí encontramos algo extraordinario.
Cuando Jesucristo entró en El imperio de la muerte, no apareció simplemente como un hombre compasivo realizando buenas obras.
Entró como el Hijo de Dios.
Y cuando encontró a una multitud hambrienta, sus discípulos vieron inmediatamente las limitaciones humanas.
Había demasiadas personas.
Muy poco alimento.
Muy poco dinero.
Felipe hizo los cálculos:
«Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco.»
Juan 6:7, RVR1960.
Esa era la matemática humana.
Miles de personas.
Cinco panes.
Dos peces.
No alcanza.
Pero Jesús no estaba limitado a los recursos que los discípulos podían contar.
Tomó lo que había.
Dio gracias.
Lo repartió.
Y ocurrió lo imposible.
«Y comieron todos, y se saciaron…»
No comieron solamente un poco.
Se saciaron.
Y todavía sobró.
Frente a la escasez, Cristo manifestó la abundancia del Reino de Dios.
Aquí debemos tener cuidado de no reducir el cristianismo únicamente a solidaridad humana.
Por supuesto que debemos alimentar al hambriento.
Debemos compartir.
Debemos ayudar.
Debemos administrar generosamente lo que Dios coloca en nuestras manos.
Santiago pregunta:
«Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?»
Santiago 2:15-16, RVR1960.
Las buenas obras importan.
Pero no constituyen todo lo que somos.
Jesucristo no llamó a sus discípulos solamente a convertirse en personas caritativas.
Les dio autoridad.
«Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad…»
Mateo 10:1, RVR1960.
Y cuando envió a los setenta, ellos regresaron sorprendidos por lo que había ocurrido:
«Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre.»
Lucas 10:17, RVR1960.
Cristo había comenzado a formar sobre la tierra una comunidad de hombres y mujeres que no solamente contemplarían las consecuencias de El imperio de la muerte.
Representarían otro Reino dentro de él.
Esto cambia completamente nuestra posición.
El creyente no mira el hambre pensando solamente:
«Ojalá pudiera hacer algo.»
Somos hijos de Dios.
Oramos al Padre.
Pedimos provisión.
Confiamos en su poder.
Ejercemos en el nombre de Jesucristo la autoridad que Él ha concedido a sus discípulos, conforme a su voluntad.
Y al mismo tiempo utilizamos todo recurso que Dios coloca en nuestras manos.
Oramos y alimentamos.
Creemos y compartimos.
Ejercemos autoridad espiritual y trabajamos.
Pedimos milagros y abrimos nuestras despensas.
Porque no existe contradicción entre el poder de Dios y nuestras acciones.
Los panes y los peces estaban en manos humanas.
Pero cuando fueron colocados en las manos de Cristo, ocurrió algo que las posibilidades humanas no podían producir.
Jesús enseñó a sus discípulos a orar:
«El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.»
Mateo 6:11, RVR1960.
Seguimos dependiendo del Padre.
Pero no como huérfanos abandonados dentro de un mundo hostil.
Somos hijos.
Pablo escribió:
«Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo…»
Romanos 8:17, RVR1960.
Por eso nuestra respuesta frente al hambre no puede limitarse a la impotencia.
Cuando encontramos necesidad podemos actuar con compasión, pero también con fe.
Podemos compartir nuestros recursos.
Podemos producir alimento.
Podemos sostener familias.
Podemos alimentar comunidades.
Podemos orar por provisión sobrenatural.
Podemos esperar que Dios intervenga.
Podemos poner lo poco que tenemos en las manos de Cristo y creer que Él sigue siendo mayor que nuestra escasez.
Porque El imperio de la muerte dice:
«No hay suficiente.»
Pero el Reino de Dios nos recuerda una escena completamente diferente:
Cinco panes.
Dos peces.
Miles de personas.
Todos comieron.
Todos se saciaron.
Y todavía sobró.
El hambre no estaba en el Edén y no estará en el mundo restaurado.
Mientras tanto, nosotros no somos simples espectadores atrapados entre ambos mundos.
Somos hijos del Reino de la vida viviendo todavía dentro de El imperio de la muerte.
Y allí donde este imperio diga escasez, nuestra misión no es solamente llevar ayuda.
Es llevar también fe, autoridad, provisión y la presencia del Rey cuyo Reino jamás conocerá el hambre.
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Llegamos a una de las paradojas más dolorosas de El imperio de la muerte.
El hombre se alejó de Dios.
Rechazó su gobierno.
Eligió su propio camino.
Construyó guerras.
Explotó al débil.
Corrompió gobiernos.
Destruyó familias.
Cometió injusticias.
Contaminó relaciones.
Derramó sangre.
Y después, contemplando las consecuencias de un mundo separado de su Creador, levantó los ojos al cielo y preguntó:

«Dios, ¿por qué hiciste esto?»
Y quizá ésta sea una de las mayores victorias de El imperio de la muerte:
no solamente distorsionó al hombre.
También distorsionó la imagen que el hombre tiene de Dios.
Así era al principio: Dios era la fuente de todo lo bueno
Cuando abrimos Génesis, no encontramos a Dios produciendo sufrimiento.
Lo encontramos creando:
luz.
vida.
orden.
belleza.
alimento.
abundancia.
compañía.
propósito.
comunión.
Y al terminar su obra:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»
Génesis 1:31, RVR1960
Ése era el mundo que Dios había diseñado.
No había cementerios.
No había hospitales llenos de enfermos.
No había guerras.
No había niños abandonados.
No había viudas llorando a sus esposos.
No había hambre producida por guerras y corrupción.
No había trata de personas.
No había cárceles.
No había abuso.
No había miedo.
No había muerte.
Si queremos saber cómo era el mundo cuando solamente estaba presente el diseño de Dios, no necesitamos imaginarlo.
Génesis nos lo dice:
«bueno en gran manera».
Entonces, ¿qué ocurrió?
Dios advirtió al hombre que apartarse de Él tendría consecuencias.
«…porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.»
Génesis 2:17, RVR1960
Pero apareció otra voz.
La serpiente dijo:
«No moriréis.»
Génesis 3:4, RVR1960
En esencia, el hombre tuvo que decidir:
¿Quién dice la verdad acerca de la vida?
Eligió desobedecer a Dios.
Y ocurrió exactamente aquello que Dios había advertido.
Entró el pecado.
Entró la separación.
Y con el pecado:
entró la muerte.
«…el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…»
Romanos 5:12, RVR1960
Dios no había mentido.
Había:
advertido.
Pero después comenzamos a culpar precisamente a quien nos advirtió
Imagine a un padre diciendo a su hijo:
«No hagas eso porque te destruirá.»
El hijo responde:
«Haré lo que yo quiera.»
Lo hace.
Sufre las consecuencias.
Y después acusa al padre:
«Mira lo que me hiciste».
Algo parecido ocurrió con la humanidad.
Dios dijo:
«Este camino conduce a la muerte».
Nosotros tomamos ese camino.
Y cuando encontramos muerte en él, preguntamos:
«¿Por qué Dios permite que exista la muerte?»
Nos apartamos de la fuente de la vida…
y después culpamos a la fuente de la vida porque:
estamos muriendo.
El imperio de la muerte deformó el rostro de Dios
Ésta es una de las consecuencias más terribles de la caída.
Dios comienza a aparecer ante la mente humana como:
distante.
indiferente.
cruel.
castigador.
responsable de enfermedades.
responsable de tragedias.
responsable de guerras.
responsable del hambre.
responsable del sufrimiento.
Y cuando ocurre algo terrible escuchamos:
«¿Por qué Dios me hizo esto?»
Pero debemos aprender a preguntar:
¿Realmente lo hizo Dios?
¿Dios golpeó a esa mujer?
¿Dios abandonó a ese niño?
¿Dios robó ese dinero?
¿Dios aceptó aquel soborno?
¿Dios condujo borracho?
¿Dios disparó el arma?
¿Dios comenzó aquella guerra?
¿Dios explotó al trabajador?
¿Dios fue infiel?
¿Dios abusó de aquel pequeño?
No.
Muchísimo sufrimiento humano tiene detrás:
decisiones humanas.
Y otra parte ocurre porque vivimos dentro de una creación que, como ya vimos, está sometida a corrupción y gime esperando su restauración.
Pablo escribió:
«Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora.»
Romanos 8:22, RVR1960
No vivimos todavía en Génesis 1.
Vivimos en:
un mundo caído.
La primera acusación contra Dios apareció desde el principio
Después de pecar, Adán respondió:
«La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.»
Génesis 3:12, RVR1960
Observe cuidadosamente.
Adán no dijo solamente:
«La mujer.»
Dijo:
«La mujer que me diste».
La responsabilidad comenzaba a desplazarse.
Yo comí…
pero tú me diste a la mujer.
La tendencia humana ya estaba allí:
buscar a quién responsabilizar por nuestra propia decisión.
Y finalmente hasta Dios puede terminar sentado:
en el banquillo de los acusados.
Preguntamos dónde estaba Dios, pero pocas veces preguntamos dónde estaba el hombre
Cuando vemos una guerra preguntamos:
«¿Dónde está Dios?»
Pero ¿dónde estaba el hombre cuando decidió comenzarla?
Cuando vemos hambre preguntamos:
«¿Dónde está Dios?»
Pero ¿dónde estamos nosotros cuando sobra alimento en un lugar mientras otro ser humano no tiene qué comer?
Cuando vemos corrupción preguntamos:
«¿Por qué Dios permite esto?»
Pero alguien recibió el soborno.
Alguien robó.
Alguien mintió.
Alguien decidió guardar silencio.
Cuando un niño es abandonado preguntamos dónde estaba Dios.
Pero también deberíamos preguntar:
¿dónde estaban quienes tenían la responsabilidad de amarlo y protegerlo?
Esto no responde cada misterio del sufrimiento humano.
Hay dolores cuyas causas particulares no conocemos y tragedias que no podemos atribuir honestamente a una decisión específica.
Pero sí destruye una acusación demasiado sencilla:
«Todo lo malo que ocurre es culpa de Dios».
Si queremos saber cómo es Dios, miremos a Jesucristo
Aquí llegamos a algo extraordinario.
El hombre tenía una imagen distorsionada de Dios.
Entonces Dios hizo algo maravilloso:
se dejó ver.
Jesús dijo:
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…»
Entonces miremos a Jesús.
¿Qué hizo cuando encontró enfermos?
Los sanó.
¿Qué hizo cuando encontró hambrientos?
Los alimentó.
¿Qué hizo cuando encontró a una madre llorando porque su hijo había muerto?
Le devolvió a su hijo.
¿Qué hizo cuando encontró a Lázaro muerto?
Lloró y lo llamó fuera de la tumba.
¿Qué hizo cuando encontró personas atormentadas?
Las libertó.
¿Qué hizo cuando una tormenta amenazaba a sus discípulos?
La reprendió.
¿Qué hizo con pecadores que se acercaron buscando misericordia?
Los recibió.
Jesús no caminó por Galilea produciendo miseria.
Caminó:
destruyéndola.
Jesús nos mostró de qué lado está Dios
Pedro resumió el ministerio de Cristo diciendo:
«…Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»
Hechos 10:38, RVR1960
Qué declaración.
Jesús:
«anduvo haciendo bienes».
Ésa es una imagen de Dios muy diferente de la que El imperio de la muerte intenta presentarnos.
Jesucristo vino a mostrarnos que Dios no contempla con placer nuestro sufrimiento.
Vino a:
sanar.
liberar.
perdonar.
restaurar.
alimentar.
rescatar.
devolver esperanza.
Y finalmente:
dar su propia vida.
El acusado terminó pagando por los acusadores
Aquí la historia alcanza algo difícil de comprender.
La humanidad culpó a Dios.
Se rebeló contra Dios.
Se escondió de Dios.
Desobedeció a Dios.
Construyó un mundo profundamente herido lejos de Dios.
¿Y qué hizo Dios?
No nos abandonó.
Vino:
a buscarnos.
«Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
Lucas 19:10, RVR1960
El Dios al que tantas veces responsabilizamos por nuestro dolor…
entró personalmente en nuestro dolor.
Permitió ser rechazado.
Golpeado.
Escupido.
Humillado.
Clavado en una cruz.
Y murió para rescatar:
a quienes se habían apartado de Él.
Qué paradoja.
Sentamos a Dios en el banquillo y lo acusamos de destruir nuestro mundo…
mientras Dios estaba preparando:
el rescate de quienes lo destruyeron.
Tal vez hemos estado mirando a Dios con el rostro equivocado
Después de todo lo que hemos recorrido en esta serie, quizá debemos volver a la pregunta inicial:
¿Es Dios realmente el culpable de que nuestro mundo esté así?
Miremos nuevamente el Edén.
Miremos lo que Dios creó.
Miremos lo que el pecado produjo.
Miremos lo que nosotros hemos hecho unos con otros.
Y finalmente:
miremos a Jesús.
Allí encontramos el corazón del Padre.
No un Dios disfrutando de nuestra miseria.
Sino un Dios entrando en ella para:
rescatarnos.
El imperio de la muerte consiguió que el hombre mirara las ruinas y acusara al Creador.
Pero Jesucristo vino a corregir aquella imagen.
Y cuando lo contemplamos, comenzamos a descubrir algo extraordinario:
Dios no es el enemigo del hombre.
Es quien vino a buscarlo.
Quien lloró con él.
Quien sanó sus heridas.
Quien cargó con su pecado.
Quien venció la muerte.
Y quien abrió nuevamente:
el camino de regreso a casa.
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Llegamos al final de nuestro recorrido.
Durante estos veintisiete artículos hemos intentado responder una pregunta que me acompañó durante muchos años:
¿Qué le pasó a nuestro mundo?
¿Por qué existe tanto dolor?
¿Por qué enfermamos?
¿Por qué tenemos miedo?
¿Por qué los seres humanos nos lastimamos?
¿Por qué existen guerras?
¿Por qué un padre puede abandonar a sus hijos?
¿Por qué un hermano puede matar a otro?
¿Por qué existen injusticia, explotación, abuso, pobreza, corrupción, soledad y desesperanza?
¿Por qué envejecemos?
¿Por qué morimos?
Y sobre todo:

¿Fue éste realmente el mundo que Dios quiso para nosotros?
Después de recorrer toda esta historia, mi respuesta es:
No.
La Biblia comienza presentándonos un mundo extraordinariamente diferente.
Dios creó.
Dios ordenó.
Dios llenó.
Dios bendijo.
Dios proveyó.
Y finalmente contempló todo lo que había hecho:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»
Génesis 1:31, RVR1960
Ése fue el diseño original.
Vida.
Comunión.
Abundancia.
Propósito.
Seguridad.
Paz.
Una creación funcionando bajo el gobierno de su Creador.
No había cementerios.
No había hospitales.
No había ejércitos.
No había cárceles.
No había viudas.
No había huérfanos.
No había divorcios.
No había explotación.
No había trata de personas.
No había abuso.
No había miedo a mañana.
No había muerte.
Entonces debemos decirlo nuevamente:
Dios no creó El imperio de la muerte.
Nosotros abandonamos el Reino de la vida
Dios había advertido:
«…el día que de él comieres, ciertamente morirás.»
Génesis 2:17, RVR1960
Pero el hombre decidió caminar por su propio camino.
Isaías lo resumiría siglos después:
«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino…»
Isaías 53:6, RVR1960
Y ocurrió exactamente lo que Dios había advertido.
«…el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…»
Romanos 5:12, RVR1960
Y entonces comenzó:
Adán no perdió solamente un jardín
Ésta quizá sea la gran conclusión de toda nuestra serie.
Adán no perdió solamente árboles.
No perdió solamente un río.
No perdió solamente un lugar hermoso donde vivir.
Perdió muchísimo más.
Con la caída se quebró su:
Su condición espiritual quedó profundamente alterada.
Su mundo interior se perturbó.
El miedo apareció.
La vergüenza apareció.
La culpa apareció.
El hombre comenzó a esconderse de Dios.
El matrimonio fue alcanzado por el conflicto.
Los hermanos se enfrentaron.
Caín levantó la mano contra Abel.
La violencia comenzó a multiplicarse.
Los hombres aprendieron a hacer la guerra.
El hombre comenzó a dominar al hombre.
El poder se convirtió en instrumento de control.
La injusticia entró en las sociedades.
El fuerte comenzó a aprovecharse del débil.
El rico pudo explotar al pobre.
El juez pudo vender la justicia.
El inocente pudo ser condenado.
La viuda, el huérfano y el extranjero pudieron quedar desprotegidos.
El dinero comenzó a prometer la seguridad que antes encontrábamos en Dios.
Tener más dejó de ser suficiente.
El placer comenzó a ofrecer escape.
La sexualidad pudo separarse de su diseño original.
El cuerpo pudo convertirse en objeto.
La persona pudo convertirse en mercancía.
La vida humana comenzó a perder valor ante los ojos de otros seres humanos.
El trabajo conoció fatiga, sudor y frustración.
La creación comenzó a gemir.
El futuro comenzó a producir miedo.
El hombre perdió de vista quién era.
Comenzó a buscar su valor en el dinero, la apariencia, el éxito, la productividad y la aprobación de otros.
Su cuerpo comenzó su camino hacia el envejecimiento y la muerte.
Y dentro de él aparecieron:
miedo.
culpa.
vacío.
angustia.
soledad.
Adán no perdió solamente:
un jardín.
Perdimos:
un mundo.
El hombre salió vivo del Edén, pero entró en un mundo donde la muerte comenzaría a alcanzarlo todo
Ésta fue la frase con la que comenzamos nuestro recorrido.
Ahora podemos comprenderla mejor.
El hombre salió vivo del Edén, pero entró en un mundo donde la muerte comenzaría a alcanzarlo todo.
Alcanzó su cuerpo.
Alcanzó sus emociones.
Alcanzó su matrimonio.
Alcanzó sus hijos.
Alcanzó sus relaciones.
Alcanzó su trabajo.
Alcanzó su sexualidad.
Alcanzó su economía.
Alcanzó sus gobiernos.
Alcanzó sus ciudades.
Alcanzó sus naciones.
Alcanzó la creación.
Y finalmente:
lo alcanzó a él.
Adán murió.
Sus hijos murieron.
Sus descendientes murieron.
Y Génesis comenzó a repetir una de las frases más dolorosas de la Biblia:
«…y murió.»
Éste es verdaderamente un imperio de terror
No debemos suavizarlo.
El imperio de la muerte es un imperio de sufrimiento.
Aquí una madre puede enterrar a su hijo.
Un niño puede crecer sin padre.
Una esposa puede ser traicionada.
Un hombre puede recibir un diagnóstico que cambia su vida en segundos.
Una familia puede perderlo todo en una guerra.
Una persona puede ser víctima de alguien a quien nunca había visto.
Un anciano puede morir solo.
Una persona puede tener millones y continuar vacía.
Otra puede tener una familia alrededor y sentirse completamente sola.
Podemos cerrar nuestras puertas con llave…
porque tenemos miedo.
Construimos hospitales…
porque enfermamos.
Construimos cárceles…
porque nos hacemos daño.
Construimos ejércitos…
porque nos hacemos la guerra.
Construimos cementerios…
porque morimos.
Y después de acostumbrarnos a todo esto decimos:
«Así es la vida».
No.
Al principio no fue así.
Esto es:
El imperio de la muerte.
Y nosotros no podemos escapar de él por nosotros mismos
Podemos mejorar gobiernos.
Podemos construir mejores hospitales.
Podemos desarrollar medicamentos.
Podemos combatir la pobreza.
Podemos crear leyes más justas.
Podemos educar.
Podemos alimentar.
Podemos proteger.
Y debemos hacerlo.
Todo aquello que disminuya el sufrimiento humano importa.
Pero existe un enemigo que ninguna civilización ha podido derrotar:
la muerte.
El rico muere.
El pobre muere.
El médico muere.
El paciente muere.
El gobernante muere.
El ciudadano muere.
El sabio muere.
El ignorante muere.
El famoso muere.
El desconocido muere.
Y detrás de la muerte física existe todavía una tragedia mucho mayor:
la separación eterna de Dios.
La Escritura habla de:
«la muerte segunda».
Apocalipsis 20:14, RVR1960
Ése es el destino final del imperio de la muerte para quien permanece separado de la fuente de la vida.
Por eso nuestro problema nunca fue solamente:
cómo vivir un poco mejor dentro del imperio.
Necesitábamos:
ser rescatados de él.
Sin Cristo no existe una salida
Ésta es la conclusión inevitable.
Necesitamos algo que ningún gobierno puede darnos.
Que ningún médico puede recetarnos.
Que ningún banco puede vendernos.
Que ninguna filosofía puede producir.
Que ninguna tecnología puede fabricar.
Necesitamos:
vida.
Y Jesús dijo:
«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida…»
No dijo solamente:
«Conozco el camino.»
Dijo:
«Yo soy el camino».
No dijo:
«Puedo hablarles acerca de la vida.»
Dijo:
«Yo soy… la vida».
Por eso Cristo no es un pequeño complemento religioso para hacer más soportable nuestra existencia.
Cristo es:
la salida del imperio de la muerte.
Pero queda una pregunta
Y aquí quiero terminar esta serie.
No con una respuesta.
Sino con una pregunta.
Después de todo lo que hemos visto…
después de que el hombre desobedeció a Dios…
después de que rechazamos su gobierno…
después de que escogimos nuestro propio camino…
después de que llenamos el mundo de violencia…
después de que nos explotamos unos a otros…
después de que hicimos guerras…
después de que destruimos familias…
después de que corrompimos la justicia…
después de que convertimos personas en objetos…
después de que culpamos incluso a Dios por el mundo que nosotros habíamos quebrado…
habría sido comprensible pensar:
Dios nos abandonará.
Pero no lo hizo.
Y entonces aparece una pregunta extraordinaria:
¿Qué estuvo dispuesto a hacer Dios para rescatarnos después de que lo traicionamos y causamos tanto dolor?
¿Cuánto estuvo dispuesto a entregar?
¿Hasta dónde estuvo dispuesto a descender?
¿Qué hizo cuando vio a sus criaturas atrapadas en El imperio de la muerte?
¿Nos observó desde lejos?
¿Nos condenó y se marchó?
¿Decidió comenzar nuevamente sin nosotros?
¿O hizo algo que jamás habríamos podido imaginar?
La respuesta es tan extraordinaria que merece:
una nueva serie.
En las siguientes series de Cristopedia seguiremos las acciones que Dios realizó para rescatar al ser humano.
No estudiaremos solamente lo que Dios dijo acerca de sí mismo.
Veremos:
lo que hizo.
Porque las acciones revelan el corazón.
Y cuando contemplemos lo que estuvo dispuesto a hacer por quienes se habían rebelado contra Él, podremos responder finalmente otra de las grandes preguntas de esta historia:
¿Cómo es realmente Dios?
Después de recorrer El imperio de la muerte, ha llegado el momento de conocer:
el corazón del Dios que vino a rescatarnos de él.
Porque cuando todo parecía perdido…
cuando la muerte parecía haber conquistado el mundo…
cuando el hombre ya no podía encontrar por sí mismo el camino de regreso…
Dios vino a buscarnos.
Y lo que estuvo dispuesto a hacer para recuperarnos…
es la historia que sigue.
Y entonces podemos terminar los 25 artículos con Romanos 5:21: el pecado reinó para muerte, pero la historia no terminó allí.
Porque después de describir durante 25 capítulos lo que Adán dejó a su descendencia, Cristopedia queda preparada para presentar lo que Jesucristo vino a recuperar.
Ahí tienes prácticamente el puente perfecto entre la caída y la redención.
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