Dr. Elio M. Rivera
El poder no es malo en sí mismo.
Dios mismo dio autoridad al ser humano desde el principio.
Le permitió administrar.
Organizar.
Cultivar.
Gobernar sobre la creación.
Tomar decisiones.
Ejercer responsabilidad.
Pero después de la caída ocurrió algo peligroso.
El hombre ya no solamente quiso administrar.
Comenzó a querer:
controlar.
Ya no solamente quiso dirigir.
Quiso someter.
Ya no solamente quiso servir desde una posición de autoridad.
Quiso utilizar la autoridad para elevarse sobre otros.
Y entonces el poder comenzó a convertirse en:
dominio.
A partir de allí, la historia humana comenzó a llenarse de reyes, imperios, dictadores, ejércitos, sistemas, estructuras, familias e incluso relaciones personales en las que alguien utilizó su posición para hacer sentir a otro:
«Yo mando sobre ti».
Ésa es una de las expresiones más antiguas de El imperio de la muerte.
Así era al principio: autoridad para cuidar, no para aplastar
Cuando Dios creó al ser humano, le dijo:
«…señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra…»
Génesis 1:26, RVR1960
Y después:
«…llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…»
Génesis 1:28, RVR1960
Aquello era autoridad.
Pero no era autoridad autónoma.
El hombre no era dueño absoluto de la creación.
Era administrador bajo Dios.
La tierra seguía perteneciendo al Creador.
«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan.»
Salmo 24:1, RVR1960
Por lo tanto, la autoridad humana debía ejercerse bajo una autoridad superior.
El hombre gobernaba…
pero Dios seguía siendo Rey.
Y eso establecía un límite fundamental:
no puedo utilizar el poder como si todo me perteneciera.
La autoridad original implicaba responsabilidad.
Cuidar.
Cultivar.
Ordenar.
Proteger.
Desarrollar.
Administrar bien aquello que Dios había colocado en nuestras manos.
El poder debía producir:
vida.

Esto fue lo que hicimos: convertimos autoridad en superioridad
El pecado introdujo orgullo.
Competencia.
Ambición.
Deseo de reconocimiento.
Deseo de posesión.
Y entonces la autoridad comenzó a cambiar de significado.
En lugar de preguntar:
«¿Cómo puedo servir con lo que Dios me dio?»
el hombre comenzó a preguntar:
«¿Cómo puedo utilizar esto para elevarme?»
Ése es el punto donde el poder se corrompe.
Cuando dejamos de verlo como responsabilidad…
y comenzamos a verlo como:
privilegio sobre los demás.
Entonces aparecen frases como:
«Yo decido.»
«Yo mando.»
«Aquí se hace lo que yo digo.»
«Tú no tienes opción.»
«Yo tengo el poder.»
Y cuando una persona cree que su posición le concede derecho absoluto sobre otros, el siguiente paso puede ser:
la opresión.
Babel: cuando los hombres quisieron hacerse un nombre
Uno de los primeros grandes cuadros bíblicos de poder humano concentrado aparece en Babel.
Los hombres dijeron:
«Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre…»
Génesis 11:4, RVR1960
Observe aquella expresión:
«hagámonos un nombre».
No:
«Glorifiquemos a Dios.»
No:
«Administremos bien la tierra.»
No:
«Sirvamos a otros.»
Sino:
«hagámonos un nombre».
La ambición humana comenzaba a organizarse.
Ciudad.
Proyecto.
Concentración.
Unidad alrededor de la grandeza humana.
Babel no es solamente la historia de una torre.
Es la historia de algo que se repetirá una y otra vez:
el hombre concentrando poder para exaltarse a sí mismo.
Después vendrán imperios.
Tronos.
Monumentos.
Conquistas.
Ejércitos.
Palacios.
Y nombres de hombres grabados sobre ciudades construidas muchas veces con el trabajo y sufrimiento de otros.
El poder puede comenzar a necesitar personas debajo
Ésta es una de sus perversiones más peligrosas.
Cuando el poder se convierte en identidad, alguien necesita sentirse:
por encima.
Pero para estar por encima…
alguien tiene que quedar:
debajo.
Entonces el poder puede comenzar a alimentarse de jerarquía.
Necesito subordinados.
Necesito obediencia.
Necesito reconocimiento.
Necesito que otros sepan quién manda.
Necesito controlar la conversación.
La casa.
El dinero.
La empresa.
La iglesia.
La comunidad.
El país.
Y cuanto más poder obtiene una persona, mayor puede ser la tentación de confundir:
autoridad
con:
superioridad humana.
Pero poseer autoridad sobre alguien no significa valer más que él.
Un gobernante no vale más que un ciudadano.
Un patrón no vale más que un empleado.
Un padre no vale más que un hijo.
Un pastor no vale más que la congregación.
Un esposo no vale más que su esposa.
Una posición puede ser diferente.
La dignidad humana:
no.
Cuando controlar se vuelve más importante que amar
El dominio no aparece solamente en grandes imperios.
Puede entrar en una casa.
En un matrimonio.
En una familia.
En una empresa.
En una iglesia.
En una amistad.
Una persona puede controlar mediante:
dinero.
miedo.
amenazas.
culpa.
silencio.
castigo emocional.
información.
posición.
religión.
afecto.
Entonces ya no busca relacionarse.
Busca:
dominar.
No pregunta:
«¿Qué necesitas?»
Pregunta:
«¿Cómo consigo que hagas lo que quiero?»
Y en ese momento la otra persona deja de ser compañero…
y comienza a convertirse en:
territorio.
El control produce miedo en quienes viven debajo
El dominio puede producir consecuencias psicológicas profundas.
Cuando una persona vive bajo alguien controlador, comienza a medir cada palabra.
Piensa antes de hablar.
Observa el estado de ánimo del otro.
Evita temas.
Aprende qué puede decir y qué no.
Se pregunta:
«¿Cómo reaccionará?»
Entonces aparece hipervigilancia.
Tensión.
Ansiedad.
Miedo a equivocarse.
Miedo a provocar enojo.
Miedo a perder recursos.
Miedo a ser rechazado.
Miedo a ser castigado.
Y lentamente la persona puede comenzar a perder:
su propia voz.
Ya no decide lo que piensa.
Piensa qué puede pensar sin producir conflicto.
Ya no expresa lo que siente.
Expresa lo que será permitido.
Ya no vive.
Aprende a:
sobrevivir dentro del sistema de otro.
Eso es tormento.
El poder sin límites puede deshumanizar
Cuando alguien controla suficientemente a otros, puede comenzar a verlos únicamente en función de obediencia.
El buen empleado es el que no pregunta.
El buen ciudadano es el que obedece.
El buen hijo es el que nunca contradice.
El buen miembro es el que no cuestiona.
Entonces el valor de la persona comienza a depender de:
qué tan útil es para mantener mi poder.
Y si deja de obedecer…
puede convertirse en enemigo.
Así nacen muchas formas de abuso.
No necesariamente porque el controlador crea que está haciendo mal.
Algunas personas llegan incluso a convencerse de que:
«Yo sé qué es lo mejor para todos».
Y ésa puede ser una de las formas más peligrosas de poder.
Porque cuando alguien cree que siempre tiene razón…
ya no necesita:
escuchar.
Los imperios muestran hasta dónde puede llegar esta deformación
La Biblia está llena de ejemplos.
Faraón utilizó poder para esclavizar.
Exigió producción.
Aumentó cargas.
Controló vidas.
Y cuando sintió amenazada su posición, ordenó la muerte de niños.
Nabucodonosor levantó una imagen y exigió adoración.
Herodes sintió amenazado su trono y derramó sangre.
Pilato reconoció la inocencia de Jesús…
pero cedió ante la presión para conservar estabilidad política.
Una y otra vez aparece el mismo problema:
cuando conservar el poder se vuelve más importante que hacer justicia.
Entonces personas reales pueden ser sacrificadas para proteger:
un trono.
una reputación.
un sistema.
una ideología.
una posición.
un imperio.
El poder puede convertir a los demás en medios
Éste es uno de los cambios más terribles.
La persona ya no pregunta:
«¿Qué puedo hacer por ellos?»
Pregunta:
«¿Qué pueden hacer ellos por mí?»
Los trabajadores producen mi riqueza.
Los soldados protegen mi poder.
Los ciudadanos financian mi sistema.
Los seguidores alimentan mi importancia.
Los subordinados ejecutan mi voluntad.
Los demás se convierten en:
medios para mantener mi posición.
Y cuando una persona deja de ser fin en sí misma y se convierte solamente en instrumento…
la explotación está cerca.
El deseo de dominio también destruye al que domina
Podemos pensar que solamente sufre quien está sometido.
Pero el poder desordenado también deforma a quien lo ejerce.
Produce orgullo.
Sospecha.
Miedo a perder posición.
Necesidad de control constante.
Desconfianza.
Aislamiento.
Porque cuando todo gira alrededor del poder, aparece una pregunta inevitable:
«¿Quién quiere quitármelo?»
Entonces el gobernante puede temer al pueblo.
El jefe puede temer al empleado talentoso.
El líder puede temer a quien hace preguntas.
La persona controladora puede temer cualquier señal de independencia.
Y termina atrapada dentro de aquello que creía darle seguridad.
Tiene poder…
pero no descanso.
Tiene obediencia…
pero quizá no amor.
Tiene gente alrededor…
pero no sabe quién está con ella por afecto y quién por miedo.
Eso también es:
No fuimos creados para gobernarnos unos a otros de esta manera
El diseño original no era un hombre aplastando a otro hombre.
Era humanidad administrando bajo Dios.
Autoridad bajo autoridad.
Poder con responsabilidad.
Gobierno con límites.
Pero el pecado introdujo algo diferente:
el hombre queriendo ocupar el lugar de Dios sobre otros hombres.
Y entonces Eclesiastés resume dolorosamente una parte de nuestra historia:
«…el hombre se enseñorea del hombre para mal suyo.»
Eclesiastés 8:9, RVR1960
Qué descripción tan exacta.
El hombre enseñoreándose del hombre.
Y el resultado:
«para mal suyo».
Eso no era el Edén.
Eso pertenece a:
Jesús expuso claramente cómo funciona el poder caído
Un día los discípulos comenzaron a discutir acerca de posiciones.
Querían saber quién sería grande.
Entonces Jesús les dijo:
«Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad.»
Mateo 20:25, RVR1960
Jesús conocía perfectamente el modelo humano.
Los gobernantes:
«se enseñorean».
Los grandes:
«ejercen potestad».
Así funciona el mundo.
El que está arriba manda.
El que está abajo obedece.
El grande es servido.
El pequeño sirve.
Pero después Jesús pronunció cinco palabras revolucionarias:
«Mas entre vosotros no será así».
Mateo 20:26, RVR1960
Ése es el Reino de Dios entrando en conflicto directo con El imperio de la muerte.
El Reino invierte la definición de grandeza
Jesús continuó:
«…el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor.»
Mateo 20:26, RVR1960
Y añadió:
«y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo.»
Mateo 20:27, RVR1960
Eso cambia todo.
En el mundo caído:
grande es quien tiene más personas sirviéndole.
En el Reino:
grande es quien:
sirve más.
En el mundo:
poder significa capacidad para ordenar.
En el Reino:
poder significa capacidad para:
bendecir.
En el mundo:
la posición eleva al líder sobre los demás.
En el Reino:
la posición aumenta:
su responsabilidad hacia los demás.
Jesús no solamente enseñó esto: lo vivió
Él tenía autoridad.
Una autoridad extraordinaria.
Los demonios obedecían.
Las enfermedades cedían.
Los vientos se calmaban.
El mar obedecía.
Los muertos volvían a la vida.
Pero jamás utilizó su poder para construir un palacio para sí mismo.
No formó un ejército para obligar a otros a obedecerlo.
No explotó a las multitudes.
No vendió milagros al mejor postor.
No utilizó a las personas para engrandecer su ego.
Al contrario.
Tocó leprosos.
Alimentó hambrientos.
Restauró enfermos.
Recibió niños.
Lavó pies.
Y finalmente dijo:
«…el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.»
Mateo 20:28, RVR1960
Éste es quizá el contraste más grande de todo el capítulo.
Los gobernantes humanos pueden sacrificar al pueblo para conservar su poder.
sacrificó su propia vida para salvar a su pueblo.
El Rey se arrodilló
En Juan 13 ocurre algo difícil de imaginar.
Jesús sabía quién era.
Sabía de dónde venía.
Sabía adónde iba.
Y precisamente desde esa seguridad:
se arrodilló.
Tomó una toalla.
Lavó los pies de sus discípulos.
El Maestro sirvió.
El Señor se inclinó.
El más grande asumió la posición del servidor.
Eso significa que en el Reino de Dios:
servir no disminuye autoridad.
La revela correctamente.
El poder redimido protege en lugar de controlar
Entonces, ¿cómo luce la autoridad cuando Cristo la redime?
Un padre utiliza su autoridad para proteger a sus hijos…
no para aterrorizarlos.
Un esposo utiliza su fuerza para cuidar…
no para dominar.
Una madre guía…
no manipula.
Un pastor sirve a la congregación…
no la utiliza para alimentar su ego.
Un empresario puede producir riqueza…
y al mismo tiempo tratar dignamente a quienes trabajan con él.
Un gobernante administra para el bien de quienes representa…
no para enriquecerse a costa de ellos.
Un líder forma personas capaces…
no personas dependientes de él.
La autoridad sana no pregunta:
«¿Cómo hago que todos dependan de mí?»
Pregunta:
«¿Cómo utilizo lo que Dios me dio para que otros puedan florecer?»
El verdadero liderazgo no necesita destruir la libertad de otros
Una persona segura no necesita controlar cada detalle.
Puede enseñar.
Orientar.
Corregir.
Delegar.
Escuchar.
Permitir preguntas.
Reconocer errores.
Desarrollar a otros.
Incluso alegrarse cuando alguien debajo de su liderazgo llega a hacer algo mejor que ella.
Eso requiere humildad.
Porque quien sirve no necesita que todos permanezcan pequeños para sentirse:
grande.
Cristo también puede liberarnos de la necesidad de controlar
A veces pensamos solamente en liberar a quien está siendo dominado.
Pero el Evangelio también puede liberar:
al controlador.
Al hombre que necesita que todo se haga a su manera.
A la mujer que utiliza manipulación para sentirse segura.
Al líder que necesita reconocimiento constante.
Al jefe que no sabe delegar.
Al padre que confunde respeto con miedo.
Al pastor que confunde autoridad espiritual con control personal.
Cristo puede sanar esa necesidad de dominio.
Porque muchas veces detrás del control existe:
miedo.
orgullo.
temor a perder.
Cuando descubrimos nuestra identidad en Dios, ya no necesitamos construir nuestra importancia:
sometiendo a los demás.
Podemos manifestar otra clase de autoridad aquí y ahora
No tenemos que esperar hasta el cielo para que el mundo vea una forma diferente de liderazgo.
Podemos mostrarla ahora.
En nuestras casas.
En nuestras iglesias.
En nuestros negocios.
En nuestras instituciones.
En nuestros ministerios.
En nuestras comunidades.
Donde otros utilizan poder para dominar…
podemos utilizarlo para:
servir.
Donde otros utilizan autoridad para enriquecerse…
podemos utilizarla para:
bendecir.
Donde otros producen miedo…
podemos producir:
seguridad.
Donde otros mantienen personas pequeñas…
podemos ayudarlas a:
crecer.
Donde otros exigen reconocimiento…
podemos dar:
honor.
Eso es mostrar el Reino de Dios.
El imperio de la muerte dice: sube y somete
Babel dijo:
«hagámonos un nombre».
Los imperios dijeron:
«conquistemos».
Los tiranos dijeron:
«obedezcan».
El orgullo dice:
«sírveme».
Pero Jesucristo tomó una toalla.
Se arrodilló.
Y dijo:
«Mas entre vosotros no será así».
Ese puede ser uno de los contrastes más profundos entre los dos reinos.
El imperio de la muerte utiliza poder para elevar al que está arriba.
El Reino de Dios utiliza poder para levantar:
al que está abajo.
Uno controla.
El otro sirve.
Uno utiliza personas.
El otro entrega la vida por ellas.
Uno pregunta:
«¿Cuántos están debajo de mí?»
Jesús pregunta:
«¿A cuántos estás sirviendo?»
Porque en su Reino…
el verdaderamente grande no es el que consigue que más personas se arrodillen delante de él.
Es quien está dispuesto, siguiendo el ejemplo de Cristo, a:
arrodillarse para servirlas.
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