Dr. Elio M. Rivera
Durante años he observado con atención a pueblos que sufren hambre.
He querido saber:
¿Por qué tienen hambre?
He observado países con enormes recursos naturales donde, inexplicablemente, una gran parte de la población vive en pobreza.
He seguido conflictos donde familias enteras tienen que abandonar sus hogares.
He visto ciudades destruidas.
Niños desplazados.
Madres buscando alimento.
Hombres muriendo en campos de batalla.
Y vuelvo a hacerme la misma pregunta:
¿Quién está produciendo tanto dolor?
Una y otra vez aparece una realidad incómoda.
Muchas veces detrás del hambre encontramos mal gobierno, corrupción, violencia, conflictos, explotación o decisiones humanas.
Detrás de las guerras encontramos hombres.
Detrás de muchas persecuciones encontramos hombres.
Detrás de sistemas de opresión encontramos hombres.
Detrás de pueblos saqueados encontramos hombres.
Detrás de muchas crisis que terminan pagando los más débiles encontramos decisiones tomadas por quienes poseen poder.
Entonces debemos regresar nuevamente a nuestra pregunta:

¿Fue así como Dios diseñó el gobierno de la tierra?
La respuesta vuelve a ser:
No.
El primer gobierno de la tierra era completamente diferente
Cuando Dios creó al hombre le entregó una responsabilidad extraordinaria:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla…»
Génesis 1:28, RVR1960
El hombre recibió autoridad.
Pero observe algo fundamental:
Adán no era dueño de la tierra.
Dios era el dueño.
Adán era un administrador.
El Salmo 24 todavía declara:
«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan.»
Salmo 24:1, RVR1960
Ese era el diseño.
Dios gobernaba.
El hombre vivía bajo su autoridad.
Y desde esa posición administraba lo que Dios había colocado bajo su responsabilidad.
El poder no había sido entregado para destruir.
Había sido entregado para cuidar.
El hombre debía trabajar y guardar aquello que Dios había puesto en sus manos.
No existían dictadores.
No existían tiranos.
No existían ejércitos conquistando territorios.
No existían gobiernos robando los recursos de sus pueblos.
No existían gobernantes enriqueciéndose mientras sus ciudadanos morían de hambre.
No existían cárceles para opositores políticos.
No existían campos de concentración.
No existían genocidios.
No existían refugiados.
No existían pueblos huyendo de otros pueblos.
No existía una clase gobernante utilizando el poder para enriquecerse mientras otros sufrían.
Cuando el poder cayó en manos de hombres caídos
Después del pecado ocurrió algo inevitable.
El hombre que gobernaría la tierra ya no era el mismo hombre.
Ahora conocía orgullo.
Codicia.
Envidia.
Ambición.
Deseo de dominio.
Y ese mismo hombre comenzó a ejercer poder sobre otros hombres.
Entonces el poder, que podía utilizarse para proteger, también comenzó a utilizarse para controlar.
La autoridad podía servir.
Pero también podía oprimir.
Los recursos podían administrarse para beneficio de muchos.
Pero también podían acumularse en manos de unos cuantos.
Y así apareció una de las manifestaciones más dolorosas de El imperio de la muerte:
el hombre gobernando al hombre lejos de Dios.
Eclesiastés describe crudamente esta realidad:
«…el hombre se enseñorea del hombre para mal suyo.»
Eclesiastés 8:9, RVR1960
Qué descripción tan exacta.
El hombre enseñoreándose del hombre para hacerle daño.
¿Por qué hay pueblos que tienen hambre?
Cuando vemos a un niño muriendo de hambre es fácil mirar al cielo y preguntar:
¿Dónde está Dios?
Pero antes deberíamos mirar también alrededor y preguntar:
¿Qué estamos haciendo nosotros?
Porque el hambre no siempre significa que la tierra sea incapaz de producir alimento.
En muchas crisis modernas intervienen guerras, desplazamientos, corrupción, colapso económico, destrucción de cultivos, interrupción del comercio, bloqueo de ayuda, mala administración y decisiones políticas.
Hay alimentos que nunca llegan.
Campos que no pueden cultivarse porque existe violencia.
Carreteras cerradas.
Poblaciones desplazadas.
Recursos desviados.
Ayuda que puede ser obstaculizada.
Economías destruidas por años de conflicto.
Y nuevamente encontramos al hombre.
Entonces resulta demasiado fácil responsabilizar a Dios de un mundo que nosotros mismos estamos administrando de manera terrible.
Dios hizo producir la tierra.
Nosotros levantamos fronteras y guerras.
Dios proporcionó recursos.
Nosotros aprendimos a acapararlos.
Dios nos dio capacidad para administrar.
Nosotros aprendimos también a corromper.
Dios nos dio autoridad para cuidar.
Nosotros aprendimos a utilizarla para dominar.
¿Y quién hace las guerras?
Lo mismo ocurre cuando contemplamos una guerra.
Vemos edificios destruidos.
Hospitales llenos.
Personas enterrando familiares.
Niños traumatizados.
Familias abandonando en minutos la casa que construyeron durante toda una vida.
Millones pueden terminar desplazados por decisiones tomadas por un número relativamente pequeño de personas.
Y nuevamente preguntamos:
¿Por qué Dios hace esto?
Pero Dios no disparó el misil.
Dios no ordenó la invasión.
Dios no apretó el gatillo.
Dios no diseñó el campo de exterminio.
Dios no sembró la mina.
Dios no torturó al prisionero.
Lo hizo el hombre.
Santiago preguntó:
«¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros?»
Y respondió:
«¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?»
Santiago 4:1, RVR1960
La guerra que comenzó dentro del hombre terminó convirtiéndose en guerra entre los hombres.
Primero fue el corazón.
Después fue la familia.
Después fue el hermano contra el hermano.
Después pueblos contra pueblos.
Y finalmente naciones contra naciones.
El gobierno humano también entró en El imperio de la muerte
La Biblia nunca idealiza el poder humano.
Faraón esclavizó.
Nabucodonosor levantó una imagen y exigió adoración.
Herodes ordenó matar niños.
Otro Herodes hizo decapitar a Juan el Bautista.
Pilato reconoció que no encontraba delito en Jesucristo y, aun así, terminó entregándolo para ser crucificado.
El poder político podía proteger al inocente.
Pero en manos de hombres caídos también podía convertirse en instrumento de sufrimiento.
Por eso la Escritura exige justicia a quienes gobiernan.
«Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.»
Isaías 1:17, RVR1960
El problema no es la existencia de autoridad.
La sociedad necesita orden, justicia y gobierno.
El problema aparece cuando el poder deja de entenderse como responsabilidad y comienza a utilizarse como privilegio.
Cuando el gobernante deja de preguntarse:
¿Cómo puedo servir a este pueblo?
y comienza a preguntarse:
¿Cómo puedo servirme de este pueblo?
Entonces el gobierno que debía proteger puede convertirse precisamente en aquello de lo que la población necesita ser protegida.
El mundo todavía tiene dueño
Pero aquí debemos detenernos.
Porque después de contemplar gobiernos injustos, guerras, corrupción, hambre y opresión podríamos cometer el error de pensar que Dios perdió el control de su creación.
No.
La tierra continúa teniendo dueño:
«De Jehová es la tierra y su plenitud.»
Dios sigue siendo soberano.
Los imperios aparecen y desaparecen.
Los presidentes llegan y se van.
Los reyes mueren.
Los dictadores terminan.
Las fronteras cambian.
Las potencias ascienden y caen.
Pero Dios permanece.
Y la Biblia anuncia que la historia no terminará bajo el gobierno imperfecto del hombre caído.
Vendrá un Rey diferente
Cuando Jesucristo apareció, presentó una manera de ejercer autoridad completamente contraria a la lógica del poder humano.
Sus discípulos discutieron alguna vez acerca de quién sería el mayor.
Jesús les respondió:
«Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad.»
Mateo 20:25, RVR1960
Jesús conocía perfectamente cómo funciona el poder humano.
Pero inmediatamente añadió:
«Mas entre vosotros no será así…»
Mateo 20:26, RVR1960
Y entonces presentó el modelo de su Reino:
«…el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor.»
¡Qué diferencia!
El mundo dice:
Gobernar es conseguir que otros me sirvan.
Cristo dice:
Gobernar es servir.
Y Él mismo mostró cómo sería ese Rey:
«…el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.»
Mateo 20:28, RVR1960
Ese es nuestro Rey.
No un Rey que sacrifica al pueblo para conservar su trono.
Un Rey que se sacrifica a sí mismo para salvar a su pueblo.
No un Rey que toma la vida de sus súbditos.
Un Rey que entrega su propia vida por ellos.
No un gobernante que se enriquece con el sufrimiento de los débiles.
Un Rey que toca al leproso, alimenta al hambriento, recibe al despreciado, defiende al indefenso y finalmente muere por aquellos a quienes gobierna.
Por eso nuestra esperanza no descansa finalmente en encontrar seres humanos perfectos para gobernarnos.
No existen.
Nuestra esperanza final está en un Rey perfecto.
Jesucristo.
Isaías anunció:
«Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite… disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre.»
Isaías 9:7, RVR1960
Observe las palabras:
paz.
juicio.
justicia.
Exactamente aquello que tantas veces ha faltado en los gobiernos de este mundo.
El pecado alcanzó al gobierno humano.
El poder se corrompió.
El hombre se enseñoreó del hombre para hacerle daño.
Las guerras llenaron la tierra de sangre.
Gobiernos injustos multiplicaron sufrimiento.
Y demasiadas veces los más débiles terminaron pagando las decisiones de los poderosos.
Eso tampoco fue el plan original de Dios.
Eso forma parte de El imperio de la muerte.
Pero gracias a Jesucristo, la historia del gobierno de la tierra tampoco terminará así.
Los reinos humanos pasarán.
El imperio de la muerte terminará.
Y llegará el día cuando el gobierno estará finalmente sobre los hombros de Aquel que jamás podrá ser comprado, corrompido, intimidado ni seducido por el poder.
Un Rey perfectamente justo.
Un Rey perfectamente bueno.
Un Rey que ama a aquellos sobre quienes reina.
Jesucristo.
Y entonces la humanidad conocerá nuevamente algo que ha buscado durante toda su dolorosa historia: un gobierno donde el poder no produzca miedo, sino justicia; donde la autoridad no destruya, sino proteja; y donde el Rey esté verdaderamente a favor de su pueblo.
