22. Una historia diferente a todas las demás

Dr. Elio M Rivera

 Para comprender lo extraordinario de lo que ocurrio en Belén, debemos recordar también el mundo religioso en el que nació Jesús.

 Los pueblos de la antigüedad conocían muchas historias acerca de dioses.

 En la mitología grecorromana se hablaba de divinidades que descendían al mundo, adoptaban apariencia humana, intervenían en los asuntos de los hombres o se relacionaban con seres humanos. También existían relatos de héroes y personajes considerados descendientes de un dios y una mujer mortal.

 Por eso, para el mundo antiguo, hablar de dioses que interactuaban con los seres humanos no era algo completamente desconocido.

 Lo extraordinario estaba en la clase de historia que comenzaban a contar los seguidores de Jesús.

 No decían que un hombre había logrado convertirse en Dios.

 No decían que Dios había escogido a un hombre y lo había transformado en un semidiós.

 Tampoco afirmaban simplemente que una divinidad había adoptado temporalmente apariencia humana.

 Decían algo mucho más profundo:

 «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

 Dios había entrado verdaderamente en nuestra humanidad.

Los dioses descendían por muchas razones

 Las antiguas mitologías narraban descensos de los dioses motivados por toda clase de razones.

 A veces intervenían para favorecer a determinados hombres.

 Otras veces descendían para satisfacer sus propios deseos.

 Competían entre ellos.

 Se vengaban.

 Engañaban.

 Sedujeron a seres humanos.

 Tomaban partido en guerras.

 Defendían sus propios intereses.

 Y algunos relatos atribuían a los dioses comportamientos que los mismos seres humanos podían considerar moralmente cuestionables.

 Pero el Evangelio presentaba una dirección completamente diferente.

 El Dios de la Biblia no se acercaba al hombre para aprovecharse de él.

 Se acercaba para salvarlo.

 No venía buscando satisfacer una necesidad propia.

 Venía a responder a la nuestra.

 No descendía para utilizar la vida de los hombres.

 Estaba dispuesto a entregar la suya por ellos.

No convirtió a un hombre en Dios; Dios se hizo hombre

 Ésta es una diferencia fundamental.

 El cristianismo no comenzó anunciando la elevación de un ser humano hasta alcanzar la divinidad.

 Comenzó anunciando el movimiento contrario:

 «El Verbo era Dios» (Juan 1:1).

 Y después:

 «Aquel Verbo fue hecho carne» (Juan 1:14).

 Pablo lo expresaría de otra manera:

 «El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:6-7).

 Esto no significa que Cristo dejara de ser Dios.

 Significa que aceptó voluntariamente la humillación de nuestra condición humana.

 El movimiento no fue del hombre hacia arriba para convertirse en Dios.

 Fue de Dios hacia abajo para hacerse hombre.

Y la razón era todavía más sorprendente

 Entonces aparece la diferencia más profunda.

 ¿Por qué?

 ¿Por qué aceptar la pequeñez?

 ¿Por qué el vientre de María?

 ¿Por qué el nacimiento?

 ¿Por qué la dependencia de un bebé?

 ¿Por qué permitir que María tuviera que alimentarlo y José protegerlo?

 ¿Por qué Belén?

 ¿Por qué una huida nocturna hacia Egipto?

 El propio Jesús explicaría después la razón:

 «Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45).

 Ahí estaba la diferencia.

 Dios no había venido para tomar.

 Había venido para dar.

 Y terminaría dando aquello que ningún hombre podía exigirle:

 su propia vida.

¿Qué clase de Dios es éste?

 Ésa es quizá la pregunta que queda después de contemplar Belén.

 Un Dios que no necesita al hombre, pero decide acercarse a él.

 Un Dios que no utiliza a la humanidad para satisfacer sus deseos, sino que entra en nuestra condición para rescatarnos.

 Un Dios que no convierte a los hombres en juguetes de sus pasiones.

 Un Dios que ama.

 Un Dios que sirve.

 Un Dios que da.

 Un Dios que se acerca.

 Un Dios que acepta ser cargado en brazos.

 Un Dios que puede ser encontrado por pastores.

 Un Dios ante quien extranjeros pueden postrarse.

 Un Dios que, siendo Señor, toma forma de siervo.

 Un Dios dispuesto a entregar su propia vida por aquellos a quienes vino a salvar.

 Eso era diferente.

 Profundamente diferente.

 Los hombres habían imaginado muchas historias acerca de dioses que descendían entre ellos.

 Pero el Evangelio estaba contando otra clase de historia:

 la historia del Dios que descendió no para aprovecharse del hombre, sino para entregarse por él.

 Y eso hace del nacimiento de Jesús una historia diferente a todas las demás.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.