Dr. Elio M Rivera

«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.»
Mateo 2:2, RVR1960

 La noticia del nacimiento de Jesús comenzó a producir un movimiento inesperado.

 No comenzó en Jerusalén.

 Comenzó lejos.

 Mateo dice:

 «Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos» (Mateo 2:1).

 No sabemos exactamente de qué región procedían.

 Mateo tampoco dice que fueran tres. Esa tradición probablemente surgió porque se mencionan tres clases de presentes: oro, incienso y mirra.

 Lo que sí sabemos es que eran extranjeros.

 Y habían viajado hasta Judea buscando a un rey que no pertenecía a su nación.

Lo sabidos dijeron: «Venimos a adorarle»

 Su pregunta era sorprendente:

 «¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?»

 No preguntaron:

 «¿Ha nacido?»

 Preguntaron:

 «¿Dónde está?»

 Habían llegado convencidos de que el nacimiento había ocurrido.

 Y explicaron el propósito de su viaje:

 «Venimos a adorarle».

 Eso significaba que la señal que habían observado no había despertado solamente curiosidad.

 Los había puesto en camino.

 Habían recorrido una distancia considerable para llegar hasta un niño que todavía no conocían personalmente.

 Algo que vieron desde lejos los hizo acercarse.

Jerusalén recibió una pregunta que no esperaba

 Los magos hicieron lo que parecía lógico.

 Si buscaban al rey de los judíos, fueron a Jerusalén.

 Pero allí ocurrió algo extraño.

 Mateo dice:

 «Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él» (Mateo 2:3).

 Los extranjeros llegaron emocionados buscando.

 Jerusalén respondió turbándose.

 Y entonces Herodes reunió:

 «A todos los principales sacerdotes, y escribas del pueblo»,

 y les preguntó:

 «Dónde había de nacer el Cristo» (Mateo 2:4).

 Ellos sabían la respuesta.

 Belén.

 Incluso citaron la profecía de Miqueas.

 Esto produce uno de los contrastes más interesantes del relato.

 Unos tenían la Escritura que indicaba el lugar.
 
Otros habían recorrido la distancia para encontrar a la persona.

Saber dónde estaba no era lo mismo que ir a buscarlo

 Los principales sacerdotes y escribas pudieron responder correctamente.

 Su conocimiento era importante.

 Gracias a las Escrituras, los magos supieron hacia dónde continuar.

 Pero Mateo no nos dice que aquellos dirigentes religiosos salieran con ellos hacia Belén.

 Y Belén estaba relativamente cerca de Jerusalén.

 Aquí encontramos una diferencia importante entre información y búsqueda.

 Los escribas podían señalar el camino.

 Los magos decidieron recorrerlo.

 Unos conocían la profecía.

 Otros querían encontrar al Rey.

 La Escritura proporcionó la dirección.

 Pero cada persona tenía que decidir qué haría con ella.

La estrella volvió a aparecer

 Cuando los magos salieron de Jerusalén ocurrió algo que Mateo describe con evidente emoción:

 «He aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño» (Mateo 2:9).

 Y añade:

 «Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo» (Mateo 2:10).

 No simplemente gozo.

 «Muy grande gozo».

 Habían viajado.

 Habían preguntado.

 Habían llegado a Jerusalén.

 Habían recibido la información de las Escrituras.

 Y ahora estaban cerca.

 Su búsqueda estaba llegando al final.

Encontraron a un niño

 Mateo dice:

 «Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María» (Mateo 2:11).

 Este detalle también merece atención.

 Mateo habla aquí de una casa, no del escenario inicial del nacimiento descrito por Lucas.

 Por eso no es necesario imaginar a los magos llegando al pesebre aquella misma noche junto con los pastores. Mateo presenta una visita posterior, aunque no nos proporciona la fecha exacta.

 Y cuando entraron encontraron algo extraordinariamente sencillo:

 un niño con su madre.

 Eso era todo lo que sus ojos podían contemplar.

 Pero su reacción fue enorme.

«Postrándose, lo adoraron»

 Mateo continúa:

 «Y postrándose, lo adoraron».

 Hombres que habían viajado desde Oriente terminaron inclinados delante de un niño judío.

 Aquí culmina todo su recorrido.

 No viajaron solamente para comprobar que la señal era cierta.

 No llegaron, observaron y regresaron.

 Se postraron.

 Su búsqueda terminó en adoración.

 Y después:

 «Abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra».

 Mateo no explica un significado simbólico específico para cada regalo, por lo que debemos ser prudentes antes de asignar a cada uno una interpretación que el texto no proporciona.

 Lo indiscutible es que eran presentes valiosos.

 Habían venido preparados para honrar.

 No llegaron solamente buscando algo.

 Llegaron también dispuestos a dar.

Los que estaban lejos terminaron cerca

 La escena contiene una hermosa paradoja.

 Los magos comenzaron lejos.

 Los especialistas de Jerusalén estaban cerca.

 Pero la distancia decisiva no terminó siendo geográfica.

 Los extranjeros preguntaron.

 Caminaron.

 Buscaron.

 Se alegraron.

 Entraron.

 Se postraron.

 Y ofrecieron.

 Mateo nos permite contemplar así una de las primeras escenas internacionales alrededor de Jesús.

 El niño nacido en Israel estaba siendo honrado por hombres provenientes de otro pueblo.

 No conocemos sus nombres.

 No conocemos su número.

 No conocemos con certeza su país.

 Pero Dios decidió que su visita quedara registrada para siempre.

 Extranjeros habían venido desde lejos para reconocer al Rey.

Y junto a la adoración apareció una amenaza

 Pero había alguien más interesado en saber dónde estaba el niño.

 Herodes también había preguntado.

 También había investigado.

 También quería localizarlo.

 Y había dicho a los magos:

 «Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore» (Mateo 2:8).

 Parecía hablar el mismo lenguaje que ellos.

 «Adorarle».

 Pero no tenía el mismo corazón.

 Por eso Dios advirtió a los magos en sueños que no regresaran a Herodes.

 Y ellos:

 «Regresaron a su tierra por otro camino» (Mateo 2:12).

 La escena termina con un contraste sencillo pero enorme.

 Unos hombres buscaban al niño para adorarlo.
 
Otro hombre lo buscaba por una razón completamente diferente.

 Y mientras los magos regresaban a su tierra llevando consigo el recuerdo de aquel encuentro, Dios ya conocía el peligro que se aproximaba.

 Antes de que José supiera que tendría que huir, el Padre ya estaba actuando.

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Dr. Elio M Rivera

«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.»
Mateo 2:2, RVR1960

 Dios había enviado a su Hijo al mundo.

 Pero hizo algo más.

 Comenzó a señalar dónde encontrarlo.

 Mientras Jesús permanecía todavía desconocido para la mayor parte del mundo, hombres que se encontraban lejos de Israel levantaron los ojos al cielo y vieron algo que los puso en movimiento.

 Mateo lo llama:

 «Su estrella».

 No sabemos exactamente qué vieron.

 Pero sabemos lo que aquella señal consiguió:

 hombres que estaban lejos comenzaron a buscar al Hijo de Dios.

¿Qué fue la estrella de Belén?

 Durante siglos se han propuesto numerosas explicaciones.

 Algunos han intentado relacionarla con conjunciones planetarias u otros acontecimientos astronómicos.

 Otros consideran que Mateo describe un fenómeno sobrenatural creado específicamente por Dios para aquella ocasión.

 La Biblia no nos proporciona suficiente información para identificar con seguridad el fenómeno.

 Y quizá debemos respetar ese silencio.

 Mateo está mucho más interesado en decirnos para qué sirvió la estrella que en explicarnos su composición.

 Los magos la vieron.

 Comprendieron que estaba relacionada con el nacimiento de un rey.

 Y comenzaron a caminar.

El Creador utilizó el cielo

 Aquí aparece una imagen bellísima.

 David había escrito siglos antes:

 «Los cielos cuentan la gloria de Dios,
 
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmo 19:1).

 Ahora unos hombres miraban precisamente hacia los cielos y encontraban allí una razón para buscar.

 El Dios que había creado las estrellas podía utilizar una de ellas —o un fenómeno que ellos identificaron de esa manera— para llamar su atención.

 No debemos convertir Salmo 19 en una profecía específica de la estrella de Belén; el salmo no está hablando directamente de aquel acontecimiento.

 Pero el principio es hermoso:

 la creación puede señalar hacia su Creador.

 Y en Belén, el cielo participó de una manera extraordinaria en aquella búsqueda.

Pero la estrella no les dijo todo

 Aquí encontramos un detalle todavía más interesante.

 La señal consiguió llevar a los magos hasta Judea.

 Pero cuando llegaron a Jerusalén todavía tenían una pregunta:

 «¿Dónde está?»

 Sabían que había nacido.

 No sabían exactamente dónde encontrarlo.

 Entonces ocurrió algo fundamental.

 Herodes reunió a los principales sacerdotes y escribas y preguntó:

 «Dónde había de nacer el Cristo» (Mateo 2:4).

 Y ellos respondieron utilizando la profecía:

 Belén.

 La estrella había despertado la búsqueda.

 La Escritura proporcionó la dirección.

 La creación llamó su atención.

 La revelación escrita precisó el lugar.

 Una no necesitó competir con la otra.

 Las dos terminaron apuntando hacia el mismo niño.

Dios se comunicó con ellos de una manera que podían reconocer

 También hay algo profundamente humano en la manera en que Dios trató con aquellos hombres.

 Eran magos provenientes de Oriente.

 Observaban el cielo.

 Y fue precisamente allí donde apareció la primera señal que llamó su atención.

 Dios comenzó a conducirlos desde un punto que ellos podían reconocer.

 Después los llevó más adelante.

 De la estrella a Jerusalén.

 De Jerusalén a las Escrituras.

 De las Escrituras a Belén.

 Y de Belén:

 al niño.

 La señal no era el destino.

 La estrella no era el objeto de la adoración.

 Solamente estaba indicando el camino.

 El destino era Jesús.

«Al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo»

 Después de recibir en Jerusalén la indicación de Belén, Mateo dice:

 «Y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño» (Mateo 2:9).

 Entonces registra una reacción extraordinaria:

 «Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo» (Mateo 2:10).

 ¿Por qué semejante alegría?

 Porque la búsqueda estaba llegando a su destino.

 La señal que había iniciado su viaje aparecía nuevamente cuando estaban cerca de encontrar aquello que buscaban.

 Mateo utiliza un lenguaje difícil de reducir a un fenómeno astronómico ordinario: la estrella aparece, va delante de ellos y finalmente se detiene sobre el lugar donde estaba el niño.

 Sea cual haya sido la naturaleza exacta del fenómeno, el mensaje del relato es claro:

 Dios estaba guiando aquella búsqueda.

Ellos buscaban a Jesús, pero Dios también los estaba buscando a ellos

 Aquí podemos mirar la historia desde una perspectiva diferente.

 Normalmente decimos:

 Los magos buscaron a Jesús.

 Y es verdad.

 Pero detrás de su búsqueda encontramos una iniciativa anterior.

 ¿Quién puso la señal en el cielo?

 ¿Quién había dejado la profecía que señalaba Belén?

 ¿Quién hizo aparecer nuevamente la estrella?

 Antes de que aquellos hombres supieran dónde estaba Jesús, Dios ya estaba colocando señales en el camino que los conduciría hasta Él.

 Ellos estaban buscando.

 Pero Dios estaba guiando.

 Ellos estaban acercándose.

 Pero Dios había comenzado a llamar su atención desde lejos.

 Eso nos permite descubrir algo hermoso acerca del corazón del Padre:

 Dios quería que encontraran a su Hijo.

Dios no escondió a su Hijo

 Jesús había nacido en circunstancias sencillas y lejos de los grandes centros del poder.

 Sin embargo, el Padre no convirtió aquella sencillez en un escondite imposible de penetrar.

 A los pastores les envió un ángel.

 A Simeón lo condujo por medio del Espíritu.

 A los magos les proporcionó una señal que los puso en camino.

 No todos recibieron la misma clase de orientación.

 Pero diferentes personas fueron conducidas hacia la misma persona.

 Jesús.

 El Padre parecía estar diciendo de diferentes maneras:

 Aquí está mi Hijo.

¿Dios guía a quien busca sinceramente?

 Aquí debemos ser cuidadosos.

 La historia de los magos no significa que toda persona que busque a Dios recibirá una estrella, un sueño o una señal sobrenatural.

 La Biblia no promete eso.

 Pero sí encontramos repetidamente una invitación extraordinaria.

 «Y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón» (Jeremías 29:13).

 Jesús diría posteriormente:

 «Buscad, y hallaréis» (Mateo 7:7).

 Y Pablo explicaría en Atenas que Dios hizo las naciones:

 «Para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros» (Hechos 17:27).

 No debemos convertir estos textos en una fórmula mecánica.

 Pero juntos revelan algo consistente acerca del carácter de Dios:

 Dios no se complace en permanecer inaccesible para quien verdaderamente desea encontrarlo.

La estrella desaparece cuando encuentran al Hijo

 Y aquí encontramos quizá la enseñanza más hermosa.

 Después de Mateo 2, la estrella deja de ocupar el centro de la historia.

 ¿Por qué?

 Porque había cumplido su función.

 Los había llevado hasta Jesús.

 La señal nunca fue más importante que aquel a quien señalaba.

 Los magos no se postraron delante de la estrella.

 No abrieron sus tesoros delante del cielo.

 No adoraron el fenómeno que habían observado.

 Mateo dice:

 «Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron» (Mateo 2:11).

 La estrella señaló.
 
Jesús recibió la adoración.

 Ésa es la función correcta de toda señal que procede de Dios:

 no detener al hombre en la señal,

 sino conducirlo hacia Dios.

El cielo estaba señalando hacia una casa

 La escena final resulta extraordinaria.

 Arriba, una señal.

 Abajo, una casa.

 Dentro de ella, un niño.

 Los hombres que habían observado los cielos tuvieron finalmente que bajar la mirada.

 Ya no necesitaban continuar buscando arriba.

 Aquel a quien buscaban estaba delante de ellos.

 El Creador de las estrellas había entrado en nuestra historia.

 Y utilizó incluso los cielos para conducir a unos extranjeros hasta donde podían encontrarlo.

 Eso nos muestra algo profundamente hermoso acerca del corazón de Dios.

 El Padre no solamente quiso darnos a su Hijo.

 Quiso mostrarnos dónde encontrarlo.

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Dr. Elio M Rivera

«Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo.»
Mateo 2:13, RVR1960

 Los magos se habían marchado.

 Habían encontrado al niño, se habían postrado delante de Él y habían dejado sus presentes. Advertidos por Dios en sueños, regresaron a su tierra por otro camino.

 En la casa quedaron José, María y Jesús.

 Pero en Jerusalén había quedado una pregunta sin resolver.

 ¿Dónde estaba el niño?

 Herodes había pedido a los magos que regresaran y le informaran exactamente dónde podían encontrarlo. Ellos nunca volvieron.

 Entonces, durante la noche, José recibió una orden urgente:

 «Levántate».

 «Toma al niño y a su madre».

 «Huye a Egipto».

 Y después escuchó la razón:

 «Herodes buscará al niño para matarlo».

 Jesús era todavía un niño y un rey ya había decidido que no debía seguir viviendo.

Un rey amenazado por un niño

 El contraste resulta extraordinario.

 Herodes tenía poder.

 Tenía autoridad.

 Tenía hombres bajo sus órdenes.

 Jesús necesitaba ser llevado en brazos.

 No tenía ejército.

 No encabezaba ninguna rebelión.

 No estaba reuniendo seguidores.

 No podía defenderse.

 Era un niño.

 Pero los magos habían llegado a Jerusalén haciendo una pregunta que Herodes no pudo ignorar:

 «¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?» (Mateo 2:2).

 Herodes ya ocupaba un trono.

 Y ahora escuchaba hablar de otro rey.

 Mateo no necesita ofrecernos una larga explicación psicológica. Simplemente registra su reacción:

 «Herodes se turbó» (Mateo 2:3).

 Más adelante estudiaremos con detenimiento quién fue Herodes el Grande, la violencia que rodeó su gobierno y lo difícil que podía resultar vivir bajo su autoridad.

 Aquí basta observar una escena sorprendente:

 el hombre que tenía el poder era quien tenía miedo.

Dios sabía lo que estaba ocurriendo en el palacio

 José no podía saber lo que Herodes estaba planeando.

 No estaba presente cuando el rey habló con los magos.

 No tenía acceso a las conversaciones del palacio.

 No tenía soldados vigilando los movimientos de Herodes.

 Pero Dios conocía el peligro.

 Y habló antes de que llegara.

 «Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto».

 La advertencia no eliminaba la amenaza.

 Le mostraba a José qué hacer frente a ella.

 Y José volvió a demostrar la misma característica que ya habíamos visto anteriormente en su vida:

 cuando Dios hablaba, José actuaba.

José, María y el niño huyen a Egipto

 Mateo dice:

 «Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto» (Mateo 2:14).

 El Evangelio no nos dice cuánto tiempo tuvo José para prepararse.

 No describe qué empacaron.

 No especifica qué ruta siguieron.

 No sabemos exactamente cómo realizaron el viaje.

 Pero Mateo sí conserva un detalle:

 «de noche».

 José no esperó hasta la mañana.

 No decidió observar primero si realmente existía peligro.

 No pidió una segunda confirmación.

 Se levantó.

 Tomó al niño y a su madre.

 Y salió.

 La protección del niño dependía, humanamente hablando, de que José tomara en serio aquella advertencia.

 Dios había hablado.

 José obedeció.

El Rey tuvo que ser llevado

 Hay una imagen en esta escena que resulta difícil pasar por alto.

 Jesús no salió caminando de Belén.

 Alguien tuvo que cargarlo.

 María y José tenían que alimentarlo, cubrirlo, protegerlo y transportarlo.

 El niño alrededor del cual estaban ocurriendo acontecimientos tan extraordinarios seguía experimentando la dependencia normal de su edad.

 Si había que huir, tenían que llevarlo.

 Si había que detenerse, alguien tenía que cuidarlo.

 Si tenía hambre, alguien tenía que alimentarlo.

 Si hacía frío durante el camino, alguien tenía que cubrirlo.

 La historia no presenta a Jesús protegido dentro de una esfera inaccesible al mundo real.

 Presenta a una familia tomando a un niño durante la noche y alejándose porque permanecer allí era peligroso.

Una familia obligada a abandonar su tierra

 José recibió una orden específica:

 «Huye a Egipto».

 Eso convertía a aquella familia en desplazados que buscaban seguridad fuera de su propia tierra.

 No viajaban por comercio.

 No estaban realizando una peregrinación.

 No buscaban conocer otro país.

 Huían porque la vida del niño estaba amenazada.

 Egipto ofrecía una salida lógica fuera de la jurisdicción inmediata de Herodes y contaba además con importantes comunidades judías.

 Sin embargo, Mateo no nos dice a qué ciudad llegaron.

 No sabemos dónde vivieron.

 No sabemos quién los recibió.

 No sabemos cómo fue su vida cotidiana allí.

 Es mejor dejar esas preguntas abiertas.

 Lo que sí sabemos es suficiente:

 Jesús pasó parte de su primera infancia lejos de su tierra porque alguien quería matarlo.

Mientras una familia escapaba, otras no sabían lo que estaba por ocurrir

 Entonces el relato cambia de escenario.

 Herodes descubrió que los magos no regresarían.

 Mateo dice:

 «Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho» (Mateo 2:16).

 Y tomó una decisión terrible.

 Ordenó matar:

 «A todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos».

 Mateo no proporciona el número de víctimas.

 No sabemos cuántos niños murieron.

 Las dimensiones relativamente pequeñas de Belén hacen imposible justificar las enormes cifras que algunas tradiciones posteriores imaginaron.

 Pero tampoco necesitamos una cifra para comprender la tragedia.

 Eran niños.

 Y detrás de cada niño había una familia.

Belén lloró

 Mateo describe aquella tragedia recurriendo a las palabras del profeta Jeremías:

 «Voz fue oída en Ramá,
 
Grande lamentación, lloro y gemido;
 
Raquel que llora a sus hijos,
 
Y no quiso ser consolada, porque perecieron» (Mateo 2:18).

 La ciudad donde poco antes los ángeles habían anunciado:

 «Nuevas de gran gozo»,

 ahora conocía el llanto.

 No porque aquellos niños hubieran hecho algo.

 No porque sus familias hubieran provocado a Herodes.

 Sino porque un gobernante decidió que conservar su seguridad política justificaba la muerte de inocentes.

 Aquí no necesitamos adornar la escena.

 Mateo tampoco lo hace.

 La sobriedad de sus palabras es suficiente.

 Hubo llanto.

La protección llegó mediante una advertencia y una obediencia

 Hay algo importante en la manera en que el Padre protegió al niño.

 Dios no hizo desaparecer inmediatamente a Herodes.

 No destruyó el palacio.

 No levantó un muro sobrenatural alrededor de la casa.

 Advirtió a José.

 «Levántate».

 José tuvo que levantarse.

 «Toma al niño».

 José tuvo que tomarlo.

 «Huye a Egipto».

 José tuvo que salir.

 La dirección vino de Dios.

 La respuesta correspondió a José.

 Y ambas cosas aparecen juntas en el relato.

 La obediencia de aquel hombre silencioso volvió a convertirse en protección para su familia.

«Y estuvo allá hasta la muerte de Herodes»

 Mateo resume toda la estancia en Egipto con una frase:

 «Y estuvo allá hasta la muerte de Herodes» (Mateo 2:15).

 Nada más.

 Una etapa completa de la infancia de Jesús queda escondida detrás de esas pocas palabras.

 No sabemos cuánto recordaría Jesús personalmente de aquellos primeros años.

 No sabemos cómo era la casa donde vivieron.

 No sabemos cómo José consiguió trabajo ni cómo se relacionaron con las comunidades judías que existían en Egipto.

 El Evangelio no lo cuenta.

 Pero aquella frase nos permite saber que la amenaza no desapareció inmediatamente.

 Tuvieron que esperar.

 No podían regresar simplemente porque extrañaran su tierra.

 Había una condición:

 «Permanece allá hasta que yo te diga» (Mateo 2:13).

 José había obedecido para salir.

 Ahora tendría que aprender a esperar para regresar.

Una familia bajo la dirección de Dios

 Al observar toda la escena, encontramos una forma de protección muy diferente a la que quizá hubiéramos imaginado.

 Dios no convirtió el camino de aquella familia en una vida sin dificultades.

 Los dirigió dentro de ellas.

 Cuando había que quedarse, se quedaron.

 Cuando había que salir, salieron.

 Cuando había que huir, huyeron.

 Cuando todavía no era tiempo de regresar, esperaron.

 José no conocía el futuro completo.

 Recibía la dirección necesaria para el siguiente paso.

 Y obedecía.

 La historia que comenzó con un sueño en Nazaret ahora continuaba con otro sueño lejos de casa.

 José había recibido a María porque Dios se lo indicó.

 Había puesto al niño por nombre Jesús porque Dios se lo indicó.

 Ahora había tomado al niño y a su madre y había salido hacia Egipto porque Dios se lo indicó.

 La protección del niño estaba pasando también por la obediencia de un hombre que escuchaba y actuaba.

 Y allí, fuera de su tierra, aquella pequeña familia esperó.

 Herodes todavía ocupaba el trono.

 Belén estaba de luto.

 Egipto se había convertido temporalmente en refugio.

 Y el niño permanecía bajo el cuidado de María y José.

 Hasta que llegara una nueva orden:

 era tiempo de volver a casa.

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Dr. Elio M Rivera

 Para comprender lo extraordinario de lo que ocurrio en Belén, debemos recordar también el mundo religioso en el que nació Jesús.

 Los pueblos de la antigüedad conocían muchas historias acerca de dioses.

 En la mitología grecorromana se hablaba de divinidades que descendían al mundo, adoptaban apariencia humana, intervenían en los asuntos de los hombres o se relacionaban con seres humanos. También existían relatos de héroes y personajes considerados descendientes de un dios y una mujer mortal.

 Por eso, para el mundo antiguo, hablar de dioses que interactuaban con los seres humanos no era algo completamente desconocido.

 Lo extraordinario estaba en la clase de historia que comenzaban a contar los seguidores de Jesús.

 No decían que un hombre había logrado convertirse en Dios.

 No decían que Dios había escogido a un hombre y lo había transformado en un semidiós.

 Tampoco afirmaban simplemente que una divinidad había adoptado temporalmente apariencia humana.

 Decían algo mucho más profundo:

 «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

 Dios había entrado verdaderamente en nuestra humanidad.

Los dioses descendían por muchas razones

 Las antiguas mitologías narraban descensos de los dioses motivados por toda clase de razones.

 A veces intervenían para favorecer a determinados hombres.

 Otras veces descendían para satisfacer sus propios deseos.

 Competían entre ellos.

 Se vengaban.

 Engañaban.

 Sedujeron a seres humanos.

 Tomaban partido en guerras.

 Defendían sus propios intereses.

 Y algunos relatos atribuían a los dioses comportamientos que los mismos seres humanos podían considerar moralmente cuestionables.

 Pero el Evangelio presentaba una dirección completamente diferente.

 El Dios de la Biblia no se acercaba al hombre para aprovecharse de él.

 Se acercaba para salvarlo.

 No venía buscando satisfacer una necesidad propia.

 Venía a responder a la nuestra.

 No descendía para utilizar la vida de los hombres.

 Estaba dispuesto a entregar la suya por ellos.

No convirtió a un hombre en Dios; Dios se hizo hombre

 Ésta es una diferencia fundamental.

 El cristianismo no comenzó anunciando la elevación de un ser humano hasta alcanzar la divinidad.

 Comenzó anunciando el movimiento contrario:

 «El Verbo era Dios» (Juan 1:1).

 Y después:

 «Aquel Verbo fue hecho carne» (Juan 1:14).

 Pablo lo expresaría de otra manera:

 «El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:6-7).

 Esto no significa que Cristo dejara de ser Dios.

 Significa que aceptó voluntariamente la humillación de nuestra condición humana.

 El movimiento no fue del hombre hacia arriba para convertirse en Dios.

 Fue de Dios hacia abajo para hacerse hombre.

Y la razón era todavía más sorprendente

 Entonces aparece la diferencia más profunda.

 ¿Por qué?

 ¿Por qué aceptar la pequeñez?

 ¿Por qué el vientre de María?

 ¿Por qué el nacimiento?

 ¿Por qué la dependencia de un bebé?

 ¿Por qué permitir que María tuviera que alimentarlo y José protegerlo?

 ¿Por qué Belén?

 ¿Por qué una huida nocturna hacia Egipto?

 El propio Jesús explicaría después la razón:

 «Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45).

 Ahí estaba la diferencia.

 Dios no había venido para tomar.

 Había venido para dar.

 Y terminaría dando aquello que ningún hombre podía exigirle:

 su propia vida.

¿Qué clase de Dios es éste?

 Ésa es quizá la pregunta que queda después de contemplar Belén.

 Un Dios que no necesita al hombre, pero decide acercarse a él.

 Un Dios que no utiliza a la humanidad para satisfacer sus deseos, sino que entra en nuestra condición para rescatarnos.

 Un Dios que no convierte a los hombres en juguetes de sus pasiones.

 Un Dios que ama.

 Un Dios que sirve.

 Un Dios que da.

 Un Dios que se acerca.

 Un Dios que acepta ser cargado en brazos.

 Un Dios que puede ser encontrado por pastores.

 Un Dios ante quien extranjeros pueden postrarse.

 Un Dios que, siendo Señor, toma forma de siervo.

 Un Dios dispuesto a entregar su propia vida por aquellos a quienes vino a salvar.

 Eso era diferente.

 Profundamente diferente.

 Los hombres habían imaginado muchas historias acerca de dioses que descendían entre ellos.

 Pero el Evangelio estaba contando otra clase de historia:

 la historia del Dios que descendió no para aprovecharse del hombre, sino para entregarse por él.

 Y eso hace del nacimiento de Jesús una historia diferente a todas las demás.

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