Dr. Elio M Rivera
Mateo 2:15; Oseas 11:1 — “De Egipto llamé a mi Hijo.”
Egipto había quedado atrás.
José avanzaba hacia la tierra de Israel llevando consigo al niño y a su madre. Para cualquier viajero que hubiera contemplado a aquella pequeña familia en el camino, probablemente no había nada extraordinario que observar.
Pero Mateo vio algo más.
Aquella escena le recordó unas palabras escritas siglos antes:

Las palabras pertenecían al profeta Oseas.
Y cuando regresamos al pasaje original descubrimos algo sorprendente.
Oseas no estaba hablando originalmente de un niño que nacería siglos después. Estaba recordando la historia de Israel:
“Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo.”
Oseas 11:1.
Dios había amado a Israel.
Lo había llamado hijo.
Lo había sacado de Egipto.
Lo había conducido.
Lo había alimentado.
Lo había cuidado.
Pero la historia de Oseas contiene una tristeza profunda.
El versículo siguiente dice:
“Cuanto más yo los llamaba, tanto más se alejaban de mí…”
Oseas 11:2.
Ese detalle cambia completamente la escena.
Porque la historia que comenzó con:
“De Egipto llamé a mi hijo”
continuó con:
“se alejaban de mí”.
El hijo había sido amado, pero se apartó.
Había sido llamado, pero no permaneció fiel.
Había recibido cuidado, pero terminó buscando otros dioses.
Y siglos después, Mateo vuelve a llevarnos a Egipto.
Hay otro Hijo allí.
Jesús.
También sale de Egipto.
También regresa a la tierra de Israel.
Pero esta vez la historia sería diferente.
Este Hijo no se apartaría del Padre.
Aquí comienza a aparecer silenciosamente uno de los grandes contrastes que acompañarán la vida de Jesús.
Israel salió de Egipto y posteriormente fue probado en el desierto.
Jesús saldría de Egipto y, años después, también sería probado en el desierto.
Israel muchas veces murmuró.
Jesús obedecería.
Israel muchas veces se apartó.
Jesús permanecería fiel.
Israel recibió la Palabra y repetidamente la quebrantó.
Jesús viviría en perfecta obediencia al Padre.
Mateo apenas está comenzando su relato, pero algo empieza a dibujarse delante del lector:
la historia que tantas veces había terminado en fracaso comenzaba nuevamente delante de sus ojos.
Solo que ahora estaba el Hijo.
Y esta vez el Hijo sería fiel.
Eso hace que aquellas sencillas palabras tengan un peso extraordinario:
“De Egipto llamé a mi Hijo.”
No era solamente regresar de un país.
Era el comienzo de un recorrido que demostraría qué clase de Hijo era Jesús.
No necesitaba rebelarse para conocer la libertad.
No necesitaba apartarse para afirmar su voluntad.
No necesitaba escoger un camino diferente al del Padre para demostrar quién era.
Su grandeza también se manifestaría en algo que el mundo pocas veces considera grande:
obedecer.
Y allí encontramos otra de sus renuncias.
Jesús poseía voluntad verdadera. Sin embargo, durante toda su vida terrenal veremos una disposición constante a someterse al Padre.
Muchos años después, en una noche terrible, esa misma disposición llegaría a expresarse con palabras que estremecerían la historia:
“No se haga mi voluntad, sino la tuya.”
Lucas 22:42.
Pero Getsemaní no sería el comienzo de su obediencia.
Sería una de sus expresiones culminantes.
Mucho antes de aquella noche, la vida del Hijo ya avanzaba dentro de la voluntad del Padre.
Egipto.
El regreso.
Y ahora Israel.
Paso tras paso.
“De Egipto llamé a mi Hijo.”
Oseas había pronunciado aquellas palabras recordando a un hijo amado que terminó alejándose.
Mateo las volvió a pronunciar mientras contemplaba a otro Hijo salir de Egipto.
Y esta vez la historia tendría un final diferente.
El Hijo salió de Egipto.
Pero regresar no significó simplemente volver a la vida que su familia había dejado atrás.
Herodes había muerto.
Pero el peligro no había terminado.
Y José tuvo miedo de ir allá.
Otra vez había que escuchar.
Otra vez había que cambiar los planes.
Otra vez la seguridad de aquel niño estaba por encima del lugar donde quizá habían pensado establecerse.
Mateo dice:
“Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de Herodes su padre, tuvo temor de ir allá; pero avisado por revelación en sueños, se fue a la región de Galilea, y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret…”
—Mateo 2:22-23.
Y así, el regreso de Jesús de Egipto terminó convirtiéndose también en un nuevo comienzo.
El que era dueño de toda la tierra no escogió un palacio.
Terminó en Nazaret.
El que conocía el futuro aceptó crecer dentro de una familia que tenía que tomar decisiones frente a peligros reales.
El que gobernaba sobre todos los reyes vivió durante sus primeros años bajo las consecuencias de las decisiones de gobernantes injustos.
Herodes había provocado su huida.
Arquelao influyó en el lugar donde su familia decidió no establecerse.
Jesús conoció desde niño lo que significa que las decisiones de los poderosos cambien la vida de una familia común.
Conoció lo que significa salir de un país.
Conoció lo que significa regresar.
Conoció lo que significa descubrir que el lugar al que pensabas ir ya no es seguro.
Conoció un cambio inesperado de planes.
Conoció el camino hacia un lugar diferente.
Y conoció algo que millones de seres humanos han tenido que experimentar:
comenzar una nueva vida donde las circunstancias finalmente te permiten vivir.
Nazaret no había sido necesariamente el destino que aquel viaje parecía señalar al principio.
Pero Nazaret se convirtió en hogar.
Allí Jesús crecería.
Allí tendría vecinos.
Allí conocería las calles y los caminos.
Allí viviría con María, José y su familia.
Allí aprendería el oficio.
Allí asistiría a la sinagoga.
Allí pasarían los años.
Y un día el mundo terminaría conociéndolo precisamente por el nombre de aquel lugar al que las circunstancias habían llevado a su familia:
Qué extraordinario.
El Hijo de Dios no vino a una existencia en la que todos los caminos permanecieran abiertos delante de Él.
Hubo caminos que tuvo que dejar.
Lugares a los que no podía ir.
Gobernantes que representaban peligro.
Planes que tuvieron que cambiar.
Viajes que terminaron en lugares diferentes de los esperados.
Así vivimos nosotros muchas veces.
Planeamos una cosa y ocurre otra.
Pensamos regresar y descubrimos que ya no podemos hacerlo.
Imaginamos nuestra vida en un lugar y terminamos construyéndola en otro.
Una puerta se cierra.
El camino cambia.
Y tenemos que comenzar nuevamente.
Jesús no contempló esa experiencia desde el cielo.
Entró en ella.
El Creador de todos los lugares aceptó establecerse en uno que los hombres apenas consideraban importante.
El Rey de reyes evitó el territorio de un gobernante peligroso.
El dueño del mundo conoció el desarraigo.
El eterno conoció el cambio.
El que tenía toda gloria aceptó comenzar una vida sencilla en una pequeña población de Galilea.
Egipto había quedado atrás.
Judea no era segura.
Y delante de aquella familia aparecía ahora un nombre que acompañaría a Jesús durante toda su vida terrenal:
Nazaret.
Allí comenzaría una nueva etapa.
Allí crecería el niño que había regresado de Egipto.
Y allí, lejos de los palacios de Herodes y de Arquelao, Dios viviría durante años entre gente común.
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
—Juan 1:14.
Libro recomendado:

Música recomendada
