Dr. Elio M Rivera

Mateo 2:19-20 — “Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto…”

 Herodes había muerto.

 El hombre que durante décadas había luchado desesperadamente por conservar su reino finalmente había perdido aquello que nunca pudo retener: su propia vida. Sus fortalezas permanecían. Sus palacios seguían en pie. Sus soldados continuaban custodiando un reino que ya no le pertenecía. Pero el rey que había ordenado buscar al niño de Belén ya no podía hacerle daño.

 Y mientras Judea comenzaba a acomodarse a una nueva realidad después de la muerte de Herodes, lejos de allí, en Egipto, el niño seguía vivo.

 El contraste resulta extraordinario.

 Herodes había tenido soldados; Jesús había tenido que huir.

 Herodes había tenido fortalezas; Jesús había necesitado refugio.

 Herodes había gobernado ciudades; Jesús había vivido fuera de su tierra.

 A los ojos humanos, uno parecía poderoso y el otro vulnerable. Sin embargo, al terminar aquella historia, Herodes estaba muerto y el niño permanecía.

 Mateo 2:19-20 — “Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto…”

Pero había un costo detrás de aquellas pocas palabras de Mateo.

 Jesús había conocido el exilio.

 No debemos pasar demasiado rápido sobre esto. Egipto había significado protección, pero también significaba estar lejos de su tierra. El Hijo de Dios había entrado de tal manera en nuestra condición humana que aceptó incluso esto: ser llevado a otro país porque un gobernante quería matarlo.

 El que había creado la tierra tuvo que vivir fuera de la tierra de su pueblo. El que sostenía todas las cosas permitió ser llevado en brazos para escapar. El que tenía autoridad sobre reyes y naciones no utilizó su poder para destruir a Herodes ni convirtió su infancia en una demostración constante de su divinidad.

 Aceptó el exilio.

 Y esto nos permite comenzar a comprender algo que aparecerá una y otra vez cuando contemplemos su vida.

 La cruz no fue el primer momento en que Jesús estuvo dispuesto a renunciar por nosotros.

 La cruz sería la expresión culminante de una entrega que ya podía contemplarse desde mucho antes. La encarnación misma había significado aceptar condiciones que no correspondían a su gloria eterna: vulnerabilidad, dependencia, desplazamiento, peligro y ahora también vivir como extranjero.

 Podía haber venido rodeado de ejércitos celestiales.

 Vino como un niño.

 Podía haber eliminado a quien amenazaba su vida.

 Permitió que José lo llevara a Egipto.

 Podía haber exigido que el mundo se acomodara a Él.

 Él aceptó entrar en nuestro mundo tal como era.

 Y allí permaneció hasta que llegó el momento señalado.

 Mateo lo cuenta con una frase sencilla:

 “Pero después de muerto Herodes…”

 Entonces Dios volvió a hablar.

 Un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto y le dijo:

 “Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte del niño.”

 La amenaza que había provocado la huida había terminado.

 Era tiempo de volver.

 Quizá José pudo pensar que lo peor había quedado atrás. El hombre que había querido matar al niño estaba muerto. El camino hacia Israel volvía a abrirse. La familia podía regresar a su tierra.

 Pero Herodes había muerto dejando algo detrás.

 Un reino dividido entre sus descendientes.

 Y sobre Judea comenzaba a levantarse otro nombre.

 Arquelao.

 Era hijo de Herodes.

 Había crecido dentro de aquella familia, había conocido aquel palacio y había observado de cerca la manera en que su padre ejercía el poder.

 Ahora tendría autoridad sobre el territorio al que José podía pensar regresar.

 Herodes estaba muerto.

 Pero ¿había muerto con él la amenaza?

 ¿Sería Arquelao diferente de su padre?

 ¿O seguiría sus pasos?

 José todavía no conocía todo lo que encontraría al regresar.

 Y muy pronto descubriría que, aunque el exilio estaba terminando, el peligro todavía no había desaparecido.

Herodes tuvo poder para obligarlo a huir.

Pero no pudo destruirlo.

Herodes murió.

El Hijo permaneció.

Y quizá allí encontramos una de las primeras grandes imágenes de lo que significó realmente la encarnación.

Dios no solamente vino a decirnos que conocía nuestro dolor.

Vino a vivir dentro de un mundo capaz de producirlo.

El Verbo eterno aceptó nuestra vulnerabilidad.

El Rey aceptó ser perseguido.

El Justo aceptó sufrir la injusticia.

El Inocente conoció lo que significa ser tratado como culpable sin haber hecho nada malo.

El Hijo de Dios entró en un mundo donde una familia podía verse obligada a abandonar su hogar para salvar la vida de un hijo.

Conoció el desplazamiento.

Conoció la amenaza.

Conoció la injusticia.

Conoció lo que significa que alguien quisiera destruirlo simplemente porque su existencia incomodaba al poder.

No observó nuestra condición desde la seguridad del cielo.

Entró en ella.

Y por eso, cuando alguien ha sido tratado injustamente, perseguido, rechazado, amenazado o forzado a abandonar lo que ama, Jesucristo no contempla ese dolor como alguien que desconoce nuestra experiencia.

Él estuvo aquí.

Fue perseguido.

Fue rechazado.

Fue amenazado.

Tuvo que huir.

Y sobrevivió a quien quiso destruirlo.

El Dios eterno había entrado verdaderamente en nuestra historia.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…” —Juan 1:14.

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Dr. Elio M Rivera

Mateo 2:19-21 — “Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel…”

 La noticia que José había esperado finalmente llegó.

 Herodes había muerto.

 La razón por la que aquella familia había tenido que abandonar su tierra ya no existía. El hombre que había buscado la muerte del niño había desaparecido, y desde Egipto parecía abrirse nuevamente el camino hacia Israel.

 Pero regresar también tenía un precio.

 Mateo no nos dice en qué lugar exacto de Egipto vivieron José, María y Jesús. Tampoco describe la casa que ocuparon, cuánto poseían, quiénes los conocieron ni qué relaciones pudieron establecer durante su estancia. Sería incorrecto llenar esos espacios con detalles que el texto no proporciona.

 Pero hay algo que sí sabemos.

 Tuvieron que marcharse otra vez.

 Otra vez recoger lo necesario.

 Otra vez dejar un lugar.

 Otra vez comenzar un viaje.

 Otra vez enfrentarse al camino.

 La orden que recibió José fue sencilla:

 José en su viaje de regreso a Israel

“Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel.”

 Y José obedeció.

 Hay algo profundamente conmovedor detrás de esa escena cuando recordamos quién era aquel niño.

 Jesús no había venido al mundo exigiendo estabilidad.

 Desde su nacimiento, su vida había estado marcada por movimientos que Él no necesitaba haber conocido. Nació lejos del lugar donde vivía su familia. Siendo todavía pequeño tuvo que abandonar su tierra ante la amenaza de Herodes. Vivió en Egipto. Y ahora debía emprender el camino de regreso.

 El Hijo de Dios aceptó ser desplazado.

 El Creador de los caminos aceptó recorrerlos.

 El dueño de todas las cosas aceptó llevar consigo solamente aquello que su familia pudiera transportar.

 El que podía estar en cualquier lugar aceptó que José tomara decisiones prácticas sobre rutas, descanso, alimento y seguridad.

 No porque hubiera dejado de ser quien era, sino porque había decidido entrar verdaderamente en nuestra condición humana.

 La encarnación no fue solamente adoptar un cuerpo.

 Fue aceptar las condiciones de la vida humana.

 Distancias.

 Cansancio.

 Cambios.

 Inseguridad.

 Dependencia.

 Desarraigo.

 Jesús pudo haber venido a una familia poderosa que jamás necesitara huir. Pudo haber nacido detrás de murallas protegidas por soldados. Pudo haber llegado al mundo rodeado de las comodidades reservadas para los hijos de los grandes gobernantes.

 No lo hizo.

 Cuando hubo que huir, huyó con su familia.

 Cuando hubo que permanecer en tierra extranjera, permaneció.

 Y cuando llegó el momento de regresar, volvió a ponerse en camino.

 Hay sacrificios que no derraman sangre.

 Hay renuncias que nadie contempla.

 Hay costos que no dejan heridas visibles.

 Abandonar un lugar, comenzar nuevamente, vivir sin controlar las circunstancias, aceptar que la seguridad de hoy puede convertirse mañana en otro viaje también forma parte de la experiencia humana.

 Y Jesús quiso conocerla.

 Muchos años después diría:

 “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:20).

 Aquellas palabras no procederían de alguien que desconociera lo que significaba vivir sin hacer de la comodidad su seguridad.

 De la abundancia del corazón habla la boca.

 Cuando Jesús habló del desprendimiento, de dejarlo todo, de confiar en el Padre y de no hacer de las cosas materiales nuestra seguridad, no estaba hablando desde la comodidad de un palacio.

 Su propia historia había comenzado de otra manera.

 Ahora José tomó al niño y a su madre.

 Egipto quedaba atrás.

 Delante estaba Israel.

 Quizá el camino sería largo. Quizá habría cansancio. Seguramente habría que avanzar jornada tras jornada, como cualquier familia que viajaba en aquel mundo.

Y el Verbo se hizo carne

El que era dueño de todas las cosas aceptó vivir sin aferrarse a ninguna.

El que creó cada lugar de la tierra conoció lo que significaba tener que dejar un lugar.

Primero Belén.

Después Egipto.

Ahora nuevamente el camino.

El Hijo de Dios conoció desde pequeño una experiencia que millones de seres humanos conocerían después:

recoger lo necesario y comenzar otra vez.

Conoció el desarraigo.

Conoció el cambio.

Conoció la incertidumbre del camino.

Conoció lo que significa dejar atrás un lugar que había proporcionado seguridad sin saber completamente cómo sería el siguiente.

El eterno aceptó vivir nuestros días uno después de otro.

El omnipotente aceptó ser llevado por sus padres.

El que conocía perfectamente el futuro aceptó vivir dentro de una familia que tenía que obedecer hoy y esperar para saber qué ocurriría mañana.

No vino a nuestra tierra protegido de las circunstancias que nosotros enfrentamos.

Entró en ellas.

Por eso puede comprender al que ha tenido que dejar su casa.

Al que ha cruzado una frontera.

Al que ha tenido que comenzar nuevamente en una ciudad desconocida.

Al que ha dejado personas atrás.

Al que ha empacado sus pertenencias sin saber cuándo volverá.

Al que ha descubierto que la vida puede cambiar en unos cuantos días y que aquello que parecía permanente puede desaparecer repentinamente.

Jesús conoció el camino.

Conoció la partida.

Conoció el regreso.

Conoció lo que significa que una etapa termine y otra comience.

Y hay algo todavía más extraordinario.

Él no tenía necesidad de experimentar nada de esto.

El cielo era suyo.

La tierra era suya.

Egipto era suyo.

Israel era suyo.

Todos los caminos por los que avanzaba habían sido creados por Él.

Y, sin embargo, aceptó vivir como vivimos nosotros:

un día aquí,

mañana en otro lugar,

dejando algo atrás,

avanzando hacia algo que todavía no vemos.

La encarnación significó mucho más que tener un cuerpo humano.

Significó entrar en nuestra experiencia humana.

En nuestras despedidas.

En nuestros cambios.

En nuestros viajes.

En nuestros comienzos.

En nuestras incertidumbres.

En esos momentos en que no podemos controlar todo lo que sucede y solamente podemos levantarnos y continuar.

José escuchó:

“Levántate, toma al niño y a su madre, y vete…”

Y nuevamente comenzaron a caminar.

Pero aquel niño que iba con ellos era el mismo que había creado el mundo por el que estaban caminando.

El Creador se hizo viajero.

El dueño de todas las cosas vivió como extranjero.

El eterno aceptó nuestros cambios.

El que nunca necesitó comenzar de nuevo aceptó comenzar de nuevo con nosotros.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”

—Juan 1:14.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

 Y mientras avanzaban hacia la tierra de Israel, todavía ignoraban que el regreso no los conduciría exactamente al lugar que podían haber imaginado.

 Herodes había muerto.

 Pero en Judea gobernaba su hijo.

 Y el nombre de Arquelao pronto cambiaría nuevamente el rumbo del viaje.

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Dr. Elio M Rivera

Mateo 2:15; Oseas 11:1 — “De Egipto llamé a mi Hijo.”

 Egipto había quedado atrás.

 José avanzaba hacia la tierra de Israel llevando consigo al niño y a su madre. Para cualquier viajero que hubiera contemplado a aquella pequeña familia en el camino, probablemente no había nada extraordinario que observar.

 Pero Mateo vio algo más.

 Aquella escena le recordó unas palabras escritas siglos antes:

 “De Egipto llamé a mi Hijo.”

 Las palabras pertenecían al profeta Oseas.

 Y cuando regresamos al pasaje original descubrimos algo sorprendente.

 Oseas no estaba hablando originalmente de un niño que nacería siglos después. Estaba recordando la historia de Israel:

 “Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo.”
 Oseas 11:1.

 Dios había amado a Israel.

 Lo había llamado hijo.

 Lo había sacado de Egipto.

 Lo había conducido.

 Lo había alimentado.

 Lo había cuidado.

 Pero la historia de Oseas contiene una tristeza profunda.

 El versículo siguiente dice:

 “Cuanto más yo los llamaba, tanto más se alejaban de mí…”
 Oseas 11:2.

 Ese detalle cambia completamente la escena.

 Porque la historia que comenzó con:

 “De Egipto llamé a mi hijo”

 continuó con:

 “se alejaban de mí”.

 El hijo había sido amado, pero se apartó.

 Había sido llamado, pero no permaneció fiel.

 Había recibido cuidado, pero terminó buscando otros dioses.

 Y siglos después, Mateo vuelve a llevarnos a Egipto.

 Hay otro Hijo allí.

 Jesús.

 También sale de Egipto.

 También regresa a la tierra de Israel.

 Pero esta vez la historia sería diferente.

 Este Hijo no se apartaría del Padre.

 Aquí comienza a aparecer silenciosamente uno de los grandes contrastes que acompañarán la vida de Jesús.

 Israel salió de Egipto y posteriormente fue probado en el desierto.

 Jesús saldría de Egipto y, años después, también sería probado en el desierto.

 Israel muchas veces murmuró.

 Jesús obedecería.

 Israel muchas veces se apartó.

 Jesús permanecería fiel.

 Israel recibió la Palabra y repetidamente la quebrantó.

 Jesús viviría en perfecta obediencia al Padre.

 Mateo apenas está comenzando su relato, pero algo empieza a dibujarse delante del lector:

 la historia que tantas veces había terminado en fracaso comenzaba nuevamente delante de sus ojos.

 Solo que ahora estaba el Hijo.

 Y esta vez el Hijo sería fiel.

 Eso hace que aquellas sencillas palabras tengan un peso extraordinario:

 “De Egipto llamé a mi Hijo.”

 No era solamente regresar de un país.

 Era el comienzo de un recorrido que demostraría qué clase de Hijo era Jesús.

 No necesitaba rebelarse para conocer la libertad.

 No necesitaba apartarse para afirmar su voluntad.

 No necesitaba escoger un camino diferente al del Padre para demostrar quién era.

 Su grandeza también se manifestaría en algo que el mundo pocas veces considera grande:

 obedecer.

 Y allí encontramos otra de sus renuncias.

 Jesús poseía voluntad verdadera. Sin embargo, durante toda su vida terrenal veremos una disposición constante a someterse al Padre.

 Muchos años después, en una noche terrible, esa misma disposición llegaría a expresarse con palabras que estremecerían la historia:

 “No se haga mi voluntad, sino la tuya.”
 Lucas 22:42.

 Pero Getsemaní no sería el comienzo de su obediencia.

 Sería una de sus expresiones culminantes.

 Mucho antes de aquella noche, la vida del Hijo ya avanzaba dentro de la voluntad del Padre.

 Belén.

 Egipto.

 El regreso.

 Y ahora Israel.

 Paso tras paso.

 “De Egipto llamé a mi Hijo.”

 Oseas había pronunciado aquellas palabras recordando a un hijo amado que terminó alejándose.

 Mateo las volvió a pronunciar mientras contemplaba a otro Hijo salir de Egipto.

 Y esta vez la historia tendría un final diferente.

El Hijo salió de Egipto.

Pero regresar no significó simplemente volver a la vida que su familia había dejado atrás.

Herodes había muerto.

Pero el peligro no había terminado.

En Judea gobernaba Arquelao.

Y José tuvo miedo de ir allá.

Otra vez había que escuchar.

Otra vez había que cambiar los planes.

Otra vez la seguridad de aquel niño estaba por encima del lugar donde quizá habían pensado establecerse.

Mateo dice:

“Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de Herodes su padre, tuvo temor de ir allá; pero avisado por revelación en sueños, se fue a la región de Galilea, y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret…”

—Mateo 2:22-23.

Y así, el regreso de Jesús de Egipto terminó convirtiéndose también en un nuevo comienzo.

El que era dueño de toda la tierra no escogió un palacio.

Terminó en Nazaret.

El que conocía el futuro aceptó crecer dentro de una familia que tenía que tomar decisiones frente a peligros reales.

El que gobernaba sobre todos los reyes vivió durante sus primeros años bajo las consecuencias de las decisiones de gobernantes injustos.

Herodes había provocado su huida.

Arquelao influyó en el lugar donde su familia decidió no establecerse.

Jesús conoció desde niño lo que significa que las decisiones de los poderosos cambien la vida de una familia común.

Conoció lo que significa salir de un país.

Conoció lo que significa regresar.

Conoció lo que significa descubrir que el lugar al que pensabas ir ya no es seguro.

Conoció un cambio inesperado de planes.

Conoció el camino hacia un lugar diferente.

Y conoció algo que millones de seres humanos han tenido que experimentar:

comenzar una nueva vida donde las circunstancias finalmente te permiten vivir.

Nazaret no había sido necesariamente el destino que aquel viaje parecía señalar al principio.

Pero Nazaret se convirtió en hogar.

Allí Jesús crecería.

Allí tendría vecinos.

Allí conocería las calles y los caminos.

Allí viviría con María, José y su familia.

Allí aprendería el oficio.

Allí asistiría a la sinagoga.

Allí pasarían los años.

Y un día el mundo terminaría conociéndolo precisamente por el nombre de aquel lugar al que las circunstancias habían llevado a su familia:

Jesús de Nazaret.

Qué extraordinario.

El Hijo de Dios no vino a una existencia en la que todos los caminos permanecieran abiertos delante de Él.

Hubo caminos que tuvo que dejar.

Lugares a los que no podía ir.

Gobernantes que representaban peligro.

Planes que tuvieron que cambiar.

Viajes que terminaron en lugares diferentes de los esperados.

Así vivimos nosotros muchas veces.

Planeamos una cosa y ocurre otra.

Pensamos regresar y descubrimos que ya no podemos hacerlo.

Imaginamos nuestra vida en un lugar y terminamos construyéndola en otro.

Una puerta se cierra.

El camino cambia.

Y tenemos que comenzar nuevamente.

Jesús no contempló esa experiencia desde el cielo.

Entró en ella.

El Creador de todos los lugares aceptó establecerse en uno que los hombres apenas consideraban importante.

El Rey de reyes evitó el territorio de un gobernante peligroso.

El dueño del mundo conoció el desarraigo.

El eterno conoció el cambio.

El que tenía toda gloria aceptó comenzar una vida sencilla en una pequeña población de Galilea.

Egipto había quedado atrás.

Judea no era segura.

Y delante de aquella familia aparecía ahora un nombre que acompañaría a Jesús durante toda su vida terrenal:

Nazaret.

Allí comenzaría una nueva etapa.

Allí crecería el niño que había regresado de Egipto.

Y allí, lejos de los palacios de Herodes y de Arquelao, Dios viviría durante años entre gente común.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”

—Juan 1:14.

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Dr. Elio M Rivera

Mateo 2:21 — “Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel.”

 Mateo resume el viaje en unas cuantas palabras:

 “…y vino a tierra de Israel.”

 Pero entre Egipto e Israel había algo que el versículo no necesitaba describir.

 Distancia.

 Había caminos que recorrer. Había jornadas que completar. Había que avanzar hasta donde las fuerzas y las condiciones del viaje lo permitieran y después continuar.

 El paisaje no se movía para acercarse a ellos.

 Cada kilómetro tenía que ser recorrido.

 Cada jornada necesitaba tiempo.

 El sol salía y calentaba la tierra. Llegaba la noche y descendía la temperatura. El polvo se levantaba bajo los pies de los viajeros. El cuerpo necesitaba agua, alimento, descanso y sueño.

 El desierto no hacía excepciones porque uno de sus viajeros fuera el Hijo de Dios.

 El calor seguía siendo calor.

 La distancia seguía siendo distancia.

 La gravedad seguía actuando sobre aquel cuerpo.

 El cansancio seguía siendo una realidad de la condición humana.

 Y esto hace extraordinaria aquella pequeña frase de Mateo:

Mateo 2:21 — “Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel.”

 “…y vino a tierra de Israel.”

 Porque aquel niño no era solamente otro viajero recorriendo los caminos del mundo antiguo.

 Juan escribiría acerca de Él:

 “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
 Juan 1:3.

 El camino sobre el que avanzaba había sido hecho por Él.

 La tierra que soportaba el peso de su cuerpo existía por Él.

 El sol cuyo calor podía sentirse sobre su piel había sido creado por Él.

 Las estrellas que aparecían sobre el cielo cuando llegaba la noche existían por Él.

 El universo entero debía su existencia a aquel niño que ahora necesitaba tiempo para trasladarse de un lugar a otro.

 Ese contraste resulta difícil de abarcar.

 Antes de la encarnación, el Hijo eterno no estaba encerrado dentro de las dimensiones de un cuerpo humano. Dios no necesita desplazarse kilómetros para llegar de un sitio a otro. No existe un rincón del universo al que tenga que viajar para poder estar allí.

 David había escrito:

 “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?”
 Salmo 139:7.

 Para Dios no existe un “demasiado lejos”.

 No necesita recorrer el universo para alcanzar sus extremos.

 No necesita velocidad.

 No necesita caminos.

 No necesita transporte.

 El espacio no limita a Dios.

 Y, sin embargo, ahora el Hijo había asumido un cuerpo verdadero.

 Un cuerpo ocupaba un lugar.

 No estaba físicamente en Nazaret y en Egipto al mismo tiempo.

 Para regresar a Israel había que recorrer la distancia.

 Un paso.

 Después otro.

 Una jornada.

 Después otra.

 Eso también fue encarnarse.

 Jesús no tomó solamente nuestra apariencia.

 Aceptó nuestras limitaciones físicas.

 Aceptó vivir dentro del tiempo.

 Aceptó ocupar un espacio.

 Aceptó sentir temperatura.

 Aceptó necesitar alimento.

 Aceptó necesitar agua.

 Aceptó descansar.

 Aceptó que un camino largo no pudiera recorrerse instantáneamente.

 Aceptó vivir bajo las condiciones físicas normales de un verdadero cuerpo humano.

 El que estableció las leyes que gobiernan la creación aceptó vivir dentro de ellas.

 No porque hubiera dejado de ser Dios.

 Sino porque se había hecho verdaderamente hombre.

 Y quizá por eso debemos mirar con mayor atención aquel viaje.

 No hubo necesidad de un milagro que hiciera desaparecer la distancia.

 No hubo un traslado instantáneo de Egipto a Israel.

 No vemos al Hijo utilizando su poder para hacer más cómoda su propia existencia.

 Recorrió el camino.

 Muchos años después lo veremos cansado junto a un pozo.

 Lo veremos dormir.

 Lo veremos tener hambre.

 Lo veremos tener sed.

 Aquellas experiencias no demostrarían que había dejado de ser Dios.

 Mostrarían hasta dónde había llegado su decisión de hacerse hombre.

 El Eterno había aceptado el reloj.

 El Omnipresente había aceptado la distancia.

 El Todopoderoso había aceptado el cansancio.

 El Creador había aceptado sentir sobre su cuerpo las condiciones de la creación.

 Y todavía faltaba mucho para la cruz.

 Por eso, cuando pensamos en el sacrificio de Cristo, no debemos comenzar solamente en el Gólgota.

 Hubo una entrega anterior.

 El que no podía ser contenido aceptó un cuerpo que podía estar en un solo lugar a la vez.

 El que no necesitaba descansar aceptó el sueño.

 El que no necesitaba agua aceptó la sed.

 El que no necesitaba llegar a ninguna parte porque nada estaba fuera de su presencia aceptó tener que recorrer caminos para llegar.

 Aquella familia continuó avanzando hacia Israel.

 Probablemente nadie que se cruzara con ellos habría visto algo excepcional.

 Un hombre.

 Una mujer.

 Un niño.

 Viajeros regresando a su tierra.

 Pero detrás de aquella escena aparentemente ordinaria se escondía una de las paradojas más extraordinarias de la encarnación:

 el Creador del universo estaba recorriendo, paso a paso, una pequeña porción del mundo que Él mismo había creado.

 El camino tenía una distancia determinada.

 El cuerpo tenía límites.

 Las jornadas tenían duración.

 Y Él había aceptado todo eso.

 Por nosotros.

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Dr. lio M Rivera

Mateo 2:22 — “Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de Herodes su padre, tuvo temor de ir allá…”

 Herodes había muerto.

 Para José, aquella noticia debió cambiarlo todo. La orden del ángel había sido clara: “Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel.”

 El hombre que había buscado la muerte de Jesús ya no existía.

 Parecía que finalmente podían regresar.

 La familia dejó Egipto y emprendió el camino hacia su tierra. Atrás quedaban el refugio, el exilio y los días vividos lejos de Israel. Delante estaba la posibilidad de comenzar nuevamente.

 Pero durante el regreso José recibió una noticia que debió detener cualquier sensación de tranquilidad.

 Arquelao gobernaba Judea.

 No era un desconocido.

 Era hijo de Herodes.

 Y muy pronto había comenzado a demostrar que llevar aquel apellido no era un detalle menor.

 Después de la muerte de su padre, Arquelao aspiró a recibir el reino. Antes de que Roma confirmara definitivamente su autoridad, tuvo que enfrentarse a una población profundamente agitada. Durante la Pascua, Jerusalén estaba llena de peregrinos y las tensiones aumentaron.

 El historiador judío Flavio Josefo describe el episodio.

 La multitud comenzó a exigir justicia por personas que habían sido ejecutadas durante los últimos días de Herodes. Arquelao intentó contener la situación, pero el conflicto creció. Finalmente envió tropas contra la multitud reunida en Jerusalén.

 El resultado fue terrible.

 Según Josefo, alrededor de tres mil personas murieron y la celebración fue interrumpida.

 Arquelao apenas comenzaba.

 Y Jerusalén ya había conocido sangre bajo su autoridad.

 La cifra procede del relato de Josefo y, como sucede con las cifras transmitidas por historiadores antiguos, debe presentarse como su testimonio; pero el episodio mismo ayuda extraordinariamente a comprender una pequeña frase que Mateo escribió años después:

 “Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de Herodes su padre, tuvo temor de ir allá…”

José tuvo miedo.

 No era un temor inexplicable.

 No era simplemente que Arquelao fuera hijo de Herodes.

 Había razones para temer lo que podía hacer.

 José regresaba llevando precisamente al niño que Herodes había intentado eliminar. Y el territorio de Judea estaba ahora bajo la autoridad de uno de sus hijos.

 El padre había muerto.

 Pero la familia que había gobernado mediante sospecha, violencia y temor todavía conservaba poder.

 Arquelao viajaría posteriormente a Roma para buscar la confirmación de Augusto. Finalmente no recibió el título de rey que deseaba, sino autoridad como etnarca sobre Judea, Samaria e Idumea. Su gobierno tampoco sería largo: años después, las quejas contra su administración llegarían hasta Roma y Augusto terminaría destituyéndolo y enviándolo al exilio.

 Pero José no conocía todavía el final de Arquelao.

 Solo conocía el presente.

 Y en aquel presente, regresar a Judea significaba colocar a su familia dentro del territorio gobernado por un hombre cuya violencia ya había quedado demostrada.

 Entonces Mateo escribe:

 “…tuvo temor de ir allá.”

 Hay algo profundamente humano en esas palabras.

 Dios había dicho que regresaran a Israel, pero eso no significaba que todos los peligros hubieran desaparecido.

 Herodes había muerto.

 El mundo seguía siendo peligroso.

 Y quizá aquí encontramos otra dimensión del precio que el Hijo había aceptado pagar al venir.

 Jesús no escogió entrar en una humanidad previamente reparada.

 No pidió que primero desaparecieran los tiranos.

 No exigió que las naciones estuvieran en paz.

 No esperó a que los caminos fueran seguros.

 No pidió nacer en una época donde ninguna autoridad pudiera amenazarlo.

 Vino a nuestro mundo tal como estaba.

 Un mundo donde un gobernante podía ordenar una matanza.

 Un mundo donde una familia podía verse obligada a huir.

 Un mundo donde la muerte de un tirano no garantizaba que terminara la violencia, porque otro podía ocupar su lugar.

 Un mundo donde incluso regresar a casa podía producir miedo.

 Ese también fue un sacrificio.

 El Hijo de Dios aceptó vivir en un mundo inseguro.

 Pudo haber venido después de eliminar previamente todo aquello que pudiera causarle dolor.

 No lo hizo.

 Entró en medio de ello.

 Y resulta impresionante pensar que aquel niño que José intentaba mantener lejos de Arquelao tenía poder suficiente para terminar con Arquelao, con Roma y con cualquier reino humano.

 Pero no había venido a utilizar su poder para hacerse una vida más fácil.

 Había venido por otra razón.

 José miró hacia Judea y tuvo miedo.

 Y entonces ocurrió algo que vuelve a mostrarnos que, aunque Jesús había aceptado vivir dentro de un mundo peligroso, el Padre seguía observando cada paso del camino.

 Mateo continúa:

 “…pero avisado por revelación en sueños, se fue a la región de Galilea.”

 El camino cambiaría otra vez.

 Judea quedaría atrás.

 La familia tomaría otra dirección.

 Y lo que parecía solamente una decisión tomada frente al peligro terminaría conduciendo al niño hacia un pequeño lugar cuyo nombre quedaría unido para siempre al suyo:

 Nazaret.

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Dr. Elio M Rivera

Mateo 2:22 — “…pero avisado por revelación en sueños, se fue a la región de Galilea.”

 José tenía razones para sentir temor.

 Herodes había muerto, pero Judea estaba ahora bajo la autoridad de Arquelao. Las noticias que llegaban de aquel territorio no invitaban a una familia con un niño pequeño a instalarse tranquilamente allí.

 José podía escuchar rumores.

 Podía preguntar a otros viajeros.

 Podía observar los caminos.

 Podía intentar tomar la mejor decisión posible.

 Pero había algo que José no podía hacer:

 ver todo lo que estaba delante de ellos.

 El Padre sí.

 Y volvió a hablar.

 José recibe el aviso del ángel

Mateo lo expresa en pocas palabras:

 “…avisado por revelación en sueños…”

 No era la primera vez.

 Cuando José pensó en dejar secretamente a María, Dios habló.

 Cuando Herodes buscó al niño para matarlo, Dios habló.

 Cuando llegó el momento de abandonar Egipto, Dios habló.

 Y ahora, cuando el camino de regreso parecía conducirlos hacia un territorio peligroso, Dios volvió a hablar.

 Hay algo profundamente hermoso en esta historia.

 El Padre no había evitado que existiera Herodes.

 Tampoco había impedido que Arquelao llegara al poder.

 No había convertido el mundo en un lugar seguro antes de enviar a su Hijo.

 Pero ninguna de aquellas circunstancias estaba fuera de su mirada.

 El Padre sabía dónde estaba el peligro.

 Sabía quién gobernaba Judea.

 Sabía lo que José ignoraba.

 Sabía qué camino no debían tomar.

 Y sabía hacia dónde debían dirigirse.

 Mientras una familia avanzaba por los caminos sin conocer completamente lo que encontraría más adelante, el Padre ya conocía el camino entero.

 Y aquí aparece otra dimensión sorprendente de la encarnación.

 El Hijo que había vivido eternamente en comunión con el Padre había aceptado venir al mundo como un verdadero niño.

 No vemos al pequeño Jesús levantándose para decidir personalmente la ruta.

 No vemos al niño explicándole a José dónde estaba Arquelao.

 No vemos una manifestación de poder para abrirse camino.

 Vemos algo mucho más sencillo.

 José recibe una advertencia.

 Y José cambia de dirección.

 El Hijo de Dios había aceptado que, durante aquella etapa de su vida humana, su seguridad estuviera vinculada al cuidado de las personas a quienes el Padre había confiado su infancia.

 José debía escuchar.

 José debía levantarse.

 José debía tomar al niño.

 José debía escoger el camino.

 José debía obedecer.

 Y Jesús aceptó ser cuidado.

 Esto también fue parte de su humillación voluntaria.

 El que sostiene todas las cosas aceptó ser sostenido.

 El que guía a los hombres aceptó ser llevado.

 El que conoce el principio y el fin aceptó vivir una infancia en la que otros tomaban decisiones prácticas acerca de dónde debía estar.

 El Todopoderoso aceptó la dependencia propia de un niño.

 No porque hubiera perdido su divinidad.

 No porque hubiera dejado de ser el Hijo.

 Sino porque no fingió hacerse hombre.

 Se hizo hombre verdaderamente.

 Y hacerse hombre significaba también aceptar aquello que todos nosotros conocimos alguna vez, aunque no podamos recordarlo:

 depender de alguien.

 Depender de que alguien nos alimentara.

 Depender de que alguien nos cubriera.

 Depender de que alguien reconociera un peligro.

 Depender de que alguien nos llevara lejos de él.

 Depender de brazos humanos.

 Es difícil imaginar una renuncia mayor cuando recordamos quién era aquel niño.

 Pero detrás de aquellos brazos humanos había otros brazos que nunca dejaron de sostenerlo.

 Los del Padre.

 José no conocía todo.

 El Padre sí.

 José podía equivocarse.

 El Padre podía corregir el rumbo.

 José veía el camino inmediato.

 El Padre veía el destino.

 Por eso esta historia no es solamente la historia de un niño vulnerable.

 Es también la historia de un Hijo cuidado por su Padre.

 Años después, cuando Jesús comenzara a manifestarse públicamente, aquella confianza aparecería una y otra vez en sus palabras.

 Hablaría de hacer la voluntad del Padre.

 Hablaría de las obras del Padre.

 Hablaría de haber sido enviado por el Padre.

 Y llegaría a decir:

 “No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre.”
 Juan 5:30.

 Aquella dependencia no significaba inferioridad.

 Revelaba una relación.

 El Hijo confiaba en el Padre.

 Y el Padre cuidaba del Hijo.

 Incluso en un mundo donde existían Herodes y Arquelao.

 Quizá eso sea precisamente lo extraordinario.

 El Padre pudo haber preparado para Jesús un camino donde jamás apareciera un enemigo.

 En cambio, permitió que recorriera un mundo verdadero, quebrado y peligroso, pero nunca dejó de acompañar su camino.

 La presencia del Padre no siempre significó ausencia de peligro.

 Significó que el peligro nunca tendría la última palabra.

 Arquelao gobernaba Judea.

 José tuvo temor.

 Dios habló.

 Y el camino cambió.

 “…se fue a la región de Galilea.”

 Una advertencia.

 Una decisión.

 Un nuevo rumbo.

 Parecía solamente la manera de evitar a un gobernante peligroso.

 Pero aquel cambio de camino estaba conduciendo a Jesús hacia el lugar donde transcurriría la siguiente etapa de su vida.

 Herodes había enviado a la familia hacia Egipto.

 Arquelao impedía su regreso a Judea.

 Pero ninguno de los dos estaba escribiendo la historia.

 El Padre seguía conduciendo a su Hijo.

 Y al final de aquel camino esperaba una pequeña población de Galilea.

 Nazaret.

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