El nacimiento de Jesucristo suele verse como una escena tierna y hermosa. Un pesebre, una noche tranquila, un niño envuelto en pañales. Pero detrás de esa imagen hay una verdad mucho más profunda: no fue solo un milagro admirable… fue una decisión de humillación voluntaria.
Jesús no comenzó a existir en Belén. Él ya era eterno, glorioso, uno con el Padre. Sin embargo, decidió descender.
Juan 1:1,14 (RVR1960)
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
El Creador entró en su propia creación. El que sostenía el universo aceptó depender de una madre. El Rey de gloria no nació en un palacio, sino en un lugar humilde.
Lucas 2:7 (RVR1960)
“Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.”
Esto no fue casualidad. Fue parte del camino que Él eligió recorrer.
Filipenses 2:6-7 (RVR1960)
“El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.”
Jesucristo no fue obligado a venir. Él decidió humillarse. Renunció a la manifestación visible de su gloria para acercarse a nosotros, para vivir como nosotros y, finalmente, para morir por nosotros.
Su nacimiento no fue solo el inicio de una historia…
fue el primer paso de un sacrificio eterno.
Lo que muchos ven como una escena bonita, el cielo lo reconoce como un acto de amor profundo y radical.
Porque Él no vino a impresionar al mundo…
vino a salvarlo.
Inspirado en este mensaje, nació una canción titulada “Antes de Belén”, que profundiza en lo que Cristo dejó atrás y el amor que lo llevó a humillarse por nosotros. Le invito a escucharla y permitir que su mensaje hable a su corazón.
