Muchas veces se presenta el amor de Jesucristo como un sentimiento suave o emocional, pero la realidad es mucho más profunda y poderosa. Jesús no vino solo a mostrarnos afecto; vino a enfrentar y vencer aquello que nos separaba de Dios: el pecado.
La Escritura lo deja claro:
1 Juan 3:8 (RVR1960)
“El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.”
Jesucristo no evitó el conflicto espiritual. Él lo enfrentó directamente. Su amor no fue pasivo, fue un amor que luchó, que resistió y que pagó un precio eterno.
Romanos 5:8 (RVR1960)
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Ese amor lo llevó hasta la cruz, no solo para conmovernos, sino para redimirnos. Él cargó con el pecado, lo venció y abrió el camino de regreso al Padre.
Hebreos 9:26 (RVR1960)
“Pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado.”
Jesús no vino únicamente a enseñar o inspirar. Vino a rescatar, a liberar y a transformar completamente la condición del ser humano.
Su amor no solo se siente…
su amor salva.
