Dr. Elio M. Rivera
Existe una pregunta que probablemente todo ser humano termina haciéndose de alguna manera:
¿Quién soy?
No:
¿cómo me llamo?
¿dónde nací?
¿qué profesión tengo?
¿cuántos años tengo?
Sino algo mucho más profundo:
¿Quién soy realmente?
Y detrás de esa pregunta aparecen otras:
¿Cuánto valgo?
¿Por qué estoy aquí?
¿Para qué existo?
¿Qué hace que mi vida tenga importancia?
Son preguntas enormes.
Porque dependiendo de cómo las respondamos podemos construir prácticamente:
toda nuestra vida.
Si creo que valgo por mi belleza, necesitaré conservarla.
Si creo que valgo por mi dinero, necesitaré acumularlo.
Si creo que valgo por mis logros, necesitaré seguir produciendo.
Si creo que valgo por la opinión de otros, necesitaré su aprobación.
Si creo que valgo por mi posición, necesitaré protegerla.
Y si aquello que utilizaba para definir quién soy desaparece…
puedo sentir que desaparecí:
yo también.
Ésta es otra de las heridas profundas de El imperio de la muerte:
el hombre perdió de vista quién era.
Así era al principio: Adán no necesitaba inventarse una identidad
Adán abrió los ojos dentro de un mundo donde su identidad ya estaba establecida.
Antes de hacer algo…
Dios ya lo había creado.
Antes de producir algo…
Dios ya le había dado dignidad.
Antes de construir algo…
Dios ya le había dado propósito.
Antes de que alguien pudiera aplaudirlo…
Dios ya lo había bendecido.
La Biblia dice:
«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó…»
Génesis 1:27, RVR1960
Adán podía responder:
¿De dónde vengo?
De Dios.
¿Quién soy?
Una criatura hecha a su imagen.
¿Cuánto valgo?
Lo suficiente para que Dios colocara sobre mí una dignidad extraordinaria dentro de su creación.
¿Para qué existo?
Para vivir en comunión con mi Creador y cumplir la misión que Él me entregó.
Después Dios dijo:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla…»
Génesis 1:28, RVR1960
Tenía:
origen.
identidad.
dignidad.
pertenencia.
propósito.
misión.
Y bendición.
No tenía que pasar los siguientes cincuenta años intentando descubrir:
si era suficientemente importante.
Dios ya había hablado.
Adán podía mirarse desde los ojos de su Creador
Éste quizá sea el punto más importante.
El hombre originalmente no necesitaba preguntarle al mundo:
«¿Cuánto valgo?»
Podía preguntárselo a:
quien lo había creado.
Y Dios había contemplado su creación y declarado:
«…he aquí que era bueno en gran manera.»
Génesis 1:31, RVR1960
No existían redes sociales.
No había estadísticas de seguidores.
No había títulos académicos.
No había cuentas bancarias.
No había automóviles.
No había casas lujosas.
No había premios.
No había fama.
No había posiciones sociales.
Y sin ninguna de esas cosas…
Adán:
tenía identidad.
Eso significa que ninguna de esas cosas puede ser la fuente original de nuestra identidad.

Esto fue lo que hicimos: nos alejamos de la voz que nos decía quiénes éramos
Después ocurrió la caída.
El hombre se separó de Dios.
Y algo extraordinariamente doloroso sucedió.
La criatura comenzó a intentar entenderse:
sin su Creador.
Es como encontrar una obra de arte y negarse a preguntar al artista qué quiso expresar.
Como encontrar una herramienta extraordinariamente compleja y negarse a consultar a quien la diseñó.
Como leer una historia arrancando las primeras páginas y después preguntar:
«¿De qué trata todo esto?»
Cuando el hombre se alejó de Dios no solamente perdió comunión.
También perdió su principal punto de referencia para comprender:
quién era.
Y entonces comenzó una búsqueda que continúa hasta nuestros días.
Si no sé quién soy, tendré que construir algo que me diga cuánto valgo
Aquí comienza una carrera agotadora.
Necesito algo que me confirme:
«Eres importante».
Quizá sea:
mi apariencia.
mi cuerpo.
mi inteligencia.
mi profesión.
mi ministerio.
mi dinero.
mi empresa.
mi casa.
mi automóvil.
mis títulos.
mi productividad.
mi influencia.
mis seguidores.
mi reputación.
mi matrimonio.
mis hijos.
mis logros.
Entonces esas cosas dejan de ser simplemente partes de mi vida.
Comienzan a responder una pregunta que nunca fueron diseñadas para responder:
¿Quién soy?
Cuando necesito demostrar constantemente que valgo
Éste puede convertirse en un tormento silencioso.
Una persona puede trabajar extraordinariamente duro…
no solamente porque disfruta trabajar…
sino porque necesita sentirse:
valiosa.
Puede buscar reconocimiento…
no solamente porque agradece que reconozcan su trabajo…
sino porque necesita escuchar:
«Eres importante».
Puede obsesionarse con su apariencia…
porque cuando alguien dice:
«Te ves muy bien»
interiormente escucha:
«Tienes valor».
Puede acumular dinero…
porque la cantidad en una cuenta comienza a representar:
su importancia.
Puede buscar posiciones…
porque necesita un título delante de su nombre para sentirse alguien.
Puede necesitar constantemente:
aplausos.
comentarios.
reconocimiento.
admiración.
aceptación.
Porque cuando el hombre pierde la voz del Padre…
puede pasar toda la vida buscando otras voces que le digan:
«Tú vales».
Entonces aparece la comparación
Si mi valor depende de cosas externas, necesito saber:
cómo estoy comparado con los demás.
No basta tener una casa.
Necesito saber qué casa tiene el otro.
No basta tener éxito.
Necesito saber cuánto éxito tiene él.
No basta verme bien.
Necesito saber si me veo mejor que ella.
No basta tener seguidores.
Necesito saber cuántos tiene otro.
No basta que mi hijo avance.
Necesito saber cómo va comparado con los hijos de mis amigos.
Entonces la vida puede convertirse en:
una competencia interminable por sentir que somos suficientes.
Y siempre habrá alguien:
más joven.
más rico.
más atractivo.
más reconocido.
más exitoso.
más inteligente.
más fuerte.
con una casa mayor.
con más seguidores.
con una posición superior.
Por eso la comparación casi nunca puede producir una identidad estable.
Siempre existe alguien que amenaza:
la identidad que construimos.
La aprobación de otros puede convertirse en una prisión
Hay personas que no pueden disfrutar una decisión hasta saber:
qué pensarán los demás.
¿Qué pensarán si visto esto?
¿Qué pensarán si compro esto?
¿Qué pensarán si fracaso?
¿Qué pensarán si cambio de trabajo?
¿Qué pensarán si digo que no?
¿Qué pensarán si no tengo lo que ellos tienen?
¿Qué pensarán si descubren mis debilidades?
Y entonces la vida comienza a ser administrada por:
la opinión de personas que quizá ni siquiera nos conocen realmente.
Proverbios dice:
«El temor del hombre pondrá lazo…»
Proverbios 29:25, RVR1960
Un lazo.
Una trampa.
Una prisión invisible.
La persona puede ser físicamente libre…
pero emocionalmente vivir preguntando:
«¿Me aceptarán?»
Las redes sociales llevaron esta batalla a un nivel extraordinario
Ahora podemos medir aprobación.
Me gusta.
Comentarios.
Seguidores.
Visualizaciones.
Compartidos.
Una fotografía recibe atención…
y por unos minutos podemos sentir:
«Me están viendo».
Pero otra recibe poca respuesta…
y puede aparecer:
decepción.
comparación.
Entonces mostramos nuestras mejores fotografías.
Nuestros mejores viajes.
Nuestros logros.
Nuestros momentos felices.
Y podemos terminar comparando:
nuestra vida completa
contra:
los mejores segundos seleccionados de la vida de otros.
El resultado puede ser terrible.
Todos parecen felices.
Todos parecen exitosos.
Todos parecen viajar.
Todos parecen hermosos.
Todos parecen tener matrimonios extraordinarios.
Y yo puedo pensar:
«¿Qué está mal conmigo?»
Nada necesariamente.
Estoy comparando mi realidad:
con la presentación de otro.
Cuando la apariencia se convierte en identidad
Nuestro cuerpo importa.
Debemos cuidarlo.
Es posible disfrutar vestir bien, arreglarnos y sentirnos atractivos.
El problema aparece cuando nuestra apariencia comienza a determinar:
nuestro valor.
Porque entonces el espejo puede convertirse en juez.
Una arruga parece una pérdida.
Una cana parece una amenaza.
El aumento de peso puede sentirse como fracaso personal.
El envejecimiento puede convertirse en:
pérdida de identidad.
Pero si mi valor depende de permanecer joven…
estoy construyendo mi identidad sobre algo que inevitablemente:
cambiará.
El cuerpo cambia.
La belleza física cambia.
La fuerza cambia.
Pero aquello que Dios dijo acerca de nuestra dignidad:
no cambia con el espejo.
Cuando la profesión se convierte en identidad
Preguntamos frecuentemente:
«¿Qué eres?»
Y respondemos:
«Soy médico.»
«Soy empresario.»
«Soy pastor.»
«Soy abogado.»
«Soy maestro.»
«Soy ingeniero.»
Pero en realidad eso responde:
qué hago.
No necesariamente:
quién soy.
Porque ¿qué sucede cuando llega la jubilación?
¿Cuando pierdo el empleo?
¿Cuando cierro la empresa?
¿Cuando ya no puedo ejercer?
¿Cuando alguien ocupa mi puesto?
Si mi profesión era toda mi identidad…
puedo mirar el día siguiente y preguntar:
«¿Y ahora quién soy?»
Eso explica por qué algunas pérdidas laborales producen una crisis mucho más profunda que la económica.
La persona no perdió solamente:
un trabajo.
Siente que perdió:
una parte de sí misma.
Cuando el éxito se convierte en identidad, el fracaso puede destruirnos
Si digo:
«Valgo porque tengo éxito»
entonces cada fracaso amenaza mi valor.
Por eso algunas personas no pueden admitir errores.
Necesitan parecer siempre exitosas.
Ocultan fracasos.
Exageran logros.
Defienden su reputación desesperadamente.
Porque no están protegiendo solamente una imagen pública.
Están protegiendo:
la estructura sobre la cual construyeron quiénes son.
Pero todos fracasamos alguna vez.
Todos perdemos algo.
Todos cometemos errores.
Todos atravesamos temporadas donde las cosas no funcionan.
Una identidad que no puede sobrevivir al fracaso:
es demasiado frágil para sostener una vida.
Y un día aquello que utilizábamos para definirnos puede desaparecer
Éste es el problema fundamental de construir identidad sobre cosas temporales.
El dinero puede desaparecer.
La empresa puede cerrar.
El cuerpo envejece.
La belleza cambia.
Los hijos crecen y se marchan.
La posición termina.
El público puede olvidarnos.
La fama cambia de nombre.
La salud puede deteriorarse.
La relación puede terminar.
El trabajo puede perderse.
Los seguidores pueden seguir a alguien más.
Y entonces ocurre algo profundamente doloroso:
si yo era aquello que perdí, ¿quién soy ahora?
Ahí puede aparecer una verdadera crisis de identidad.
El imperio de la muerte nos hizo confundir nuestro valor con nuestra utilidad
Quizá ésta sea una de sus mentiras más crueles.
«Vales mientras produces».
Entonces el niño vale por sus calificaciones.
El adulto por su productividad.
El empresario por sus resultados.
El pastor por el tamaño de su congregación.
El autor por sus ventas.
El anciano comienza a preguntarse si todavía sirve para algo.
El enfermo puede sentirse una carga.
La persona discapacitada puede sentir que aporta poco.
Pero eso es completamente contrario a Génesis.
Adán tenía valor:
antes de producir su primer fruto.
Su valor comenzó en Dios.
No en:
su rendimiento.
No fuimos creados para pasar la vida demostrando que merecemos existir
Qué cansancio.
Demostrar que soy inteligente.
Demostrar que tengo éxito.
Demostrar que soy atractivo.
Demostrar que mi ministerio funciona.
Demostrar que mis hijos están bien.
Demostrar que tengo dinero.
Demostrar que soy importante.
Demostrar que soy feliz.
Demostrar.
Demostrar.
Demostrar.
¿A quién?
¿Y para qué?
El hombre que perdió de vista quién era comenzó a construir escenarios donde otros pudieran confirmar:
su valor.
Y eso puede consumir una vida completa.
Pero:
Jesucristo vino a devolvernos al Padre
Aquí la historia comienza a cambiar.
Jesús no vino solamente para perdonar pecados.
Vino para llevarnos nuevamente a una relación con:
el Padre.
Juan dice:
«Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.»
Juan 1:12, RVR1960
Ahí comienza nuevamente la respuesta.
¿Quién soy?
¿A quién pertenezco?
A mi Padre.
¿De dónde viene mi valor?
De quien me creó y me redimió.
¿Para qué existo?
Para vivir en comunión con Él y cumplir el propósito para el cual me llamó.
La identidad comienza nuevamente a tener:
un centro.
Jesús mismo vivió desde una identidad recibida del Padre
Antes de comenzar su ministerio público…
antes de multiplicar panes…
antes de sanar multitudes…
antes de caminar sobre el agua…
antes de resucitar muertos…
el Padre declaró:
«Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.»
Mateo 3:17, RVR1960
Observe el orden.
Primero:
Hijo amado.
Después:
ministerio.
Eso es fundamental.
Jesús no hizo milagros para conseguir que el Padre dijera:
«Ahora sí te amo».
Actuó desde:
una identidad ya establecida.
Y ésa es una diferencia enorme.
No trabajamos para conseguir identidad.
Trabajamos:
desde nuestra identidad.
No servimos para lograr que Dios nos ame.
Servimos porque:
somos amados.
En Cristo podemos dejar de preguntarle al mundo cuánto valemos
El mundo puede aplaudirnos hoy…
y olvidarnos mañana.
Puede admirar nuestra juventud…
hasta que envejecemos.
Puede valorar nuestra productividad…
hasta que dejamos de producir.
Puede reconocer nuestro éxito…
hasta que fracasamos.
Pero Dios no fundamentó nuestra identidad en ninguna de esas cosas.
Pablo escribió:
«Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras…»
Efesios 2:10, RVR1960
Observe:
«hechura suya».
No accidente.
No mercancía.
No número.
No producto de nuestra reputación.
Hechura suya.
Y además:
con propósito.
Podemos recuperar nuestra identidad aquí y ahora
No tenemos que esperar hasta el cielo para saber quiénes somos.
Podemos comenzar a vivir desde esa verdad ahora.
Puedo trabajar…
sin convertir mi trabajo en mi identidad.
Puedo tener dinero…
sin utilizarlo para medir mi valor.
Puedo cuidar mi apariencia…
sin necesitar que el espejo me diga cuánto valgo.
Puedo disfrutar reconocimiento…
sin volverme esclavo del aplauso.
Puedo tener éxito…
sin creer que soy superior.
Puedo fracasar…
sin concluir que soy un fracaso.
Puedo envejecer…
sin pensar que mi vida perdió importancia.
Puedo perder una posición…
sin perder:
quién soy.
Porque todas esas cosas describen partes de mi vida.
Pero ninguna de ellas tiene autoridad para definir:
mi identidad.
El Reino de Dios nos devuelve el nombre que habíamos olvidado
El mundo pregunta:
¿Cuánto tienes?
¿Qué lograste?
¿Quién te conoce?
¿Qué posición ocupas?
¿Cómo te ves?
¿Cuántos te siguen?
¿Cuánto produces?
El Padre comienza mucho más profundo:
«Eres mío».
Y cuando esa verdad entra realmente en el corazón, algo comienza a descansar.
Ya no necesito ganar cada comparación.
Ya no necesito impresionar a todos.
Ya no necesito demostrar constantemente que soy importante.
Ya no necesito construir una personalidad para que otros me acepten.
Puedo crecer.
Aprender.
Crear.
Trabajar.
Soñar.
Producir.
Servir.
Prosperar.
Y disfrutar lo que Dios coloque en mis manos.
Pero ninguna de esas cosas tiene que cargar con el peso imposible de decirme:
quién soy.
El imperio de la muerte separó al hombre de su Creador…
y después lo dejó caminando por el mundo preguntando:
«¿Quién soy?»
«¿Cuánto valgo?»
«¿Para qué existo?»
Jesucristo vino para llevarnos nuevamente al lugar donde esas preguntas encuentran respuesta.
No en el espejo.
No en la cuenta bancaria.
No en los aplausos.
No en una posición.
No en una profesión.
No en nuestros seguidores.
No siquiera en nuestros mayores logros.
Sino en:
el Padre.
Porque antes de todas las cosas que hacemos…
antes de todo lo que tenemos…
antes de todo lo que otros piensan de nosotros…
existe una verdad mucho más profunda:
fuimos creados por Dios.
Llevamos su imagen.
Fuimos buscados por Cristo.
Tenemos propósito.
Y en Él podemos volver a mirar nuestra vida y finalmente responder:
«Ahora recuerdo quién soy».
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