24. Cuando apareció un mundo de injusticia

Dr. Elio M. Rivera

  Hay algo más doloroso que sufrir una injusticia.

  Es descubrir que el sistema que debería protegerte:

también puede estar en tu contra.

  El pobre llega ante un juez…

  pero el rico tiene influencias.

  El trabajador reclama lo que le deben…

  pero quien tiene poder encuentra la manera de no pagar.

  El inocente espera justicia…

  pero alguien compra un testimonio.

  La viuda necesita protección…

  pero nadie considera importante su caso.

  El huérfano queda expuesto.

  El extranjero no conoce sus derechos.

  El débil no tiene contactos.

  El poderoso sí.

  Y entonces la injusticia deja de ser solamente el acto de una persona mala.

  Puede convertirse en:

una estructura.

  Una forma de gobernar.

  Una manera de hacer negocios.

  Una cultura.

  Un sistema que funciona…

  pero funciona:

injustamente.

  Éste es uno de los frutos más terribles de El imperio de la muerte.

Así era al principio: Dios no creó un mundo donde el fuerte devorara al débil

  En el diseño original no existía una clase humana superior y otra inferior.

  No había amos y esclavos.

  No había ricos comprando jueces.

  No había tribunales corruptos.

  No había trabajadores defraudados.

  No había viudas abandonadas.

  No había huérfanos desprotegidos.

  No había extranjeros tratados como seres humanos de segunda categoría.

  Había un hombre y una mujer hechos a imagen de Dios.

  Y Dios les entregó una creación abundante.

  La autoridad que recibieron debía ejercerse bajo Él.

  No para explotar.

  No para enriquecerse destruyendo a otro.

  No para utilizar la fuerza contra quien no podía defenderse.

  Sino para:

administrar.

  Cuidar.

  Cultivar.

  Proteger.

  Hacer fructificar.

  La justicia comienza precisamente allí:

cuando cada persona reconoce que no es dueña absoluta de nada ni de nadie.

  Todo pertenece finalmente a Dios.

«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan.»

Salmo 24:1, RVR1960

  Si eso es verdad, entonces ni la tierra…

  ni el dinero…

  ni el poder…

  ni otra persona…

  pueden ser utilizados como si fueran propiedad absoluta nuestra.

Esto fue lo que hicimos: convertimos diferencias en ventajas para abusar

  Después de la caída aparecieron:

  ambición.

  codicia.

  violencia.

  engaño.

  orgullo.

  amor al dinero.

  deseo de dominio.

  Y rápidamente el ser humano descubrió algo peligroso:

si soy más fuerte, puedo imponerme.

  Si tengo más dinero, puedo comprar ventajas.

  Si conozco a la persona correcta, puedo evitar consecuencias.

  Si controlo el tribunal, puedo decidir quién tiene razón.

  Si poseo la tierra, puedo imponer condiciones.

  Si alguien depende económicamente de mí, puedo aprovecharme.

  Si una persona no tiene familia, poder o voz…

  puedo ignorarla.

  Y entonces nació una de las reglas más crueles del mundo caído:

el débil paga con frecuencia el precio de las decisiones del fuerte.

La injusticia no siempre grita

  Algunas injusticias son evidentes.

  Un robo.

  Una golpiza.

  Una condena falsa.

  Un soborno.

  Pero otras pueden esconderse detrás de:

  contratos.

  leyes.

  procedimientos.

  instituciones.

  costumbres.

  salarios.

  impuestos.

  deudas.

  trámites.

  políticas.

  Todo puede parecer legal…

  y seguir siendo:

profundamente injusto.

  Algo puede estar permitido por una ley humana…

  y continuar siendo incorrecto delante de Dios.

  Porque la legalidad no siempre equivale a:

justicia.

Cuando el rico explota al pobre

  La Biblia habla con una claridad extraordinaria sobre esto.

  Santiago escribió:

«He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros…»

Santiago 5:4, RVR1960

  Observe la escena.

  El trabajador ya trabajó.

  Ya produjo.

  Ya entregó su tiempo.

  Su fuerza.

  Sus horas.

  Pero alguien con más poder decide:

no pagarle correctamente.

  Para el rico puede ser una cifra.

  Para el trabajador puede significar:

  comida.

  renta.

  medicina.

  zapatos para sus hijos.

  electricidad.

  deudas.

  Un día más de supervivencia.

  Por eso Dios no ve solamente:

dinero retenido.

  Ve:

una persona defraudada.

  Y Santiago dice que ese salario:

«clama».

  La injusticia tiene voz delante de Dios.

El juez corrupto destruye mucho más que un caso

  Cuando alguien llega a un tribunal espera encontrar justicia.

  No perfección humana.

  Pero sí al menos una oportunidad de ser escuchado correctamente.

  Cuando un juez acepta soborno…

  favorece al poderoso…

  condena al inocente…

  o permite que el culpable escape porque tiene influencias…

  no solamente daña a una persona.

  Destruye:

confianza.

  La gente comienza a pensar:

  «¿Para qué denunciar?»

  «¿Para qué reclamar?»

  «¿Para qué buscar justicia si todo está comprado?»

  Y cuando una sociedad deja de confiar en sus tribunales…

  algo muy peligroso ocurre:

el ciudadano puede comenzar a sentir que está completamente solo.

  Isaías denunció esto:

«¡Ay de los que dictan leyes injustas, y prescriben tiranía, para apartar del juicio a los pobres, y para quitar el derecho a los afligidos de mi pueblo…!»

Isaías 10:1-2, RVR1960

  Observe.

  No está denunciando solamente a un ladrón.

  Está denunciando:

leyes injustas.

  La injusticia había llegado hasta la estructura misma.

Una sociedad puede institucionalizar el pecado

  Éste es uno de los puntos más importantes de este capítulo.

  El pecado no permanece siempre dentro del corazón individual.

  Puede organizarse.

  Puede escribirse.

  Puede administrarse.

  Puede financiarse.

  Puede protegerse legalmente.

  Puede convertirse en costumbre.

  Puede pasar de generación en generación.

  Y entonces tenemos sistemas completos donde mucha gente participa en algo injusto…

  sin sentir individualmente que está haciendo algo terrible.

  Uno firma.

  Otro ejecuta.

  Otro cobra.

  Otro autoriza.

  Otro calla.

  Otro mira hacia otro lado.

  Y al final:

alguien sufre.

  Así funciona muchas veces la injusticia institucional.

  No necesita que todos sean monstruos.

  Solamente necesita que suficientes personas acepten:

«así funciona el sistema».

El extranjero suele descubrir rápidamente si una sociedad es justa

  La Biblia habla repetidamente del extranjero.

  ¿Por qué?

  Porque el extranjero puede estar en una posición vulnerable.

  No conoce el sistema.

  No conoce las leyes.

  No tiene familia cerca.

  No tiene contactos.

  Quizá no domina el idioma.

  Y precisamente por eso puede ser fácil:

  engañarlo.

  pagarle menos.

  abusar de él.

  amenazarlo.

  despreciarlo.

  Dios dijo a Israel:

«Y no angustiarás al extranjero; porque vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero…»

Éxodo 23:9, RVR1960

  Qué expresión tan hermosa:

«sabéis cómo es el alma del extranjero».

  Dios no solamente habla de su condición legal.

  Habla de:

su alma.

  Su miedo.

  Su vulnerabilidad.

  Su sensación de estar fuera de casa.

  Su necesidad de protección.

La viuda y el huérfano revelan el corazón de una sociedad

  La Biblia menciona constantemente:

  la viuda.

  el huérfano.

  el pobre.

  el extranjero.

  ¿Por qué?

  Porque son personas que en muchas sociedades antiguas podían quedar sin alguien poderoso que las defendiera.

  Entonces Dios dijo:

«A ninguna viuda ni huérfano afligiréis.»

Éxodo 22:22, RVR1960

  Y Deuteronomio declara:

«Él hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido.»

Deuteronomio 10:18, RVR1960

  Eso nos revela algo impresionante acerca del corazón de Dios.

  Dios observa particularmente:

qué hacemos con quien no puede devolvernos el favor.

  Porque es fácil tratar bien al poderoso.

  Puede ayudarnos.

  Puede abrirnos puertas.

  Puede favorecer nuestros intereses.

  Pero la justicia verdadera se revela cuando tratamos correctamente:

a quien no puede hacernos poderosos.

Los profetas se enfrentaron constantemente con sociedades injustas

  Los profetas bíblicos no predicaban solamente acerca de asuntos privados.

  También denunciaban estructuras sociales.

  Amós dijo:

«…vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos.»

Amós 2:6, RVR1960

  ¡Qué imagen!

  Una vida humana reducida a:

un precio.

  Isaías dijo:

«Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.»

Isaías 1:17, RVR1960

  Miqueas resumió:

«Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno… solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.»

Miqueas 6:8, RVR1960

  Dios nunca fue indiferente a la injusticia.

  Nunca dijo:

  «Eso es solamente política.»

  «Eso es solamente economía.»

  «Eso es solamente cómo funciona el mundo.»

  No.

  Cuando alguien utiliza poder para aplastar al débil:

Dios lo ve.

El inocente condenado es una de las expresiones más dolorosas de la injusticia

  Imagine saber que usted no cometió un delito…

  pero nadie le cree.

  Imagine perder años de su vida.

  Su familia.

  Su reputación.

  Su libertad.

  Porque alguien mintió.

  Porque una investigación fue corrupta.

  Porque alguien necesitaba un culpable.

  Porque la persona correcta tenía más poder que usted.

  Pocas experiencias producen una sensación de impotencia tan profunda.

  La persona piensa:

«La verdad existe, pero no me está protegiendo».

  La Biblia condena directamente esto:

«El que justifica al impío, y el que condena al justo, ambos son igualmente abominación a Jehová.»

Proverbios 17:15, RVR1960

  Dios no confunde justicia con conveniencia.

La injusticia puede destruir generaciones

  Una injusticia no siempre termina con quien la sufrió inicialmente.

  Una familia despojada puede transmitir pobreza.

  Un padre encarcelado injustamente puede dejar hijos traumatizados.

  Un trabajador explotado puede no tener recursos para educar a sus hijos.

  Una comunidad abandonada puede deteriorarse durante décadas.

  Una guerra injusta puede producir generaciones enteras de desplazados.

  Una sociedad corrupta puede enseñar a sus jóvenes:

«Para sobrevivir también tendrás que corromperte».

  Entonces la injusticia deja de producir solamente víctimas.

  Puede comenzar a producir:

imitadores.

  El niño aprende:

  «El que tiene poder gana.»

  «La verdad no importa.»

  «Todo se compra.»

  «Ser honesto es para tontos.»

  Y entonces el sistema se reproduce.

La injusticia también destruye el mundo interior

  Ser tratado injustamente duele profundamente.

  Produce enojo.

  Impotencia.

  Humillación.

  Frustración.

  Desconfianza.

  Miedo.

  Algunas personas quedan atrapadas durante años en:

«Lo que me hicieron».

  Repasan conversaciones.

  Imaginan lo que deberían haber dicho.

  Esperan reparación.

  Quieren que alguien reconozca:

«Sí. Te hicieron mal».

  Y si nadie lo reconoce, pueden comenzar a preguntarse:

  «¿A nadie le importa?»

  «¿Nunca habrá justicia?»

  «¿El que me hizo daño simplemente continuará viviendo como si nada hubiera ocurrido?»

  La injusticia puede herir algo profundamente humano:

nuestro sentido de que el bien debería importar.

No fuimos creados para vivir en un mundo donde la injusticia sea normal

  Quizá nos hemos acostumbrado tanto que decimos:

«Así es el mundo».

  Sobornos.

  Favoritismos.

  Influyentismo.

  Explotación.

  Abuso de poder.

  Mentiras.

  Contratos tramposos.

  Funcionarios enriquecidos.

  Trabajadores defraudados.

  Inocentes condenados.

  Culpables protegidos.

  Y terminamos aceptándolo como si fuera parte natural de la existencia.

  Pero debemos volver a decirlo:

al principio no fue así.

  Dios no creó al fuerte para devorar al débil.

  No creó al rico para explotar al pobre.

  No creó al juez para vender sentencias.

  No creó al gobernante para enriquecerse con el sufrimiento del pueblo.

  No creó al empresario para usar trabajadores como piezas desechables.

  No creó al extranjero para que fuera despreciado.

  No creó a la viuda y al huérfano para que quedaran abandonados.

  Nosotros construimos:

un mundo capaz de institucionalizar la injusticia.

Y después preguntamos: «¿Dónde está Dios?»

  Ésta es una de las preguntas más dolorosas.

  Vemos corrupción.

  Explotación.

  Guerras.

  Pobreza provocada por decisiones humanas.

  Abuso.

  Personas despojadas.

  Inocentes sufriendo.

  Y preguntamos:

«¿Por qué Dios permite esto?»

  Pero antes de acusar a Dios quizá deberíamos preguntar:

  ¿Quién aceptó el soborno?

  ¿Quién falsificó la evidencia?

  ¿Quién robó el salario?

  ¿Quién abusó de su autoridad?

  ¿Quién escribió la ley injusta?

  ¿Quién explotó al trabajador?

  ¿Quién utilizó al pobre?

  ¿Quién comenzó la guerra?

  ¿Quién decidió enriquecerse mientras otros sufrían?

  Muchas veces encontramos una respuesta incómoda:

nosotros.

  No podemos construir sistemas injustos…

  participar en ellos…

  beneficiarnos de ellos…

  guardar silencio ante ellos…

  y después responsabilizar al Creador por:

lo que nosotros hicimos con su mundo.

Pero Dios no permaneció indiferente

  La Biblia no presenta a un Dios contemplando tranquilamente la injusticia.

  Los profetas demuestran exactamente lo contrario.

  Dios habló.

  Denunció.

  Advirtió.

  Defendió al pobre.

  Confrontó gobernantes.

  Condenó jueces corruptos.

  Exigió salarios justos.

  Protegió al extranjero.

  Defendió a la viuda.

  Escuchó el clamor del oprimido.

  Cuando Israel sufría esclavitud en Egipto, Dios dijo:

«Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor…»

Éxodo 3:7, RVR1960

  Observe:

«he visto».

«he oído».

  El sufrimiento humano no era invisible para Dios.

  Y tampoco lo es ahora.

Jesucristo entró personalmente en un mundo injusto

  Y entonces ocurrió algo extraordinario.

  Dios no solamente envió profetas a denunciar la injusticia.

  Jesucristo entró:

personalmente en nuestro mundo.

  Y Él mismo experimentó la injusticia.

  Fue acusado falsamente.

  Testigos mintieron.

  Las autoridades religiosas buscaron cómo condenarlo.

  Pilato reconoció:

«Ningún delito hallo en este hombre.»

Lucas 23:4, RVR1960

  Y aun así:

lo entregó.

  El hombre más inocente que jamás caminó sobre la tierra fue condenado por un sistema que sabía que era inocente.

  ¡Qué cuadro tan impresionante de El imperio de la muerte!

  La Verdad estaba delante del tribunal…

  y el tribunal condenó:

a la Verdad.

Pero la injusticia no tuvo la última palabra

  Los hombres pudieron condenar a Jesús.

  Pudieron crucificarlo.

  Pudieron colocar su cuerpo en una tumba.

  Pero no pudieron convertir su mentira en verdad.

  Dios levantó a Jesucristo de entre los muertos.

  Y la resurrección proclamó que el veredicto humano:

no era el veredicto final.

  Esto trae esperanza a cualquiera que haya sufrido injusticia.

  Puede ocurrir que un tribunal humano falle.

  Puede ocurrir que nadie reconozca lo que nos hicieron.

  Puede ocurrir que alguien escape de consecuencias durante años.

  Pero existe un tribunal superior.

  Existe un Juez que no puede ser comprado.

  Que no recibe soborno.

  Que conoce todos los hechos.

  Que escucha todas las conversaciones.

  Que conoce las intenciones.

  Y que jamás confunde:

al culpable con el inocente.

Cristo también nos llama a manifestar justicia aquí y ahora

  Pero nuestra esperanza no consiste solamente en esperar un juicio futuro.

  Jesús nos enseñó a manifestar el Reino de Dios:

ahora.

  Eso significa que donde encontramos injusticia podemos actuar.

  Podemos defender al débil.

  Podemos pagar justamente.

  Podemos negarnos a participar en corrupción.

  Podemos hablar cuando alguien no tiene voz.

  Podemos proteger al vulnerable.

  Podemos administrar negocios con integridad.

  Podemos ejercer autoridad sin explotación.

  Podemos ayudar al extranjero.

  Podemos cuidar al huérfano.

  Podemos acompañar a la viuda.

  Podemos denunciar aquello que destruye vidas.

  Isaías dijo:

«Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado…»

Isaías 1:17, RVR1960

  Observe el verbo:

«buscad».

  La justicia no siempre llega sola.

  Algunas veces tiene que haber personas dispuestas a:

buscarla.

El Reino de Dios produce otra clase de sociedad

  Cada vez que un empresario decide no explotar a sus trabajadores…

  cada vez que un juez se niega a vender una sentencia…

  cada vez que alguien devuelve lo que no le pertenece…

  cada vez que una persona poderosa protege en lugar de aprovecharse…

  cada vez que alguien defiende a quien no puede defenderse…

  cada vez que una iglesia alimenta al hambriento…

  cada vez que alguien trata al extranjero con dignidad…

  cada vez que la verdad vence al soborno…

  algo del Reino de Dios se hace visible:

aquí y ahora.

  No resolveremos mediante nuestras fuerzas toda la injusticia del planeta.

  Pero tampoco fuimos llamados a contemplarla indiferentes.

  Jesucristo nos enseñó otra manera de vivir.

  Una donde el grande sirve.

  El fuerte protege.

  El que tiene comparte.

  El que gobierna administra.

  El que posee poder lo utiliza para:

levantar, no aplastar.

Llegará el día en que nadie podrá comprar la justicia

  Y finalmente, el Reino que hoy comenzamos a manifestar tendrá su cumplimiento completo.

  Isaías anunció acerca del Mesías:

«Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite… disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre.»

Isaías 9:7, RVR1960

  Habrá un Rey incorruptible.

  No podrá ser comprado.

  No tendrá intereses ocultos.

  No favorecerá al rico porque sea rico.

  No despreciará al pobre porque sea pobre.

  No condenará al inocente.

  No protegerá al culpable por influencia.

  No olvidará al débil.

  No perderá un expediente.

  No necesitará testigos para descubrir la verdad.

  Porque:

Él conoce la verdad.

  Y entonces comprenderemos plenamente algo que El imperio de la muerte intentó hacernos olvidar:

  la justicia no era una fantasía.

  Era parte del corazón de Dios.

  El mundo injusto:

no fue el mundo que Él diseñó.

  Nosotros convertimos poder en privilegio.

  Dinero en influencia.

  Diferencias en explotación.

  Leyes en instrumentos.

  Personas en víctimas.

  Pero Jesucristo vino a anunciar otro Reino.

  Un Reino donde la verdad importa.

  La vida importa.

  El pobre importa.

  La viuda importa.

  El huérfano importa.

  El extranjero importa.

  El trabajador importa.

  El inocente importa.

  Y donde incluso aquel cuya voz nadie quiso escuchar puede descubrir:

Dios sí la escuchó.

  El imperio de la muerte construyó un mundo donde muchas veces el fuerte aplasta al débil.

  El Reino de Jesucristo anuncia exactamente lo contrario:

el Rey utiliza su poder para hacer justicia.

  Y nosotros, mientras caminamos en este mundo, podemos comenzar a vivir bajo ese Reino:

aquí y ahora.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.