22. Cuando olvidamos que el otro lleva la imagen de Dios

Dr. Elio M. Rivera

  Hay una verdad bíblica que debería cambiar por completo la manera en que miramos a cualquier ser humano.

  Al rico.

  Al pobre.

  Al niño.

  Al anciano.

  Al enfermo.

  Al extranjero.

  Al prisionero.

  Al discapacitado.

  Al que piensa diferente.

  Al que no puede ofrecernos nada.

  Al que incluso nos ha hecho daño.

  Todos ellos poseen algo que ninguna sociedad, gobierno, empresa, ejército, ideología o individuo tiene derecho a quitarles:

fueron creados a imagen de Dios.

  La Biblia lo establece desde el principio:

«Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…»

Génesis 1:26, RVR1960

  Y continúa:

«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.»

Génesis 1:27, RVR1960

  Antes de que el hombre tuviera una profesión…

  antes de producir…

  antes de poseer…

  antes de gobernar…

  antes de construir…

  antes incluso de formar una familia…

  ya tenía:

dignidad.

  No porque se la hubiera ganado.

  Sino porque Dios había colocado sobre él:

su imagen.

Así era al principio: el ser humano tenía un valor extraordinario

  Cuando Dios creó los cielos, las plantas, los animales y todo lo que existe, declaró que era bueno.

  Pero cuando llegó al hombre ocurrió algo diferente.

  Dios no dijo simplemente:

  «Haré otra criatura».

  Dijo:

«Hagamos al hombre a nuestra imagen».

  Eso colocó al ser humano en una posición singular dentro de la creación.

  No era Dios.

  Pero representaba algo de Dios dentro de la tierra.

  Poseía capacidad moral.

  Relacional.

  Racional.

  Creativa.

  Espiritual.

  Podía amar.

  Comunicar.

  Administrar.

  Responder a Dios.

  Ejercer autoridad delegada.

  Y sobre todo:

pertenecía a una categoría que Dios mismo había revestido de dignidad.

  Por eso el valor de una persona nunca dependió originalmente de:

  su fuerza.

  su belleza.

  su productividad.

  su inteligencia.

  su edad.

  su riqueza.

  su nacionalidad.

  su utilidad.

  Su valor estaba establecido antes de todo eso.

  Era humano.

  Y llevaba:

la imagen de Dios.

El otro no era una cosa

  Éste es un punto fundamental.

  En el diseño original, otro ser humano nunca debía ser considerado simplemente:

un objeto.

  No era una herramienta.

  No era mercancía.

  No era propiedad.

  No era un número.

  No era una pieza reemplazable.

  Era:

persona.

  Adán no recibió a Eva como un instrumento.

  Cuando la vio dijo:

«Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne…»

Génesis 2:23, RVR1960

  Había reconocimiento.

  Pertenencia.

  Igual dignidad humana.

  No era:

«¿Qué puedo sacar de ti?»

  Era:

«Eres parte de mí».

  Eso es extraordinariamente diferente del mundo que después construiríamos.

Esto fue lo que hicimos: dejamos de ver personas y comenzamos a ver utilidades

  Cuando el pecado entró, la manera de mirar al otro comenzó a cambiar.

  El otro podía convertirse en competencia.

  Amenaza.

  Obstáculo.

  Instrumento.

  Propiedad.

  Objeto de placer.

  Fuerza de trabajo.

  Mercancía.

  Número.

  Y finalmente:

estorbo.

  Cuando dejamos de recordar que delante de nosotros existe alguien hecho a imagen de Dios, se vuelve mucho más fácil preguntarnos:

«¿Para qué me sirve?»

  En lugar de:

«¿Cuánto vale?»

  Y esas dos preguntas pueden producir mundos completamente distintos.

  Si una persona vale únicamente por lo que produce, cuando deja de producir pierde valor.

  Si vale únicamente por su belleza, cuando envejece pierde valor.

  Si vale por su inteligencia, quien tiene una discapacidad parece valer menos.

  Si vale por su riqueza, el pobre se vuelve invisible.

  Si vale por su poder, el débil puede ser aplastado.

  Si vale por lo que puede darme…

  el día que ya no pueda darme nada:

puedo desecharlo.

  Ésa es una de las puertas más oscuras de El imperio de la muerte.

Cuando el prójimo se convierte en mercancía

  A lo largo de la historia humana encontramos una tragedia repetida:

  personas comprando personas.

  Vendiendo personas.

  Explotando personas.

  Utilizando cuerpos.

  Forzando trabajo.

  Secuestrando.

  Traficando.

  Convirtiendo vidas humanas en números económicos.

  ¿Cómo llega una sociedad hasta allí?

  Primero tiene que suceder algo dentro de la mente:

dejar de ver a la persona como persona.

  Cuando alguien se convierte solamente en «mano de obra», es más fácil explotarlo.

  Cuando se convierte solamente en «cuerpo», es más fácil consumirlo.

  Cuando se convierte solamente en «enemigo», es más fácil odiarlo.

  Cuando se convierte solamente en «problema», es más fácil eliminarlo.

  Cuando se convierte solamente en «costo», es más fácil abandonarlo.

  El lenguaje cambia primero.

  Después puede cambiar:

la conducta.

Antes de destruir a una persona solemos deshumanizarla

  Ésta ha sido una estrategia terrible a través de la historia.

  Para maltratar a alguien sin sentir el peso completo de lo que hacemos, primero necesitamos reducirlo mentalmente.

  Deja de ser:

  un padre.

  una madre.

  un hijo.

  una hija.

  una persona con sueños.

  una criatura con historia.

  alguien amado por otros.

  alguien que puede sentir dolor.

  Y se convierte simplemente en:

«uno de ellos».

  Un enemigo.

  Un número.

  Una categoría.

  Una carga.

  Entonces la conciencia puede comenzar a apagarse.

  Porque es más fácil destruir:

una etiqueta

  que:

una persona.

Caín olvidó que Abel era su hermano

  Después de matar a Abel, Dios preguntó a Caín:

«¿Dónde está Abel tu hermano?»

Génesis 4:9, RVR1960

  Observe cómo Dios lo llama:

«tu hermano».

  Caín respondió:

«No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?»

Génesis 4:9, RVR1960

  Qué pregunta tan terrible.

  En esencia:

«¿Qué me importa él?»

  Pero Dios sí estaba mirando a Abel.

  Dios dijo:

«La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.»

Génesis 4:10, RVR1960

  Abel no era una estadística.

  No era un cadáver más.

  Era:

«tu hermano».

  Y su sangre importaba a Dios.

Génesis 9:6: la vida humana es sagrada porque lleva la imagen de Dios

  Después del diluvio aparece uno de los textos más importantes de toda la Biblia sobre el valor de la vida humana:

«El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.»

Génesis 9:6, RVR1960

  Observe la razón.

  Dios no dice simplemente:

  «No maten porque la sociedad necesita orden».

  Dice:

«porque a imagen de Dios es hecho el hombre».

  La gravedad de derramar sangre humana está directamente relacionada con:

quién representa ese ser humano.

  Atacar injustamente la vida humana no es simplemente dañar materia biológica.

  Es atentar contra una criatura que lleva:

la imagen del Creador.

  Eso eleva extraordinariamente el valor de la vida.

  Y observe algo más.

  Génesis 9 ocurre:

después de la caída.

  Después del pecado.

  Después de la violencia.

  Después del diluvio.

  Y aun así Dios sigue diciendo que el hombre:

es hecho a su imagen.

  El pecado dañó al hombre.

  Distorsionó profundamente su condición.

  Pero no convirtió al ser humano en algo sin valor.

  La imagen fue dañada en su expresión…

  pero la dignidad humana:

no desapareció.

Cuando olvidamos esto aparece la explotación

  ¿Por qué pagar injustamente a alguien si puedo aprovechar su necesidad?

  ¿Por qué proteger al débil si no puede devolverme nada?

  ¿Por qué respetar a una mujer si la considero solamente un cuerpo?

  ¿Por qué cuidar a un anciano si ya no produce?

  ¿Por qué proteger a una persona discapacitada si la sociedad la considera una carga?

  ¿Por qué preocuparme por un extranjero?

  ¿Por qué importarme un prisionero?

  ¿Por qué defender al pobre?

  La respuesta bíblica es profundamente sencilla:

porque lleva la imagen de Dios.

  Quizá esté sucia.

  Herida.

  Confundida.

  Enferma.

  Empobrecida.

  Encarcelada.

  Envejecida.

  Dependiente.

  Pero continúa siendo:

humana.

  Y eso basta para conferir una dignidad que nosotros no tenemos derecho a cancelar.

Cuando olvidamos la imagen de Dios aparece el abuso

  El abuso necesita una mentira:

«Mi deseo vale más que tu dignidad».

  El abusador dice con sus actos:

  mi enojo vale más que tu cuerpo.

  mi placer vale más que tu voluntad.

  mi poder vale más que tu libertad.

  mi comodidad vale más que tu sufrimiento.

  mi beneficio vale más que tu bienestar.

  Eso es exactamente lo contrario del diseño de Dios.

  Porque si la otra persona lleva la imagen de Dios…

  no puedo tratarla como:

una cosa.

El poder se vuelve peligroso cuando deja de reconocer dignidad

  Un gobierno que deja de ver ciudadanos y solamente ve números puede comenzar a sacrificar personas por intereses.

  Una empresa que deja de ver trabajadores y solamente ve costos puede destruir vidas para mejorar resultados.

  Un ejército que deja de ver seres humanos y solamente ve objetivos puede perder su conciencia.

  Una familia que deja de ver dignidad puede normalizar maltrato.

  Una sociedad que divide a las personas entre «útiles» e «inútiles» ha comenzado a caminar por un territorio muy peligroso.

  Porque tarde o temprano alguien tendrá que decidir:

quién merece seguir contando.

  Y ningún ser humano posee autoridad para determinar que otro ser humano ha dejado de tener dignidad.

La imagen de Dios destruye nuestras categorías de superioridad

  Si ambos fuimos creados a imagen de Dios…

  no puedo decir:

  «Mi vida vale más porque tengo más dinero».

  No.

  «Valgo más porque tengo estudios».

  No.

  «Valgo más porque soy más fuerte».

  No.

  «Valgo más porque nací en otro país».

  No.

  «Valgo más porque pertenezco a determinada familia».

  No.

  Puedo tener responsabilidades diferentes.

  Capacidades diferentes.

  Funciones diferentes.

  Pero delante de Dios compartimos una realidad básica:

somos seres humanos creados a su imagen.

  Eso debería destruir:

  la arrogancia.

  el desprecio.

  la explotación.

  la crueldad.

  la cosificación.

El imperio de la muerte convierte personas en números

  Una de las características más perturbadoras de nuestro mundo es la facilidad con que grandes tragedias se convierten en estadísticas.

  Cien muertos.

  Mil desplazados.

  Diez mil víctimas.

  Millones de pobres.

  Y después de cierto punto nuestra mente puede dejar de imaginar:

personas.

  Pero cada número tiene un nombre.

  Cada muerto tuvo una historia.

  Cada niño tuvo miedo.

  Cada madre amó a alguien.

  Cada anciano tuvo recuerdos.

  Cada refugiado dejó una casa.

  Cada víctima tenía planes para el día siguiente.

  Para nosotros pueden ser cifras.

  Para Dios:

son personas.

Jesús restauró la mirada hacia el ser humano

  Cuando observamos a Jesucristo encontramos algo extraordinario.

  Él veía personas donde otros veían categorías.

  Otros veían:

«leproso».

  Jesús veía a un hombre.

  Otros veían:

«pecadora».

  Jesús veía a una mujer.

  Otros veían:

«publicano».

  Jesús veía a alguien que podía ser transformado.

  Otros veían:

«ciego».

  Jesús veía a una persona que necesitaba misericordia.

  Otros veían niños como interrupción.

  Jesús dijo:

«Dejad a los niños venir a mí…»

Marcos 10:14, RVR1960

  Jesús no permitía que una condición sustituyera:

la identidad humana.

  Eso es profundamente importante.

  Una persona tiene una enfermedad.

  No es solamente:

«el enfermo».

  Cometió un pecado.

  No es únicamente:

«el pecador».

  Está encarcelada.

  No es solamente:

«el preso».

  Es pobre.

  No es solamente:

«el pobre».

  Antes de todas nuestras etiquetas existe:

una persona.

Jesús llevó esta verdad todavía más lejos

  En Mateo 25, Jesús habló de quienes tenían hambre, sed, estaban desnudos, enfermos o encarcelados.

  Y declaró:

«De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.»

Mateo 25:40, RVR1960

  Qué manera tan radical de mirar al prójimo.

  Cuando atendemos al vulnerable…

  Cristo toma ese acto:

personalmente.

  Y cuando despreciamos al ser humano, no estamos tratando solamente con una criatura cualquiera.

  Estamos tratando con alguien sobre quien Dios ha colocado:

dignidad.

El otro puede ser mi enemigo y aun así seguir siendo humano

  Aquí la enseñanza de Jesús se vuelve todavía más difícil.

  Él dijo:

«Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen…»

Mateo 5:44, RVR1960

  ¿Por qué?

  Porque el enemigo no deja de ser humano porque se convirtió en enemigo.

  Eso no significa llamar bueno a lo malo.

  No significa negar justicia.

  No significa permitir abuso.

  No significa eliminar consecuencias.

  Significa que ni siquiera el conflicto nos da derecho a convertir a otra persona:

en una cosa.

  Podemos oponernos al mal sin perder nuestra humanidad.

  Podemos buscar justicia sin convertirnos en verdugos interiores.

  Podemos establecer límites sin negar dignidad.

¿Qué ocurre cuando recuperamos esta verdad?

  Comenzamos a mirar diferente.

  Al mesero.

  Al empleado.

  Al paciente.

  Al anciano.

  Al niño.

  Al pobre.

  Al migrante.

  Al prisionero.

  Al discapacitado.

  A la persona difícil.

  Incluso a quien no puede ofrecernos nada.

  Ya no preguntamos primero:

«¿Qué puede hacer por mí?»

  Recordamos:

«Lleva la imagen de Dios».

  Y eso cambia nuestra manera de hablar.

  De pagar.

  De tratar.

  De cuidar.

  De corregir.

  De ejercer autoridad.

  De hacer negocios.

  De gobernar.

  De relacionarnos.

Cristo vino a restaurar también la imagen dañada en nosotros

  La esperanza no consiste solamente en aprender a respetar más al prójimo.

  Cristo vino a realizar algo mucho más profundo.

  Pablo habla del nuevo hombre:

«…el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno.»

Colosenses 3:10, RVR1960

  Qué declaración.

  La imagen que el pecado distorsionó puede comenzar a ser:

restaurada.

  Y Romanos dice que Dios nos predestinó:

«para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo…»

Romanos 8:29, RVR1960

  El propósito de Cristo no es solamente perdonarnos.

  También está formando nuevamente en nosotros:

la semejanza del Hijo.

  De modo que podamos mirar como Él mira.

  Amar como Él ama.

  Servir como Él sirve.

  Proteger como Él protege.

  Valorar a las personas como Él las valora.

El Reino de Dios devuelve dignidad

  Por eso, cuando el Reino de Dios se manifiesta, las personas dejan de ser mercancía.

  El débil es protegido.

  El enfermo es atendido.

  El hambriento es alimentado.

  El cautivo recibe esperanza.

  El rechazado encuentra lugar.

  El pecador encuentra posibilidad de redención.

  El herido es tratado como alguien digno de ser restaurado.

  No porque todos hayan hecho lo correcto.

  Sino porque ninguna caída cancela el hecho fundamental de que estamos tratando con:

seres humanos.

  Y cada vez que devolvemos dignidad donde el mundo produjo desprecio…

  cada vez que protegemos donde otros explotan…

  cada vez que servimos donde otros utilizan…

  cada vez que defendemos vida donde otros ven un estorbo…

  estamos mostrando cómo luce:

el Reino de Dios.

  El imperio de la muerte nos enseñó a convertir personas en objetos.

  Cristo nos enseña a volver a ver:

rostros.

  Personas.

  Historias.

  Dolores.

  Sueños.

  Y detrás de todos ellos:

la huella del Creador.

  Tal vez una de las preguntas más importantes que podemos aprender a hacernos antes de tratar a cualquier persona sea ésta:

«¿Estoy tratando a este ser humano como trataría a alguien que lleva la imagen de Dios?»

  Porque cuando olvidamos esa verdad…

  aparecen la explotación, el abuso, la opresión y el desprecio por la vida.

  Pero cuando volvemos a verla…

  algo comienza a cambiar.

  Ya no veo un objeto.

  No veo una mercancía.

  No veo solamente un enemigo.

  No veo un número.

  No veo un estorbo.

  Veo:

una persona creada a imagen de Dios.

  Y eso significa que su vida:

importa.

 

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.