21. En el imperio de la muerte se pierde la esperanza

Dr. Elio M. Rivera

  Hay momentos en los que una persona puede soportar mucho dolor mientras todavía conserva una cosa:

esperanza.

  Puede estar enferma, pero piensa:

«Voy a mejorar».

  Puede tener problemas económicos, pero dice:

«Voy a salir de esto».

  Puede atravesar una crisis matrimonial, pero todavía cree:

«Podemos restaurarlo».

  Puede haber perdido algo importante, pero continúa pensando:

«Mi vida todavía puede reconstruirse».

  La esperanza tiene una fuerza extraordinaria.

  Nos permite caminar cuando todavía no vemos la salida.

  Nos permite levantarnos cuando el día anterior fue terrible.

  Nos permite soportar una noche difícil porque creemos que:

mañana puede ser diferente.

  Pero cuando la esperanza muere…

  algo profundo comienza a morir también dentro de la persona.

  Ya no dice:

«Esto es difícil».

  Dice:

«Esto nunca va a cambiar».

  Ya no piensa:

«Estoy pasando por una crisis».

  Piensa:

«Ésta será mi vida para siempre».

  Ya no pregunta:

«¿Cómo salgo de aquí?»

  Comienza a preguntarse:

«¿Para qué seguir intentándolo?»

  Y ése es uno de los territorios más oscuros de El imperio de la muerte:

cuando el hombre deja de creer que existe un mañana mejor.

Así era al principio: el futuro no era una amenaza

  Adán no despertaba cada mañana preguntándose:

«¿Qué tragedia ocurrirá hoy?»

  No vivía esperando una mala noticia.

  No tenía recuerdos de guerras.

  No conocía cementerios.

  No había sufrido traiciones.

  No había visto hijos morir.

  No conocía enfermedades incurables.

  No había experimentado bancarrotas.

  No tenía una historia llena de pérdidas que le enseñara a desconfiar del futuro.

  El futuro estaba abierto delante de él.

  Había trabajo.

  Había propósito.

  Había familia.

  Había provisión.

  Había comunión con Dios.

  Había vida.

  Dios había bendecido al hombre y le había dado una misión:

«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla…»

Génesis 1:28, RVR1960

  Eso implicaba futuro.

  Había algo que construir.

  Algo que desarrollar.

  Algo que disfrutar.

  Algo que esperar.

  La vida no parecía una cuenta regresiva hacia la destrucción.

  Parecía una historia que apenas comenzaba.

Esto fue lo que hicimos: convertimos el futuro en algo que también puede doler

  Después de la caída todo cambió.

  El hombre descubrió que podía perder.

  Podía sufrir.

  Podía enfermar.

  Podía ser traicionado.

  Podía fracasar.

  Podía enterrar a alguien que amaba.

  Podía trabajar y no obtener fruto.

  Podía amar y ser abandonado.

  Podía construir algo durante años y perderlo en poco tiempo.

  Podía tener una familia y verla fragmentarse.

  Podía sentirse fuerte y un día recibir un diagnóstico.

  Podía levantarse una mañana sin imaginar que al terminar ese día su vida habría cambiado para siempre.

  El futuro dejó de ser solamente un espacio de posibilidades.

  También comenzó a contener:

amenazas.

  Y con suficientes golpes, una persona puede comenzar a decir:

«Ya no espero nada bueno».

Así vivimos ahora: hay personas que han dejado de esperar

  No todas las personas que han perdido la esperanza lloran todo el día.

  Algunas continúan trabajando.

  Se levantan.

  Se bañan.

  Van a la oficina.

  Atienden clientes.

  Cuidan hijos.

  Sonríen.

  Contestan:

«Estoy bien».

  Pero interiormente ya no esperan nada.

  No sueñan.

  No planean.

  No imaginan un futuro diferente.

  Simplemente:

sobreviven.

  Un día detrás de otro.

  Una semana detrás de otra.

  Un año detrás de otro.

  La persona no necesariamente quiere morir.

  Pero tampoco siente que está realmente viviendo.

  Puede llegar a pensar:

«¿Esto es todo?»

  «¿Para esto nací?»

  «¿Así será siempre?»

  «¿Qué sentido tiene seguir intentándolo?»

  La desesperanza puede apagar lentamente el deseo de luchar.

Cuando el dolor dura demasiado, la mente puede empezar a creer que será permanente

  Éste es uno de los engaños más crueles de la desesperanza.

  Convierte una temporada en una sentencia.

  Una persona atraviesa seis meses difíciles…

  y comienza a pensar:

«Toda mi vida será así».

  Pierde un empleo…

  y piensa:

«Nunca volveré a levantarme».

  Fracasa en una relación…

  y concluye:

«Nunca nadie me amará».

  Comete errores…

  y piensa:

«Yo nunca voy a cambiar».

  Recibe malas noticias médicas…

  y su mente inmediatamente salta al peor desenlace.

  La desesperanza toma palabras como:

hoy

  y las convierte en:

siempre.

  Toma:

todavía no

  y lo transforma en:

nunca.

  Toma una puerta cerrada…

  y declara que:

todas están cerradas.

  Pero eso no necesariamente es verdad.

  Es la manera en que el dolor comienza a interpretar el futuro.

La pérdida de esperanza afecta todo el interior del hombre

  Cuando dejamos de esperar algo bueno, la motivación disminuye.

  ¿Por qué intentarlo?

  ¿Por qué estudiar?

  ¿Por qué cambiar?

  ¿Por qué luchar por el matrimonio?

  ¿Por qué comenzar de nuevo?

  ¿Por qué cuidar mi cuerpo?

  ¿Por qué buscar otra oportunidad?

  ¿Por qué orar?

  ¿Por qué levantarme?

  La esperanza mueve.

  La desesperanza:

paraliza.

  Puede aparecer cansancio emocional.

  Apatía.

  Aislamiento.

  Irritabilidad.

  Pérdida de interés.

  Sensación de vacío.

  Dificultad para imaginar el futuro.

  Y algunas personas comienzan incluso a pensar que su existencia ya no tiene propósito.

  El problema no es solamente lo que están viviendo.

  Es lo que han comenzado a creer:

«Nada cambiará».

  Y cuando esa idea se instala profundamente, el dolor del presente parece extenderse hasta el final de la vida.

La desesperanza puede convertirse en una prisión invisible

  Una prisión no siempre tiene barrotes.

  Algunas están construidas con frases.

«No puedo».

«No hay salida».

«Ya se acabó».

«Siempre será igual».

«Dios se olvidó de mí».

«Nada tiene sentido».

  Una persona puede caminar libremente por la calle y estar encerrada dentro de esas palabras.

  Puede tener oportunidades delante…

  y no verlas.

  Puede recibir ayuda…

  y no creer que servirá.

  Puede escuchar una promesa…

  y pensar:

«Eso es para otros, no para mí».

  La desesperanza no solamente oscurece el futuro.

  También puede impedirnos reconocer las puertas que todavía permanecen abiertas en el presente.

El imperio de la muerte intenta convencernos de que el dolor tendrá la última palabra

  Ésa es su mentira.

  Cuando una persona pierde a alguien, escucha interiormente:

«Nunca volverás a ser feliz».

  Cuando un negocio fracasa:

«Nunca volverás a levantarte».

  Cuando el cuerpo enferma:

«Todo terminará mal».

  Cuando un matrimonio se rompe:

«Tu historia terminó aquí».

  Cuando alguien cae en pecado:

«Nunca cambiarás».

  Cuando fracasa repetidamente:

«Ya no intentes».

  La desesperanza busca convertir cada herida en:

un veredicto.

  Pero una herida no es un veredicto.

  Una caída no es necesariamente el final.

  Una crisis no es toda la historia.

  Y un capítulo oscuro:

no significa que el libro terminó.

No fuimos creados para vivir sin esperanza

  El hombre fue creado con propósito.

  Con futuro.

  Con comunión.

  Con capacidad de producir.

  Con capacidad de amar.

  Con una misión.

  Por eso la desesperanza resulta tan destructiva.

  Ataca algo profundamente humano:

nuestra capacidad de mirar hacia adelante.

  Una persona necesita algo hacia dónde caminar.

  Algo que esperar.

  Algo que construir.

  Algo que creer.

  Algo que todavía pueda ocurrir.

  Cuando todo eso desaparece, el alma comienza a sentirse atrapada.

  Pero nuevamente debemos recordar:

al principio no fue así.

  Dios no creó al hombre para caminar por la vida pensando:

«No existe futuro».

  La desesperanza pertenece a un mundo herido.

  No al corazón original de Dios para nosotros.

La Biblia conoce perfectamente el lenguaje de la desesperanza

  Las Escrituras no ocultan momentos de profundo abatimiento.

  El salmista preguntó:

«¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?»

Salmo 42:5, RVR1960

  Pero no terminó allí.

  Inmediatamente se habló a sí mismo:

«Espera en Dios…»

Salmo 42:5, RVR1960

  Observe la batalla.

  El alma dice:

«Estoy abatida».

  La fe responde:

«Espera en Dios».

  No niega el dolor.

  No finge que todo está bien.

  Pero se niega a permitir que el dolor determine:

el final de la historia.

Cristo vino precisamente a donde parecía que ya no había esperanza

  Esto es extraordinario.

  Jesús llegó constantemente a situaciones que parecían terminadas.

  Un ciego que llevaba años sin ver.

  Una mujer enferma durante doce años.

  Un paralítico.

  Un leproso.

  Una hija que había muerto.

  Un hijo atormentado.

  Un hombre que llevaba cuatro días dentro de una tumba.

  Situaciones donde humanamente podía decirse:

«Ya no hay nada que hacer».

  Y entonces llegaba Jesús.

  Frente a la tumba de Lázaro, Marta dijo:

«Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.»

Juan 11:21, RVR1960

  Ella hablaba desde algo que ya había ocurrido.

  El pasado parecía irreversible.

  Lázaro estaba muerto.

  Pero Jesús respondió:

«Tu hermano resucitará.»

Juan 11:23, RVR1960

  Donde todos veían:

final

  Jesucristo todavía veía:

posibilidad.

  Y después gritó:

«¡Lázaro, ven fuera!»

Juan 11:43, RVR1960

  Y el muerto salió.

  Eso es lo que sucede cuando el Reino de la vida entra en territorio de El imperio de la muerte.

Cristo mismo entró en el lugar donde toda esperanza parecía haber muerto

  Después llegó la cruz.

  Jesús murió.

  Su cuerpo fue colocado en una tumba.

  Una piedra cerró la entrada.

  Sus discípulos se dispersaron.

  Sus sueños parecían destruidos.

  Todo parecía terminado.

  Si alguna vez hubo una escena que gritaba:

«Ya no hay esperanza»

  era aquella tumba.

  Pero llegó el tercer día.

  La piedra fue removida.

  La tumba quedó vacía.

  Jesucristo resucitó.

  Y desde entonces ningún hijo de Dios tiene que mirar una situación y concluir demasiado pronto:

«Todo terminó».

  Porque nuestra fe nació precisamente alrededor de una tumba que:

no pudo retener a Cristo.

Jesucristo es nuestra esperanza aquí y ahora

  Pedro escribió:

«Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos.»

1 Pedro 1:3, RVR1960

  Observe las palabras:

«esperanza viva».

  No una esperanza muerta.

  No una esperanza teórica.

  No solamente esperanza para después de nuestra muerte.

Esperanza viva.

  Aquí.

  Ahora.

  Podemos esperar restauración.

  Podemos esperar sanidad.

  Podemos esperar puertas nuevas.

  Podemos esperar provisión.

  Podemos esperar reconciliación.

  Podemos esperar dirección.

  Podemos esperar oportunidades que todavía no vemos.

  Podemos creer que aquello que durante años no cambió:

puede cambiar.

  Podemos orar por situaciones imposibles.

  Podemos creer que Dios intervenga sobrenaturalmente.

  Podemos comenzar nuevamente.

  Podemos reconstruir.

  Podemos levantarnos después de haber caído.

  Podemos volver a soñar.

  No porque neguemos la realidad.

  Sino porque conocemos a un Dios que:

no está limitado por ella.

El Reino de Dios devuelve futuro a quienes pensaban que ya no lo tenían

  Quizá alguien piense:

«Perdí demasiados años».

  Dios todavía puede utilizar los que quedan.

  «Fallé demasiadas veces.»

  Todavía puedes levantarte.

  «Mi familia está demasiado dañada.»

  Dios todavía puede comenzar una obra.

  «Mi cuerpo está demasiado enfermo.»

  Podemos orar y creer por sanidad.

  «Mi situación económica es imposible.»

  Dios todavía puede abrir una puerta.

  «Mi vida ya no tiene propósito.»

  Mientras Dios te dé aliento:

todavía existe propósito.

  La desesperanza dice:

«No hay futuro».

  Jesucristo dice:

«Yo soy… la vida.»

Juan 14:6, RVR1960

  La desesperanza dice:

«Esto está muerto».

  Jesucristo dice:

«Yo soy la resurrección y la vida.»

Juan 11:25, RVR1960

  La desesperanza dice:

«Ya no puedo más».

  Cristo dice:

«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.»

Mateo 11:28, RVR1960

Todavía puede suceder algo bueno

  Quizá ésa sea una de las frases que El imperio de la muerte más quiere quitarnos:

«Todavía puede suceder algo bueno».

  Todavía puede abrirse una puerta.

  Todavía puede llegar una respuesta.

  Todavía puede producirse una sanidad.

  Todavía puede restaurarse una relación.

  Todavía puede surgir una idea.

  Todavía puede aparecer una oportunidad.

  Todavía puede ocurrir un milagro.

  Todavía puede comenzar un capítulo que hoy:

no podemos imaginar.

  Mientras Dios siga siendo Dios:

la desesperanza nunca tiene derecho a declararse absoluta.

  Porque nuestra esperanza no descansa finalmente en que todo salga como nosotros pensamos.

  Descansa en:

quién está con nosotros.

  Y si Jesucristo pudo convertir una cruz en redención…

  una tumba en resurrección…

  y la muerte en puerta hacia la vida…

  entonces nunca debemos olvidar:

Dios todavía puede escribir después del punto donde nosotros pensábamos que la historia había terminado.

  El imperio de la muerte intenta robarnos el futuro antes de que llegue.

  Pero Jesucristo nos devuelve algo que el dolor había intentado sepultar:

esperanza.

  Esperanza para levantarnos.

  Esperanza para sanar.

  Esperanza para reconstruir.

  Esperanza para creer.

  Esperanza para volver a vivir.

  No solamente algún día.

Aquí y ahora.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.