13.1 Roma y los enfermos: cuando la enfermedad se convertía en abandono

El hombre junto al muro

La gente pasaba junto a él como si ya formara parte de la calle.

    Llevaba días recostado contra el muro de piedra cerca del mercado, cubierto apenas con una tela vieja endurecida por el polvo y el sudor. Durante la madrugada el frío le hacía temblar el cuerpo, y al llegar el mediodía el calor parecía consumirle lentamente la piel bajo el sol abrasador. La tos le desgarraba el pecho una y otra vez hasta dejarlo sin aire. A veces intentaba incorporarse para pedir agua o un poco de alimento, pero sus fuerzas apenas alcanzaban para sostenerse unos segundos antes de volver a caer contra la pared.

    Y mientras él se deterioraba lentamente, la ciudad seguía moviéndose alrededor como si nada estuviera ocurriendo.

    Los comerciantes continuaban gritando precios. Los carros seguían atravesando las calles. Las personas negociaban mercancías, discutían, reían y caminaban apresuradas evitando permanecer demasiado tiempo cerca de aquel hombre enfermo.

    No querían acercarse demasiado.

    Algunos sentían miedo de terminar igual. Otros pensaban que enfermedades así quizá eran señales del juicio de los dioses o desgracias capaces de traer mala suerte sobre una casa entera. Había quienes simplemente no querían mirar demasiado tiempo el sufrimiento humano, como si ignorarlo pudiera alejarlos de la posibilidad de sufrir también algún día.

    Un par de niños lo observaron desde lejos antes de que su madre los jalara rápidamente del brazo apartándolos del camino. Un hombre cubrió discretamente su nariz mientras aceleraba el paso. Una mujer dejó un pequeño trozo de pan cerca de él… pero ni siquiera se atrevió a tocarlo.

    Porque el miedo muchas veces terminaba aislando a los enfermos incluso antes de que murieran.

    Y quizá una de las cosas más dolorosas era precisamente eso: el abandono.

    El hombre cerró los ojos por unos segundos mientras intentaba recordar cuándo había sido la última vez que alguien le habló con cariño. Su mente todavía volvía por momentos al día en que enfermó gravemente y las personas comenzaron a alejarse poco a poco. Primero dejaron de visitarlo los vecinos. Después algunos familiares comenzaron a mantener distancia. Finalmente terminó allí, junto al muro, sobreviviendo entre la suciedad, el dolor y el silencio.

    Porque en muchos casos, cuando una persona ya no podía trabajar, producir o sostenerse, lentamente comenzaba a desaparecer delante de la sociedad.

    Y en medio de la fiebre, del hambre y de la soledad, quizá lo que más destruía a muchos enfermos no era solamente el sufrimiento físico.

    Era la sensación de que el mundo seguía adelante… mientras ellos eran dejados atrás.

 

En tiempos del Imperio romano no existían hospitales como los que conocemos hoy. Algunas personas ricas podían pagar médicos privados, pero la mayoría de los pobres dependía de remedios limitados, supersticiones, curanderos o simplemente de la ayuda de familiares. Muchos enfermos graves quedaban prácticamente a su suerte.

    Roma admiraba la fuerza, la productividad y la utilidad. Por eso, quienes no podían trabajar, luchar o sostenerse muchas veces terminaban siendo vistos como cargas sociales. Los mendigos enfermos eran comunes en caminos y ciudades. Algunos quedaban tirados cerca de mercados, templos o puertas públicas esperando misericordia de los transeúntes.

    Los enfermos mentales muchas veces sufrían todavía más.

    En una época donde se entendía muy poco acerca de trastornos mentales, epilepsia, depresión severa o comportamientos alterados, muchas personas eran consideradas peligrosas, impuras o poseídas por fuerzas espirituales. Algunos terminaban encerrados, golpeados o atados para evitar que “causaran problemas”. Existen registros históricos de personas mantenidas encadenadas o sujetadas físicamente debido al temor que producían sus comportamientos.

    Los discapacitados y minusválidos también enfrentaban una realidad muy dura. En una sociedad obsesionada con la fuerza y el honor, muchos eran tratados como personas sin valor. Algunos niños nacidos con deformidades o discapacidades eran abandonados desde pequeños. Otros crecían sobreviviendo únicamente mediante limosnas. Para muchos dentro del sistema romano, la debilidad física era vista más como una carga que como una vida digna de compasión.

    Al mismo tiempo, muchos enfermos buscaban ayuda espiritual en templos dedicados a Esculapio, el dios romano de la medicina y la sanidad. Personas de distintas regiones viajaban esperando recibir sueños, rituales o supuestas curaciones dentro de aquellos lugares. Algunos dormían en los templos esperando señales divinas mientras sacerdotes realizaban ceremonias, ofrecían remedios o practicaban rituales religiosos relacionados con la salud.

    Pero aun con todo aquello, millones seguían muriendo solos.

    Imagine vivir en un mundo donde enfermar gravemente podía significar perderlo todo. Donde una discapacidad podía convertirlo en invisible para la sociedad. Donde una enfermedad mental podía transformarlo en objeto de miedo o rechazo. Imagine el dolor de sentirse tratado como una carga mientras su cuerpo se deteriora lentamente delante de todos.

    Y fue precisamente entre personas así donde Jesucristo comenzó a caminar.

    Eso hace tan impactante la manera en que los Evangelios describen a Jesús. Porque mientras muchos evitaban tocar enfermos, Cristo se acercaba a ellos. Mientras otros se apartaban de los leprosos, Jesús extendía Su mano. Mientras algunos consideraban impuros o inútiles a los débiles, Cristo les devolvía dignidad delante de todos.

    Roma muchas veces veía la enfermedad como debilidad.

    Jesús veía personas.

    Roma apartaba a quienes sufrían.

    Cristo se acercaba a ellos.

    Y quizá por eso tantos enfermos comenzaron a seguirlo. Porque en un mundo donde muchos se sentían olvidados, rechazados o invisibles, Jesús hacía algo completamente distinto:

    Los miraba con compasión.

También queremos compartirle música con propósito.


Aunque esta canción no está relacionada directamente con el tema de este artículo, creemos que puede ser de bendición para su vida y acompañarle en un momento de reflexión, oración o descanso.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.