15. El día en que cambió el gobierno de la Tierra

Dr. Elio M Rivera

Satanás usurpó una autoridad que Dios había dado al hombre

  Cuando Adán desobedeció, ocurrió algo todavía más profundo que una ruptura moral.

  El hombre había recibido de Dios autoridad sobre la Tierra.

  «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…»
  Génesis 1:26, RVR1960

  Aquella autoridad no había sido entregada a Lucero.

  Había sido entregada al hombre.

  Pero cuando Adán decidió obedecer la voz del rebelde en lugar de permanecer bajo el gobierno de Dios, abrió una puerta que tendría consecuencias enormes.

  Satanás no recibió legítimamente la Tierra de parte de Dios.

  La usurpó.

  No se convirtió en creador.

  No se convirtió en dueño absoluto.

  No dejó de ser criatura.

  Pero mediante la caída del hombre consiguió ejercer una influencia y un dominio que antes no le pertenecían.

  La Escritura terminaría llamándolo:

  «el príncipe de este mundo»
  Juan 12:31, RVR1960

  Pablo lo llama también:

  «el dios de este siglo»
  2 Corintios 4:4, RVR1960

  No porque Satanás sea Dios.

  No porque haya dejado de estar bajo la soberanía del Creador.

  Sino porque el mundo humano, al rebelarse contra Dios, quedó sometido a un orden dominado por pecado, mentira, muerte y esclavitud.

  Jesús mismo describió la obra del enemigo diciendo:

  «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir.»
  Juan 10:10, RVR1960

  Eso fue exactamente lo que comenzó a suceder.

  Satanás consiguió algo que nunca había recibido legítimamente:

  influencia sobre la humanidad y sobre el sistema de este mundo.

  Pero para lograrlo necesitó al hombre.

  Esto resulta fundamental.

  No podía simplemente apropiarse de aquello que Dios había confiado a Adán como si la palabra de Dios no tuviera valor.

  Necesitaba que el propio hombre se rebelara.

  Necesitaba que Adán utilizara contra Dios la voluntad que Dios le había dado.

  Necesitaba consentimiento.

  Cuando Adán obedeció al rebelde, comenzó a cumplirse un principio que Pablo explicaría mucho tiempo después:

  «¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis?»
  Romanos 6:16, RVR1960

  Adán había recibido autoridad.

  Pero al obedecer a otra voz introdujo a la humanidad en esclavitud.

  La serpiente había prometido libertad.

  Produjo esclavitud.

  Había prometido elevación.

  Produjo caída.

  Había prometido conocimiento.

  Produjo miedo y vergüenza.

  Había prometido que no morirían.

  La muerte entró en el mundo.

  Satanás usurpó.

  El hombre quedó esclavizado.

  Y el mundo comenzó a experimentar las consecuencias.

¿Hubo también envidia detrás de la rebelión contra el hombre?

  Aquí quiero señalar una posibilidad que la Escritura no declara directamente, pero que considero digna de reflexión.

  Lucero había contemplado lo que Dios hizo con el hombre.

  El hombre fue creado:

  «a imagen de Dios
  Génesis 1:27, RVR1960

  Fue bendecido.

  Recibió autoridad sobre la Tierra.

  Dios preparó un mundo para él.

  Estableció relación con él.

  Le dio propósito.

  Le dio compañía.

  Le dio un lugar dentro de su gobierno.

  Y más adelante la Escritura utilizaría incluso el lenguaje de hijos para describir la relación de Dios con los seres humanos.

  ¿Pudo existir en Lucero envidia hacia aquello que Dios estaba haciendo con el hombre?

  La Biblia no lo afirma expresamente.

  Por eso no quiero presentarlo como doctrina.

  Pero dentro de esta reconstrucción me parece una posibilidad razonable.

  Lucero había comenzado a desear posiciones que no le correspondían.

  Había querido exaltarse.

  Había querido levantar su propio trono.

  Había querido ser semejante al Altísimo.

  Ahora veía a Dios derramando bondad sobre una nueva criatura hecha a su imagen.

  Veía al hombre recibiendo autoridad.

  Veía a Dios relacionándose con él.

  Veía un mundo preparado para sus hijos.

  Y es posible preguntarnos si en aquel corazón ya corrompido apareció también algo semejante a:

  «¿Por qué ellos?»

  «¿Por qué reciben esto?»

  «¿Por qué Dios los ama de esta manera?»

  No podemos afirmarlo.

  Pero tampoco podemos ignorar que la envidia suele acompañar al orgullo.

  Cuando alguien desea el lugar de otro, el bien que recibe aquel otro puede convertirse en motivo de resentimiento.

  Y entonces aparece una posibilidad todavía más dolorosa.

  Satanás no solamente podía querer controlar la Tierra.

  Podía querer herir a Dios destruyendo aquello que Dios amaba.

  Eso cambia la manera en que contemplamos la tentación.

  No sería solamente un movimiento estratégico.

  Podría ser también un golpe dirigido al corazón del Padre.

  Si conseguía separar a los hijos de Dios de su Padre, habría logrado algo terrible.

  No destruiría a Dios.

  Eso era imposible.

  No podía quitarle su poder.

  No podía derrocar su trono.

  Pero podía intentar producir dolor.

  Podía atacar aquello que Dios amaba.

  Podía llevar a los hijos a desconfiar del Padre.

  Podía conseguir que aquellos que habían recibido vida de Dios dijeran:

  «No te queremos gobernando nuestra vida.»

  Y cualquiera que haya amado profundamente a un hijo puede comprender, aunque sea de manera limitada, por qué esto tendría un peso enorme.

  El rechazo de un extraño puede doler.

  El rechazo de un hijo hiere de otra manera.

  La Biblia presenta a Dios relacionándose con su pueblo con un lenguaje profundamente afectivo.

  Habla de amor.

  Compasión.

  Dolor frente a la rebelión.

  Jesús mismo lloró sobre Jerusalén.

  «¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos… y no quisiste!»
  Mateo 23:37, RVR1960

  Eso nos muestra algo extraordinario.

  El pecado no es solamente la violación de una ley.

  Es también la ruptura de una relación.

  El hombre no solamente rechazó un mandato.

  Rechazó a un Padre.

  Y el enemigo pudo saber perfectamente que aquello produciría un golpe profundo.

  La criatura que quería herir al Rey atacó a sus hijos.

  La criatura que quería cuestionar su gobierno consiguió que sus hijos desconfiaran de Él.

  La criatura que quería demostrar que existía una vida mejor fuera de Dios llevó a la humanidad a probar precisamente esa mentira.

  Y entonces parecía que Satanás había conseguido una victoria enorme.

  El hombre estaba caído.

  La autoridad había sido usurpada.

  La humanidad estaba esclavizada.

  El pecado había entrado.

  La muerte había comenzado a reinar.

  Y los hijos de Dios habían quedado separados de la relación para la cual habían sido creados.

  Pero Satanás todavía no comprendía completamente lo que Dios haría.

Aquí comienza a entenderse por qué Cristo tendría que venir como Hombre

  Y es aquí donde la historia comienza a conducirnos inevitablemente hacia Jesucristo.

  Si Dios había entregado al hombre autoridad sobre la Tierra, y si por medio de un hombre aquella autoridad había sido comprometida en la rebelión, entonces la restauración debía respetar la justicia y el orden que Dios mismo había establecido.

  Dios no necesitaba hacer trampa para vencer a Satanás.

  No necesitaba ignorar la autoridad que Él mismo había dado.

  No necesitaba actuar como si las decisiones humanas nunca hubieran ocurrido.

  La justicia divina no requería arbitrariedad.

  Requería restauración.

  Y entonces comenzó a dibujarse algo extraordinario:

  lo que un hombre había perdido, otro Hombre vendría a recuperarlo.

  Pablo establece precisamente este contraste.

  Por Adán entró el pecado.

  Por Cristo vendría la justicia.

  Por Adán vino la muerte.

  Por Cristo vendría la vida.

  «Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.»
  Romanos 5:19, RVR1960

  Esto explica por qué la encarnación no fue simplemente una manera dramática de que Dios visitara la Tierra.

  El Hijo tenía que hacerse verdaderamente hombre.

  Juan dice:

  «Y aquel Verbo fue hecho carne.»
  Juan 1:14, RVR1960

  Y Hebreos explica que participó de nuestra naturaleza.

  «Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo.»
  Hebreos 2:14, RVR1960

  ¿Por qué?

  Porque venía a enfrentar aquello que el hombre había perdido.

  Como hombre.

  Bajo tentación.

  Dentro del mundo usurpado por Satanás.

  Sin pecar.

  Obedeciendo al Padre.

  Venciendo donde Adán había caído.

  Esto es impresionante.

  El primer Adán estuvo en un huerto rodeado de abundancia.

  Cristo enfrentó al tentador después de cuarenta días de ayuno.

  Adán tenía alimento.

  Cristo tuvo hambre.

  Adán vivía en un mundo todavía no devastado por siglos de pecado.

  Cristo entró en un mundo herido.

  Adán escuchó la mentira y desobedeció.

  Cristo escuchó al mismo tentador y respondió:

  «Escrito está.»

  Satanás incluso le ofreció:

  «todos los reinos del mundo.»
  Mateo 4:8, RVR1960

  Y Lucas registra una declaración particularmente interesante del tentador:

  «A mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy.»
  Lucas 4:6, RVR1960

  No tenemos que aceptar cada afirmación de Satanás como si fuera una declaración infalible.

  Es mentiroso.

  Pero el hecho de que pueda presentarse como poseedor de autoridad sobre los reinos muestra hasta qué punto la usurpación formaba parte del conflicto.

  Cristo no aceptó la oferta.

  No recuperaría el mundo arrodillándose ante Satanás.

  Lo recuperaría venciéndolo.

  Y lo haría como Hombre.

  No convirtiendo el pecado en algo irrelevante.

  No ignorando la justicia.

  No pasando por encima de la responsabilidad humana.

  Sino entrando en nuestra condición, obedeciendo donde nosotros habíamos desobedecido y finalmente derrotando al que tenía el imperio de la muerte.

  Hebreos dice que Cristo participó de carne y sangre:

  «para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo
  Hebreos 2:14, RVR1960

  Ahora comenzamos a ver la historia completa.

  Un hombre abrió la puerta.

  Otro Hombre vendría a cerrarla.

  Un hombre entregó obediencia al rebelde.

  Otro Hombre permanecería obediente al Padre hasta la muerte.

  Un hombre introdujo pecado y muerte.

  Otro Hombre traería justicia y vida.

  Satanás usurpó autoridad mediante la caída del hombre.

  Cristo vendría como Hombre para vencer al usurpador.

  Y todo tendría que ocurrir en perfecta concordancia con la justicia de Dios.

  Dios no abandonaría el orden que Él mismo había establecido para recuperar lo perdido.

  Entraría dentro de ese orden.

  El Creador se haría hombre.

  El Rey entraría en el territorio ocupado.

  El Hijo tomaría nuestra carne.

  Y entonces, como verdadero Hombre, enfrentaría al enemigo que había esclavizado a la humanidad.

  Satanás posiblemente pensó que al conseguir la caída de Adán había producido un golpe irreparable.

  Había atacado a los hijos para herir al Padre.

  Había convertido la autoridad humana en instrumento de rebelión.

  Había introducido pecado.

  Había introducido muerte.

  Había esclavizado.

  Había usurpado.

  Pero la rebelión iba a provocar una respuesta que quizá jamás había imaginado.

  Dios mismo vendría por sus hijos.

  No solamente enviaría instrucciones.

  No solamente enviaría un mensajero.

  Vendría Él.

  Y vendría como uno de nosotros.

  Por eso, desde Génesis, comenzamos a ver dibujarse la necesidad de la encarnación.

  El primer hombre había caído.

  Vendría otro Hombre.

  El primer representante había desobedecido.

  Vendría uno obediente.

  La humanidad había sido esclavizada.

  Vendría un Libertador.

  El príncipe de este mundo había usurpado.

  Vendría el verdadero Rey.

  Y cuando finalmente llegara Jesucristo, la guerra que había comenzado antes de Edén entraría en su momento decisivo.

Cristo no vino solamente a “perdonar pecados”; vino también como el segundo Adán, el Hombre obediente, a derrotar al usurpador, rescatar a los esclavizados y recuperar para la humanidad aquello que el primer Adán había comprometido.

¿Qué aprendemos de Dios aquí?

  Todo lo ocurrido después de la caída podría llevarnos a concentrarnos solamente en Satanás, en la autoridad usurpada, en la esclavitud del hombre y en la entrada del pecado.

  Pero nuestro propósito sigue siendo otro.

  Queremos descubrir cómo es Dios observando lo que hace.

  Y aquí comenzamos a ver algunas cosas extraordinarias.

  Aprendemos que Dios toma en serio la autoridad que Él mismo concede.

  Cuando Dios entregó al hombre responsabilidad sobre la Tierra, aquella autoridad era real.

  «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…»
  Génesis 1:26, RVR1960

  Dios no juega con sus palabras.

  No entrega algo hoy para fingir mañana que nunca lo entregó.

  Por eso, cuando el hombre utilizó su libertad y su autoridad contra Dios, las consecuencias también fueron reales.

  Aprendemos que Dios es justo.

  No recuperaría lo perdido actuando arbitrariamente.

  No ignoraría lo que había ocurrido.

  No haría trampa para vencer al enemigo.

  La Escritura declara:

  «Porque Jehová es justo, y ama la justicia.»
  Salmos 11:7, RVR1960

  La redención tendría que concordar con su justicia.

  Por eso comenzamos a comprender por qué otro Hombre tendría que venir.

  Lo que un hombre había comprometido, otro Hombre vendría a restaurarlo.

  Aprendemos que Dios no abandona a sus hijos cuando caen.

  El hombre había rechazado su gobierno.

  Había escuchado otra voz.

  Había abierto la puerta al pecado.

  Y aun así Dios no decidió simplemente abandonar a la humanidad a su suerte.

  La Escritura revela a un Dios:

  «Misericordioso y clemente… lento para la ira, y grande en misericordia.»
  Salmos 103:8, RVR1960

  La rebelión del hombre no logró destruir el amor de Dios por el hombre.

  Aprendemos que Dios es un Padre que busca lo que se perdió.

  Satanás consiguió separar.

  Dios comenzaría a rescatar.

  Jesús resumiría su misión diciendo:

  «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
  Lucas 19:10, RVR1960

  Eso revela el corazón de Dios.

  Cuando sus hijos se perdieron, Él no permaneció indiferente.

  Fue tras ellos.

  Aprendemos que Dios está dispuesto a entrar personalmente en nuestra tragedia.

  Ésta quizá sea una de las verdades más impresionantes de toda la historia.

  Dios podía haber permanecido distante.

  Podía haber enviado solamente mandamientos.

  Podía haber enviado únicamente mensajeros.

  Pero el Evangelio revela algo mucho más grande:

  «Y aquel Verbo fue hecho carne.»
  Juan 1:14, RVR1960

  Dios vendría.

  Entraría en nuestra condición.

  Participaría de carne y sangre.

  El Rey entraría en el territorio donde el enemigo había ejercido su dominio.

  Aprendemos que Dios no solamente perdona: también rescata, libera y restaura.

  Cristo participó de nuestra humanidad:

  «para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo.»
  Hebreos 2:14, RVR1960

  Dios no contemplaría pasivamente cómo el enemigo esclavizaba a sus criaturas.

  Vendría un Libertador.

  Aprendemos que Dios puede convertir una aparente victoria del enemigo en el escenario de su derrota.

  Satanás creyó haber ganado algo extraordinario.

  El hombre había caído.

  La muerte había entrado.

  La humanidad estaba bajo pecado.

  Pero precisamente allí Dios comenzaría a desarrollar su plan de redención.

  Pablo establece el contraste:

  «Por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.»
  Romanos 5:19, RVR1960

  Adán desobedeció.

  Cristo obedecería.

  Adán abrió la puerta al pecado.

  Cristo vendría a vencerlo.

  Adán introdujo muerte.

  Cristo traería vida.

  Aprendemos que Dios es más grande que aquello que el enemigo puede destruir.

  Satanás puede herir.

  Dios puede sanar.

  Satanás puede esclavizar.

  Dios puede libertar.

  Satanás puede separar.

  Dios puede reconciliar.

  Satanás puede introducir muerte.

  Dios puede traer resurrección.

  Por eso Jesús dijo:

  «Yo he venido para que tengan vida.»
  Juan 10:10, RVR1960

  Y aquí aparece el contraste completo.

  El enemigo usurpó. Dios vino a recuperar.

  El enemigo esclavizó. Dios vino a libertar.

  El enemigo separó a los hijos del Padre. Dios vino a reconciliarlos.

  El enemigo introdujo muerte. Dios vino a traer vida.

  El primer Adán desobedeció. El postrer Adán obedeció.

  El hombre cayó. Dios vino a levantarlo.

  Y quizá ésta sea una de las revelaciones más profundas de su carácter:

  cuando sus hijos dijeron: “No te queremos”, Dios no respondió: “Entonces no los quiero”.

  Respondió con redención.

  Respondió con misericordia.

  Respondió con justicia.

  Respondió con un plan.

  Y finalmente respondió viniendo Él mismo.

  La rebelión nos muestra hasta dónde puede llegar una criatura cuando se separa de Dios.

  La encarnación nos mostrará hasta dónde está dispuesto a llegar Dios para recuperar a sus hijos.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.