Dr. Elio M. Rivera

  Existe una idea que he escuchado muchas veces y que, aunque generalmente intenta defender la bondad de Dios, puede terminar presentándolo de una manera que considero equivocada.

  Algo malo ocurre.

  Una enfermedad.

  Una pérdida.

  Un accidente.

  Una traición.

  Una tragedia.

  Y alguien dice:

  «Dios permitió esto para enseñarte algo».

  O incluso:

  «Dios hizo que esto sucediera para que conocieras su bondad».

  Creo que tenemos que ser muy cuidadosos.

  Porque si llevamos esa idea demasiado lejos terminamos construyendo una imagen extraña de Dios.

  Sería como imaginar a un padre diciendo:

  «Voy a herir a mi hijo para que después, cuando yo lo cure, descubra lo bueno que soy».

  Esa imagen no corresponde al Padre que encuentro revelado en Jesucristo.

  Dios no necesita destruirnos para después demostrar que sabe restaurarnos.

  No necesita enfermarnos para después demostrar que puede consolarnos.

  No necesita producir una tragedia para tener una oportunidad de enseñarnos misericordia.

  El pecado ya produjo suficiente dolor.

  La rebelión ya introdujo suficiente desorden.

  Vivimos en una creación que, según Pablo, fue sujetada a corrupción y que todavía gime esperando su restauración.

  «Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora» (Romanos 8:22, RVR1960).

  Ése es el mundo en el que actualmente vivimos.

  Un mundo donde existen enfermedades.

  Accidentes.

  Violencia.

  Injusticia.

  Traiciones.

  Desastres.

  Muerte.

  Un mundo donde las decisiones de una persona pueden afectar a muchas otras.

  Un mundo donde alguien puede sufrir por algo que nunca escogió.

  Y nos guste o no, mientras vivamos dentro de esta creación afectada por el pecado, todos estaremos expuestos de alguna manera a sus consecuencias.

  Jesús mismo dijo:

  «En el mundo tendréis aflicción» (Juan 16:33, RVR1960).

  No dijo:

  «Yo voy a producir todas sus aflicciones para enseñarles quién soy».

  Dijo que vivimos en un mundo donde la aflicción existe.

  Pero inmediatamente añadió:

  «pero confiad, yo he vencido al mundo».

  Ésa es una diferencia enorme.

  Cristo no se presenta como el autor de nuestra destrucción.

  Se presenta como aquel a quien podemos acudir cuando la destrucción nos alcanza.

Una cosa es permitir y otra muy distinta producir

  Creo que necesitamos recuperar esta distinción.

  Que algo ocurra dentro de un mundo que Dios todavía permite existir no significa automáticamente que Dios haya decidido personalmente producir ese acontecimiento.

  Dios permite temporalmente que exista un mundo donde las criaturas toman decisiones reales.

  Permite que exista una creación todavía no completamente restaurada.

  Permite que las consecuencias del pecado sean visibles.

  Pero eso no significa que detrás de cada tragedia encontremos a Dios diciendo:

  «Yo hice esto».

  Algunas cosas son consecuencia directa del pecado de una persona.

  Otras son consecuencia de decisiones humanas acumuladas.

  Otras pertenecen simplemente a la fragilidad de un mundo que todavía no ha sido restaurado.

  Y habrá situaciones en las que sencillamente no sabremos por qué ocurrió algo específico.

  Pero considero peligroso atribuir automáticamente a Dios cada tragedia.

  Porque podemos terminar haciendo responsable al Médico de la enfermedad que vino a sanar.

  Responsable al Libertador de las cadenas que vino a romper.

  Responsable al Consolador de las heridas que vino a vendar.

  Cuando observamos a Jesús, encontramos algo revelador.

  Las personas enfermas se acercaban a Él.

  Y Jesús las sanaba.

  Los quebrantados se acercaban.

  Y Él los restauraba.

  Los afligidos se acercaban.

  Y Él los consolaba.

  Los oprimidos se acercaban.

  Y Él los liberaba.

  Ésa es la imagen que Jesús nos presenta del Padre.

  «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9, RVR1960).

  Por eso me cuesta aceptar la idea de un Dios que primero destroza deliberadamente a una persona para después acercarse y decir:

  «Ahora observa lo misericordioso que soy».

  No.

  Creo que ocurre algo diferente.

  El dolor llega porque vivimos en un mundo herido.

  Y entonces Dios dice:

  «Llámame».

  «Ven a mí».

  «Permíteme entrar contigo en esto».

  «Déjame mostrarte el camino».

  Y cuando lo invocamos, descubrimos quién es Él.

  No porque haya provocado la tormenta para presentarse como Salvador.

  Sino porque estuvo dispuesto a entrar en la tormenta con nosotros.

Los amigos se conocen en la dificultad

  Existe una frase popular que dice:

  «Los verdaderos amigos se conocen en los momentos difíciles».

  Creo que contiene mucha verdad.

  Imagine que estoy atravesando una enfermedad grave.

  Algunas personas desaparecen.

  Otras se mantienen lejos.

  Pero un amigo llega.

  Se sienta conmigo.

  Me acompaña.

  Me ayuda.

  Me lleva donde necesito ir.

  Ora conmigo.

  Permanece cuando todos los demás se fueron.

  Después de aquello probablemente diré:

  «Ahora sé quién era realmente mi amigo».

  Pero sería absurdo pensar:

  «Mi amigo tuvo que producir mi enfermedad para demostrarme que era mi amigo».

  No.

  La enfermedad reveló algo.

  No creó la amistad.

  La dificultad simplemente produjo el escenario donde pude conocer una dimensión de aquel amigo que quizá antes no conocía.

  Creo que muchas veces ocurre exactamente eso con Dios.

  La crisis no necesariamente vino de Él.

  Pero cuando lo invocamos dentro de ella descubrimos algo acerca de Él.

  Descubrimos que permanece.

  Que escucha.

  Que consuela.

  Que dirige.

  Que provee.

  Que puede sostenernos cuando sentimos que ya no podemos continuar.

  Y después podemos decir:

  «Conocí a Dios de una manera que antes no lo conocía».

  Pero debemos tener cuidado con la conclusión.

  No significa:

  «Dios produjo mi tragedia para mostrarme quién era».

  Significa:

  «Cuando la tragedia llegó, descubrí quién era Dios».

  Son dos afirmaciones completamente diferentes.

«Todas las cosas ayudan a bien» no significa que todas las cosas sean buenas

  Pablo escribió uno de los versículos más conocidos de la Biblia:

  «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien…» (Romanos 8:28, RVR1960).

  Pero observe algo muy importante.

  No dice:

  «Todas las cosas son buenas».

  Tampoco dice:

  «Dios produce todas las cosas malas para que después resulten buenas».

  Dice que Dios posee la capacidad de hacer que incluso dentro de circunstancias terribles exista un resultado redentor.

  Eso habla de su poder.

  No de que sea autor del mal.

  Una cosa es producir una tragedia.

  Otra muy diferente es ser tan poderoso que puede tomar una tragedia que nunca debió suceder y hacer surgir algo bueno en medio de ella.

  Eso es lo que Dios hace.

  José constituye un ejemplo extraordinario.

  Sus hermanos lo odiaron.

  Lo vendieron.

  Lo separaron de su padre.

  Fue llevado como esclavo.

  Fue acusado injustamente.

  Terminó en prisión.

  ¿Tenemos que decir que Dios produjo el odio de sus hermanos?

  ¿Que Dios sembró en ellos los celos?

  ¿Que Dios quiso la injusticia?

  No.

  Al final José pudo decir:

  «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50:20, RVR1960).

  Observe la diferencia.

  «Vosotros pensasteis mal».

  El mal tuvo responsables.

  Pero:

  «Dios lo encaminó a bien».

  Ése es el Dios que estoy intentando describir.

  No un Dios que necesita producir el mal.

  Un Dios capaz de interceptar el mal y redimir sus consecuencias.

  No un Dios que fabrica cenizas.

  Un Dios que puede hacer surgir belleza de ellas.

  No un Dios que provoca heridas para después ponerse una medalla por sanarlas.

  Un Dios que encuentra al herido y dice:

  «Déjame ayudarte».

  Ésa es una imagen completamente diferente.

  Y para mí es muchísimo más coherente con Jesucristo.

¿Entonces Dios interviene en nuestra vida?

  Sí.

  Creo profundamente que Dios interviene.

  Pero aquí aparece otra verdad que hemos venido desarrollando desde el comienzo.

  Dios nos creó para relacionarnos con Él.

  No nos creó para ignorarlo mientras Él gobierna cada detalle de nuestra vida como si fuéramos marionetas.

  Una y otra vez la Biblia presenta a hombres y mujeres invocando a Dios.

  Pidiendo.

  Buscando.

  Clamando.

  Orando.

  Y Dios respondiendo.

  «Clama a mí, y yo te responderé» (Jeremías 33:3, RVR1960).

  Jesús dijo:

  «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá» (Mateo 7:7, RVR1960).

  Santiago escribió:

  «No tenéis lo que deseáis, porque no pedís» (Santiago 4:2, RVR1960).

  No estoy diciendo con esto que Dios carezca de soberanía o que jamás pueda actuar sin una oración previa.

  La Escritura muestra claramente que puede hacerlo.

  Pero sí encontramos un patrón extraordinariamente consistente:

  Dios quiere que sus hijos lo invoquen.

  Que lo busquen.

  Que lo incluyan.

  Que dependan de Él.

  Que le pidan ayuda.

  Y muchas veces es precisamente cuando lo hacemos que comenzamos a descubrir su intervención.

  Llegó la enfermedad.

  Clamamos.

  Llegó la pérdida.

  Clamamos.

  Llegó la confusión.

  Clamamos.

  Llegó una situación que no sabemos resolver.

  Clamamos.

  Y Dios empieza a mostrarnos caminos.

  Personas.

  Recursos.

  Sabiduría.

  Consuelo.

  Fuerza.

  Dirección.

  A veces cambia las circunstancias.

  Otras veces nos cambia a nosotros mientras atravesamos las circunstancias.

  Y muchas veces hace ambas cosas.

  Entonces descubrimos:

  «Dios estuvo conmigo».

  Pero nuevamente:

  no porque Él necesitara fabricar el problema para mostrar su presencia.

  Sino porque cuando el problema llegó, nosotros abrimos la puerta de nuestra vida y le pedimos que entrara.

  Y entró.

No culpemos a Dios por aquello que el pecado produjo

  Esto me parece especialmente importante porque una teología mal formulada puede herir muchísimo a quien ya está sufriendo.

  Imagine a una madre que perdió un hijo.

  Imagine a alguien que fue abusado.

  Imagine a una persona abandonada.

  Imagine a alguien que recibió un diagnóstico terrible.

  Y entonces alguien se acerca y dice:

  «Dios hizo que esto sucediera porque necesitaba enseñarte algo».

  Debemos ser extremadamente cuidadosos.

  Porque quizá, sin darnos cuenta, estamos haciendo a Dios responsable de aquello de lo que esa persona necesita que Dios la sane.

  Jesús nunca necesitó quebrar una pierna para demostrar que podía sanar.

  Nunca necesitó producir hambre para demostrar que podía alimentar.

  Nunca necesitó crear una tormenta moral dentro de una persona para demostrar que podía liberarla.

  Cuando encontró sufrimiento, respondió con misericordia.

  Creo que ésa debe ser nuestra referencia.

  Vivimos dentro de una guerra moral que comenzó mucho antes que nosotros.

  Nacimos en un planeta donde la rebelión ya había dejado profundas consecuencias.

  Todos estaremos expuestos a ellas.

  Algunas serán resultado de nuestras propias decisiones.

  Otras serán consecuencia de decisiones de otras personas.

  Y otras pertenecerán simplemente a la condición actual de una creación que todavía gime.

  Pero nuestra historia no tiene que terminar allí.

  Porque podemos invocar a Dios.

  Y cuando lo hacemos, el pecado ya no es el único actor en nuestra historia.

  Ahora entra el Redentor.

  Entra el Consolador.

  Entra el Padre.

  Entra aquel que puede tomar algo que estaba destruyendo una vida y comenzar a trabajar hacia la restauración.

  Por eso Romanos 8:28 es tan hermoso.

  No porque diga que Dios hizo todo lo malo.

  Sino porque dice, en esencia:

  «Aun esto no está fuera de su capacidad para redimir».

  Aun esto.

  Aun la pérdida.

  Aun el fracaso.

  Aun aquello que alguien hizo contra ti.

  Aun los años que parecen perdidos.

  Aun las lágrimas.

  Si ponemos nuestra vida en sus manos, Dios puede trabajar dentro de una historia rota y llevarla hacia un lugar que jamás habría podido alcanzar por sí sola.

  Ésa es grandeza.

  No provocar destrucción para después arreglarla.

  Sino ser capaz de entrar en una destrucción que Él no necesitó producir y vencerla.

  Y quizá por eso muchos de nosotros hemos llegado a decir que Dios es bueno.

  No porque Él produjo nuestro dolor.

  Sino porque lo conocimos allí.

  Porque cuando todos los demás se fueron, permaneció.

  Cuando no sabíamos qué hacer, encontramos dirección.

  Cuando estábamos destruidos, encontramos misericordia.

  Cuando pensamos que nuestra historia había terminado, descubrimos que todavía podía escribir otro capítulo.

  El dolor no demostró que Dios fuera bueno.

  Lo que Dios hizo en medio del dolor nos mostró su bondad.

  Y esa diferencia, para mí, cambia todo.

  Por tanto, cuando observamos sus acciones, comenzamos a conocerlo.

  Aprendemos que Dios es bueno porque hace el bien.

¿Que podemos aprender de Dios aquí?

  «Bueno es Jehová para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras.»
  Salmos 145:9, RVR1960

  Aprendemos que Dios es misericordioso porque tiene misericordia.

  «Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia.»
  Salmos 103:8, RVR1960

  Aprendemos que Dios es paciente porque da oportunidad para arrepentirnos.

  «El Señor no retarda su promesa… sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento
  2 Pedro 3:9, RVR1960

  Aprendemos que Dios es justo porque no permitirá que el mal permanezca para siempre.

  «Porque Jehová es justo, y ama la justicia; el hombre recto mirará su rostro.»
  Salmos 11:7, RVR1960

  Aprendemos que Dios es Salvador porque busca al perdido.

  «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
  Lucas 19:10, RVR1960

  Aprendemos que Dios es Consolador porque se acerca al que sufre.

  «El cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones.»
  2 Corintios 1:4, RVR1960

  Aprendemos que Dios sana al quebrantado.

  «Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas.»
  Salmos 147:3, RVR1960

  Aprendemos que Dios escucha cuando lo invocamos.

  «Clama a mí, y yo te responderé.»
  Jeremías 33:3, RVR1960

  Aprendemos que Dios es nuestro ayudador.

  «He aquí, Dios es el que me ayuda; el Señor está con los que sostienen mi vida.»
  Salmos 54:4, RVR1960

  Aprendemos que Dios es Redentor porque puede tomar aquello que el pecado destruyó y producir algo nuevo de nuestras cenizas.

  «A ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado.»
  Isaías 61:3, RVR1960

  Aprendemos que Dios puede transformar nuestro dolor en gozo.

  «Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría.»
  Salmos 30:11, RVR1960

  Y aprendemos que Dios es Restaurador porque su propósito final no es dejar a su creación herida para siempre, sino hacer nuevas todas las cosas.

  «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor.»
  Apocalipsis 21:4, RVR1960

  Y después Dios mismo declara:

  «He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.»
  Apocalipsis 21:5, RVR1960

  Así que nuestra conclusión no nace solamente de una afirmación.

  Observamos lo que Dios hace y descubrimos quién es.

  El pecado destruye.
  Dios restaura.

  El dolor produce lágrimas.
  Dios consuela.

  La herida quebranta.
  Dios sana.

  El hombre se pierde.
  Dios busca y salva.

  La rebelión produjo muerte.
  Dios ofrece vida.

  Las cenizas hablan de lo que se perdió.
  Dios todavía puede hacer surgir belleza de ellas.

  Y cuando finalmente observamos todas estas acciones juntas, comenzamos a descubrir el retrato que la Biblia nos presenta de Él:

  Dios es bueno.

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Dr. Elio M Rivera

  Hasta este momento hemos seguido una rebelión que comenzó antes de que el hombre extendiera su mano hacia el fruto.

  Lucero había sido creado bueno.

  Había recibido sabiduría.

  Belleza.

  Posición.

  Autoridad.

  Privilegios extraordinarios.

  Pero llegó un momento en que comenzó a desear aquello que Dios no le había dado.

  Isaías describe aquella aspiración:

  «Subiré al cielo… levantaré mi trono…»
  Isaías 14:13, RVR1960

  La rebelión había comenzado como un problema de gobierno.

  Una criatura ya no quería permanecer bajo la autoridad del Creador.

  Quería su propio trono.

  Quería establecer su propia voluntad.

  Quería una posición que Dios no le había dado.

  Pero mientras esta rebelión se desarrollaba, Dios había creado algo extraordinario:

  la Tierra.

  Y sobre ella había colocado al hombre.

  Dios dijo:

  «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…»
  Génesis 1:26, RVR1960

  Esto resulta fundamental.

  Dios seguía siendo soberano.

  La Tierra continuaba perteneciéndole.

  «De Jehová es la tierra y su plenitud.»
  Salmos 24:1, RVR1960

  Pero Dios había decidido entregar al hombre una responsabilidad real dentro de ella.

  Adán no era el dueño absoluto.

  Era un administrador bajo la autoridad del Rey.

  Dios había entregado autoridad al hombre.

  No a Lucero.

  Por eso, si la rebelión quería extenderse hasta el mundo humano, tendría que llegar a aquellos a quienes Dios había confiado responsabilidades sobre ese mundo.

  Pero aquí aparece algo que cambia considerablemente nuestra manera de imaginar la historia.

  Lucero ya había estado en Edén.

Lucero no era necesariamente un desconocido en el Edén

  Existe una declaración en Ezequiel que debemos colocar junto a todo lo que estamos estudiando.

  Dentro de la interpretación que hemos venido siguiendo acerca de Lucero, el texto declara:

  «En Edén, en el huerto de Dios estuviste.»
  Ezequiel 28:13, RVR1960

  Esto es extraordinario.

  Nuevamente debemos conservar la precisión que hemos mantenido durante esta investigación: Ezequiel 28 se dirige directamente al gobernante de Tiro, y estamos siguiendo la interpretación cristiana que ve detrás de ciertas expresiones una realidad que trasciende al personaje humano y apunta hacia Lucero.

  Pero si aceptamos esa línea interpretativa, entonces debemos permitir que sus palabras tengan consecuencias para nuestra reconstrucción.

  Lucero había estado en Edén.

  No estamos hablando entonces de una criatura que necesariamente apareció por primera vez el día de la caída.

  Había estado allí.

  Conocía el huerto.

  Conocía el escenario que Dios había preparado.

  Y si aquel ser poseía la posición extraordinaria que Ezequiel describe —sabiduría, hermosura, privilegio y una función elevada— resulta razonable considerar que los seres humanos colocados por Dios en aquel mismo escenario lo conocieran.

  La Biblia no registra una presentación formal.

  Tampoco registra conversaciones anteriores entre ellos.

  Por eso no debemos inventarlas.

  Pero dentro de esta reconstrucción resulta mucho más difícil imaginar a Lucero como un completo desconocido que imaginarlo como una criatura conocida dentro del mundo en el que Adán y Eva estaban aprendiendo a vivir.

  Esto también puede ayudarnos a comprender un detalle muy interesante de Génesis 3.

  La serpiente habla con Eva.

  Y Eva responde.

  No encontramos sorpresa.

  No encontramos temor.

  No encontramos preguntas acerca de la identidad de aquel que le habla.

  Eva no dice:

  «¿Quién eres?»

  «¿De dónde vienes?»

  «¿Qué haces aquí?»

  La conversación comienza con una naturalidad extraordinaria.

  Esto, por sí solo, no demostraría una relación anterior.

  Pero cuando lo colocamos junto a la declaración:

  «En Edén, en el huerto de Dios estuviste»

  la posibilidad adquiere mucho más peso dentro de nuestra reconstrucción.

  Lucero conocía Edén.

  Adán y Eva vivían en Edén.

  Y aquel ser ocupaba una posición suficientemente importante como para que resulte razonable pensar que no era simplemente un extraño aparecido repentinamente entre los árboles.

  Esto cambia la escena.

  Tal vez Génesis 3 no nos está relatando el día en que Eva conoció a Lucero.

  Nos está relatando el día en que un conocimiento previo llegó al momento decisivo de una rebelión.

  Y existe otra razón para pensar que Satanás no estaba improvisando.

  Ezequiel utiliza una expresión muy interesante:

  «A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad, y pecaste.»
  Ezequiel 28:16, RVR1960

  En el contexto inmediato, «contrataciones» posee un sentido relacionado con comercio.

  Pero dentro de la interpretación espiritual que estamos siguiendo, ese lenguaje permite considerar un proceso previo de intercambio, persuasión y búsqueda de adhesión.

  No una conversación.

  Multitud de contrataciones.

  Eso sugiere proceso.

  Tiempo.

  Interacción.

  Persuasión.

  Negociación.

  Presentación de argumentos.

  Lucero no solamente habría tenido una idea rebelde en secreto.

  Llegó un momento en que comenzó a extenderla.

  Y los resultados fueron enormes.

  Apocalipsis habla del dragón cuya cola arrastraba:

  «la tercera parte de las estrellas del cielo»
  Apocalipsis 12:4, RVR1960

  Si seguimos la interpretación que relaciona esas estrellas con los ángeles que siguieron a Satanás, estamos contemplando una rebelión de proporciones extraordinarias.

  Una tercera parte.

  ¿Ocurrió todo aquello en un día?

  La Biblia no proporciona una cronología.

  Pero resulta razonable considerar que conseguir semejante adhesión requirió un proceso.

  Lucero tuvo que hablar.

  Tuvo que presentar su causa.

  Tuvo que cuestionar.

  Tuvo que persuadir.

  Tuvo que sembrar dudas.

  Tuvo que presentar una alternativa al gobierno de Dios.

  Y no todos necesariamente reaccionaron de la misma manera.

  Algunos pudieron rechazar inmediatamente sus argumentos.

  Otros pudieron escucharlos.

  Otros pudieron considerarlos.

  Otros pudieron sentirse atraídos por ellos durante algún tiempo y finalmente rechazarlos.

  Y otros permitieron que aquello creciera hasta convertirse finalmente en rebelión.

  Aquí encontramos una distinción importantísima:

  ser tentado no es lo mismo que pecar.

  Santiago dice:

  «Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.»
  Santiago 1:14, RVR1960

  La concupiscencia es un deseo desordenado que comienza a dirigirse hacia aquello que no corresponde.

  No significa necesariamente que el pecado ya haya sido consumado.

  Puede existir una atracción.

  Puede existir una idea.

  Puede existir una lucha interior.

  Puede existir un deseo que comienza a desviarse.

  Pero todavía puede ser rechazado.

  Santiago continúa:

  «La concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado.»
  Santiago 1:15, RVR1960

  Observe la secuencia.

  Concupiscencia.

  Concepción.

  Y después:

  pecado.

  Dentro de la reconstrucción que estoy proponiendo, considero posible que durante las contrataciones de Lucero muchos seres fueran confrontados interiormente con sus argumentos.

  Pudieron pensar.

  Pudieron considerar.

  Pudieron experimentar la atracción de la propuesta.

  Pero pensar no es actuar.

  Ser atraído no es rebelarse.

  Ser tentado no es haber consumado el pecado.

  Llegaría un momento en que cada uno tendría que decidir qué hacer con aquello que estaba ocurriendo en su interior.

  Y aquí considero que Dios permitió algo extraordinariamente importante:

  permitió que la decisión se manifestara.

  No porque Dios necesitara descubrir quién era rebelde.

  Él conoce los corazones.

  «Jehová escudriña los corazones de todos.»
  1 Crónicas 28:9, RVR1960

  Dios sabía.

  Pero la creación necesitaba ver.

  Imagine qué habría sucedido si Dios hubiera eliminado a Lucero y a la tercera parte de los ángeles antes de que aquellos seres manifestaran mediante acciones aquello que habían decidido.

  Dios habría sabido exactamente por qué los juzgaba.

  Pero los demás no.

  Un ser habría desaparecido.

  Después otro.

  Después otro.

  Y quizá multitudes más.

  ¿Qué habría pensado el resto de la creación?

  «¿Qué hicieron?»

  «Yo nunca los vi rebelarse.»

  «¿Por qué fueron destruidos?»

  «¿Realmente eran culpables?»

  «¿Qué pensaron para merecer aquello?»

  Y finalmente aparecería una pregunta terrible:

  «¿Quién será el siguiente?»

  El resultado podría haber sido una creación aterrorizada.

  Criaturas obedeciendo no necesariamente porque confiaran en Dios, sino porque temerían convertirse en las próximas en desaparecer.

  La rebelión exterior habría terminado.

  Pero las preguntas acerca del carácter de Dios podrían haber permanecido.

  Incluso las acusaciones de Lucero podrían haber sobrevivido a Lucero.

  «Tal vez tenía razón.»

  «Tal vez Dios lo destruyó porque se atrevió a cuestionarlo.»

  «Tal vez no somos realmente libres.»

  «Tal vez es peligroso incluso pensar.»

  Dios habría demostrado que tenía poder para destruir una rebelión.

  Pero la creación todavía tendría que preguntarse si había sido justo hacerlo.

  Por eso, dentro de esta reconstrucción, considero que Dios permitió que la rebelión llegara al punto en que pudiera manifestarse.

  Quién escuchó y rechazó.

  Quién consideró y finalmente permaneció con Dios.

  Quién fue tentado pero no convirtió la tentación en rebelión.

  Y quién finalmente decidió:

  «Estoy con Lucero.»

  Entonces las posiciones dejaron de ser invisibles.

  La rebelión salió del terreno de las posibilidades.

  Se convirtió en acciones.

  Y ahora la creación podía ver aquello que Dios juzgaría.

  Una tercera parte siguió al rebelde.

  Dos terceras partes no lo hicieron.

  Eso significa que, dentro de esta reconstrucción, la historia celestial no solamente nos habla de seres que cayeron.

  También nos habla de seres que permanecieron.

  Seres que pudieron conocer la propuesta de Lucero y finalmente no la escogieron.

  La prueba no proporcionó información nueva a Dios.

  Hizo visible ante la creación lo que cada criatura había decidido hacer con la libertad recibida.

  Y cuando Satanás llegó con su rebelión al mundo humano, ya conocía perfectamente este proceso.

  Había sembrado anteriormente.

  Había persuadido anteriormente.

  Había realizado sus contrataciones.

  Había visto cómo una idea podía convertirse en deseo.

  Había visto cómo un deseo podía ser rechazado.

  Y también había visto cómo un deseo alimentado podía terminar convirtiéndose en rebelión.

  Ahora aquella estrategia llegaría hasta Adán y Eva.

Satanás necesitaba algo que solamente Adán podía entregarle

  Pero había una diferencia fundamental entre la rebelión celestial y aquello que Satanás pretendía hacer en la Tierra.

  Dios había entregado al hombre una responsabilidad específica sobre este mundo.

  «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…»
  Génesis 1:26, RVR1960

  Lucero no había recibido ese señorío.

  Adán sí.

  Por eso Satanás no podía simplemente aparecer y declarar:

  «La Tierra ahora me pertenece».

  Necesitaba llegar hasta aquel a quien Dios había confiado responsabilidades sobre ella.

  Necesitaba el consentimiento humano.

  Y Dios toma seriamente aquello que concede.

  Dios no juega cuando da algo.

  Cuando Dios habla, su palabra tiene peso.

  Cuando entrega una responsabilidad, esa responsabilidad es verdadera.

  Pablo, hablando específicamente del llamamiento de Israel, revela algo del carácter fiel de Dios:

  «Irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.»
  Romanos 11:29, RVR1960

  Este versículo no está hablando directamente de la autoridad de Adán.

  Pero sí nos muestra que Dios no trata frívolamente sus dones y llamamientos.

  La autoridad delegada al hombre tenía consecuencias reales.

  Y precisamente por eso Satanás necesitaba al hombre.

  Podía acercarse.

  Podía hablar.

  Podía persuadir.

  Podía mentir.

  Podía sembrar.

  Pero necesitaba que Adán y Eva hicieran algo que él no podía hacer por ellos.

  Decidir.

  Y aquí debemos establecer algo que la Biblia declara con absoluta claridad:

  Dios no estaba detrás de aquella tentación.

  Santiago dice:

  «Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios.»
  Santiago 1:13, RVR1960

  Dios había dado una instrucción.

  El enemigo intentaría conseguir que el hombre la desobedeciera.

  Dios había advertido.

  El enemigo iba a seducir.

  Dios había dado abundantemente.

  El enemigo iba a insinuar que Dios estaba reteniendo algo.

  Dios había dicho la verdad acerca de las consecuencias.

  El enemigo diría:

  «No moriréis.»

  No podemos colocar a ambos del mismo lado.

  La tentación no procedía de Dios.

  Pero Santiago nos proporciona además la pieza que permite comprender cómo puede desarrollarse esa tentación:

  «Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.»

  Aquí volvemos a la concupiscencia.

  Dios creó al hombre con deseos.

  Desear no era malo.

  Podía desear comer.

  Aprender.

  Amar.

  Desarrollarse.

  Gobernar.

  Descubrir.

  El problema aparece cuando un deseo comienza a salir del orden establecido por Dios y se dirige hacia aquello que Dios no ha dado.

  Entonces puede aparecer insatisfacción.

  Codicia.

  Ambición desordenada.

  Deseo de apropiarse de aquello que no corresponde.

  Eso es exactamente lo que habíamos observado en Lucero.

  Tenía muchísimo.

  Pero comenzó a mirar aquello que no tenía.

  Después comenzó a desearlo.

  Y finalmente decidió apropiárselo.

  Ahora aquella misma estrategia llegaría hasta el hombre.

  Y aquí volvemos a algo que considero tremendamente importante.

  Lucero ya había estado en Edén.

  No era necesariamente un extraño para Adán y Eva.

  Si aquel ser había ocupado una posición elevada y había estado en el mismo Edén donde vivían ellos, resulta razonable dentro de esta reconstrucción pensar que existía conocimiento previo.

  Y eso hace todavía más interesante la naturalidad con la que comienza Génesis 3.

  La serpiente habla.

  Eva responde.

  No pregunta quién es.

  No pregunta de dónde salió.

  No parece sorprendida de que esté allí.

  Simplemente conversa.

  La Biblia no registra conversaciones anteriores.

  Por eso no podemos inventarlas.

  Pero tampoco dice que aquella fuera la primera vez que Eva había tenido contacto con aquel ser.

  Y si Lucero ya había demostrado mediante sus contrataciones que sabía persuadir, negociar, presentar argumentos y conseguir adhesiones, entonces resulta legítimo preguntarnos:

  ¿Había comenzado la persuasión antes de Génesis 3:1?

  ¿Había sembrado anteriormente preguntas?

  ¿Había comenzado a modificar la manera en que Eva contemplaba el límite establecido por Dios?

  ¿Había dirigido lentamente sus ojos hacia aquello que Dios había prohibido?

  ¿Había comenzado ya la concupiscencia?

  La Biblia no nos permite conocer cada conversación.

  Pero sí conocemos el resultado que finalmente aparece.

  Génesis dice que Eva vio que el árbol era:

  «codiciable para alcanzar la sabiduría»
  Génesis 3:6, RVR1960

  Ahora existe deseo.

  El árbol ya no es simplemente algo acerca de lo cual Dios había advertido.

  Ahora resulta codiciable.

  Aquello que Dios no les había dado comenzó a parecer necesario.

  Aquello que anteriormente no necesitaban comenzó a parecer algo que les faltaba.

  Y aquí vuelve a aparecer el mecanismo descrito por Santiago.

  La concupiscencia atrae.

  Seduce.

  Concibe.

  Y finalmente:

  «da a luz el pecado».

  Por eso considero posible contemplar la escena de una manera muy diferente.

  Satanás quizá no llegó junto al árbol simplemente para sembrar.

  Pudo haber llegado para recoger el fruto de aquello que llevaba tiempo sembrando.

  Primero una idea.

  Después una pregunta.

  Después una sospecha.

  Después una imagen diferente de Dios.

  Después insatisfacción.

  Después deseo.

  Y finalmente la oportunidad.

  La serpiente comenzó atacando precisamente la imagen de Dios:

  «¿Conque Dios os ha dicho…?»
  Génesis 3:1, RVR1960

  Después contradijo su palabra:

  «No moriréis.»
  Génesis 3:4, RVR1960

  Y finalmente presentó la propuesta:

  «Seréis como Dios.»
  Génesis 3:5, RVR1960

  La estrategia es extraordinaria.

  Mientras Adán y Eva confiaran completamente en que Dios era bueno, la rebelión tendría poco atractivo.

  Por eso había que cambiar primero la manera en que contemplaban al Padre.

  Dios había dicho:

  «De todo árbol del huerto podrás comer.»
  Génesis 2:16, RVR1960

  Había abundancia.

  Pero la serpiente consiguió concentrar la atención en la restricción.

  La pregunta dejó de ser:

  «¿Cuánto nos ha dado Dios?»

  y comenzó a convertirse en:

  «¿Qué nos está negando Dios?»

  Cuando cambia nuestra imagen de Dios, también puede cambiar nuestra manera de interpretar sus palabras.

  Una advertencia puede comenzar a parecer amenaza.

  Un límite puede comenzar a parecer opresión.

  Una protección puede parecer privación.

  La dependencia puede comenzar a parecer inferioridad.

  Y la independencia puede comenzar a parecer libertad.

  El ataque definitivo no era contra un árbol.

  Era contra el carácter de Dios.

  Y aquí aparece una ironía extraordinaria.

  Adán y Eva ya habían sido creados:

  a imagen de Dios.

  Y precisamente a ellos la serpiente les ofreció:

  «Seréis como Dios.»

  Ya tenían identidad.

  Pero les hizo sentir que les faltaba algo.

  Ya tenían autoridad.

  Pero les ofreció autonomía.

  Ya estaban bendecidos.

  Pero les hizo mirar lo único que no les había sido dado.

  Ya conocían a Dios.

  Pero intentó hacerlos sospechar de Él.

  La rebelión que había comenzado en Lucero estaba repitiendo su misma lógica.

  Lucero había dicho:

  «Seré semejante al Altísimo

  Ahora decía al hombre:

  «Seréis como Dios.»

  Pero todavía faltaba algo.

  La acción.

  Todavía podían detenerse.

  Todavía podían rechazar la concupiscencia.

  Todavía podían volver sus ojos hacia Dios.

  Todavía podían acudir al Padre.

  Todavía podían decirle no al rebelde.

  Porque sentir la atracción no era todavía lo mismo que consumar la rebelión.

  La concupiscencia estaba presente.

  Pero Santiago dice que después de concebir:

  «da a luz el pecado».

  Entonces llegó el momento decisivo.

  Eva tomó.

  Comió.

  Después dio a Adán.

  Y Adán comió.

  Pablo añade algo especialmente serio:

  «Adán no fue engañado
  1 Timoteo 2:14, RVR1960

  Eva fue engañada.

  Adán no.

  Eso significa que la decisión de Adán no puede reducirse simplemente a la ignorancia.

  El hombre a quien Dios había confiado responsabilidades sobre la Tierra tomó una decisión.

  Y su decisión tenía consecuencias porque la autoridad que Dios le había entregado era real.

  Satanás necesitaba precisamente eso.

  La serpiente podía tentar.

  Pero necesitaba que Eva tomara.

  Podía mentir.

  Pero necesitaba que alguien creyera.

  Podía ofrecer independencia.

  Pero necesitaba que el hombre la escogiera.

  Podía llevar la rebelión hasta la puerta del mundo humano.

  Pero necesitaba que quienes tenían autoridad dentro de él le abrieran la puerta.

  Y eso fue lo que finalmente ocurrió.

  Dios había dado autoridad.

  El enemigo buscó utilizar aquella autoridad contra el Dador.

  Dios había dado libertad.

  El enemigo buscó convertirla en independencia.

  Dios había dado deseos.

  El enemigo buscó desordenarlos hasta convertirlos en concupiscencia.

  Dios había dado abundancia.

  El enemigo dirigió los ojos hacia aquello que no les pertenecía.

  Dios había dado su palabra.

  El enemigo preguntó:

  «¿Conque Dios os ha dicho…?»

  Y aquí encontramos el mismo patrón que habíamos contemplado en la rebelión celestial.

  Primero:

  contrataciones.

  Después:

  persuasión.

  Después:

  ideas.

  Después:

  concupiscencia.

  Después:

  decisión.

  Después:

  acción.

  Finalmente:

  rebelión manifiesta.

  Satanás había sembrado.

  Ahora estaba recogiendo la cosecha.

  Y la rebelión que había comenzado en otra esfera acababa de entrar en el mundo de Adán.

  No porque Dios hubiera entregado la Tierra a Satanás.

  Sino porque el hombre utilizó contra Dios la autoridad, voluntad y libertad que había recibido de Dios.

  Pero todavía faltaba algo extraordinariamente importante para nuestra investigación.

  La decisión del hombre ya se había manifestado.

  Ahora faltaba observar:

  ¿qué haría Dios?

  ¿Qué haría el Dios que había permitido a los ángeles manifestar aquello que realmente habían decidido?

  ¿Qué haría el Dios que había dado al hombre una autoridad verdadera cuando el hombre utilizara aquella autoridad contra Él?

  ¿Destruiría inmediatamente?

  ¿Abandonaría?

  ¿Retiraría todo lo que había dado?

  ¿O haría algo que el rebelde quizá nunca había imaginado?

  La rebelión estaba a punto de mostrarnos no solamente lo que había en el corazón del hombre.

  Estaba a punto de mostrarnos lo que había en el corazón de Dios.

¿Qué puedo aprender de Dios aquí?

  Cuando contemplamos todo este proceso, descubrimos varias cosas importantes acerca de Dios.

  Aprendo que Dios es justo.

  Dios conocía lo que había en cada criatura, pero permitió que las decisiones se manifestaran.

  «Porque Jehová es justo, y ama la justicia
  Salmos 11:7, RVR1960

  Esto resulta fundamental.

  Si Dios hubiera eliminado a Lucero y a todos aquellos que sabía que finalmente se unirían a él antes de que manifestaran su rebelión, Él habría sabido por qué los juzgaba.

  Pero la creación no necesariamente lo habría sabido.

  Habrían visto criaturas desaparecer.

  Sin acciones visibles.

  Sin rebelión manifiesta.

  Sin posibilidad de observar aquello por lo que estaban siendo juzgadas.

  Y el resultado podría haber sido una creación aterrorizada preguntándose:

  «¿Quién será el siguiente?»

  Dios habría demostrado poder.

  Pero podrían haber quedado preguntas acerca de su justicia.

  En cambio, permitió que las decisiones se manifestaran.

  La creación pudo distinguir entre quien escuchó y quien actuó.

  Entre quien consideró y quien se rebeló.

  Entre quien fue tentado y quien finalmente convirtió la tentación en una decisión.

  Aprendo que Dios conoce el corazón.

  La prueba no era necesaria para proporcionarle información.

  «Jehová escudriña los corazones de todos.»
  1 Crónicas 28:9, RVR1960

  Dios sabía quién terminaría tomando una decisión.

  Pero saberlo anticipadamente no es lo mismo que obligar a alguien a tomarla.

  Ni es lo mismo que juzgar delante de toda la creación sin permitir que aquello se manifieste.

  Aprendo que Dios no es el autor de la tentación.

  La rebelión no fue una prueba fabricada por Dios para hacer caer a sus criaturas.

  «Dios… ni él tienta a nadie.»
  Santiago 1:13, RVR1960

  Dios no sembró la concupiscencia.

  Dios no produjo la mentira.

  Dios no persuadió al hombre para rebelarse.

  Dios había dado lo bueno.

  El rebelde intentó utilizar aquello bueno contra el Dador.

  Aprendo que Dios toma seriamente la libertad que concede.

  La libertad no era decorativa.

  Las criaturas podían escoger.

  Y Dios permitió que aquellas decisiones tuvieran consecuencias verdaderas.

  Aprendo que Dios toma seriamente la autoridad que entrega.

  Adán recibió una responsabilidad verdadera.

  «…y señoree.»
  Génesis 1:26, RVR1960

  Dios no juega cuando da algo.

  Su palabra tiene peso.

  Su autoridad delegada tiene significado.

  Sus decisiones son reales.

  Aprendo que Dios no desea una creación gobernada simplemente por terror.

  La Escritura revela que el temor esclavizante no representa la relación que Dios desea.

  «No habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor.»
  Romanos 8:15, RVR1960

  Dios pudo haber destruido inmediatamente toda oposición.

  Pero entonces el resto de la creación habría visto desaparecer criaturas sin necesariamente comprender por qué.

  En cambio, permitió que la rebelión mostrara su naturaleza.

  Permitió que las decisiones salieran a la luz.

  Permitió que pudiera distinguirse:

  quién estaba simplemente siendo confrontado con una idea,

  quién la rechazaba,

  quién permanecía con Dios,

  y quién finalmente decidía convertir aquella propuesta en rebelión.

  Entonces encontramos un contraste extraordinario.

  Lucero sembró sospecha. Dios había dado razones para confiar.

  Lucero realizó contrataciones. Dios permaneció siendo Dios.

  Lucero persuadió. Dios permitió decidir.

  Lucero ofreció independencia. Dios había ofrecido relación.

  Lucero buscó apropiarse de autoridad. Dios había compartido autoridad.

  Lucero intentó convertir los regalos de Dios en instrumentos de rebelión. Dios permitió que las acciones manifestaran qué había decidido realmente cada criatura.

  Y ahora aquella misma controversia había llegado hasta el hombre.

  Lucero conocía Edén.

  Adán y Eva vivían allí.

  El rebelde conocía el proceso de persuasión.

  Había realizado contrataciones.

  Había conseguido seguidores.

  Había visto a una tercera parte manifestar su rebelión.

  Y ahora llevaría aquella estrategia hasta los seres humanos a quienes Dios había confiado responsabilidades sobre la Tierra.

  Pero finalmente ellos también tendrían que decidir.

  La serpiente podía sembrar.

  El hombre tenía que permitir que la semilla creciera.

  La serpiente podía tentar.

  El hombre tenía que escoger.

  La serpiente podía presentar una mentira.

  El hombre tenía que creerla.

  La serpiente podía ofrecer independencia.

  Adán tenía que aceptar la propuesta.

  Y cuando finalmente lo hizo, aquello que estaba interiormente llegó a manifestarse.

  Entonces la historia comenzó a mostrarnos algo que será fundamental durante todo este libro:

  Dios conoce el corazón, pero permite que las acciones revelen las decisiones.

  Dios permite libertad, pero no produce la rebelión.

  Dios permite que la tentación pueda ser resistida, pero no obliga a nadie a caer.

  Dios da autoridad, pero no es responsable cuando una criatura utiliza esa autoridad contra Él.

  Y cuando finalmente llega el juicio, las acciones han hablado.

  La rebelión ha quedado manifiesta.

  La creación puede ver aquello que Dios está juzgando.

  Y entonces la pregunta ya no será solamente:

  «¿Por qué permitió Dios que esto sucediera?»

  Ahora podremos hacer otra:

  «¿Qué hará Dios con aquellos que acaban de utilizar contra Él todo lo que Él mismo les había dado?»

  Y quizá sea precisamente allí donde conoceremos todavía más profundamente cómo es Dios.

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Dr. Elio M Rivera

     A lo largo de los capítulos anteriores ya hemos hablado varias veces del árbol.

  Lo hemos mencionado al hablar de la libertad.

  Lo hemos relacionado con el gobierno de Dios.

  Lo hemos visto dentro de la tentación de Adán y Eva.

  También hemos observado cómo alrededor de aquel árbol se enfrentaron dos palabras, dos propuestas y finalmente dos maneras completamente diferentes de entender a Dios.

  Sin embargo, mientras avanzaba en esta investigación sentí la necesidad de detenerme y dedicarle un capítulo completo.

  Porque el árbol es demasiado importante para dejarlo solamente como una parte secundaria de otros temas.

  Si queremos comprender correctamente lo que sucedió en Edén y, sobre todo, si queremos seguir descubriendo cómo es Dios, necesitamos preguntarnos directamente:

  ¿Por qué puso Dios aquel árbol en el huerto?

  Ahora el árbol adquiere muchísimo más significado.

  Durante años se ha presentado casi como el gran problema del relato.

  ¿Por qué estaba allí?

  Si Dios sabía lo que podía suceder, ¿por qué ponerlo?

  ¿Por qué colocar delante de Adán y Eva algo que no podían comer?

  ¿No habría sido más sencillo crear el huerto sin aquel árbol?

  A primera vista, parecería que eliminando el árbol se habría eliminado también la posibilidad de la caída.

  Pero después de todo lo que hemos estudiado acerca de Lucero, la libertad, el gobierno de Dios y la rebelión, comenzamos a comprender que el árbol no era una trampa.

  El arbol del bien y del mal era la manifestación visible de una libertad real.

  Dios había creado al hombre a su imagen.

  Le había dado inteligencia.

  Voluntad.

  Capacidad de amar.

  Capacidad de razonar.

  Capacidad de decidir.

  Y le había entregado autoridad sobre la Tierra.

  «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…»
  Génesis 1:26, RVR1960

  Pero una pregunta permanecía inevitablemente delante de una criatura verdaderamente libre:

  ¿podía decirle que no a Dios?

  Si la respuesta fuera no, entonces tendríamos que preguntarnos qué clase de libertad poseía realmente.

  Si Adán solamente pudiera hacer aquello que Dios quería porque todas las demás opciones hubieran sido eliminadas, su obediencia sería inevitable.

  No estaría escogiendo permanecer bajo el gobierno de Dios.

  Simplemente no existiría otra posibilidad.

  El árbol cambió eso.

  Había en el huerto un lugar en el que la voluntad del hombre podía encontrarse directamente con la voluntad de Dios.

  Dios había dicho:

  «De todo árbol del huerto podrás comer.»
  Génesis 2:16, RVR1960

  Y después estableció un límite.

  No era una prohibición en medio de escasez.

  Era un límite en medio de abundancia.

  Esto resulta importantísimo.

  Dios no colocó a Adán delante de cientos de cosas prohibidas y una sola permitida.

  Hizo exactamente lo contrario.

  Le dio un mundo.

  Un huerto.

  Alimento.

  Propósito.

  Compañía.

  Autoridad.

  Comunión con Él.

  Y dentro de toda aquella abundancia estableció un límite.

  El árbol decía silenciosamente algo extraordinario:

  «Puedes quedarte conmigo, pero no voy a obligarte.»

  Podrás confiar en mi palabra.

  O podrás desconfiar.

  Podrás aceptar que Yo conozco lo que es bueno.

  O podrás decidir que tú quieres establecerlo.

  Podrás ejercer la autoridad que te he dado bajo mi gobierno.

  O podrás intentar utilizar esa misma autoridad independientemente de mí.

  El árbol convertía la libertad en una posibilidad real.

El árbol era una cuestión de gobierno

  El nombre mismo del árbol resulta significativo:

  «el árbol de la ciencia del bien y del mal»
  Génesis 2:9, RVR1960

  El problema nunca fue que Dios quisiera mantener a Adán y Eva en ignorancia moral.

  Dios mismo les había enseñado lo que era bueno y lo que no debían hacer.

  Ya tenían una instrucción moral antes de comer.

  Sabían que Dios había dicho:

  «Esto sí.»

  «Esto no.»

  Así que la cuestión no era simplemente obtener información acerca de la existencia del bien y del mal.

  Había algo mucho más profundo.

  ¿Quién determinaría finalmente qué era bueno y qué era malo para ellos?

  Mientras Adán permaneciera bajo el gobierno de Dios, reconocería:

  «Dios es mi Creador

  «Él conoce lo que yo no conozco.»

  «Él determina los límites.»

  «Yo ejerzo autoridad, pero bajo su autoridad.»

  «Si no comprendo algo, confío en Él.»

  Pero la propuesta de la serpiente conduciría precisamente en la dirección contraria.

  «Seréis como Dios
  Génesis 3:5, RVR1960

  Es decir:

  Ya no necesitarán recibir de Dios el criterio final.

  Podrán decidir por ustedes mismos.

  Podrán establecer su propia interpretación de lo bueno y lo malo.

  Podrán vivir independientemente del gobierno del Creador.

  Por eso el árbol estaba directamente relacionado con la controversia que había comenzado con Lucero.

  Lucero había dicho:

  «Levantaré mi trono

  El hombre ahora enfrentaría una pregunta semejante:

  ¿Permanecerás bajo el trono de Dios o intentarás establecer el tuyo?

  Por eso comer el fruto no era simplemente romper una regla alimenticia.

  El acto exterior manifestaría una decisión mucho más profunda.

  «Yo decidiré.»

  «Yo determinaré.»

  «No necesito que Dios tenga la última palabra.»

  El árbol era, por tanto, una frontera de gobierno.

  De un lado estaba la autoridad delegada.

  Del otro, la autonomía.

  De un lado:

  «Dios es Rey y yo gobierno bajo Él.»

  Del otro:

  «Yo seré la autoridad final para mí mismo.»

  Y esto explica por qué el enemigo concentró su estrategia precisamente allí.

  No necesitaba quitarle a Adán toda la creación.

  Necesitaba conseguir que desconfiara de Dios en un solo punto.

  Porque si conseguía que el hombre dijera:

  «En esto Dios está equivocado y yo tengo razón»,

  habría introducido el principio mismo de la rebelión.

  El problema no era el tamaño del fruto.

  Era el tamaño de la decisión.

  Y aquí entendemos también por qué Dios no necesitaba llenar el Edén de pruebas.

  Bastaba una.

  Una sola frontera era suficiente para que la libertad pudiera expresarse.

  Una sola posibilidad de obedecer o rebelarse.

  Un solo lugar en el que Adán pudiera demostrar:

  «Confío en Dios aunque tenga la posibilidad de hacer otra cosa.»

  Esto es muy diferente de una trampa.

  Una trampa está diseñada para hacer caer a alguien.

  Pero Dios había hecho exactamente lo contrario.

  Le había advertido.

  Le había explicado la consecuencia.

  Le había dado abundancia.

  Y había colocado el límite claramente delante de él.

  Dios no escondió el peligro.

  Dijo:

  «El día que de él comieres, ciertamente morirás
  Génesis 2:17, RVR1960

  La advertencia misma demuestra que Dios no estaba buscando la caída.

  Estaba intentando evitarla.

  Un padre que advierte a su hijo acerca de un peligro no está intentando producir el accidente.

  Está tratando de protegerlo.

  Dios había hablado.

  El hombre sabía.

  Y por eso la decisión tendría significado.

Sin una posibilidad de decir no, el sí pierde gran parte de su significado

  Aquí llegamos a una cuestión todavía más profunda.

  ¿Por qué quería Dios que existiera una decisión?

  Porque Dios no había creado máquinas.

  Había creado personas.

  Seres capaces de relacionarse con Él.

  Jesús resumiría siglos después la relación con Dios de esta manera:

  «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…»
  Mateo 22:37, RVR1960

  El amor implica entrega.

  Confianza.

  Respuesta.

  Y una respuesta solamente es verdaderamente significativa cuando puede ser dada o rechazada.

  Por eso el árbol no fue colocado allí porque Dios deseaba el pecado.

  Fue colocado porque Dios había decidido dar al hombre algo extraordinariamente serio:

  libertad real.

  Una libertad que solamente pudiera decir sí no sería una libertad completa.

  Adán podía permanecer.

  Pero también podía irse.

  Podía confiar.

  Pero también podía desconfiar.

  Podía aceptar el gobierno de Dios.

  Pero también podía intentar independizarse.

  Por eso el árbol decía silenciosamente:

  «No te obligaré a permanecer conmigo.»

  Y aquí podemos ver nuevamente el carácter de Dios.

  Él tenía el poder suficiente para impedir físicamente cualquier desobediencia.

  Podría haber creado al hombre incapaz de tocar el árbol.

  Podría haber colocado una barrera infranqueable.

  Podría haber eliminado cualquier posibilidad de rebelión.

  Pero entonces la pregunta quedaría:

  ¿Adán permanecía con Dios porque lo había escogido o porque era incapaz de hacer otra cosa?

  Dios había dado libertad.

  Y ahora permitiría que esa libertad tuviera significado.

  Eso no significa que la libertad estuviera libre de consecuencias.

  Precisamente porque la decisión era real, las consecuencias también lo serían.

  Dios había advertido acerca de ellas.

  Libertad no significa que todas las decisiones produzcan el mismo resultado.

  Una persona es libre de alejarse de una fuente de agua.

  Pero no puede escoger alejarse indefinidamente del agua y al mismo tiempo exigir que su cuerpo continúe viviendo como si nunca se hubiera separado de ella.

  Del mismo modo, Dios era la fuente de la vida.

  David escribiría:

  «Porque contigo está el manantial de la vida.»
  Salmos 36:9, RVR1960

  Separarse de Dios no podía producir más vida.

  El árbol no contenía una maldición arbitraria colocada por un Dios irritable.

  Representaba una decisión acerca de la relación con la fuente misma de la vida.

  Dios estaba diciendo:

  «Puedes escoger vivir bajo mi gobierno o intentar vivir separado de mí. Pero debes saber que separarte de la fuente de la vida tendrá consecuencias.»

  Y aquí la mentira de Satanás adquiere toda su fuerza.

  Dios dijo:

  «Ciertamente morirás.»

  Satanás respondió:

  «No moriréis.»

  El conflicto era ahora completamente visible.

  Dos palabras.

  Dos gobiernos.

  Dos versiones de la realidad.

  Dios decía:

  «La vida está conmigo.»

  El rebelde decía:

  «Puedes separarte de Dios y no perder nada.»

  El árbol se convirtió así en el lugar donde esas dos propuestas se encontraron.

  Y el hombre tendría que decidir a quién creer.

  Esto también explica por qué la tentación tenía que atacar primero el carácter de Dios.

  Mientras Adán y Eva creyeran que Dios era bueno, el límite tendría sentido.

  Aunque no comprendieran completamente todas sus razones, podrían pensar:

  «Si Dios lo dijo, debe existir una razón buena.»

  Pero si Satanás conseguía introducir la sospecha:

  «Dios te está reteniendo algo bueno»

  entonces el mismo árbol comenzaría a verse de otra manera.

  Ya no como una oportunidad de confiar.

  Sino como evidencia de que Dios estaba restringiéndolos.

  Por eso la serpiente dijo:

  «Sabe Dios…»
  Génesis 3:5, RVR1960

  La insinuación era terrible.

  Dios sabe algo.

  Y no quiere que ustedes lo tengan.

  El problema ya no era el fruto.

  Era la sospecha acerca del Padre.

  Cuando la imagen de Dios cambió, también cambió la manera en que Eva contempló el árbol.

  Y Génesis dice:

  «Vio la mujer que el árbol era bueno para comer… y árbol codiciable…»
  Génesis 3:6, RVR1960

  Ahora aparece la concupiscencia.

  El límite comenzó a parecer pérdida.

  Aquello que Dios no había dado comenzó a parecer indispensable.

  Pero todavía existía libertad.

  Podía sentir el deseo y rechazarlo.

  Podía experimentar la tentación y acudir a Dios.

  Podía contemplar el árbol y no tomar.

  La concupiscencia todavía no era la acción.

  Santiago explica:

  «La concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado.»
  Santiago 1:15, RVR1960

  Llegaría un momento en que la decisión tendría que manifestarse.

  Y finalmente Eva tomó.

  Adán también comió.

  La libertad se había expresado.

  El árbol había cumplido precisamente aquello que hacía posible su existencia:

  manifestar una decisión real.

  No porque Dios quisiera que escogieran mal.

  Sino porque Dios había decidido que si permanecían con Él, no sería porque Él hubiera eliminado físicamente toda posibilidad de marcharse.

  Podían decirle que no.

  Y precisamente por eso su sí podía tener significado.

¿Qué puedo aprender de Dios aquí?

  El árbol nos permite descubrir varias cosas extraordinarias acerca del carácter de Dios.

  Aprendo que Dios no puso una trampa.

  Una trampa esconde el peligro.

  Dios hizo exactamente lo contrario: advirtió con claridad.

  «El día que de él comieres, ciertamente morirás.»
  Génesis 2:17, RVR1960

  Aprendo que Dios es generoso.

  Antes de señalar el único límite, había dicho:

  «De todo árbol del huerto podrás comer.»
  Génesis 2:16, RVR1960

  La historia no comienza con prohibición.

  Comienza con abundancia.

  Aprendo que Dios desea una relación verdadera.

  No creó seres incapaces de responder.

  El mayor mandamiento habla precisamente de una respuesta del corazón:

  «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.»
  Mateo 22:37, RVR1960

  Aprendo que Dios respeta las decisiones que permite tomar.

  A lo largo de la Escritura encontramos a Dios colocando elecciones delante del ser humano:

  «Escoge, pues, la vida.»
  Deuteronomio 30:19, RVR1960

  Aprendo que Dios advierte porque quiere proteger.

  Su límite no era egoísmo.

  Era una advertencia acerca de aquello que ocurriría al separarse de la fuente de la vida.

  «Porque contigo está el manantial de la vida.»
  Salmos 36:9, RVR1960

  Aprendo que Dios no necesita obligar para seguir siendo Dios.

  Su trono no estaba en peligro porque una criatura pudiera rechazarlo.

  «Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos.»
  Salmos 103:19, RVR1960

  Por eso ahora el árbol deja de parecer una pregunta incómoda colocada en medio del Edén.

  Comienza a convertirse en una ventana hacia el carácter de Dios.

  Dios dio abundantemente.

  Dios estableció un límite.

  Dios explicó la consecuencia.

  Dios permitió decidir.

  Dios no escondió el peligro.

  Dios no obligó a permanecer.

  El rebelde diría:

  «Dios te está quitando algo.»

  Pero el huerto entero decía:

  «Dios te lo ha dado casi todo.»

  El rebelde diría:

  «Ese límite demuestra que Dios no quiere lo mejor para ti.»

  Pero la advertencia decía:

  «Dios conoce algo que tú todavía no puedes ver.»

  El rebelde diría:

  «Serás más libre si decides por ti mismo.»

  Pero la historia estaba a punto de mostrar lo que realmente produce una vida separada de Dios.

  El árbol no decía:

  «Estoy esperando que falles.»

  Decía:

  «Eres verdaderamente libre.»

  «Puedes confiar en mí.»

  «Puedes permanecer bajo mi gobierno.»

  «Pero no voy a obligarte.»

  Y quizá ahí encontramos una de las expresiones más profundas del amor de Dios.

  Dios quería que el hombre permaneciera.

  Le advirtió que no se marchara.

  Le había dado todas las razones para confiar.

  Pero dejó abierta la posibilidad de decirle que no.

  Porque un Dios que busca amor no necesita una creación de prisioneros.

  Busca criaturas que, teniendo la posibilidad de alejarse, puedan mirarlo libremente y decir:

  «Quiero permanecer contigo.»

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Dr. Elio M Rivera

  Llegamos ahora a una de las preguntas que durante mucho tiempo me produjo mayor dificultad al leer la historia de la caída.

  Adán y Eva eran inocentes.

  Lucero era astuto.

  Había ocupado una posición extraordinaria.

  Había realizado sus contrataciones.

  Había conseguido que una parte de los ángeles se uniera a su rebelión.

  Conocía la persuasión.

  Conocía el engaño.

  Sabía sembrar dudas.

  Sabía presentar una mentira de tal manera que pareciera una oportunidad.

  Y entonces surge una pregunta inevitable:

  ¿No puso Dios a dos seres humanos inocentes frente a un enemigo demasiado experimentado para ellos?

  ¿Fue realmente una prueba justa?

  ¿Tenían Adán y Eva alguna posibilidad verdadera de resistir?

  ¿O estaban destinados a perder desde el principio?

Adán y Eva, inocentes, pero no incapaces de resistir la tentación

  Si imaginamos a Adán y Eva como dos criaturas ingenuas, casi infantiles, recién aparecidas en un mundo que apenas comprendían, mientras frente a ellos se encontraba un ser extraordinariamente inteligente y experimentado en la rebelión, la escena puede parecer profundamente desigual.

  Pero ésa no es la descripción que Génesis nos proporciona de Adán y Eva.

  Inocencia no significa incapacidad.

  Pureza no significa ignorancia intelectual.

  No haber pecado todavía no significa no poseer inteligencia, discernimiento, voluntad o capacidad para decidir.

  Adán y Eva eran inocentes porque todavía no habían participado del pecado.

  Pero no eran niños intelectualmente indefensos.

  Habían sido creados por Dios con capacidades extraordinarias.

  Y antes de llegar a la tentación debemos observar qué clase de personas eran realmente.

Adán no era un hombre intelectualmente indefenso

  La primera descripción que recibimos de Adán no es la de alguien incapaz de comprender instrucciones.

  Dios le confió responsabilidades.

  Lo colocó en el huerto:

  «para que lo labrara y lo guardase.»
  Génesis 2:15, RVR1960

  Esto ya implica comprensión.

  Trabajo.

  Observación.

  Responsabilidad.

  Planificación.

  Cuidado.

  Administración.

  Pero Dios le había entregado algo todavía mayor.

  Desde el principio dijo acerca del hombre:

  «…y señoree…»
  Génesis 1:26, RVR1960

  Adán había sido creado para gobernar.

  No como soberano independiente de Dios, sino como administrador de la creación bajo el gobierno del Creador.

  Una responsabilidad semejante resulta difícil de reconciliar con la idea de un hombre mentalmente ingenuo o incapaz de evaluar una decisión.

  Dios no entregó el gobierno de la Tierra a un niño indefenso.

  Creó un hombre capaz de aprender.

  Capaz de comprender.

  Capaz de trabajar.

  Capaz de recibir instrucciones.

  Capaz de comunicarse.

  Capaz de tomar decisiones.

  Y existe una escena que frecuentemente leemos demasiado rápido.

  Dios llevó los animales delante de Adán.

  La Escritura dice:

  «Todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre.»
  Génesis 2:19, RVR1960

  Detengámonos a pensar en lo que eso implica.

  Adán observaba una criatura.

  La distinguía de las demás.

  Reconocía características.

  Podía establecer diferencias.

  Formaba una identificación mental.

  Producía un nombre.

  Relacionaba aquel nombre con aquella criatura.

  Y continuaba con la siguiente.

  No sabemos cuántos animales pasaron delante de él ni podemos afirmar a partir del texto un número exacto.

  Pero la tarea descrita por Génesis supone una capacidad intelectual impresionante.

  Lenguaje.

  Memoria.

  Observación.

  Clasificación.

  Asociación.

  Diferenciación.

  Comprensión.

  Adán no estaba pronunciando sonidos al azar.

  Estaba desarrollando una de las primeras grandes tareas intelectuales registradas en la historia bíblica.

  Y si pensamos en la enorme diversidad de animales que debió reconocer y diferenciar, la capacidad de conservar y relacionar una enorme cantidad de nombres y características tuvo que ser extraordinaria.

  En términos humanos actuales, una persona que pudiera observar gran cantidad de criaturas, distinguir unas de otras, asignarles nombres adecuados y conservar mentalmente aquella información poseería una capacidad cognitiva notable.

  Y éste era Adán antes de la caída.

  No encontramos un cerebro deteriorado por enfermedad.

  No encontramos generaciones de decadencia.

  No encontramos un hombre con dificultades provocadas por un mundo caído.

  Estamos contemplando al ser humano recién salido de las manos de Dios.

  La Escritura había dicho de toda aquella creación:

  «era bueno en gran manera
  Génesis 1:31, RVR1960

  Y Eva tampoco apareció como una criatura intelectualmente inferior.

  Fue creada como compañera correspondiente a Adán.

  Podía hablar.

  Comprender.

  Razonar.

  Recordar la instrucción de Dios.

  Evaluar una propuesta.

  Tomar una decisión.

  Cuando la serpiente habló con ella, Eva sabía perfectamente que existía una instrucción divina.

  Respondió:

  «Del fruto de los árboles del huerto podemos comer.»
  Génesis 3:2, RVR1960

  Y conocía la prohibición relacionada con el árbol.

  Así que no estamos contemplando a una mujer que desconocía lo que Dios había dicho.

  La tentación ocurrió frente a personas inteligentes, informadas y responsables.

  Y hay algo todavía más importante.

  Adán y Eva no solamente habían aprendido acerca de la creación.

  Habían convivido con Dios.

  Conocían su voz.

  Habían recibido su bendición.

  Habían recibido sus instrucciones.

  Habían experimentado su provisión.

  Habían visto todo aquello que Él había preparado para ellos.

  Antes de que Satanás dijera una sola palabra acerca del carácter de Dios, Adán y Eva ya poseían evidencia de su bondad.

  El huerto entero era evidencia.

  Su propia existencia era evidencia.

  Su relación era evidencia.

  La abundancia era evidencia.

  La autoridad que habían recibido era evidencia.

  La comunión con Dios era evidencia.

  Por eso la serpiente no llegó a dos personas que no sabían quién era Dios.

  Llegó a personas que tenían razones para confiar en Él.

  Esto cambia profundamente la manera en que debemos contemplar la tentación.

El Dios que no cambia tampoco diseñaría una tentación imposible

  Aquí encontramos un principio todavía más importante.

  Si queremos conocer cómo actuó Dios al principio, debemos recordar quién es Dios.

  La Escritura declara:

  «Porque yo Jehová no cambio.»
  Malaquías 3:6, RVR1960

  Y acerca de Jesucristo dice:

  «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos
  Hebreos 13:8, RVR1960

  Dios no tuvo un carácter en Edén y después desarrolló otro.

  No era injusto entonces y justo ahora.

  No era caprichoso entonces y fiel después.

  No cambió sus principios morales a medida que transcurrió la historia.

  Su carácter permanece.

  Por eso existe un principio del Nuevo Testamento que considero extremadamente importante cuando intentamos comprender lo ocurrido en Edén.

  Pablo escribe:

  «Fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir.»
  1 Corintios 10:13, RVR1960

  El contexto directo de este pasaje son los creyentes a quienes Pablo está exhortando.

  No está escribiendo específicamente acerca de Adán y Eva.

  Pero observe lo que el versículo revela acerca de Dios:

  «Fiel es Dios.»

  El principio se fundamenta en su carácter.

  Dios es fiel.

  No prepara deliberadamente una situación diseñada para hacer inevitable la caída de sus hijos.

  No coloca delante de ellos una tentación que solamente puede terminar en derrota y después los culpa por haber perdido.

  Eso sería incompatible con la fidelidad que la Escritura atribuye a Dios.

  Y si Dios es el mismo ayer, hoy y por los siglos, tenemos buenas razones para considerar que el mismo carácter estaba presente en Edén.

  Dios no permitió que Adán y Eva enfrentaran una situación en la que obedecer fuera imposible.

  Tenían la capacidad de resistir.

  La presencia de una tentación no demuestra que la caída fuera inevitable.

  Demuestra precisamente que existía una decisión.

  Y aquí debemos volver a algo que ya estudiamos.

  La concupiscencia no es todavía la acción.

  Santiago describe un proceso:

  «Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.»
  Santiago 1:14, RVR1960

  Y después:

  «La concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado.»
  Santiago 1:15, RVR1960

  Hay un trayecto entre ser atraído y finalmente actuar.

  Eva podía contemplar.

  Podía sentir deseo.

  Podía escuchar el argumento.

  Podía ser confrontada con la mentira.

  Pero todavía no había tomado el fruto.

  Todavía existía espacio para detenerse.

  Podía rechazar la propuesta.

  Podía acudir a Adán.

  Podían acudir a Dios.

  Podían recordar lo que Dios había dicho.

  Podían comparar la palabra de una criatura con la palabra del Creador.

  Podían mirar todo lo que Dios les había dado y preguntarse:

  «¿Realmente tenemos razones para sospechar de Él?»

  La serpiente podía hablar.

  Pero no podía obligar.

  Podía presentar el fruto.

  Pero no podía mover la mano de Eva.

  Podía mentir.

  Pero no podía obligarla a creer.

  Podía presentar independencia como algo deseable.

  Pero no podía tomar la decisión por ellos.

  Eso explica algo fundamental:

  Satanás necesitaba persuadir precisamente porque no podía obligar.

  Si hubiera tenido poder para controlar la voluntad humana, toda aquella conversación habría sido innecesaria.

  No necesitaba preguntar:

  «¿Conque Dios os ha dicho…?»

  No necesitaba contradecir:

  «No moriréis.»

  No necesitaba prometer:

  «Seréis como Dios

  Simplemente habría obligado.

  Pero no podía.

  Necesitaba consentimiento.

  Necesitaba que Eva creyera.

  Necesitaba que Eva tomara.

  Y finalmente necesitaba que Adán decidiera.

  Aquí aparece además una declaración del Nuevo Testamento que no debemos ignorar:

  «Adán no fue engañado
  1 Timoteo 2:14, RVR1960

  Eva fue engañada.

  Pero Adán no.

  Esto significa que, por lo menos en el caso de Adán, no podemos explicar la caída diciendo simplemente:

  «No entendió.»

  Pablo dice que no fue engañado.

  Adán tomó una decisión.

  Y eso vuelve mucho más seria la naturaleza de aquello que ocurrió.

  No fue simplemente una batalla entre un ser extremadamente inteligente y dos seres humanos incapaces de comprender.

  Fue una confrontación entre dos propuestas.

  La palabra de Dios.

  Y la palabra del rebelde.

  El gobierno de Dios.

  Y la independencia ofrecida por Satanás.

  Adán y Eva tenían inteligencia.

  Tenían información.

  Tenían experiencia con Dios.

  Tenían abundancia.

  Tenían su palabra.

  Tenían advertencia.

  Tenían capacidad de decidir.

  Y tenían la posibilidad de rechazar la propuesta.

  Por eso eran responsables.

  No porque Dios hubiera colocado delante de ellos una tentación imposible.

  Sino precisamente porque podían haber escogido otra cosa.

  Esto resulta muy importante para nuestra investigación acerca del carácter de Dios.

  Porque de otra manera terminaríamos construyendo una imagen profundamente injusta.

  Un Dios que crea dos seres inocentes.

  Después permite que una criatura incomparablemente superior los confronte con una tentación que no pueden resistir.

  Luego observa cómo inevitablemente caen.

  Y finalmente los juzga por hacer aquello que nunca tuvieron capacidad de evitar.

  Ese cuadro no concuerda con el Dios que las Escrituras revelan.

  La Biblia dice:

  «Fiel es Dios.»

  No debemos comenzar con una interpretación que lo haga parecer infiel y después intentar defenderlo.

  Debemos permitir que lo que sabemos de su carácter nos ayude a comprender lo que ocurrió.

  La tentación fue real.

  El peligro era real.

  Satanás era astuto.

  Su experiencia era mayor.

  Pero Adán y Eva no estaban abandonados.

  No estaban intelectualmente incapacitados.

  No estaban desinformados.

  No estaban obligados.

  Y sobre todo:

  no estaban delante de una tentación que solamente podía terminar en pecado.

  Existía una salida.

  La más sencilla de todas:

  creerle a Dios.

  No necesitaban conocer todos los secretos de la rebelión.

  No necesitaban ser más astutos que Lucero.

  No necesitaban desarrollar un argumento filosófico superior al suyo.

  Solamente necesitaban hacer algo que estaba completamente dentro de su capacidad:

  confiar en Aquel que ya conocían.

  Eso también nos enseña algo acerca de la tentación.

  Vencer no siempre consiste en ser más inteligente que quien tienta.

  Muchas veces consiste simplemente en decidir:

  «Dios habló. Yo le creo.»

  Eva tenía delante de ella dos declaraciones.

  Dios:

  «Ciertamente morirás.»

  La serpiente:

  «No moriréis.»

  No podía creer ambas.

  Tenía que decidir quién decía la verdad.

  Y tenía evidencia.

  ¿Quién le había dado la vida?

  Dios.

  ¿Quién había preparado el huerto?

  Dios.

  ¿Quién le había dado abundancia?

  Dios.

  ¿Quién había creado a Adán?

  Dios.

  ¿Quién la había creado a ella?

  Dios.

  ¿Quién les había entregado autoridad?

  Dios.

  ¿Quién había establecido una relación con ellos?

  Dios.

  Ahora una criatura les decía:

  «No confíen en Él.»

  La elección no estaba ocurriendo en ausencia de evidencia.

  Todo aquello que los rodeaba daba testimonio del carácter del Creador.

  Por eso la caída no demuestra que Dios los hubiera colocado frente a algo imposible.

  Demuestra algo mucho más doloroso:

  teniendo razones para confiar, escogieron desconfiar.

  Y aquí encontramos nuevamente la verdadera naturaleza del pecado.

  No comenzó con una fruta.

  Comenzó cuando la palabra de la criatura adquirió mayor autoridad en su corazón que la palabra del Creador.

  El fruto solamente hizo visible la decisión.

¿Qué puedo aprender de Dios aquí?

  Este episodio nos permite seguir conociendo a Dios no solamente por lo que dice acerca de sí mismo, sino por la manera en que trató a sus criaturas.

  Aprendo que Dios es fiel.

  La Escritura fundamenta nuestra seguridad frente a la tentación precisamente en esa característica:

  «Fiel es Dios.»
  1 Corintios 10:13, RVR1960

  Dios no disfruta colocando a sus criaturas en situaciones diseñadas para hacerlas fracasar.

  Aprendo que Dios no cambia.

  El Dios de Edén no pertenece a una etapa primitiva de su carácter.

  «Porque yo Jehová no cambio.»
  Malaquías 3:6, RVR1960

  Y Jesucristo:

  «es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.»
  Hebreos 13:8, RVR1960

  Si hoy descubrimos a un Dios fiel, justo y bueno, ése es el mismo Dios que estaba en Edén.

  Aprendo que Dios no es el autor de la tentación.

  Santiago dice:

  «Dios… ni él tienta a nadie.»
  Santiago 1:13, RVR1960

  La voz que intentaba separar al hombre de Dios no provenía de Dios.

  Aprendo que Dios preparó al hombre para la responsabilidad que le dio.

  Adán podía trabajar.

  Administrar.

  Gobernar.

  Nombrar.

  Recordar.

  Relacionar.

  Recibir instrucciones.

  Tomar decisiones.

  Dios no puso una responsabilidad enorme sobre una criatura incapaz de llevarla.

  Aprendo que Dios habla antes del peligro.

  Antes de que apareciera la serpiente con su contradicción, Dios ya había dado su palabra.

  «El día que de él comieres, ciertamente morirás.»
  Génesis 2:17, RVR1960

  No escondió la consecuencia.

  Advirtió.

  Aprendo que Dios da razones para confiar.

  Antes de establecer un límite había rodeado al hombre de bondad.

  «De todo árbol del huerto podrás comer.»
  Génesis 2:16, RVR1960

  La prohibición estaba rodeada de generosidad.

  Aprendo que Dios permite decisiones verdaderas.

  Podía impedir físicamente cualquier desobediencia.

  No lo hizo.

  Permitió que Adán y Eva respondieran realmente.

  Y por eso debemos recordar el contraste.

  Satanás necesitó engañar. Dios había hablado con claridad.

  Satanás sembró sospecha. Dios había demostrado bondad.

  Satanás presentó una falsa necesidad. Dios había dado abundancia.

  Satanás ofreció independencia. Dios había ofrecido gobierno, relación y vida.

  Satanás podía persuadir. No podía obligar.

  La concupiscencia podía atraer. No tenía que convertirse en acción.

  El fruto estaba disponible. La mano todavía podía detenerse.

  Y entonces nuestra pregunta inicial comienza a responderse.

  ¿Eran inocentes?

  Sí.

  ¿Eran intelectualmente indefensos?

  No.

  ¿Era Satanás astuto?

  Sí.

  ¿Era la tentación real?

  Sí.

  ¿Podían resistirla?

  Dentro de todo lo que las Escrituras nos revelan acerca de la fidelidad y justicia de Dios, existen buenas razones para responder:

  Sí.

  Porque el mismo Dios que hoy dice que no permitirá a los suyos ser tentados más allá de lo que pueden resistir es el Dios que estaba allí.

  El Dios de ayer.

  El Dios de hoy.

  Y el Dios de siempre.

  La caída no ocurrió porque Satanás fuera demasiado poderoso para que Adán y Eva pudieran decirle no.

  Ocurrió cuando dos seres capaces de confiar decidieron escuchar otra voz.

  Y eso hace todavía más importante la pregunta que viene después.

  Porque si tenían inteligencia, conocimiento, capacidad y una verdadera posibilidad de resistir, entonces tendremos que preguntarnos:

  ¿qué responsabilidad tuvieron realmente Adán y Eva en aquello que sucedió?

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Dr. Elio M Rivera

  Visto superficialmente, el relato puede parecer desproporcionado.

  Una mujer toma un fruto.

  Come.

  Se lo entrega a su marido.

  Él también come.

  Y después aparecen vergüenza, miedo, separación, dolor, muerte y una humanidad entera viviendo las consecuencias.

  Entonces surge una pregunta inevitable:

  ¿Todo esto ocurrió simplemente porque dos personas comieron una fruta?

  Si ésa fuera toda la historia, las consecuencias parecerían difíciles de comprender.

  Pero el fruto era solamente la manifestación exterior de algo muchísimo más profundo que ya estaba sucediendo en el corazón.

  Había rebelión.

  Había orgullo.

  Había egoísmo.

  Había rechazo de autoridad.

  Había desconfianza.

  Había una decisión acerca de quién tendría la última palabra.

  Y finalmente había un intento de establecer una vida independiente del gobierno de Dios.

  Por eso, para comprender Génesis 3, no debemos quedarnos mirando solamente el fruto.

  Tenemos que preguntarnos qué significaba tomarlo.

El fruto era la firma de una declaración de independencia

  Dios había creado al hombre.

  Le había dado vida.

  Le había preparado un mundo.

  Le había entregado el huerto.

  Le había dado alimento.

  Le había dado compañía.

  Le había dado propósito.

  Le había dado autoridad.

  Y sobre todo, había establecido una relación con él.

  El modelo era extraordinariamente sencillo.

  Dios era Rey.

  El hombre gobernaba bajo su autoridad.

  Dios había dicho:

  «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…»
  Génesis 1:26, RVR1960

  El hombre tenía autoridad.

  Pero era autoridad delegada.

  Podía gobernar la Tierra, pero no había creado la Tierra.

  Podía administrar la vida, pero no era la fuente de la vida.

  Podía tomar decisiones, pero seguía siendo criatura.

  Dios continuaba siendo Dios.

  Mientras Adán y Eva permanecieran dentro de ese orden, la relación era:

  «Tú eres nuestro Dios. Nosotros somos tus criaturas. Tú eres la fuente. Nosotros dependemos de ti. Tú eres el Rey. Nosotros gobernamos bajo tu autoridad.»

  Pero la serpiente presentó una alternativa.

  «Seréis como Dios
  Génesis 3:5, RVR1960

  Ésta era mucho más que una invitación a probar un alimento.

  Era la misma esencia de la rebelión que había aparecido anteriormente en Lucero.

  Lucero había dicho:

  «Seré semejante al Altísimo
  Isaías 14:14, RVR1960

  Ahora la serpiente decía al hombre:

  «Seréis como Dios.»

  El mensaje de fondo era:

  No necesitan continuar dependiendo de Él.

  No necesitan aceptar que Él determine lo que es bueno y lo que es malo.

  No necesitan permitir que su palabra sea la autoridad final.

  Pueden decidir por ustedes mismos.

  Pueden gobernarse a ustedes mismos.

  Pueden establecer sus propios criterios.

  Pueden ser su propia autoridad.

  Por eso el acto de tomar el fruto podía expresar algo muchísimo más profundo:

  «Dios, ya no queremos que gobiernes nuestra vida.»

  «No aceptamos que tú tengas la última palabra.»

  «No necesitamos depender de ti.»

  «Nosotros decidiremos qué es bueno y qué es malo.»

  «Nosotros estableceremos nuestros límites.»

  «Nosotros gobernaremos nuestra vida.»

  «Somos suficientes.»

  Ése era el verdadero horror de lo ocurrido.

  No estaban rechazando simplemente una regla.

  Estaban rechazando al Legislador.

  No estaban rechazando solamente una instrucción.

  Estaban rechazando la autoridad de quien la había dado.

  No estaban escogiendo solamente un fruto.

  Estaban escogiendo un gobierno.

  Y entonces el fruto se convirtió en algo semejante a una firma.

  La rebelión ya había sido propuesta.

  La mentira había sido escuchada.

  La concupiscencia había atraído.

  La independencia había sido presentada.

  Pero finalmente tenía que existir una acción que manifestara la decisión.

  Tomar el fruto fue firmar con hechos aquello que el corazón había decidido.

  Por eso Santiago describe el proceso diciendo que la concupiscencia, después de concebir:

  «da a luz el pecado.»
  Santiago 1:15, RVR1960

  La mano extendiéndose hacia el fruto fue el momento en que algo interior se convirtió en una acción exterior.

  Ya no era solamente una idea.

  Ya no era solamente tentación.

  Ya no era solamente concupiscencia.

  Ahora había una acción.

  Y la acción decía:

  «Hemos escogido.»

Fue una rebelión contra el Rey

  Existe una expresión que utilizamos cuando alguien que ha recibido confianza, posición o autoridad se vuelve contra aquel gobierno al que debía lealtad:

  alta traición.

  Dentro de la reconstrucción que hemos venido desarrollando, considero que esa expresión nos ayuda a comprender la gravedad de lo sucedido.

  Adán no era un extraño.

  Era el hombre a quien Dios había confiado responsabilidades sobre la Tierra.

  Había recibido autoridad directamente del Creador.

  Había recibido su comisión.

  Había recibido su palabra.

  Había experimentado su bondad.

  Conocía su gobierno.

  Y entonces utilizó precisamente la libertad y la autoridad que Dios le había dado para actuar contra quien se las había dado.

  Eso es mucho más serio que comer algo prohibido.

  Era rebelión contra el Rey.

  Dios había dicho:

  «Gobierna conmigo.»

  La rebelión respondía:

  «Gobernaré sin ti.»

  Dios había dicho:

  «Yo te mostraré el camino.»

  La rebelión respondía:

  «Yo determinaré mi propio camino.»

  Dios había dicho:

  «Confía en mi palabra.»

  La rebelión respondía:

  «Yo decidiré qué palabra creer.»

  Dios había dicho:

  «Yo soy la fuente de tu vida.»

  La rebelión pretendía responder:

  «Puedo vivir independientemente de ti.»

  Y aquí encontramos el corazón del pecado.

  El pecado no consiste solamente en hacer cosas malas.

  En su raíz más profunda existe una declaración:

  «Yo quiero gobernarme sin Dios.»

  Por eso la rebelión de Lucero y la caída del hombre poseen una semejanza tan extraordinaria.

  Lucero quiso levantar su propio trono.

  Adán quiso ejercer su voluntad independientemente del trono de Dios.

  Lucero quiso ser semejante al Altísimo.

  Al hombre se le ofreció:

  «Seréis como Dios.»

  Lucero rechazó el lugar que Dios le había dado.

  Adán y Eva rechazaron el límite que Dios había establecido.

  En ambos casos encontramos la misma raíz:

  la criatura intentando ocupar el lugar que solamente corresponde al Creador.

  Pablo describiría posteriormente algo semejante en la humanidad:

  «…no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias…»
  Romanos 1:21, RVR1960

  Ése es el problema fundamental.

  Dios deja de ocupar el lugar de Dios en el corazón de la criatura.

  Y cuando eso sucede, inevitablemente alguien ocupará ese lugar.

  Generalmente:

  nosotros mismos.

  Yo decidiré.

  Yo determinaré.

  Yo estableceré.

  Yo gobernaré.

  Yo definiré.

  Y aquí el orgullo y el egoísmo aparecen unidos.

  El orgullo dice:

  «Yo sé mejor que Dios.»

  El egoísmo dice:

  «Lo que yo quiero es más importante que lo que Dios quiere.»

  La rebelión dice:

  «No aceptaré su autoridad.»

  Y la independencia dice:

  «Puedo vivir sin Él.»

  Todo eso podía estar contenido detrás de un acto aparentemente pequeño.

  Comer.

  Por eso la gravedad de un acto no siempre puede medirse por su apariencia exterior.

  Una firma puede ser solamente unos cuantos trazos de tinta.

  Pero esa firma puede declarar una guerra.

  Puede transferir una propiedad.

  Puede terminar una alianza.

  Puede establecer un gobierno.

  Puede comprometer a una nación.

  El tamaño físico de la acción no determina el tamaño de lo que representa.

  El fruto era pequeño.

  La decisión era enorme.

  Y había algo todavía más grave.

  Adán no estaba tomando aquella decisión solamente como un individuo aislado.

  Era cabeza de una humanidad que procedería de él.

  Pablo explica:

  «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre…»
  Romanos 5:12, RVR1960

  El pecado entró en el mundo.

  La decisión de Adán abrió una puerta que afectaría a aquellos que vendrían después.

  Pablo vuelve a decir:

  «Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores.»
  Romanos 5:19, RVR1960

  Ésta es una de las consecuencias más terribles de la autoridad y de la representación.

  Las decisiones de quienes están al frente pueden afectar a quienes vienen detrás.

  Nosotros no estuvimos físicamente junto al árbol.

  No extendimos aquella primera mano.

  No escuchamos personalmente aquella primera conversación.

  Pero nacimos dentro del mundo que aquella rebelión ayudó a producir.

  Adán nos arrastró con él.

  La humanidad que debía nacer bajo un gobierno en comunión con Dios comenzó a nacer dentro de una humanidad separada, herida por el pecado y sometida a la muerte.

  Pablo dice:

  «…y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres.»
  Romanos 5:12, RVR1960

  Ahora podemos comprender por qué las consecuencias fueron tan grandes.

  No fueron enormes porque Dios se enfureciera desproporcionadamente porque alguien había comido una fruta.

  Fueron enormes porque la humanidad acababa de separarse de la fuente de la vida y rebelarse contra el gobierno bajo el cual había sido creada para vivir.

  El problema no estaba principalmente en el fruto.

  Estaba en aquello que el fruto manifestó.

  Un cambio de lealtad.

  Un rechazo de autoridad.

  Una declaración de independencia.

  Una rebelión contra el Rey.

  Alta traición.

  Y las consecuencias comenzaron inmediatamente.

  Antes habían estado desnudos y no se avergonzaban.

  Ahora se escondieron.

  Antes disfrutaban la presencia de Dios.

  Ahora tuvieron miedo.

  Antes existía transparencia entre ellos.

  Ahora aparecieron acusaciones.

  Antes gobernaban bajo Dios.

  Ahora habían abierto la puerta a otro gobierno.

  Antes conocían la vida sin muerte.

  Ahora la muerte había entrado en la historia humana.

  La serpiente había prometido:

  «No moriréis.»

  Pero la historia comenzaría a demostrar quién había dicho la verdad.

  Dios no les había prohibido el fruto porque temiera que el hombre alcanzara una vida superior.

  Les había advertido porque sabía adónde conducía la independencia que Satanás les estaba ofreciendo.

  El hombre dijo, en esencia:

  «Podemos vivir sin ti.»

  Y la historia humana se convertiría en la demostración de lo que ocurre cuando una criatura intenta hacerlo.

  Guerras.

  Violencia.

  Egoísmo.

  Dominación.

  Injusticia.

  Mentira.

  Enfermedad.

  Dolor.

  Muerte.

  No porque cada sufrimiento individual pueda atribuirse directamente a una decisión personal concreta, sino porque la humanidad comenzó a vivir dentro de un orden profundamente herido por el pecado.

  La creación misma terminaría gimiendo.

  Pablo dice que:

  «toda la creación gime a una, y a una está con dolores…»
  Romanos 8:22, RVR1960

  La promesa de independencia parecía libertad.

  Produjo esclavitud.

  Parecía conocimiento.

  Produjo vergüenza.

  Parecía exaltación.

  Produjo caída.

  Parecía autonomía.

  Produjo separación.

  Prometía que no morirían.

  Y la muerte entró en el mundo.

  La historia comenzaría a comparar los dos gobiernos.

  Y sus frutos hablarían.

¿Qué puedo aprender de Dios aquí?

  Precisamente porque este capítulo describe una rebelión tan profunda, también nos permite observar con mayor claridad quién es Dios.

  Aprendo que Dios es la fuente de la vida.

  La muerte no demuestra que Dios fuera cruel al advertirles.

  Demuestra que su advertencia era verdadera.

  «Porque contigo está el manantial de la vida.»
  Salmos 36:9, RVR1960

  Separarse de la fuente de la vida nunca podía producir una vida superior.

  Aprendo que Dios dice la verdad.

  Dios había advertido que la desobediencia traería muerte.

  Satanás dijo:

  «No moriréis.»

  Jesús diría acerca del Padre:

  «Tu palabra es verdad.»
  Juan 17:17, RVR1960

  La historia demostraría quién había mentido.

  Aprendo que los límites de Dios no son evidencia de falta de amor.

  Dios no estaba reteniendo algo bueno por egoísmo.

  La Escritura dice:

  «No quitará el bien a los que andan en integridad.»
  Salmos 84:11, RVR1960

  Su límite protegía.

  La serpiente consiguió que pareciera opresión.

  Aprendo que Dios toma seriamente las decisiones humanas.

  Había dado al hombre autoridad y libertad reales.

  Cuando el hombre las utilizó contra Él, la decisión tuvo consecuencias reales.

  Aprendo que Dios sigue siendo Rey aunque una criatura lo rechace.

  La rebelión de Lucero no derribó su trono.

  La rebelión de Adán tampoco.

  «Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos.»
  Salmos 103:19, RVR1960

  El hombre podía rechazar su gobierno.

  No podía dejar de hacer que Dios fuera Dios.

  Aprendo que Dios había dado antes de pedir.

  Vida.

  Mundo.

  Huerto.

  Alimento.

  Compañía.

  Propósito.

  Autoridad.

  Comunión.

  La rebelión no ocurrió frente a un Dios que nunca había demostrado su bondad.

  Ocurrió rodeada de sus regalos.

  «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto.»
  Santiago 1:17, RVR1960

  Y entonces podemos mirar nuevamente aquel fruto.

  Era solamente un fruto.

  Pero tomarlo significaba muchísimo más.

  «No queremos tu gobierno.»

  «No aceptamos tu autoridad.»

  «Nosotros determinaremos el bien y el mal

  «Nosotros gobernaremos nuestra vida.»

  «Podemos vivir independientemente de ti.»

  Eso fue lo que hizo tan terrible aquella decisión.

  No el tamaño del fruto.

  El tamaño del rechazo.

  No fue simplemente desobediencia alimenticia.

  Fue rebelión.

  No fue solamente romper una regla.

  Fue rechazar un gobierno.

  No fue simplemente extender una mano.

  Fue cambiar de lealtad.

  No fue solamente comer.

  Fue alta traición.

  Y nosotros nacimos dentro del mundo que aquella decisión produjo.

  Pero aquí aparece algo que Satanás no había calculado completamente.

  Adán había arrastrado a su descendencia hacia el pecado y la muerte.

  Pero Dios no abandonaría a esa descendencia.

  Pablo, precisamente después de explicar lo que ocurrió por medio de Adán, presenta a otro Hombre.

  Jesucristo.

  Si por la desobediencia de uno entraron pecado y muerte, por la obediencia de Otro vendrían justicia y vida.

  «Así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.»
  Romanos 5:19, RVR1960

  El primer Adán dijo con sus acciones:

  «Gobernaremos sin ti.»

  Cristo vendría diciendo:

  «No se haga mi voluntad, sino la tuya.»
  Lucas 22:42, RVR1960

  Uno escogió independencia.

  El Otro obediencia.

  Uno abrió la puerta al pecado.

  El Otro vendría a vencerlo.

  Uno introdujo muerte.

  El Otro traería vida.

  La alta traición de Adán afectó a toda su descendencia.

  Pero la historia no terminaría con Adán.

  Dios ya estaba preparando la respuesta.

  Y esa respuesta nos mostraría algo todavía más sorprendente acerca de su carácter:

  qué hace Dios cuando aquellos a quienes dio todo deciden rechazarlo.

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Dr. Elio M Rivera

Satanás usurpó una autoridad que Dios había dado al hombre

  Cuando Adán desobedeció, ocurrió algo todavía más profundo que una ruptura moral.

  El hombre había recibido de Dios autoridad sobre la Tierra.

  «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…»
  Génesis 1:26, RVR1960

  Aquella autoridad no había sido entregada a Lucero.

  Había sido entregada al hombre.

  Pero cuando Adán decidió obedecer la voz del rebelde en lugar de permanecer bajo el gobierno de Dios, abrió una puerta que tendría consecuencias enormes.

  Satanás no recibió legítimamente la Tierra de parte de Dios.

  La usurpó.

  No se convirtió en creador.

  No se convirtió en dueño absoluto.

  No dejó de ser criatura.

  Pero mediante la caída del hombre consiguió ejercer una influencia y un dominio que antes no le pertenecían.

  La Escritura terminaría llamándolo:

  «el príncipe de este mundo»
  Juan 12:31, RVR1960

  Pablo lo llama también:

  «el dios de este siglo»
  2 Corintios 4:4, RVR1960

  No porque Satanás sea Dios.

  No porque haya dejado de estar bajo la soberanía del Creador.

  Sino porque el mundo humano, al rebelarse contra Dios, quedó sometido a un orden dominado por pecado, mentira, muerte y esclavitud.

  Jesús mismo describió la obra del enemigo diciendo:

  «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir.»
  Juan 10:10, RVR1960

  Eso fue exactamente lo que comenzó a suceder.

  Satanás consiguió algo que nunca había recibido legítimamente:

  influencia sobre la humanidad y sobre el sistema de este mundo.

  Pero para lograrlo necesitó al hombre.

  Esto resulta fundamental.

  No podía simplemente apropiarse de aquello que Dios había confiado a Adán como si la palabra de Dios no tuviera valor.

  Necesitaba que el propio hombre se rebelara.

  Necesitaba que Adán utilizara contra Dios la voluntad que Dios le había dado.

  Necesitaba consentimiento.

  Cuando Adán obedeció al rebelde, comenzó a cumplirse un principio que Pablo explicaría mucho tiempo después:

  «¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis?»
  Romanos 6:16, RVR1960

  Adán había recibido autoridad.

  Pero al obedecer a otra voz introdujo a la humanidad en esclavitud.

  La serpiente había prometido libertad.

  Produjo esclavitud.

  Había prometido elevación.

  Produjo caída.

  Había prometido conocimiento.

  Produjo miedo y vergüenza.

  Había prometido que no morirían.

  La muerte entró en el mundo.

  Satanás usurpó.

  El hombre quedó esclavizado.

  Y el mundo comenzó a experimentar las consecuencias.

¿Hubo también envidia detrás de la rebelión contra el hombre?

  Aquí quiero señalar una posibilidad que la Escritura no declara directamente, pero que considero digna de reflexión.

  Lucero había contemplado lo que Dios hizo con el hombre.

  El hombre fue creado:

  «a imagen de Dios
  Génesis 1:27, RVR1960

  Fue bendecido.

  Recibió autoridad sobre la Tierra.

  Dios preparó un mundo para él.

  Estableció relación con él.

  Le dio propósito.

  Le dio compañía.

  Le dio un lugar dentro de su gobierno.

  Y más adelante la Escritura utilizaría incluso el lenguaje de hijos para describir la relación de Dios con los seres humanos.

  ¿Pudo existir en Lucero envidia hacia aquello que Dios estaba haciendo con el hombre?

  La Biblia no lo afirma expresamente.

  Por eso no quiero presentarlo como doctrina.

  Pero dentro de esta reconstrucción me parece una posibilidad razonable.

  Lucero había comenzado a desear posiciones que no le correspondían.

  Había querido exaltarse.

  Había querido levantar su propio trono.

  Había querido ser semejante al Altísimo.

  Ahora veía a Dios derramando bondad sobre una nueva criatura hecha a su imagen.

  Veía al hombre recibiendo autoridad.

  Veía a Dios relacionándose con él.

  Veía un mundo preparado para sus hijos.

  Y es posible preguntarnos si en aquel corazón ya corrompido apareció también algo semejante a:

  «¿Por qué ellos?»

  «¿Por qué reciben esto?»

  «¿Por qué Dios los ama de esta manera?»

  No podemos afirmarlo.

  Pero tampoco podemos ignorar que la envidia suele acompañar al orgullo.

  Cuando alguien desea el lugar de otro, el bien que recibe aquel otro puede convertirse en motivo de resentimiento.

  Y entonces aparece una posibilidad todavía más dolorosa.

  Satanás no solamente podía querer controlar la Tierra.

  Podía querer herir a Dios destruyendo aquello que Dios amaba.

  Eso cambia la manera en que contemplamos la tentación.

  No sería solamente un movimiento estratégico.

  Podría ser también un golpe dirigido al corazón del Padre.

  Si conseguía separar a los hijos de Dios de su Padre, habría logrado algo terrible.

  No destruiría a Dios.

  Eso era imposible.

  No podía quitarle su poder.

  No podía derrocar su trono.

  Pero podía intentar producir dolor.

  Podía atacar aquello que Dios amaba.

  Podía llevar a los hijos a desconfiar del Padre.

  Podía conseguir que aquellos que habían recibido vida de Dios dijeran:

  «No te queremos gobernando nuestra vida.»

  Y cualquiera que haya amado profundamente a un hijo puede comprender, aunque sea de manera limitada, por qué esto tendría un peso enorme.

  El rechazo de un extraño puede doler.

  El rechazo de un hijo hiere de otra manera.

  La Biblia presenta a Dios relacionándose con su pueblo con un lenguaje profundamente afectivo.

  Habla de amor.

  Compasión.

  Dolor frente a la rebelión.

  Jesús mismo lloró sobre Jerusalén.

  «¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos… y no quisiste!»
  Mateo 23:37, RVR1960

  Eso nos muestra algo extraordinario.

  El pecado no es solamente la violación de una ley.

  Es también la ruptura de una relación.

  El hombre no solamente rechazó un mandato.

  Rechazó a un Padre.

  Y el enemigo pudo saber perfectamente que aquello produciría un golpe profundo.

  La criatura que quería herir al Rey atacó a sus hijos.

  La criatura que quería cuestionar su gobierno consiguió que sus hijos desconfiaran de Él.

  La criatura que quería demostrar que existía una vida mejor fuera de Dios llevó a la humanidad a probar precisamente esa mentira.

  Y entonces parecía que Satanás había conseguido una victoria enorme.

  El hombre estaba caído.

  La autoridad había sido usurpada.

  La humanidad estaba esclavizada.

  El pecado había entrado.

  La muerte había comenzado a reinar.

  Y los hijos de Dios habían quedado separados de la relación para la cual habían sido creados.

  Pero Satanás todavía no comprendía completamente lo que Dios haría.

Aquí comienza a entenderse por qué Cristo tendría que venir como Hombre

  Y es aquí donde la historia comienza a conducirnos inevitablemente hacia Jesucristo.

  Si Dios había entregado al hombre autoridad sobre la Tierra, y si por medio de un hombre aquella autoridad había sido comprometida en la rebelión, entonces la restauración debía respetar la justicia y el orden que Dios mismo había establecido.

  Dios no necesitaba hacer trampa para vencer a Satanás.

  No necesitaba ignorar la autoridad que Él mismo había dado.

  No necesitaba actuar como si las decisiones humanas nunca hubieran ocurrido.

  La justicia divina no requería arbitrariedad.

  Requería restauración.

  Y entonces comenzó a dibujarse algo extraordinario:

  lo que un hombre había perdido, otro Hombre vendría a recuperarlo.

  Pablo establece precisamente este contraste.

  Por Adán entró el pecado.

  Por Cristo vendría la justicia.

  Por Adán vino la muerte.

  Por Cristo vendría la vida.

  «Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.»
  Romanos 5:19, RVR1960

  Esto explica por qué la encarnación no fue simplemente una manera dramática de que Dios visitara la Tierra.

  El Hijo tenía que hacerse verdaderamente hombre.

  Juan dice:

  «Y aquel Verbo fue hecho carne.»
  Juan 1:14, RVR1960

  Y Hebreos explica que participó de nuestra naturaleza.

  «Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo.»
  Hebreos 2:14, RVR1960

  ¿Por qué?

  Porque venía a enfrentar aquello que el hombre había perdido.

  Como hombre.

  Bajo tentación.

  Dentro del mundo usurpado por Satanás.

  Sin pecar.

  Obedeciendo al Padre.

  Venciendo donde Adán había caído.

  Esto es impresionante.

  El primer Adán estuvo en un huerto rodeado de abundancia.

  Cristo enfrentó al tentador después de cuarenta días de ayuno.

  Adán tenía alimento.

  Cristo tuvo hambre.

  Adán vivía en un mundo todavía no devastado por siglos de pecado.

  Cristo entró en un mundo herido.

  Adán escuchó la mentira y desobedeció.

  Cristo escuchó al mismo tentador y respondió:

  «Escrito está.»

  Satanás incluso le ofreció:

  «todos los reinos del mundo.»
  Mateo 4:8, RVR1960

  Y Lucas registra una declaración particularmente interesante del tentador:

  «A mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy.»
  Lucas 4:6, RVR1960

  No tenemos que aceptar cada afirmación de Satanás como si fuera una declaración infalible.

  Es mentiroso.

  Pero el hecho de que pueda presentarse como poseedor de autoridad sobre los reinos muestra hasta qué punto la usurpación formaba parte del conflicto.

  Cristo no aceptó la oferta.

  No recuperaría el mundo arrodillándose ante Satanás.

  Lo recuperaría venciéndolo.

  Y lo haría como Hombre.

  No convirtiendo el pecado en algo irrelevante.

  No ignorando la justicia.

  No pasando por encima de la responsabilidad humana.

  Sino entrando en nuestra condición, obedeciendo donde nosotros habíamos desobedecido y finalmente derrotando al que tenía el imperio de la muerte.

  Hebreos dice que Cristo participó de carne y sangre:

  «para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo
  Hebreos 2:14, RVR1960

  Ahora comenzamos a ver la historia completa.

  Un hombre abrió la puerta.

  Otro Hombre vendría a cerrarla.

  Un hombre entregó obediencia al rebelde.

  Otro Hombre permanecería obediente al Padre hasta la muerte.

  Un hombre introdujo pecado y muerte.

  Otro Hombre traería justicia y vida.

  Satanás usurpó autoridad mediante la caída del hombre.

  Cristo vendría como Hombre para vencer al usurpador.

  Y todo tendría que ocurrir en perfecta concordancia con la justicia de Dios.

  Dios no abandonaría el orden que Él mismo había establecido para recuperar lo perdido.

  Entraría dentro de ese orden.

  El Creador se haría hombre.

  El Rey entraría en el territorio ocupado.

  El Hijo tomaría nuestra carne.

  Y entonces, como verdadero Hombre, enfrentaría al enemigo que había esclavizado a la humanidad.

  Satanás posiblemente pensó que al conseguir la caída de Adán había producido un golpe irreparable.

  Había atacado a los hijos para herir al Padre.

  Había convertido la autoridad humana en instrumento de rebelión.

  Había introducido pecado.

  Había introducido muerte.

  Había esclavizado.

  Había usurpado.

  Pero la rebelión iba a provocar una respuesta que quizá jamás había imaginado.

  Dios mismo vendría por sus hijos.

  No solamente enviaría instrucciones.

  No solamente enviaría un mensajero.

  Vendría Él.

  Y vendría como uno de nosotros.

  Por eso, desde Génesis, comenzamos a ver dibujarse la necesidad de la encarnación.

  El primer hombre había caído.

  Vendría otro Hombre.

  El primer representante había desobedecido.

  Vendría uno obediente.

  La humanidad había sido esclavizada.

  Vendría un Libertador.

  El príncipe de este mundo había usurpado.

  Vendría el verdadero Rey.

  Y cuando finalmente llegara Jesucristo, la guerra que había comenzado antes de Edén entraría en su momento decisivo.

Cristo no vino solamente a “perdonar pecados”; vino también como el segundo Adán, el Hombre obediente, a derrotar al usurpador, rescatar a los esclavizados y recuperar para la humanidad aquello que el primer Adán había comprometido.

¿Qué aprendemos de Dios aquí?

  Todo lo ocurrido después de la caída podría llevarnos a concentrarnos solamente en Satanás, en la autoridad usurpada, en la esclavitud del hombre y en la entrada del pecado.

  Pero nuestro propósito sigue siendo otro.

  Queremos descubrir cómo es Dios observando lo que hace.

  Y aquí comenzamos a ver algunas cosas extraordinarias.

  Aprendemos que Dios toma en serio la autoridad que Él mismo concede.

  Cuando Dios entregó al hombre responsabilidad sobre la Tierra, aquella autoridad era real.

  «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…»
  Génesis 1:26, RVR1960

  Dios no juega con sus palabras.

  No entrega algo hoy para fingir mañana que nunca lo entregó.

  Por eso, cuando el hombre utilizó su libertad y su autoridad contra Dios, las consecuencias también fueron reales.

  Aprendemos que Dios es justo.

  No recuperaría lo perdido actuando arbitrariamente.

  No ignoraría lo que había ocurrido.

  No haría trampa para vencer al enemigo.

  La Escritura declara:

  «Porque Jehová es justo, y ama la justicia.»
  Salmos 11:7, RVR1960

  La redención tendría que concordar con su justicia.

  Por eso comenzamos a comprender por qué otro Hombre tendría que venir.

  Lo que un hombre había comprometido, otro Hombre vendría a restaurarlo.

  Aprendemos que Dios no abandona a sus hijos cuando caen.

  El hombre había rechazado su gobierno.

  Había escuchado otra voz.

  Había abierto la puerta al pecado.

  Y aun así Dios no decidió simplemente abandonar a la humanidad a su suerte.

  La Escritura revela a un Dios:

  «Misericordioso y clemente… lento para la ira, y grande en misericordia.»
  Salmos 103:8, RVR1960

  La rebelión del hombre no logró destruir el amor de Dios por el hombre.

  Aprendemos que Dios es un Padre que busca lo que se perdió.

  Satanás consiguió separar.

  Dios comenzaría a rescatar.

  Jesús resumiría su misión diciendo:

  «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
  Lucas 19:10, RVR1960

  Eso revela el corazón de Dios.

  Cuando sus hijos se perdieron, Él no permaneció indiferente.

  Fue tras ellos.

  Aprendemos que Dios está dispuesto a entrar personalmente en nuestra tragedia.

  Ésta quizá sea una de las verdades más impresionantes de toda la historia.

  Dios podía haber permanecido distante.

  Podía haber enviado solamente mandamientos.

  Podía haber enviado únicamente mensajeros.

  Pero el Evangelio revela algo mucho más grande:

  «Y aquel Verbo fue hecho carne.»
  Juan 1:14, RVR1960

  Dios vendría.

  Entraría en nuestra condición.

  Participaría de carne y sangre.

  El Rey entraría en el territorio donde el enemigo había ejercido su dominio.

  Aprendemos que Dios no solamente perdona: también rescata, libera y restaura.

  Cristo participó de nuestra humanidad:

  «para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo.»
  Hebreos 2:14, RVR1960

  Dios no contemplaría pasivamente cómo el enemigo esclavizaba a sus criaturas.

  Vendría un Libertador.

  Aprendemos que Dios puede convertir una aparente victoria del enemigo en el escenario de su derrota.

  Satanás creyó haber ganado algo extraordinario.

  El hombre había caído.

  La muerte había entrado.

  La humanidad estaba bajo pecado.

  Pero precisamente allí Dios comenzaría a desarrollar su plan de redención.

  Pablo establece el contraste:

  «Por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.»
  Romanos 5:19, RVR1960

  Adán desobedeció.

  Cristo obedecería.

  Adán abrió la puerta al pecado.

  Cristo vendría a vencerlo.

  Adán introdujo muerte.

  Cristo traería vida.

  Aprendemos que Dios es más grande que aquello que el enemigo puede destruir.

  Satanás puede herir.

  Dios puede sanar.

  Satanás puede esclavizar.

  Dios puede libertar.

  Satanás puede separar.

  Dios puede reconciliar.

  Satanás puede introducir muerte.

  Dios puede traer resurrección.

  Por eso Jesús dijo:

  «Yo he venido para que tengan vida.»
  Juan 10:10, RVR1960

  Y aquí aparece el contraste completo.

  El enemigo usurpó. Dios vino a recuperar.

  El enemigo esclavizó. Dios vino a libertar.

  El enemigo separó a los hijos del Padre. Dios vino a reconciliarlos.

  El enemigo introdujo muerte. Dios vino a traer vida.

  El primer Adán desobedeció. El postrer Adán obedeció.

  El hombre cayó. Dios vino a levantarlo.

  Y quizá ésta sea una de las revelaciones más profundas de su carácter:

  cuando sus hijos dijeron: “No te queremos”, Dios no respondió: “Entonces no los quiero”.

  Respondió con redención.

  Respondió con misericordia.

  Respondió con justicia.

  Respondió con un plan.

  Y finalmente respondió viniendo Él mismo.

  La rebelión nos muestra hasta dónde puede llegar una criatura cuando se separa de Dios.

  La encarnación nos mostrará hasta dónde está dispuesto a llegar Dios para recuperar a sus hijos.

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