Llegamos al final de nuestro recorrido.
Comenzamos con una pregunta relativamente sencilla:
¿Qué sabía Jesucristo antes de venir a la Tierra?
Pero mientras avanzamos, la pregunta comenzó a transformarse.
Porque descubrimos que las antiguas Escrituras habían dejado escrito, siglos antes de Belén, mucho de lo que encontraría y padecería el Mesías.
Sabía que encontraría una humanidad separada de Dios.
Sabía que éramos culpables.
Sabía que estábamos bajo sentencia de muerte.
Sabía que el hombre se había rebelado contra su Creador.
Sabía hasta dónde había llegado la corrupción del corazón humano.
Pero eso era solamente el principio.
También sabía cómo lo recibiríamos.
Sabía que sería despreciado.
Sabía que sería rechazado.
Sabía que uno de los hombres cercanos a Él lo traicionaría.
Sabía que otros lo abandonarían.
Sabía que aparecerían acusaciones injustas.
Sabía que sería humillado.
Sabía que lo golpearían.
Sabía que escupirían su rostro.
Sabía que su cuerpo sería herido y molido.
Sabía que sus manos y sus pies serían traspasados.
Sabía que se burlarían mientras sufría.
Sabía que tendría sed.
Sabía que sería llevado como cordero al matadero.
Sabía que cargaría nuestros pecados.
Sabía que se haría maldición por nosotros.
Sabía que llegaría aquella terrible hora en que clamaría:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»
Y sabía que finalmente moriría.
Entonces la pregunta cambia
Después de conocer todo esto, ya no basta preguntar:
¿Qué sabía?
Tenemos que hacer una pregunta mucho más importante:
¿Qué nos enseña esto acerca de Dios?
Nos enseña, en primer lugar, que Dios no nos amó por desconocimiento.
A veces amamos a alguien porque todavía no conocemos completamente su historia.
Después descubrimos cosas que nos decepcionan y pensamos:
«Si hubiera sabido esto desde el principio…»
Dios jamás pudo decir eso acerca de nosotros.
Nos conocía completamente.
Conocía nuestras mejores acciones y nuestras peores decisiones.
Conocía aquello que mostraríamos públicamente y aquello que intentaríamos esconder.
Y aun después de conocerlo todo,
decidió rescatarnos.
Nos enseña que su amor no dependía de nuestra respuesta
Cristo tampoco vino porque supiera que sería bien recibido.
Todo lo contrario.
Sabía que sería rechazado.
Imagine saber que alguien va a cerrarle la puerta y decidir caminar hasta su casa de todos modos.
Imagine saber que alguien va a traicionarlo y aun así sentarlo a su mesa.
Imagine saber que alguien va a abandonarlo y aun así amarlo.
Imagine saber que alguien va a herirlo y aun así acercarse para salvarlo.
Eso fue precisamente lo que hizo Cristo.
Nuestro rechazo no consiguió detener su amor.
Nos enseña que su amor estuvo dispuesto a pagar
Hay una diferencia entre decir:
«Te amo»
y decir:
«Estoy dispuesto a pagar el precio necesario para rescatarte».
Cristo hizo ambas cosas.
Su amor no quedó reducido a palabras.
Tuvo un precio.
Y el precio fue aumentando delante de nuestros ojos a lo largo de esta serie.
Rechazo.
Traición.
Soledad.
Humillación.
La cruz.
Y finalmente:
su propia vida.
Cuando queremos conocer cuánto valor tiene algo para una persona, podemos observar cuánto está dispuesta a pagar por ello.
Entonces mire nuevamente la cruz.
Y pregúntese:
¿Cuánto valor tenía nuestro rescate para Dios?
Nos enseña que Dios tomó la iniciativa
Esta quizá sea una de las revelaciones más hermosas de toda nuestra historia.
Nosotros no organizamos el rescate.
Nosotros éramos quienes necesitábamos ser rescatados.
El hombre se había alejado.
Pero Dios comenzó el camino de regreso.
El hombre había quebrantado la relación.
Pero Dios buscó la reconciliación.
El hombre había acumulado la deuda.
Pero Cristo vino dispuesto a pagarla.
Nosotros estábamos bajo sentencia de muerte.
Y el Autor de la vida vino a buscarnos.
Pero también sabía lo que habría después
Cristo no solamente conocía la cruz.
Conocía el resultado.
Isaías había anunciado que sería «luz de las naciones» y que la salvación llegaría «hasta lo postrero de la tierra» (Isaías 49:6).
Al otro lado del sufrimiento había hombres y mujeres regresando a Dios.
Había familias.
Había pueblos.
Había generaciones.
Había naciones.
Había personas que todavía no habían nacido cuando Isaías escribió aquellas palabras.
Entre ellas,
nosotros.
Entonces, ¿cómo es Dios?
Después de todo este recorrido creo que podemos responder.
Es un Dios que conoce completamente y aun así ama.
Un Dios que es rechazado y aun así busca.
Un Dios que es traicionado y aun así permanece fiel.
Un Dios que ve al culpable y decide ofrecerle perdón.
Un Dios que contempla al perdido y sale a buscarlo.
Un Dios que conoce el precio del rescate y decide pagarlo.
No estamos contemplando un amor ingenuo.
No estamos contemplando un amor que desconocía las consecuencias.
Estamos contemplando un amor que sabía perfectamente cuánto iba a costar.
Él lo sabía
Quizá estas sean las tres palabras que mejor resumen toda nuestra serie:
Él lo sabía.
Antes de Belén,
lo sabía.
Antes de tomar un cuerpo humano,
lo sabía.
Antes de comenzar el camino,
lo sabía.
Sabía quiénes éramos.
Sabía lo que habíamos hecho.
Sabía en qué nos habíamos convertido.
Sabía cómo lo recibiríamos.
Sabía lo que haríamos con Él.
Sabía cuánto sufriría.
Sabía cuánto costaría.
Sabía que moriría.
Y tenía una posibilidad que ninguno de nosotros habría podido reclamarle:
podía no venir.
Pero vino.
Y quizá allí encontramos finalmente la respuesta que buscábamos.
Si queremos saber cómo es Dios, no necesitamos solamente escuchar lo que dice acerca de sí mismo.
Podemos observar lo que estuvo dispuesto a hacer.
Conoció nuestra condición y vino.
Conoció nuestro rechazo y vino.
Conoció nuestra traición y vino.
Conoció los golpes y vino.
Conoció los clavos y vino.
Conoció la cruz y vino.
Conoció la muerte y vino.
Lo sabía todo.
Y aun así vino.
¿Por qué?
Porque detrás de todo aquel sufrimiento había algo que Él había decidido recuperar:
a nosotros.
Y tal vez no exista una manera más clara de conocer el corazón de Dios que contemplar a Jesucristo sabiendo perfectamente lo que le esperaba…
y verlo venir de todos modos.
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