Después de contemplar todo lo que Jesucristo sabía antes de venir, queda una pregunta inevitable:
¿Por qué vino?
¿Por qué aceptar el rechazo?
¿Por qué soportar la traición?
¿Por qué permitir los golpes?
¿Por qué entregar su cuerpo?
¿Por qué cargar nuestro pecado?
¿Por qué llegar hasta la muerte?
Quizá una parte de la respuesta estaba también escrita siglos antes de Belén.
Cristo sabía lo que habría al otro lado de su sacrificio.
Veía hombres y mujeres regresando a Dios.
Veía pueblos.
Veía generaciones.
Veía naciones.
No venía solamente por una nación
Israel ocupaba un lugar extraordinario dentro del plan de Dios. De aquel pueblo vendría el Mesías.
Pero Isaías había anunciado que su misión llegaría muchísimo más lejos.
Dios dice acerca de su Siervo:
«Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra» (Isaías 49:6).
Detengámonos en esas últimas palabras:
«Hasta lo postrero de la tierra».
Antes de que Jesús caminara por Galilea, ya estaba escrito que su salvación atravesaría fronteras.
Pensemos en lo que significaba
Imagine arrojar una piedra en medio de un lago.
Primero aparece un pequeño círculo alrededor del lugar donde cayó.
Después otro.
Y otro.
Los círculos continúan extendiéndose hasta alcanzar lugares muy alejados del punto donde todo comenzó.
Algo semejante ocurriría con la obra de Cristo.
Todo comenzaría en una pequeña región del mundo.
Israel.
Pero no terminaría allí.
La noticia atravesaría mares.
Cruzaría desiertos.
Llegaría a otros continentes.
Entraría en culturas completamente diferentes.
Sería anunciada en idiomas que aquellos primeros discípulos ni siquiera conocían.
Generación tras generación, el círculo continuaría extendiéndose.
Isaías vio a las naciones
Después de describir el terrible sufrimiento del Siervo, Isaías escribió:
«Así asombrará él a muchas naciones» (Isaías 52:15).
Esto es extraordinario porque aparece precisamente antes del gran capítulo del Siervo sufriente.
Primero aparecen las naciones.
Después aparecen sus heridas.
Su rechazo.
Su sufrimiento.
Su muerte.
Como si detrás del sacrificio pudiéramos comenzar a distinguir aquello que Cristo estaba consiguiendo.
No estaba sufriendo sin propósito.
Había un rescate en marcha.

Jesús sabía que su sacrifico abriría el camino para que el hombre pudiera regresar a Dios.
¿Qué veía al otro lado de la cruz?
Podemos utilizar un ejemplo sencillo.
Imagine a un bombero frente a un edificio completamente incendiado.
Sabe que entrar puede costarle la vida.
Pero entonces mira hacia una ventana y descubre que dentro no hay una sola persona.
Hay muchas.
Hombres.
Mujeres.
Familias enteras esperando una salida.
Ahora comprendemos mejor por qué entra.
Está viendo a quienes pueden ser rescatados.
Isaías nos permite contemplar algo semejante en una dimensión incomparablemente mayor.
Al otro lado del sufrimiento estaban las naciones.
Personas que todavía no habían nacido.
Pueblos que jamás habían escuchado el nombre de Israel.
Idiomas que todavía no habían recibido las Escrituras.
Generaciones que aparecerían siglos después.
Y la salvación llegaría hasta ellas.
Nosotros estamos dentro de aquella profecía
Esta es quizá una de las partes más hermosas para quienes hoy leemos estas palabras.
Isaías escribió:
«Te di por luz de las naciones».
Nosotros vivimos muchos siglos después.
Estamos a miles de kilómetros de Jerusalén.
No hablamos cotidianamente hebreo ni arameo.
Pertenecemos a pueblos que aquellos antiguos israelitas probablemente nunca imaginaron.
Y, sin embargo, aquí estamos:
hablando de Jesucristo.
La noticia llegó.
Atravesó continentes.
Atravesó generaciones.
Atravesó idiomas.
Y nos alcanzó.
De alguna manera, cuando Isaías escribió que la salvación llegaría «hasta lo postrero de la tierra», estaba hablando también de personas como nosotros.
Y todavía continúa
En este mismo momento, el nombre de Jesucristo está siendo pronunciado en innumerables lugares del mundo.
La Biblia está siendo leída en multitud de idiomas.
Personas de culturas completamente diferentes están descubriendo al mismo Salvador.
Algunos viven en grandes ciudades.
Otros en pequeñas comunidades.
Algunos están cerca de Jerusalén.
Otros viven al otro lado del planeta.
Pero todos forman parte de aquella extraordinaria expansión anunciada por Isaías:
«Mi salvación hasta lo postrero de la tierra».
Ahora podemos comprender un poco mejor por qué vino
Cristo sabía lo que había antes de la cruz.
Pero también sabía lo que habría después de ella.
Antes veía los golpes.
Después veía personas reconciliadas con Dios.
Antes veía los clavos.
Después veía familias transformadas.
Antes veía la muerte.
Después veía vida.
Antes veía Jerusalén.
Después veía las naciones.
Quizá por eso, después de recorrer toda esta serie, ya podemos completar nuestra frase:
Él lo sabía… y aun así vino.
Sabía cuánto costaría.
Pero también sabía lo que conseguiría.
Sabía que su sacrificio abriría un camino para que hombres y mujeres regresaran a Dios.
Sabía que la salvación saldría de Israel y alcanzaría pueblos distantes.
Sabía que atravesaría siglos.
Sabía que llegaría hasta lo postrero de la tierra.
Y siglos después, nosotros somos testigos de que aquella antigua profecía continúa cumpliendo su propósito.
La luz llegó a las naciones.
La salvación cruzó las fronteras.
Y también llegó hasta nosotros.
Tal vez eso nos permita contemplar finalmente el corazón que hemos estado buscando durante toda esta serie:
Cristo conocía perfectamente el precio de rescatarnos.
Y consideró que valía la pena pagarlo.
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