01. Cuando llegó el cumplimiento del tiempo

Dr. Elio M Rivera

«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.»
Gálatas 4:4-5, RVR1960

 Para comprender verdaderamente lo que ocurrió en Belén tuvimos que comenzar mucho antes de Belén.

 En La vida eterna de Jesucristo contemplamos al Hijo antes de su nacimiento. Su existencia no comenzó en el vientre de María. Antes de que hubiera un pesebre, antes de que existiera María, antes de Abraham y aun antes de la creación, Él ya era.

 Después hicimos una pregunta todavía más inquietante: si Jesucristo existía antes de venir al mundo, ¿sabía lo que encontraría cuando llegara aquí?

 En nuestra siguiente serie descubrimos que sí.

 Él lo sabía.

 Sabía que sería rechazado. Sabía que sería traicionado. Sabía que sería despreciado, golpeado y herido. Sabía que sus manos y sus pies serían traspasados. Sabía que cargaría con el pecado y que finalmente entregaría su vida.

 No vino engañado acerca de lo que encontraría en la Tierra.

 No descubrió el sufrimiento cuando llegó aquí.

 Sabía a qué venía.

 Ahora llegamos a una tercera pregunta, quizá todavía más reveladora:

 Si existía desde antes y sabía perfectamente lo que le esperaba, ¿qué hizo cuando finalmente llegó el momento?

 La respuesta está contenida en unas pocas palabras del apóstol Pablo:

 «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo».

 Vino.

 Tal vez esa sola palabra nos permita comenzar a comprender el corazón de esta nueva serie.

 Porque ahora ya no contemplaremos solamente quién era Cristo antes de Belén ni lo que sabía antes de venir.

 Ahora veremos lo que estuvo dispuesto a hacer sabiendo todo aquello.

 Aquel que había conocido la gloria antes que el mundo fuese estaba a punto de entrar en el mundo que había creado. El que había formado el cuerpo humano aceptaría uno. El que sostenía la vida aceptaría desarrollarse dentro del vientre de una mujer. El Todopoderoso conocería la vulnerabilidad de la infancia. El Creador aceptaría ser cargado en brazos, alimentado y protegido por sus propias criaturas.

 Y todo esto sabiendo hacia dónde conducía el camino.

 Belén no puede separarse del Calvario.

 El niño que sería acostado en un pesebre era el mismo que sabía que un día sería colocado sobre una cruz.

 Por eso la encarnación comienza a mostrarnos algo extraordinario acerca de Jesucristo:

 su amor por nosotros no comenzó cuando murió por nosotros.

 Ya estaba manifestándose cuando decidió venir por nosotros.

Cuando vino el cumplimiento del tiempo

 Pero Cristo tampoco llegó en cualquier momento.

 Pablo utiliza una expresión extraordinaria:

 «Cuando vino el cumplimiento del tiempo».

 Había un momento determinado dentro del propósito de Dios.

 Durante siglos, Dios había ido dejando señales dentro de la historia.

 Después de la caída habló de la simiente de la mujer que heriría la cabeza de la serpiente (Génesis 3:15). Posteriormente la promesa quedó relacionada con Abraham (Génesis 22:18), con Judá (Génesis 49:10) y con la casa de David (2 Samuel 7:12-16).

 Los profetas continuaron añadiendo detalles.

 Isaías habló del hijo que habría de venir.

 Miqueas señaló una población específica:

 Belén.

 «Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel» (Miqueas 5:2).

 Generación tras generación, las promesas permanecieron.

 Abraham murió.

 David murió.

 Los profetas murieron.

 Los imperios aparecieron y desaparecieron.

 Israel conoció victorias, derrotas, divisiones, cautiverios y dominación extranjera.

 Pero la promesa permaneció.

 Porque detrás de ella había una voluntad que no había cambiado.

 Dios todavía quería rescatar al hombre.

Dios había preparado un pueblo

 Durante siglos, Dios había trabajado dentro de la historia de Israel.

 Había dado la Ley. Había levantado profetas. Había establecido sacrificios. Había introducido conceptos como pecado, culpa, santidad, expiación, pacto, sacerdocio, sacrificio y redención.

 Cuando muchos años después Juan el Bautista contemplara a Jesús y declarara:

 «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29),

 aquellas palabras tendrían detrás siglos de historia.

 Israel conocía el cordero pascual.

 Conocía el altar.

 Conocía los sacrificios.

 Conocía el derramamiento de sangre relacionado con la expiación.

 Dios había colocado dentro de la historia imágenes que ayudarían posteriormente a comprender lo que Cristo había venido a realizar.

 El Hijo no estaba entrando en una historia sin preparación.

 La historia había estado esperando su llegada.

Dios había señalado el lugar

 También había algo sorprendentemente específico.

 El Mesías debía nacer en Belén.

 Pero María vivía en Nazaret.

 Había una considerable distancia entre ambos lugares y, humanamente hablando, ninguna razón evidente para que aquella joven embarazada tuviera que encontrarse en Belén precisamente cuando llegara el momento del nacimiento.

 Entonces aparece en la narración un personaje que probablemente jamás imaginó la trascendencia que tendría una de sus decisiones:

 César Augusto.

 Lucas escribió:

 «Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado» (Lucas 2:1).

 El emperador estaba administrando su imperio.

 Pero aquella decisión puso a José en movimiento.

 «Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David» (Lucas 2:4).

 César emitió un decreto.

 José tuvo que viajar.

 María fue con él.

 Y aquella familia terminó exactamente en la población que Miqueas había mencionado siglos antes.

 El emperador probablemente pensaba que estaba moviendo habitantes para registrarlos.

 Pero la historia estaba avanzando hacia Belén.

El escenario histórico estaba preparado

 Cuando Jesús nació, Roma dominaba gran parte del mundo mediterráneo.

 Existían extensas rutas terrestres y marítimas que conectaban numerosas regiones. El griego se había convertido en una lengua ampliamente utilizada para la comunicación en buena parte del Mediterráneo oriental. Roma había establecido estructuras políticas y administrativas que enlazaban territorios muy distantes.

 Aquello no significaba que el mundo fuera pacífico en el sentido moderno. Roma podía gobernar con enorme dureza y Judea conocía muy bien el peso de la dominación extranjera.

 Sin embargo, aquellas mismas condiciones históricas facilitarían posteriormente el desplazamiento de los primeros mensajeros cristianos.

 Décadas después, Pablo y otros seguidores de Jesús recorrerían ciudades y regiones anunciando que el Mesías había venido.

 El mensaje saldría de Judea.

 Atravesaría Asia Menor.

 Llegaría a Grecia.

 Alcanzaría Roma.

 Y continuaría avanzando.

 Cuando Cristo entró en el mundo, el escenario donde posteriormente sería anunciado su nombre ya estaba preparado de una manera extraordinaria.

 Pero detrás de profecías, caminos, imperios y acontecimientos había algo mucho más profundo.

 Había un Dios acercándose al hombre.

Dios no abandonó al hombre que lo había abandonado

 Aquí comenzamos a descubrir lo que realmente existe detrás de la expresión «cumplimiento del tiempo».

 Desde Edén, el pecado había producido una separación terrible.

 El hombre había huido de Dios.

 Había levantado ídolos.

 Había derramado sangre.

 Había esclavizado a otros seres humanos.

 Había construido imperios mediante violencia.

 Había convertido el poder, el placer y las riquezas en sustitutos de su Creador.

 Generación tras generación había repetido la rebelión iniciada en Edén.

 Dios tenía razones para juzgarlo.

 Sin embargo, cuando llegó el cumplimiento del tiempo, ocurrió algo extraordinario.

 Dios envió a su Hijo.

 No para observar nuestra tragedia desde cerca.

 No simplemente para caminar entre nosotros.

 Pablo explica el propósito:

 «Para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos».

 Cristo venía a recuperarnos.

 Esto cambia completamente la manera de contemplar Belén.

 No estamos solamente ante la historia de un nacimiento.

 Estamos contemplando al Dios contra quien el hombre se había rebelado tomando la iniciativa para reconciliar al hombre consigo.

 El hombre se había alejado.

 Dios se acercó.

 El hombre se había escondido.

 Dios salió a buscarlo.

 El hombre no podía recorrer por sí mismo la distancia que el pecado había abierto.

 Entonces sucedió algo inimaginable:

 Dios recorrió la distancia hacia nosotros.

Él sabía y vino

 Aquí las series anteriores encuentran su verdadero punto de unión.

 La vida eterna de Jesucristo nos mostró quién era aquel que estaba por venir.

 Él lo sabía nos mostró que conocía lo que le esperaba.

 Ahora Belén: Cuando Dios vino a nosotros nos mostrará qué hizo sabiendo todo aquello.

 No vino porque ignorara nuestra condición.

 La conocía.

 No vino esperando necesariamente ser recibido con honores.

 Sabía del rechazo.

 No vino pensando que encontraría una humanidad inocente esperando agradecida su llegada.

 Conocía nuestra rebelión.

 No vino ignorando el sufrimiento que encontraría al final del camino.

 Sabía cuánto costaría.

 Y cuando llegó el cumplimiento del tiempo…

 vino.

 Quizá por eso Belén debe contemplarse de manera diferente.

 Cada paso hacia aquella pequeña población era parte de un propósito que había comenzado mucho antes.

 Cada profecía cumplida decía que Dios no había olvidado su promesa.

 Cada acontecimiento mostraba que el plan continuaba avanzando.

 Y detrás de todo estaba el corazón de Cristo.

 El eterno estaba dispuesto a entrar en el tiempo.

 El Creador estaba dispuesto a entrar en su creación.

 El Todopoderoso estaba dispuesto a hacerse vulnerable.

 El Hijo estaba dispuesto a hacerse hombre.

 Y lo más extraordinario es que sabía lo que los hombres terminarían haciéndole.

 Aun así, vino.

 Esta es quizá la primera gran revelación acerca del carácter de Jesucristo que encontramos al comenzar esta serie:

 su amor no fue una reacción ante nuestra respuesta.

 Nos amó sabiendo quiénes éramos.

 Sabía lo que encontraría.

 Sabía lo que sufriría.

 Sabía cuánto costaría redimirnos.

 Y cuando finalmente llegó el momento señalado por el Padre, no retrocedió.

 Vino a nosotros.

 Mientras todo aquello estaba por comenzar, en una pequeña población de Galilea una joven llamada María continuaba viviendo su vida cotidiana, sin imaginar que estaba a punto de recibir una visita que cambiaría para siempre su historia y la historia de la humanidad.

 Un día, Dios envió a Gabriel a Nazaret.

 El cielo sabía quién estaba por venir.

 María todavía no.

 El cumplimiento del tiempo había llegado.

 

Música recomendada:

Libro recomendando

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.